REGRESADO-segunda parte: El Encuentro


 

REGRESADO (segunda parte: El Encuentro)

 La relatividad del tiempo

 

“De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla

Y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela”

De vez en cuando la vida – Joan Manuel Serrat

 Al entrar en la prolija pero pequeña confitería, me encontré con una mesa bien puesta en forma de L, un gran cartel de bienvenida y un pequeño grupo de mujeres desconocidas hablando con el Señor de la barra y otro señor muy deportivo. Me presenté con nombre y apellido ya que, si bien algunos nombres me sonaban del grupo de FB no había nadie de mi promoción. Pese al largo viaje y a mi impuntualidad había llegado entre los primeros.

La charla que sugirió la espera rondó el tema de las maestras y el esfuerzo para recordar sus nombres dio frutos, muchas de ellas eran comunes a todos. De boca del anfitrión me llegó la noticia de la muerte de Corina hacia poco tiempo. Ciertamente una de las más temidas en mi infancia pero que respondía acabadamente a las pautas educativas de su época. Hay que reconocer que se educaba con mucho más rigor y con castigo de todo tipo pero que nosotros éramos muy distintos a la generación actual de niños. Si nos comparamos con sinceridad vamos a concluir que éramos unos verdaderos demonios. Siempre corriendo, siempre peleando, siempre ideando travesuras y picardías. Teníamos poca paz. No recuerdo un solo recreo en que yo terminara con la corbata en su sitio o  la camisa adentro del pantalón. Y las niñas de nuestra época no se quedaban atrás ni en movimiento ni en picardía. Dominar, socializar y disciplinar a semejante grupete requería algo más que estudios de psicología freudiana.

En esa línea cuando Mariel se presentó como la directora del primario, la comparación fue inevitable. Amable, agradable y sonriente daba la imagen casi opuesta a la legendaria Mrs. Boxall, cuya tarjeta de presentación para conmigo fue una soberana bofetada el primer día de clases porque el santito que escribe se había fugado por la ventana del jardín de infantes. De ahí mi pregunta: “¿Vos también me vas a pegar?”, conducta absolutamente inimaginable en ella.

Mientras hablaba con nuestro maestro asador acodado en la barra me invadió con fuerza el recuerdo de Cacho y Josefa que atendían  a toda máquina, y en medio de nuestra prisa y nuestros gritos, el “Maxikiosco” del colegio (tenía absolutamente de todo) y servían el almuerzo para aquellos que se quedaban al mediodía. En mi caso, rauda bicicleteada mediante, casi siempre disfrutaba los manjares hogareños.

“El resto se junta para venir” me comentaron. “Cobardes”, pensé, “así cualquiera se anima”. Hay que venir solito para sentir el regreso en plenitud.

Y llegó la barra toda junta con muchos desconocidos para mí, de modo que seguí con el “Mucho gusto, nombre y apellido” hasta que pasó lo que tenía que pasar. Alguien dijo:

“¿Quién? Pero si vos sos Henry”. Era Gustavo que me había reconocido sin que yo lo reconociese a él. Gustavo, el de la tienda La Fe, el mismo que un poco después me paralizará el corazón al decirme que su madre aun hoy se acuerda de la mía.

Y la emoción crece en cada cara y no da respiro y me desarma.

Sheila, a quien reconozco por las fotos que ha subido, pero que cuando se cuelga de mi cuello con un: “pero si estas fenómeno”, reconozco en esa clara y chispeante mirada a la muñequita torbellino de mi infancia. Por ella supe que el Queen´s Club aun existe, en cuyas canchas jugué los mejores partidos de tennis de mi vida con Michael, Roy, Peter, Martin, Christopher. Jugábamos singles y dobles todo el día y doy fe que nos dábamos como si fuera por la Davis. Conservo en algún viejo placard una Dunlop Maxply de madera partida en el calor de la refriega. El canchero del club, harto de esperarnos, me había enseñado a sacar y poner la red y a guardarla. Todos los días que podíamos, éramos los primeros en llegar y los que cerrábamos el club cuando ya no se veía la pelota. Si llovía nos esperaba la mesa de ping pong donde destrozábamos varias pelotitas por partido, tal la virulencia de nuestro juego.

