“RICARDO NO HABLA, RICARDO NO ENTIENDE”


“RICARDO NO HABLA, RICARDO NO ENTIENDE”

 

Es una muy fría mañana de junio de 1983 en Buenos Aires, con un viento molesto y una llovizna pertinaz. El semáforo que preside la ilustre intersección de dos famosas avenidas, Sarmiento y Del Libertador Gral. San Martín cambia de amarillo a rojo, los autos detienen de a poco su rauda marcha.

“¡Dale Ricardo, ayudame con aquella fila! ¡Apurate che!” suena imperativo el grito de Osvaldo, un veterano de la guerra de Malvinas del año anterior, alto, moreno, fornido, en su uniforme verde oliva, mientras se zambulle en el mar de autos con unos almanaques en la mano, deteniéndose ante cada ventanilla que se cierra a su paso.

Muy pesadamente, tambaleándose y tiritando de frío, Ricardo se levanta de su asiento improvisado en el borde de la fuente del orgulloso y mudo monumento a los españoles, el mismo que presenció la misa del Papa, poco antes del cese del fuego.

En absoluto silencio se desliza entre los autos que también cierran por completo sus ventanillas y sus conductores impertérritos clavan la vista en cualquier parte menos en él. Rubio, blanco, muy delgado, con el cabello largo y sucio y la mirada perdida, en su uniforme verde raído, no ofrece ningún atractivo a la vista. El solo atina a poner el calendario que lleva la imagen de nuestras Islas Malvinas en cada vidrio cerrado y a soportar con dolor la indiferencia absoluta por única respuesta.

El semáforo se pone verde, los autos reinician su marcha para alivio de sus conductores y Osvaldo y Ricardo los esquivan peligrosamente hasta alcanzar, una vez más, el refugio relativo de la vereda del monumento. Se miran.

“Nada, nada, otra vez nada” “Pero que manga de hijos de puta que son” rezonga Osvaldo. Ricardo calla, como siempre, como desde el día en que lo tomaron prisionero en las afueras de Puerto Argentino, hace ya más de un año.

Mientras esperan el próximo semáforo Osvaldo sigue confrontando su rencor acumulado con la esperanza de dar con algún alma caritativa que les proporcione las monedas que les permitan costear el boleto del día siguiente y algún pequeño refrigerio.

Ricardo lo mira, lo admira y lo quiere. ¿Quien sabe qué habría sido de él sin un amigo como Osvaldo? Seguiría seguramente tirado en la cama como estuvo los seis meses posteriores a su llegada de las islas, casi sin comer, casi sin beber y triste, triste, triste, desesperadamente triste. Es cierto, juntan pocas y míseras monedas pero por lo menos se siente útil y acompañado. La indiferencia de aquéllos a quienes piden le duele pero no lo enoja, simplemente Ricardo no entiende. Es imposible para él entender que aquéllos por los que él combatió en las islas, aquéllos que llenaron la plaza de mayo, aquéllos que los despidieron entre vítores, aquéllos que con solo verlo de uniforme se acercaban a saludarlo, hoy………le den vuelta la cara cuando se acerca.

Sí, definitivamente Osvaldo es un camarada de ley. En las islas pelearon codo a codo y se cubrieron mutuamente infinidad de veces. Solo por ello sobrevivieron ilesos. Pero Ricardo era más amigo de Silvio con quien había hecho todo el servicio militar. Silvio, ese formidable soldado, arrojado, heroico, que en la última noche de encarnizados combates murió en sus brazos, alcanzado por una esquirla en pleno pecho.

No demasiado lejos de allí, en Villa Martelli, un obrero opera una máquina de una fábrica, tratando de refrenar primero, ocultar después y secar finalmente las lágrimas, que rebeldes insisten en rodar por sus mejillas. Ernesto, de unos cuarenta años, papá de Ricardo, trabaja duramente pero no puede con su dolor, que además es doble. Su esposa, frágil como era, no pudo resistir la incertidumbre por el paradero de su hijo al comenzar el conflicto, la ausencia de noticias y el desorden y ocultamiento final de los combatientes. Peregrinando en búsqueda angustiosa se vio sorprendida por un infarto que sumió a Ernesto en una trágica soledad. Cuando por fin dio con Ricardo, su dilema acerca de cómo decirle que su madre había fallecido fue rápidamente dejado de lado por el patético estado en que su hijo llegó. Lejos de abrazarlo o estar feliz y agradecido por haber sobrevivido, Ricardo, esquelético y de mirada turbia casi no lo reconoció. En su casa solo atinó a encerrarse en su cuarto y no cruzó palabra alguna con su padre.

Ernesto con sus generosos hombros y su esforzada historia cargó con ambos duelos y trabaja desde entonces horas extras para poder pagar al psiquiatra que, muy de vez en cuando, viene a su casa a ver a Ricardo.

“¿Qué le pasa?” preguntó el galeno en la primera visita.

“Ricardo no habla, Ricardo no entiende” contestó Ernesto.

El psiquiatra lo examinó y pese a la ausencia de palabras concluyó: “Ricardo no habla porque no quiere y Ricardo entiende absolutamente todo, démosle tiempo, es lo que más necesita y estar ocupado, búsquele algún trabajo sencillo, le hará bien”.

Inútiles fueron los esfuerzos de Ernesto, Osvaldo y muchos amigos de ambos, para que alguien aceptase que Ricardo trabajara para el. Ni siquiera gratis lo quisieron.

