SABERES PERROS


SABERES PERROS

“No se supera una crisis negándola o huyendo, sino hundiéndose hasta su fondo”

Padre José

Tal como era de imaginarse, mi solitario viaje sin destino y sin propósito había terminado en San Clemente. La demasiado entretenida ruta lluviosa no había sido suficiente para acallar el torbellino de odio e impotencia que me habitaba. Mi tempestuosa partida se había parecido mucho más a una fuga para descomprimir una situación insoportable, que a un aparente viaje programado en soledad.

Tenía cosas que hacer, entre ellas poner en funcionamiento el departamento deshabitado por ocho meses, entregar unas donaciones y procurarme algunos víveres. Todo ello bajo una persistente llovizna y una cegadora neblina.

Empero, ya anocheciendo, terminé todos mis cometidos y me quedé solo, en silencio y a merced de mi mismo. Recién entonces lo escuché. ¿Por qué había tardado tanto en hacerlo? Era él, el mar, mi mar, cuyo suave oleaje en sombras llenaba todo el espacio con su continuo murmullo, el cual, gracias a lo deshabitado del pueblo, se constituía en el telón de fondo de mi dolor.

Agotadísimo por la tensión de la traumática partida, el complicado viaje y las tareas inmediatas y veloces para ganarle a la amenazante tormenta, comí algo y me acosté.

Dejé la persiana abierta, pese a tener que soportar algún golpe de los ventanales por el viento que crecía en intensidad, a fin de poder disfrutar de la impecable vista que desde el sexto piso se tiene del muelle y del mar.

Aunque lo juzgaba imposible, así me dormí. De a ratos, pero llegué a esa meta tantas veces dificultosa y en mi estado, aún más: la mañana del día siguiente.

La claridad reinante me sorprendió. Como tantas otras veces la tormenta severa había esquivado a San Clemente y solo caía una fina llovizna con un cielo ligeramente cubierto. La brumosa playa me llamaba a caminar.

Me abrigué, calcé y bajé. Sacudido por el viento y mojado por la llovizna, gané con esfuerzo la orilla y me detuve largamente a contemplar el difuso mar. Ese paraíso, mi paraíso, no lograba por vez primera en muchos años, acallar mi tempestad interior.

Un carro a caballo apareció de entre la niebla, casi al mismo tiempo que sintiera unos pasos leves a mis espaldas. Un perro, flaco, mojado y hambriento se había acercado a mí y luego huido. “Persigue al carro” me dije y volví a mi infierno.

Cuando el carro se hubo alejado y estaba con la mirada perdida en las olas, sentí un leve roce en mi pierna y allí estaba de nuevo. El mismo perro flaco, solo, triste, hambriento y mojado, sentado a mi lado.

Acudió a mi memoria SWEET, una  perra abandonada que fuera mi única compañía en una malhadada estadía en la costa con mis compañeros de secundaria, con quienes no congeniaba en absoluto. Y por supuesto EL CHAVO, el perro que inspirara La gota del océano. No queriendo soportar otra despedida dolorosa, al nuevo peludo acollarado intenté echarlo de muchas formas, sin éxito alguno.

Firme como estatua se quedó sentado pegado a mí y de repente hizo algo impensado. Me miró directo a los ojos. Serena y decidida, su mirada, que mantuvo por un buen rato, tenía palabras para mí.

Hermano

¿Por qué me echas hermano,

Si tal como yo estás?

¿Por qué me niegas tu mano,

Si la tuya a nadie darás?

Si mueres a nadie importa,

Si no vuelves nadie llorará,

Abandonados la vida se acorta,

Sin amor la muerte seducirá.

Yo no tengo más comida,

A ti el hambre te faltará,

No puedo reposar mi espalda,

A ti el sueño te eludirá.

Los dos estamos resentidos

Y el odio amenaza estallar,

Si malos fueron los años vividos,

Los venideros prefiero callar.

Propongo compartir la tristeza,

El abandono, la rabia, el dolor

Y nuestra espiritual pobreza,

Hasta que renazca el amor.

Acéptame hermano te ruego,

Tu fiel amigo yo seré,

Compartiendo mutuo abrigo,

Sonreiremos de nuevo, lo se.

Esa particular mirada produjo en mí una instantánea conmoción. Todo el torbellino de odio e impotencia se transformó en dolor, lacerante y antiguo, que asomó a la superficie y lloré un buen rato un llanto sanador.

Se quedó quieto a mi lado y soportó paciente mi catarsis. Cuando se secaron mis ojos en esa solitaria escena a orillas del mar, lloviendo, por vez primera, lo acaricié. Y fue una fiesta, la señal que aguardaba. Empezó a mover locamente su rabo, a correr a mi alrededor, a saltar hasta mis hombros y a lamerme la cara.

Lo conduje a mi departamento y le di los fideos que la noche anterior no había podido comer, tomó algo de agua y se durmió en mis brazos.

Cuando se despertó volvimos a la playa y jugamos largo rato. Sin darme cuenta siquiera, empecé a sonreír mientras nos revolcábamos en la arena e intentaba en vano capturar su alocada carrera, durante la soleada tarde que San Clemente nos regaló.

De improviso atinó a pasar por el lugar un grupo de perros y mi amigo, al que ni nombre alcancé a poner, se fue tras ellos, feliz y sin un adiós.

Su misión estaba cumplida.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 14 de octubre de 2011

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Published in: on octubre 26, 2011 at 4:00 pm  Dejar un comentario  

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