JUSTICIA, JUSTICIA PERSEGUIRAS (Deuteronomio 16: 20)


“¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Matalo Gabriel, matalo!!!!!!!” rugía a coro el círculo exaltado de niños de no más de una década de vida en torno a ese amasijo humano compuesto por un varoncito de apenas 8 años enfrentándose salvajemente a puño limpio con un grandote de 11.

Con dos certeros puñetazos en el rostro, Gabriel dio por terminado el pleito y jadeando, sangrando y completamente desaliñado sintió un gozo inigualable, cuando con un pie en el cuello del grandote vencido, pudo gritarle bien fuerte a la cara: “Y lo dejás en paz o te vuelvo a fajar”.

El gozo duró lo que dura todo gozo: bien poco. Se abrió el coro y la mamá de Gabriel pálida y demudada, lo tomó fuerte del brazo rezongando:

“Esto se acabó, esta vez no te la perdono, tu papá se va a enterar. Van a terminar echándote de la escuela y yo voy a tener la culpa. ¡Pero mirá, mirá como te pusiste. Me podés decir qué pasó!”

“Lo de siempre mamá” repuso Gabriel tomando aire. “El estúpido de Adolfo que porque repitió y es más grande que todos piensa que puede molestar a cualquiera. Y lo peor es que se ensaña con los más débiles. Al pobre gordo Felipe lo tomó de punto y se la pasa robándole cosas, diciéndole globo aerostático y pegándole porque no lo puede correr”.

“No es justo, alguien tenia que intervenir para poner las cosas en su lugar”.

Claro dijo la mamá: “Y ese alguien tenias que ser vos, ¿porqué no le avisás a la maestra? ¿Cuántas veces te tengo dicho que las cosas de comedido siempre salen mal, que no te metás?”

“Sabés que no puedo ma, veo una injusticia y me pongo loco” fue toda la respuesta de Gabriel que empezó a prepararse para el sermón nocturno con amenazas incluidas de su padre.

Imposible corregir a Gabriel, se pasó toda la primaria impartiendo justicia a su modo. El displacer de las mandadas a dirección, de las notas sobre conducta en el boletín, de las citaciones a sus padres, de las amenazas de expulsión eran incomparablemente insignificantes frente al gozo de ver la justicia restablecida, aunque fuera a las trompadas.

El lucia gloriosa y orgullosamente cada lastimadura producto de sus frecuentes refriegas, como si fueran heridas sufridas en una guerra justa para reparar evidentes e insoportables injusticias.

Ahí, en plena primaria se ganó merecidamente el mote de “el justiciero”.
Un poco antes de tiempo, merced a su tremenda capacidad para el estudio llegó la secundaria, que además era en un colegio sagazmente elegido por su padre, dependiente de la Universidad y que se enorgullecía de tener una estrictísima disciplina.

El problema fue que a él nadie le avisó y se encaminó a una socialización express y violenta. Comprobaría rápidamente que los métodos porteños y universitarios no tenían mucho que ver con los de su pueblo natal.

Ante el primer pleito en que se sintió llamado a intervenir lo hizo a su modo, aquel que tanto éxito y fama le había traído en la primaria. Pero mientras lo tenía al pérfido y cargoso de Ricardo arrinconado contra la pared y machucándole la nuca contra la misma, una mano inmensa y poderosa lo alzó a traición por el cuello de la camisa como unos 20 cm. del piso.

Sin poder quejarse, sin poder ver al artero agresor y casi sin poder respirar ahorcado por su propia corbata, fue trasladado en el aire por un interminable pasillo hasta la celaduría donde fue depositado bruscamente en una silla.

Esperando el interrogatorio de rigor se sorprendió cuando el traidor que le había brindado ese viaje aéreo sin decir agua va le estrelló dos veces su inmensa mano en el rostro. Ardió de rabia pero se contuvo.

“A ver si nos entendemos pendejo de mierda, aquí en este colegio el único que tiene derecho a pegar soy yo” le gritó el dueño de la mano pesada. La cosa derivó en escándalo porque al día siguiente su padre casi se trompea con el disciplinante mal parido, cuyo único antecedente para ocupar el lugar de autoridad monopolizante de la fuerza, era el de haber sido boxeador.

Gabriel dejo su rol de justiciero relegado a los partidos de fútbol y aprendió que cuando el más fuerte, goza del monopolio de la fuerza, la justicia importa poco.

Tras esa lección recibió al año siguiente una mucho más dura.
Su padre enfermó y murió en un proceso fulminante de catorce días dejándolo como hijo único de una madre sola en el mundo y ama de casa. Sintió durante mucho tiempo en su sangre una injusticia que tampoco podía ser reparada ni a los golpes ni de ninguna otra forma:

¿Por qué todos sus compañeros disfrutaban de su padre y a él le había sido arrebatado así? Una época oscura el secundario, tan oscura que se alegró que terminase abruptamente con un año menos que los 6 pactados al inicio por los cambios políticos de esos duros 70.

Durante esos años convulsionados, Gabriel entendió que la violencia solo engendra más violencia y que cuando la locura homicida se desata y el “todo vale” se declara ya nadie se acuerda si el origen fue una causa justa, un interés particular o una verdadera pavada. Y buscó otra forma de impartir justicia: decidió estudiar derecho para ser algún día juez.

Pero otra roca se interpondría en su afán. Su padre previsor al extremo, temía desde hacia algunos años una muerte sorpresiva y había dejado escrito que su deseo era que su hijo fuera contador como él y si no se recibía, comerciante.

Su madre, ejecutante fiel de los mandatos del esposo muerto no le dio a Gabriel mucha oportunidad.

