Y EL MONJE DIJO: “VEN……” Crónica del día que fue (ver Un día será)


Monasterio Trapense de Azul – Provincia de Buenos Aires- Argentina

Era el Día de los Difuntos de 2009. Y también mi cuarto día de retiro en el Monasterio Trapense de Azul – Provincia de Buenos Aires-. Tal como en los 13 retiros anteriores había ido con amigos, pero ese lunes por motivos laborales o personales, todos ellos habían emprendido el viaje de regreso, al igual que los restantes huéspedes.

Conclusión: me hallaba solo, era el único huésped del Monasterio y permanecería así hasta la mañana del día siguiente, en que, no sin resignación, debía volver a mi vida mundana.

Se acercaba el oficio de NONA y el hermano hospedero en el almuerzo me explicó que después de dicho oficio iba a haber una procesión por el claustro a la que solían invitar a los huéspedes. Habitualmente se hacia hasta el cementerio de la comunidad, pero ese día la tormenta lo impedía.

En retiros pasados una única vez había tenido la gracia, junto a un compañero de hacer una visita guiada por el claustro y las demás dependencias habitualmente reservadas exclusivamente para los monjes.

Participar en una Procesión era pues para mi palabra mayor. Debo señalar que en los retiros en este monasterio no existe posibilidad alguna de compartir actividades con la comunidad, excepción hecha de la Misa, el rezo del Santo Rosario, y los Oficios en la Iglesia. Mi expectativa era enorme.

A las 14 y 30 horas en punto empezó el oficio de NONA con los monjes cantando en el coro y yo solo, como el único ocupante de una iglesia que me parecía más grande que nunca.

Durante el oficio recordé que había concurrido sin haber hecho definitivamente el duelo por la partida de mi madre, acaecida en junio de 2008. La angustia por su ausencia aun me acorralaba y seguir adelante con mi vida parecía una tarea sobrehumana.

Dios había dispuesto que la fecha del retiro de 2009 coincidiera con el Día de los Difuntos.

Pura “causalidad” que en ninguno de los 13 retiros anteriores había sucedido. Las fechas se otorgan en función a la cantidad de integrantes del grupo- siempre variable- y a las siempre escasas plazas disponibles.

Fue la Gracia de Dios quien así lo quiso esta vez, la misma que hizo que también por vez primera me quedase solo, absolutamente solo para que fuera, al decir de San Rafael Arnaiz: “Solo Dios y yo”.

Este Santo no es en absoluto ajeno a mi permanente ir a este monasterio. Pocos días antes de asistir a mi primer retiro- allá por 1997- había visto un documental sobre el entonces Beato Rafael que me había fascinado completamente. Cuando llegué al monasterio descubrí que el beato pertenecía a la misma orden que la comunidad.

Adquirí de inmediato sus Obras Completas que llevo leídas varias veces y sigo releyendo y descubriendo una sabiduría impropia de los pocos años que vivió en esta tierra. Sucedía ahora que apenas 14 días antes de éste mi retiro 14, Rafael Arnaiz había sido santificado por el Papa Benedicto XVI, hecho que conocí al llegar. Otra pura “causalidad”.

Concluido el oficio uno de los monjes fue a buscar la cruz procesional – con Jesús Vivo en ella- y se paró en el centro del pasillo, formándose el resto de los monjes en doble fila detrás. Cerrando la formación el Padre José, monje y sacerdote a quien me gusta llamar “mi director espiritual” pero es en realidad el corazón bondadoso y generoso con quien me confesé, después de muchos años de no hacerlo, en mi primer retiro y a quien siempre vuelvo por consejo.

Hasta este momento yo, solo, de pie en la inmensa iglesia, observando. Entonces sucedió.

Por señas, como corresponde a un monje, el hermano hospedero, me miró y dijo “VEN”.

