EL ARA BAHÍA PARAÍSO AÚN NAVEGA

 

EL ARA BAHÍA PARAÍSO AÚN NAVEGA

Día de la Armada con sus tripulantes de 1982

Si mi poesía A VOS me llevó por caminos insospechados, parece que mi libro COMBATIMOS se proponer hacer otro tanto, mucho más rápido y mucho más lejos. Cuando todavía no me había repuesto de la emoción de presentarlo en el stand del Ejército Argentino en la 43 Feria del Libro, fui invitado a celebrar el Día de la Armada junto a la tripulación que fue a la guerra embarcada en el transporte polar ARA Bahía Paraíso. Parece que mi plan de reconvertirme en poeta para vivir una vida solitaria, ermitaña y contemplativa, está teniendo sus tropiezos. Aprendí con los años – seis décadas algo me han enseñado – a no contradecir la fuerza de la vida, cuando te empuja a un camino, lo mejor es transitarlo, ella sabe más, Dios también.

No me es un barco extraño, para poder incluir la historia vital de Ariel Ramirez en Combatimos leí bastante de su historia, azarosa, valiente y sorprendente. Un día veo en las redes que un programa de radio que suelo escuchar seguido, el de la Comisión Permanente de Homenaje a la Gesta del Atlántico Sur, se proponía tratar la historia del barco invitando a su contador, el capitán de navío Fernando Bernabé Santos y al heroico piloto del helicóptero Alouette 3 embarcado, al teniente de navío aviador naval Omar Busson. De inmediato etiqueté a Ariel y la gente del programa me pide que procure su asistencia al programa. El programa fue un éxito y el encuentro entre piloto y cabo primero absolutamente conmovedor. Así fue como Ariel se integró a este unido y dinámico grupo de tripulantes, cuya alma mater fue hasta su fallecimiento ocurrido en 2008, su capitán de entonces el Vicealmirante Ismael Jorge García, tarea que hoy continúan los mencionados Busson y Santos junto al furriel de entonces, el salteño de Orán, Enrique Lara.

La cita era su lugar habitual de encuentro, la parrilla Olegario de Av Libertador cerca del túnel y el ahora poeta en la Armada que esto escribe, fue lleno de expectativa, con cámara y grabador en el bolsillo, “por si daba para la nota”. Ariel quería que sus camaradas conocieran al irreverente escritor civil que se había atrevido a dedicar unas cuántas páginas a su barco y éste estaba fascinado por la posibilidad de conocer a los veteranos de guerra que habían recuperado las Islas Georgias, rescatado náufragos del crucero ARA General Belgrano y actuado como buque hospital, tras una reconversión a toda marcha, en las Malvinas, siendo venerado casi como un hogar por los fatigados combatientes que tuvieron la dicha de volver en su vientre, al continente tras la durísima batalla.

Confieso que no llegué en un buen momento. El grupo miraba atentamente pero con indignación contenida el programa del canal 13 que por primera vez habló de Georgias. Las falsedades, los datos tendenciosos, el espíritu anti gesta habían puesto a sus protagonistas de un humor pésimo, por lo cual mi llegada fue respetuosa pero fría, estaban en otra cosa.

Los entremeses bastaron para unas muy breves palabras sobre el libro, varios apretones de mano demasiados recios para la mía y un esfuerzo para recordar nombres y caras a fin de asociarlos con solvencia a posteriori.

El segundo movimiento consistió en tomar ubicación en la mesa. Aliviado por la compañía del médico psiquiatra participante del libro Dr. Federico Raimon, con quien ya hemos compartido algún asado en casa de Ariel, me senté junto a él pero en un sitio inconveniente. La guerra es ensalzada por quien nunca estuvo en una, conserva ella así su mito romántico y heroico y oculta su parte terrible, las consecuencias de la violencia desatada. Sin embargo no todos los que van a la guerra se ocupan de matar y de morir, hay muchos que se ocupan de cocinar, administrar los recursos, celebrar la santa misa y atender a los heridos. Se podrá decir que los primeros sufren la peor parte, es posible, pero los segundos ven el fruto de la acción, lo palpan con sus manos, escuchan sus gritos, sienten su dolor. No se francamente quien debe dotarse de más valor. Y al poeta que buscaba ratificar los conocimientos leídos sobre las operaciones le tocó sentarse junto al enfermero del buque, quien tuvo que atender heridos graves de ambos bandos y lo hizo con una eficiencia y dedicación tales, que muchos tripulantes aún hoy confían ciegamente en sus consejos. Durante una hora estuve sometido al relato de historias que no fui a buscar, que no puedo ni quiero escribir y que forman parte de la guerra tanto como el combate, pero que si le prestásemos atención, jamás por ninguna razón estaríamos a favor de guerra alguna. Son las historias del sufrimiento humano.

Como era de esperar la angustia creciente me hizo comer y tomar de más. La presencia cercana del Furriel Lara me permitió intercalar alguna historia soportable, pero estaba cercado. Los metros de intestino amputados, el tercio de brazo ingles faltante, el ojo colgando del artillero de la corbeta ARA Guerrico, las sondas nocturnas, los códigos para comunicarse con el enfermero cuando hablar es imposible, eran ya intolerables para mi.

A los postres me iluminé. Era una oportunidad única y mi sangre de periodista hervía, lo que estaba escuchando no lo podía escribir y no estaba preguntando lo que quería preguntar. Jamás hare un libro sobre el hospital de Puerto Argentino, el frente más cruel de la guerra, dejo a escritores menos sensibles esa digna tarea. Transmití entonces a Omar Busson mi intención de hacer un pequeño reportaje global, documentando el encuentro, lo que me permitiría conocer un poquito de cada uno de los presentes y darles a ellos la oportunidad de darse a conocer. Temí interrumpir sus charlas, sus anécdotas, su bienestar y entonces prometí ser breve y pedí que todos lo fueran.

Tal como sucedió con las entrevistas para el libro solo uno de ellos cumplió, el resto habló profusamente y a cada uno, con dolor, debí interrumpir su relato. Así y todo los videos que acompañan este artículo duran en conjunto 74 minutos, absolutamente imperdibles todos. Comencé con Ariel Dulce, mi compañero de banco, el enfermero y terminé con Roberto Giusti, el infante de marina jefe de la segunda sección que fue atacado en el helicóptero Puma, en pleno vuelo de desembarco y tras un aterrizaje milagroso organizó el fuego sobre el enemigo, el cual derivó en su rendición aquél célebre 3 de abril. En el medio hubo otras historias difíciles de digerir como la del odontólogo que debió hacer el reconocimiento por las piezas dentales de los cadáveres del crucero Belgrano y otras conmovedoras como la del cabo segundo Jorge Alberto Campozano, camarero de la oficialidad del buque, cuyo padre falleciera en el continente al difundirse la errónea noticia de un ataque sufrido por el transporte polar. Hasta tuve el honor de conocer a un Almirante retirado que en su momento era el oficial de comunicaciones del barco, fue él Fernández Lobe, tío de Pumas, quien me dio precisiones acerca de la operación de rescate de los náufragos.

Me fui a la una y media de la madrugada, sin haber comido el postre pero con la alegría de la tarea cumplida. Es un grupo que requiere contar su historia, lo están haciendo con la ayuda de un joven escritor argentino, esperemos que sus vivencias puedan ser cabalmente transmitidas a las futuras generaciones y a la gran mayoría de argentinos que, aún 35 años después, ignoran la gesta de este buque y su tripulación.

