La cima insospechada


LA CIMA INSOSPECHADA

“Todo encuentro se crea como agua ante la sed”

Roberto Juarroz

 

Es la gran zanahoria que nos ponen a todos por delante. Hay que llegar arriba y desde los 90 ni siquiera importa cómo.

 Pareciera que la sociedad tiene dos compartimientos: el Olimpo habitado por los que llegaron y el Suburbio en el que todos se destrozan entre sí tratando de llegar.

 Pertenecer al Olimpo tiene sus privilegios. Uno siente que “existe”, los que viven desde siempre ahí lo tratan como a un par, se disfruta mirando desde el banquito y por sobre el hombro a los desgraciados del Suburbio, se goza de cierta impunidad, cierta benevolencia en el castigo y se accede a un trato igualitario en apariencia con los residentes del los Olimpos de otros países. Los signos exteriores de la pertenencia son pocos y significativos: dinero, poder, presencia mediática y amantes variopintas.

 En paralelo, ser del Suburbio es trágico. No hay seguridad ni justicia, las puertas de las oportunidades se cierran todas y el trato despreciativo continuo termina por convencerlo a uno que “no existe ni cuenta”.

 Con una sociedad así estructurada no es de extrañar que de padres a hijos se vaya transmitiendo la errónea filosofía que establece que lo único importante es “salvarse”, entendiendo por tal acceder al Olimpo, como sea. Ello deriva en algunos casos en conductas delictivas o patológicas pero en la gran mayoría de los casos en una sobre exigencia que lleva a vivir equivocadamente.

 En la lucha por llegar a la cima, muchas cosas valiosas son dejadas de lado, y si bien la gran mayoría nunca lo logrará, los pocos que lo logren habrán pagado un precio monumental. Este precio podrá ser en salud física, psicológico, en su vida de relación o acaso el peor de todos: el haberse transformado en esclavo de lo que creó para acreditar su acceso al Olimpo. Así el fárrago de responsabilidades, problemas y ocupaciones, como los ingentes compromisos sociales que pertenecer al Olimpo conllevan, lo tendrán atareadísimo aun más allá de sus ganas y sus fuerzas.

 Ello hace que a veces el mejor momento con el que soñamos toda la vida se revele como una auténtica pesadilla de la que resulta imposible despertar. Salvo, claro está que decidamos abandonar el Olimpo para volver al Suburbio. Eso sí, con OTRA ACTITUD. Ya no para competir por nada sino dispuestos a disfrutar todos los bellísimos momentos que la vida nos ofrece a diario y que en nuestra estadía anterior rechazamos por la lucha en que estábamos enfrascados.

 En esas circunstancias puede darse algún encuentro que surja “como una emboscada entre las manos” (Roberto Juarroz – Duodécima poesía vertical), con alguien que esencialmente SIENTA como uno. No se trata de pensar lo mismo, ni de hacer lo mismo, sino que exista una sintonía emotiva tal que parezca pertenecer al universo de las almas gemelas.

 Frente a esa vivencia, la renuncia al Olimpo se recordará como el abandono de un viejo juguete, en pos del cual dejamos muchos años y esfuerzos pero que hoy nos damos cuenta que no es capaz de satisfacer mínimamente nuestras más imperiosas necesidades como seres humanos.

 Sorprendentemente, paradójicamente e insospechadamente, un simple café con la persona correcta, postergado por décadas, será entonces capaz de revelarse como la más anhelada cima de nuestra existencia: la real, la única, la verdadera.

 Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de junio de 2010

 

LA CIMA

 

Mi vida en su comienzo,

Tuvo un solo objetivo,

En la cima yo me pienso,

Y sólo para ello vivo.

 

Aceleré por los caminos,

Con ambición desmedida,

No cedí ante el destino,

A pesar de las heridas.

 

Pero vaya qué paradoja,

Nunca jamás sospechada,

Que me gana cuando digo:

 

En éste hoy se me antoja,

Que la cima de mi vida,

Yace en un café contigo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27/06/2010

 

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Published in: on junio 30, 2010 at 1:53 am  Dejar un comentario  

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