TRABAJO Y POBREZA


TRABAJO Y POBREZA

“Estoy circundado de huéspedes corteses: sobre una magnífica terraza, delante del espectáculo de canteros regulares, entre los cuales surgen, aquí y allá, macetas cargadas de flores; entre todo ese lujo, en suma, del cual nos avergonzamos ante los trabajadores, apenas nos dignamos tratarlos como iguales nuestros”

                         León Tolstoi

 En la aldea global on line que se ha convertido el mundo, afloran con más fuerza que nunca las desigualdades y se instalan impiadosas, en la conciencia de millones, las injusticias.

“En el pecado está el castigo”, se solía proclamar desde los púlpitos, en los tiempos en que los sermones de las misas se daban desde allí. Y es verdad. Piensen el tremendo esfuerzo que hicieron la industria tecnológica, la avanzada publicitaria y los sistemas financieros para que cada pobre del mundo tuviera su televisor a colores.

Andando sobre la ilusión que así estaría entretenido y se sometería gustoso, le pusieron en sus manos el instrumento maldito que hoy le transmitió en directo una fastuosa boda, entre dos integrantes de una realeza decadente e innecesaria y le dijo, a puro orgullo desfachatado, que había costado una escalofriante millonada de dólares, a él, que sobrevive, en el mejor de los casos, con un dólar por día.

La falta total de pudor – que por lo menos existía en tiempos de Tolstoi- de las clases pudientes, la forzada inclusión en el mercado de aquellos que ignoraban su existencia para transformarlos en consumidores y poder así hacer negocios sobre su hambre; es el mismo germen de los descontentos sociales que arrasan con gobiernos en medio oriente y que llenan de molestos inmigrantes ilegales a los coquetos países desarrollados.

Todo ello no ha hecho más que evidenciar al extremo el problema central del ser humano: la convivencia. Que convivir es harto difícil no es novedad para nadie, basta preguntarle a cualquier familia. Pero, convivir en la injusticia por largo tiempo es directamente imposible.

Hagan ustedes la prueba, aquellos que tengan dos hijos, en atiborrar a uno de regalos y no darle al otro más que reprimendas y reproches. Luego siéntense a observar hasta qué grado han destruido la relación entre ambos.

Así como la justa distribución de regalos y reprimendas son esenciales para la armónica convivencia entre hermanos, la justa distribución de la riqueza es esencial, para la sana convivencia pacífica de los seres humanos sobre esta tierra.

Frente a ello, el debate acerca de la propiedad de los medios de producción es una cuestión tan trascendental como pendiente, tan fundamental como irresuelta.

Tomemos como ejemplo el primer medio de producción: la tierra. Cuando no era de nadie, todos la usaban como podían en su beneficio. Luego hubo un acto violento, alguien por la fuerza (el derecho de las bestias, con perdón de ellas) y las armas se la apropió.

A partir de ese momento los dueños de la nada debieron, porque su subsistencia estaba en juego, trabajarla en beneficio de ese alguien. Por supuesto, todo debidamente respaldado por un sistema legal que vino a convalidar el primer acto ilegal.

Del producto de esa tierra, una parte fue en beneficio del trabajador.

La discusión acerca de cuanto del beneficio global le corresponde al dueño y cuanto al trabajador es eterna y muy lejos de resolverse definitivamente, además es responsable de actos violentos de ambas partes, de guerras y de tragedias, tal como la que se conmemora el 1 de mayo de cada año.

En aquellos lugares que como reacción a los abusos de los propietarios de los medios de producción, se impuso también por la fuerza, la situación contraria, donde el estado pasó a ser dueño absoluto de los medios de producción en supuesto beneficio de todos, también se fracasó, ya que los verdaderos acomodados del sistema fueron los burócratas que lo administraban, feroces funcionarios capaces de violencias tan crueles como los de la clase sustituida.

