Cuando la reja se abrió


CUANDO LA REJA SE ABRIÓ

 

Hace un par de días, enfrascado en la penosa tarea de elegir el destino – donación, basura o regalo- de la ropa de mi madre, debajo de una camisa y en perfecto estado de conservación, me topé con un blazer azul de niño, con botones lisos dorados y un escudo rojo en su bolsillo. Ella nunca había podido desprenderse de él.

Mi último blazer del William Shakespeare estaba intacto y lucía orgulloso su TENAX PROPOSITI. No pude resistir la tentación de revisar sus bolsillos y cada uno de ellos tenía una sorpresa para mí. La primera fue la más cómica, un taloncito de balanza emitido en 1968 que acusaba mi peso de 47 kilos, un poco menos de la mitad que lo que peso hoy. La segunda era la invitación de Gabriela a su cumpleaños en su casa dela AvenidaMeeks, de hecho la última fiesta que asistí con mis compañeros y que conservé en mi memoria por muchos años, dolorosamente. Es casi un milagro que hoy los vea a menudo y que en cada reunión recupere alguno más. La última era nada menos que las preguntas de una prueba de SCRIPTURE (Escrituras, es decir La Biblia en inglés). Su dificultad y profundidad extremas – muchas de ellas no estoy en condiciones de responderlas hoy ni siquiera en castellano- eran testigos de la calidad de enseñanza que recibíamos.

Han pasado casi dos meses, que previo a uno de nuestros encuentros, decidimos visitar el colegio. No todos se animaron, en realidad fuimos un puñado. El sábado 10 de septiembre, justamente el día de Lomas de Zamora, pasé a despertar a Jorge por su nuevo domicilio capitalino y fuimos charlando al sur. Nos fue ganando un sentir extraño, probablemente el culpable que me perdiese dos veces antes de llegar.

Estacioné y nos acercamos a la reja de entrada. Kika Quarleri ( nuestra directora) ya no estaba en la puerta, como todas las mañanas, pero una placita a la derecha la recuerda. Silvia nos abrió y bajo el ceibo, este si el mismo ceibo de antaño, nos esperaban Nadia, Liliana, Maggie, Fernanda y Claudia.

El patio embaldosado le había robado un escalón a la escalera de entrada, pero nada detuvo el impulso de sacarnos una foto en ella. Curiosamente, como pude comprobar después, me ubiqué en el mismo rincón en que estaba en la foto de cuarenta y tres años atrás.

Miraba y caminaba en círculos, mientras en mis oídos resonaban las palabras de Felipe: “Yo ya fui y la verdad que ha cambiado tanto que no me pasó nada”. Es verdad, había cambiado un montón. De esa casa “cottage” del general Ricchieri, que me parecía inmensa, el colegio ha crecido para arriba y para atrás hasta alcanzar la calle posterior.

El embaldosamiento de la entrada, sumado a la construcción de aulas en lo que era el patio de las nenas, hacía muy difícil recordar el sendero de piedras grises donde nos lastimábamos jugando al poli ladro y por el cual entraba siempre tarde, siempre derrapando con mi bicicleta roja.

Al patio de los varones le faltaba el gigantesco árbol de mora en su centro que nos brindaba tanto sombra como útiles  proyectiles. El tinglado de las bicicletas no estaba y los oscuros baños en que nos escondíamos para pelearnos, habían sido sustituidos por unos “toilettes” dignos de un hotel. Para peor el patio estaba techado, lo que terminaba de hacerlo prácticamente irreconocible. Solo guardaba su vieja apariencia el lugar de la campana, la escalera para salir del patio y la galería que había que atravesar para ir a las aulas. Sin embargo afirmaba el recuerdo el maxikiosco de Josefa y Cacho que seguía en pie, mucho más equipado.

Por supuesto el alambrado que separaba el patio de la casa lindera por el fondo había desaparecido, sustituido por un pasillo que lleva a muchas más aulas y con él los odiosos perros que nos corrían salvajemente cuando lo saltábamos en busca de alguna pelota perdida.

Asombrado por el crecimiento del colegio y dolido por los recuerdos que no encontraba, me fui perdiendo del grupo. Busqué en vano las aulas que me cobijaron a las que se accedía por un puerta en el costado del patio y a las que se llegaba por una escalera que bajaba unos pocos escalones donde invariablemente me peleaba con Adolfo. Ellas –me explicó luego el Sr. Guillermo Bruno (actual director) – estaban en propiedad alquilada que fue devuelta. Así me crucé con Nadia en quien descubrí que estaba como yo. Subimos juntos por la nueva escalera que arranca del patio, para llegar a una también irreconocible planta alta.

Solo el cambio de piso me hizo notar que entrábamos en el sector viejo.  Nadia y Maggie, que apareció por allí, reconocieron donde estaba el baño de nenas y algún aula que escondía un viejo reproche para mi. Maggie me recordó que en cierta prueba no la había dejado copiar y me había sacado un diez. Algunas heridas no se olvidan.

Yo no reconocía nada y me seguía sintiendo raro. Apenas la “boisserie” de la escalera principal, el hall principal y alguna ventana me traían algún flash del pasado. Faltaba la gente y las chicas empezaron a traerla. “Acá estaba Miss Holder, la que decía: must be embroided” “En esta enseñaba Miss Winnie, la colorada” “¿Dónde estábamos con Miss Ruth y con Mrs Larghi, la mamá de Ricky?”