“Ahora me toca a mi” sonó una voz por demás conocida. Un encuentro que debió haber sido en septiembre en la presentación de mi libro, realmente la esperé para compartir con alguien que me conoció de chiquito esa cima que me ofreció la vida. Con toda la vida a cuestas, como yo, era Maggie. Un morocho terremoto que se prendía en todos los juegos varoniles, que hablaba sin parar, que desbordaba alegría, que por venir a mis cumpleaños se acuerda de la casa de Colón y Anchorena. El corazón se va derritiendo, pide una pausa pero no se la dan, se avecina una brava.

Una montaña celeste me mira desde la puerta, curiosamente eligió el mismo color que yo, se hace un espacio, lo miro de a poco, lo señalo y los dos elefantes que somos, riendo y gritando, nos fundimos en un abrazo. Ninguno puede contener el llanto. Es Felipe que me dice “cargados de cicatrices Henry, pero estamos y eso es lo que importa”. Siempre fue grandote pero siempre tuvo un corazón más grande que si mismo. A él lo recuerdo como el más bueno del grupo. Y casi como una constante en la vida, a los buenos los quise cerca. Mi socio Alberto se le parece muchísimo. Las malas lenguas dirán que es para ver si me contagio un poco, a mi me gusta pensar que es para aprender. “Tranquilo, tranquilo” me dice porque advierte que la emoción me está sobrepasando. No me separé de el en toda la reunión, nos tuvimos que contar una vida y descubrimos sorprendentes similitudes en los caminos recorridos. La buena nueva es que está por venir a trabajar cerca de donde vivo, así que la esperanza estriba en poder retomar una hermosa amistad. “No te pierdas, nunca más” fue mi saludo al cabo de la tarde.

En otro grupo llega alguien muy popular, un derroche de energía, organizadora de todo el mundo, memoriosa como pocos. Alejandra no ha cambiado nada. Es del grupo de los “grandes”. Había tantos cambios en esos tiempos, fue cuando se introdujo el séptimo grado, cuando se sustituyeron los primeros inferiores y superiores y  además a la tarde se denominaban distinto (1 A, 1 B, 1 C) que yo terminé teniendo compañeros distintos a la mañana y a la tarde. Por la tarde y no en todos los años fui compañero de Alejandra. No tengo fotos para probarlo porque Gallepi venía siempre de mañana, pero recuerdo claramente a Marcelo, Diego, Daniel, Ricardo, Jorge, Guillermo, Juan José. Alejandra que ya entonces podía hacer y hacer hacer mil cosas a la vez, es quien tiene a ese grupo unido, del cual lamentablemente vinieron pocos. Con ella compartimos el amor por Canning, ahora compartimos el amor por los perros abandonados. Sin saberlo vengo escribiendo sobre algo que ella hace.

Sacudido por las emociones, me siento exactamente donde debo, en un rincón de la mesa donde los veo a todos, entre Alejandra y Felipe. Si tuviera que describir la sensación es predominantemente de incredulidad, cuesta  y mucho aceptar que lo que está pasando sea realidad. Maggie me quedó lejos y me mira preguntado porqué.

Y mientras los chorizos, el asado, el vacío y el lechón, magistralmente cocinados por el Cacho actual circulan por los platos y el vino ayuda al corazón a digerir la emoción, intercambiamos miles de anécdotas. En un instante elijo callarme, silenciarme profundamente y escuchar que están diciendo los demás. Es mágico. Los escucho y me parece escucharme. Ellos no lo saben pero opinan como lo hago yo, piensan como lo hago yo, sienten como lo hago yo, no importa el tema. Me siento como lo que soy, un retoño perdido que encontró su tronco matriz.

Un lamento me invade. Qué distinta hubiera sido mi adolescencia si la hubiese podido compartir con este grupo. Descubro que estuve en Bariloche en 1973, en el mismo mes y compartiendo la misma gran nevada que Alejandra y los suyos, quienes egresaron el mismo año del San Agustín. Me pregunto cuánto influyó en mis golpes posteriores el no haber tenido la oportunidad de hacer ese tránsito de la niñez a la adolescencia con la gente que me conocía tan bien. También reflexiono acerca de cuan distinto hubiese sido mi duelo por la sorpresiva muerte de mi padre si hubiera estado rodeado de los afectos que están sentados a esta mesa.

Llegaron los postres y el momento cómico de las fotos. Menos mal que tenemos una adolescente infiltrada que ve bien y que sabe manejar las nuevas cámaras sino no tendríamos recuerdo alguno. Pero había más.