El azar quiso que mi auto estuviese estacionado al lado del de Roberto Giusti y que nos retirásemos al mismo tiempo. Iniciamos al amparo de la noche un diálogo intenso sobre los avatares de la historia argentina y sus personajes, diálogo que espero tener la oportunidad de continuar en otro momento. En un corrillo lejano los tripulantes se organizaban para los homenajes que localidades como Luján y Balcarce se preparan para brindarles.

El ARA Bahía Paraíso, el Bravo 1 (B-1) terminó sus días el 28 de enero de 1989, encallado y hundido frente a la base antártica Palmer de EEUU, ubicada en la isla Anvers del archipiélago Palmer, mientras paseaba turistas por una zona peligrosa para la navegación. Su alma, que son los tripulantes que fueron a la guerra con él, siguen navegando juntos, “en el mismo barco, donde estamos todos” como me supieron acertadamente decir.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 19 de mayo de 2017

Published in: on mayo 19, 2017 at 6:44 pm  Dejar un comentario  

EL BUQUE

 

EL BUQUE

A los 323 centinelas del ARA Gral. Belgrano

En las tabernas de los puertos de los mares del sur,

los canosos viejos marinos con arrugas de sal,

cuentan una historia de coraje desbordado,

por amor a una bandera que lleva en su faz,

el sol, el blanco de la niebla y el azul del mar.

De Bahía Blanca zarparon aquellos valientes,

tantos como mil noventa y tres supieron contar,

en un veterano imponente acorazado,

los guía Bonzo capitán seguro y sonriente,

quien solo viviría para la gesta relatar.

El irse a pique antes que rendir el pabellón,

debajo del puente reluce como profecía,

a fines de abril en Ushuaia alistado,

presto a zarpar al encuentro de flota de Albión,

agresora de nuestra insular soberanía

Bouchard y Piedrabuena son escoltas del coloso,

Gurruchaga el aviso que resta en reserva,

Rosales es el buque de combustible cargado,

por ruta distinta el portaviones va presuroso,

en pinza de ataque al enemigo que observa.

Son chilenos aviones que ubicación informan,

interrumpen la carga del combustible que baña,

obligando a lavar cubierta acorazada,

mientras sumergidos piratas muy raudos navegan,

hacia el viejo buque revestido de hazaña.

Es que no cuenta con las armas antisubmarinas,

que resistir al nuclear asesino permitan,

sabedor de otras guerras, en ellas equipado,

ignora la silente persecución peregrina,

son ojos de los escoltas quienes se necesitan.

En alerta rojo durante el curso nocturno,

de un ataque abortado por falta de viento,

que impide el despegue de aviones armados,

alentadoras noticias tuercen el rumbo diurno,

proa a la base trae tregua al pensamiento.

Ya termina en un gris de silencio esa tarde,

y el mar al oscuro preanuncia la tormenta,

por flanco de estribor ahora desguarnecido,

viaja raudo y sumergido el tubo que arde,

a las cuatro hace blanco y la muerte presenta.

El compañero quince metros de proa arranca,

el mar se apresura a inundar al crucero,

huyen los escoltas por tercer tiro atacados,

y escora el buque en silencio que espanta,

humeante y oscuro es laberinto artero.

En una hora enseñará al cielo su quilla,

se irá hacia el fondo con carga tan preciosa,

de bravos marinos vueltos héroes consumados,

cuya muerte jamás será derrota que humilla,

sino excelsa ofrenda a su Patria gloriosa.

Un reguero de balsas lo observa conmovido,

y el ¡VIVA LA PATRIA! al océano desafía,

pese al desamparo en temporal desatado,

por más de cien kilómetros por el viento barridos,

azotados por las olas que los baten a porfía.

Casi al filo de la noche del día que sigue,

con heridos a cuesta y de frío ateridos,

por fiero coraje de sus camaradas alados,

hasta agotar combustible el vuelo prosigue,

el avión que al buscarlos no se dio por vencido.

Sus escoltas y el aviso al rescate llegan,

desafiando tormenta, noche y al enemigo,

del océano los alzan marinos extenuados,

un abrazo, un plato, una frazada allegan,

restañando el naufragio con amante abrigo.

El Belgrano, ayer Fénix ahora es historia,

narrarán su memoria sus marinos rescatados,

del buque afortunado sin pabellón rendido,

que se hundió en mar helado con carga de gloria,

de trescientos veintitrés patriotas abnegados.

.

Dicen los taberneros que en noches muy oscuras,

de mar calmo y sin niebla ellos logran atisbar,

un crucero imponente todo iluminado,

con marinos formados en cubierta de altura,

y pabellón argentino que no cesa de flamear.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 23 de abril de 2017

EL MAL EN EL OTRO

EL MAL EN EL OTRO.

Todos llevamos un lobo adentro, el cual a veces duerme, otras molesta y en algunas ocasiones, incentivado desde afuera por efecto contagio o por propia interna y ancestral presión, se convierte en intolerable. Aúlla día y noche, muerde y remuerde, embiste y desgarra y nos convierte la propia vida en un  infierno. Cuesta mucho aceptar que dicho lobo nos pertenece y que si ha despertado y nos ataca es responsabilidad puramente nuestra. Entonces, la solución que el hombre ha puesto en práctica, desde Abel y Caín ha sido la de externalizarlo, proyectarlo y ponerlo en el otro. Siempre surge algún iluminado que sabe indicarle a los demás quién es el otro que se ha hecho merecedor de encarnar al colectivo  y molesto lobo nuestro. En general se trata de alguien cuya eliminación conviene casi con exclusividad al iluminado manipulador. Como cada uno mal soporta al lobo propio, acepta de buen grado el mensaje y tampoco lo analiza demasiado, le urge deshacerse de él y poco le importa si el destinatario está representado por una palabra tan genérica e imprecisa cuyo significado no entiende (ejemplos sobran: sinarquía, oligarquía, comunismo, fascismo, populismo, imperialismo, eje del mal, terrorismo, terrorismo de estado, clericalismo, laicismo, etc). Cual mansa manada los manipulados producen en forma rápida la mágica transferencia. Así el mal se instala en el otro y a cada uno de quienes han logrado transferir a su lobo propio, se instala la pureza. Uno ya está en paz, la vida no solo se ha hecho más soportable sino que uno logra mirarse al espejo y sentirse orgulloso de sí mismo, porque ya no carga defecto, ni culpa, ni responsabilidad alguna. Todo el mal reside en el otro, ese otro indefinido pero corporizable, ese otro inentendible pero sospechable, ese otro inabarcable pero imputable. Erigidos entonces en puros, portadores de todas las virtudes, defensores de todas las justicias, libres de todo mal, quienes han transferido exitosamente a su lobo ahora pueden verlo y descargar sobre él todo su odio, el que  cuando estaba en su interior supo merecer con sus molestos aullidos, embistes y desgarros. Libre de culpa, el puro desenvainará su espada para dar por fin, fin al mal. Entonces comienza la guerra, toda la guerra, cualquier guerra, la vieja y conocida guerra, la misma desde Abel y Caín.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Viernes Santo, 2017

Published in: on abril 14, 2017 at 12:01 pm  Comments (1)  

REGRESO

REGRESO

Y cuando me sentí vulnerable,

volví a buscarte tan carente,

por vieja senda inexorable,

sin pasado, honor ni presente.

