ALMAGRO, MUCHO MÁS QUE UN TANGO



ALMAGRO, MUCHO MÁS QUE UN TANGO.

 Un hermoso sábado de sol de 1971, en la tribuna de madera ladera a la platea, del viejo estadio tricolor de José Ingenieros. Un partido de football cualquiera de primera C, categoría a la que el hoy centenario club llegaba ese año, después de un doloroso descenso. Entretiempo. Dejo en pausa mi novedosa pasión de hincha por unos quince minutos y me dejo invadir por mi entorno.

A mi izquierda los ancianos plateistas están trenzados en una discusión acerca de la continuidad del técnico, una gloria futbolera, Don Mariano Stábile. Aun no se hizo cargo el mago extranjero Don Elmer Banki, que nos consagrará campeón.

Abajo, junto al alambre y sentado en un banco, el fiel y amable “rengo”, el hincha por excelencia, que va siempre, que sufre y goza como ninguno porque lleva el tricolor en el alma. Tomando posición tras el arco que ocupará en minutos el arquero visitante, está Emilio. Contador de una importante empresa nacional, amigo de quienes cuando yo me reciba serán mis primeros empleadores, está profundamente convencido que el partido se gana si el arquero contrario se distrae y dedica los noventa minutos a esa poco honorable tarea.

En la tribuna grande, la “barra brava” de entonces con la única bandera. Apenas unos treinta muchachos fornidos y dispuestos a todo que se quedan afónicos cada sábado alentando. En los partidos de visitante, en lugares bravos de verdad, Morón, Libertad, Isidro Casanovas, Tigre, Quilmes, Rosario serán los protectores de niños, mujeres y ancianos, si la hinchada contraria arremete a las piñas o a los piedrazos.

Muchachos buenos, trabajadores, con código, honor y mucho corazón y por supuesto sin armas, sin droga, sin negocios.

El verde del campo solitario, como un inmenso manto de piedad, se extiende ante mis ojos y toma forma el sueño loco de correr por él algún día, hacer un golazo en el último minuto y colgarme del alambre para festejar con la tribuna de mis amigos, delirando. Es que tengo 14 años, soy un pibe y acabo de dejar de ser niño de golpe y de la peor manera.

Al lado mío, menuda, desmejorada, toda vestida de negro, con la cara llorosa de a ratos y abrazada a su cartera, esta ella, mi madre. Está disfrutando como puede de esa pausa a su dolor, que en mi desesperación le ofrecí el año pasado para que el duelo por la muerte repentina de mi padre, no la acabase a ella también.

El acuerdo consistió en acompañarla todos los domingos al cementerio si ella estaba dispuesta a acompañarme todos los sábados a la cancha. Por el bien de ambos, ambos cumplimos.

Yo iba a la escuela y tenía mis amigos. Para ella, ésas eran sus únicas salidas.

Recorriendo las tribunas me distrae el viejo “Chuenga”, un anciano adorable que con un dinamismo propio de la juventud, era el personaje de todos los estadios, vendiendo chicles y caramelos. Su grito característico no era más que la “argentinización” del vocablo inglés de chicle : chewing gum.

En la “Voz del Estadio” entre tanda y tanda publicitaria, suena en repetición infinita un tango. ¿Cuál va a ser?. Almagro. Tangazo de Vicente San Lorenzo con letra de Timarni y grabado por el “mudo” Carlitos Gardel.

Tango dedicado al barrio donde, sin ser amante de la música ciudadana, un año antes de su partida, mi padre instalara con un sentido previsor asombroso, a su hoy huérfano y a su hoy viuda.

Venidos de Temperley, refugio de una niñez maravillosa con gente extraordinaria, que gracias a Dios, la vida me dio la posibilidad de recuperar, quedamos solos y extraños, como inmigrantes en una Capital indiferente y hostil. En Temperley los clubes de football eran de pueblos, en la Capital eran de barrios. Fue así que terminé hasta la fecha, hincha de Almagro.

Ayer perdimos de locales pero eso no importa, ver la misma camiseta y el mismo césped por la tele me trajo estos recuerdos.

Fue Almagro el primer tango que quise tocar en el piano y el tango que me hizo amar a todos los demás, para desconsuelo de mi madre que quería verme de levita ejecutando a Beethoven y Chopin.

Y fue Almagro el barrio que me vio crecer y que jamás pude abandonar del todo. Aunque hoy viva en Villa Devoto, mi estudio fusión, que tiene en la planta alta mi oficina contable, la biblioteca y mi escritorio de escritor y que aun posee el piano en la baja, donde cada tanto regalo a mis vecinos con una catarata tanguera; está en pleno Almagro, en la misma casa que mi padre compró.

Ese inolvidable 1971 salimos campeones y mi madre, asistente conmigo a todos los partidos de local y visitante, fue designada por los jugadores como la mascota del equipo,  la invitaron a la fiesta del ascenso y le regalaron una foto autografiada que conservo enmarcada en privilegiado sitial.

Pero lo más importante que pasó ese año es que mi madre volvió a sonreír, se emocionó gritando los goles de Lizarraga, nuestro tucumano centro delantero y aplaudió cada maniobra de nuestros magos mediocampistas Moreno y Flota, así como cada atajada del arquerazo Piazza. Sentó así las bases de su salida del duelo, la cual le permitió sobrevivir a su amado esposo nada menos que 38 años.

Tal como Jimmy, mi hermano perruno, nos dio la ternura y el amor en medio de la desolación, Almagro, sábado a sábado, nos dio la pausa en el dolor, la esperanza del gol, el triunfo y el ascenso, la excusa para salir, para compartir una pasión, para sentirnos vivos y entonces querer de nuevo vivir.

Almagro me devolvió a mi madre y eso no tiene precio alguno. Almagro me hizo amar al tango y a mi barrio, ése que sin saberlo, mi padre me regaló. Por eso yo no tengo “que dejarle mi corazón como un recuerdo de mi pasión”, ya que hace mucho tiempo, justo cuando dejé de ser niño, se lo entregué completamente y le seguirá por siempre perteneciendo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de agosto de 2011

NECESIDAD

Necesito urgente un niño,

que con su mirada

aclare la mía,

que con su inocencia

recuerde la mía,

…que con su esperanza

renueve la mía,

que con su alegría

despierte la mía.

Solo eso necesito,

urgente,

un niño.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 4 de marzo de 2011

Y así como Almagro un día llegó a Primera, el tango un día llegó al Colón.

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Published in: on agosto 21, 2011 at 6:08 pm  Dejar un comentario  

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