El Nadador


EL NADADOR

                                      “Duc In Altum” (navega mar adentro) Lucas 5:4

Mediodía de un perfecto día de sol, de un muy tranquilo febrero, en la costa sanclementina. Estoy nadando. Apenas unos setenta metros me separan de la playa que, cada vez que emerjo, observo diminuta.

Me siento otro, soy otro. Envuelto en agua marina parece como si la edad, la desgana, la tristeza y las dolencias hubieran sido dejadas una a una en la arena.

Por alguna misteriosa razón de origen lunar, climática o mareológica, este año, casi todos los días, el mar se asemeja a un infinito lago en calma. La absoluta ausencia de olas, apenas una suave corriente mecedora y un agua transparente y verdosa acompañan mi paseo.

Las mismas razones tendrán que ver con que la mencionada agua sea cálida, envolvente y acogedora como un útero materno. Nadar en estas condiciones tiene poco de proeza y mucho de placer.

Mi mirada se pierde en el horizonte. Sólo el muelle intenta, sin lograrlo, interrumpir mis ansias de infinito.

El cielo es de un azul perfecto. Ni una sola nube osa irrumpir en esa bóveda celeste que, ilusoria al fin, presenta toda una gama de azules y celestes según sea el ángulo de la luz solar.

El astro rey está en el cenit y adorna de infinitos reflejos las suaves ondas que produzco con mis acompasados movimientos.

Estoy en perfecta, armoniosa y completa paz. Siento, muy íntimamente, que el mar es mi verdadero hogar, que ese antiguo acto de sustituir branquias por pulmones y aletas por miembros para vivir sobre la  tierra, fue solo un lamentabilísimo error que vengo ahora a corregir.

Me vienen a la memoria los pingüinos de Punta Tombo (Chubut), que observé hace años durante toda una jornada y que me sorprendían con su torpe andar en tierra, el cual contrastaba con sus ágiles movimientos natatorios, ni bien alcanzaban la primera ola. Mi sobrepeso y mis dañadas rodillas han logrado convertirme en su digno émulo.

Aquí todo huele a eterno. Este mar existe desde mucho antes que yo naciera, también el cielo y el sol y por cierto existirán cuando de mí no quede ni el recuerdo. Allá lejos en la playa, los humanos me parecen hormigas, de tan pequeños que los percibo, pequeños y limitados como sus sueños, sus ambiciones, sus miserias, en fin tan pequeños como sus finitas vidas.

Me deslizo a favor de la suave corriente. No estoy para grandes esfuerzos. Lejos, muy lejos en el tiempo, quedaron los gloriosos días en que con Oscar, Nando y sus primos, surcábamos veloces estas mismas aguas, desde el primer al último balneario. O aquéllos en que acompañábamos mar adentro a los bañeros hasta un mágico lugar en que todos tomados de un salvavidas antiguo de los redonditos de corcho, intentábamos divisar sin éxito la playa que las olas se empeñaban en esconder. Playa a la que luego, “plancha de descanso” mediante, volvíamos a plena carrera.

La edad me ha enseñado a disfrutar más del ritmo que de la velocidad. Y el nadar exige ritmo, casi música y una perfecta coordinación. Si respiro mal me agoto pronto y si pataleo a destiempo no avanzo.

En la actualidad con un centenar escaso de metros a favor y otro centenar de metros en contra de la corriente me conformo. Comienzo nadando “pecho”(o braza) a favor, cuando me aburro giro sobre mi mismo y sigo “espalda”. Soy muy consciente que si solo flotase, la corriente me llevaría igualmente a destino.

No estoy solo; una media docena de gaviotas vuela unos pocos metros por encima mío por todo el trayecto. Debo estar nadando entre un cardumen de cornalitos porque, sin inmutarse por mi presencia, se zambullen a diestra y siniestra en asombrosa picada, para retomar el vuelo con un delicioso bocado marino en su pico. Nadando de espaldas observo el espectáculo fantástico que me ofrecen.

