NOCHE BOQUENSE


AFICHE HP LA BOCA 2012

NOCHE BOQUENSE

Viernes a la noche, solo, sentado frente a mi Campari en un lugar que jamás creí que existiera en este costado oscuro de la Capital. “Al escenario” es el nombre del sitio. Un oasis francés, con música francesa, dueños franceses, mozo francés y sobretodo buen gusto francés. Imposible no sentirme en el queridísimo restaurant “La Belle Epoque” de Chascomús, desaparecido hace décadas y que transformara en mi bohemia juventud 120 km en un paseo fugaz y obligado, cada vez que la compañía lo ameritaba.

El barrio no me es ajeno en absoluto. De tránsito obligado hacia Temperley, guarda anécdotas a bordo de los autos de mi padre, fue también el escenario de mi fiesta de egresados de la secundaria en la calle Olavarría que terminó en caos en el cercano Parque Lezama, contiene a tres cuadras el estadio memorable escenario de innumerables alegrías y tristezas pintadas de azul y oro, resuena en el tango TRES AMIGOS que suelo tocar recordando la  esquina de Suarez y Necochea, está bordado de cantinas que hacían las delicias de mi abuela y una amada tía, guarda en sus sombras mis amores clandestinos de conventillos y se da el lujo de albergar, sobre la Avenida Patricios, un oscuro fracaso como empresario supermercadista.

Lamadrid esquina Irala, frente a la plaza Matheu, una vieja casona reciclada me contiene y caigo que en la cuenta que – sensaciones de inseguridad mediante- hace más de una dozena de años que no ando por aquí.

Gracias a Adolfo Somavilla, mi querido amigo de la infancia que reencontré hace unos meses a la luz difusa de un muy psicológico escenario, cuando después de casi 40 años de no vernos, las VARIACIONES DRAMATICAS DE LOCAS POR GARDEL, nos juntaron en otra solitaria noche que el afecto dormido, pero nunca extraviado, hizo interminable, estoy de nuevo aquí. Esta vez él no actúa, dirige a una artista de excepción: Perla Logarzo en “Hay piedras en el cielo y son para el trueno”.

Al igual que para Locas por Gardel íbamos a venir en patota y uno a uno mis amigos me dejaron solo. Dios sabe porqué. No tengo excusa, no tengo distracción, lo que pase será plenamente mío.

Somos muy pocos, todo un desafío para Perla que deberá poner solo de sí la energía que el público ausente no podrá brindarle. Y lo hará, vaya si lo hará.

Mientras suena “Amsterdam”, la mágica canción de mi juglar preferido Brel, pido una hoja de papel. Es un lugar ideal para escribir. Nunca lo lograré pero la hoja tendrá su utilidad. Adolfo se acerca, me abraza y me muestra todo el lugar. Desde la otra mesa se acerca una reconocida terapeuta que ya conoce una versión anterior de la obra, me invita a su mesa, me niego, la soledad ya me atrapó y la disfruto.

El escenario es un pequeño espacio enmarcado por un piano cuya tentación de escucharlo me vencerá al cerrar el local, algunos pocos elementos de la puesta en escena y las mesas del bar. Es todo muy, demasiado diría yo, intimo entre el actor y el público, bien Shakesperiano.

Se apagan las luces y Perla, en sombras, se acerca por detrás tocando magistralmente un acordeón a piano. La magia empezó.

Perla y Adolfo me provocan una inmensa ternura. Talentosos como pocos, artistas de alma como ciertamente era mi madre y como casi ya no quedan, llevan su arte en forma bohemia por todos aquellos rincones del mundo donde el arte sea necesario. Es imposible para mi no asociarlos con los padres de Edgar Allan Poe. El bohemio que vive en mi, al que prolijamente reprimí todo el tiempo que fue necesario pero que hoy aflora, los busca, los necesita, los apoya incondicionalmente pero por sobre todo los admira y disfruta.

En un mundo harto de pseudos artistas que solo hablan y vaya si lo hacen bien mal, es un inmenso goce ver a Perla sola sobre el escenario diciendo cosas, interpretando con cada músculo que se le marca por el esfuerzo en su cuerpo, con cada expresión de sus ojazos, con cada arruga de su rostro y por supuesto con cada mínimo gesto y movimiento. Podría decirse que para conmover casi no necesita hablar, ni cantar, le basta con moverse.