Necesité de tu presencia,

de tu mirada tan lejana,

de tu amor desde la ausencia,

abrazando mi vanidad vana.

Con tu cercanía fue que pude,

arrinconar todos mis terrores,

con tu amor en mi fue que supe,

enmendar a todos mis errores.

Cerré mis ojos en cada noche,

y vi los tuyos en los míos,

olvidé en sueños los reproches,

espanté de mi alma los fríos.

Pleno del coraje que me diste,

caminé camino de victoria,

y si tú ni siquiera lo supiste,

mi triunfo es solo tu historia.

Que brilla en mi alma en luto,

Que anhela un día ser mía,

Que alumbra mi rostro enjuto,

Que es mi única alegría.

El aplauso nada me importa,

ni logra inmutarme la fama,

pues sigue mi vida tan absorta,

por la tuya cuando la reclama.

Vive por el día en que no cree,

que corras a ella ilusionada,

espera por el día que no ve,

que la abraces enamorada.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 8 de abril de 2017

Published in: on abril 9, 2017 at 12:16 am  Dejar un comentario  

COMBATIMOS, UN SUEÑO DE 35 AÑOS CUMPLIDO

 

 

La vida del escritor está llena de palabras, propias, ajenas, de origen conocido, de origen ignoto, armoniosas, discordantes, comunes, extrañas, amadas, odiadas, pensadas, soñadas, inspiradas, forzadas, escritas, omitidas, repetidas, subrayadas, tachadas, frías, emotivas, en minúsculas, en mayúsculas, en títulos, en subtítulos. Pero llega un día, increíble, maravilloso, soñado, inmerecido, inesperado, en que la infinita danza de palabras cesa por completo. Y el escritor busca y rebusca pero no encuentra ninguna, todas le parecen pobres, escasas, endebles, injustas, mínimas, ínfimas, para expresar el torbellino de emociones que lo atraviesa. Entonces, tras una larga lucha con el vocabulario, se da cuenta que la vida, esa misma vida que tantas veces lo llevó a renegar de ella, a odiarla, a maldecirla, le ofrece de su generosa mano, una flor. Una flor sanadora cuyo aroma le dice que todo valió la pena, que hay un camino aunque él no lo vea, que desde muchos lados visibles e invisibles lo guían y apoyan. El escritor reconoce que se ha quedado sin palabras. Deja la pluma, reclina su fatigada espalda en la silla, entorna los ojos y mientras ruedan por su cara tímidas lágrimas de una profunda alegría, olvida el decir y se concentra en sentir. Por su mente, como una esquiva gaviota vuelan los versos de Nervo:

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 22 de marzo de 2017

 

Published in: on marzo 22, 2017 at 10:13 am  Dejar un comentario  

EL AUSENTE VERANO

EL AUSENTE VERANO

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen

SI- Rudyard Kipling 1895

Amado Nervo agradecía el ensueño, César Vallejo amo a una mujer por él creada, Antonio Machado escribió sus mejores poesías para alguien inalcanzable, Petrarca amó a Laura quien nadie supo quien fue. Y yo que no soy nadie, tuve el privilegio de ser por ti amado y es a ti a quien escribí mis mejores versos, únicos e irrepetibles porque pude hacerlo mientras soñé contigo.

La capacidad de soñar, despierto, dormido, escribiendo o como sea, es inherente a la naturaleza del poeta. En general y ratificado por Darío Grandinetti en El lado oscuro del corazón 2, poeta es aquél que no se conforma con la realidad que vive, que no le alcanza y que no encuentra mejor salida que inventarse una. Esa construcción imaginaria suele ser tan perfecta, tan ideal, tan hermosa y seductora que resulta inevitable para su arquitecto preferirla a la real cotidianeidad, la que lo molesta porque lo distrae y a la cual intenta por todos los medios, brindarle la atención mínima e indispensable para poder volver cuanto antes a su mundo onírico.

El problema, el desgarro, el drama, la tragedia del poeta ocurre si intenta que su pobre realidad encaje en su sueño, o que éste baje al plano real. La imposibilidad sobreviniente lo amarga, lo devasta, lo deprime y en casos patológicos, llega a ser el duende detrás del suicidio.

Para sobrevivir, el poeta debe, a veces, antes que lo mate, asesinar su sueño.

Quien piense que ello es sencillo es porque nunca logró soñar con la fuerza y el detalle con que lo hace un poeta. El poeta habrá vivido en, desde y para su sueño. Habrá escrito en y desde él. Se habrá identificado una y mil veces con dicho sueño. Por ende matarlo será como matarse un poco.

Tal es la tarea a la que debí abocarme algunos meses atrás. Finalmente y tras unos intentos dubitativos y consecuentemente fracasados, lo logré. Y coseché los frutos de mi crimen, los regalos de la pura y dura realidad que me aguardaban.

Nació el silencio, pero no un silencio creativo, contemplativo, introspectivo sino uno sordo, desolado, frío y aterrador. Llegó el hastío, pero no el que precede a una catarata de letras sino uno interminable, constante y persistente. Y me abrazó la soledad, pero no la elegida para crear sino una de alma, eterna, gélida y mortuoria.

Estoy seguro que la salida del duelo de mi sueño, ese que te alejó de mi, a ti, que quizás jamás estuviste cerca, por lo menos tanto como yo te sentí, será más temprano que tarde, el de volver a soñar. Capacidad ésta que me aguarda, cuando finalice el cruce del desierto en que me hallo.

Así, desértico fue este verano, el que se desliza cada día a su final. Por eso para mi fue un verano ausente porque casi no pude conectar con él. Y cada vez que me forcé a sentarme frente a la hoja en blanco, surgieron poemas distintos, solitarios, dolidos que hablan de un sueño que ya no es. Aunque de a ratos, te siga extrañando.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 17 de marzo de 2017

TEATRO

Son días de tiempo más lento,

sobre escenarios vacíos,

ante más vacíos asientos,

en este teatro tan mío.

De sordos y tardos sonidos,

tras tantas  luces apagadas,

de fantasmas aparecidos,

en mis nostalgias evocadas.

Y no me queda maquillaje,

ni vestuario en que ocultar,

mi triste, pobre equipaje.

Solo me queda mi pluma,

esperando en hoja blanca,

que de ellas, sueñe con una.

Buenos Aires, 16 de diciembre de 2016

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TIEMPOS

Fue oscuro, lo admito,

fue prohibido, admito,

fue secreto, lo admito,

fue extraño, lo admito.

Mas fue hermoso, lo creo,

mas fue necesario, creo,

mas fue divino, lo creo,

mas fue salvador, lo creo.

Yo soy otro después de él,

y tú otra después de él,

nada será igual tras él,

nada será nuevo sin él.

Fue, ¿será cierto que él fue?,

¿no será que él aún es,

silenciado tras lo que es,

niega a aceptar que fue?.

En algún lugar aún es,

quizás en ti aún sea,

quizás en mi aún sea,

más real que lo que es.

Quizás un día sabremos,

verdad que hoy no sabemos,

y allí ambos podremos,

ser lo que hoy no podemos.

San Clemente del Tuyú, 13 de enero de 2017

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MEDIA LUNA

Media luna toda mía,

que tornas de plata el mar,

¿recuerdas cuando traías,

en ese brillo su mirar?

Media luna toda suya,

que vuelas en negro cielo,

¿recuerdas cuando llevabas,

en tus alas mi anhelo?

