DESCUBRIMIENTO


DESCUBRIMIENTO

 Aquella noche otoñal de mediados de los 60, la armonía familiar reinante en la casa de Temperley, se quebró.

–“Esta Semana Santa no iremos a Mar del Plata” dijo el padre.

La madre, esposa de las de antes, abnegada y doliente, no dijo palabra, simplemente  bajó la mirada, para que no se le notara atisbo alguno del enojo que amenazaba colorear sus mejillas. La visita anual omitida al lugar de su tardía luna de miel, casi ocho años después del matrimonio, no le preocupaba tanto. Ferviente y comprometida católica, le molestaba sobremanera, en esos días santos, no hacer la tradicional posta en Tandil, ascensión a la réplica del Gólgota incluida, con tramo final de rodillas.

El único hijo, niño de unos ocho años, temeroso del carácter itálico explosivo del padre y amante de las playas y olas marplatenses, solo atinó a pronunciar un tímido: “¿por qué?”.

–“En la empresa me pidieron que verificase un lugar nuevo en la costa bonaerense para ver si podemos derivar turismo extranjero. Hay un hotel bien puesto, según dicen, con todos los servicios incluidos, en la misma playa. Todas las habitaciones miran al mar, ofrecen pensión completa y por mi cargo, nos regalan los cuatro días de estadía”

Gerente General de una de las agencias de viajes más importantes de Buenos Aires, el padre vivía viajando para armar excursiones e identificar destinos para el creciente turismo internacional, que por estar constituido por gente de alto poder adquisitivo, era muy exigente.

La madre y el hijo seguían callados y ofuscados, pero el enojo pudo palparse en el aire, cuando el padre aclaró:

–“Como los caminos son malos para llegar, arenal puro, no vamos a arriesgar nuestro auto. Iremos en micro.”

Lo dejaron hablando solo. La madre se fue a la cocina y el hijo a llorar a su habitación. Adoraba viajar en auto y ahora tenía que subirse a una de esas bañaderas gigantes, quien sabe por cuanto tiempo.

Semana Santa llegó, la familia hizo las valijas y recelando el mal tiempo anunciado, abordó el micro con destino costero.

El viaje fue interminable, incómodo, con miles de escalas. Ahora los desencantados eran tres. Mientras el padre elucubraba acerca de modos alternativos para acercar a los ricachones a ese destino aun desconocido, la madre se adaptaba pero empezaba a esbozar una sonrisa triunfalista, era obvio que en esas condiciones era la última vez que viajarían. El hijo se aburría con la ruta pero, después de muchas horas, sucedió lo que resultó para él un milagro inesperado. El deteriorado asfaltó terminó pero el micro siguió rodando. Ahora circulaba por un arenal con cimas y valles, el monótono zumbido de los neumáticos dio paso a múltiples tumbos y sacudidas. Cada kilómetro amenazaba con ser el último y el chofer gritaba desde su asiento:

–“Recen para que no llueva ahora porque nos quedamos a dormir en la ruta”.

El niño estaba fascinado. Esto sí que era aventura. El micro derrapaba de una banquina a la de enfrente en un paraje totalmente desierto, cubierto de pastos bajos y pequeños espejos de agua esparcidos, mientras la iluminación de la escena dejaba de estar a cargo del nunca visto tibio sol, para pasar a manos de un luna llena que asomaba en el horizonte. Parecía haberse metido de golpe en una película del oeste. En un tramo final, la circulación tuvo lugar a toda velocidad, nada menos que por la playa misma.

Al niño le parecía estar soñando. Se le iban los ojos por la ventanilla, cambiándose de asiento para ver de un lado el mar y del otro los médanos. Ventanillas que se salpicaban con agua salada, cada vez que se cruzaba una pequeña entrada del propio mar sobre la playa.

Agotados todos, el padre refunfuñando, la madre sonriendo por lo bajo y el hijo excitadísimo, arribaron con el micro en un estado calamitoso, por dentro y por fuera, con gente descompuesta, a la vieja terminal cercana a la esquina de calle 1 y 3. Esa misma que después fuera un tenedor libre y es hoy una playa de estacionamiento.

Hasta el presente el niño recuerda la cara de perplejidad y enojo del padre cuando al pedir un taxi para llegar al hotel, lo ayudaron a subir a un carro tirado por un noble caballito, igual a esos que andan por la playa bien temprano recogiendo arena para las obras. El niño ya no dudaba. Estaba ahora si absolutamente convencido que era Roy Rogers y que no faltaría mucho para que le dieran un Colt para defenderse de los indios.

La madre hacia cada vez más ingentes esfuerzos para no soltar inoportunas soberanas carcajadas.

Unas cuantas sacudidas más por las calles de arena, en un viaje interminable para el padre y demasiado corto para el hijo y llegaron al Hotel de lujo, que verdaderamente estaba en plena playa. Los médanos pugnaban por ocupar la galería de entrada y el niño fijó su mirada en la gran escultura de un águila que coronaba el techo y bautizaba al hotel. Antes de entrar, la visión del mar plateado por la luna, revuelto en olas por el viento que ululaba, con nubes corriendo enloquecidas en el anuncio de la cercana e inevitable tormenta, subyugó para siempre el corazón del niño, que aún era demasiado pequeño para saberse poeta.

