EL ARBOL DE LA ABUELA


ARBOL DE NAVIDAD

 

EL ARBOL DE LA ABUELA

 

Estaba en su ropero, el mismo que solía revolverle de arriba abajo en mi infancia  para su fingida preocupación, el mismo que me apropié hace unos cuantos años. Mi abuela fue mi primer vecina por así decirlo. Ocupaba la única pieza en altos de la casa en esquina de Temperley, esa que me recibió recién nacido, hasta el día en que mi padre construyó a su vera  la segunda pieza en altos, con la doble función de ser durante el día su escritorio y durante la noche mi dormitorio exclusivo.

Mi soledad nocturna se consolaba sabiendo que con solo animarme a salir al pasillo exterior y oscuro, bajar unos pocos escalones y tocar la puerta, me encontraría con mi abuela, el ser que más amaba, durmiendo en su principesco colchón de plumas. Y durante el día cuando la tarea interminable que el William Shakespeare me brindaba en su doble turno, me aburría por completo, no encontraba nada mejor que ir a interrumpir su siesta, contemplando sus recuerdos italianos, su ropa elegante y los libros de mi padre que dormían en estantes al lado de su cama.

“De que le habrá servido a tu papá leer todos estos libros, si yo vivo feliz sin haber leído uno solo” me decía envolviéndome en su risa cantarina y súper contagiosa. Ella era sin duda alguna, la portadora de la alegría en mi hogar de origen. Dueña además de un rosario cargado de proverbios piamonteses que desafían hoy al mejor tratado de filosofía aplicada.

Eramos muy compinches. Me malcriaba a más no dar. Cada vez que recibía algún reto de mi madre, la portadora del “deber ser”, de los “hay que” de aquellos años, Atilia me tomaba de la mano y me llevaba a dar una vuelta, ella caminando, vestida como para el teatro y yo pedaleando en triciclo.

Ya más grande me encerraba en su pieza y me enseñaba canciones en italiano o me contaba alguna historia de inocencia picaresca. Yo sencillamente la adoraba y admiraba en proporciones equivalentes.

También era la portadora, a mis ojos, de dos condiciones inigualables. La belleza y la dignidad. A sus 60 largos y pese a diversos achaques de salud conservaba en la chispa de sus ojos celestes, en su distinguido porte, en su lenguaje señorial y en su cabellera blanca, los signos evidentes de haber sido una muy bella mujer. Ambas me contaron que paseando por las calles del centro, mi madre solía tener que soportar la humillación, siendo ella joven y bella, de los piropos masculinos que en buen romance decían: “a mi déjenme la madre”.

Sin embargo, mujer de un solo hombre, permaneció fiel a su esposo minero, fallecido trágicamente a temprana edad.

Cuando paseaba con ella se mostraba en toda su fuerza la dignidad de Doña con que todos la conocían y llamaban. Nadie le era indiferente y nadie osaba pasar cerca sin saludarla o cambiar algunas palabras con ella. Para todo Temperley  yo no era ni Henry, ni el hijo de Enrique y Mary, sino el nieto de Doña Atilia. Por eso los paseos duraban toda la tarde, para alivio de mi madre que podía descansar de mi agotadora presencia.

Los sábados a la tarde eran nuestros. El cine Astor de la Avenida Almirante Brown nos cobijaba por un mínimo de seis horas. Con los bolsillos llenos de golosinas veía junto a ella las películas de su amor imposible, Hugo del Carril o de sus ídolas de la canción Tita Merello y Libertad Lamarque, las que precedían las primeras películas en color que llegaban al barrio: Ben Hur, Cleopatra y similares.

Un feo día de marzo, se fue de repente. A mis diez años sufrí por vez primera al aguijón de la muerte. Vestida de fiesta y encarando una excursión a la Virgen de Lourdes en Santos Lugares, de quien era devota, se descompuso camino de la estación y nadie pudo salvarla. La vida nunca fue igual sin ella.