Busqué la escalera caracol que subía al segundo piso, donde estaba la famosa “mano negra” que nos tenía a todos asustados. Había sido sustituida por una escalera más ancha. Nada me servía para volver.

Bajamos y en ese momento se sumó Virginia que había llegado tarde. En algún momento di con Claudia tocando el piano en el fondo y en otro con todos tocando la campana. Solo me sacó de mi estado la visión de Liliana que, subida a la pasarela que en vísperas de un desfile solidario estaban armando, al son de la música se había puesto a bailar, revoleando su campera como el poncho de Soledad. No pudimos resistir la tentación y tras el desfile de las chicas, todos nos sacamos una foto ahí.

Bruno tuvo la gentileza de invitarnos a la fiesta del 12 de este mes y a los Sports de octubre, así como obsequiarnos con una corbata – tres tiras con los colores de cada casa – a los varones y con un pañuelo a las mujeres.

Volví a subir, esta vez con todos, por la escalera principal. Por más esfuerzo que hacíamos, nadie lograba reconocer un lugar con plena certeza. Bruno que nos acompañó, nos relataba datos de la historia y fechas. Interesante pero en vano.

Fuimos cayendo de a uno. Y después me di cuenta que todos a su tiempo intentamos que no se notara. Como lo general era difuso, lo particular se disparaba a partir de algo muy fuerte. Nadia me dijo que estaba emocionada, Maggie me reprochó la prueba y de golpe la vi a Fernanda intentando contener la emoción, con la vista fija a través de una ventana de la planta alta. No era para menos, estaba viendo el fondo de la que fuera su casa, la de su niñez. Ella vivía a tres casas del colegio y afortunadamente la casa está en idéntico estado. Todos habíamos estado en ella, en algún cumpleaños, estudiando o jugando a la pelota en el pasto de adelante. Entonces todos la vimos y antes de irnos nos tomamos una foto en la entrada.

¿Y mi recuerdo fuerte? Un torbellino de memorias me atravesaba pero para mi, hasta ahí seguía siendo un colegio ajeno, distinto.

Ya casi nos íbamos. Bajamos y fuimos a visitar la dirección, a la que tantas veces me llevaron sangrando por alguna refriega. También estaba muy cambiada, con la entrada por otro lugar. Al salir de ella me metí en el salón que se usaba de comedor al mediodía, pero en donde funcionaba en mis tiempos el jardín de infantes. De gigantesco que lo recordaba resultó ser pequeño pero conservaba intacta la que iba a ser el disparador de mi vuelta atrás. Su gran ventana que da hacia la entrada.

Me quedé mirándola largo, largo rato. Afortunadamente estaba la persiana cerrada, de lo contrario hubiese sido mucho más fuerte. No solo por ahí me fugué el primer día de clases, lo que me valió una sonora bofetada de Miss Boxall, la temida directora de entonces, sino que por un par de meses, durante toda la tarde mi madre debió permanecer parada en la puerta, de forma que yo pudiese verla  a través de esa ventana desde mi pupitre. Fue la única manera que acepté quedarme en el colegio.

Volvió toda mi angustia por esa separación primera, volvió el temor a levantar la vista y que no estuviera, volvió el prestar atención solo a medias por estar preocupado por el posible abandono. Esa ventana guardó mi dolor de niño y me lo devolvía.

Quería irme rápido, pero Maggie que sabe leer mi pensamiento, insistió en sacarme una foto en el exacto mismo lugar y con la exacta misma pose, bajo el ceibo de la entrada en mi primer día de clase. Accedí.

Fuimos caminando hasta el nuevo San Agustín, el secundario, que no conocía en absoluto. Pasamos por la casa de Diego que siempre llegaba tarde pese a vivir al lado y por la esquina, que fuera una obra en construcción abandonada, excelente refugio para nuestras habituales peleas. Antes de entrar al secundario un gran lote de la vereda de enfrente tapiado conservaba un pino enorme que me trajo recuerdos gratos. Nadia que mi vio observándolo, me dijo con la garganta cerrada: “Ni me hables, te acordás porque era mi casa”.

Nos fuimos al asado en el campo de deportes y la pasamos genial. Sin embargo a varios nos cayó realmente mal y estuvimos dos o tres días complicados. Le echamos la culpa al frío, a las papas fritas, a los años. También y solo quizás, pudo haber sido emoción.

 

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 5 de noviembre de 2011

Link a la foto de infancia:

https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/11/30/regresado-primera-parte-el-viaje/

 

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Published in: Sin categoría on noviembre 7, 2011 at 3:31 pm  Comments (1)  

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  1. “Volver
    Volvió. Creyó haber vuelto. ¡Nunca se vuelve! A nada se vuelve. Lo que había ya no está. No existe. No es. Es otra cosa. Tampoco ella es aquella. El pasado es un recuerdo. ” Este pequeño texto es parte de lo que escribí en una situación parecida a la que vos describís tan bien. Como siempre un placer leer tus escritos. Por ser tan personales, son universales y uno se siente reflejado en ellos. Gracias por compartir. S.Susana Consolino.


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