La obra tiene pocas palabras, pero cada una de ellas es un estilete. Son textos de distintos autores que increíblemente, tal como Adolfo dijo, “si los juntás en una mesa de café se matan a trompadas”. Pero sin embargo esos textos duros, profundos, poéticos y muy muy lúcidos, se hilvanan en una puesta en escena capaz de derrumbar cualquier autodefensa psicológica, capaz de conmover al más frio de los humanos.

Perla es super completa. Toca bien, canta bien, baila bien y maneja cada minúscula parte de su cuerpo con una maestría plástica que denota una ausencia total de improvisación. Tal el efecto de palabras profundas y plástica perfecta sobre el desprevenido espectador, en ente caso yo: demoledor.

La metáfora de la ostra me deja pasmado. Todas las posibilidades y quedarse pegado al nacar por miedo, el miedo que sí existe. La ausencia de ternura. Por Dios, acabo de decirle a varios amigos en conversaciones separadas que a lo que no me resigno es a seguir viviendo sin ternura.

La tristeza como telón de fondo de la vida. Y hacer lo que se debe hacer aun cuando no se encuentre razón ni sentido. Estamos en tono menor y hay que cantar lo que está escrito.

La irrupción de la nostalgia de la infancia donde todo era esperanza.

El hartazgo de las normas que no sirven para ser feliz.

Y la resistencia del ser humano. Las ganas de huir sin saber adonde. La obra llega a asfixiarme y cuando estoy respirando con dificultad Perla lanza un grito desgarrador, tanto más porque lo siento mio, mio, mio, como ninguno.

Entonces busca la puerta y no la encuentra en ninguna sitio y cuando la encuentra, no le sirve.

Y asi empieza lentamente a mandar lo que Perla llama la biología de la supervivencia. Eso, eso me digo, mientras anoto frenéticamente en la oscuridad, en la hoja de papel, las pocas frases que me servirán para recordar el momento, las frases más duras de esos textos impactantes. Todos somos sobrevivientes.

El mundo que pinta Perla me sigue ahogando. La injusticia no se soluciona. Abunda y se derrama agregaría yo.

Debo conducirme como si todas las cosas fueran efímeras, meras apariencias, excepto yo. Claro el hombre de amianto, ese que usé como disfraz, la armadura oxidada, el que casi logra matarme.

Perla sigue impiadosa. Voces que oímos en la soledad pero que se hacen débiles e imperceptibles cuando entramos al mundo. Dejamos de escucharnos, el camino de vuelta, la puerta, quizás consistan en solo eso, escucharse algo, escucharse cada vez más.

Pero no se puede. No se acaba nunca de nacer, cada vez que rompemos el cascarón del mundo, aparece uno nuevo, cada vez que corremos un telón a poco andar hay otro. Uff!!! Cuanta verdad, si llegúe a pensar que volar es imposible

Y el final es una franca cachetada. No vayan a pensar que están vivos, no vayan a pensar que no lo están. Asi es el superviviente, vive pero en verdad está muerto.

Perla se va por las escaleras cantando en polaco y yo apenas noto las lágrimas de la mesa vecina. Tengo demasiado conmigo mismo. Ni el susto del cuchillo inmenso que Perla extrajo debajo de mi propia mesa para su danza ritual, logró sustraerme un segundo de la profundidad del relato.

Aplaudimos como para compensar el aplauso de los que no están, aplaudimos para sacarnos los nervios, aplaudimos porque acabamos de ver una talentosísima entrega y una verdadera obra de arte.

Seguirá la picada con cerveza, las interpretaciones y el afecto desparramado en el bar francés. Nos vamos cuando cierra, esquivando los amenazadores grupos callejeros de mi Boca nocturna.

En Retiro me despido de Adolfo y Perla. Se que será por poco tiempo, el arte se encargará de volvernos a juntar.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 1 de diciembre de 2012.

 

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Published in: Sin categoría on diciembre 1, 2012 at 10:01 pm  Dejar un comentario  

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