SILENCIO

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SILENCIO

Porque agoté mis palabras,

y mi valor para sufrir,

Porque cerré mi cuaderno,

y mi corazón al sentir.

Porqué huí de tu vida,

y también de la mía,

Porque elegí el infierno,

de vivir dia a día.

Porque hundí al pasado,

junto a todo futuro,

Porque troqué en invierno,

mi amor más puro.

Solo puedo ofrecerte,

desde este frío rincón,

un desolado, sempiterno,

silencio sin emoción.

Silencio tan extraño,

de tí tan completo.

Por días tan tierno,

de luces repleto.

Otros silencio asesino,

de angustia cargado,

como reproche eterno,

en dolor anegado.

.

Otros silencio apacible,

de ansiado alivio,

de desierto yermo,

de fúnebre lirio.

¿Será silencio el mío?

¿o será sordo grito.

de amante enfermo,

sin voz, sin escrito?

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de junio de 2015

Mario Benedetti escribió que el olvido está lleno de memoria. Pues bien, el silencio está lleno de palabras y para otros de notas como le sucedió al célebre Ludwig.

Published in: on junio 29, 2015 at 12:50 pm  Comments (6)  

PUNTO DE ADIOS

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PUNTO DE ADIOS

El aire se heló, casi tanto como la sangre de Juan. Vio como el río cercano súbitamente se volvió gris, tan gris como el cielo. Y para su asombro cada color se desvaneció.

Ella hablaba frente a él, mesa de por medio, pero Juan ya no la oía. Pensaba. Caía en la cuenta de la inmensa tragedia que, frente a sus ojos, acababa de suceder. Aún no sentía, era demasiado doloroso para permitírselo.

Mientras ella seguía hablando, a veces hecha una furia, otras una máquina de calcular, otras retorciéndose de un dolor que él percibía como de alma, pero que ya tenía signos evidentes de coprometer partes de su cuerpo, él la observaba en silencio. A veces hasta le faltaba el aire y se deshacía cada tanto en suspiros y ayes que se mezclaban con palabras que Juan no captaba. Eran apenas un murmullo indescifrable, un mar de fondo, un ruido de estación en hora pico, no tenían ningun sentido porque ya para Juan entenderlas solo implicaba aumentar un dolor que de a poco lo iba atenazando.

Se preguntó si de verás era ella. ¿Como podía ser ella hablando así? Fría, pragmática, dolida, vengativa, capaz del mayor daño y olvidada de toda poesía. ¿Como podía él haber estado enamorado cuarenta años de una mujer así?

Se maldijo en silencio una y mil veces por haber ido a ese encuentro. Pero ¿como negarse?. Si los encuentros con ella habían sido durante los últimos tres lustros la única bocanada de aire fresco, de renovación sanguínea para creer en la vida, para reafirmar su compromiso con el amor, para seguir volando en alas de su escritura. Juan sintió que de algún modo se lo debía y aún intuyendo a lo que se exponía, accedió

Ella estaba intentando separarse y le había pedido ayuda para pensar el asunto.¿Qué ayuda podría darle él, justo él, que moría por ella? Juan veía a todo intento de ser objetivo como vano, a todo consejo posible como pleno de interés y a toda colaboración como destello de su irrefrenable amor.

Las así llamadas “generales de la ley” eran demasiado poderosas en este caso, demasiado plenas para Juan, como para soslayarlas.

En algún momento pensó que sería necesario llamar a la ambulancia de lo mal que la veía. Pálida, con los labios casi azulados, los puños crispados y jadeante. Hizo el vano intento de serenarla hasta que empezó a darse cuenta que él también se sentía mal. El salón que los cobijó en tantas charlas memorables giraba en su cabeza, el nudo sempiterno de su vientre se hizo marinero y lo atenazaba con fuerza, las piernas le empezaron a temblar. Tenía que poner fin a ese malhadado encuentro cuanto antes.

No podía decirle lo que pensaba, porque si ella le hacía caso, él no estaba seguro de poder hacer aquello que tras su duelo, ella le pediriá y a él se le haría inevitable. Si hoy estaba en un dilema, con ella fuera de su relación , Juan enfrentaría un dilema aún peor. Su malestar tenía un solo nombre: miedo atroz.

Juan le debía su mejor lección. Por ella Juan sabía lo que era amar, contra toda razón, contra toda lógica, contra toda esperanza. Estaba agradecido. No era poco vivir enamorado, aunque fuese tristemente enamorado, distanciadamente enamorado, imposiblemente enamorado. La vivencia del amor es única, casi milagrosa, un don azaroso que nos lleva sin pausa a la mejor persona que podemos ser. Juan quería ser esa persona, pero solo lo lograba con ella. El otro Juan, tan terrenal, tan pragmático, tan bien adaptado al sistema, tan racional era, para el mismo Juan, un ser deleznable.

El solo se amaba cuando amaba y solo la amaba a ella, desde su quince años.

Entonces ¿qué lo detenía? ¿Porqué no la manipulaba para que se separara, él transitaba el mismo camino y vivía finalmente el amor que merecía y sentía?

Miles de razones que más se parecían a miles de excusas lo detuvieron durante el tiempo transcurrido desde el fortuito reencuentro. No le era nada fácil a un herido, refugiado en la vida estructurada, romper todo por amor. Para hacerlo, para enfrentar el enorme costo, tantas veces visto en otros, de una separación, debía estar plenamente seguro. ¿Pero seguro de qué? De su amor por ella, lo estaba hacía cuatro décadas. Su vieja herida le hacía dudar del amor de ella por él.

Existía, pero él no podía asirlo, comprenderlo y peor aún, no podía sentirlo.