Cuando en tiempos recientes el capitalismo emergió como sistema triunfante, se dedicó puntillosamente a reiterar sus abusos en todo el mundo, exponiéndose así a cosechar sus amargos frutos de sublevaciones y descontentos.

Antes que sea tarde, las mentes más brillantes del planeta, en lugar de ocuparse de cuestiones tan poco importantes para la especie humana como las partículas sub atómicas, el viagra femenino o  la mágica pastilla adelgazante, estimo que debieran ponerse a estudiar la manera factible en que la renta producida por los medios de producción sea equitativamente distribuida entre quienes contribuyen a su generación, ya sea aportando capital o trabajo. Todo ello con el fin de asegurar para las generaciones venideras un futuro de paz y prosperidad generalizada.

Ciertamente existirán desacuerdos y desafíos operativos, pero la discusión se facilitará en gran medida si se incorporan al diseño del sistema, dos importantísimos términos, hoy lamentablemente muy en desuso, a saber:

  1. JUSTICIA: la producción de riqueza requiere tanto del capital como del trabajo, por ende es sumamente injusto que los trabajadores sean solo socios en las pérdidas.
  2. FRATERNIDAD: Uno de los tres lemas dela Revolución francesa de 1789. Los seres humanos vivimos inmersos en una brutal paradoja. Somos todos distintos, muy distintos, pero a la vez tan iguales. Si sabemos mirar, veremos que todos tenemos las mismas necesidades básicas, que todos buscamos casi las mismas cosas inmateriales (seguridad, afecto, amor, reconocimiento, contención, comprensión, amistad), que todos necesitamos de todos, que todos nos dejamos absorber la mayor parte de nuestro tiempo vital y energía en el bíblico mandato de “creced y multiplicaos”, que en definitiva, hijos del mismo Dios – cualquiera sea el nombre que le demos- somos todos hermanos, con nuestras luces y nuestras sombras. Si nos reconocemos hermanos – y llevamos mas de 200 años fracasando en el intento o mas de 2000 si admitimos que Jesús dijo exactamente eso-, jamás podremos avalar un sistema que condena a millones a vivir en la pobreza, ya sea porque están desocupados o porque su trabajo es injustamente retribuido.

Para reflexionar en este primero de mayo les dejo la crónica de un encuentro que me sucedió hace unos pocos días atrás y una poesía escrita hace ya 25 años, sobre otro encuentro real.

Un cuarto de siglo ha pasado, en un país riquísimo, productor de alimentos para millones, sub poblado y ha cambiado tan poco que avergüenza.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de abril de 2011

Una medianoche oscura y lluviosa de 1985,en que los pobres que andaban pidiendo en los semáforos, eran pobres de verdad y no extorsionadores organizados, mientras volvía en mi Renault 12 de dar clase en la facultad, una madre con su bebe en brazos, me pidió una moneda. En lugar de ello le di unas galletas y golosinas que llevaba conmigo, las que agradeció. Al dárselas, cuando mis ojos se detuvieron en los suyos, me llegó esta poesía.

MONSTRUO

 

Ayer la vi toda arrogante,

Enseñorearse en el azul de unas ojeras,

Asomarse en una mirada distante,

Dominadora, cierta y altanera.

Estaba ahí, a un paso, adelante,

Por unos labios resecos denunciada,

Abrazando por siempre a un infante,

En el rostro sin luz de madre agotada.

Sentí terror, rebelión e impotencia,

Vergüenza de mi poca riqueza,

¿Es que no tendrá nunca clemencia,

El infame monstruo de la pobreza?

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de agosto de 1985

UN ROSTRO ASOMADO

Era una mañana fresca producto de la lluvia abundante de la noche anterior. Dormido más o menos como siempre, bien comido como siempre, abrigado como correspondía al día, me subí a mi auto que ya goza de una bien rodada década.

 Por varias cuadras no hice más que quejarme. Lo hice acerca de la futilidad de haber establecido un tan tempranero horario para la asamblea a la que iba – las 9 de la mañana-, del aun ignoto motivo que me hace salir tarde siempre y no llegar a tiempo nunca, de la molestísima falla eléctrica de mi noble auto que no deja de dar una falsa alarma, del tránsito imposible, de la rodilla que me duele, etc. etc.

Si quería llegar antes que la asamblea finalizase debía adoptar decisiones heroicas, es decir atajos inseguros. Uno de ellos pasaba por el “camino villero”. Una diagonal, en pleno barrio de Paternal que bordea la vía del tren y un asentamiento ilegal, no demasiado grande, al borde de la misma. Pasar por allí tiene sus riesgos, un clavo miguelito, el truco de los pibes jugando a la pelota para que uno se detenga, un botellazo de bronca y hasta un balazo perdido, son elementos que ingresan al bolillero de probabilidades cuando uno transita esa calle.

Entonces mi pensamiento y mi ánimo mutaron de la queja continua e improductiva a la prevención y a la indignación. Mis ojos se transformaron en radares, mis oídos en sonares, me calcé el casco y el chaleco imaginarios y me arriesgué. Y el sentir pasó por zonas tremendas tales como esas que dicen al oído: “si te bloquean, acelerá y atropellá lo que sea”.

Salvé la primera cuadra, y encaré la segunda, semi bloqueada por un contenedor de basura sumamente desbordado y rodeado de aguas servidas. La indignación subía: “Este gobierno que no hace nada” “¿Qué hacen estos tipos viviendo en esta mugre?”.

 Salvé también la segunda cuadra y llamó poderosamente mi atención la esquina de enfrente del comienzo de la tercer cuadra. Estaba allí un hombre desenganchando una tela empapada que le había servido de techo durante la noche lluviosa. Mi pensar y sentir seguían transitando terrenos espantosos: “¿Y éste, ni casilla tiene, qué hace viviendo en la vereda?”. El toldo corrido dejó al descubierto un colchón húmedo en la fría vereda, con una sucia cobija tapando un inconfundible cuerpo de mujer.

 Me conmoví. Aminoré la marcha hasta casi detenerme, porque no podía creer lo que estaba viendo, que hayamos bajado tanto, que en plena Capital Federal de un país que crece a tasas chinas, una joven mujer tuviese que denigrarse al punto de pasar una noche de lluvia a la intemperie. Ojalá nunca hubiese reducido mi paso.

Cuando los tuve bien cerca, al lado de la mujer un rostro asomaba: el rostro  de un niño dormido. La que había pasado la noche bajo el toldo empapado además de una mujer era una madre y el indigente no era un vago molesto, sino un padre de familia, un trabajador –el carro de cartonero lo atestiguaba- que le había dado a los suyos el mejor hogar que había podido.

Un niño dormido. ¡Por Dios, que culpa tiene un niño para tener que vivir así! ¿Y no hay nadie que haga nada? ¿Y yo tampoco voy a hacer nada? ¿Pero qué puedo hacer si de casualidad e impelido solo por la necesidad me animé siquiera a pasar por aquí y en plan de combate?

 De modo que como todos, como el gobierno, como las ONG, como los vecinos, como todos los ciudadanos probos y honestos de esta Capital, seguí de largo.

Eso si, con el rostro del niño fijado entre ceja y ceja, ya no pude quejarme de nada más, no pude criticar más a nadie y no pude indignarme por absolutamente nada .

Solo atiné a llenarme de vergüenza de pies a cabeza, vergüenza que aún me dura y que seguramente intento pobremente descargar con este escrito.

 De una sola cosa estoy convencido: nadie podrá auténticamente ser feliz en esta ciudad bendita, mientras un niño deba dormir una fría noche de lluvia, en un húmedo colchón, bajo un toldo empapado.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de abril de 2011

Les dejo un video acerca del hecho que se conmemora el 1 de mayo




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