Un domingo del Retiro


UN DOMINGO DEL RETIRO

De huésped en el Monasterio Trapense de Azul

 El malhadado celular devenido en alarma acaba de ejecutar su desubicado ring-tone. Ciertamente la musiquita del Can-Can es inapropiada para un monasterio. Mucho más a las 3 y 20 de la madrugada de un día domingo. Sin embargo ha sido más que eficiente para despertarme. En solo 9 minutos, me desperezo, me levanto, me visto, me lavo los dientes, golpeo la puerta de la habitación de mi único acompañante a esas deshoras y encaro la puerta de la hospedería. Afuera me espera el frío, una luna llena brillante e inabarcable que empalidece a las pocas estrellas que, con semejante foco encendido, pueden observarse. Utilizo ese último minuto para salvar la distancia que me separa de la iglesia, cruzo la puerta doble y  entro rápido pero silencioso en ese misterioso mundo callado y en penumbras. Mientras ubico mi somnolienta humanidad en el primer banco y manoteo el libro que contiene los cánticos, intento adivinar qué monje se oculta bajo ese hábito trapense blanco, el cual apenas se avizora, arrodillado en perfecta oración interior en algún lugar del coro. En segundos comenzará VIGILIAS, el oficio nocturno de la liturgia de las horas, el único que empieza sin campanada previa, el más largo de todos, el de la iglesia apenas iluminada, aquél en el que peor me siento pero seguramente el que más profundo me llega. En síntesis, el imperdible.

De ocho que fuimos, solo el decano del grupo, un farmacéutico septuagenario devenido ebanista y mucho más ágil y juvenil que el suscripto, se sienta a mi lado. Inmensa parece la iglesia habitada por catorce monjes y tan solo dos fieles.

Como siempre, en los quince años que llevo acudiendo a este retiro anual en La Trapa de Azul, y pese a tener asistencia casi perfecta a Vigilias, me siento pésimo. Dormido y destemplado, con nauseas, dolor de cabeza, cada vez que tengo que levantarme del banco y reclinarme debo concentrarme en extremo para no caer rodando e interrumpir con mi caída los cantos y la lectura.

Sin embargo me dejo arrullar por la perfecta armonía de los himnos y salmos cantados por el coro de monjes que, sin pedirme permiso alguno, elevan mi alma a regiones celestiales jamás holladas por ella. En el preciso momento en que dejo de sentir mi cuerpo y su incomodidad  y me parece estar sentado en una nube aprendiendo a ejecutar la lira, cesan los cantos, pasa un monje al atril central  y lee un párrafo de la Biblia, o bien de la Regla de San Benito u otra lectura. Sus palabras son dardos lacerantes, siempre parecen estar escritas para mí y nada me cuesta desentrañar qué me están queriendo decir, qué zona oculta de mi espíritu me revelan para mi sorpresa y a veces horror. El monje lector vuelve a su asiento y se produce un silencio largo y tan profundo que puede oírse. Silencio que no hace sino ahondar la herida que las palabras produjeron.

Así durante una hora completa, de 3 y 30 a 4 y 30 de ese domingo tempranamente comenzado.

Salgo de la iglesia conmovido, es una buena hora para zaherir al alma ya que los usuales mecanismos de defensa e intelectualizaciones varias están tan dormidos como yo.

Otra vez el frío y la noche, la luna que avanzó en el cielo y las estrellas que también cambiaron su posición. Ni un ruido. Pese al sueño hago el camino a la hospedería lo mas alerta que puedo, es una hora en que los animales lugareños suelen pasearse libre e impunemente. Un zorrino que tranquilamente busca gusanos cava un foso y nosotros pasamos a su lado serenos, una vez que nos dimos cuenta que era un zorrino. En otras vigilias nos cruzamos con zorros, liebres e iguanas. Todos buenos amigos míos con la excepción de  las yarará  que también abundan pero a Dios gracias nunca las vi de noche. Seguramente ellas a mi si.

Me zambullo en la cama con la esperanza de aprovechar al máximo las escasas dos horas que restan hasta el próximo oficio: LAUDES. Pero los domingos tienen la particularidad de separarlo de la misa comunitaria en la que participamos y me empieza a carcomer la terrible duda si se celebra o no ese oficio. Me resisto a levantarme para leer la respuesta en el papel que así lo indica en mi cuarto y me recuerdo que necesito de esas horas de sueño, ya que a las 8 y 30 me espera el Padre José para una siempre muy apreciada charla individual, la cual pese a su frecuencia anual, me ha servido durante los tres últimos lustros para mantener a mi espíritu en la senda correcta.

Había LAUDES, la campana me lo hace presente a las 6 y 30. Pese a que me despierta, retomo el sueño hasta las 7 y 30, hora en que el celular me guía a la ducha para lograr despertarme del todo para la charla.

