REGRESADO-primera parte: El viaje


REGRESADO (primera parte: El Viaje)

La fuerza de las raíces

                                           “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”

Canción de las pequeñas cosas

Armando Tejada Gómez y Cesar Isella

 

Apenas unas cuadras lejos de mi hogar unas pequeñas gotas de lluvia mojaron el parabrisas de la camioneta que conducía casi casi en piloto automático. Mi mente vagaba intensamente por regiones muy distintas al tránsito. Por un instante desee fuertemente que el cielo encapotado se precipitase sobre mí, obligando a cancelar el asado con mis compañeros de primaria. Y sin embargo me moría de ganas de verlos.

Esa insoportable tensión interior me retorcía la panza desde la madrugada y me había dejado dormir tan solo un par de horas. Me dije que si esto seguía por el largo trayecto que me esperaba desde Villa Devoto hasta Burzaco donde se encontraba el campo de deportes- que no conocía- del William Shakespeare School, si acaso llegaba, lo haría en un estado lamentable. Tampoco entendía por que misteriosa razón había decidido hacer el camino más lento y más largo, recorriendo en toda su extensión la Avenida Hipólito Irigoyen, Pavón para los amigos.

Era evidente que la resistencia que me había mantenido lejos de todos mis conocidos de la infancia durante más de 40 años, estaba haciendo su mejor esfuerzo, pero también el último. Mi decisión de asistir y reanudar el vínculo era irrevocable y costase lo que costase estaba dispuesto a derrotarla.

Unos escasos ocho meses antes Silvia Paglioni, siempre ella, me había abierto sin consultarme una cuenta en Facebook, a fin de promocionar este blog con miras al, en ese entonces incierto todavía, proyecto del libro. Además de lograr muy eficazmente ese propósito, di por casualidad con un grupo llamado Old Shakesperians, en el que de a poco fueron apareciendo mis compañeros. Subimos fotos, intercambiamos anécdotas, nos reímos a lo grande pese a estar dispersos por el mundo y de golpe la magia hizo que todos sintiéramos que nunca nos habíamos alejado de verdad. Es que habíamos compartido la etapa más linda de la vida, en mi caso la niñez pueblerina, en el de otros también la adolescencia.

Un día surgió espontánea la idea de encontrarnos en persona y lógicamente los muy lejanos desertaron (hay gente del grupo que esta en otros continentes), pero un puñado cercano al 10% de sus miembros nos comprometimos a ir.

Ahí la diferencia entre el contacto tecnológico, frío, aséptico, protegido y el contacto humano, cercano, emotivo, sin red,  se manifestó en toda su dimensión. Nunca será lo mismo. Una cosa es escribirse de lejos y otra muy distinta verse la cara, mirarse a los ojos, sufrir el impacto que la vida le pegó a cada quien. Y ni hablemos de abrazarse, olerse, besarse, volver a sentir lo que sentíamos el uno por el otro en miles de días y noches compartidos, en aulas, bailes, peleas, partidos, etc., etc., etc.

Dudaba seriamente de mi capacidad de soportarlo y mientras avanzaba por la Avenida 9 de julio seguía sintiéndome pésimo. ¿Por qué? Cuando bajé del Puente Pueyrredón tuve inmediatamente la respuesta. Y mi cerebro empezó a vivir en contradicción permanente.

Existía una información real y objetiva que me llegaba por los ojos, la cual me permitía manejar sin chocar a nadie y otra muy diferente, subjetiva que ingresaba por mi alma.

De repente mi camioneta se achicó, pasó a ser un gris y pequeñísimo Fiat 500, llamado Topolino, yo me senté en el asiento de acompañante y al volante estaba mi padre… El empedrado parejito de la Avenida Pavón zumbó en los neumáticos, mientras pasábamos delante del ingreso del frigorífico CAP de Avellaneda, cuya arcada se conserva.

Volvía, pero volvía a algo mucho más grande e importante que a un asado con mis compañeros. Volvía al encuentro con el niño que fui, ese que dije en la presentación del libro que estaba buscando. En esa presentación, con mi libro dado vuelta, había explicado como cambia la vida después de los 50 años, que deja de ser hacia arriba y empieza a ser hacia abajo. Lo que no dije, porque no lo sabía aun, es que también pasa a ser hacia atrás, uno empieza a “volver de su viaje de ida” como canta Alberto Cortez.

Ese volver no siempre es sencillo y a veces es totalmente imposible, porque no hay adonde volver. En mi caso se trataba de derribar un muro, alto, grueso y fuerte que yo mismo había construido. Ese muro, levantado a mis 13 años, había servido para protegerme del dolor de todo lo que había perdido en un lapso muy breve. Veamos: mi abuela, mi padre, mi casa, mis amigos, mi escuela, mi club, mis calles, mis vecinos y sobre todo: mi infancia. Demasiado para procesar a esa edad. Permitirme volver equivalía a permitirme sentir el dolor por esas pérdidas, ver que esos mismos lugares han cambiado porque ya no me pertenecen, porque no están aquellos que me llevaron de la mano por sus calles.

