REGRESO SIN GLORIA


botines colgados

REGRESO  SIN GLORIA

a Daniel

En la fría mañana, el sepulturero, desde su casilla, miraba la escena. “¿Qué hacía ese hombre allí?” se preguntaba. Cada tanto aparecía a primera hora, de riguroso traje, cincuentón pero bien conservado, siempre solo, nunca con flores, se quedaba parado un largo rato frente a la tumba de un tal Roberto, no rezaba, no lloraba y se iba tan callado como había llegado. La intriga lo carcomía pese a estar acostumbrado a raros personajes de todo tipo que el dolor de la pérdida suele desarrollar.

Como siempre Gabriel había llegado dudando y se había ido convencido. Salió del cementerio, cruzó la avenida y buscó el refugio del café de enfrente, para ginebra mediante sacudirse el frío. Al trago seguiría un buen desayuno y después una mañana de escritura. Al único lugar al que no deseaba volver era a su propia casa, que hace mucho tiempo había dejado de ser un hogar.

Estaba muy enojado con la vida, pero también consigo mismo. Al igual que en el tango, lo que más bronca le daba era “haber sido tan gil”. Repasó, como todos los días de los últimos tres años, la engañosa paradoja que tanto lo lastimaba.

Treinta y cuatro años de carrera profesional medianamente exitosa, veintidós de matrimonio cabalmente llevados, veintiuno de padre responsable. Y  de ello ¿qué diablos le había quedado? Parecía que tan solo la cuenta bancaria, a la que debía defender con uñas y dientes de la voracidad de quienes lo rodeaban.

Solo e incomprendido, su mundo se asemejaba cada día un poco más a un inacabable desierto. Y sin embargo estaba viviendo su más querido sueño, aquel por el cual se había sacrificado mucho más de lo aconsejable, tal como hiciera su amigo Roberto.

Había trabajado duro y asumido difíciles riesgos, que estuvieron en más de una ocasión por terminar con su libertad, o con su salud, tanto física como psíquica. Había postergado gustos, viajes, compras, todo, por llegar a un retiro con fondos y anticipado.

Tanto sacrificio para él había tenido su premio. Ya su celular no sonaba a toda hora trayéndole problemas insolubles y urgentes, no recibía de persona alguna ni órdenes ni ruegos y manejaba su agenda a su total antojo, haciendo siempre, absolutamente siempre, lo que le venía en gana. Un logro no menor era atender las necesidades de su cuerpo en el exacto momento en que éste las planteaba, es decir, comía cuando tenía hambre y dormía cuanto necesitaba cuando tenía sueño.

Se había permitido dar vuelta la página por completo de su pasado laboral,  prohibiéndoles a sus amigos, a quienes veía  a menudo, hablar de la que fuera materia de su ejercicio profesional.

A simple vista Gabriel habitaba el paraíso terrenal. ¿Qué hacía entonces su felicidad tan incompleta que a veces el paraíso tenía aroma de infierno? Sin duda, el regreso sin gloria que había protagonizado con su propia familia.  En ese terreno todo lo que él imaginó a su retiro, brillaba por su  ausencia y las consecuencias habían sido devastadoras para todos los vínculos. Aun, tres años después, no salía de su asombro, no podía creer lo que estaba viviendo y para peor no tenía plan alternativo, estaba sin reacción simplemente asistiendo como un testigo aterrado al deterioro vincular que parecía no tener fin. ¿Es que estaban todos locos o él se había equivocado groseramente?

¿Acaso no era su propia esposa que reclamara con una insistencia casi insoportable durante los veintidós años una mayor presencia suya en casa? ¿No era ella que se quejaba amargamente de los fines de semana que los trabajos con fecha de vencimiento le robaban? ¿Quién si no ella se quejaba de su continuo agotamiento y consecuente negativa a salir de noche con amigos?

Y por su parte ¿no eran sus propios hijos que se quejaban durante todos los años de su vida consciente que nunca los ayudaba con la tarea, que para ellos jamás tenia tiempo, que había semanas en que por los raros horarios ni veían al padre?

Y los demás parientes ¿no le habían dicho hasta el hartazgo que se tomara la cosa con más calma, no fuera a dejar viuda y huérfanos por el mundo?

Pues bien, Gabriel además de cumplir su sueño más querido pensó que retirándose sano y relativamente joven cumplía el sueño de su esposa, sus hijos y toda la parentela. De un modo u otro, todos le hicieron saber que no era así.

Lejos de estar contenta con su presencia cotidiana en la casa, su querida esposa le dijo primero muy sutilmente y después muy groseramente que su presencia estorbaba las tareas de limpieza. Fue dolorosamente más lejos: le dijo que le avergonzaba tener un marido jubilado y que no sabía qué decir cuando le preguntaba acerca de lo que hacía y de qué diablos vivía. Para poner en claro su disgusto no solo dejó de retacear sus íntimos encuentros, porque según ella un marido hogareño no la excitaba en absoluto, sino que también pasó a escatimar las ricas comidas que solía prepararle ya que había decretado que al estar desocupado no le costaba nada hacerse las compras y cocinarse él mismo.

