ACEPTACIÓN Y DOLOR… La salida del duelo


Día de la Madre

21-1

Todos lo escribieron, todos lo dijeron, pero tal como dice el refrán: del dicho al hecho hay mucho, muchísimo trecho. La consigna es aceptar. Pero aceptar ¿QUE?

Unas pocas y significativas cosas simples de enunciar, difíciles, muy difíciles de hacer:

1. Que vivir implica necesaria e inevitablemente morir

2. Que todo lo que amamos y a lo que nos apegamos, un día más tarde o más temprano, SIN DUDA morirá.

3. Que uno no tiene escapatoria alguna frente a su propia e inevitable muerte. Como prueba basten todos los esfuerzos propios y de los médicos, enfermeros, sanatorios, cuidadores, etc. que intervinieron drástica e invasivamente, sólo para demorar lo inevitable en el ser querido que partió.

4. Que la vida de uno, a partir de la muerte del ser querido cuyo duelo está atravesando, nunca va a ser igual. Será de alguna manera peor o mejor, nunca igual, ni la sombra de lo que era antes y ello obligará a un especial esfuerzo de adaptación en el que uno y su manera de relacionarse con los demás cambiará drásticamente.

5. Que ese ser querido no está hoy, ni estará mañana, ni pasado mañana, ni el mes que viene, ni el año que viene. Para decir con “el cuervo” de Poe: no estará NUNCA MÁS. Y que en consecuencia, aunque no quiera debo aprender a vivir sin él.

Si se las mira detenidamente son todas cosas obvias. Entonces ¿por qué cuesta tanto aceptarlas?

Hay una cuestión social muy fuerte en la humanidad occidental contemporánea que busca ocultar la muerte, como si negándola le quitase poder cuando, paradójicamente, sucede todo lo contrario. La muerte arrinconada al lugar de la sombra adquiere el poder del taboo, el poder de lo oculto, de lo no hablado y marca profundamente toda la existencia del hombre. El pensamiento que viene desde el denominado Renacimiento, potenciado con la Revolución Francesa y la Revolución Industrial ha llevado al hombre a rechazar todo aquello que atente contra su libertad y ha llevado por ende al entronizamiento de su voluntad individual. Así hace siglos que viene intentando desembarazarse de la enseñanza religiosa, así se rebeló contra los reyes, así rechazo a los estados totalitarios y hoy los vemos rechazando hasta las más elementales normas de convivencia, salud, higiene y preservación propia y colectiva.

El Superhombre de Nietzsche liberado de todo, sin saberlo ni quererlo cae esclavo de un amo peor: SUS INSTINTOS, los que al provenir de su esencia animal lo convierten en salvaje bestia. Y al igual que ellas desprecia al débil, atropella al que se interpone en la satisfacción de su deseo y comete salvajadas con una conciencia adormecida. Empero, como a diferencia del animal el hombre no es sólo instinto, sino también conciencia, mente y espíritu, para poder acallarlos recurre a distintos métodos que van desde los inofensivos como la radio o el walkman todo el día o los televisores en todas partes hasta los perjudiciales para si y los demás como el alcoholismo y las drogas.

La ecuación es simple: cuanto mas acalle a su conciencia – mente – espíritu, más lejos llegará en el mundo pero inevitablemente se sentirá peor y necesitará cada vez más del anestesiante elegido.

Si el que manda es el instinto, no hay instinto más fuerte que el de supervivencia. El instinto amo del hombre se resiste a morir y por eso todo lo que tenga que ver con la muerte debe ser ocultado, acallado, negado.

La pésima noticia que habría que darle a la cultura reinante es que el hombre, en tanto animal no es libre de las leyes naturales y así aunque reniegue de Dios, del Rey, del Estado, hasta del Otro, inevitablemente sucumbirá en la muerte. Para el superhombre nietzscheano aceptar este error de base no es poca cosa. Implica poner en duda casi todo aquello en que basó su vida. La muerte lo deja como al Hamlet de Shakespeare, con la calavera en la mano dudando si es mejor luchar o dejarse arrastrar por ella, pensando que si se conociera el mas allá, dormirse en la muerte no sería tan malo, creyendo que es esa ignorancia esencial la que lo hace cobarde y lo obliga a las fatigas de la vida.

Pero ¡basta de teoría! Como mi única intención al escribir esto es ayudar al que está de duelo, tema al que vuelvo, no solamente porque forma parte de mi paisaje actual, sino también empujado por el dramático pedido de auxilio que me dejó Gabriela – a quien no conozco- en los comentarios de DUELO Y POESIA.