“¿Cómo que abogado?, vos vas a ser contador, es lo que papá quería para vos, te recibís vas dos años a trabajar gratis al estudio de Horacio para aprender y después buscas clientes”

¿Y la justicia? ¿Dónde quedaba el afán por la justicia? ¿Dónde quedaba el camino al juez?

Gabriel hizo trampa. Desgarrado por la duda entre la vocación y el mandato, a la hora de anotarse lo hizo en Derecho y en Ciencias Económicas. Por aquellos años uno podía, si le daba la cabeza, hacer más de una carrera a la vez.

“Empiezo las dos y elijo mas adelante” le dijo a su madre, a quien la idea no le gusto nada.

A poco de empezar se dio cuenta que la tarea era demasiado difícil y al cabo del primer cuatrimestre se entregó pero con un “plan B”.
“Le doy con todo a esta carrera de contador, que la veo mas corta y fácil, les doy el gusto a Ustedes y después hago derecho mientras trabajo gratis” sentenció, para alegría de su madre.

Aprovechó cada resquicio del plan de estudios para acelerar al máximo la carrera de contador, sacrificando diversiones juveniles y hasta el picado del fin de semana para meter más materias.

Diez el primer año, nueve el segundo, siete el tercero y se chocó con Impuestos. En esa época era una materia anual y tuvo la fortuna de cursar con un profesor excepcional que le hizo adorar la especialidad. ¿Que tenia impuestos que le gustaba tanto? Era claramente la especialidad más jurídica de la carrera de contador.

Pero había más, mucho más. Toda la teoría de la tributación lo fascinaba, la justicia que debía estar detrás del impuesto – al fin y al cabo el impuesto injusto al té había sido causante de la revolución norteamericana- y sobre todo veía como con el impuesto podía reparar de algún modo ese tipo de injusticia que le seguía molestando.

La injusticia de la vida. Esa que reparte al azar, fortuna y tragedia. Con el impuesto podía redistribuir la riqueza, hacer producir la tierra improductiva u obligar a sus dueños buenos para nada a venderla, gravar las herencias y repartir más equitativamente los derechos de la cuna. Aprobó con Sobresaliente y cuando el profesor le propuso un trabajo, encima pago, en un estudio relacionado le pareció tocar el cielo con las manos.

Trabajando aprobó las ultimas dos materias y le entregó el titulo a su madre, en realidad a su padre. Un día inolvidable para Gabriel fue cuando ante la tumba de su padre, dijo: “Papá, cumplí. Ahora voy a estudiar lo que quiero”.

Y empezó Derecho nomás. Aprobó con Sobresaliente Introducción al Derecho y atacó Romano pero el trabajo era agotador y mucho tiempo no le quedaba para estudiar. Se enfermo mal. Principio de surmenage diagnosticaron los médicos. Dejó Derecho.

Como único sostén de madre viuda, la opción no se podía discutir demasiado. La pensión de su madre que les había permitido vivir y estudiar no alcanzaba para ponerle nafta al auto y se imponía conservar el trabajo milagrosamente obtenido. Una vez más la vida le cerraba el camino de la vocación de justicia.

Toda una década trabajó en el estudio donde lo había depositado su profesor. A su vez dio clases de Impuestos en la Universidad, pero “El Justiciero” no era feliz, seguía archivado en algún lugar, recóndito de Gabriel. Ganaba bien en el estudio pero el trabajo lo sentía insoportable, conclusión: se enfermaba mal y muy seguido. El mismo buen pasar lo tenia preso y su afán por la justicia seguía esperando.

Su pasatiempo predilecto era atender inspecciones o discutir administrativamente determinaciones y multas, ya que ello era controversia y desafío, demostrar quien, a la luz de la ley, tenia razón. Apenas un recreo para “el justiciero” que se aburría tremendamente entre balances y liquidaciones.

Un curioso día de abril de mil novecientos ochenta y tantos, ya llegada la democracia fue a ver a un amigo que detentaba un alto cargo en la DGI en representación de una entidad empresaria. Al cabo de la reunión su amigo le pidió hablar en privado, encuentro durante el cual le propuso trabajar con el.

Gabriel dijo simplemente y en el acto: “¿dónde hay que firmar?”.
Empezó de asesor y al cabo de dos meses le dieron un cargo. Vio su nombre en un decreto presidencial y ocupo el despacho contiguo al de su amigo.

Necesitó de unos días para creerlo y acostumbrarse a la idea. Habrá sido a las dos semanas que una tarde, a solas, enfrascado en el estudio de un expediente y lapicera en mano le cayó la ficha y se largó a llorar.

Se levantó despacio del sillón, buscó la ley de procedimientos para gozar la visión. La ley no mentía, el era el juez administrativo máximo de la DGI.

La sociedad toda sufriría por un par de años el hecho que Gabriel, “el justiciero”, intentara, sintiéndose a sus anchas, por medio del impuesto y haciendo uso máximo de las potestades conferidas por la ley, tornarla más justa, obligando a los privilegiados a abonar la cuota sin menoscabo que el Estado debía utilizar en favor de los desprotegidos.
Después a Gabriel le pasaron todas las facturas juntas. Pero ellos no sabían ni de su historia ni de sus esfuerzos, ni de sus frustraciones en el camino tortuoso que había seguido para llegar a ser juez, administrativo, pero juez al fin.

Aquella tarde, repuesto del llanto Gabriel, mientras miraba los árboles de Plaza Lavalle sintió que había llegado, que la vida después de todo, no era tan injusta.

Buenos Aires, 01/05/2009
Enrique Rafael Gabriel Momigliano

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Published in: on abril 13, 2010 at 12:42 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Qué alegría conocerte, justiciero!


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