Mientras aguardo, cuaderno, libro y birome en mano, en la portería al Padre José, me dejo aturdir por el canto de los pájaros que celebran a viva voz, el reciente amanecer.

Nunca un retiro en La Trapa me ha dejado en la misma situación espiritual que tenía al concurrir. Y ello sucede increíblemente, más allá de mi predisposición o intencionalidad.

A lo largo de esos  quince años he ido en los estados mas disímiles: agotado, eufórico, exultante, deprimido, ávido de conocimientos, en sequía espiritual total, en crisis de fe, de duelo, en ataque de pánico, etc., etc., etc. Siempre, absolutamente siempre me dieron vuelta como un guante y volví distinto.

Después de un año sabático en el cual mi vida se pareció bastante a la soñada, con la alegría del libro publicado, mi única intención era pasar un rato ameno con mis amigos, sin complicarme demasiado el alma. José se encargó de frustrar mis planes.

Más allá de la alegría por dedicarle mi libro, el relato de mi recuperación del aroma de libertad, sin que yo lo solicitara se metió y me metió en un tema al que le escapo desde hace años como el sapo a la guadaña. Relató que venían ellos trabajando con el Abad en un tema denominado ANTROPOLOGIA RELACIONAL que trata de estudiar al hombre a través de las relaciones que establece y por supuesto entre ellas las primordiales son las familiares. A partir de su pregunta “¿Cómo te va con esto?” mi retiro se apartó para siempre del imaginado.

Ya no se trata de uno con uno mismo, ni siquiera de uno con Dios, sino de uno con el otro, especialmente con el otro con quien convive. Cualquiera que piense que para los monjes este tema es irrelevante debe recordar que si es difícil, muy difícil, casi siempre imposible en un matrimonio decidir de a dos, no se imaginan lo complejo y la dosis de paciencia que se necesita, para decidir de a catorce.

Los pájaros y el fabuloso paisaje que rodea al monasterio, abrazaron después de hora y media de charla a un muy aturdido Enrique, que apenas se dio cuenta de los 70 militares que en ropa de fajina, conducidos por un capellán de ejercito, habían cuasi copado el lugar con la bienvenida intención de asistir a la misa.

La MISA de los domingos- a las 10- en La Trapa es sumamente concurrida. La Iglesia queda chica con las familias completas de los productores de la zona, mucha gente que llega de AZUL y TANDIL, muchos peones de campo a familia plena, a todo lo que debe sumarse en esta ocasión  un pelotón en operaciones. No pude ocultar una sonrisa imaginando la paradoja de una formación militar intercambiándose  el saludo de la paz.

Un abogado cuarentón que me trajo – casi a la rastra- a mi primer retiro y que hoy es tan infaltable como yo, en sus años mozos creyó sentir una vocación monástica. Ella fue rápidamente desalentada por el Padre Mamerto Menapace en el monasterio de Los Toldos con dos muy simples preguntas: “¿Te gustan los niños? ¿Te gustan las mujeres?” Mi amigo dudó en la primera pero en la segunda dijo: “¡Si por aquí no hay!” A lo que el sabio Mamerto le recordó el peligro que para el monje joven representaban las niñas casaderas que solían concurrir con sus respectivas familias a la misa dominical.

La anécdota vale para significar que los monjes comunitarios no son para nada unos ermitaños que, haciendo de su relación con Dios el centro de sus vidas, eviten contactarse con un mundo extraviado. Además de tener que lidiar con ellos mismos, deben aprender a convivir de a catorce y están expuestos como todos en su trato con el mundo exterior, tanto por su actividad necesaria para el mantenimiento del monasterio como por la atención de la pequeña librería, la hospedería donde suelen recalar sujetos como nosotros, y por supuesto las confesiones y la misa.

La perla de la misa dominical en el monasterio es la homilía, en este caso a cargo del Padre Agustín, que suele tener una profundidad impecable, denotando un extremo cuidado en su preparación.

El oficio que se omite los domingos es el de TERCIA, habitualmente a las 10 de la mañana. Es un oficio muy particular. Es breve, no se canta, solo se lee, suelen concurrir solo algunos monjes vestidos de forma distinta entre sí. Ello obedece a que se produce en pleno horario de trabajo de los monjes así que solo concurren los que están cerca de la iglesia y vestidos como su tarea lo demande. A nosotros nos enseña que no importa lo ocupados que estemos, siempre se puede interrumpir la tarea para un breve recuerdo y alabanza a Dios. Uno de los días que fui mas temprano a este oficio me encontré a Mario, un monje ingeniero matemático subido a una endeble escalera, a casi 10 metros de altura reparando un artefacto eléctrico. Alabar a Dios no solo no les impide cumplir las tareas cotidianas sino que probablemente sea la razón por la que lo hacen tan bien.

