LA VISITA DE ANTONIO


LA VISITA DE ANTONIO

–“¿Le diste?” preguntó Roberto

–“¡NO!, fallé de nuevo” contestó Antonio.

Ambos de mameluco, gomera en mano, escondidos en unos amplios matorrales de la estancia LA PORFIA, cerca de Las Armas, intentando mitigar con la caza de pajaritos su antigua, doliente y aceptada soledad.

Era verano y como todos los años los huérfanos del Asilo, luego Hogar de huérfanos de la Ciudad de Buenos Aires, sito en Méjico y Jujuy (ahí donde la topadora de Lopez Rega nos dejó una plaza), en lugar de ir a sus inexistentes casas familiares, eran llevados en tren y carro a la citada estancia, seguramente perteneciente a alguna de las Damas dela Sociedadde Beneficencia, que mantenía tanto el asilo como el colegio adjunto donde les enseñaban artes y oficios. A principios de los 40 en Argentina la caridad estaba en auge, típica expurgación de conciencia de la clase privilegiada de la sociedad conservadora que entonces reinaba, que aunque insistamos en criticarla, servía y de mucho a los marginados y abandonados.

Derrotados por las muy sagaces aves, Roberto y Antonio emprendieron antes del anochecer el camino de regreso al comedor común y en plena senda polvorienta se toparon con Gustavo, quien ni bien reconoció a  Antonio le dijo como si comentara un partido de football:

—“Me parece que el domingo pasado, que yo estaba en el asilo, te llamaron a la visita”.

—“Escuchaste mal, yo no tengo familia, no tengo a nadie” respondió Antonio sin levantar la vista del piso.

Gustavo insistió: –“Estoy seguro que fue a vos, pero si no me crees ¿porqué no le preguntas al celador que llamó el domingo?. Vino conmigo a la estancia, así que lo podemos encontrar”. “Mirá, ahí está, andá a preguntarle”.

Sin ninguna esperanza y absolutamente convencido que Gustavo estaba en un error, Antonio se acercó al celador.

—“Señor, disculpe, me dicen que Usted me llamó a la visita el domingo pasado, mi apellido es Pietro,  ¿recuerda algo así?”.

—-“A ver Pietro…. Pietro…. Pietro…..SI, yo llamé a un Pietro que me extrañó mucho que no estuviera” dijo el hombre.

A Antonio le temblaron las rodillas y perdió la voz. ¿Quién sería? ¿Existiría alguien en el mundo fuera del asilo, que se interesara por el? Los trece años vividos le pasaron como una película acelerada por su memoria.  Le habían contado que nació en mayo del 28 en el Hospital Ramos Mejía, que como tenía algunos problemas pasó un tiempo enla Casa Cuna y que ni bien anduvo mejor había sido llevado sin escalas y sin conocer ni padre ni madre, al Asilo Martín Rodríguez de la ciudad bonaerense de Mercedes. Allí había sido puesto al cuidado, como tantos otros huérfanos, de las monjas misioneras que peleaban todos los días con la escasez, el frío y su pobre psicología disciplinaria, todo sazonado con mucha Fe en Dios  y su Providencia Divina. Nunca nadie se había acercado a Mercedes a preguntar por él. Tampoco nadie lo había hecho en los años que llevaba en el asilo dela Capital. La cabeza le iba a mil ¿sería todo una confusión? ¿Habría llegado alguien del exterior? Casi ni escuchó cuando el celador, con voz grave le dijo:

–“Descanse Pietro que mañana nos volvemos a Buenos Aires para ver bien que pasó”.

Antonio apenas pudo cenar y no pegó un ojo en toda la noche. Su espíritu corría enloquecido de la esperanza a la frustración, ida y vuelta sin comprar definitivamente ninguna de ellas. El viaje de regreso en carro y tren, que le pareció eterno, lejos de calmarlo lo puso aun más nervioso, hasta que la confirmación la tuvo de boca del sacerdote a cargo del asilo, quien lo recibió con una amplia sonrisa, le dio una palmada en la espalda y le espetó:

–“Me alegro que vinieran cuanto antes, así resolvemos este asunto”.

No había error posible, a Antonio Pietro, alguien absolutamente desconocido y que no había dado señales de vida, lo estaba buscando.

Al rato lo llamaron y lo condujeron al salón en el que habitualmente los chicos esperaban a las visitas. Inmenso y vacío por no ser domingo, ubicado en una planta alta, para Antonio no tenía nada de familiar. Era la primera vez que lo pisaba. Cuando la visita dominical se organizaba a los huérfanos les ahorraban el espectáculo y los llevaban a una canchita de football, donde jugaban duelos memorables con chicos de otros colegios vecinos.

Y Antonio esperó, esperó y esperó, quietito y callado en su banco del rincón.

Habrá pasado una media hora que divisó al portero del establecimiento subir fatigosamente las escaleras, quien, al verlo solo, se puso a buscar a un celador. Enseguida dio con González, gallego de nacimiento quien tras recibir el mensaje le dijo:

—“Pietro, ponte los zapatos y ve a la visita”.

Los zapatos de Antonio quedaron bajo el banco. El fue una sombra volando escaleras abajo.

Llegó con el corazón desbocado, mirando para todos lados. De pronto sus ojos, a punto de salir de sus órbitas, se cruzaron con los de una señora, parada en un rincón, que él desconocía por completo, pero que lo miraba fijo y en silencio.

Trece años de preguntarse cosas, de verse distinto al resto,  de aceptar una inexplicable soledad, de adaptarse y agradecer los ínfimos remedos con que los asilos  enfrentaron la ausencia de cualquier contención familiar, se hicieron añicos contra el piso, como una amarga cristalina copa dejada caer; cuando por fin la señora pudo decir balbuceante:

—“Antonio…..Antonio…..vení, soy tu mamá”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 26 de agosto de 2011

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Published in: on septiembre 9, 2011 at 6:07 pm  Dejar un comentario  

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