CARNE-VALE


CARNE-VALE

“Occidente se desarma”

Hugo Mujica

Mientras disfrutamos de la dudosa estética de las múltiples murgas, esquivamos los baños de espuma y lidiamos con las avenidas cortadas al unísono, suena interesante reflexionar sobre el posible mensaje de la más pagana de las fiestas, que año a año aumenta en duración e intensidad.

El carnaval fue ideado como el contrapeso de la cuaresma que conduce a la Semana Santa, aunque cada vez sea más semana y mucho menos santa. En los tiempos en que “Occidente” no estaba desarmado, era muy extendida la práctica de ayunos, sacrificios y abstinencias – anche cilicios y flagelaciones – durante los cuarenta días que precedían a la Semana Santa. Dicha cuaresma evocaba el retiro de Jesús en el desierto y su resistencia a las múltiples tentaciones del demonio. Su finalidad era llegar a la evocación de la Pasión, mucho más en sintonía con el ejemplo de Nuestro Señor. O para decirlo de otro modo, ponerle un límite consciente a nuestros apetitos corporales, a fin de tornarlos evidentes y afincarnos con más decisión en nuestra naturaleza espiritual. Es que en este “valle de lágrimas”, “mundo de reparación”, “reino de las formas”, “escuela” o como quieran llamarlo participamos de la dual naturaleza carnal y espiritual, eternamente en conflicto.

Como no nacemos campeones de la espiritualidad, salvo raras excepciones, el carnaval se pensó como los últimos días de lo permitido, aquellos en que la carne vale y se puede dar rienda suelta a los apetitos antes de, “miercoles de ceniza” mediante, encarar el “aguante” de los cuarenta días, cuya real finalidad de contactar nuestra realidad espiritual, nunca ha sido debidamente ni explicitada ni aprendida. La ceniza es el símbolo por excelencia del penitente, tanto que en la India hay renunciantes que cubren todo su cuerpo con ella.

Para permitir y exacerbar el descontrol carnal se inventó la máscara o el antifaz. Resguardada mi verdadera identidad me puedo animar a ciertos excesos, inaccesibles si debiera pagar el costo social de los mismos. Nadie ha retratado mejor que Serrat esta soberana hipocresía en su inolvidable “Fiesta”, que para evocarla bástenos con transcribir la frase: “bailan y se dan la mano el prohombre y el gusano sin importarles la facha, juntos los encuentra el sol, a la sombra de un farol, empapados en alcohol, magreando a una muchacha”.

Dicho esto cabe preguntarnos: ¿Vale la carne?

El Occidente que se desarma, veía a la carne como un mal necesario, la relegaba al lugar de lo prohibido – aumentando así su atracción-, instruía a sus hijos en ese sentido obligándolos a una lucha permanente contra sus propios apetitos por supuesto condenada al fracaso y creaba ciertas válvulas de escape como la prostitución, frente a las cuales siempre se hacía el distraído. No me condenen, Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura, a principios del siglo XX en un exquisito y nutritivo libro llamado “Matrimonio y Moral”, dijo lo mismo.

Un amigo muy religioso e inteligente, de nombre nada menos que Juan Bautista, en una profunda crisis de Fe, me preguntó: “¿cómo puede ser el sexo un desorden, un pecado, algo malo, si todos provenimos de él?”. No pude responderle pero me dejó pensando por décadas.

La sociedad occidental hoy transita el polo opuesto. Rebelada contra “Occidente” le ha dado rienda suelta a la carne y no solo en carnaval. La sacó del terreno oculto y la ha endiosado a tal punto que la ha convertido en ídolo supremo, en el único fin del hombre que no duda en empastillarse para seguir rindiéndole tributo.

Me viene a la memoria la frase de un inmigrante galaico que había tomado, en mi adolescencia, la costumbre de darme los consejos que lamentablemente no podían provenir de mi extinto padre. Así me dijo: “Ten cuidado con la carne que es como la muerte, si la sigues te mata, si la niegas te jode”.

Baste como prueba de lo que digo la televisión prostibularia, el auge de implantes mamarios y de todo tipo, los records de venta de estimulantes y un par de datos de la red: la palabra más buscada es sexo y el 60% de todos los sitios es pornográfico.