Para de verdad acompañarlos en sus sentimientos, les voy a dar mi experiencia personal con las aceptaciones más arriba mencionadas.

Respecto de la primera que implica vivir siendo conciente de la mortalidad, me ha costado muchos años de yoga y de práctica religiosa intensa. Antes de iniciar ese camino vivía arriesgándome en demasía probablemente en una búsqueda inconciente de la muerte. Dicen que el soldado que primero sale de su trinchera para enfrentar al enemigo lo hace movido por el miedo que padece, el cual le resulta insoportable. Así parece un héroe y resulta ser el más cobarde. La muerte en cuanto obsesión se había transformado en un abismo que me atraía.

El camino seguido me hizo avanzar por la contracultura, sufriendo aislamiento y crítica dura, pero auténticamente me salvó la vida, evitando que me embarcase demasiado en la locura humana de éxito y acumulación dando espacio a un mayor disfrute de las cosas simples, gratuitas e intangibles que la vida ofrece.

La segunda me sigue costando. El no aceptar del todo lo finito de los afectos, limita trágicamente mi capacidad de amar. Decía Enzo Ferrari que nunca podía querer demasiado a sus pilotos porque sabía que existía una alta posibilidad que se matasen corriendo, como de hecho sucedió muchas veces. A mi me pasa lo mismo con todos. El temor a la devastación por la muerte de un ser querido me hace amarlo con reservas y ello está claramente mal, me impide la felicidad de una entrega total. Sigo a mi medio siglo trabajando en ello.

La tercera la acepté plenamente. Creo que uno hace todo lo que hace para buscar la paz de conciencia que otorga saber que se hizo todo lo posible, tal como lo explico en la poesía “VACIAS”. A veces por el contrario me asalta la duda si en esta búsqueda no hice de más, si en caso de haber hecho algo menos, hubiese acortado el sufrimiento. Imposible saberlo. Ser conciente que estos esfuerzos son siempre relativos también me ha servido para vivir mejor, evitando exageraciones muy comunes a la hora de referirnos a medicina preventiva y recaudos de seguridad vital.

La cuarta me está dando un trabajo importante. Siento que definitivamente me he quedado huérfano y esa orfandad me pesa. Estaba muy cómodo en mi rol de hijo y hoy no hay forma que lo sea. Resignificar los roles restantes: padre, esposo, amigo, para llevarlos a sustituir el rol perdido no es nada sencillo. Algo de mí quiere seguir siendo hijo y no tengo de quien. Estimo que mucho mas difícil será para quien no tenga a mano otros roles a resignificar.

Y finalmente para que tanto Gabriela como todos los que están de duelo no se crean ni por un minuto que mi duelo es una caminata en el parque, les voy a confesar que la quinta aceptación me tiene desvastado. No solo no acepté sino que me resisto como gato panza arriba a siquiera intentarlo. Es que en este punto la aceptación aguarda detrás de la puerta del DOLOR.

Dolor de ausencia que es continuo, cotidiano, que aumenta con el paso del tiempo, que se dispara con cada cosa material que se compartió, que acecha en una foto, o en un video o en cualquier lugar. Dolor que se potencia en fechas como ésta, donde un horrible sentimiento emerge de las tripas de rabia- impotencia- envidia-, hacia los semejantes que pueden festejar mientras a uno le toca llorar en el cementerio.

Este dolor de ausencia aparece tan poderoso que lo vivo como una amenaza destructora que llega a poner en duda mi capacidad de soportarlo. Entonces actúa el ya nombrado instinto de supervivencia y vivo posponiendo el momento de hacerlo, el momento de aceptar que mi madre no estará NUNCA MÁS. No hacerlo no es gratis. Por el contrario tiene un costo tremendo: me deja muerto en vida. Para que las cosas que me pasan, buenas y malas me lleguen, tengo que volver a la vida y no se puede volver a ella sin salir del duelo.

Hace unos días vi una película impecable pero terrible, protagonizada por una joven mujer, como habrá tantas, victima superviviente de la guerra de la ex Yugoslavia, que se llama “La vida secreta de las palabras”. Recomendable sólo para los fuertes de estómago ahí se puede ver hasta qué extremo llega un ser atormentado para negar un duelo que en el caso de la protagonista es múltiple.

Inspirado por un diálogo casi final de esa película, un oscuro cercano día en que me sentí realmente mal en la casa que vivió mi madre, escribí la poesía que sigue, la cual expresa dónde estoy parado.

Enrique R. G: Momigliano
18/10/2009
Día de la Madre

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Published in: on octubre 19, 2009 at 1:22 am  Dejar un comentario  

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