Hoy desde el mismo punto,

se bifurcan dos caminos,

el uno hasta su seno,

otro hasta mi destino.

Aunque en tu luz unidos,

de cruel nostalgia presos,

en divergentes caminos,

se durmieron nuestros besos.

Y llorando la escena,

del amor en orfandad,

decidiste luna nuestra,

tornar oscura tu mitad.

San Clemente del Tuyú, 19 de febrero de 2017

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CYRANO

Sucedió una tarde en un viejo bar,

mi soledad de lápiz, hojas y vino,

un desesperado quiso perturbar,

con su relato de un triste destino.

Sin pedir permiso llegó a mi mesa,

por su desaliño percibí dolor,

por su mirada plena de tristeza,

supe que el motivo era un amor.

“Poeta” me dijo con amarga voz,

“tú que todo lo puedes con palabras,

hazme un hechizo, se mi mago de Oz,

para que con ellas su alma abras.

Pues se me ha ido, sin ella moriré,

ella es mi vida, mi mejor pasión,

perdido en la noche seguir no podré,

si no vuelve y llena mi corazón.

Enséñame tu arte, yo aprenderé,

o dime unos versos para conmover,

si me haces poeta, yo escribiré,

palabras justas que la hagan volver”

Lo miré a los ojos con desazón,

sentí que su existencia ejecuté,

cuando sacudí mi testa sin emoción,

y a su ruego con firmeza me negué.

Se fue por esas calles desoladas,

a un previsible abrupto final,

y pesó sobre mi consciencia helada,

su cadáver flotando en el canal.

El pobre quiso que fuera su Cyrano,

que mintiese mis versos en su favor,

nunca supo ese infeliz humano,

que Cyrano escribía por su amor.

Que palabras sin sentir son hojarasca,

que jamás podrán ellas enamorar,

que arrendar al poeta jamás basta,

que para hacer poemas hay que amar.

San Clemente del Tuyú, 21 de febrero de 2017

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PERDONABLE

Algunas veces amar es tan fuerte,

que hiere, molesta e interfiere,

en lugar de ser un golpe de suerte,

incluso pedir perdón se requiere.

Es cuando amar no es elegido,

es algo que simplemente sucede,

un amor así no es bienvenido,

pues asusta, irrumpe, agrede.

Será amor que negado no muera,

amor que ocultado se revele,

amor que olvidado se renueva,

amor que combatido se subleve.

Y será una carga muy pesada,

enfrentará cada quien con si mismo,

dudando entre gloria anhelada,

y el miedo al profundo abismo.

Traerá fuertes lecciones consigo,

desnudando hasta propia hechura,

si uno es un temor en abrigo,

o insensato pleno de bravura.

Un amor como él jamás te deja,

en igual sitio donde te hallara,

y en un instante tornará vieja,

la fe que hasta aquí te guiara.

Sin embargo ese tan terco amor,

será tu alhaja más apreciada,

en una vida que siempre es dolor,

aunque perdón pidas a tu amada.

Buenos Aires, 24 de febrero de 2017

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ENSAYO

¡Oh dormir, soñar, morir!

¿será el dulce desmayo,

que nos priva de sentir,

del morir diario ensayo?

¿Podrá ser dulce soñar,

fugaz visión de tumba,

en lo eterno vagar,

cual alma en penumbra?

¿Y si fuera la vida,

abandono del cuerpo,

y vigilia vencida,

el real estar muerto?

Nada sabemos amigo,

sufrir, dudar, seguir,

en senda sin abrigo,

¡Oh dormir, soñar, morir!

Buenos Aires, 7 de marzo de 2017

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DESDE

Desde el silencio inmenso que aturde,

cuando el amor decide abandonarte,

intento una vez más una simple rima,

prueba de mi fracaso en olvidarte.

Desde la soledad voraz que me rodea,

cuando el amor se convierte en recuerdo,

intento una vez más encontrar palabras,

que sepan decirte cuánto sin ti me pierdo.

Desde la tristeza honda que me embarga,

cuando el amor es un duende ajeno,

intento una vez más una llorada estrofa,

testigo de este desierto tan pleno.

Y desde el oscuro espacio me llega,

sin ser pasado ni fiel futura promesa,

cual consuelo que en mi pecho se asienta,

una luz de tu esencia vuelta belleza.

Resigno mi hoja y ella me abraza,

por un instante el sentir tiene sentido,

y vuelvo a saber sin un rastro de duda,

que tu remanso valió el haber vivido.

Entonces retomo mi senda a la muerte,

y me hundo solo en la noche añeja,

y grito de impotencia, dolor y rabia,

mientras contemplo a la luz que se aleja.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2017

Published in: on marzo 18, 2017 at 1:19 am  Dejar un comentario  

TRÍO

Rafael Molini (Armada) Pablo Carballo (Fuerza Aérea) Juan José Gomez Centurión (Ejército), héroes de Malvinas

Rafael Molini (Armada) Pablo Carballo (Fuerza Aérea) Juan José Gomez Centurión (Ejército), héroes de Malvinas

 

TRÍO

Tiemblan cipayos y ladrones,

huye la antipatria espantada,

si se juntan bravos varones,

al ver su bandera amenazada.

“Pasarán solo sobre mi muerte,

pues por ella sé que doy la vida,

y aún el malvado más fuerte,

verá por mí su cerviz rendida”.

Lejano escarmiento pirata,

sabe que hablo duras verdades,

pues llevó en mortaja barata,

su picnic y otras veleidades.

Por ello esconden y recelan,

a héroes valientes argentinos,

los turbios profetas que saquean,

valores, dineros y destinos.

¡¡¡Mas no pasarán mientras existan,

probados corazones que se unan,

y bravos patriotas que los sigan !!!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de febrero de 2017

En el aniversario del natalicio del General José de San Martín, nada mejor que encontrar su espíritu libertador y su coraje sin par en tres veteranos probados en la guerra de Malvinas, cuya presencia entre nosotros tenemos la dicha de disfrutar.

 

Published in: on febrero 25, 2017 at 3:55 pm  Dejar un comentario  

ANTINOCHE

amantescosmicos

ANTINOCHE

En brazos de la desgana empezaba Juan cada día. Un agobio inmenso acompañaba cada abrir de ojos a una nueva jornada y su cuerpo le asemejaba un envase vacío, carente de energía, el cual le insumía horas ponerlo en movimiento. Hasta las tareas mas rutinarias como lavarse los dientes, afeitarse, bañarse, vestirse y prepararse el desayuno le requerían una tremenda concentración y esfuerzo de voluntad, que no encontraba en ningún sitio de su ánima, para llevarlas a cabo. Debía asimismo extremar la concentración ya que de no hacerlo se exponía a incidentes tan ridículos como cepillarse los dientes con crema de afeitar o preparar un intomable mate de orégano.

Recién en horas cercanas al mediodía y tras una larga meditación su mente se aclaraba lo suficiente como para programar las tareas diarias y con el mínimo de energía recuperado en su única disciplina lograba ponerse en marcha. Era empero, una corta marcha. Cerca de las tres de la tarde solía prepararse un almuerzo frugal demasiado bien acompañado con vino, excusa justa para una larga siesta que finalizaba a la caída del sol.

En ese momento la culpa hacía presa de Juan, la evidencia de otro día que se escapaba llevándose consigo sus mejores propósitos, otra vez incumplidos, lo llevaba a ingresar en una frenética actividad que le permitiese justificar su presencia en este mundo. Algún escrito, alguna llamada por un viejo trámite que dada la hora jamás daba con el destinatario en funciones, algún cálculo, alguna puesta en orden, el armado de alguna reunión social, llenaban el tiempo hasta la hora del único compromiso que Juan guardaba puntillosamente: asistir a la reunión diaria con su grupo religioso.

Volvía renovado de dichas reuniones, nunca llegó en verdad a entender el mecanismo ni la causa, pero seguía asistiendo, tan solo para sentir por un rato, día a día, que el vivir aún guardaba algún sentido para él.

Una cena frugal en soledad y una breve consulta a sus correos, de los cuales contestaba casi ninguno, eran los momentos previos a iniciar su nocturna batalla cotidiana contra dos sensaciones infaustas. La primera consistía en prolongar indefinidamente el momento de acostarse. Lo angustiaba la cama helada, la pieza vacía, el silencio, el cerrar los ojos sin dar ni recibir un “buenas noches”. Así perdía tiempo navegando en la computadora, abriendo y cerrando miles de libros, caminando de un ambiente a otro, o demorándose en un horrible programa televisivo. La segunda era el insomnio. Lo había intentado todo y nada funcionaba para él. Bueno, no exactamente nada, casi nada debiera decir, porque Juan hace tiempo que tenía la receta infalible para hacer de la culminación de un día horrendo y sin sentido y de una noche angustiosa, una antinoche, brillante como el sol, pacífica como un prado verde y gozosa como un bosque otoñal: pensar en ella.

Sin embargo, no quería abusar de la receta pues si lo hacía, los que se transformaban en infernales eran sus días, ya que ella pasaba a ocupar sus pensamientos por completo y directamente toda su energía se concentraba en una única labor: diseñar estrategias para verla de nuevo, para hacer su presencia cerca de ella imprescindible, para dibujar una esquiva historia en común.

Utilizada en dosis homeopáticas, la antinoche de Juan era perfecta. Conocía por sus prácticas orientales la forma de salir conscientemente de su cuerpo y lo lograba sin esfuerzo. Juan apagaba las luces, cerraba sus ojos y al poco tiempo de concentrarse veía allá abajo su cuerpo inerte, como muerto en la cama. Sin inquietud alguna por saber que podría volver a animar su materia cuando quisiera o fuese necesario, concentraba su mente en el viaje que lo aguardaba. Raudo como la luz, o aún más que ella, salía de su casa sin abrir la puerta e iniciaba su recorrido. Juan veía las calles desiertas y los escasos peatones y vehículos de esas deshoras pero nadie, salvo algún perro dormido con un solo ojo, notaba su presencia. A su paso por la vereda de la iglesia solía sentir un pequeño estremecimiento, adentro el cura tenía pesadillas y las campanas sin sonar, comenzaban a oscilar en clara amenaza de hacerlo; para ese ámbito era Juan sin duda un alma en pena. Tras cruzar la plaza del pueblo y hacer volar sin siquiera rozarlas a las hamacas llegaba al portal de la casa de su amada. Invariablemente sentía nostalgias del tiempo en que acudía en alma y cuerpo, tocaba el timbre y aguardaba su beso de bienvenida, pero ello era cosa del pasado. Ahora solamente podía llegar de noche y desprovisto del humano ropaje. Atravesaba la puerta y de inmediato se ocupaba de calmar a esos malditos gatos que lo veían plenamente, los perros se despertaban pero no alcanzaban a formar en su mente imagen alguna de él. Subía las escaleras hacia su dormitorio y se paraba junto a su lecho. Ella, bella como ninguna, dormía plácidamente con el rostro apenas asomado del acolchado, su frente serena, su cabeza apoyada en una almohada casi vertical y sus ojos ocultos tras los párpados.

Juan aguardaba, sabía que el resto estaba a cargo de su intenso amor. Al cabo de un tiempo, variable por cierto de vez en vez, la vibración amorosa irradiada por Juan obtenía respuesta. Ella abandonaba su cuerpo y vibrando en igual intensidad y frecuencia se paraba frente a él. No hacían falta palabras, una leve sonrisa, unos ojos bellísimos en otros ojos amantes y unos brazos acercando dos corazones en un abrazo anhelado.

Se fundían, eran uno, y volaban en un mundo creado por ellos, irreal para todos los demás, pero concreto para los amantes. Sus cuerpos, inertes en sus lechos respectivos, llegaban a percibir la intensidad de la atracción, los estertores de la agonía amorosa, las delicias del orgasmo espiritual.

Saciados, extasiados, conmovidos, trémulos como dos partes de un todo que se niegan a escindirse, los encontraba la aurora y con una tristeza profunda, más veloces que la luz, ella y Juan ocupaban sus cuerpos nuevamente.

Nadie sabía, nadie sospechaba, nadie podía probar nada. Solo ellos, los amantes, felices y plenos por una antinoche, la cual más que seguramente convertiría al día que empezaba en una insulsa y molesta resaca. Y a los siguientes en una añoranza que invitaba a repetir la ebriedad.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 25 de enero de 2017

Published in: on enero 25, 2017 at 2:59 am  Dejar un comentario  

LIBÉLULA AZUL

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LIBELULA AZUL

La descubrió mi hijo anoche en la pieza a oscuras. Estaba posada en el marco de aluminio de la puerta ventana, aun dudando si le correspondía o no entrar en dicho ambiente. Al menor atisbo de contacto ingresó. Encendí la luz principal y se dirigió rauda a revolotear en torno a ella.

“Flor de helicóptero tenés aquí” dijo Facu

“Es una tonta, se acerca a la luz para morir en ella” respondí yo.

Le apagamos la luz en la esperanza que se dirigiese al exterior por la ventana abierta de par en par, pero eligió permanecer adosada a la pared de mi cuarto. Tras la cena fui a verla y aun permanecía allí.

No me agrada dormir con animales, excepción hecha de mis perros, mucho menos con insectos, cuyas intenciones desconozco. Por ende, antes de acostarme para dormir o por lo menos intentar hacerlo, diseñé una estrategia para deshacerme de ella.

Encendí la luz del velador ubicado en mi mesita de luz, una reconvertida botella de Johnnie Walker, etiqueta roja que heredé de mi padre, a fin de atraerla a una altura por mi alcanzable. Ella respondió al estímulo y se acercó a revolotear sobre la lámpara, aún carente de pantalla.

Fue en ese momento en que entró en escena otro actor, con fines inconfesables, pero suponibles. Benji, dotado del horror a todo lo que vuela, como escribió Machado en Las Moscas, se dispuso a cazarla, hecho que le valió una rápida expulsión de mi dormitorio.

Finalmente ella se posó en un lugar fuera de mi vista. Comencé un lento y delicado proceso de remover todos los objetos que atiborraban mi mesa de luz, llámense libros, cargadores, celulares, rosario, monedas de vueltos varios, etc., hasta poder verla.

Allí estaba, temblorosa intentando adivinar mi próximo movimiento. Toda su hermosura desplegada. La larga cola azul, el pequeño cuerpo del mismo color, las alas transparentes pero esbozando una similar tonalidad y esos ojos enormes, azules también, mirándome fijamente.

Le acerqué un libro azul de poesías de una escritora dolorense que debo devolver, en la esperanza que se trepase al mismo y asi poder trasladarla hasta el balcón, a fin que siguiese su ruta al aire libre. Ella trepó a la tapa del libro pero a poco de hacerlo adoptó una conducta inesperada.

