¡¡¡ RIE PAYASO !!!


 

 payaso

 

¡¡¡ RIE PAYASO !!!

El chirrido de la puerta del viejo trailer le dio paso al exhausto payaso. Ni bien entró se desplomó sobre un roto sillón y se sacó los incómodos y vetustos zapatones. Largo rato permaneció en silencio en plena oscuridad con ese fajo de billetes en la mano, el cual ni bien advirtió, guardó cuidadosamente en el doble fondo de su valija.

Estaba realmente destruido, sin energía, sin fuerzas, sin alma. Hace largo tiempo que las funciones del destartalado circo lo dejaban así. Cada una era peor que la anterior, en cada una le costaba muchísimo más que en la previa, obligarse a salir a escena. Será por eso que hoy lo invadían dos sensaciones antagónicas: una profunda tristeza y un fantástico alivio.

A desgana se cambió y guardó su traje de retazos de colores y su sombrero en su raída valija. Con un supremo esfuerzo caminó hasta el espejo, encendió las luces y se sentó frente a él, para dar cuenta de su maquillaje.

El rostro que apareció ante sí lo sobresaltó. Unos ojos vivaces y una sonrisa carmesí enorme que claramente representaban una vitalidad y una alegría que en nada le pertenecían. Se quedó un rato contemplando a su personaje, el mismo que le había dado de comer durante 34 años. Ese que cada día le costaba más habitar.

Después empezó de a poco su vieja rutina, la que lo devolvía a si mismo. Comenzó a sacarse el maquillaje. Cuando abrió el cajoncito de la derecha le pareció ver inscripto en él la leyenda ILUSIONES.  Y así, una a una fue despojándose de ellas y depositándolas en ese cajoncito definitivamente.  De a poco se desprendió de la fama, que había saboreado muy brevemente cuando viajó por el mundo con aquel circo extranjero, sólo para darse cuenta que la fama, como bien dicen por ahí, es puro cuento.

Tras ello dio cuenta del éxito que se le apareció en imágenes de cuando trabajara a Luna Park lleno y la repartija de la recaudación le había alcanzado para cenar en lugares elegantes y arrendar por efímeras noches los servicios de agraciadas samaritanas del amor. Lo extrañó, pero lo pudo abandonar sin reproches ya que cuando lo tuvo a su alcance lo había disfrutado en forma.

De la última ilusión tardó mucho más en desprenderse. Seguramente porque siempre se la habían negado y para un payaso eso es grave y muy triste. Era el reconocimiento el cual sí había tenido del público en oleadas de intenso aunque fugaz aplauso, pero jamás lo había recibido de sus pares ni de ningún dueño de circo para el que trabajó. Se dijo que era lógico ya que las estrellas de un circo son los acróbatas y trapecistas, difícilmente lo sea un payaso, pero siempre añoró una palmada en la espalda, un abrazo, un ¡BRAVO! dicho por sus pares o su jefe. No pudo ser.

Cerró el cajoncito de la derecha y abrió el de la izquierda, encima del cual también le pareció reconocer una leyenda, que esta vez decía RECUERDOS. De a poco y con dolor también fue deshaciéndose de ellos y entregándolos a su depósito definitivo.

Empezó por aquel día en que sus padres le sugirieron su vocación. Cada vez que ellos discutían, cosa que a él le resultaba intolerable, intentaba por todos los medios sacarlos de la pelea con alguna payasada. Así por todo premio sus padres le endilgaron el mote de CLOWN (payaso en inglés). Como se dio cuenta que le salía muy bien, empezó a disfrutar de hacer reír a la gente y fue ese su pasatiempo favorito tanto en la primaria como en la secundaria.

Recordó después un lejano día en que entretenía a sus amigos en la plaza de su pueblo y pasó un gitano llegado con el circo, quien  le ofreció amores, dinero, viajes y aventuras. Una combinación irrenunciable cuando se tiene 19 años y un futuro pueblerino. Fue de esa manera como comenzó su carrera profesional.

