LOS DÍAS DESPUÉS DE “LA TREGUA”



LOS DÍAS DESPUES DE “LA TREGUA”

La licencia que nadie se animó a negarle a Santomé, le sirvió para llegar al exacto día de su jubilación, así que la oficina para él se terminó realmente esa fatídica mañana, en que le avisaron de la muerte de Avellaneda. Solo volvió un día de sorpresa para retirar sus cosas personales, que lo esperaron pacientemente en su escritorio,  el cual tampoco todavía nadie había osado utilizar.

Saludó con gestos a todos, no pudo articular palabra. El día que siempre había imaginado como un día de fiesta y alegría, se había convertido en una mala mueca del destino, con sabor profundamente amargo. Nadie se atrevió a proponerle despedida formal ni informal alguna. Solo quedaron en hablarse….algún día.

Jamás volvió a la casa de Avellaneda luego de aquella visita por  el traje excusa para conocer a sus padres, ni siquiera podía pasear por ese barrio que contenía en la forma de una casa toda su malograda esperanza. Esa misma esperanza que ahora no sabía ni siquiera por donde empezar a buscar.

Por unos cuantos meses se encerró en su casa. Salía solo para terminar los trámites que le permitieron en poco tiempo empezar a cobrar su tan ansiada jubilación. No era mucho pero para él solo, le alcanzaba y sobraba. De modo que no necesitaba trabajar de nada y podía, para su alivio, liberar a su mente de la cuestión económica.

La soledad era inmensa y lo abarcaba todo. Podría haber estado en pleno desierto del Sahara que no hubiera notado diferencia alguna con las nutridas calles montevideanas.

El silencio parecía haber formado una campana en torno suyo que lo aislaba persistentemente del resto de los humanos. El único ruido que escuchaba día y noche era el de su tozudo corazón que se empecinaba en seguir latiendo, sin que él pudiese adivinar para qué.

Nunca escribió más que asientos contables, entonces ese desahogo no estaba a su alcance. Leer por su parte era totalmente imposible, la concentración le duraba lo que el vuelo de una mosca.

La casa vacía, silenciosa y gigantesca lo refugiaba del clima y la oscuridad pero no lo contenía en absoluto. Le parecía un sitio lúgubre, triste, pleno de fantasmas al acecho y tan distinto a aquel departamento pequeño, luminoso, habitado por el recuerdo de una Avellaneda sonriente, toda luz, toda juventud, toda alegría.

El pobre Santomé ni siquiera se daba cuenta si estaba triste, le parecía ser la tristeza y la desolación en persona, moviéndose por los ambientes solitarios sin sentido ni propósito alguno.

Solo encontraba algo de consuelo en las raras tardes en que su hija le dedicaba algunas horas. Muy preocupada al principio le hizo bastante compañía, pero las demandas de su propia vida tornaron las visitas escasas y más cortas. De su hijo mayor se había distanciado, una profunda incomprensión se instaló entre ambos. Era imposible que uno sintiese siquiera parecido al otro, las cargas de ambas vidas eran muy diferentes y desiguales. Al menor dejó de verlo tras su conmovedora revelación.

Hubo días en que mirando la patética imagen que el espejo le devolvía, se obligaba a listar en un papel todas aquellas cosas que había deseado hacer mientras aun trabajaba y que no había podido por falta de tiempo, para por lo menos empezar con una. Inútil. Nunca encontraba la fuerza, ni el deseo, ni el motivo para pasar alguna del papel a la práctica.

Algún que otro amigo casado intentó invitarlo a su casa, jamás aceptó. La tristeza es una muy celosa compañera, no admite compartir a su huésped.

Un muy raro día, se baño, se afeitó y se puso el traje. Salió a caminar sin ninguna idea definida pero no descartaba dar con alguien, una mujer que por lo menos lo escuchase.

Todas le parecieron horribles, frías, sosas, ninguna tenía las chispas en los ojos que Avellaneda derrochaba. Entonces se dijo que no valía la pena ni siquiera acercarse y se volvió.

Otra noche hizo algo mucho peor y con resultados catastróficos. Salió de noche solo como un lobo estepario y cazó una mariposa de la noche. Si bien ella fue todo lo gentil que se puede esperar de alguien que cobra por mentir amor, el solo contacto de una piel extraña lo hizo retroceder, vestirse de apuro y huir. Ni a oscuras, es decir mucho menos a oscuras, podía mentirse de ese modo.

