ESPIRITUAL


Eros y Psyche, obra de ANTONIO CANOVA, 1793, Louvre, Paris.

ESPIRITUAL

Tras quince cuadras bajo una persistente llovizna, aterido de frío y mortalmente agotado, Juan ingresó al desierto bar costero. Todavía no tenía ni idea acerca de como iba a invertir la hora libre, su única del día, que disponía antes de subirse al ferry, el cual rompería toda magia para devolverlo a su vida. De lo único que estaba convencido era que en esas condiciones no podía dar ni un paso más. Una agraciada moza lo condujo a la mejor mesa del lugar, en la exacta ochava junto al ventanal principal.

Liberado de su carga y de su gruesa campera, Juan se desplomó en la silla, pidió un té y se dejó atrapar por la vista.

Suave, lenta, casi dolorosamente, anochecía sobre el río mientras las primeras boyas encendían sus luces. La llovizna envolvía al paisaje todo en una bruma inquietante y fantasmagórica. A lo lejos, muy a lo lejos, tras la silueta negra de una isla cercana, asomaba el difuso y gris contorno de un enorme carguero. En sincrónico contraste, un diminuto velero cercano a la costa apuraba el paso para entrar a puerto con el último destello de luz.

Nadie, nadie en la inhóspita calle, nadie en el desierto bar. Hubiera preferido el silencio, pero unas viejas canciones francesas, lentas y románticas lejos de importunar, sumaban a la escena.

“¡Qué lugar! ¡Y qué momento!” se dijo. “Tan fugaz, tan inasible. En pocos minutos todo estará tan oscuro”.

“Qué mal momento para estar solo” se reprochó. Fue precisamente en ese instante que sintió, con absoluta claridad, que no lo estaba. Era imposible pero definitivamente real. Dejó de pensar, de mirar y  se concentró en sentir. Un cálido abrazo lo envolvía de pies a cabeza, con el mismo calor que sentía emanar de su propio corazón.

Era ella, otra vez y como siempre. Casi podía dibujarla en la silla de enfrente, conmovida por el soberbio concierto de ese atardecer, en perfecto silencio y los ojos, bellísimos, fijos en el difuso horizonte.

A Juan el momento le parecía pertenecer a otras coordenadas de espacio – tiempo. Para él podía estar pasando en Marte, Venus, la luna, en el año 1000 o en el año 2400. Una sensación de eternidad lo invadió. La sintió más suya que nunca, casi como un espejo, o más aun, como una prolongación de si mismo. Es que ésto era ella : una parte de él mismo, una parte que no puede separarse, que él no puede separar aunque lo intente.

Allí enfrente, con el tiempo detenido, el fugaz paisaje hecho eterno y algo mucho más fuerte que el amor uniéndolos, gritándole que hace milenios que están unidos y que por siempre lo estarán.

Maravillado y sorprendido una vez más, pero afirmado en la certeza de su presencia, Juan quiso llamarla, hacérle saber de algún modo el excelso momento que compartían, preguntarle cómo y porqué fisicamente tan lejana, estaba ahí cobijándolo, amándolo.

Ella no atendió, ella no respondió ningún mensaje. Juan entendió y aceptó que en realidad no hacía falta alguna. Puso el teléfono a un lado, se olvidó de él y se dedicó a disfrutar plenamente de su inequívoca presencia.

Afuera lloviznaba, hacía frío y la noche oscura ya todo cubría. Adentro, en la tenue luz del bar y junto a la ventana que mira al río, dos siluetas se besaban. Una de ellas, apenas más traslúcida que la otra.

Enrique Momigliano

Colonia del Sacramento, 31 de julio de 2012

 

 

En Colonia no hay góndolas ni gondoleros, asi que se los vamos a pedir prestados a Offenbach y a Andre Rieu, déjense arrullar.

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Published in: on agosto 2, 2012 at 1:06 am  Dejar un comentario  

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