PERSPECTIVA



PERSPECTIVA

A mis amigos, antes que para todos, sea tarde 

Un día como hoy, tres exactos años atrás y en este mismo lugar, apenas terminada la inhumación de los restos de mi madre, se acercó un amigo querido quien, mientras me abrazaba, en lugar de expresar alguna consabida frase de consuelo, me dijo convencido :

Habría que venir más seguido a estos lugares, la vida se ve distinta, muy distinta”.

En ese momento no tenía ni la experiencia, ni la presencia de ánimo para darle el justo valor a sus palabras. Es que, como un perdido enamorado de la vida que siempre fui, odio definitivamente a los cementerios y evito concurrir a ellos de mil maneras. Ciertamente contribuyó a mi odio el hecho que, fallecido mi padre repentina y tempranamente a mis trece años, mi condición de hijo único me transformó en el acompañante del desconsuelo materno – una viuda como las de antes- de absolutamente todos los fines de semana de mi adolescencia, a un cementerio por demás horrible como es el de Chacarita. Recién a mis veinte pude rebelarme contra ese duelo eterno y mi madre siguió concurriendo en soledad, excepción hecha de las fechas especiales.

Ya muy avanzada en edad, sus visitas se hicieron más espaciadas y un día, a favor de una buena situación económica, le ahorré la culpa de no ir seguido, adquiriendo una parcela en Jardín de Paz y trasladando a ella los restos de mi abuela y mi padre, en absoluta soledad, una muy fría mañana de 1997. Como ahora dependía de mis tiempos para acercarla en automóvil, se conformó con un par de visitas anuales. Me lo agradeció sinceramente todo el tiempo que le quedó de vida y lo decía con una alegría que atribuía al hecho de conocer de antemano el lugar que le estaba reservado cuando partiese y que éste –en su visión- era sumamente agradable. Yo no la compartía y siempre iba por obligación y con urgencia por huir.

El muy doloroso duelo por su partida, operó en mí el milagro de trastocar aversión por atracción y pasé yo a ser un visitante asiduo de las fúnebres hectáreas de Pilar. Sin acercarme siquiera a la frecuencia y regularidad que ella mantenía, confieso que mes por medio, me pego una vuelta.

De tanto ir, empecé a observar y a encontrarle sentido a las palabras certeras de mi amigo en aquél muy triste día. Desde el cementerio la vida se ve diferente, uno se da cuenta que el probo y el tahúr duermen el sueño eterno a la distancia de una lápida, uno ve que hay padres que pidieron ser enterrados en la misma parcela que su hija partida una treintena de años antes, uno se enrostra con la soberana estupidez humana de la ambición y la acumulación. Suele decir una anciana adorable que conozco: “De este bajo mundo nada nos llevaremos, más que el fruto de nuestras acciones”. Todos los que están ahí abajo no tienen ni necesitan, ni diez centavos en el bolsillo.

También empecé a sentir una paz distinta. La belleza natural del sitio, abstracción hecha del hecho que nos recuerda a la temida muerte, parece envolver al doliente visitante en un manto de piedad imprescindible. Al elegir la parcela escogí una cercana a una réplica del monumento a La Piedad. Todos, los de arriba y los de abajo, necesitamos de ella, ante una vida que nos somete a crueles vaivenes y a lacerantes dolores.

La muerte por su parte, a fuerza de hacerse cotidiana, se transformó en algo, además de inevitable, totalmente natural. En los últimos años tuve que ir, sin excusa posible, más veces a distintos cementerios que al cine o al teatro. Estoy en la edad que los amigos pierden a sus padres, parten nuestros maestros y mentores, pero también vaya a saber por cual apuro, se nos van algunos amigos.

Y entonces uno da el paso de conciencia que se resistió toda la vida a dar. Se da cuenta, no intelectualmente, sino desde la tripa y el corazón, que un día será uno el que llegará a ocupar el lugar que reservó.

Será entonces cuando las sabias palabras de mi amigo, brillarán con toda su fuerza. Será entonces cuando uno caerá en la cuenta que su recurso más preciado es el tiempo que le queda. Será entonces cuando se animará a cambiar, cueste lo que cueste, les guste o no les guste a familiares y amigos, todas aquellas cosas en su vida que detesta; para darle lugar sólo a aquello que ama. Será entonces cuando saldrá descalzo y desnudo corriendo tras de sus más caros sueños, sabedor que muchos son inalcanzables, pero que un buen puñado de ellos podrá atraparlos.

Nada ni nadie podrá ya disuadirlo que es él quien se encuentra en la antesala, como se denomina la poesía que me llegó, en este tercer aniversario.

Espero sinceramente que tú, que con dolor de panza leíste mis líneas y a lo mejor con lágrimas lees la poesía, no necesites visitar un cementerio para separar lo valioso de lo superfluo, que mezclados y disfrazados, forman parte de la vida.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 13 de junio de 2011

 

ANTESALA

 

Cual refugio,

Se yergue solitario,

De los hombres olvidado,

Que sólo se allegan,

En brazos del dolor.

Allí conviven,

El tahúr y el hermano,

La hija y el padre,

Con el olvidado,

Y el ido en esplendor.

En él no existen,

Ni miedo ni ambición,

Sólo sueños interrumpidos,

Y recuerdos del amor.

Dispersas flores,

Son mudos testigos,

Que amante mano furtiva,

Entre sollozos posó.

Y el verde,

 Extendida uniformidad,

Inunda a visitantes,

Con una ola de piedad.

Es casi invierno,

Despojados los árboles,

Extrañan a las aves,

Cuyo canto ya no está.

Un azul cielo,

Como religioso manto,

A dolientes e idos,

Por igual acoge ya.

Desprovisto de todo,

Entreviendo un final,

Me atrae a su modo,

Con una paz sin igual.

¡Oh, camposanto hermoso,

Que mi llanto regó,

Es el tiempo azaroso,

Que dirá cuándo vendré yo!

Enrique Momigliano

Jardín de Paz, 12 de junio de 2011

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Published in: on junio 16, 2011 at 12:36 am  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Querido Enrique: Me han llegado muy profunda y oportunamente tus palabras. Comparto experiencias semejantes y espero que pueda materializar tus finales reflexiones.
    Gran Abrazo
    Guillermo

  2. Querido amigo:

    Gracias.
    Trato pero no puedo, seguirè intentando aprender.
    De algo estoy seguro, no es avaricia, ni las luminarias las que persigo.
    Solo es necesidad de ser querido y aceptado.

    Que necesidad tenemos de ser queridos,
    Que miedo al rechazo,
    Que pánico al maltrato.
    Cuanto estamos dispuestos a ceder,
    Por una caricia, un mimo, un abrazo.

    Escondemos nuestros sentimientos,
    Por miedo al fracaso.
    Al mas grande, de no ser queridos.
    Pero, estamos dispuestos a darlo todo
    O solo nos protegemos por egoísmo.

    El día que lo descubramos
    Entenderemos que somos queridos.

    Abrazo


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