Extraño hasta el día de hoy su alegría. Porque no era una alegría de quien todo lo tiene, sino una alegría de a quien casi todo le falta. Ella le enseñó a este pésimo alumno que se puede sonreír en medio de la tragedia y la carencia, que se puede ser una chispa de luz en la tormenta más oscura, que se puede ser faro para todos los aprisionados por la preocupación y la tristeza. Será por eso que no hay mujer sobre la tierra que me seduzca más rápida y completamente que la que porta como estandarte a  la alegría.

Ella tenía motivos sobrados para llorar noche y día, y sin embargo reía. Varada  y viuda en un país extraño con dos hijos  adolescentes, trabajando todos mucho, habían salido adelante. Viviendo siempre humildemente y al día, mi madre se había casado con un contador italiano, también escaso de fondos. Separada de su hija sufrió en una pensión a dos cuadras de la casa de mis padres hasta que mi padre aceptó resignar su escritorio para traerla a vivir con ellos en esa habitación en altos. Mi tío se casó enamorado de una mujer que lo cuidó siempre y creo que lo hizo feliz, pero que tuvo encontronazos fuertes con mi abuela.

Católica hasta la médula, supo congeniar y aceptar a mi padre que profesaba otra religión. Se respetaron y se conquistaron mutuamente, tanto que era frecuente verlos reírse juntos de chistes subidos de tono que se contaban delante de mí, para escándalo de mi madre.

Sigue aun hoy alumbrando mi senda,  diciéndome que se puede reír en medio del drama, que se puede festejar aun sin motivo, que se puede disfrutar ignorando el peso del ayer.

Por eso me dolía verla mal. Y eso era casi con exclusividad en una fecha: la Nochebuena. Allí estaba sombría y perdía la paciencia, tanto que era muy frecuente que esas cenas terminaran en escándalo.

De ella heredé el disgusto. Tengo una foto al lado del arbolito en pijama, en el año de su muerte, con una cara terrible porque había querido pasar la Nochebuena durmiendo contra la opinión de mis padres.

Este 2012, que por suerte ya termina, bisiesto y funesto en plena potencia, me trajo entre otras tantas calamidades, serios disgustos familiares. Tan graves que mudé todos mis libros a la casa que fuera de mi madre, hoy convertida en estudio mío. Necesité espacio, tiré un montón de cosas y buscando huecos en los muebles, di con el árbol de navidad de mi abuela, el que armaba en la pensión, el que debió haber armado en las distintas casas alquiladas con sus hijos, el que yo le armaba bajo la ventana de su cuarto. Por algún motivo ella no lo amaba. Solía decirme que la Navidad se representa con el pesebre, que el árbol era un invento para poner unos regalos que mucho sentido no tenían, ya que el regalo era Jesús y a Él había que ir a esperarlo en la iglesia, en la misa de gallo, a la que jamás faltaba.

Adopté su doctrina y un buen día me independicé de toda la farsa del arbolito y sus regalos.

Sin embargo este año, junto al pesebre de mi estudio, armé el árbol de la abuela. No espero ningún regalo ni pienso hacer alguno. Pero ese árbol, maltrecho y raído, experto en enjugar las lágrimas de alguien que en cualquier otra fecha, reía pese a todo, apareció nuevamente en mi vida pidiendo que lo vistiera. Me hace bien pensar que, desde algún lugar, ella está intentando enjugar las mías.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 17 de diciembre de 2012

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Published in: Sin categoría on diciembre 21, 2012 at 10:20 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Me emocionó mucho tu relato. Y me hace acordar, aunque te parezca mentira, a situaciones parecidas pero con mi abuelo materno.
    Muy bueno.
    Felíz reencuentro con el árbol de tu abuela.

  2. Querido Enrique:
    Muy hermoso tu relato. En este año que he perdido a mi madre, me resulta muy movilizador.
    FELIZ NAVIDAD
    Guillermo

  3. Un gran abrazo desde el alma hermano, solo eso.


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