Fiebre de sábado por la noche


FIEBRE DE SABADO POR LA NOCHE

Rafael bostezó. El decimonoveno zapping terminó de aburrir su solitaria sobremesa. Mientra apagaba la caja boba recordó, con nostalgia, su niñez en que la televisión tenía cuatro canales interesantes y no ciento veinticinco de pura estupidez. Despertó a su faldera perra fiel que, entre dormida, rumbeó para su cucha y se levantó de su silla.

El medio siglo en su esqueleto le está pidiendo acostarse pero lo que más lo agobia es un incesante, cotidiano e invencible aburrimiento. Beatriz, su esposa lo iguala en edad y en sentir. Se quieren bien y se llevan más o menos. Desde que están inexorablemente aburridos peor. Hace una semana sostuvieron por trigésima vez una discusión frecuente.

Beatriz espetó que deberían volver a salir como antes y Rafael, terco,  se aferró a su negativa fundada en que las condiciones de inseguridad reinantes son iguales o peores que en aquellos aciagos días de una década atrás en que dejaron de hacerlo. Ella dice que algunas de sus amigas salen igual porque piensan que nada va a pasarles, pero él recuerda que a un vecino el mismísimo sábado pasado lo secuestraron en su propio auto a punta de escopeta en un semáforo de la avenida cercana, llena de gente que observó en silencio.

Así es que solo asisten a reuniones familiares o de amigos al mediodía y vuelven raudos a su fortaleza apenas anochece. El mismo patrón es seguido con las convocatorias a su casa. Amigos y vecinos baleados al salir de reuniones nocturnas avalan esta práctica.

Rafael comenzó su ronda, que a él le gusta llamar de “sereno”. Chequeó que las luces con sensores estuviesen funcionando, fue hasta la reja del garaje a colocar los candados, cerró la doble cerradura del portón y colocó la tranca horizontal de reminiscencias medievales. Luego cerró con doble candado y cerradura la puerta que aísla la parte baja de la casa. Controló la cerradura de la puerta blindada del frente y cerró también con tranca, candado y cerradura la puerta que da al jardín trasero. Finalmente puso en funcionamiento la alarma de aberturas que es el mágico invento que le permite conciliar el sueño desde que un patético verano, estando solo y dormido, unos amigos de lo ajeno le revolvieron toda la planta baja, sustrayéndole los ahorros de su hija y sus instrumentos musicales.  A Dios gracias solo se despertó por el portazo de huida, eludiendo así todo tipo de enfrentamiento.

Beatriz, piensa él, tiene memoria frágil. No se acuerda que a ella misma le robaron todo a punta de pistola, a las cinco de la tarde en la puerta del colegio de sus hijos.

Con todo el aburrimiento a cuestas, Rafael se sentó frente a la computadora y Beatriz se refugió en la suya. Facebook, chateo, correos, juegos, escritos y algo de música o videos, los mantendrán despiertos por un rato, hasta que el sueño los lleve a acostarse, en silencio, cada uno en su mundo.

Ambos sin poder dormir profundamente, solo una duermevela muy preocupada ya que sus hijos quienes, ya mayores de edad, no se resignan a amputar su juventud por la inseguridad y la desafían día a día. Con miedo, mucha prevención y una larga lista de recomendaciones que papá y mamá renuevan casi diariamente.

Se harán las dos, las tres, las cuatro y tanto Rafael como Beatriz deambularán por la casa por turnos peleándole al insomnio. Hasta que por fin suene el llamado telefónico de alguno de los hijos volviendo y se precipitarán primero hacia la alarma y luego a la puerta de entrada, con el celular en la mano listo para pedir ayuda, si acaso ese día la patrulla de delincuentes acertare a pasar por ahí en ese critico y frágil momento del ingreso al hogar.

Recién cuando el último hijo haya vuelto y la alarma haya sido nuevamente activada, tanto Rafael como Beatriz podrán conciliar el sueño reparador hasta casi el mediodía del domingo.

Mientras duerme Rafael sueña con un tiempo pasado, no muy lejano, en que sin rejas ni alarmas solían dejar a los niños pequeños con una mujer que los cuidaba y ellos despreocupados salían solos o con amigos, al teatro, al cine o a cenar. Se reponían así de las penurias semanales y se distraían del duro trabajo que ambos afrontaban. Con una vida más rica y distendida, era también mucho más fácil llevarse bien.

Evidentemente pese a que a Rafael la crisis del 2001 no lo impactó plenamente como a tantos, ya que no perdió ahorros ni  trabajo, su vida cambió para mal y para siempre. A menos que algún improbable día, llegue alguien al gobierno con una mínima preocupación por la calidad de vida de sus gobernados y llamando a los delincuentes por su nombre actúe en consecuencia con todo el rigor de la ley, dejando de disfrazar su propia inacción, ineficiencia y cobardía, en una injusticia social, que existe, pero que tiene muy poco que ver con el delito.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 4 de junio de 2011

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Published in: on octubre 19, 2011 at 11:37 pm  Dejar un comentario  

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