DE POETA A PINTOR


DE POETA A PINTOR

 Juan estaba de vuelta de muchas cosas, de casi todas creía él. Décadas intensas de esperanzas y frustraciones, de amores y desengaños, de victorias y derrotas, lo habían conducido a una aburrida meseta desde la cual le costaba enfocar la mirada.

Si lo hacia  para adelante había cosas tales como la vejez, el abandono y la muerte, que francamente lo aterraban. Si por el contrario lo hacía para atrás, una insoportable nostalgia de tiempos idos, falsamente revestidos de vanagloria, lo deprimía. Intentaba concentrarse en un presente sumamente vacío, corto como el día y zaherido por noticias arteras de amigos que se iban o enfermaban gravemente. En el desierto que se estaba transformando su vida, paso a paso, solo permanecía como solaz, refugio y consuelo, la eterna poesía.

Se acercaba fin de año y casi por compromiso a Juan todavía lo invitaban de diversos círculos de gentes con las cuales, de más o menos poca gana, Juan colaboraba en diversas formas. Detestaba profundamente esas reuniones y nunca concurría, salvo en escasas en que producía un fugaz paso para dar y recibir cierto formal saludo.

Deben haberse alineado algunos astros para que, ante una de las tantas invitaciones, no solo dijese un SI rotundo, sorprendiendo a quien la organizaba, sino que inundado de una inusitada alegría, contase los días y las horas para que la fecha llegase.

Juan era el primer atónito por su conducta, pero focalizado en el momento presente, estaba aprendiendo a dejarse llevar por sus estados de ánimo. Hacía lo que le venía en gana y era totalmente incapaz de hacer nada, absolutamente nada, por obligación. Lentamente había empezado a confiar en la sabiduría de su espíritu, a desechar el frío análisis lógico que había regido su vida y a creer en sus intuiciones. Si la alegría bailaba en su corazón, algún evento importante seguramente la inteligentísima vida le había preparado.

En el anochecer señalado, cantando, se dirigió a la reunión.

El grupo citado se dividía claramente en dos. Aquel conformado por quienes él bien conocía por interactuar frecuentemente  y otro subgrupo equivalente de perfectos desconocidos con quienes no había compartido ni siquiera un café.

Las dos primeras horas de la reunión no trajeron ninguna novedad. Juan tomaba y comía en abundancia y departía, solo con quienes conocía, trivialidades de actualidad.

En cierto inesperado instante alguien propuso y consiguió sentar a todos en un amplio círculo. Como era de esperar Juan quedó en medio de dos conocidos pero, al pasear su mirada por la circunferencia humana formada, descubrió uno a uno los rostros del subgrupo de ignotos. Ahí fue cuando la vio. Y no pudo dejar de mirarla por el resto de la noche.

“¿Pero dónde estaba? ¿Dónde estaba yo que no la vi antes? ¿Cómo fue que en todo este tiempo jamás la crucé? ¿Quien será?”. Juan era en si mismo una pregunta.

La reunión se animó. Anécdotas compartidas, cuentos, chistes, música y canciones. Juan vivía en dos dimensiones simultáneas y paralelas, suyas ambas. En una seguía la marea, en la otra contemplaba. A ella ¿a quien sino?

Se dio cuenta que ella se iba a dar cuenta, que todos se iban a dar cuenta que no cesaba de mirarla. Intentó apartar sus ojos de su rostro. Sencillamente no pudo. Intentó de nuevo, se entregó.

Le parecían siglos los veinticinco años pasados desde la última vez que algo similar le había sucedido, también un noviembre, pero a orillas del mar. Juan ya no estaba de vuelta, se sentía de ida, aunque el calendario, su estado civil y sus canas luchasen por desmentirlo.

Pero ¿Qué lo había hechizado así? ¡Imposible saberlo! Ciertamente no estaba a la vista. A los ojos de cualquier otro hombre no tenía nada de extraordinario. Era solo una joven mujer, recatadamente vestida, callada en su sitio, escasamente maquillada y casi sin oportunidad de desplegar gracia alguna. Juan no la veía así.

Para él, su negra  y larga cabellera hacía un contraste perfecto con la extrema blancura de su rostro. Ése rostro que a Juan le parecía surgido de algún cuadro de algún excelente pintor medieval. Era sencillamente perfecto. La frente amplia denotando inteligencia y firmeza de voluntad, las cejas finas, la nariz recta y fuerte y los ángulos que formaban los pómulos y las mejillas eran lúcida obra de un geómetra. Se detuvo en sus labios que enmarcaban una boca mediana  obstinadamente cerrada. Finos, de un rojo pálido indescriptible, con una forma exquisita y de manual de diseño.

Sus manos de una finura y delgadez tal que hacían delirar con solo imaginar una caricia.¿Cuántas décadas hacía que no reparaba Juan en las manos de una mujer?

Increíblemente la reunión seguía y mucho más increíblemente Juan, una parte de Juan participaba de la misma. La otra parte de Juan, su alma y su mirada tenía un solo objeto de atención. Ella lo notó y por vez primera le hizo saber a Juan que lo había notado. Muy brevemente lo miró de soslayo. Juan se sintió desvanecer al recibir de esos ojos perfectos, redondos, oscuros, una mirada tan profunda que revelaba un alma inmensa, intensa, pero tan conocida, tan familiar para Juan. El hechizo lejos de esfumarse, se agigantó.

Consciente de su victoria abrumadora, ella se acomodó en su silla con una serie de pequeños movimientos que, con la capacidad de una filmadora digital de alta definición, el cerebro de Juan registró. Obtuvo así una pequeña muestra de su femenina gracia. La armonía de la escena, armonía que Juan tradujo por belleza y lo llevó a abrir y fijar aun más sus ojos en ella.

Ella respondió con una leve y muy disimulada sonrisa que dibujó en sus labios de cuadro, quienes se adornaron con un mohín breve pero maravilloso, el cual  fue el toque final glorioso a un rostro ideal.

Juan ya la miraba con su alma, los ojos pasaron a ser un insignificante órgano innecesario que pudo transferir a la parte dedicada a seguirle el ritmo a la reunión.

Sin embargo los ojos de ambos volvieron a cruzarse muy brevemente y a Juan le llegó por su mirada un brillo febril muy particular. ¡Decían tanto esos ojos! ¿Cómo traducirlo?

Finalmente y pese al ruido reinante, al clima festivo, a la música y los cantos, el alma de Juan se impregnó con la vibración del alma de ella. Y fue sencillamente letal. Una dulce tristeza, una poética melancólica nostalgia salvó la distancia y los unió.

Juan sintió un profundo, inextinguible y antiguo amor. Contuvo como pudo sus lágrimas que treparon a sus ojos. Lágrimas de alegría, lágrimas de reencuentro.

Arrobado por la extrema belleza de ese rostro, por la encantadora gracia, por la misteriosa y febril mirada, Juan recordó. Y se recordó pintándola, horas, días, meses. Sus manos intentaron en vano buscar el pincel apropiado, el color indicado en la paleta. Su espíritu se vio buscando en el conocimiento adquirido de sus maestros, el recurso justo para retratar ese mohín encantador, para darle a esos labios su misteriosa armonía. En algún lugar en el tiempo, él la quiso pintar y recordó que no pudo.

Recordó que tras tremendos esfuerzos había concluido una tela que recibió el premio de un beso de ella y el elogio de maestros y críticos. Pero con suma angustia volvió al trágico momento en que, solo frente al cuadro, lo destruyó. Censurado por ello, abandonado por ella en su enojo, le preguntaron por el motivo.

Se vio respondiendo: “Es tanta su belleza y tanta mi incapacidad de retratarla, que no vale la pena conservarlo. Mi cuadro jamás transmitirá ni siquiera mínimamente lo que ella es”.

Y aquí están de nuevo. Para intentarlo otra vez. Pero Juan no pinta, hoy es poeta y tal como le sucediera con pinceles y paleta, hoy siente que le faltaron palabras para retratarla tal como ella es. O por lo menos tal como los ojos y el alma de Juan la ven.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 9 de diciembre de 2011

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Published in: on diciembre 9, 2011 at 1:57 am  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Me gustó. Me hizo recordar una película: Déjà Vu (1997).
    Felicitaciones.
    Un cordial saludo

  2. Me encantó. Te felicito.
    Saludos


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