MISTERIOSA MELODÍA


Juan Vigliermo Brusso y familia en Italia, aprox. 1922

 

MISTERIOSA MELODIA

“Solo se que no se nada”

Sócrates

 Oscar, un gran amigo que me dejó bastante más solo en esta tierra hace unos pocos días, solía terminar muchos de nuestros debates acerca de los estudios que compartimos por más de una década con la frase socrática. A mi solo me quedaba asentir.

Su repentina partida en plena vitalidad y obra de entrega al prójimo con amor y vehemente convicción, es  un hito más que me afirma en la creencia que, por lo menos mientras estamos aquí, ignoramos muchísimo más que lo que sabemos. Especialmente en lo atinente a la vida y la muerte.

¿Adonde irán los amores que aquí no encontraron el tiempo para sobrevivir?, se preguntaba Franco Simone. ¿Mueren con uno?, me pregunto yo. ¿Y los grandes dolores? ¿Los que se van, se van del todo? ¿Estamos tan solos como pensamos porque nuestros ojos se obstinan en ver solo lo material? ¿Qué sucedería si estuviésemos más atentos? ¿Si desarrollásemos la intuición? ¿Si creyésemos más en lo que sentimos que en lo que vemos?

Solo para sembrar la duda en las mentes abiertas (mi profesor de física del secundario –odiada materia-decía siempre que solo los sabios dudan, así que háganlo), voy a referir una historia familiar personal asociada a una melodía.

No tuve la fortuna de conocer a mi abuelo materno. Cuando llegué a este mundo, hacía más de 30 años que él había fallecido trágicamente, sepultado vivo en un derrumbe minero en México. Mi madre, profundamente enamorada de su padre, como toda hija de 12 años, nunca superó del todo el dolor por esa pérdida. Quedó con su madre y hermano, solos y pobres en Buenos Aires. En sus últimos años de vida, su dormitorio lucía, con exclusividad, un gigantesco retrato de su papá Juan.

Fue ciertamente un duelo no resuelto. No hubo preaviso ni despedida, ni sepultura a la que llevar flores. Para ella, él vivió en su corazón hasta su último día en esta tierra.

Pero ¿Cómo habrá sido para Juan? ¿Con qué pensamiento habrá muerto? ¿Qué torturante angustia habrá llenado el tiempo que desconozco hasta que se acabase el oxigeno disponible en la mina? No me cabe duda que su familia, tan lejana y necesitada habrá estado presente en su mente y corazón y no le habrá sido nada fácil morir  a sus escasos 33 años, sabiéndose tan requerido. La impotencia y la rabia habrán sido seguramente  potros difíciles de domar.

Y podemos ir más allá. ¿Qué habrá hecho Juan cuando se vio por fin libre del cuerpo? Atraído por tanto amor y necesidad, no es difícil imaginar que, de haber podido hacerlo, ciertamente volara de algún modo en auxilio de su familia y permaneciera con ella.

Pertenezco a una familia de melómanos y soy profesor de piano, el que me acompaña desde mis cinco años. No es raro pues que ande por la vida cantando bajito, silbando viejas canciones, tarareando melodías. Es frecuente también que  melodías broten espontáneamente en momentos inesperados y las sienta ejecutarse por si solas en mi cerebro, hasta que logro identificarlas. Vida de músico que le dicen.

Pero existió una más que especial y misteriosa.

Corría la década del setenta y yo andaba llegando a mis veinte y estudiando en la facultad. Mi padre había fallecido a mis trece, como para confirmar que los karmas familiares tienden a repetirse, por ende vivía solo con mi madre. Cada vez que tenía que rendir un examen y siempre que circulaba por la misma esquina, camino del colectivo, empezaba a retumbar muy fuertemente en mi cerebro una melodía sumamente hermosa. Era tan intensa su presencia que la tarareaba en voz alta o baja, según estuviese solo o acompañado. Lo sorprendente es que por más esfuerzo que hacía no lograba identificarla ni asociarla mínimamente con la música que yo conocía o ejecutaba. De prestarle poca atención, el fenómeno llegó a obsesionarme. Mucho más me llamaba la atención que habiéndola tarareado por un buen rato en cada fecha de examen, no lograba reproducirla de ninguna forma en otro momento, ni con el piano ni con la voz. Sencillamente se esfumaba de mi cerebro.

Un verano me senté al piano y recorrí absolutamente todas las partituras estudiadas a ver si respondía a algún fragmento de ellas. Negativo. Y cada examen reaparecía y se esfumaba. Lo comenté con mi madre y algunos amigos que no se inmutaron demasiado. “Llevá pentagrama y escribila” me dijeron. Fácil tarea caminando hacia un examen.

Muchos años después de recibido y cuando casi me había olvidado por completo de la melodía, al escuchar distraídamente la radio, ella apareció. Me abalancé sobre el aparato esperando escuchar su nombre o su autor. No lo dijeron. Tampoco sucedió en los días siguientes, no era una melodía de moda.

