REGENERACIÓN… Un tributo a San Clemente del Tuyú


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El Agua, primero el agua. Si es verdad que fuimos peces, mi ADN se encarga permanentemente de recordármelo. Nunca fui capaz de poner en palabras el placer que me invade al nadar entre las olas, o al flotar bien mar adentro. El Mar, turbulento, impetuoso, impregnándome de sal y dejándome creer que por un rato lo puedo desafiar. Distinto todos los días, me entrego a él, juego en él y guerreo en él, todo el tiempo que mi edad y el clima me van permitiendo. Me dejo limpiar por fuera y por dentro y mi aura es mas clara cada vez que el cansancio me devuelve a la orilla.

El Viento que de brisa se hace ráfaga y luego arrasa todo y vuelve a ser brisa, visitando en el mismo día todos los rincones del cuadrante. Rebelde, imprevisible, me sorprende y condiciona. Hoy sopla cálido, tanto que no deja respirar y mañana será sudeste obligando al abrigo. Papini dijo que para elevarse el hombre necesita ponerse de rodillas. El viento me hace sentir pequeño, a diferencia del mar que me acoge como a un viejo amigo, el viento me pone los limites, me muestra su territorio y como a un dios , uno le ruega que no se enoje mucho, porque sabe que su ira puede ser mortal.

La Arena, cálido refugio de mis pies, mullido colchón a la hora de la siesta, mágica arcilla de interminables juegos infantiles. Su monótono ocre invita al descanso tanto como su línea húmeda invita a caminar. Siempre ahí, siempre igual, pasiva, femenina, poniéndole limite al ímpetu del mar. Lo recibe y aplaca y le sirve de apoyo y sostén formando una pareja perfecta, en pugna constante pero necesitándose profundamente.

El Sol abrasador cuya presencia imploro a diario, solo para después jugar a las escondidas a ciertas horas con remera, sombrilla o protector. Dorador de mi piel, fortalecedor de mis huesos y tibia caricia de amaneceres y atardeceres espectaculares. Compañero de todo, nunca pude “tomar sol”, siempre vino conmigo mientras hago de todo, especialmente contemplarlo desde las aguas que para mi bien, se ocupó de entibiar.

La Visión de horizontes, amplia sin obstáculos. El paisaje es tan inmenso que nunca se abarca por completo. Y así se amplia mi mente, mi alma, mi conciencia. Todo foco se pierde porque su sinsentido se revela de inmediato. Aquellas cosas que ayer nomás me obsesionaban al punto de hacerme perder el sueño y el hambre, ante tanta inmensidad, caen de su erróneo pedestal y se pierden en su autentica insignificancia.

La Noche especialísima. Alcanzo apenas a atisbar la sensación que describen los viajeros de a camello sobre la mágica noche en el desierto. La oscuridad profunda, muchísimas mas estrellas de las que puedo imaginar y el murmullo de un mar invisible y omnipresente. Tampoco puedo describir el placer de una noche cálida, espalda en la arena, descubriendo constelaciones.

El Silencio de pueblo chico junto al mar. Aunque la temporada sea un éxito, este es un lugar tranquilo, de gente que viene a descansar, el ruido se limita a dos lejanas cuadras. Casi un oasis para un amante del silencio en una sociedad cuyo vacío interior se lo hace impedir constantemente. Empezó con aquello de la música funcional y hoy tenemos radio, música o televisores o los tres juntos en cada lugar público, incluso en los ascensores. Pareciera que el libertinaje reinante acepta y necesita una sola prohibición: la de escucharse a si mismo, para lo cual el silencio ambiental es requisito. Hay largas horas del día y de la noche donde el único ruido es el arrullo del mar. El encuentro con uno es inevitable. No siempre grato pero siempre necesario. No hay enfermedad o neurosis que no comience con la supresión de este encuentro. Y superado el dolor o la sorpresa inicial, este encuentro empieza a dar sus curativos frutos.

La Armonía como suprema expresión de la belleza. Hoy se piensa que la acumulación de cosas bellas o su exageración es más belleza, sin darse cuenta que la belleza reside en la armonía. Tanto lo bello y deseable como su ausencia, si están en equilibrio son perfectos. ¿Qué seria de dos notas sin el silencio que las separa? Pocos buscan la armonía y sin advertirlo caen en el grotesco. La armonía de este lugar la creo Dios. ¿Quién sino le cierra el paso al huracán, hace que la sudestada no inunde todo, y envía un perfecto amanecer siempre después de un espectacular atardecer? ¿ Quien sino mantiene a esta nave espacial con todos encima, viajando a una velocidad fantástica, entre miles de cuerpos celestes sin desintegrarse contra ellos? Y esa armonía divina nos inunda a todos, sin que nuestra pequeñez u obstinación puedan evitarla. Es asombroso pensar que son las mismas personas las que hoy se ayudan a armar una carpa, plantar la sombrilla o socorrerse en el mar, quienes mañana se insultarán, agrediéndose con su vehiculo en pleno centro porteño. Y ver a la criatura humana conviviendo en paz, eso si que no es poca cosa, es como para hacer un largísimo festejo.

Lamentablemente estamos tan distraídos cuando hacemos aquello a lo que nos dedicamos que el foco nos hace perder la visión de conjunto y del paraíso llamado Tierra que Dios nos entregó. Entonces creamos un infierno invivible en el que, cual gallo ciego ignoro todo y lo dejo al otro relegado al único lugar de objeto susceptible de expoliación, mientras lucho denodadamente para evitar serlo. Por eso, más que bueno resulta imprescindible ganar altura, elevar la conciencia y mirar distinto, para advertir el cuadro del que somos sólo, pero nada menos que una pincelada más. Esto que es tan difícil en Buenos Aires, es casi espontáneo e inevitable aquí, por todos los motivos que intenté torpemente bajar al papel.

Y el Tiempo se pasa e irremediablemente debo volver. Pero vuelvo sano, vuelvo limpio, vuelvo bello. Y vuelvo amando y vuelvo sintiendo, en paz con la vida y conmigo. Sólo para dejarme destruir una vez más por la despiadada sociedad que supimos construir. Para que el loco entorno vuelva a despertar mi lado oscuro, a exacerbar mis peores pasiones, a enfrentarme con mis semejantes, a recordarme al miedo y al odio como inspiradores de mis actos. A sumergirme en una locura colectiva, soportable apenas por la certeza que al cabo también de un tiempo, que parece interminable, llegará el mes de octubre y con él, mi conteo final de cada semana hasta el día de partir nuevamente a éste mi Santuario, para volver a renacer, a regenerarme.

Será por eso que hace más de treinta años que lo hago y seguramente será también por eso que lo seguiré haciendo hasta el esperado y anhelado día en que mi mal aprendida “reinserción social” no sea ya necesaria, pudiendo quedarme a mis anchas, aquí muy cerca de mí, dejando que me sorprenda el final.

Enrique Momigliano
23 de enero de 2009

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Published in: on marzo 16, 2009 at 1:53 am  Dejar un comentario  

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