Tanto rechazo acabó por deprimirlo aun más. El abismo de Ricardo pareció no tener fin. Dejó de bañarse y afeitarse y se rehusó a salir de su pieza por meses. Solo se aferró casi con desesperación a su uniforme verde oliva que le recordaba las islas, las balas y el combate sí pero también la camaradería y la amistad, el enemigo sí pero también la hermosa misa de campaña y el rancho compartido. Increíblemente quería volver. Y volvió, una noche volvió. Una luz que atravesó la pieza y un grito en la calle lo hizo despertar a los gritos y empezó a disparar simuladamente parapetado detrás de la mesa de luz. Al otro día para horror de su padre, todo el dormitorio apareció destrozado. Ernesto y el médico convocado de urgencia lo ametrallaron a preguntas. Ricardo no habló porque Ricardo no entendió que diablos había pasado.

Casi lo internan si no fuera porque Osvaldo se resistió heroicamente a abandonar al camarada. Y haciéndose cargo de él llegaron al semáforo de avenidas ilustres.

“Rojo, vamos” dice Osvaldo. Ricardo en silencio lo sigue. ¡Como le gustaría ser como él, fuerte, decidido, más duro, poder como él putear y sacarse la bronca contra esa sociedad de mierda que los trata como extranjeros, contra el estado que después de haberlo mandado a defender la bandera los abandona! Pero no puede, a él que no lo doblaron cuarenta y cinco días de bombardeo y tres noches de durísimos combates, lo destruyó la muerte de Silvio y lo aniquiló la indiferencia y el rechazo de quienes solo esperaba reconocimiento al sacrificio.

“Bueno, ésta no nos fue tan mal, tenemos para el almuerzo. Ánimo Ricardo, es una sociedad jodida, desinformada y confundida pero hay excepciones, todavía queda gente buena.” sonrió Osvaldo. Pocas pensó Ricardo, demasiado pocas. Ahora caminarán unas cuantas cuadras hasta el bar de José que les deja usar el baño y les hace precio para poder picar algo en un rincón, ante la indiferente mirada de la concurrencia que solo habla de football.

Ricardo no habla pero tampoco entiende como una guerra puede ser tan pero tan ignorada. Sabe por cartas que a sus camaradas del sur les fue muy distinto. A ellos los recibieron como a héroes y también sabe que en los pueblos chicos del interior, a algunos hasta los hicieron desfilar y el cura, la policía, la escuela y los bomberos se organizaron para ayudarlos a ellos y a sus familias. Pero para Buenos Aires la guerra fue de otros y prefieren olvidarla lo antes posible, por eso ni los miran, porque se la recuerdan.

Mientras camina Ricardo  extraña a Betty, su novia adolescente a quien sus padres forzaron a abandonarlo porque presumiblemente “estaba loco”. No la culpa, él tampoco está para noviazgos. Para eso hay que creer en la vida y él viene de ver demasiada muerte.

Es la pura verdad lo que dijo el médico. Ricardo no habla porque no quiere, nada le parece que valga la pena decir después del horror que vio. Hasta la vida parece ser una farsa. Siente que sus compañeros han muerto en vano, que los heridos han sido heridos por una causa que nadie valora, que él perdió a su madre y a su novia por el capricho de un general.

Así, en el abandono de la sociedad y sus instituciones, Ricardo irá perdiendo progresivamente el sentido de su sacrificio y a la par irán aumentado los fantasmas del dolor.

Ricardo come y lo mira a Osvaldo, prefiere no ver a la gente que lo ignora. No es un mal día, el sol ha salido y su amigo lo contiene. Afortunadamente no puede imaginar que en los meses venideros todo empeorará. Por motivos a los que él es absolutamente ajeno, la sociedad pasará de la indiferencia al odio hacia el uniforme que porta y todo será mucho, mucho más difícil.

Sobrepasado de dolor, esfuerzo, angustia y rencor, su padre un día lo abandonará en pos de su esposa. Y algunos meses después, él mismo, sin haber pronunciado palabra – quizás para entender o por no hacerlo- tomará una trágica y definitiva decisión.

“Dale, volvamos al semáforo que hoy estamos de ligue” dijo Osvaldo. Se levantaron y se fueron juntos, como en las islas a pelearle a un enemigo mucho más feroz que el inglés: el olvido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 10 de marzo de 2012

 

Escrito en recuerdo y homenaje a los 400 (cuatrocientos) veteranos de guerra de Malvinas suicidados en los años posteriores al conflicto y a todos los que sufrieron y sufren las consecuencias de la “desmalvinizacion”. Es hora de reparar en la medida  que se pueda, tanta indiferencia, tanto desagradecimiento, tanto injusto olvido.

nota: para ir a otros escritos referidos a Malvinas, utilizar el link HOMENAJE A LOS HÉROES DE MALVINAS ARGENTINAS que se encuentra sobre el margen derecho

 

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One CommentDeja un comentario

  1. Es imposible leerlo sin quebrarse. La cruda realidad con la cual muchos debemos toparnos, nos hace estremecer hasta las lágrimas. Este relato es una desgarradora verdad, y su final estremece. En tus propias palabras, Enrique: debemos “pelearle a un enemigo mucho más feroz que el inglés: el olvido”.
    Mis sinceras felicitaciones. Este relato merecería un premio.


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