Como conejo salido de la galera y para sorpresa de todos llegó directamente de San Luis, George. Tardó en reconocerme, él está muy cambiado físicamente pero en sus ojos y al poco tiempo de hablar con él se reconoce a ese lord inglés, amante de las formas, dueño de una parsimonia señorial desde la infancia y una fuerza de voluntad reconcentrada en frasco chico que lo ha hecho indoblegable. Así es que se hizo trotamundos, recaló en lugares impensables como una fuerza de seguridad, es dueño de jugosas anécdotas griegas que me debe en privado y hoy está probando suerte en San Luis. Como todo indomable, aun se está buscando, hecho que ni se imagina cuanto nos hermana.

La confitería se llena y se vacía con gente mucho más joven que nosotros. Algunos de los concurrentes se empiezan a retirar, entre ellos Alejandra, reclamada por un compromiso más.

Las anécdotas publicables de George y Felipe, cómicas al extremo, como el haberse comido la gallina ponedora del tío o el haber armado una carpa en un polígono de tiro y en el desagüe de Necochea, entretienen cafés de por medio a los que quedamos. El tiempo se hace impalpable. No solo ya no se en que año estoy, me parece que fue ayer que hablé con ellos y además no tengo la menor idea de cuantas horas hace que estoy en la pequeña confitería, sin siquiera ir al baño.

El campo y las mesas desiertas, el asador que nos mira preocupado son claras señales que hay que partir. El encuentro me sabe a poco, me quedó tanto en el tintero por decir  y por preguntar. Muy lentamente nos vamos despidiendo y subiendo a los dos últimos autos que quedan en el estacionamiento: el de Felipe y el mío.

Felipe seguirá por dos horas más la charla con George, hasta que éste tendrá que empujarle el auto sin batería.

Yo la acerco a Maggie y a un amigo menor que yo que me recuerda, hasta Temperley. Nos despedimos con la promesa de volver a vernos. Mientras desando la avenida Pavón, que ahora se me brinda despejada, las primeras sombras de la noche tornan más que evidente lo rápido que se voló el día. Retumban en mis oídos las sabias palabras de Maggie, refiriendo su historia reciente: “A veces te pegan tanto y tan seguido que no hay tiempo de hacer los duelos” ¿estará hablando de mí?

Algo muy adentro me dice que esto es sólo el principio. Con todo lo hermoso que fue este encuentro, tengo un par de tareas pendientes a las que ahora pienso animarme. Me falta pararme en la esquina de Colon y Anchorena, visitar el colegio en Lavalle 109 y encontrarme con muchos que han vivido todo este tiempo imborrables en mi corazón.

Envuelto en la noche avanzo raudo hacia la Capital. Desde el asiento del acompañante percibo a un niño de cabello ensortijado, chispeantes ojos claros, vestido con un blazer azul con escudo conocido, pantalones cortos de sarga gris, que me mira en silencio y sonríe…. ¡¡¡Dios, cómo sonríe!!!!

 

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2010

 

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Published in: on diciembre 4, 2010 at 3:32 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Hola Enrique

    No te conozco y me arrepiento de ello.

    No faltará oportunidad de verte ahora que empezamos a vernos después de tanto tiempo.

    Debo aclarar una vez más que YO NO ORGANICÉ esta reunión, a pesar de que varios lo creyeron así.

    Felipe pasó por mi casa y charlamos un rato largo.

    Yo no pude ir porque tenía un compromiso anterior (desde el año pasado tenía que asistir a una Muestra de Cuchilería como expositor).

    Hay que alimentar el bosillo pero el alma también. Espero estar en la próxima reunión.

    Te felicito por tu sensibilidad en la descripción de lo vivido en la reunión.

    Hasta siempre

    Dick KELLER

  2. Hola Enrique!! Que lindo encuentro!!! Me recuerda muchísimo a mi infancia y adolescencia. trato de no perderme ni uno solo de setos reencuentros, es volver a vivir. Un abrazo! Beatriz

  3. Henry, absolutamente conmovedor!!!!Qué talento para describir ese momento del reencuentro!!!Yo también estoy confudida con los años!!Eras de nuestra promocion o de la de Felipe!!!Estabas en ingles con nostros y en castellano con ellos???Que se repita!!!Un abrazo


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