Me atropellé con mis propios pies, recibí en el camino una hojita con los salmos penitenciales y llegué, sin saber bien cómo, a ubicarme en mi lugar al final de la fila, detrás del Padre José. Y la Procesión partió en dirección al claustro conmigo cerrándola.

Resulta absolutamente imposible poner en palabras la energía que rodeaba a ese grupo de monjes, marchando y cantando, deteniéndose y volviendo a marchar con paso firme.

Por momentos me parecía estar integrando un desfile militar junto a los guerreros más poderosos del mundo. Tampoco me resulta sencillo describir mis sentimientos.

Una mezcla, mejor diría un amasijo de alegría inmensa al poder participar de una actividad con una comunidad que en muchos sentidos me es muy afín, (bastante más que mis compañeros de vida mundana), junto con una emoción tan inmensa que aceleraba mi corazón al punto de impedirme respirar con normalidad.

Intente seguir los salmos, cantarlos; resultó imposible, no tenia aire suficiente para ello. Intenté observar la belleza del jardín central o mirar de reojo la estupenda biblioteca; imposible también ya que si me desconcentraba un segundo perdía el paso de inmediato.

Cada vez que la procesión se detenía me flaqueaban literalmente las piernas. A punto estuve de tocar el hombro del Padre José para decirle que me sentía pésimo. Aguanté como pude. La idea de colapsar en pleno claustro no me era del todo ingrata, al fin y al cabo estaba en el lugar más celestial que conozco.

La Procesión culminó con la bendición de las tumbas de los donantes de las tierras para la construcción del monasterio medio siglo atrás: Don Pablo Acosta y su esposa. Allí mientras se formulaba una hermosa oración de bendición para todos los difuntos tuve bien presente a mi madre.

Rápida y silenciosamente los monjes se fueron y me quedé solo y aturdido con el corazón acelerado,las piernas flojas y la respiración irregular en plena iglesia. Despacito y asiéndome de donde podía, volví a la hospedería y me acosté un buen rato para reponerme de la experiencia.

Pese a ello no me perdí ninguno de los oficios restantes, ni siquiera el de las tres y media de la madrugada, por otra parte mi favorito. Tuve la dicha de cenar en soledad y disfrutar de la inmensa paz reinante por nadie interrumpida.

Pero a la hora de descansar no me fue nada bien y al día siguiente me levanté con un tremendo dolor de cabeza y un peor aun dolor de alma por tener que abandonar ese paraíso.

Tras la Misa del martes y dormido aun, pensando que si me despertaba del todo, partir me iba a resultar más difícil, puse el auto en marcha y tomé la ruta.

No lo puedo afirmar con exactitud, pero es probable que de los 340 Km. de viaje hasta mi casa en Buenos Aires, llorase abundante y profusamente por más de 250 Km. Aun cuando intentaba detener el llanto las lágrimas seguían rodando sin parar.

Sin motivo aparente el viaje fue toda una catarsis. Tan agotadora desde lo psíquico que tuve que detenerme, más de una vez, a la vera de la ruta, para reponerme y me vi obligado a dar ridículas explicaciones en las cabinas de peaje que iba atravesando, para asegurarles a sus ocupantes que pese a mi rostro estaba en condiciones de seguir manejando.

No era un llanto de angustia, era un llanto de compunción, era el signo inequívoco que mi corazón finalmente había comprendido.

Qué es lo que había comprendido lo supe al retomar mi vida mundana al día siguiente.

Con absoluta contundencia el dolor y la angustia por la partida de mi madre habían desaparecido por completo y desde ese entonces no han retornado. Mi detenida vida, desde ese día empezó a moverse y hasta hoy me maravillo de las cosas que he sido capaz de hacer.

Mi corazón, seguramente con la ayuda de Dios y de San Rafael Arnaiz, no podía haber elegido lugar mejor para “decir Adiós y sanar”, como alguna vez me enseñara el genial Hermann Hesse en su soberbia poesía GRADOS, integrante de su obra cumbre “EL JUEGO DE ABALORIOS” que reproduzco mas abajo.

