NO HABRÁ NINGUNO IGUAL, NO HABRÁ NINGUNO



Profesor Emérito Leonel Massad (izquierda) con su querido hermano Héctor (derecha).

Corría el turbulento verano de 1976 y el grupo de “Los Cuatreros” se encaminaba a la librería Daniel, de la calle Uriburu, a elegir profesor para las materias del tramo casi final de la carrera de contador de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

Todos de entre 19 y 20 años y sin la mas mínima convicción acerca de nuestra vida futura. Todos habíamos llegado hasta ahí o impulsados por nuestro padres o eligiendo el mal menor ( mejor estudiar que trabajar, mejor Económicas que Medicina – más larga y con cadáveres-). Nos decían “los cuatreros” no sólo por ser cuatro sino por ser el cuatro (4) el objetivo de nuestros días. Aprobar era lo único que importaba.

Recuerdo haber dicho: “Sistemas y Sociología me va cualquiera, pero en Impuestos que es anual elijamos a un buen profesor, hay que aguantarlo todo el año” En el tumulto preguntamos por el mejor y las voces fueron concordantes: Leonel Massad.

Así fue como tomé, en conjunto con mis amigos la decisión más trascendente de que tenga memoria, para los siguientes 34 años de mi vida, que pasaron hasta el día de la fecha y probablemente para los que me reste vivir.

Las clases empezaron y se interrumpieron. La intervención que sucedió al golpe de estado tiró por la borda a los profesores que habíamos elegido en las otras materias, juntamente con la bibliografía y el programa. Sólo y a Dios gracias, Leonel Massad fue respetado y quedó como nuestro profesor. Ni siquiera las leyes impositivas permanecieron. Una reforma tributaria publicada 14 días después del golpe cambió todo el sistema impositivo.

Ese fue el primer hecho que llamó mi atención. Los que nada respetaban se detenían ante la capacidad indiscutible de un humilde profesor, que además tenia en su currículum haber sido director de la DGI del gobierno depuesto. ¿Quién me estaba dando clase?.

Fue en el transcurso de un año mágico en que esa pregunta obtuvo respuesta. Leonel como profesor parecía transitar todos los caminos opuestos a los “profesores” que habíamos tenido hasta llegar ahí. Su larga carrera dentro de la DGI, comenzando bien de abajo en la Agencia 2 de Paternal hasta ser Director General le permitían ilustrar con ejemplos reales cada articulo de cada ley, así como cada fallo o dictamen.

Se empeñaba en hacer fácil, muy fácil lo difícil para que pudiéramos entenderlo. Y como si ello no bastase, todo salpimentado con una cuota de fino humor, que hacía de una materia que es ejemplo de aridez, una charla de amigos plena de carcajadas. Pero no es todo.

Una amabilidad para con todos y cada uno de nosotros, un sentido estricto de justicia al evaluar los temibles parciales y al calificarnos, una paciencia sin fin a la hora de responder a nuestras dudas, cualidades todas que me decían que además de estar escuchando a un excelente profesional y docente, me encontraba ante un excepcional ser humano.

No cabe ninguna duda que su influencia fue decisiva. El amaba lo que hacia y ese amor se traslucía en su forma de enseñar, nos lo contagiaba. Tanto que tres de los cuatreros terminamos ese año convencidos que seríamos tributaristas.

En mi particularmente produjo un cambio notable y rotundo. Mis amigos me apodaban con el nombre de un poderoso insecticida, ese que decía en su comercial que “no perdona”. Joven, estudioso y arrogante como era, le había hecho pasar, para beneplácito de mis compañeros, varios papelones a varios profesores mediocres quienes, enconados en mi contra, jamás pudieron reprobarme.

Leonel Massad me hacía estudiar más por él que por mi. Nos daba tanto en clase, se comprometía tanto con nosotros que yo estudiaba más que nunca, más por vergüenza que por otra cosa. Sentía que no podía defraudarlo, que tenía que rendir en la misma medida. Y pude hacerlo. Aprobé con Sobresaliente y aun arrullan mis oídos las palabras de elogio que ante la clase me brindó, diciendo que hacía largo tiempo que no calificaba a nadie con esa nota.

Nos hicimos desde ese entonces inseparables hasta la muerte, esa que anteayer se lo llevó.

Me ofreció trabajo en un estudio al que estaba vinculado, al que después llevé a los otros dos cuatreros, compartí 13 maravillosos años en su cátedra de Finanzas e Impuestos desde ayudante de segunda a tener mi propio curso a cargo, siempre bajo su tutela. Me abrió todas las puertas sin pedirme nunca nada, al contrario, ofreciéndome en el camino su mejor regalo: el de su sincera, profunda, íntima amistad.

Conté también con su invalorable consejo en mis públicas aventuras. Quién mejor que él para sazonar de prudencia mis impulsos juveniles, cuando a los 30 años me tocó ser parte del equipo directivo de su bienamada DGI. Una década después repetimos cuando fui llamado a la Dirección de Rentas de la Ciudad de Buenos Aires.

La confianza que me tuvo fue absoluta, siempre creyó en mi y en mis posibilidades como nunca nadie jamás lo hizo. Sin temor a equivocarme puedo decir que creyó en mi , mucho pero muchísimo más que lo que yo mismo logré creer.

Sólo mi madre lo igualó en fanatismo y estuvo infinitamente agradecida hasta el día de su partida en que Leonel Massad, con todos sus pergaminos a cuestas, hubiese adoptado en parte el rol que la muerte le impidió ejercer a mi propio padre.

