UNA DIFICULTOSA DESPEDIDA


Monasterio de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, Frattocchie, Albano, Italia

UNA DIFICULTOSA DESPEDIDA

Apenas el martes pasado regresé de un retiro muy distinto en el Monasterio Trapense de Azul, mi número dieciséis. En realidad no he regresado todavía, considerando que durante todo el día, a las horas señaladas y sin pensarlo, resuena en mi cerebro la dulce armonía de los salmos e himnos entonados por el coro.

La primera diferencia estuvo en la fecha. Por presión de Alberto, con acuerdo de Jose, ella se corrió hacia fin de año. Protesté por lo bajo, no me gusta que haga tanto calor porque los insectos y demás animales- algunos nada civilizados- están en plena actividad y limitan mucho mi jurisdicción para el paseo, pero me callé.

La siguiente diferencia estuvo en la asistencia. De once que somos en el grupo de oración, todos los años conseguimos ir apenas seis o siete y muy pocos completan todo el tiempo del retiro. Más de una vez volví en completa soledad. Este año Juan se tuvo que esforzar para conseguir una habitación adicional compartida y tuvimos fortuna en que la deserción a último momento de Heinz nos permitió hacer coincidir los concurrentes con las nueve plazas disponibles.

Para finalizar con las cosas que salieron distinto cabe recordar que todos los años, absolutamente todos los que estamos decididos a ir a cualquier precio sufrimos en los días previos todo tipo de inconvenientes: presiones conyugales en contrario, enfermedades repentinas propias o de familiares, roturas de vehículos, complicaciones laborales, piquetes y bloqueos. En esta ocasión, salvo por un mínimo  e inexplicable inconveniente electrónico, todo fluyó bien.

La respuesta fue surgiendo de a poco. Respecto de la fecha advertí que el retiro comprendía nada menos que la Solemnidad de Cristo Rey. Cuarenta y cinco años atrás, la misma fue la ocasión de mi primera comunión. Aun cuando no he podido aplicar efectivamente en todo este tiempo ni siquiera el Padre Nuestro – tengo serios problemas con el “hágase tu voluntad” y con el “así como perdonamos a quienes nos ofenden”- puedo anotar a mi favor el no haber dejado jamás de intentar seguir a Jesús en la senda estrecha propuesta.

La segunda parte de la respuesta me llegó cuando publiqué  en este blog   SABERES PERROS. El mismísimo Padre José me escribió para darme un nuevo correo electrónico, porque – me informaba- se iba a Italia encomendado a una larga y difícil misión. Contando con el voto de estabilidad de los monjes trapenses, que los obliga a permanecer en el mismo sitio toda su vida, me tranquilicé asumiendo lo largo de la misión por unos escasos meses.

La tercera y última parte de la respuesta que corroboraba el carácter distinto del retiro, se hizo presente a través de Alejandro que me comunicó apenas dos días antes de partir que el Padre José, habiendo querido visitar a Nuestra Señora de Luján estaba en Buenos Aires y viajaría al monasterio con nosotros. En síntesis, me haría el regalo de venir y por ende bendecir mi casa, conocer a mi familia y dejarme conducirlo de regreso a su hogar. Un alud de alegría me invadió. Vi la rosa sin saber aun el tamaño de la espina.

Y el día llegó. El Padre José llego primero, tras él Jose y Alejandro y salimos en busca de Alberto. Sin proponérselo Alejandro había juntado en mi vieja camioneta a tres personas importantísimas en mi vida, probablemente aquellas a quienes más les debo – aparte de mis padres-, aquéllas que siempre estuvieron para mí en mis peores momentos y por supuesto aquéllas en que, con absoluta fe, logré en este inseguro mundo, confiar.

Nunca manejé tan despacio, realmente quería que el viaje no terminase nunca. Sentado a mi lado el Padre José nos hablaba y nos instruía, con una simpleza y familiaridad asombrosa. Me costaba reconocer en él un importante servidor de la Iglesia y tuve, al igual que mis amigos, que refrenarme para no caer en vulgaridades, chistes groseros y anécdotas picantes que son la sal y pimienta de una reunión de amigos. No en vano Víctor, que venia por las suyas, nos había recomendado hasta el hartazgo que “por favor, nos portásemos bien”. En algún punto se hicieron inevitables las preguntas: “¿adonde te vas? ¿Es por mucho tiempo? ¿Volverás?”. Sus respuestas fueron mi primera toma de conciencia que lo estaba perdiendo. Todavía no sentía la real dimensión de dicha pérdida.

Llegamos no sin antes haber aprendido más lecciones que nunca. Hasta se tomó el tiempo de ridiculizar mi soberbia con un micrófono improvisado y de dirigirme una fulminante mirada fija, para señalar un grosero error. Nos despedimos en el monasterio con la promesa de una charla colectiva el sábado siguiente. El Padre nos daba una sobredosis de despedida.

Me sentí raro el viernes, dormí mal y no pude involucrarme en los oficios. Mi corazón empezó a transitar otros senderos, en especial el de una punzante y conocida orfandad.

La charla del sábado fue muy instructiva sobre el Negro Manuel, custodio por más de cuarenta años de la Virgen de Luján, pero en el aire flotaba otro interrogante. Nuestro Maestro por más de quince años ¿en verdad dejaría de serlo? Sorprendentemente la charla concluyó con la promesa de una nueva en la tarde del domingo. Nunca habíamos tenido tanta presencia del Padre José.