Hermann Hesse, quizás más conocido por otros libros integra junto a William Faulkner y a Anthony Burgess una trilogía muy particular para mí. Los admiro profundamente, disfruto plenamente de cada escrito pero a la vez han ejercido sobre mi, y estimo que sobre muchos un gran efecto de inhibición. Por mucho que lo intente, con absoluta certeza, jamás lograré escribir nada que se parezca a sus obras ni siquiera mínimamente.

Enrique R. G. Momigliano
San Clemente del Tuyú
4 de enero de 2010

GRADOS

Toda flor se marchita y toda juventud
Cede a la edad; florecen los peldaños de la vida,
Florece todo saber también, toda verdad
A su tiempo, y no puede perdurar eterna.
Debe el corazón a cada llamamiento
Estar pronto al adiós y a comenzar de nuevo,
Para darse con todo su valor más firme
Alegremente a toda forma nueva.
Y en cada comienzo está un hechizo
Que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir alegres por la tierra
Sin aferrarnos nunca como a una patria;
El espíritu no quiere encadenarse.
Grado a grado, nos eleva y ensancha.
Apenas se acomoda nuestra vida
Y nos confiamos, todo se disuelve;
Sólo quien está pronto para irse
Puede escapar del hábito que mata.
Nos enviará de nuevo a espacios nuevos,
El llamar de la vida nunca tendrá fin…
Tal vez la hora de la muerte aún.
¡Arriba, corazón, di, pues, tu adiós y sana!

Hermann Hesse
El juego de abalorios
Poesías de la juventud de estudiante de Josef Knetch

Angel Voices – Libera in Concert


Anuncios
Published in: on febrero 26, 2010 at 11:35 pm  Comments (3)  

The URI to TrackBack this entry is: https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/02/26/y-el-monje-dijo-%e2%80%9cven%e2%80%a6%e2%80%a6%e2%80%9d-cronica-del-dia-que-fue-ver-un-dia-sera/trackback/

RSS feed for comments on this post.

3 comentariosDeja un comentario

  1. “Me atropellé con mis propios pies”

    “dolor de alma por tener que abandonar ese paraíso”

    “el viaje fue toda una catarsis”

    “llanto de compunción”

    “mi corazón finalmente había comprendido.”

    “decir Adiós y sanar”

    Nuestro entrañable amigo y protector eligió muy bien el Requiem “Libera me”…

    El paraíso no estaba en el Monasterio sino en tu mente y espirítu que permitiste se libere, porque “El espíritu no quiere encadenarse.”

    Esa comprensión y actitud es la que nos permite a todos decir… adiós y sanar.

    Hay dos tipos de difuntos… los que parten hacia algún lugar para siempre y los que caminan en la tierra creyendo estar vivos. Los muertos en vida. Lo primero es natural lo segundo no.

    Ambos, experimentamos en que consiste… hasta que volvimos a escuchar el llamar de la vida que nunca tiene fin…(parafraseando a Hesse.)

    Gracias por compartir sabiduría cuyo génesis es tu propia vida.

    Silvia

  2. hermano enrique …bendito dios por tu mensaje!!! lo lei antes de hacer un retiro en el monasterio trapense la madre de cristo….gracias lo senti profundamente..tal es asi que estuvo muy presente porque tambien me sucedio lo mismo con respecto a Rafael…..
    mi ser siente enviarte una invitacion de luz….si senis podrias pasarme tu direccion de correo electronico…..y te la envio..
    gracias a dios!! aleluya!! la paz sea contigo!!

  3. hermano enrique, gracias a dios por tu mensaje..me ha llegado al alma!! rafael tambien me guio al monasterio ¡ que asi sea!
    siento enviarte una invitacione luz….si sentis pasarem tu email..
    gracias a dios!!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: