ESPEJO


ESPEJO

¡Me rindo! Llevo décadas intentándolo y mordiendo el polvo de mi derrota, debo concluir que solo no se puede.

Por alguna misteriosa razón que se me escapa, necesitamos un espejo para vernos completos a nosotros mismos. Sin él, solo veremos partes y nos confundiremos creyéndolas el todo y actuando en consecuencia. Gigantescos errores cometeremos entonces.

De todos los misterios a que la vida me ha enfrentado, no he hallado uno más grande e insondable que el “mi mismo”. Siempre inabarcable, siempre contradictorio, siempre sorprendente, siempre paradójico, siempre en tensión interna y nunca plenamente convencido si estoy actuando o reaccionando a estímulos o heridas nuevas o antiguas.

Aburrido hasta el hartazgo que así sea hasta que un mágico día uno da con alguien que sin esfuerzo alguno promueve y logra el encuentro, el más anhelado, el más buscado, el más sanador. Ni siquiera se trata del encuentro con ese alguien sino del encuentro con la mejor parte de “uno mismo”, quizás con aquél que uno realmente es.

Y entonces todo fluye naturalmente, lo superfluo se derrumba y la esencia aflora. Esencia que uno siente en la piel, los actos, las palabras, la mirada. Uno, de repente, se convierte en el que siempre quiso ser, el que está en paz plena porque ES sin violencia de si mismo. No finge ni actúa porque simplemente no puede ni lo necesita. Su propia esencia lo desborda y fluye de tal manera que contagia a todo su entorno.

Uno ES, con todo lo que ello significa, sin dudas ni tensiones.

Resulta francamente misterioso que ese alguien que esto logra, no necesite ser ni terapeuta, ni confesor, ni gurú y tampoco ser dominador de ninguna técnica o práctica esotérica o psiquiátrica determinada. Tampoco hace mucho, reconozcámoslo. Simplemente, tal como el espejo, ESTÁ y REFLEJA.

Probablemente también ame, no se si mucho ni desesperadamente aunque sí lo suficiente para estar y reflejar.

Su presencia, su voz, su mirada, su vibración nos conduce al centro de nosotros mismos y en ese centro, se los aseguro,  todos somos igualmente silencio, paz, armonía y amor. En una medida absolutamente desmesurada pero no por ello menos conocida y anhelada. Ya que así verdaderamente somos, ¡miren cuan lejos, cuan afuera de nosotros mismos estamos cotidianamente!

El problema serio surge cuando el espejo se ausenta y nosotros, que aprendimos el camino y añoramos el estado, queremos recorrerlo en soledad.

Estimo seriamente que nadie lo debe haber intentado más que yo. Autárquico, autónomo y autosuficiente desde muy temprana edad, nada detesto más que depender de otro para cosa alguna, mucho más para buscarme. Ahora estoy absolutamente convencido que no se puede. Que la llave de ese camino de retorno a nuestra verdadera esencia no nos pertenece. Que resulta similar a pretender verse sin espejo alguno, en fin, imposible.

En consecuencia, si bien el camino a nosotros mismos es único y particular,-mi camino es solo mío-, no podré transitarlo sin el espejo adecuado. Encontrarlo es azaroso, pero una vez hallado e inmediatamente reconocido, hay que tener el valor de aceptar fatalmente que uno lo necesita. Ello es tan trágico como ser domesticado, como volverse vulnerable y obliga a rogarle al espejo que se quede cerca y disponible. Un poeta solo lo puede hacer con una poesía.

Al final de cuentas, lo mejor de mi mismo – y lo digo y escribo hace años- sólo se torna accesible si me saco la armadura. Ello será siempre bueno, aunque sumamente riesgoso.

 

LA LLAVE

 

He perdido la llave,

De la puerta de ingreso,

Del yo que aún sabe,

Rendirse al embeleso.

He perdido la senda,

Que conduce al acceso,

Del yo que recuerda,

El deleite de un beso.

He perdido el compás,

Que marca el camino,

Al yo que enfrenta,

Valeroso al destino.

Sin llave, senda, ni compás,

Perdido estoy en mi abismo,

Pues no habito jamás,

Lo mejor de mi mismo.

Solo tú eres quien posees,

Mi compás, senda y llave,

Os ruego: ¡nunca los niegues

A mi pobre vida sin clave!

 

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 20 de octubre de 2011

Muelle del Club de Pescadores.

 

Para un genio de la música como fuera  Federico Chopin, su primer espejo, en años casi adolescentes, se llamó Constance Gladkowska. Compañera de conservatorio y cantante lírica fue destinataria del primer amor del músico, amor nunca confesado pero cuyo fruto son nada menos que los célebres conciertos 1 y 2 para piano y orquesta, los únicos que escribiera. El larghetto que sigue fue especialmente compuesto para que ella lo acompañase cantando en su concierto despedida de su Polonia natal.

 

 

 

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Published in: Sin categoría on noviembre 4, 2011 at 10:44 am  Dejar un comentario  

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