El muro cumplió bien su misión, pude seguir viviendo y construir trabajo, familia y amigos. Pero me privó de mis raíces y me sentí extranjero en todas partes. También  hizo negarme empecinadamente a echar raíces en ningún otro lado. Era muy lógico, no quería bajo ningún concepto que la historia se repitiera, así que decidí no darle ninguna oportunidad.

Dicen que los padres siempre procuran evitar a sus hijos aquello que más dolor les causó en la vida. Seguramente de ahí provino mi irreductible posición de hacer que los míos hicieran la primaria en un colegio que tuviese secundaria y de resistirme a siquiera considerar la posibilidad de mudarme mientras ellos cumplieran esos ciclos. Muy bien conocí yo lo que significa transitar la adolescencia con perfectos desconocidos sin tener al alcance de la mano un amigo, con quien se compartió la niñez, para amortiguar de a varios el impacto de los cambios brutales en cuerpo y alma.

El topolino seguía inmutable su carrera por la Pavón y al pasar debajo del puente del ferrocarril Roca, me sentí transportado a un vagón de primera clase, tirado por una negra y reluciente locomotora a vapor, sentado en una comodísima y prolija butaca. Un guarda vestido impecablemente le pide educadamente el boleto a mi madre que, vestida con tapado de piel y guantes, está sentada a mi lado. Vamos al cine Mundial al centro donde nos espera mi padre para llevarnos después a la pizzería Rey. Un típico día de fiesta para mí.

Así se viajaba en tren en esos tiempos, un lugar al que regresar es imposible.

El tráfico y los semáforos de la avenida, que siguen tan descoordinados como cuando era niño, me obligan a detenerme a cada rato. Me permite mirar a los costados e intentar descubrir en ese amasijo de locales tapiados y brutales supermercados, algunos viejos frentes que parecen invulnerables al paso del tiempo y que me devuelven al topolino.

Muy de a poco una música conocida suena suave en mis oídos y sin prestar mucha atención la empiezo a tararear primero y después a cantar. Ahí caigo. Es nada menos que “Get back” de Paul Mc Cartney, vuelve adonde una vez perteneciste, exactamente lo que estoy haciendo. Con la radio del alma que llevo incorporada no necesito bluetooth.

La realidad objetiva que me traen los ojos me dicen que no hace cuatro décadas que no ando por la zona, pero entonces siempre volví sin volver, seguía corriendo en mi viaje de ida.

Tuve un cliente que atendí en la Avenida Galicia, otro en Valentín Alsina, otro en pleno Lanús. Al mismo Lanús también volví en los 90 a llevar a mi hijo a jugar al básquet y a visitar un amigo dueño de una panadería sobre la mismísima Avenida Pavón. Nunca se me ocurrió llegarme hasta Temperley.

Banfield para mi tiene nombre y no es el de Sandro. Banfield para mi se llama Kika Quarleri, la buenísima directora del colegio primario a la mañana, la que me perdonó mis eternas llegadas tarde en bicicleta, quien por prepararme para el ingreso al Carlos Pellegrini se hizo amiga de mi madre y nos visitó en la Capital Federal hasta muy poco antes de su temprana y sorpresiva muerte. Solo por ella fui capaz de pedirle permiso a mi muro para que me dejase asistir a su velatorio. Seguramente en esa querida casa de Banfield me debo haber cruzado con algún compañero del Shakespeare, pero ni reconocí a nadie ni fue reconocido por nadie. Al perderla a Kika se rompió el último eslabón con el colegio y un nuevo cascote de dolor pasó a reforzar el muro. Ella fue quien siempre me invitó a reuniones de ex alumnos, a los Sports, a los actos y homenajes, obteniendo por respuesta una, imagino muy dolorosa, negativa de mi parte.

Y finalmente la camioneta-topolino se acerca a Lomas de Zamora, el lugar donde hace casi 54 años vine al mundo, en la clínica del Dr. Texidó quien felicitó a mi madre por el parto natural de una mujer de cuarenta y dos  años. Desde unas cuadras antes de la plaza hasta el cruce con la Avenida Antártida Argentina, cada cartel de calle fue un recuerdo, a veces confuso, siempre en torbellino, pero para mi sorpresa lejos de ser doloroso, fue profundamente sanador. Descubro que no solo la tensión interior ha desaparecido por completo sino que me siento íntimamente bien, muy bien, tan bien como hace mucho tiempo no me sentía.

