resistir versus sobrevivir


RESISTIR versus SOBREVIVIR

“Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú serás inconmovible”

Salmo 90

 “Traduttore traditore”, dirían mis ancestros peninsulares para quejarse de una traducción que fuera infiel al original. Ese es precisamente el caso de la canción “I will survive”, exitazo décadas atrás en inglés cantada por Gloria Gaynor y que volvió a ser éxito en años recientes en su infiel versión española “Resistiré”, creada por  Dúo Dinámico y  cantada por Ataque 77, claro que con la inestimable ayuda de haber sido tema musical de la también exitosa novela televisiva homónima con Pablo Echarri y Celeste Cid.

 Ciertamente no es lo mismo resistir que sobrevivir.

 Aun puebla mis oídos la voz de mi madre quien, con una presencia de ánimo envidiable, entonaba “Resistiré” – demás está decir que era fanática de la novela-, mientras a sus 93 años  yo, con  inocultable cara de susto, la acompañaba en sus interminables peregrinaciones por médicos, laboratorios y sanatorios. Mi madre lo tenía bien claro: ella quería resistir, no meramente sobrevivir.

 La resistencia implica siempre el rechazo rotundo del mal que nos agrede, significa aguantar hasta que pase, triunfando sobre el mismo al emerger de la batalla, esencialmente igual a cómo se llegó a ella. El triunfo consiste pues, no sólo en derrotar al agresor sino también y mucho más importante, permanecer inmodificado y quizás hasta fortalecido como resultado del combate.

 Para ejemplos colectivos baste mencionar a Francia que resistió la invasión nazi, a los partisanos italianos y hasta al movimiento político argentino que se fortaleció tanto en la lucha que hoy vive y gobierna. A nivel individual sobran ejemplos en la vida de cada uno. Cuando uno resiste exitosamente una prueba de cualquier tipo siempre resulta fortalecido por el desafío.

 Sobrevivir es cosa bien distinta. Implica haber tenido éxito en conservar la vida a pesar y a través de la agresión, pero ello habrá sido al precio altísimo de haber sido modificado esencial e irreversiblemente por la experiencia sufrida. Uno ya no es el mismo que era antes de entrar en combate, no puede creer en las mismas cosas, no puede albergar idénticos sueños, no puede confiar en nada ni nadie del mismo modo y lo que resulta más trágico, no puede sentir de la misma manera. En síntesis la vida, su vida, nunca será igual que antes de la agresión. Casi siempre será peor, en algunos casos excepcionalísimos en que se logre una extraordinaria superación podrá ser mejor, pero nunca será igual que antes. La huella de la agresión, el trauma sufrido permanecerá ahí, tiñéndolo todo y presto a emerger cuando las circunstancias lo llamen.

 Hay dos ejemplos colectivos que tengo bien cercanos. Uno es el del pueblo judío sobreviviente del Holocausto, que conservó la vida pero no pudo borrar las huellas profundas del mismo. El otro es nada más ni nada menos que nuestra propia sociedad, mientras tengamos vida y voz los que vivimos la locura guerrillera setentista y su feroz represión. Sobrevivimos sí, pero al precio de seguir marcados profundamente por ese hecho. Las huellas persisten y se notan, tanto en los que dirigen como en los dirigidos, tanto en los de un bando como en los del otro, como en los que no formaron parte de ninguno de ellos pero cuya vida se alteró profundamente en dicho período.

A nivel individual y mirando a todos los que me rodean y andan por la cincuentena, salvo algunos pocos estoicos combatientes de la vida, que han sabido permanecer incólumnes frente a los distintos avatares, el resto y me cuento entre ellos, somos todos sobrevivientes. Todos cargamos a cuestas las heridas sufridas y aunque nos esforcemos por ocultarlas, se notan, se reflejan inevitablemente en nuestra conducta y actitudes.

 De las grandes tragedias emergen siempre sobrevivientes. Algunos esconden mejor sus traumas, pero todos los llevan. Es imposible haber combatido en Malvinas o haber estado en el incendio de Cromagnon y seguir siendo el mismo.

 Pienso sinceramente que el secreto para transformar la supervivencia en resistencia o para mejor decir, lograr desde la supervivencia volver a ser medianamente el que uno era antes del trauma, debe esconderse en el reino del PERDON. Por algo todas las religiones han insistido tanto en ello.

Pareciera que el PERDON auténtico, lejos de beneficiar al agresor, es en total beneficio del agredido, ya que permite superar la ofensa y continuar con la vida de uno en condiciones similares a las existentes antes de ella.

 Debo confesar que no tengo experiencia en esto.

 Mi naturaleza guerrera me exige, desde lo más hondo de las tripas, desde mi esencia más básica, primitiva e instintiva, el lavado de la ofensa, la justa reparación. Pese a mis oraciones en dirección contraria, mi sentido de justicia aún puede a un incipiente espíritu de misericordia. Me cuento entre los que aun siguen esperando que un día Jesús en lugar de pedirle a su Padre “ Perdónalos porque no saben lo que hacen”, lo deje a Pedro desenvainar la espada y cortar todas las orejas que se le de la gana.

 Y debe ser por ello que aún habiendo resistido con éxito innumerables agresiones, de algunas pocas pero importantes soy claramente sobreviviente. Así es que en días nublados me surgen poesías como ésta.

DIA  NUBLADO 

 

Tengo una duda que inquieta,

 Y que no puede descifrar mi razón,

Quizás Tú Señor seas quien sepa:

¿Cuánta pena soporta un corazón?

 

Por unos pocos momentos felices,

A cambio de fugaces instantes de amor,

Son largos los años penosos y grises,

¿Es que la vida es en esencia dolor?

 

Las heridas nunca sanan y suman,

Imposible y esquivo se torna el perdón,

Tristezas y angustias fieras se aúnan,

 

Todo agrede impiadoso al corazón,

Que pese a todo sigue latiendo,

Sin sentido, ni aliento, ni vocación.

 

 Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 30/01/2010

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Published in: on junio 20, 2010 at 2:04 am  Comments (1)  

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  1. Muchas gracias por tus palabras, estoy pasando por un periodo en el que necesito resistir mucho para salvar mi vida.


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