Me miró fijamente, se elevó con un acelerado batir de sus cuatro alas y se mantuvo suspendida en el aire sin separar sus ojos de los míos. Se me acercó despacio, muy despacio y cuando alcanzó la altura de mi cara, me esquivó por arriba y se dirigió nuevamente a la luz principal de la pieza, que había encendido para ubicarla. Ya no revoloteó en torno a ella sino que se ubicó casi dentro de la misma, ocultando todo lo que pudo su longilíneo cuerpo, apenas el extremo de su cola permaneció visible.

Estaba sin duda decidida a quedarse allí.

No tuve más remedio que describirle con lujo de detalles a mi compañera de cuarto y de vida, que al menos por esa noche tendríamos compañía.

Su diagnóstico fue errado: “Es un alguacil, no hacen nada, apaguemos la luz y se irá en busca de otro foco”

Ni era un aguacil ni aceptó retirarse por la ausencia de luz.

La noche, para mi, fue larga e incómoda. Me desperté varias veces, me levanté otras tantas, pero sin embargo los ratos dormidos, fueron de sueño profundo.

Al amanecer, la claridad entrante por las hendijas de la persiana me despertó una vez más. Ya no pude volver a dormirme y me quedé en silencio, acostado, dejando a mis pensamientos vagar por mi mente. Había olvidado por completo a mi alada compañera de cuarto.

La persiana no estaba totalmente baja, quedaban unos 30 cm entre el piso y su borde. Haciendo gala de una elegancia sin igual, la libélula azul, se retiró de su escondite en el aplique lumínico del techo y en raudo vuelo se perdió en libertad, justamente a través de dicho espacio, de un modo y a un tiempo que fuese visible para mi.

Ella eligió su refugio nocturno, revoloteó sobre mis cosas más queridas, me acompañó en la noche y me abandonó de forma que yo lo supiera.

Las libélulas azules suelen ser mensajeras del mundo espiritual y existen mil teorías, muchas de ellas contradictorias, acerca de su positividad o negatividad. Me tienen sin cuidado. Me basta con su efímera compañía y me quedo para siempre con el regocijo que la visión de su extrema belleza, supo despertar en mi corazón.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 21 de enero de 2017

 

 

 

Published in: on enero 22, 2017 at 12:45 am  Comments (1)  

SESENTA

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SESENTA

Seis décadas no solo son,
redondas seis veces diez,
o exactas diez veces seis,
son sesenta, ¡vaya montón!

Cuando de años hablamos,
siempre nos tienta esconder,
un par de ellos para poder,
aparentar que resucitamos.

Es mejor ir asumiendo,
los sesenta ya bien puestos,
y enfrentar bien dispuestos,
el mote que van poniendo.

¡Sexagenario! sin tapujos,
sin vergüenza ni prejuicio,
sin perder el sano juicio,
mucho menos el embrujo.

Son los segundos sesenta,
que conforman un minuto,
y sesenta los minutos,
que la hora siempre cuenta.

Fueron sesenta los años,
necesarios en tu destino,
para trazar el camino,
hasta este cumpleaños.

Estos amigos amantes,
que más viejos ya suspiran,
que más jóvenes conspiran,
son de hoy, ayer y antes.

Al poeta han pedido,
unos versos convenientes,
para hacerse presentes,
en tu festejo querido.

Y decirte con euforia,
¡Gracias querido amigo!
por convertir en abrigo,
sesenta años de historia.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 10 de septiembre de 2013

Published in: on enero 12, 2017 at 9:27 pm  Dejar un comentario  

NAVIDAD CON MI PADRE

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NAVIDAD CON MI PADRE

a Enrique el alpino que apenas pude conocer

Será porque me pasé casi todo el año leyendo y escribiendo sobre una guerra, viviéndola en la piel y relatos de nuestros veteranos, que me encontré contigo en tu peor herida. Fue la guerra que te obligó al exilio, empujado por tus padres para que por lo menos un vástago sobreviviese. Y fue ella la que te hizo sufrir océanos de impotencia ante el hambre que ellos pasaron, la muerte de tu padre, la imposibilidad de tu hermana de poder trabajar por cuestiones tan fútiles como su raza y la enfermedad de tu madre. ¡Cuánto debes haber sufrido la distancia!. Si a mi, que estaba a media hora de auto, los tres años finales de mi madre me resultaron un infierno, casi no puedo imaginar tu dolor. Fue la guerra que se llevó en las montañas la vida de muchos de tus amigos y parientes, enrolados con los partisanos y resistiendo la infame ocupación nazi. Fue la guerra que condujo tíos, tías, ancianos ya, primos y sobrinos, niños todavía, al horror de holocausto que cínicos de todas las latitudes aún se empeñan en negar. Fue la guerra la que te separó por siempre de tu tierra y que te hizo morir aquí, anegado de añoranzas y atragantado de silencios. Asomarme a ella, a sus héroes, a su víctimas inocentes, a sus sobrevivientes, a su inmensa tragedia te hizo presente como nunca.

Será también porque un día, buscando no me acuerdo qué, en un viejo ropero del PH que fue tu hogar por tan solo un año, que tu viuda, mi querida madre, conservó en perfecto estado por 38 años sin ayuda ( aún no se cómo) y que es hoy mi tan extensa biblioteca y estudio, di con tus borceguíes militares de alpino. Al mismo tiempo, cosas de la vida, aparecieron los discos de los coros alpinos que ya no tengo donde escuchar, pero que me llevaron a buscar en la red todas sus canciones. Aquellas que cantabas con tus amigos los domingos en mi casa natal de Temperley, mientras devorábamos la pasta preparada con sumo esmero en la noche anterior y rodaba de mano en mano la botella de vino Chianti en esa canastita de mimbre que tanto me fascinaba. Las mismas que un día te vi escuchar lagrimeando en el teatro Coliseo, cuando los alpinos vinieron de Italia a dar un concierto. Las mismas que años después, muchos, vaya si fueron muchos, una noche en San Clemente me sorprendieron desde la casa vecina, justamente para Navidad. Un colega tuyo había invitado al chalet de al lado a sus viejos camaradas del batallón de esquiadores.

Será quizás porque en este año, en razón del libro Combatimos estuve cerca de un general argentino, veterano también él, Martin Balza y para mi sorpresa se reveló como montañés. Como si ello fuera poco, contó en la presentación de su libro que estuvo en Italia en contacto con los alpinos y relató que un personaje polémico nuestro llamado Juan Domingo ( como ves, aún me cuesta nombrarlo) también anduvo por tus pagos, esquiando con los alpinos ya que era montañés y que por ese motivo la escuela militar de montaña de Bariloche, lo honra en su nombre.

Será a lo mejor que en pocos días cumplo 60 años, el último cumpleaños tuyo que festejamos ya que el siguiente ni siquiera me dejaron ingresar a saludarte a la terapia intensiva que te cobijó por unos escasos días más. Ese último año lo disfruté, gracias a Dios sin saber que sería el postrero. Nadamos juntos en el mar y me enseñaste a manejar el milquinientos, me regalaste tu reloj y me dijiste que “ya era un hombre”. ¡Todo lo que me faltaba para serlo!. Vivir tu edad te hace cercano y revivir tu adiós me trae la certeza de nuestro reencuentro. No estamos lejos, nunca lo estuvimos, pero el calendario me dice que la espera se acorta, de hecho por aquí abajo no parece quedarme demasiado por hacer, es cierto que a esta edad uno empieza a sobrar y ello nos hermana en tus lágrimas del cine de Lomas, cuando nos llevaste a ver Adios Mr Chips.