La extrañaba horrores y la buscaba en vano por todos lados. Le faltaba algo tan concreto como una pierna o un pulmón. Respirar con tanta angustia se hacía complicado, cada día un poco más.

A los seis meses fue víctima del doble in. Inapetencia e insomnio. No le pasaba bocado alguno por más que lo intentara y dormir se transformó en una hazaña de otro mundo.

Si los días eran largos, las noches eran interminables. La aurora lo encontraba con los ojos abiertos tomando un te en la cocina.

Todo lo que lo rodeaba comenzó a perder sentido. Nada lo atraía, nada lo movía. Comenzó a sentir que todo lo que le importaba estaba en otra parte, un lugar que no veía ni conocía, pero de cuya existencia no tenía duda alguna.

Y esa otra parte lo llamaba insistentemente. Y le ofrecía frutos tentadores, tales como la desaparición del hastío pero sobretodo reencuentros, queridos, gratos, anhelados.

Una mañana escribió una carta a sus hijos que aunque no lo decía en forma explícita era de despedida. Ordenaba sus papeles y les decía como proceder con la casa y sus escasas pertenencias.

Esa misma noche mientras no dormía, sintió una profunda sensación de libertad. Íntimamente se dio cuenta que ahora si podía irse a esa otra misteriosa parte que lo llamaba insistentemente, que nada ni nadie reclamaba su presencia en esta parte.

Sin angustia, sin tristeza, sin llantos, cerró suavemente los ojos, pensó en ella  y en sus labios se dibujó una sonrisa.

En alguna incierta hora de la noche dejó de respirar.

Avellaneda en algún lugar, abrió sus brazos para recibirlo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 31 de julio de 2011

De haber sido poeta, probablemente junto con la carta Santomé habría escrito versos como los que siguen por su utopía perdida.

PERDEDOR

Vencido,

Como un golero

Que va al fondo del arco

A buscar el balón.

 –

Herido,

Como un soldado

Que carece de las fuerzas

Para volver a pelear.

 –

Caído,

Como un boxeador

Que le han  pegado justo

 Donde siente más dolor.

 –

Así,

Con ganas de llorar,

Sin ninguna fe para seguir

Encarando el camino.

 –

Quedé,

Después de apagarse

El solitario brillante faro

Que tú eras para mí.

 –

Miente,

El hipócrita espejo

Que aun no se dio cuenta

Cuánto más viejo estoy.

 –

Dudo,

Encontrar algún motivo,

Aferrarme a algún sentido

Que me impulse a vivir.

 –

Iré,

Al ser de ida el camino,

Porque no falta tanto

Para llegar a su fin.

 –

Estoy,

De nuevo en la noche,

De la oscura tormenta,

Sin faro y sin ti.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 3 de julio de 2011

 

Nota: Hace décadas que me ronda la pregunta acerca de qué pasó con Santomé, por alguna misteriosa razón hoy me decidí a ensayar una respuesta. Se que el querido Mario Benedetti sabrá perdonarme.

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One CommentDeja un comentario

  1. ¿Qué le pàsó a Santomé? Sólo el lo sabe. Pero imagino que la pérdida de su compañera le produjo una gran desazón y le anuló la posibilidad de reacción ante ese misterio fantasmagórico de la muerte, que de ninguna manera es mayor que el MISTERIO DE VIVIR.
    La muerte, lo sabemos desde que nacemos, es un acontecimiento que ocurrirá seguro – no sabemos cuando – pero que es parte de la vida, digamos que es la última etapa.
    El dolor por la pérdida de un ser querido es inevitable, pero lo IMPORTANTE es tener la plena convicción que se le brindó, en vida, todo lo que se pudo, tanto desde el punto de vista afectivo como de los cuidados necesarios y asistencia en su enfermedad. Si así no fuera, podrían surgir remordimientos de conciencia importantes.
    La herida de una pérdida no se borra, el duelo hay que cumplirlo y cada cual tiene su propia forma de sentir y sus tiempos. La gracia que Dios nos puede brindar es “recordarlo sin angustia”, con la alegría de los buenos recuerdos. Esa misma alegría debería impulsarnos a seguir adelante con esta aventura maravillosa que, a pesar de todo, es la VIDA.
    Muchas veces, también hay una cuota de egoísmo en pretender que, porque forman parte de nosotros, no deben desaparecer.
    Y en realidad, los que tuvimos pérdidas de seres queridos sabemos que nunca estuvieron tan cerca nuestro.

    No se si es el enfoque que pretendías a tu requerimiento. Me gustó mucho el poema.
    Un abrazo.

    Severo.


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