Cristo Rey empezó muy mal para mí. Dormido, a las tres de la mañana, vistiéndome, le di un soberano cabezazo (de nuca) a la pared de mi habitación. Además de ser ciertamente merecido por mi rebeldía, demostró una vez más la dureza de mi testa. Despinté la pared sin hacerme ni un chichón. La rápida intervención de Víctor – ex rugbier y conocedor de golpes en la cabeza- ayudó y mucho a mi tranquilidad.

Fue en la misa, donde mientras escuchaba a un Padre José dar su última homilía en el monasterio, con poca voz, describiendo el particular modo de reinar sirviendo de Jesús y haciendo alusión al particular cargo que lo espera, que tomamos todos plena conciencia del final.

Con el alma pesada y sin haber hecho los deberes de discutir entre nosotros sobre el Negro Manuel, esperamos a la tarde al Padre en la biblioteca de la hospedería, en silencio. Cuando vino se notó que le dolía todo. Su alergia se había ensañado pero sobre todo le dolía hacer, lo que debía hacer. Aquello que había cuidadosamente planificado y ejecutado desde que aceptó viajar con nosotros: decirnos adiós.

Quiso escuchar la voz de los que casi nunca hablan en grupo, llevarse un vívido recuerdo de cada uno. Sentado a mi lado, percibía claramente la dificultad del momento, el dolor de partir que lo embargaba. Cosa curiosa en mí, procuré callarme lo más posible. Mientras observaba la escena caí en la cuenta que nadie me conoce tanto como él, nadie sabe más de mis miserias ocultas, de mis groseros errores, de mis dilemas irresueltos. Y lo mismo sucede con todos los demás. Solo él con su verdadero amor de Padre, con su mal disimulada sensibilidad, logró que durante dieciséis años intentase un retorno vívido y orante a mi religión y concurriese, tan solo para escucharlo, a un retirado monasterio.

Abruptamente puso fin a la reunión. Nos dejó un triple mandato que prometimos esforzarnos en cumplir:

“Quieran a sus esposas y trátenlas más que bien. Amen a sus hijos y no les impongan cargas que ustedes mismos no puedan llevar. Trabajen en el mundo sin dejarse fagocitar por él, siendo capaces de mantener el equilibrio entre trabajo y oración”.

No hubo abrazo, ni apretón de manos, ni nada. Estaba demasiado frágil para ello. Nos pidió que nos quedásemos sentados en nuestro sitio mientra él se retiraba.

Se fue y nadie pudo ni hablar ni moverse. Al rato Alejandro me confió en voz baja que estaba a punto de llorar, mientras mis lágrimas empezaban a rodar. La orfandad se hizo presente en toda su dimensión. Me vi en el estado que llegué allá por el año 1996 y se me hizo presente todo el camino recorrido por mi alma gracias al Padre José. Pasaron delante de mis ojos los diez cuadernos escritos con lo que retenía de cada charla con que fui bendecido y sentí a la vez un profundo agradecimiento a Dios por haber permitido ese encuentro y su obra en mi, mezclado con un lacerante dolor.

Fui el primero en necesitar aire y salí a caminar. Busqué un lugar apartado y le di rienda suelta a mi llanto. Después el primer impulso fue telefonear a mi familia, donde tengo quizás la más ardua tarea por delante.

Mientras escribo estas líneas, el Padre José está volando a Italia. Va a asumir como superior del monasterio de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento en Frattocchie, Albano, cerca de Roma. Un monasterio cuya creación fuera solicitada por el papa León XIII en  1883  para custodiar las catacumbas de San Calixto. Este fue el Papa Calixto I y en sus catacumbas se encuentra el primer cementerio cristiano. Su tarea no tiene un plazo fijo sino tentativo de uno a tres años, pero puede ser mayor.

Ante todo GRACIAS por tanto que nos diste y enseñaste, nuestras oraciones viajan contigo y me quedo con las palabras del Hermano Rubén, quien cuando le dije “perdimos a José”, me corrigió y me dijo “no lo perdimos, solo lo estamos compartiendo”.

Como los poetas para todo tenemos una poesía, ninguna refleja mejor lo sentido que el maravilloso escrito de Fray Luis de León, denominado EN LA ASCENSIÓN.

Para vos, nuestro muy querido Padre – en toda la dimensión del término- José.

 Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de noviembre de 2011

 

EN LA ASCENSIÓN

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, escuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, ¿te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado?
Estando tú encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube, envidiosa
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

FRAY LUIS DE LEON

El nuevo destino del Padre José

http://www.trappisti.org/index.html

Les dejo este maravilloso canto gregoriano, himno compuesto por San Bernardo de Claraval: Jesús, dulce memoria.

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Published in: Sin categoría on noviembre 25, 2011 at 4:59 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Querido Henry, tu fiel relato de nuestro último retiro me vuelve a emocionar.
    Sabé que al menos somos dos los que no cumplimos con el Padre Nuestro; te acompaño totalmente.
    Justamente duele el saber que el Padre José, que es “nuestro”, Nuestro Padre José, va a ser también de otros, y eso le dá a todo una fascinante dimensión.
    Gracias por tu emotivo relato.
    Abrazo fraterno


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