Pero por si algo faltaba para hacerte tan presente a lo largo de este 2016, fue encontrarme en la librería de San Clemente con tu escritor y poeta favorito, el amigo Cesare Pavese. Nunca pude leer los libros que están en casa, el piamontés pertenece a mi niñez y a falta de practicarlo lo he olvidado por completo. Ya se que me vas a decir que no es lo mismo leerlo en italiano y mucho menos en castellano, que la doble traducción le altera su esencia y todas esas razones que comparto. Pero quería acercarme a él, necesitaba saber porqué era tu favorito, porqué lo amabas sobre tantos otros clásicos y famosos que bien se que has leído y disfrutado como el Dante. No tardé demasiado en descubrirlo. Nacido cerca tuyo un año antes, tuvo una infancia, adolescencia y juventud que se me ocurre similar a la tuya. Y sus recuerdos afloran y los pone en papel en plena guerra. El también sufrió la muerte de sus amigos en batalla y vivió, hasta su suicidio en tu Turín natal, acosado por la culpa del sobreviviente. A mi me bastó con unir las fotos que conservo de tu juventud italiana con sus palabras de LA PLAYA para imaginarme tus recreos en el mar, tu grupo de amigos, tus noches de vino y canto. Todo me cerró, sus giros idiomáticos, algunos incluso mal traducidos son textuales los que mi oído infantil atesora de tus charlas con la nonna Attilia, mucho más campesina que tú, alegre y sabia. Hacía 50 años que no me encontraba con esos dichos, esa forma de hablar, de relatar, que solo proviene del Piamonte. Y sin embargo me fueron tan actuales, tan frescas, tan hermosas con un soplo de mi tiempo mejor. Ese, en el que estábamos todos y reíamos juntos. Sus relatos de las viñas, de las casas, de las fiestas, de las travesuras de muchachos, de las torpes primeras cercanías con las mujeres, las buenas y de las otras, me portaron retazos inconfundibles de vuestros cuentos, mitos y leyendas que les facilitaban la presencia en Temperley de las aldeas montañesas. El tiempo escaso no nos dejó que alguna noche borrachos me contases tus andanzas, las necesité imaginarlas, lástima no haber dado con Pavese traducido mucho tiempo antes, me hubiese hecho la tarea mucho más sencilla. Es tan piamontés que lo leo y te veo, lo recreo y te siento, hay un aire a “paese” cada mañana que me enfrasco en su lectura que me parece compartir con él hasta mi ADN. Y por si nada de lo dicho fuese suficiente, te encantará saber que escribe tan pero tan parecido a como lo hago yo, desde la tripa, el sentimiento, el desgarro, la vivencia que quien nos lee a ambos hasta podría pensar que lo he tomado por maestro. Pareciera que el sentimiento es casi patrimonio italiano y vuelvo a ti, ¡Cuánto te debe haber costado permanecer en silencio tanto tiempo, hablar poco por las dudas, ocultar tus ideas! Pavese no solo te trajo, me abrió la mente para entender los escasos 13 años que la vida nos dejó compartir. Seguiré buceando en sus escritos, para conocer mejor tu Italia, esa que ya no existe, pero que ustedes me enseñaron a amar. También para encontrarte en cada párrafo, para verte actuar en tu mejor edad, la que nunca llegaste a relatarme.

Por eso esta noche, babbo querido, esa silla vacía, esa maldita silla que estuvo vacía durante 46 años y que me hizo aborrecer las Navidades se me ocurre que estará más llena que nunca, de tus años ocultos, de tu guía insustituible, de tus cantos alpinos y de tu sonrisa, la misma que extraño pero que sin embargo cierro mis ojos y veo…… cada día.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2016

Published in: on diciembre 24, 2016 at 5:25 pm  Comments (3)  

AL FILO

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AL FILO

Juan apagó el motor, se reclinó sobre el volante y se quedó escuchando el silencio, el que le trajo la preocupante arritmia de su transido corazón. No recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. Una opresión incómoda se había instalado en su cabeza y sus ojos henchidos de lágrimas querían explotar. Juntó fuerzas, empujó como pudo la puerta y con un sobrehumano impulso se bajó de su viejo auto gris sucio, estacionado frente al edificio costero donde vivía. Al verse parado sintió sus piernas pesadas e inútiles, su cabeza dolorida y mareada y su pecho agitado, le costaba respirar, el aire parecía esquivar sus pulmones. Una duda lo asaltó mientras se apoyaba contra el auto: ¿era así el fin? ¿era posible que se estuviera muriendo?. En realidad por dentro ya estaba muerto, solo faltaba que su cuerpo acompañase a su alma en el viaje final. ¿A qué título preocuparse entonces?. Lentamente comenzó a transitar los metros que lo separaban de la puerta de entrada al edificio, procurando no tropezar porque sabía que no podría levantarse solo. Cada tanto recuperaba el equilibrio esquivo tocando la pared. Estaba atardeciendo pero aún había luz solar, el día se estaba terminando, lentamente, como él. No quiso verse en ningún espejo, presentía que tenía un aspecto horrible y nada le haría comprobarlo. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada, el ascensor lo llevó en un viaje interminable al sexto piso. Solo pensaba en recostarse y dormir, dormir, dormir, una eternidad y si no despertaba, mucho mejor. Pero ¿podría dormir con semejante angustia a cuestas?. Mientras subía se dio cuenta que necesitaba mucho más llorar que dormir. Es difícil llorar solo, le vino a la mente el crudo relato de un amigo que en un trance parecido había llorado ante el espejo, nada más que para tener compañía.

Adentro lo esperaba su perra que como siempre que llegaba de una ausencia, por pequeña que fuese, se alegraba y en compensación por haberse quedado sola le pedía con insistencia unos breves instantes de juegos. La miró con sus ojos tristes y le dijo con culpa : “Hoy no, realmente no puedo”

Pensó en distraerse con la computadora, llegó a encenderla pero todo le supo a nada. Una amarga acidez le envolvía no solo la boca, sino que parecía una ameba que se había apoderado de todo. Los oídos le zumbaban, la vista no le respondía y moverse le pesaba. ¿Qué hacer?

Tomó un vaso y lo llenó con el whisky que quedaba en una botella a la cual su médico le había prohibido volver. Lo vació de un trago en la esperanza que el profundo ardor desplazara al sinsabor.

Fue hasta el balcón y contempló al sol hundiéndose en el horizonte, un pensamiento lo atrapó. “¿Estaré mañana aquí para cuando vuelva? ¿realmente quiero estar?” Para su horror comprobó que no quería, que no le encontraba sentido alguno a vivir un día más.

La mente retomó un sendero peligroso. “¿Se tardará mucho en caer desde aquí? ¿será una muerte segura? ¿ y si quedo inválido?”. Un gemido lo sacó del laberinto. Inquieta como nunca, su perra, entre sus piernas, se desvivía por llamar su atención. Agitada, rascándole la pierna con la pata delantera, lo miraba con ojos que querían salirse de las órbitas.

Molesto por haber sido interrumpido, Juan asumió que la perra necesitaba salir. En cámara muy lenta, le puso la correa y bajó con ella. Cruzó la calle y se dirigieron a la playa en penumbras.

El espectáculo que se abría delante de ambos no podía ser más hermoso. El único sonido que rompía el silencio era el de las olas, a lo lejos avanzaba la línea de la noche y partía el cielo en dos colores: un celeste que empalidecía y un azul profundo que crecía. Una bandada de gaviotas revoloteaba sobre la arena buscando el bocado de cena y las nubes se pintaban de un magenta que, segundo a segundo, crecía en intensidad. Las estrellas, pocas todavía, empezaron a colgarse del cielo y la arena, despeinada por el viento, se iba oscureciendo a sus pies.

Juan, que tantas veces, en ese sitio y a esa misma hora, había hasta llorado de la conmoción por la belleza, esta vez la miraba frío, ausente, lejano y la sentía como parte de un mundo al que él ya no pertenecía.

Decidió hacer una pausa. Trepó a un médano, el más alto, sentó a su perra a su lado y la abrazó. Fue en ese instante en que la ola de angustia que portaba y que lo estaba destrozando por dentro, ganó la batalla, tomó la plaza y lo sometió por completo. Juan lloró.

En silencio al principio, con incontenibles lágrimas luego, con profundos y continuos sollozos después. Nadie podía escucharlo, solo su perra, que estoica soportó el abrazo, cada vez más fuerte, y las lágrimas que generosamente bañaron su negro lomo.

Nunca sabrá Juan cuanto tiempo estuvo llorando, solo sabe que cuando se detuvo ya era noche cerrada sobre el médano y que para su sorpresa respiraba bastante mejor. Sintió por vez primera el frío nocturno y la humedad de la arena, el zumbido de sus oídos había dado paso al arrullo del mar y su corazón latía de un modo sereno e imperceptible.

Fue en ese instante que tomó Juan consciencia que la tormenta había pasado. Fue allí que supo, con total seguridad que había soltado, que LA había soltado. A ella, ¿a quien sino?. Si, había soltado, dejado ir, aceptado, hay mil maneras de decirlo pero una sola de sentirlo. La que Juan sentía, en el frío médano, abrazado a su perra negra.

Ella, la dueña de todas sus alegrías, de todos sus versos, de todos sus sueños, de toda su labor ya no le habitaba. Su alma volvía a ser suya solamente y él volvía a habitarse. ¡Qué extraño parecía!

Curiosamente ningún reproche osó molestarlo, tampoco tristeza alguna. Se sintió raro, pero una dulce sensación de felicidad comenzó a vivir en él. Juan se sintió agradecido.

Dos años atrás había sido bendecido por una tregua inesperada, por un amor conmovedor el cual desde el mismo principio supo que era imposible de llevar al plano de la realidad concreta. Contó los frutos y no eran pocos. Había vuelto a creer en el amor, había podido escribir acerca de él y le había sacado ese infausto mote de triste que resignado le había colgado. Como si ello no bastara, en ese proceso su propia reconstrucción psíquica había tenido lugar. Había sido amado como nunca antes y eso le podía hacer creer que valía, que era digno de ser amado, que el amor no era ya esa prenda esquiva destinada siempre a otros, nunca a él.

“Vamos Pety” dijo alegre, mientras se levantaba, con las lágrimas secadas por el viento y unas renovadas fuerzas que lo llenaban. Lo esperaba la noche, pero no le temía. Necesitaba un buen descanso para pensar mañana como seguir caminando de a uno. Además, quizás, tan solo quizás, aún en libertad, podría soñarla.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 1 de diciembre de 2016

Published in: on diciembre 1, 2016 at 2:15 am  Comments (1)  

ALGUIEN

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ALGUIEN

Detenido y alelado,

por el asombro invadido,

enfocando a mi pasado,

una verdad he bienvenido.

Tan difícil fue el camino,

y he caído tantas veces,

en feas trampas del destino,

quizás merecidas con creces.

Mas siempre he sobrevivido,

del abismo volví más fuerte,

nunca fui un arrepentido,

ni un detractor de mi suerte.

No han sido capacidades,

que me hubieron levantado,

sino que en profundidades,

por alguien siempre fui amado.

¡Alguien!

Alguien quizas jamás sabido,

que me ame bien en secreto,

o por alguien muy conocido,

un maestro en ser discreto.

Alguien que me lleva en sueño,

que suspira entre mis versos,

de quien jamás seré el dueño,

ni compartiré placeres tersos.

Si Dios fuera suena lejano,

mis ancestros ya se han ido,

es amor terco y humano,

la verdad que he bienvenido.

No se como me sostiene,

de alguna forma me levanta,

cual huracán él sobreviene,

y toda angustia espanta.

Si tú eres jamás lo digas,

la magia podría romperse,

tu amor que tanto abriga,

en un instante disolverse.

A ti que siempre en mi siento,

guía, amparo, senda, faro,

a mis espaldas firme viento,

en noche fea consuelo raro.

Mi corazón agradecido,

en letra torpe mal rimada,

a tu amor inmerecido,

debe su vida restaurada.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de noviembre de 2016

 

 

Published in: on noviembre 27, 2016 at 4:59 pm  Dejar un comentario  

RECUERDO

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RECUERDO

¿Me recordarás?

En aquella nuestra mesa,

gozando la espera,

disfrutando tu llegada.

¿Me recordarás?

Escribiendo en soledad,

el poema del encuentro,

que mañana leerás.

¿Me recordarás?

En el café de siempre,

al llegar apurado,

por no hacerte esperar.

¿Me recordarás?

En aquél muelle soleado,

con la mirada infinita,

cobijado en tu amor.

¿Me recordarás?

Al poder llorar mi dolor,

solo por el amparo,

de tu tranquilo mirar.

¿Me recordarás?

Todo escucha y compasión,

atento a tu caminar,

descubrir, vivir y penar.

¿Me recordarás?

Sabio, cura, terco, loco,

quizás corto cuentista,

también poeta un poco.

¿Me recordarás?

En la música del verso,

en la letra de un canto,

en el silencio del llanto.

¿Me recordarás?

En la página del libro,

que es mío y tan tuyo,

que firmé sin creer.

¿Me recordarás?

En los sueños partidos,

violados, asesinados,

mas jamás abandonados.

¿Me recordarás?

En mi despedir tan triste,

del incierto reencuentro,

del mañana inasible.

¿Me recordarás?

En mi fe inquebrantable,

en esperanza absurda,

de la fuga imposible.

¿Me recordarás?

Como te recuerdo siempre,

cuando yo solo aspiro,

a ser en ti un recuerdo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 26 de octubre de 2016

Published in: on octubre 27, 2016 at 12:36 am  Dejar un comentario  

DESPEDIDA

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DESPEDIDA

Arrebatado al cielo,

desde formación gloriosa,

en casi vertical vuelo,

rompe escuadra hermosa.

Y se pierde en las nubes,

alto albo escondrijo,

alabean al que sube,

venia en cabina sus hijos.

Sordo ruido de turbina,

sin lágrima ni quejido,

coro de adiós que trina,

por el capitán partido.

Huérfanos en el suelo,

de su luz hemos quedado,

más será su largo vuelo,

faro que nos fue legado.

Varela era su nombre,

y El Trucha su apodo,

Héroe, as, siempre hombre,

un patriota sin recodo.

Ya se funde el fantasma,

por los cielos de bandera,

mientras su estela plasma,

rumbo de turba malvinera.

Quiera el buen Dios un día,

prepararnos el reencuentro,

en hangar de alegría,

con El Tordillo en el centro.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 15 de octubre de 2016