DETRÁS DE LA PUERTA DE CALLE


Una bofetada al alma

DETRÁS DE LA PUERTA DE CALLE

El rostro hundido en la almohada, las manitas tomando fuerte la frazada y apretándola contra sus orejas para no oír la gritería que se empeña en atormentar las paredes de su cuarto, Pablito llora.

Aunque hace su máximo esfuerzo por no escucharlos, los insultos y groserías que papá y mamá se prodigan generosamente desde hace casi una hora castigan sin cesar su corazón, que lleva apenas cumplidos siete años de latir.

Siempre, ayer, hoy y mañana, es la hora de la cena familiar la elegida para que la catarata de reproches mutuos estalle. Debe ser la tercera noche de la semana en que Pablito debe huir llorando y sin probar bocado. Pero esta vez fue peor, tan grave como el mes pasado.

Luis, su  padre, un correcto y exitoso profesional, reconocido tanto en el trabajo como en la comunidad, totalmente fuera de si, desviando hacia él todo el odio que siente por María su madre, al verlo nervioso jugando con el pan, se ha descargado con una sonora bofetada en su mejilla. Esa mejilla derecha que le arde y le duele muchísimo, la cual seguramente conserva y conservará hasta mañana la marca de los dedos de Luis.

Pablito llora de dolor, pero también lo hace de impotencia y mucho más de incomprensión. Su papá no es malo, ¿cómo podría serlo?, si el domingo nomás lo llevó a pescar y pasaron un día fantástico juntos riendo con ganas. La mala debe ser mamá concluye, que siempre que están juntos lo pone nervioso. Pero mamá siempre es buenísima con él. Le cuenta cuentos, lo acompaña de ida y vuelta al colegio cantando y riendo, le prepara su comida preferida. No, mamá no es mala.

Entonces fatalmente llega a pensar algo que lo perseguirá por años: el malo debo ser yo.

Por eso me pegan, hasta mamá una vez que estaba muy pero muy alterada, me lastimó con un plato que me tiró. No hay duda, el culpable de todo soy yo.

Pablito ahora llora – y lo hará por años- por creerse malo, por autoconvencerse que no hay en el mundo alguien capaz de quererlo, que todos los que conozca lo van a tratar mal porque él, el malo, se lo merece.

Si tan solo pudiera dormirse rápido, si pudiera taparse bien los oídos y el sueño llegase pronto, solo ahí tendría algo de alivio. Dormido no duele la cara, ni el corazón, ni el alma.

Y Pablito soñará que despierta grande, que huye de su casa aun a costa de no ver nunca más a sus padres, que aborda un barco que lo lleva lejos, muy lejos, a un país desconocido donde para todos sea uno más, donde nadie pueda saber que él es malo y merece por ende ser maltratado. Cuando logra soñar ése, su sueño favorito, Pablito no quiere despertar porque sabe que la tortura continúa.

El sufrimiento verdaderamente sigue aunque no sea en forma de bofetada.

Tendrá que escuchar la voz cantarina de mamá despertándolo para ir a la escuela, actuando el perfecto rol de “aquí no ha pasado nada”. ¿Como que no ha pasado nada? Papá me pegó y vos no me defendiste, piensa pero calla. Se vestirá sin mirarse al espejo, para no ver la marca de los dedos que, ya marrón, debe seguir en su mejilla.

Mucho peor será soportar las preguntas de la maestra, la directora y de sus compañeritos de aula. Pablito callará ante todos. Su amor a papá y a mamá que son buenos le impedirá acusarlos de nada. Por algún motivo él debió merecer la bofetada y no abre la boca.

Las maestras se miran y callan, los chicos no. “Te pegaron de nuevo” le grita  Josecito, “debés ser malísimo en tu casa, que raro, acá sos rebueno” dicen todos a coro.

Peor aun será a la noche, cuando llegue su padre con un juguete caro y sonriendo y besándolo con amor verdadero,  se lo entregue sin decir una sola palabra acerca de la agresión.

“Gracias” dirá Pablito e irá a jugar un rato, hasta que mamá llame a cenar y él se acerque temblando a la mesa y rogando que su maldad congénita no le haga cometer otro error que merezca una tunda por parte de sus padres ejemplares.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 18 de mayo de 2011

NO AL MALTRATO INFANTIL

 Muchísimos niños son maltratados por sus padres sin que éstos reconozcan que tienen un serio problema de pareja, de adicciones o de alcoholismo  y que usan a sus propios hijos de chivos expiatorios de la agresión que portan.

Las agresiones son perpetradas en muchos casos por  adultos que fuera de casa se comportan muy civilizadamente y que resulta imposible sospechar que  sean capaces de agredir a sus propios hijos.

Los niños no saben llamar a la policía y nunca hay terceros testigos del hecho.

Las maestras y directoras de escuelas lidian todos los días con casos como éste y sólo pueden pedir hablar con los padres al respecto.

Algunos niños han fallecido por esta causa.

Todos los niños agredidos por sus padres, sufrirán por años serios trastornos psicológicos.

BOFETADA AL ALMA

Subleva a mi alma dormida,
y de oscuro odio me tiño,
cuando ofendiendo la vida,
alguien maltrata a un niño.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de mayo 2011

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Published in: on mayo 18, 2011 at 7:53 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Duele muy profundo el mal trato y la agresion y duele en el alma cuando de chicos se trata. Lamentablemente, es cosa de todos los dias, hay que hablar mucho este tema para que la gente se anime denunciar estos horrores.
    Como siempre, muy acertado lo tuyo, Henry.


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