Parece pues que la carne vale. Y no estoy para nada en desacuerdo ya que soy un producto de ella, por lo menos en parte. Siempre recuerdo que si mi padre no hubiese sentido atracción sexual por mi madre, no me hubieran buscado nada menos que por nueve años. Empero, me parece como integrante de este occidente desarmado, que debemos encontrarle un lugar donde ni nos mate ni nos joda. Creo que  una correcta educación sexual no debe limitarse a preservativos y píldoras del día antes, durante y después, sino que debe hacer un consciente esfuerzo por darle a la carne su justo valor, para así alentar a hacer un uso razonable y armónico de ella.

Solo de esa forma dejará de ser tan omnipresente para que el hombre se dé el espacio y el tiempo de volver a contactar su naturaleza espiritual, que es muy importante y que llevada ahora al terreno de los trastos abandonados es quien se ocupa de llamar la atención con depresiones, vacíos existenciales y enfermedades.

Simplemente para recordar la importancia de la en aparente retirada conciencia de la naturaleza espiritual del hombre, baste decir que la naturaleza carnal con la muerte muere mientras que aquella otra permanece. No suena razonable pues enfocarse tanto en lo transitorio y olvidar lo permanente.

Un hermoso canto oriental dice: espíritu y naturaleza caminando juntos y en armonía. Es claramente una tarea colectiva pendiente.

Como lo mío es la literatura y dentro de ella el amor tiene un lugar especial, va cuento sobre dos que tienen mucho que decirnos acerca de algunos de los padecimientos – la palabra pasión comparte origen con ellos y  casi siempre a ellos conduce-  que conllevan las relaciones basadas únicamente en la carne.

AMORES CARNALES

Juan levantó la vista del café para saber la hora del viejo reloj del bar en el que esperaba nervioso. Ya habían pasado veinte minutos de la hora convenida. No estaba demasiado sorprendido por ello, Alicia nunca llegaba a tiempo. Como si la estuviera viendo, se le apareció llegando tarde como siempre a todas las reuniones laborales que compartieron por varios años. La vio acercarse a la mesa, donde todos la miraban con el ceño fruncido, sin un ápice de apuro, la recordó sentándose con esa gracia especial que lo inquietaba, echarse el pelo a la espalda y con su mejor sonrisa decir: “¿me perdí algo importante?”. Siempre todos contestaban que no y la reunión continuaba como si nada. La belleza alardeando su poder.

Alicia, que vivía a una cuadra tan solo del bar elegido, todavía no había ni siquiera empezado a vestirse. Hacía exactamente un mes que esperaba con ansia este reencuentro y ahora que estaba ahí a su alcance, algo la retenía. Al igual que Juan hacía unos años que había pasado de largo por el medio siglo de vida y también como él no era libre, de modo que había tenido que inventar coartadas y excusas para poder disponer de esa tarde.

Después de 25 años de no saber nada uno del otro, Juan un día, vaya a saber porqué, empezó a extrañarla y ayudado por el avance tecnológico la había empezado a buscar, tibiamente al principio, obsesivamente al final. Una vez que dio con su dirección electrónica no pudo contactarla. Recordó que no habían terminado bien y que había sido su culpa exclusivamente. Alicia había formado parte de un año muy loco en la vida de Juan en el que él, sobreviviente de un cruel naufragio matrimonial, podía hacer cualquier cosa con una mujer, menos comprometerse afectivamente o tomarla en serio.

Alicia, inmóvil en su cama, pensaba cómo diantres había podido ser ella quien lo buscase y finalmente contactase a semejante tarambana que había despreciado su amor, pese a que ella le asegurara que las formas eran lo que menos le importaba. Pero lo cierto es que lo había hecho y cuando Juan respondió, una inusitada y vieja alegría había invadido cada célula de su piel. Se había pasado el mes a dieta, había comprado ropa nueva y esa misma mañana había ido a la peluquería – a teñirse por cierto-, a la manicura y había gastado más de dos horas frente al espejo diseñando su apariencia.

Juan no le había ido en zaga. Dieta, peluquero, ropa y zapatos nuevos que había ocultado en la oficina y muchísimo gimnasio a escondidas para intentar vanamente endurecer en algo su fofa anatomía. Empero el mes de Juan había tenido un detalle que le había robado el sueño por completo. Cada vez que cerraba los ojos Alicia aparecía, pero lo hacía desnuda y haciendo el amor con él.