Muy de vez en cuando soy rozado por un pez más grande. No debo culparlo, éste es su dominio y el desubicado soy yo. En una ocasión, uno muy atolondrado se enredó en mi malla y a favor de la soledad reinante debí sacármela para liberarlo. No me gusta pescar, amo sí los sitios de pesca por la paz que transmiten y sólo acepto pescar si acordamos previamente en devolver las víctimas vivas a su hábitat. Me llevo mejor con el mediomundo que con la caña, no solo por las frecuentes galletas de tanza sino también por los traicioneros anzuelos que a veces son muy difíciles de retirar a tiempo.

Hora y sitio de girar en redondo para comenzar el retorno. Este es estilo “crawl” y a toda máquina, bueno quiero decir a la máquina que mi ruinoso estado físico me permite contracorriente. Ya no tengo la potencia de mis veinte años, la que me permitiera nadar bajo algún muelle esquivando pilotes o alrededor de las escolleras marplatenses en plena tormenta. Siento la ausencia de esa divina  y bendita locura que me autorizara a desafiar las olas de los surfistas en Brasil o sumarme a múltiples rescates en las traicioneras aguas de Necochea. Ritmo, lenta respiración y paciencia son hoy mis mejores armas. Y también resignación. Si no logro la meta impuesta, simplemente me relajo y disfruto. Algo he aprendido a lo largo del camino.

La corriente finalmente me puede y me agota. El premio al esfuerzo es una larga y reparadora “plancha”, en la que, arrullado por el sonido del agua, acunado por las suaves ondas y embelesado por la visión del límpido cielo, me dejo estar todo el tiempo posible, disfrutando de la maravilla de ser un punto más en ese armónico y majestuoso concierto de la naturaleza.

Unos pocos días atrás, en el momento de la “plancha”, rompió a llover y tuve la sensación de ser testigo participante del segundo día de la creación relatado en el libro del Génesis (1:7), durante el cual Dios, tras haber creado la luz, separó las aguas de arriba de las de abajo mediante el firmamento para que la vida fuese posible entre ellas. Ahí estaba yo solo y vulnerable al extremo entre unas y otras como prueba irrefutable que la vida, con toda su fragilidad, sigue siendo viable.

Recuperadas mis fuerzas me dirijo a la playa. Mi hija y su amiga aguardan el almuerzo que debo prepararles en casa, como paso previo a la reparadora siesta. El cansancio que deja el nadar en el mar es inigualable, porque relaja hasta el último músculo del cuerpo y uno duerme como un bebé, hasta soñando con Nirvana.

A eso de las seis de la tarde, cuando la playa vuelva a quedarse desierta y las gaviotas sean mi única compañía, he de retornar para mi natación vespertina. Esa que, a todo lo vivido al mediodía, agregará el encanto supremo de poder contemplar desde el mar, el asomarse de la luna llena y de permitirme nadar escoltado por ella de un lado y por el sol que del otro, fatigado por el camino diario, comenzará su espectáculo de rendirse a la línea del horizonte.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 14 de febrero de 2011

Nada menos que Charles Baudelaire, explicó en verso las razones porque el hombre debe amar al mar:

EL HOMBRE Y EL MAR

 

Hombre libre, ¡tú siempre preferirás la mar!

Es tu espejo la mar; y contemplas tu alma

En el vaivén sin fin de su lámina inmensa,

Y tu espíritu no es menos amargo abismo.

Y gozas sumergiéndote al fondo de tu imagen;

Tus miembros la acarician y hasta tu corazón

Se olvida por momentos de su propio rumor

Ante el hondo quejido indomable y salvaje.

Ambos sois tenebrosos a la vez que discretos;

Hombre, nadie ha explorado tus abismales fondos,

¡Oh mar, nadie conoce tus íntimas riquezas,

Tanto guardáis celosos vuestros propios secretos!

Y entretanto han pasado innumerables siglos

Desde que os combatís sin tregua ni piedad,

Hasta tal punto amáis la muerte y la matanza

¡Oh eternos gladiadores, Oh implacables hermanos!

Charles Baudelaire

1857

Y otro más cercano Charles, francés también, de apellido Trénet le dedicó una bellísima canción

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Published in: on febrero 25, 2011 at 3:46 pm  Dejar un comentario  

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