Bien lo resumen las palabras de un buen amigo suyo: Guillermo Jáuregui, que ayer al verme exclamó: “¡¡¡¡Cómo te quería Leonel!!!”

Y de cuántas me salvó. Son innumerables las macanas que no hice por temor al daño que le iba a causar enterarse que, nada menos que su alumno, había sido capaz de hacer semejante cosa. Y son innumerables las ocasiones en que fui perdonado por muchos por ser de alguna manera el “protegido” de Leonel.

Intenté seguir sus pasos. Me resultó imposible por más que me esforcé seriamente. Me faltó madera, templanza, humildad, paciencia, vocación de sacrificio. Asistió callado y con dolor a mi renuncia a la carrera docente y mis múltiples encontronazos y desencantos con la profesión y la función pública.

Toleró sin una palabra mi cambio de prioridades, cuando puse por delante una vida mas cómoda y familiar a una entrega total al servicio que él me enseñó. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera insinuó en retirarme por ello la tremenda deferencia de su amistad.

En lo que pude lo ayudé. Tuve el enorme privilegio de ser uno de los pocos a quien escuchó. Con el bagaje aprendido en mis viajes por la religión y las distintas disciplinas espirituales pude estar cerca cuando hace unos 16 años su salud se deterioró seriamente.

Empero la balanza está absolutamente desequilibrada. Mi deuda para con él es impagable, tal como la de todo hijo con un padre que lo haya querido de verdad.

Por si todo lo dicho fuera poco era un patriota excepcional. Solía decirme: “Momi para que me entiendas. Soy así porque todo eso de la bandera, el himno y los héroes que vimos en la primaria yo lo creo de verdad”. Vaya si lo demostró. Cuando ya enfermo lo llamaron nuevamente para asesorar en la AFIP le aconsejé que no lo hiciera, que se priorizara, que disfrutara un poco de la vida, que ya había dado demasiado.

Su respuesta fue breve “Carlos Silvani y la AFIP me necesitan y ¿me querés decir porqué me querés quitar mi última diversión?”. La ofrenda de si mismo formaba parte de él, demasiado complejo para mi egoísmo.

Tuvo entonces todo el sentido que ayer, su querido sobrino Eduardo, en el crucial momento de la despedida final, anduviese buscando una escarapela azul y blanca y mientras todos arrojábamos pétalos, él arrojase la escarapela para que ese emblema al que él idolatró y dio todo, absolutamente todo, lo acompañara en su viaje final.

Las cartas de Leonel estaban echadas hace largo rato. Cuando en diciembre del año pasado partió sorpresivamente su querido hermano Héctor, nadie de los que allí estuvimos dudaba que se iba un sostén importante de sus ganas de vivir. Héctor me enseñó también infinidad de cosas, simplemente siendo como fue y entre los dos me enseñaron cómo se debe encarar la vida siendo hermanos, cosa más que difícil de entender para este hijo único. Leonel lo encarrilo y ayudó siempre a Héctor, pero el amor de Héctor, quien se emocionaba de solo nombrarlo, era tan necesario como el aire para Leonel.

No por esperada la muerte duele menos. El vacío y el sentimiento de orfandad que la partida de Leonel Massad deja es enorme. Se fue un grande de verdad, en todos los sentidos. A mi me quedan varios consuelos, a saber: que tuve un largo tiempo para compartir con un ser excepcional y que lo aproveché de la mejor manera, que mi padre y mi madre ya le deben estar dando las gracias efusivamente por todo lo que hizo por su hijo, que debe haber como le dije a Eduardo “fiesta en el cielo” porque Héctor recuperó a su hermano querido y que en unos años nomás andaré por los pasillos de la facultad de arriba buscando su aula para que me siga indicando el camino.

Ayer, llorosos, compungidos y en silencio volvíamos con Alberto Lifireri, mi socio y amigo del alma y se me ocurrió preguntarle:

“Decime, de todos los que vos conocés, ¿quién se le acerca siquiera a Leonel, en capacidad, dedicación, incorruptibilidad, patriotismo, humanidad, amabilidad, don de gente?”

Sin dudar Alberto dijo secamente, con toda la razón del mundo:

NADIE.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 22 de mayo de 2010

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Published in: on mayo 27, 2010 at 1:01 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. “la muerte no existe, el Ser vive eternamente”, Leonel seguirà viviendo en nuestros corazones. Tambien cursé Econoimicas en 1976 y es el UNICO profesor del que me acuerdo.

  2. Tuve el honor de conocerlo en la División N° 2 y Agencia N° 2 DGI, resultó ser un ser muy especial, inteligente, capaz, y muy decente, siempre recuerdo un tema que tratamos “los azulejos son ladrillos”.
    Espero que Dios nos vuelva a juntar con otro amigo que se llama Nestor Victorero para que podamos guiar a los que tendrán el destino de nuestra querida “Patria” y quieran al Estado Nacional como lo sentimos nosotros que fueron y somos servidores de una Nación.
    Un gran abrazo Giuliano

  3. Insuperable profesor, allá por el 81 cursé con él Finanzas e Impuestos I. Y se acordò cuando en el 91 la DGI nos mando a todos los inspectores a un pos grado en la Facu. Y dijo: “… una de las mejores notas fue una alumna mìa …” o algo asì, porque ahora vuelvo a lamentar no haber ido cuando diò las notas, aunque sea para saludarlo, no se puede agregar mucho mas despues de lo que dijo Momigiano.


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