No estoy muy seguro pero creo que fue en un show musical en Canal 9 en que apareció un grupo de bailarinas con paraguas debajo de una lluvia artificial y por el conductor me enteré que la misteriosa melodía era la música de “Los paraguas de Cherburgo”, una exitosa película que no había visto ni conocía de su existencia, y que había tenido éxito cuando yo era demasiado niño para ir al cine. Tampoco nunca nadie me la había comentado.

Busqué la partitura o algún disco que la contuviera. Nunca hallé ni la una ni el otro.

Alguna vez intenté buscar la película, sin éxito. Sabía su nombre y nada más. La vida y su vorágine hicieron que archivara por décadas el episodio en la carpeta mental titulada: misterios de la vida.

En el año 2004 un doloroso episodio familiar me llevó a encarar una terapia sistémica donde se navega por todo el árbol genealógico y las historias familiares. Muy oportuno ya que mi madre, lúcida aun, me ayudó a armar la historia de su parte de la familia. Con el lado paterno me costó bastante más pero, anotaciones de mi padre, primos famosos, Internet, ancianos compañeros de trabajo y ancianos inmigrantes me ayudaron. Mi terapeuta Tobías resaltó diversos hechos que me llevaron a sanaciones importantes pero destacó que profundizase en la historia de mi abuelo materno y en el duelo no resuelto de mi madre. Como aplicado alumno que soy, lo hice.

Juan Vigliermo Brusso, nacido en 1893 en Vico Canavese, pueblito perdido en el norte de Italia, siguiendo a su hermano Guido emigró en busca de futuro a Estados Unidos a los 17 años, llegando en 1910. Allí conoció a mi abuela Attilia Elisa Crotta, se casaron muy jóvenes, naciendo en1914 mi madre y en1917 mi tío. Ambos hermanos mineros, se radicaron en un pueblo llamado Arnold, (luego en Burrel y  Westmoreland) del estado de Pensilvania.

Mientras armaba la historia familiar, una noche sentado frente al televisor, detuve mi “zapping” en el canal francés, convocado por una muy joven Catherine Deneuve en una de esas raras películas donde los personajes en lugar de hablar, cantan todo el tiempo. La historia me atrapó, pero mucho más lo hizo la música: era “Los paraguas de Cherburgo”. Gracias al programa ARES obtuve en la red una copia subtitulada y pude entenderla mejor.

Pero el misterio permanecía inconmovible. La historia podría tener algo que ver conmigo pero también con un millón de personas más. El eslabón seguía perdido.

Fue hace unos pocos meses que la misteriosa melodía evidenció con toda su fuerza, todo su sentido. El sitio ANCESTRY.com, especializado en el manejo de archivos para búsqueda de datos de antiguos familiares, abrió en forma gratuita sus puertas por unos días que aproveché intensamente.

Fue así como llegué a saber que mi abuelo Juan arribó a Nueva York el 21/12/1910 en un hermoso buque mixto – a vapor y a vela- de tres mástiles, denominado OCEANIC, perteneciente a la línea White Star ( la del Titanic), el cual había partido de Francia, más precisamente del puerto de CHERBURGO.

Como se que Oscar me estaría tapando la boca, dejo las conclusiones a vuestro cargo. Lo único que voy a permitirme hacer es decir a voz en cuello:

¡Gracias Abuelo!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de diciembre de 2011

Les dejo la melodía de Michel Legrand junto con la secuencia inicial de la película de “Los paraguas de Cherburgo”. Al comienzo y al final de la misma se puede apreciar el puerto desde donde partió mi abuelo hace más de un siglo.

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Published in: on diciembre 15, 2011 at 12:19 am  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Que hermosa y conmovedora historia. Quisiera creer que no fue puro azar.

  2. Increible!!!!!….lo que sigue no es una frase mia: Dios no juega a los dados

    Fernando

  3. Estimado Enrique, con la esperanza que tu amigo Oscar, al cual mencionás, no sea aquel con quien compartimos varios años de trabajo, te cuento que es admirable la tarea de reconstrucción de tu pasado familiar a que te abocás. Reafirma el concepto que “si no sabemos de donde venimos no sabemos adonde vamos”, algo que en los tiempos modernos parece que no fuera importante dado que la inmediatez y la ambición desmedida todo lo destruyen.
    En cuanto a la melodía que te rondaba y tu posterior descubrimiento
    tengo la seguridad, intuitiva no profesional, que todos traemos al nacer, y a lo largo de la vida lo mantenemos, huellas genéticas de todos nuestros antepasados, sus virtudes y sus debilidades.
    Con toda seguridad tu abuelo, que no te conoció y al cual no conociste, te acompañó en tus días de exámen y en otras circunstancias también. Dichoso debés estar de haberlo percibido sin saber de que se trataba hasta muchos años después de ocurrido.
    Un abrazo.
    Severo.

  4. Enrique!! estoy haciendo un trabajo similar en cuanto a comprender mi historia hoy…. desde los ódenes del amor, con la Lic. Lilinana Inglese…. realmente en un año mi constelación familiar ha cambiado muchísimo… se han empezado a comprender, ocupar roles que nos corresponden, perdonar, agradecer… álmicamente… Gracias!!!


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