Mientras el Padre José atendía en charla individual a un integrante de nuestro grupo que viene pasando una dura prueba, me fui a caminar para dejar que el remolino de ideas disparadas, comenzara a decantar. El monasterio está ubicado en una alta colina y lo separa de la ruta a Pablo Acosta un camino de unos 2 Km. y poco, a lo largo de cual se obtienen vistas amplias y maravillosas de sierras y campos sembrados en todas direcciones. Recorrer esos casi 5 Km. en la ida y vuelta son siempre una adecuada descarga física y por ende psíquica para aliviar las ideas que bullen en la cabeza. . El límpido cielo, la fresca brisa, la caricia del sol,  los efluvios de las plantas aromáticas y el constante trinar de los pájaros, dotan a la caminata de un encanto especial que ayuda a sanar las heridas puestas al descubierto, algunas por vez primera.

A las 12 suena la campana marcando el fin del trabajo para los monjes y el cenit del sol al mediodía. “Señor, Tu diriges los tiempos y la Vida” reza el himno que se canta en el oficio de SEXTA, el cual siempre me encuentra hambriento a las 12 y 15. Después llega el almuerzo en el comedor de la hospedería, donde podemos escuchar la lectura que hacen en su propio almuerzo los monjes. Por turnos uno de ellos asume la tarea de leer mientras los demás comen, a fin que ese espacio que de otro modo sería mas difícil de llevar a cabo en silencio, se aproveche con una lectura edificante.

Tras el consabido y no demasiado disputado lavado de platos, las 14 horas nos esperan en la iglesia con el oficio de NONA.

Un día tan intenso amerita un breve descanso así que me siento en la bien provista biblioteca para continuar con la lectura del libro providencialmente encontrado de Hannah Hurnard, una monja misionera  luterana inglesa profesora de literatura en Oxford. Ese libro- titulado “En el reino del Amor”- que leí íntegramente en el retiro trata del mismo tema: Como tornar la espiritualidad operativa en el trato con los demás, especialmente con aquellos que más nos cuesta. Otra vuelta de tuerca a mi sacudida.

De golpe me doy cuenta que todas las charlas entre nosotros también tratan de la difícil relación que tenemos con nuestros afectos mas cercanos y del desgaste de la convivencia. Parece que no tengo escapatoria, este tema está en el tapete y me acorrala por todos lados.

Ni siquiera me imaginaba la charla comunitaria que nos estaba esperando.

Habitualmente a las 15 y 30 en una pequeña capilla lateral hermosa, dedicada a la Virgen, donde se guardan las reliquias de la Orden e imágenes de beatos y santos, el Padre Pablo reza el SANTO ROSARIO completo con los que quieran acompañarlo. Es un momento muy especial, que Pablo con su castellano mal pronunciado y su intensa devoción torna mucho más especial aún. Jamás me lo pierdo.

Este domingo no tuve opción, la hora fijada para la charla a todo el grupo sobre Antropología relacional dada por el Padre José era a las 15 y 30. Pablo debe haber comprendido mi ocasional abandono.

Durante casi dos horas que nos parecieron veinte minutos tuvimos el privilegio y la gracia de departir con el Padre José acerca del problema central de la humanidad en general y de cada uno de nosotros en particular: la convivencia. Uno de mis amigos decía que era tan importante lo que nos decía como el modo en que lo hacia. Jamás ubicándose en un plano superior, ejemplificando como a él mismo pese a los años de práctica monacal y a los profundos estudios realizados, su humanidad suele jugarle malas pasadas. En mi caso  el tema me tiene altamente y hartamente desalentado y me encuentro en las orillas de decidirme por una vida eremítica, a tanto llega  mi incomprensión del otro y mi incapacidad de armonizar sin sufrir las necesidades siempre dispares. El rico contenido de la charla daría para un tratado integro, así que me lo reservo. Solo expresaré que el punto central fue probablemente cuando desde mi desaliento le espeté en una manera poco considerada: “Pero José, me estás pidiendo que sea Dios”. Se levantó y ante todos me dio la mano diciendo: “Por supuesto, sos su hijo y en ti reside la posibilidad de hacerlo”, hundiéndome en la, por ahora insalvable, distancia entre mis posibilidades y mi cruda realidad.

Todos sin excepción salimos conmovidos, sacudidos en el alma, mudos, con mucho material a digerir, con intenso autoexamen a realizar. Para mi el shock fue tal que sus frutos me duran hasta hoy, todavía estoy elaborando lo que ahí hablamos e intento prolongar mi silencio e incomunicación para seguir ahondando en lo revelado. En la misa del lunes que siguió se me corrió un velo que ocultaba una vieja inconducta mía, la cual al ser expuesta me permitió sanar un rencor al que me aferré largamente. Ese día me la pasé escribiendo sobre ese hecho y el martes tuve el enorme privilegio de volver a ver al Padre José para calmar la angustia sobreviniente, redondear el tema y traerme mas clara la tarea espiritual a encarar en este año.

