EL MÁS COBARDE MATÓ A LA MADRE


EL MÁS COBARDE MATO A LA MADRE

La tarde invita a caminar por la orilla. El tibio sol de abril y el arrullo del mar se vuelven irresistibles para Lula, quien como desde hace más de tres años descansa en los médanos sanclementinos del vivero, un paraíso creado por la mano del hombre que conjuga agua, sol, verde y sombra, acompañada de sus tres hijos “Odi”, “Leo” y “Tota”. Los tres duermen profundamente pero ella, siempre vigilante, no.

El cobarde, a unos pocos kilómetros de ahí trepa a su máquina, un jeep que puede andar fácil y rápido en la arena. Su profunda perturbación espiritual no le da tregua ni siquiera frente al mar. Unas copas de más, una línea de droga o una discusión de las frecuentes que su agresividad incontrolable acarrea, son el condimento necesario para el vértigo que lo atrapa ni bien pone sus manos al volante.

Desperezada y estirada, Lula camina lento hacia la orilla. ¿Qué les puede pasar a sus hijos en un ratito? Planea un paseo breve, una mojada de pies y rápido de vuelta al médano. Mientras camina, piensa que la gente es buena. Tiene motivos para ello. Elige no recordar el abandono que otro cobarde malvado le infligiera a ella y a su hermano cuando pequeños. Prefiere sí llevar en su corazón la caridad y el cuidado infinito de los vecinos del vivero, que le han permitido a ella y a sus hijos sobrevivir bastante bien hasta el presente.

El cobarde acelera y no es por estar apurado. Busca con el viento en la cara apaciguar esa furia interna contra el mundo, contra todos, contra él mismo que lo atormenta día y noche. Pisa el acelerador con odio, transforma a la apacible playa en un inadecuado autódromo. No es un fin de semana largo, hay poca gente. “¡Que se corran!” piensa. El otro no importa, nunca importa. Sólo él le importa a él, sólo él y esa locura, de la que intenta huir corriendo, aunque sabe que ella lo estará esperando cuando se apee de su máquina infernal.

Lula mira apaciblemente las olas, siente la tibieza del sol que se enciende en su cuerpo y agradece profundamente el don de la vida, el don de los hijos, el milagro de la caridad. Cree recordar que sus hijos eran más pero los sabe felices, adoptados y queridos. Tampoco tiene muy claro, porque estaba dormida, la operación que sus benefactores costearon por ella poco después de dar a luz, pero como confía en ellos, intuye que debió ser para su bien. Lula camina feliz.

El cobarde sube la música de la radio del jeep que avanza a toda máquina por la playa. Una música horrible, un franco ruido inarmónico, una gritería soez pero que sintoniza a la perfección con su espíritu perturbado. Y entra en éxtasis. Entrecierra los ojos, acelera aún más y para completar la sensación de placer ínfimo y transitorio siente que le falta la cuna, quiere mecerse y sabe cómo lograrlo. Comienza a circular en zig – zag.

Las tragedias no avisan y suceden de prisa. Ni Lula ni el cobarde tuvieron tiempo de nada.

Cuando Lula escuchó el rugir del motor del jeep sobrepasar el rugir del mar, ya era tarde. Solo atinó a levantar la cabeza, ver un bólido zigzagueante lanzado hacia ella a toda velocidad y recordar en una fracción de segundo a su hermano pequeño también atropellado en esa playa.

Cuando el cobarde ve a Lula, ninguna maniobra es posible. A la velocidad que viene, en la inestabilidad que corre al ir de un lado a otro, con sus nulos reflejos,  la más mínima reacción de freno o volante devendría en vuelco. Elige matar.

Así fue que cruzaron destinos un cobarde harto de vivir y una madre agradecida a la vida.

El resto es historia conocida. Un impacto seco, un aullido desgarrador de dolor y un cobarde que se gana el nombre por ni siquiera detenerse a auxiliar a la madre herida.

Lula herida corre gritando como puede hacia donde están sus hijos. No quiere, no puede morir sin verlos por última vez. Sus tres hijos la rodean, mientras los generosos vecinos conmovidos y bañados en lágrimas corren a su auxilio. Sólo logran acompañarla y darle el último tramo de su amor para que se vaya en paz.

“Odi”, “Leo” y “Tota” lloran y aúllan el resto de la tarde y toda la noche siguiente. Ningún vecino del vivero puede ese 3 de abril dormir. La rabia, la impotencia, la mancha de la condición humana en su máxima expresión de miseria – la cobardía- los tortura.

En el paraíso sanclementino reina el dolor.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 10 de mayo de 2011

 

OJALÁ:

  1. este cuento fuese producto sólo de mi imaginación. Lula,la Canosa, la perra de la foto, fue atropellada en la playa del vivero de San Clemente del Tuyú, el domingo 3 de abril de 2011, a la tarde por un cobarde en jeep, corriendo en zig-zag. Sus hijos la extrañan, los vecinos la lloran pues sienten inútiles su rescate, su castración, la adopción de sus otros hijos y los cuatro años de amor que le brindaron.
  2. el cobarde lea este cuento y que sufra, si es que puede, lo que merece por su acción.
  3. las autoridades, que fueron informadas por nota de este hecho, tomen medidas drásticas para que las playas sean seguras, antes que tenga que hacer la crónica de la muerte de una madre humana, o antes que a Adriana Urbano, quien me dio la información, o a mi mismo nos atropelle otro cobarde, como casi nos sucede a ambos este último verano.
  4. nadie diga, ni piense, ni crea como en el final de “Callejero” de Cortéz: Total, no era más que un perro.
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Published in: on mayo 10, 2011 at 7:00 pm  Comments (5)  

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5 comentariosDeja un comentario

  1. Enrique, muy buen relato, me vino bien para desconectarme del laburo! Podría ser una aplicación para blackberry, desconectate con Poesia para sentir la vida y que la gente se baje uno de tus escritos. Abrazo!

  2. FELICITACIONES AL AUTOR DE ESTAS PALABRAS!…DUELEN MUCHISIMO PERO SON LAS MEJORES QUE PUEDEN HACER DESPERTAR A LAS AUTORIDADES EN SAN CLEMENTE. LAS PLAYAS Y LOS MEDANOS NO SON PARA LAS RUEDAS. NO QUEREMOS MAS ACCIDENTES NI MUERTES.LILIANA

  3. El cobarde que eligió matar es MAS que un cobarde y Lula es MAS que un ser humano; cuando más conozco a la gente, mas quiero a mi perro.
    Ojalá que todos los OJALA se hagan realidad.

    Un abrazo Beatriz

  4. Quiero comunicarles que tras la insistencia, en la zona cercana al Vivero en San Clemente del Tuyu ya han puesto los carteles…”PROHIBIDO VEHICULOS EN LA PLAYA” NO MAS RUEDAS
    Siento que el atropello y muerte de Lula pudo evitarse de algun modo y me entristece pensar eso pero tambien pienso que ahora que pusieron la bendita señalizacion casi sin saberlo podríamos estar evitando otro accidente de otro perrito o quizas de una persona…
    Solo una cosa convierte en imposible un sueño: el miedo a fracasar.
    La única manera de seguir nuestros sueños es ser generosos con nosotros mismos
    El mundo esta en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo de vivir sus sueños.
    Es feliz el que soñando, muere. Desgraciado el que muera sin soñar. Gracias Enrique y gracias a todos los que comentaron humildemente desde el corazón el caso de “lulita” en este blog y en facebook. Gracias!
    adri

    • Me encantó el cuento, los comentarios; y me preocupa la problemática del los “callejeros”. Lo publico en la edición impresa de El Faro impreso que sale la semana próxima. Saludos.


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