LA SOCIEDAD DE LA NIEVE… Nuestra Oportunidad


la sociedad de la nieveLA SOCIEDAD DE LA NIEVE … Nuestra Oportunidad
Por Enrique Momigliano

La oportunidad estaba ahí, sólo tenía que tender mi mano, pero todavía dudaba. Se me presentaba como en aquella magnífica escultura que la representa como a una mujer corriendo con alas en los pies, mechones de cabello colgando de su frente y totalmente calva en la nuca. Mujer por lo tentadora, pies alados por lo veloz, cabellos en la frente porque hay que tomarla ni bien se vislumbra y calva en la nuca para significar que si uno se demora y la deja pasar es inútil perseguirla, porque no habrá de dónde asirla.

Con esta magnífica escultura había sellado mi amistad con Gonzalo, aconsejándolo en una dura encrucijada a partir de la cual nos hicimos inseparables hace ya más de veinte años.

El primo de Gonzalo, de nombre Daniel es un sobreviviente de la tragedia de los Andes, allá por 1972, historia a la que siempre fui sensible por diversas razones. Entre ellas no pesan poco el hecho que sus protagonistas tuvieran casi mi misma edad y que apenas el año siguiente (agosto de 1973) me tocase estar en situaciones de riesgo con mis compañeros en las montañas de Bariloche, durante un muy mal organizado viaje de egresados.

Ahora estaba alojado durante un viaje laboral en el Hotel Radisson – Victoria Plaza como aún me gusta llamarlo – frente a la Plaza Independencia de la probablemente ciudad más cercana a mi corazón: Montevideo y su Ciudad Vieja. Ciudad que entre tantas vivencias personales maravillosas, albergó el desarrollo de esa fantástica novela “La Tregua” de Mario Benedetti.

“Daniel te quiere conocer” me había dicho Gonzalo y yo dudaba. Dos décadas y media después, recontactar ese dolor no me causaba ninguna gracia. El prejuicio tenía su influencia: ¿de qué hablar? ¿Cómo preguntar lo impreguntable? ¿Cómo hacer que mis propios miedos no se hicieran evidentes cuando lo mirase a los ojos?

Accedí, gracias a Dios accedí.

Nos encontramos los tres en el bar del lobby después de la cena, eran las nueve de la noche de un largo día laboral. Daniel no estaba cómodo, al fin y al cabo tendría los mismos miedos que yo. Yo, que ni siquiera había podido ver completa la película “Viven” y que ni se me había ocurrido comprar el libro homónimo, lógicamente lo hice sentir peor con mi primer comentario que, paradójicamente quiso ser amable.

Dije: “Mirá, no quiero escuchar una sola palabra acerca de la antropofagia ni de lo que hicieron para sobrevivir, contame qué aprendiste allá arriba, abandonado del mundo y cómo hiciste para volver a vivir aquí con nosotros”.

Sin siquiera sospecharlo había formulado la pregunta que los 16 sobrevivientes contentarían diez años después en el libro “ La Sociedad de la Nieve”, la misma que la sociedad de aquí abajo está por fin ansiosa por preguntar.

La incomodidad de Daniel necesitó de dos atados de cigarrillos y la de los tres de una botella entera de whisky para dar lugar a una charla imperdible. Creo que aprendí más sobre la condición humana en esa noche que en mis 40 años bien vividos hasta entonces. No estaba con un sobreviviente, estaba con un sabio al que la vida, a edad temprana y con el infalible instrumento del dolor, le había enseñado lecciones preciosísimas acerca de la muerte, la amistad, la humildad, la entrega, la solidaridad, la comunión, la religiosidad, la espiritualidad, el sentido de la vida; todo junto y en dos meses y medio.

Se hicieron las cuatro de la madrugada y ninguno se quería ir. Me despedí a desgano con la excusa de mis reuniones laborales del día siguiente que empezaban a las nueve.

Imposible pegar un ojo, imposible concentrarme al día siguiente, imposible calmar mi ansiedad, la cual se tradujo en una insoportable presión sobre Gonzalo para que provocase una segunda reunión. Ella tuvo lugar y afortunadamente muchas más.

El libro “Viven” lo leí recién hace dos años mientras esperaba angustiado los partes médicos de terapia intensiva en las tantas internaciones de mi madre. Sorbía fuerzas en cada párrafo para vivir lo insoportable. A “La Sociedad de la Nieve” le llegó el turno este año para ayudarme a hacer el duelo por su partida.

Delante de mis ojos en estos años, desde aquella mágica noche montevideana, y llenándome de alegría, cada uno de estos sabios se reconcilió a su manera con su historia, la Fundación fue una realidad y las charlas se han multiplicado. Alguien allá arriba debe haber dicho que es tiempo para ellos de sanar este dolor, transmitiendo lo que aprendieron, que repito es invalorable – mucho más a los 20 años- , y que también es tiempo para nosotros, los que no estuvimos en 1972 en el Valle de Lagrimas ( así se denomina el lugar de la tragedia), para despertar, acoger esta historia sin prejuicio alguno y para aprehender y aplicar su enseñanza, a fin de dotar a esta sociedad tan cómoda y frívola de un poco, tan sólo un poco de la humanidad que reinaba en “la sociedad de la nieve”.

El 30 de abril a las 19 horas en la Sala Julio Cortázar de la 35 Feria del libro de Buenos Aires, estos maestros estarán presentando el libro y próximamente se estrenará el documental internacionalmente premiado “Vengo de un avión que cayó en las montañas” – título que toma la frase escrita por Nando Parrado en la nota que, atada a una piedra, le arrojó por sobre un río al arriero chileno, promotor de su rescate-.

Darnos cita en la Feria y ver el documental puede ser un excelente punto de partida, un tomar por los cabellos a la tentadora, veloz y esquiva oportunidad, como tuve la fortuna de hacer aquella lejana noche en el Victoria Plaza.

Para quienes quieran contactar a la Fundación Viven les dejo su dirección electrónica:
www.fundacionviven.org

Y el sitio del documental es www.strandedthefilm.com

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Published in: on abril 20, 2009 at 7:24 pm  Dejar un comentario  

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