El ojo turístico del padre encontró en cada detalle un defecto. El mal clima persistente ayudó. Tal como sucede hoy la tormenta nunca se descargó del todo, finalmente lo haría en la bahía, pero estuvo azotando intermitentemente al pequeño pueblo toda esa noche y el día siguiente. El frío piso de mosaico, la comida simple, las ventanas que dejaban filtrar el aire, la habitación austera y hasta alguna importante e inoportuna araña, sirvieron para descalificar el lugar para la exigente mirada del gerente general, quien frustradísimo no salió del hotel en absoluto.

Nada de ello le importó al niño, él estaba en su aventura y se sentía un conquistador del lejano oeste. Por eso al día siguiente, cada vez que el viento amainaba, salía con su madre – quien ya paladeaba su victoria completa- a recorrer la vecina playa. Inmensa y desolada, naturaleza pura y salvaje, con un mar embravecido de marco, ofreció a los caminantes la mejor colección de caracoles con que pudieron haber jamás soñado.

De todos los colores y formas, en tamaños de todo tipo, fueron a dar a una caja de zapatos que disimuladamente la madre ocultó en la valija.

Al anochecer el padre les comunicó su decisión:

–“Nos vamos en el primer micro de mañana a la mañana, ya vi lo que tenía que ver, cuando llegue a Buenos Aires, hay un par que me van a oír. Además si se larga la tormenta, nos vamos a tener que quedar a vivir aquí y la idea no me seduce”.

El niño durmió muy poco. Se pasó gran parte de la noche mirando por la ventana la cresta de los médanos despeinados por el viento y  adivinando si la pleamar que se avecinaba llegaría  a cubrir la galería.

Al día siguiente, nuevo paseo en carrito y mas tumbos y derrapes del micro en la arena sellaron el comienzo de un interminable regreso parando en todas. Mientras el padre descansaba aliviado cuando retomaban la ruta 2 y la madre disfrutaba en silencio de saber que después de ese fracaso, pasaría mucho tiempo hasta que el padre se animase a proponer otra aventura; el niño gozaba de las escenas finales de su propia película  y repasaba en detalle sus recuerdos de la playa y el mar.

De repente una inmensa tristeza lo invadió. Tomó conciencia que le sería muy difícil volver a ese lugar del que se había enamorado a primera vista, si a su padre no le había gustado y su madre lo desalentaba.

—“Creceré y vendré por las mías” se dijo, para poder finalmente dormir, acunado por el micro que se mecía raudo por la pareja ruta 2.

Debieron pasar más de una decena de años para que la vida tuviese la oportunidad de armarle a Enrique (que así se llamaba nuestro niño, quien no es otro que esto escribe), el escenario perfecto para el retorno a su lugar en el mundo.

Uno de sus mejores amigos del secundario, Fernando González, resultó ser el hijo del dueño del legendario tiro al blanco de la calle 1, denominado “El Cañonazo”, cita obligada de turistas y locales durante 50 años y todos los veranos se los pasaba ayudando a su padre. Ni bien Enrique tuvo auto y registro, cargó en innumerables fines de semana, a todos los amigos para ir a visitar al amigo costero y “ayudarlo” a disfrutar en el paraíso sanclementino, de los mejores años de la dorada y hoy extrañada juventud.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de septiembre de 2011

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Published in: on septiembre 17, 2011 at 1:26 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. ¡Muy bueno, Enrique! ¿Sigue? Yo quiero más. Cariños,Súsana C.

  2. Me encantó. Es inevitable leerlo sin esbozar una sonrisa ya que refleja las historias de muchos de los que nos sentimos “deslumbrados” por este amor a primera vista y nos “casamos con él para siempre…hasta que la muerte nos separe”
    Es la primera vez que visito tu sitio.Digno de recomendar.

  3. Enrique, este descubrimiento me emocionó particularmente porque lo sucedido lo conocía parcialmente y me incluiste junto con el legendario “Cañonazo” hacia el final.

    Doy fe que Enrique encontró en San Clemente “su lugar en el mundo” desde el momento en que hace más de 30 años en un acto de “locura” decidió comprar su departamento donde no había absolutamente nada!! , tan sólo un terreno y en su pensamiento la esperanza de quien sabe cuando saborear el paisaje e inspirarse para empeza a escribir Poesia para sentir la vida.

    Este fue uno de los descubrimientos, resta que sigas escribiendo otros como esa aventura de hace mucho tiempo compartida con otros amigos de ir a San Clemente por la ruta 11 desde su inicio cuando era en su casi totalidad de tierra y ripeo!! Como fuimos te lo dejo para que lo cuentes vos!

    Un abrazo!!

    Fernando


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