Pasó entonces a depositar el recuerdo de cuando había sido funcionario público. Estos políticos que siguen usando la consigna neroniana de “al pueblo pan y circo”, lo habían contratado para un novedoso y bien dotado circo municipal que recorría todos los lugares de veraneo en verano y de invierneo en invierno. Tenía además la changa, nada despreciable en términos económicos, de alegrar manifestaciones, piquetes y repartos de juguetes y subsidios. Como era de esperar todo término muy mal, ya que como siempre sucede en esos ámbitos dos políticos se trenzaron en feroz disputa y al final la culpa la tuvo el payaso.

El recuerdo que más le costó dejar fue el de los viajes alrededor del mundo. Había aprendido tanto, había conocido tanta gente distinta, había aprendido a extrañar a su pueblo y a amar a su país. Se consoló diciéndose que todo eso se lo llevaba puesto y procedió a depositar el último recuerdo.

Ahora miró al espejo y se reconoció.  Esta vez era ciertamente él. Triste, solitario y final como una novela de Soriano. La cabellera entrecana, las arrugas del rostro, los labios secos y apretados, las mejillas pálidas y los ojos sin brillo, entumecidos e irremediablemente tristes. Tuvo que fijar la vista para advertir esas dos gruesas lágrimas que, sin permiso alguno, comenzaron a rodar cara abajo.

Se levantó despacio, tomó su valija y se encaminó a la puerta del trailer. Con el picaporte en la mano se dio vuelta y miró hacia el espejo. Su intuición le sugería que se estaba olvidando algo. Y era cierto nomás. Allí, en el espejo de rojo bien intenso sobre un fondo blanco había una sonrisa amplia, generosa, invicta que le preguntaba: ¿No me llevas?

El payaso meneó ligeramente la cabeza. No tenía sentido alguno llevarla consigo. Las que se llevaba eran las sonrisas auténticas, las de toda la gente a quien había regalado ese ratito fugaz de artificial alegría. La suya siempre había sido falsa, sólo producto del maquillaje y de aquella frase especial. La frase que se decía a si mismo ante el espejo un minuto antes de cada función y que había aprendido muy de niño en el tocadiscos de su padre y por la inigualable voz de Enrico Caruso: ¡¡¡Ríe Payaso!!! (Ridi pagliaccio)

Abrió la puerta y muy lentamente se lo fue tragando la noche que impiadosa envolvía al polvoriento camino de tierra.

Mañana, para él, sólo para él no habría función. Pasado tampoco y mientras caminaba a oscuras, el payaso se iba haciendo a la idea que tampoco habría función por el resto del tiempo que le quedase en esta tierra.

 Enrique Momigliano

Buenos Aires, 10 de julio de 2010

Y siempre Patxi viene en mi ayuda con un tema pensado para la ocasión

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Published in: on julio 11, 2010 at 3:47 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Enrique, como siempre me produce infinito placer leer lo que escribís. Te comento esto referido al cuento cuyo personaje es el Payaso. Es para leerlo muchas veces. Sacar conclusiones. Creo que nos servirá para enfrentar nuestras propias vidas. Como suele decirse: ” el artista (vos) es aquel que logra ver lo que a otros les pasa desapercibido”. ¡Cuánta similitud hay entre la vida de un payaso y la de otras personas que mientras sirven para un propósito pueden estar, y luego ya quedan en “desuso”!
    Creo que es un cuento maravilloso, para leerlo en grupo, y quien te dice pueda ser inspiración para que otras personas también muy sensibles, que encuentren a otros “payasos ” olvidados en la vorágine de la vida exitista que nos toca vivir.
    Con el afecto y admiración de siempre,S.Susana C.

  2. Por casualidad he topado con esta estupenda narracion . Te acabo de pedir amistad por el facebook, Enrique.

    Es un relato intimista, lleno de matices, que te hacen vivir la realidad del personaje, con sus
    preocupaciones, muy participativo. Me ha encantado !! Gracias. Un cordial saludo,

    Paquita

  3. Profundas reflexiones me provoca leer este cuento. Yo, que soy Payaso desde hace 22 años, al cabo de los cuales coincido plenamente en que el reconocimiento es algo inalcanzable en este gremio. . .
    Agradezco infinitamente el tiempo e inspiración que has dedicado a este oficio tan injustamente agraviado por los advenedizos gana panes que ven en él, solo un medio para llevarse a la boca un alimento indignamente ganado. . .


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