El sol aproximándose al horizonte, tras el bosquecito de la entrada nos indicó  que se avecinaba el oficio de VISPERAS. El reloj marcaba las 17 y 30 de una jornada intensísima que había comenzado hacia más de 14 horas y que todavía no tocaba a su fin. Es un oficio largo que incluye la formulación a viva voz de las peticiones, siempre elevados por la mágica voz y música de Rubén  el monje que además está a cargo de la administración del establecimiento rural que le sirve de sustento a toda la comunidad.

Mientras observamos caer el sol, incendiando el horizonte y hacemos la tradicional caminata hasta la curva de entrada para encontrar algo de señal telefónica que nos permita comunicarnos con nuestras familias, al solo efecto de saber si “está todo bien”, se nos impone el pensamiento acerca de porqué estamos agotadísimos si en teoría “no hicimos nada”.

Dos sensaciones constantes me acompañan desde el primer retiro y todavía no tengo clara la causa de ninguna de ellas. Un agotamiento psíquico que va de la mano paradojalmente con una inusitada energía física y un hambre voraz. Confieso que he fracasado en todos mis intentos de hacer dieta en el monasterio. La cocina vegetariana pero exquisita hace que terminemos siempre disputando la última porción. Basta que sintamos el carro del monje hospedero Omar para que dejemos de inmediato todo lo que estamos haciendo a efectos de, bendición mediante, sentarnos a la mesa que ya hemos prolijamente puesto.

Mientras cenamos, la oscuridad envuelve el lugar y asoman la luna y las primeras estrellas. Son las 19 y 30 cuando nos encaminamos  para el último oficio de la jornada: COMPLETAS. Para muchos es el más conmovedor. Con la iglesia a oscuras los monjes cantan : “Cuando el sol Señor se apaga, y las sombras todo llenan, ilumina nuestras almas con la luz de tu presencia.. Que en las horas de la noche nos defiendas con Tu brazo, y a la sombra de Tus alas, veles Tu nuestro descanso”. Tras el oficio los monjes se dirigen al altar y frente a la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles cantan las que serán sus últimas palabras de cada día, de por vida: el SALVE REGINA en latín y a capella. A su término el Abad les imparte uno a uno la bendición y luego lo hace con cada uno de nosotros. La jornada ha concluido para todos. Son casi las 20 horas.

Mientras lavamos y secamos los platos, los otros preparan un café o te que acompañará la última charla en el comedor de la hospedería. Al poco tiempo se me cierran los ojos sin pedírselo, así que me despido y me desmayo en la cama con el libro de Hannah del cual solo podré leer algunas páginas. La intensidad del domingo me arrasó.

Con el último esfuerzo vuelvo a programar mi malhadado celular con la inadecuada música del Can-Can que, a las 3 y 20 de la madrugada del lunes, conseguirá, no sin rezongos, ponerme de pie con destino a VIGILIAS.

 

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 7 de noviembre de 2010

El video que sique fue grabado en el monasterio trapense de San Isidro de Dueñas en España, en el cual vivió, murió y está sepultado San Rafael Arnaiz, canonizado en octubre de 2009.

 

 

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Published in: on noviembre 8, 2010 at 12:16 am  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Se parece mucho a La Trapa que me traigo cada año querido Enrique. pero lo que todavia no he podido lograr definitivamente a pesar de los años que voy (menos que vos pero unos cuantos, vos me llevaste por primera vez: te cordás???) es llevarme La Trapa a mi vida cotidiana. Y eso creo que por lo menos para mi debería ser el máximo objetivo, poder ser un ser de luz y paz realmente como ese bendito lugar me hace sentir.

    Un abrazo y la seguimos. Grande lo tuyo, le debías a los monjes una palabritas en el blog…..
    victor

  2. Enrique, lo radactaste tan bien, cada detalle, que me fui imaginando cada momento…hasta que ví el video y mis lágrimas comenzaron a rodar, así porque sí….me emocioné. No sé por qué pero pienso que si presenciara y viviera todo esto que vos contás, volvería con los ojos empapados en llanto…debe ser muy fuerte!!…es un reencuentro con uno mismo, la naturaleza y Dios.
    Te felicito por tu constancia de venir haciendolo desde hace tanto tiempo. Gracias por compartirlo!!…..te robo la frase del canto de los monjes, me encantó. Un abrazo y mucha luz para vos que sos un ser de luz! Claudia.


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