Alicia estaba en sintonía. Todo lo que Juan tenía de detestable como hombre lo había tenido – por lo menos para con ella- de adorable como amante. Y era su cuerpo, cada una de sus partes, aun las más íntimas, que lo extrañaban locamente.

Cuarenta minutos. Juan empezó a dudar si vendría. Aunque temía, esperaba que lo hiciera. No resistiría otro mes de insomnio. Debía terminar con la duda y en algún punto deseaba que Alicia apareciese gorda, fea y desalineada para poder de una vez sacársela de la cabeza.

Alicia se incorporó como un autómata. Era su entraña que no quería perderse el encuentro. Ella también recordaba lo poco de espiritual que había tenido su relación con Juan. Un difuso día que se habían encontrado como compañeros de trabajo en el departamento de fugitivo de Juan, él sin decir palabra la había desvestido lentamente y poseído con una fuerza y ternura desconocidas. Nunca hubo proyecto entre ellos, ni sueños compartidos, ni ilusiones, ni mucha profundidad discursiva. Siempre había sido verse y desearse y no detenerse hasta satisfacer ese deseo puramente carnal que los unía.

Se había pasado treinta noches en vela excitado como si tuviera veinte años. La piel de Juan la recordaba con una minuciosidad digna de un pintor. Sentía en las yemas de los dedos la tersura de sus senos, sus gemidos le taladraban los tímpanos, como si el último encuentro hubiese sido ayer, sus muslos aun recordaban la blanca suavidad de los de ella. Los labios de Juan percibían aun su beso, recordaban con claridad su cuello y toda su piel sentía la delicada caricia de sus manos. Era pura locura, Alicia debía haber cambiado, tanto como él, pero por alguna razón la llama pasional que los unió ignoraba el paso del tiempo, junto con los compromisos reales y concretos de la vida cotidiana.

A su manera Alicia también estaba inusualmente excitada. Sentía íntimamente la necesidad de Juan, esa misma que la había llevado a buscarlo muchos años atrás y decirle que estaba dispuesta a olvidar la ofensa recibida, esa misma que cuando Juan le dijo que se casaba de nuevo, la había llevado a proponerle ser amantes. Terminó de arreglarse y salió, inusualmente apurada, camino del bar.

Juan sabía que estaba jugando con fuego y que se podía quemar muy feo. Pero necesitaba terminar con la obsesión para poder seguir adelante con su vida. Era imperioso saber con certeza si la llama seguía viva, más allá de su mente. Pidió el quinto café y se propuso esperarla todo el tiempo que fuera necesario, él no se iba a mover de allí.

Alicia en cambio no dudaba. Sabía que si le daba lugar al encuentro, su cuerpo tomaría el control y nada, absolutamente nada de lo que la rodeaba tendría para ella la menor importancia. Sabía que con solo decirle “HOLA” un divino caos se apoderaría de ella y no la soltaría por un buen rato, conduciéndola vaya a saber adónde. Recorrió presurosa los últimos metros y lo vio, revolviendo el café, detrás del vidrio. Ese mismo perverso vidrio que le devolvió en reflejo su propia imagen. Se detuvo.

La sensación de una mirada clavada en su frente, sobresaltó a Juan, que recorrió por enésima vez las mesas vacías y la puerta de entrada. No se le ocurrió mirar hacia afuera.

Ella entendió de golpe. Al verlo  y verse, su corazón le susurró una sola palabra: TARDE. Y con el rostro empapado en lágrimas y el cuerpo doliéndole en la sangre, pasó de largo del bar.

Dos horas después, Juan pagó, se levantó despacio y salió a la calle. No estaba ni triste ni frustrado. Por extraño que parezca, suspiró aliviado. Mientras caminaba hacia su hogar, se levantó el cuello del abrigo, el invierno estaba a las puertas.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 6 de febrero de 2012

Sirva este inolvidable tango de música de fondo

 

 

Anuncios
Published in: on febrero 11, 2012 at 11:34 pm  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://sociedadpoetica.wordpress.com/2012/02/11/carne-vale/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: