PRESENCIAS AUSENCIALES


PRESENCIAS AUSENCIALES

“Si te vas…, te vas”.
Jeanette

“Te dejo la cara y me voy”, era una frase usada a menudo por Daniel, un querido amigo y profesor a quien la muerte se llevó, mucho antes de lo esperado. Refería con ello su manera preferida de sobrevivir a clases insoportables, a conferencias insípidas y a reuniones inconducentes. No era el único que apela a ese recurso. Todos, en mayor o menor medida, alguna vez aparentamos, por necesidad, estar para alguien brindándole toda nuestra atención, cuando en realidad nuestro ser real carece del más mínimo compromiso con la situación o inquietud del otro. Es lo me gusta llamar una presencia ausencial, estoy presente de cuerpo pero no de alma. Es, hablando en buen romance, la hipocresía en su máxima expresión.

La hallamos más que frecuentemente en los ámbitos laborales, educativos, comerciales, estatales, médicos, divanescos y hasta religiosos (los confesionarios antiguos eran toda una tentación para ello).

Demás está decir el efecto devastador que produce para el infortunado interlocutor darse cuenta que toda su problemática, su carga angustiosa, su demanda de contención tiene una muy fría acogida, casi indiferente, amparada a veces en severos manuales de procedimiento.

Empero el asunto adopta ribetes mucho más trágicos, cuando el dejar la cara e irse se instala como metodología de comunicación entre aquellos que más debieran escuchar con el alma, es decir la familia, los amigos, las parejas.
Y lo califico de tragedia porque, pese a ser más que frecuente, no es esperable en absoluto. Un padre espera que a su hijo le importe lo que le pasa y lo ayude con el tema. Una hermana no puede aceptar que su propio hermano se desentienda del lío en que se metió. Un hijo será muy malherido por la indiferencia de una madre ante su drama. Finalmente un amigo que no recibe mi problema como el suyo propio casi seguramente dejará de serlo.

¿Y una pareja? ¿Qué pasa con las parejas, casadas o no, donde la práctica que nos ocupa es el amargo pan de cada día? ¿Convenceré a alguien si lo propongo como una causal de divorcio?

Es muy habitual que al cabo de unos años de convivencia (ese cruel asesino serial del amor), estén ambos aburridos de escucharse mutuamente, consideren ambos que el otro hace una montaña de un granito de arena, se convenzan ambos que las miradas femenina y masculina de la vida son totalmente divergentes y en consecuencia se enfoquen y obsesionen por cuestiones prescindibles para la otra.
Ese fracaso en el, a veces sincero, intento de sentir como siente el otro, traerá a instalarse en el seno de la pareja al non plus ultra de la hipocresía: la presencia ausencial.

Así la esposa fatigada con los crios, le dejará sólo su cara al marido mientras éste le relate la angustia que los manejos psicopáticos de su jefe le acarrean. Tanto como el marido, cansado por la lucha diaria en pos del sustento, le dejará la cara a la esposa mientras ésta le relate sus desventuras con la maestra, la mucama y el supermercado. Mucho más será la cara solitariamente dejada cuando los problemas volcados en la mesa familiar versen sobre la familia de origen de cada uno de ellos.

Ello obliga a un interesante ejercicio por parte de ambos de seleccionar en qué involucrarse y en qué cosas no hacerlo. Para poner dos burdos ejemplos, la esposa se comprometerá cuando escuche del marido la trágica frase: “me echaron”, y el marido seguramente dejará de pensar en el clásico de la semana, si su esposa le cuenta que el médico detectó algo potencialmente serio en los estudios de algún hijo.

No siempre es tan fácil elegir si estar ausente o presente y hay ocasiones en que se cometen errores fatales. Así muy a menudo se decidirá dejar la cara e irse en un tema que justamente era más que importante para el otro y ese será el comienzo de un proceso de disolución, en el cual la hipocresía pasará a ser la madre de la distancia.

El paso final que hiere a la pareja de muerte es cuando, uno de los dos, decida trasladar la conducta hipócrita mudándola de ambiente, concretamente del comedor diario al dormitorio.

Obviaré para alivio de los lectores, que además las conocen a la perfección, historias de orgasmos fingidos, relaciones desganadas, millones de excusas inventadas y rechazos dolidos (“salí” como se le dice a un perro molesto), que sólo tendrán una consecuencia inevitable: aumentar la distancia.

Por miles de motivos harto conocidos, cuya enunciación también obviaré para vuestro bien, es muy posible que la pareja, casada o no, siga unida y hasta es posible que sigan conformando un buen equipo en pos de un objetivo común, una fiel sociedad mutua, una ponderable y funcional institución. Empero, nunca será como antes, ya no serán al decir bíblico “una sola carne” porque faltará calor, mimos, compañía, caricias, sexo, intimidad, en una palabra, amor.

Ni se imaginan a cuantos miles de parejas abarqué en el párrafo anterior, pero que prefieren callarlo, negarlo, no verlo o seguir creyendo que la situación es reversible. Sea como fuere el mantenimiento de la situación en el tiempo sólo obedece a que ambos la consienten, expresa o tácitamente. Ese consenso tácito, lamentablemente, casi nunca es al unísono y uno de ellos deberá soportar por un tiempo el dolor cotidiano que refleja la poesía.

Dolor profundo de ser rechazado, dolor disparador de fantasiosas sospechas, dolor motor de reprobables conductas, dolor destructor de la propia autoestima. En fin, dolor que tendrá la duración de la distancia que separa la esperanza de la resignación.

Es más que probable y llamar la atención sobre ello es el propósito de este escrito, que ese dolor tenga su origen en una o varias presencias ausenciales del rechazado, en cruciales inoportunísimos momentos de la vida del otro. Ausencias que después ya serán mutuas e irremediables.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 14 de abril de 2011

DOLOR COTIDIANO

Me duele,

Cada noche que,
Te buscan,
Mi beso y mi caricia,
Y no respondes.

Cada noche que,
Tu beso y tu caricia,
No me buscan.

Cada noche que,
Cansado del rechazo,
No te busco.

Más me duele,

Que al otro día ignores,
La tragedia de la noche.

Aún más me duele,

Imaginarme,
Consuelo en otros brazos,
Consuelo que no sirve,
Consuelo que rechazo.

Y por fin me duele,

No saber,
Cuantas noches nos quedan,
Para compensar las solitarias.

No saber,
Cuanta vida nos queda,
Para devolver la disipada.

Cada noche,
Me duele.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 1 de mayo de 2009

Con más de setenta abriles, sobreviviente de un cruel ataque, en el día de su cumpleaños, tuve la fortuna de escuchar en su propia voz, esta nueva genialidad del maestro Alberto Cortez, que sigue creando. Transita por los lugares aquí referidos pero, por algo es quien es, lo hace con humor, con mucha más aceptación y para vuestro alivio… termina bien.

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Published in: on abril 16, 2011 at 9:16 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Que Genio!!!! que ternura!!!. Sería hermoso que siempre terminara así, juntos !!!.

    Gracias Enrique, un abrazo Beatriz


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