Intento atisbar sin éxito a la concesionaria Fiat de Pedro Rullo, único lugar en el mundo donde mi padre compraría un auto y recuerdo mi llanto cuando dejamos al topolino para subirnos a un flamante fiat 1100 verde a dos tonos, en el cual a mis 10 años aprendí a manejar. Fiat que también allí lloré cuando cambiamos por otro flamante 1500 beige que fue el infame partícipe de la mudanza a la Capital.

La presencia de la vieja clínica a mano derecha sobre Pavón me trae el recuerdo de una noche de lluvia en que el apuro de mi padre, en el desértico y jabonoso empedrado, terminó con un trompo topolinesco y todos internados en observación.

La plaza y mis corridas, la iglesia y las misas de mi abuela, las calles Boedo y la ahora peatonal Laprida, recorridas mil veces de mano de mi madre ya que eran el “Shopping” de la zona. Imposible verlo pero me llegan y envuelven los acordes del piano de la Sra. Porter desde la lejana Av. Almirante Brown. Mi estrictísima profesora, madre de una concertista, quien siguió viniendo a mi casa capitalina, después de la mudanza, por cuatro años más hasta que completé mis estudios de profesor superior. Me pregunto por la confitería Gallardón sobre la Avenida Meeks, en la que antes de ir a mi clase de piano, devoraba dos dietéticos merengues gigantes de crema chantilly y dulce de leche, servidos por un mozo que cada tanto me decía: “A vos te sirvo bien porque cuando crezcas vas a ser presidente y te vas a acordar de mi”.

Sobre la Pavón me topo con el cine teatro Español, ese en el que hacíamos nuestra obra de fin de curso, pero que para mi tiene un recuerdo mucho más fuerte. Ese cine fue testigo de la única desobediencia que yo recuerde de mi madre a una expresa instrucción de mi padre, por supuesto en mi beneficio. Desde muy chiquito fui tremendo fanático del automovilismo y en 1967 llegó a la Argentina la para mí mejor película de la historia en la materia: Grand Prix. Fuertemente impactado por la tragedia de las Mille Miglia en que murieron sobre todo niños espectadores y el desastre de Le Mans en que mas de un centenar de espectadores fueron quemados por un descontrolado Mercedes, mi padre me quería mantener a toda costa alejado de mi mayor pasión hasta la fecha: las carreras de autos. Así que le prohibió soberanamente a mi madre llevarme a ver Grand Prix. Y mi madre, bajo juramento de jamás decirle palabra a mi padre, me llevó no solo una sino tres veces a ver ese monumento de película al cine Español.

El diario La Unión me saluda desde la vereda de enfrente desde su centenaria sede, pero no me es grato su recuerdo, allí publicamos el aviso para vender mi casa natal.

El club Los Andes y el tanque de agua de OSN que ya no está enfrente, me recuerdan otras venidas a la zona. Siguiendo a Almagro – en los 70 hasta viajaba con la hinchada- el coraje me había dado para ir a la cancha de Los Andes, a la de Temperley, es cierto que se cruzaron poco, jamás. Hubiera sido demasiado fuerte para mí ver la cancha de básquet en que el profesor Rivas hizo milagros con este tronco y la pileta en la que aprendí a nadar.

Pero hubo vueltas mucho menos inocentes. Allí por mis 20, cuando salía a “romper la noche” con mi súper sport Fiat 600 verde, solía hacerlo de traje y rumbear para el sur. En lugar de ir a Ramos Mejia que estaba de onda, yo iba a Mi Club en Banfield o a La Casona en Lanús. ¿A quien buscaba? Jamás me encontré con ningún femenino conocido o si lo hice, otra vez nunca nos reconocimos. Mi madre, quien leía  mis más ocultas intenciones como si fuera la portada del diario La Nación, hecho que me enfermaba, cuando años después empecé a frecuentar por las mismas razones un pueblo distante 144 Km. de mi casa y volvía hablando maravillas de la vida en él, me dijo cortante: “Me parece que vos andás extrañando a Temperley”.

El tránsito sigue lento, el calor molesta y recién hora y media después de salir me doy cuenta que estoy tan absorto en todo lo que pasa en mi interior que no he modificado ni siquiera mínimamente mi postura en la butaca, estoy súper acalambrado. Invaden mi memoria las inolvidables escenas de Cinema Paradiso, mi viaje se parece cada cuadra un poco más.

El topolino devenido en Fiat 1100 pasa raudo debajo del puente del COTO de Temperley, el cual al sorprenderme y evocarme un pionero súper Canguro que estaba por la zona, me hace perder los carteles de las calles más queridas, Lavalle, la del cole y 9 de julio, la del club. Cruzamos la vía y una antigua alegría me invade. Estoy de nuevo en el asiento de acompañante, es de madrugada, mi padre conduce y todos cantamos, nos estamos yendo de vacaciones.