Sus hijos fueron mucho más crueles. Empezaron planteándole que su estilo de vida no encajaba con el que ellos habían mantenido durante toda su vida, que su rutina sin horarios entorpecía la de ellos y siguieron por decirle que además de sentirse incómodos con un padre retirado a tan temprana edad les daba un muy mal ejemplo a seguir, contrario a la cultura del trabajo. El varón, en un acto de extrema injusticia e ingratitud, le dijo sin ambages que como no podían convivir, uno  de los dos debía buscarse un sitio donde estar. La madre aclaró de inmediato que si alguno debía irse era sin dudas el nuevo “vago”. Tan solo su hija, por aquella vieja historia de una tal Electra, luego de decir su verdad se animó a tender débiles puentes que evitaron que su familia estallase por completo.

La parentela, que jamás lo registró demasiado, salvo cuando lo necesitaba, se limitó a abrir bien grandes los ojos ante la noticia y a envidiarlo en secreto, pero planteando muy claramente que ante tal actitud, en caso de necesitar algo, ellos no estarían ahí para él.

Gabriel sintió el golpe. Ardió por dentro por unos meses y planeó mil y una maneras de vengarse de lo que para él pasó a ser una manga de desagradecidos.  Se buscó unos cuantos lugares en donde perder el día, por un tiempo se aisló lo más que pudo y ni siquiera les dirigió la palabra. Después de mucho llanto y mucho alcohol entendió. Lo que  todos pretendían de él era que se muriese trabajando. A nadie le bastaba que les hubiera dado un buen pasar, que se hubiera sacrificado décadas por su desarrollo y bienestar. Para ser glorificado había que morir en la tarea. Ese muy posible hecho para todos los que se esfuerzan por el bien de su familia más allá de sus límites, tiene el doble efecto de generar un inmediato reconocimiento, por cierto no disfrutable desde la tumba y la inmediata transferencia a los abnegados herederos de todos los bienes y fondos ganados. Esa era la clave, morirse trabajando, tal como había hecho su amigo Roberto.

Habían transitado juntos toda la carrera y habían compartido sueños y esperanzas. Los dos tenían una inteligencia similar y habiendo puesto casi iguales ganas en el asunto, se recibieron prácticamente  en idéntica fecha. Al unísono consiguieron empleo, pero Roberto se casó primero.  También fue padre antes. Es decir la rueda lo atrapó más temprano. Para peor, Roberto, a diferencia de Gabriel, empezó en una empresa que sabía como poner las zanahorias de un modo atractivo, es decir al tener accionistas extranjeros estimulaba el híper sacrificio a cambio de buen dinero y la híper competencia interna entre sus miembros.

Un muy lejano día Roberto le había confesado a Gabriel que estaba ganando un montón de plata trabajando los fines de semana, pero que lamentablemente no disponía de tiempo para gastarla.

Su familia seguramente se encargó rápidamente de ello.  Roberto tuvo su casa propia mucho antes que Gabriel.

Sin embargo Gabriel, que siempre desconfió del sistema, sí llegó a hacer algo antes que Roberto: volcar. El “verás que todo es mentira” del tango  se le hizo carne muy joven, cuando todos aquellos a quienes él había bien servido, le dieron cruel e injustamente la espalda. Crisis severas, internaciones y posteriores búsquedas llevaron a Gabriel a percibir al sistema como un instrumento perverso con el que es dable negociar mientras uno sea víctima de la necesidad, pero nunca más allá. Necesidad que aprendió con sus herramientas espirituales a acotar cada día más, por lo menos respecto de su persona, hecho que acercó enormemente el día de la liberación.

Roberto no tuvo la suerte de volcar, de hecho nunca lo hizo y el sistema lo aprisionó con sus metas interminables, con sus afanes infinitos,  con sus deberes inhumanos. Roberto siguió dando, dando, dando, aunque ya no necesitase dar tanto. Y un día, de repente, se murió.  Dejó a su familia con muchos bienes pero sin su presencia. Justo al revés de Gabriel que intentó vanamente convencer a los suyos que la presencia es más importante que los bienes.

A los dos meses Gabriel volvió a primera hora al cementerio a visitar la tumba de su amigo Roberto,  respecto de quien él todavía se culpa por no haber podido salvar. Esta vez sintió a sus espaldas una presencia extraña, sobresaltado se volvió.

“Perdone la indiscreción Señor, pero hace un par de años que lo observo, ¿era su amigo?” preguntó el sepulturero.

“Si” contestó Gabriel.

“Y ¿porqué viene tan seguido?” siguió el curioso.

“Para asegurarme que no me equivoqué” respondió enigmático Gabriel y se marchó a grandes pasos, dejando al atónito sepulturero  revolviendo su dedo índice junto a su sien.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2013

Si tienen unos veinte minutos disfruten como el genial LISZT imaginó la Bendición de Dios en la Soledad y como otro maestro Claudio ARRAU la ejecutó, porque en definitiva todos habitamos en ella. Los demás -cualquiera sea su título- son circunstanciales compañeros de ruta.

Anuncios
Published in: on enero 28, 2013 at 12:04 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/01/28/regreso-sin-gloria/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: