LAVALLE CASI CASI ESQUINA MEEKS, TEMPERLEY


LAVALLE CASI CASI ESQUINA MEEKS, TEMPERLEY

Los 90 años del William Shakespeare y mi bici roja

 

¡Cuanta razón tenías mi querido Rainer María Rilke cuando afirmabas que la verdadera patria es la niñez! Si despojamos al concepto de patria de banderas, himno, frontera, ejército y entendemos por tal a los paisajes, los olores, los sonidos, los códigos, la gente que llevamos bien adentro, que añoramos profundamente y que reconocemos de inmediato al retomar contacto con ellos, la niñez es la única patria a la que pertenecemos. Este sábado 12 de mayo lo comprobé en carne y lágrimas propias.

Mi querido colegio primario, el William Shakespeare School, que en la actualidad  no solo tiene secundario sino guardería, granja y universidad, ubicado en el hoy denominado “barrio inglés” de Temperley, cumplía 90 años de su fundación y sus autoridades, maestros y ex alumnos nos convocaban a festejarlo. Por alguna ignota razón agendé la fecha con tiempo y me decidí a concurrir cualesquiera fuesen las circunstancias de ese día. Así se lo hice saber a mis compañeros de promoción, con quienes hoy tengo un fluido contacto, sin demasiado éxito.

De modo que en completa soledad, bien temprano, en una hermosa mañana de sol con frío, encaré el viaje a mi ciudad natal, sin dejar de pensar en las paradojas de la vida que hicieron que pocas horas antes asistiese al estreno de una obra teatral sobre el conflicto de Malvinas, cuyo final contiene una poesía mía. Es que esa rara mezcla soy yo, desde mi nacimiento y por eso aunque amo profundamente a la Argentina, no dejo de reconocer que soy mas italiano que la muzzarela y que tengo muchas cosas de la cultura anglosajona, más que las que estoy dispuesto a celebrar. Hijo de padre italiano y de madre norteamericana pero de familia italiana, crecí en un hogar donde prácticamente no se hablaba castellano, todo era italiano o preferentemente dialecto piamontés. Y asistí por siete años al William Shakespeare School donde el inglés era obligatorio hasta en los recreos, de modo que discutía con mis amigos, muchos hijos de españoles en idioma británico. Ese ecumenismo superador de nacionalidades donde los Momigliano, Berlingeri y Desalvo convivíamos en perfecta armonía con los Somavilla, Vazquez, Cobe y Rodriguez, recibiendo el mismo trato que los Roberts, Jones, Thomas y  Nelson; resultó un  aporte no menor a mi formación  que le debo, entre tantos, a mi escuela.

Sorprendido por la cantidad de autos, tuve que dar varias vueltas hasta lograr estacionar sobre la calle JM Fernandez, a unas tres cuadras de colegio. Ni bien empecé a caminar, una extraña sensación se apoderó de mí, la cual me costó identificar. Levanté la vista y vi el cielo profundamente azul tras las hojas amarillas de los altos y añosos árboles, aspiré el perfume de los jardines, me detuve ante las viejas casonas y sentí por vez primera en muchísimos años, tantos que avergüenza decirlo, un profundo sentimiento de pertenencia. Ningún lugar en el mundo era tan mío como ese. Casi medio siglo de andar vagando y estableciendo falsas raíces no pudieron borrar mi íntima sintonía con esas calles. Doblé por España y el cuadro fue absolutamente completo, mi niñez me había franqueado la puerta de muchas de esas casas, que estaban casi igual, ya que en ellas vivían entonces mis compañeros. Di unos pasos más y un  zumbido invadió mis oídos. Conocido, pero que no había escuchado por décadas. Al instante lo identifiqué, eran los neumáticos Imperial Cord de mi bici roja, rodando veloz por las baldosas acanaladas. Increíblemente, cuando pisaba  una vereda lisa, el zumbido cambiaba de forma y respondía al rodar sobre los baldosones. Es que en Temperley yo iba a todos lados en bicicleta y amante de la velocidad como siempre fui, iba por las veredas a toda la velocidad que mis piernas permitían, siempre buscando los límites de adherencia y maniobrabilidad. Por cierto ello me valió mis buenos accidentes pero el andar en bici fue sin duda uno de los más grandes placeres de mi infancia pueblerina.

Estuve largo rato detenido en la esquina de España y Lavalle. Ese difícil ángulo agudo siempre ponía a prueba mis dotes conductivas, para frenada y coleada mediante, doblar a toda máquina, dispuesto a tirarme de la bici si la maniobra no salía y mordiendo la tierra enfilaba para los árboles.

Caminé lentamente la larga cuadra de Lavalle, que lamentablemente perdió su empedrado, recordando los partidos con Martín en los pedacitos de pasto de las veredas, suspiré al pasar por la casa de Fernanda (que por 1968 solía quitarme el sueño) y llegué al acto, emplazado sobre la Lavalle cortada, casi casi esquina Meeks.

Frente a tanta juventud reunida, quizás por vez primera me di cuenta de lo viejo que estoy. Superaba por lustros hasta a los padres reunidos junto a las sillas. Miré, busqué, miré y sentí el temor de no conocer a nadie. Lo llamé a Felipe que había prometido venir y no me atendió, la llamé a Claudia pensando que por cercanía no iba a faltar y me dio la mala noticia de su ausencia por motivos pictóricos. “Sonamos, estoy solo. Y si me emocioné con la bici no quiero pensar lo que me espera” fue mi desesperada reflexión.

Tras un buen rato de buscar en vano hice algo inteligente: me ubiqué en un lugar aislado donde todos pudiesen verme. Nos vimos al mismo tiempo y tal como hicimos en aquel ya legendario asado del campo de deportes, Felipe y yo nos abrazamos desbordando alegría, frente a la multitud. Al poco tiempo llegó Silvia, que había trabajado a destajo, como si todavía fuese directora y nos hizo sentar en las sillas más cercanas. Primera fila, justo enfrente de la puerta de entrada al colegio.

Esa fortuita circunstancia hizo que toda la duración del acto, para mi tuviese dos escenarios simultáneos. Por un lado escuchaba el excelente discurso de Mariel, la directora, gozaba con el himno del colegio virtuosamente cantado por dos adolescentes y un coro de niños, pero por el otro yo estaba solo y sentía el silencio.

Era por oleadas, me metía en lo que estaba pasando a mi alrededor y de golpe desaparecía para adentro. De a ratos Lavalle recobraba su empedrado y cuando lo hacía me parecía ver entre la gente al Siam di Tella del dueño del colegio estacionado sobre las piedritas grises. La bow-window del aula que da al frente se me aparecía enorme y me veía huyendo en mi primer día de clases de kindergarten por ella. Veía estacionado al Fiat 1100 de mi padre, intentando por todas las formas posibles que bajara para entrar al colegio. Un nudo cerró mi garganta. El pilar de la puerta de entrada no estaba solo. Era mi madre que permanecía parada allí por horas, para que yo la pudiese ver por la ventana y así quedarme en clase los primeros tiempos. El ceibo de la entrada se hacía más joven y a sus pies estaba yo, sonriente para la foto del primer día de clases. De repente parada en la puerta ya no estaba mi madre sino Kika Quarleri, soportando el frío y agitando su mano, haciéndole señas a alguien para que se apure porque llega tarde. Y allí para mi sorpresa, jadeando, con un pañuelo tapando la boca y guantes de piloto de auto, desde la barrera de Juncal, tras haber recorrido a mil la cortada Alemandri, bajo a toda velocidad en la bici roja, cruzo temerario Meeks, emboco la estrecha puerta y me pierdo derrapando sobre las piedras, rumbo al tinglado para bicis del patio, mientras Kika cierra por fin la entrada.

Casi al mismo tiempo, Sheila empieza a leer desde el palco:

“Shhh…
Escuchen. Cierren los ojos y miren. ¿los ven? No…claro… si no los conocieron, les resultará difícil “verlos”. Ahí pasa Mrs. Boxall, chiquitita, menudita, pero ¡qué carácter!! ¡Con qué resolución caminaba y con qué facilidad lograba el silencio que quería… solamente con su mirada! Esa misma mirada que trocaba a dulzura cuando quería alentar a algún remolón. Viene con Mr. Kirby… ¿los ven? Salía poco de la “oficina”, y a veces se asomaba por detrás del piano que estaba contra esa pared, adonde Mrs. Ruth nos dio lecciones un tiempo, porque después teníamos Singing en el Comedor, tooodo pintadito con imágenes de cuentos…Recuerdo a BlancaNieves… ¡¡ah!! Yo solía escaparme con mi imaginación siguiendo esas imágenes cuando la Srta Elena me insistía en que terminase los fideos de Fefa porque si no, no iba a tener postre”

La sintonía es perfecta. Son los recuerdos de Margie Rubio, que vive lejos, en la mágica Tanti cordobesa y que es nada menos que la hija de una muy querida maestra Mrs. Winnie, la colorada, para los íntimos. Ahora somos todos los que vemos otro colegio, el que vivimos. Sin pedir permiso, mis lágrimas empiezan a fluir y no se detendrán hasta el final, el cual estuvo a cargo de Silvia, hija de otra maestra Mrs. Ryan con quien guarda un asombroso parecido. Felipe a mi lado marca infructuosamente el teléfono de Margie, una y otra vez, para que pueda escuchar sus palabras en el acto.

Silvia sigue:

“¿Quien viene ahí? Miss Holder!! Poetry!! “He clasps the crag with crooked hands…” y cuántas otras poesías vienen a mi mente todavía. Infaltable rodete y polleras largas y un aspecto tan formal que parecía severa. Junto con ella viene la Srta Quarleri si miran bien, ellas están tan sorprendidas como nosotros de ver nuestro colegio tan cambiado. Suben la escalera rozando con sus dedos la baranda de madera, recordando tantas cosas, tantas risas. Alguna de las maestras se quedó en el patio, fijándose si algún chico se escondió en el bicicletero, pero se desconcierta cuando ya no lo encuentra.
Shhh…No. No se asusten. No son fantasmas. Claro que no. Ya no están con nosotros, pero no son fantasmas. Son EL ALMA de este Colegio que hoy celebra 90 años”.

 

Poesías, claro ahí empezó todo, sin olvidar las tragedias de Shakespeare que nos hacían estudiar en plena infancia. Y el bicicletero, justo en el que hace un momento había estacionado mi bici roja. El ALMA, ¡cuan viva sigue en cada uno de nosotros! Y vaya a saber uno cuanto de esa ALMA fue capaz de transmitirles a sus hijos, aunque hayan ido a otra escuela.

Menos mal que siguen actos artísticos hermosos, gaitas escocesas y acrobacia en telas  para combatir el mutismo que el viaje al pasado produjo en nosotros. El discurso emocionado, quebrado en lágrimas, del Director General Guillermo Bruno cierra el acto. Comienza el reencuentro. Alejandra, una ex compañera de trabajo de quien hasta hace poco ignoraba que compartíamos el colegio, Liliana tan contadora y fan del yoga como yo y Sheila que me atora: “¡Quiero ver que vas a escribir de lo que se vivió hoy aquí!”. Lo intentamos Sheila, tan solo eso.

Xabier aparece en el teléfono y promete unirse. Ya somos tres, cuatro con Silvia pero ella no podrá desprenderse de sus obligaciones en el colegio. Me dice: “Andá a verte que estás en el museo”. La sensación de vejez reaparece. “Creí que en los museos se ponían cosas muertas o extintas” contesto. Efectivamente ahí estoy, en mi foto de primer día de clase en lugar destacado. Foto que reaparecerá en el video con que fuimos obsequiados en el brindis posterior y motivará a un ex alumno, décadas menor, a preguntarme: “¿pero vos quien sos?”. “Un ex como vos, pero mucho más viejo” será mi poco meditada respuesta.

Recorremos el colegio, impecablemente adornado y luciendo todos los trabajos de los alumnos para la ocasión. Una nota más que simpática era ver a los niños sirviendo comida y bebida en el patio. Se conforma la base de datos de ex alumnos y hay un libro de firmas, al que nunca llegué. Xabier que no había estado en la recorrida que nuestro grupo había hecho meses atrás, se asombra de los cambios edilicios y recorremos aulas y recuerdos hasta que literalmente nos echan porque deben cerrar la escuela.

Me cruzo en la puerta  y saludo a Mrs. Gibson, quien fuera también mi maestra. Ella no me recuerda y en mi emoción olvido que también era la madre de David, amigo y vecino, con quien volvíamos del colegio todos los días, el en su bici negra y yo en la mía roja.

Han volado como cuatro horas desde que empezó el acto y llegamos al brindis en el secundario. Al fin un trago para poder tener a raya la emoción. Más encuentros, más anécdotas y Silvia que me pide que haga de fotógrafo de la gente, abajo está el resultado. Nos despedimos como cuatro veces pero nadie quiere ni se puede ir. Cuando finalmente lo logramos necesitamos seguirla, poder digerir entre amigos todo lo vivido.

Una tranquila vinería de Lomas nos brinda refugio a Xabier, Felipe y a mi. La exquisita comida y los generosos tragos serán el condimento necesario para que una hermosa charla entre tres compañeros de aula por siete años se prolongue a la luz de casi cincuenta años de vida separados. Me siento unido a ellos firme e indisolublemente por algo fuertísimo e indefinible, a menos que adoptando a Rilke, lo llame patria.

Solo las primeras horas de la noche y  la promesa de un próximo asado, nos convence a cada uno que es hora de volver. Tras una hora de viaje llego a mi hogar. Guardo el auto en el garaje y antes de reunirme con mi familia, humedezco un trapo y me dirijo a la pared del fondo. Colgada de un clavo, ella me aguarda.

“Vamos a limpiarte y ponerte linda, que el próximo domingo de sol, te llevo a Temperley a correr un poco”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 13 de mayo de 2012

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Published in: on mayo 14, 2012 at 2:07 am  Comments (9)  

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9 comentariosDeja un comentario

  1. Bellísimo Enrique, gracias por compartirlo. Tus palabras hicieron que me llevaras por esas calles, por esas puertas que se abrían, por cada rincón que describiste y aunque hayamos recorrido esos espacios en momentos diferentes sentimos lo mismo y eso, creo yo, es lo que hace que cada uno de los que pasamos por el William Shakespeare nos reconozcamos hermanados

  2. ¡Sabía que ibas a describir exactamente lo que todos sentimos ese dia!!!Gracias de corazón por tu talento!!!

  3. Acá estoy, Henry, con lágrimas, leyendo el relato más que bello y emotivo! Recuerdo bajar la escalera y que la Srta Quarleri cargue de tinta mi lapicera fuente en su escritorio!
    Un gran cariño, Anne

  4. Querido Henry: Impecable!! sigo emocionandome con cada una de tus palabras !! Los que vivimos la infancia intensamente siendo el colegio la huella principal en nuesto camino nos permitimos hoy , disfrutar con nostalgia esos momentos sagrados e imborrables.
    mil gracias por estar presente y poner en palabras tan precisas nuestros sentimientos .
    un beso grande y nos vemos en el proximo asadito , prontito !!!
    silvia

  5. Estoy emocionada al leer tantos relatos escritos con el corazón y los recuerdos hermosos de la época.
    Yo también tengo guardados los mejores y más cálidos momentos vividos con mis alumnos , los profesores y directivos de mi época( la mejor).Les envío a todos un enorme y afectuoso abrazo para que sepan que nunca los olvido. Marta Ponzio de Pousa ( alias Petite ,la profe de Frances…)

  6. Querido Henry, nuevamente me emociona tu relato …. Si efectivamente lloro, me rio y vuelvo a vivir esos hermosos momentos que estaban guardados!!! Que bueno que no hemos juntado. Un beso

    • Me encanto Enrique…!! Muy emotivo… Yo vine a vivir a Temperley cuando me case a los 23 años, naci en Sarandi, partido de Avellaneda, pero mis dos hijos Sabrina de 28 y Matias de 26 nacieron, crecieron y viven en Temperley y lo aman… Yo tambien. Mis hijos fueron al Eclestton en Jardin de Infantes y a la Escuela N40 y mi hija al Huerto a partir de Octavo y Mati al comercial de Temperley. Vivimos en una Torre pegada a las vias en la calle Condarco, rodeada de hermosas casas…

  7. Hola, me alegra haber encontrado (por fin!) una mención de Mrs. Boxall en el web … Increíble que en los anales publicados por el colegio actualmente no aparezca su nombre 🙂

  8. Cierto, soy un egresado del paleolítico, Mrs. Boxall me acompañó durante toda mi vida, qué vergüenza que no haya más sobre ella en la web …


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