Habitualmente salíamos por ahí, la Avenida Antártida Argentina nos conducía a Cañuelas por la ruta 205 y de ahí las rutas 3 y 226 nos dejaban en la costa con escala en Tandil y rigurosa visita al Cerro de la Pasión. Por ese mismo camino, pero en sentido inverso, la alegría era toda mía cuando retornaba con el remis de la empresa de buscar a mi padre en Ezeiza, a su regreso de sus frecuentes viajes laborales.

La costa y su aire marino me recuerdan a San Clemente del Tuyú, mi privilegiado refugio desde hace 25 años. Y caigo en la cuenta que después de mucho buscarlo, compré un departamento en un edificio que construyeron y vendieron el Ingeniero Ortenzi, casado con la Dra. Cucurullo, ambos de Lomas de Zamora, en sociedad con Ricardo Gallepi, nada menos que el hijo del fotógrafo oficial del William Shakespeare, el que sacó todas las fotos que subí al sitio de los Old Shakesperians. Las raíces actúan también por “casualidad” ¿o no?

Los carteles de Adrogué me transportan a un lugar muy querido por mis padres. Recién casados y gracias a que yo me tomé mi tiempo – 9 años – para venir a este mundo, solían caminar todas las noches de Temperley a Adrogué, ida y vuelta para bajar la cena, algo impracticable en estos tiempos. Por eso cada vez que salíamos a dar una vuelta en el 1100, Adrogué era también el paseo obligatorio. Pero asimismo es Adrogue el lugar de otro retorno sin volver que produje por mis 25. El campeonato Inter- estudio de football se jugó un año en dicha localidad, así que iba todos los fines de semana y volvía corriendo picadas por la Pavón con mi 600 contra un Citroen y un 128. Salvajes y memorables, pero nunca sirvieron para detenerme en Temperley, mas bien para pasar corriendo de largo.

Las parrillas de la avenida, ahora más angosta, tienen todo el sabor de los asados domingueros, ya que mi padre era especialista en hacer pastas y polenta pero delegaba la incómoda cuestión del carbón y el fuego.

El postrer recuerdo que me invade es precisamente el del hasta hoy último viaje a la zona sur. Un tristísimo día de 1997 en que muy temprano y en absoluta soledad fui a trasladar los restos de mi abuela desde el cementerio de Rafael Calzada hasta su reposo espero que final en Jardín de Paz.

La rotonda que me saca de la Pavón marca el fin de los recuerdos, parece que estuvieron exclusivamente asociados a esa interminable arteria. La camioneta es camioneta, necesito encontrar el mapa y concentrarme, de lo contrario el Camino de Cintura me va a llevar a cualquier lado.

Rogando que las calles interiores tengan carteles con su nombre, ruegos que son respondidos y con el plano hallado sobre el volante, me voy acercando despacio al campo de deportes de mi colegio primario.

Cuando llego al portal, estoy exultante de alegría. El portero, ignorante de la verdadera dimensión de mi viaje y del auténtico esfuerzo implicado, cree reconocerme y me indica el tramo hasta el lugar del encuentro.

Detengo el auto y me demoro en bajar. Pero ya no hay tensión ni contradicción interior, sólo una profunda satisfacción, un auténtico orgullo de haber derribado mi muro y una convicción plena de no necesitarlo ya más. Evidentemente, las lecciones aprendidas con el dolor por la lenta despedida de mi madre y mi inevitable transitar a través de él, cambiaron dramáticamente mi percepción del mismo. Dejó de ser un enemigo del cual huir para ser un amigo que esta ahí para enseñarme a aceptar y crecer.

Muy dispuesto a disfrutar del encuentro programado, encamino mis pasos a la confitería. Atrás quedó un viaje memorable que en camioneta habrá durado dos horas, pero que en topolino y en mi alma, insumió cuarenta años.

                                                                               Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de noviembre de 2010

 

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Published in: on noviembre 30, 2010 at 3:37 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Muy buena la historia. Me alegro que te hayas reecontrado con una parte de tu pasado linda e inocente gracias a una red social…

    Sólo te faltó poner en negrita y subrayarlo “me había abierto, sin consultarme, una cuenta en Facebook” 🙂 🙂 🙂 🙂

    Saludos a toda la familia! y a Vos, adelante. Vibra positiva, elevada y alegría!…

    “No tomen la vida demasiado en serio, de todas maneras no saldrán vivos de ella” Fontanelle

    Silvia

  2. Excelente!

  3. ¡ Qué buen relato Enrique!!!! Los ví a todos ustedes muy emocionados. Es un hermoso sentimiento y vos lo transmitís muy bien.La niñez y adolescencia son una parte indispensable de nuestras vidas, y todo lo que en ella vivimos y vivenciamos se refleja en el futuro. Un saludo y felicitaciones.
    Alicia Augugliaro


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