¿Se siente el amor de otro? Juan no tenía idea, esa lección, la de ser amado, jamás la había vivido. No porque nunca lo hubiesen amado, quizás porque Juan nunca se había detenido para dejarse amar. Se le hacía demasiado difícil entonces reconocer el amor de ella, quien prudente y sabiamente, se había, en caso de existir, empeñado en disimular sin alejarse, en mantener sin desbordarse, en expresar sin dejar a la pasión tomar ningún control. Hasta seis meses atrás.

En un lugar inesperado y de un modo sopresivo a Juan lo habían amado. La maestra de esta segunda importantísima lección, la de ser amado,  había sido otra mujer. Y por supuesto era justamente la mujer inadecuada, detrás de la cual correr no solo era imposible, sino suicida. Nada de eso importaba, le había mostrado a Juan qué acontece cuando una mujer ama con el alma. Juan se había sentido rodeado y abrazado por ella día y noche, invadido en sus sueños, acompañado en su labor, inspirado en su piel hasta tornarse una obsesión. Juan debió luchar y lo hizo denodadamente contra este huracán de pasión que amenazaba seriamente con arrastrarlo, debió detenerse en el borde de cien locuras, debió romper mil cartas, debió abortar diez mil llamadas. Hasta que el huracán, tan imprevistamente como comenzara, cesó y lo dejó a Juan con una sola pregunta: ¿porqué ella no me ama así?. Jamás lo habría resistido y de seguro todos los costos de su camino le habrían parecido insignificantes.

Juan tuvo una certeza, una de las pocas que en sus años aprehendió. Nada hay más fuerte que el amor y nada es tan bello y trascendente como amar y ser amado.

En su universo gris y con ella enfrente, atravesada por el dolor y hablando aquello que ya no le importaba, vio ante sí su situación. Y comprendió que había llegado al punto del adiós.

Solo valía romper su refugio de estructuras, su armado contrafóbico, sus “deberes ser”, si amaba y era amado, si ambas vías, milagrosa y obra de nunca sabrá de quien, se materializaban con la misma persona. No era su caso con ella. Si ella lo amaba, no lo era del modo que él necesitaba, cada día un poco más. Vio entonces que su amor era triste, que había sido triste por casi toda su vida, que si bien le había alcanzado para sobrevivir, ya no le bastaba.

Pero había más. Parece ser que cuando las revelaciónes suceden, lo hacen en grupo. Ella amaba profundamente al destinatario de sus diatribas momentáneas. La fuerza de su odio, el destello de sus planeadas venganzas, su reducción monetaria del desprecio, el rabiar de su impotencia, solo eran muestras acabadas de la intensidad de su amor. El amor humano, ese amor en minúsculas, del cual somos mendigos y dadores, víctimas y victimarios, ladrones y robados, tiene dos caras, de valor equivalente, como las monedas. Una es aquella que llamamos amor y la otra es ineludiblemente el dolor. Quien ama sufre o arriesga sufrir, son indisolubles.

El torturante encuentro llegó a su fin y bajo un cielo plomizo Juan y ella se separaron. Solo Juan sabía a ciencia cierta que era el final.

Unas semanas más tarde, le daría por toda explicación a Claudio, su amigo de la adolescencia, el principal y casi único testigo de su amor, acerca del punto del adiós evidenciado, la siguiente frase lapidaria e irrefutable..

“ Ella no es capaz de odiarme así” dijo desde su gris y vacío presente.

Tan solo quedaban algunos detalles a resolver por Juan. Decírselo a ella causando la menor herida posible, ver de donde provendría el aire para respirar el resto del camino, intentar construir algo posible con aquello que aún quedaba en pie en su íntimo entorno y creer que en algún rincón podría estar esperándolo algún tipo de poesía para recobrar alas e intentar nuevamente volar, o amar, que es casi lo mismo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 12 de junio de 2015

Quizás sean huellas en la arena lo único que dejemos por aquí, aun amando y siempre llegará un día en que el mar habrá de borrarlas.

 

Published in: Sin categoría on junio 12, 2015 at 1:44 am  Dejar un comentario  

EN POS DE TI

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EN POS DE TI

Mi juventud te buscó,

en las vulvas ardientes,

en los senos turgentes,

en rostros sonrientes,

mas no estabas allí.

Mi adultez te buscó,

en el cariño lento,

del familiar contento,

del procrear atento,

mas no estabas allí.

Mi pánico te buscó,

en el orar austero,

de un claustro severo,

de rogar lastimero,

mas no estabas allí.

Mi ensueño te buscó,

en el verso rimado,

de poeta aislado,

de escribir pasmado,

mas no estabas allí.

Mi urgencia te buscó,

en un otro cualquiera,

que fuese a mi vera,

que tambien padeciera,

mas no estabas allí.

Mi madurez te halló,

esperando paciente,

en mi centro doliente,

que hoy grita ferviente,

¡AMOR, estabas allí!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de mayo de 2015

Con el tiempo entenderás que el mejor camino es hacia adentro, que lejos de aislarte te hermana con todos y que nada necesitas de nadie porque has venido a dar y no a recibir. Lo único que debes hacer es encender tu luz, una vez que lo hagas, el camino vendrá corriendo a tu encuentro y los demás, amigo, los demás también.

Published in: on mayo 21, 2015 at 4:58 pm  Dejar un comentario  

UNA HOJA CAYÓ

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

UNA HOJA CAYÓ

Escenas de una fiesta que pensé ajena

Ahí estábamos los dos, con la revista del colegio William Shakespeare en la mano, parados en plena calle Lavalle en esta mañana de otoño con sabor a verano. Yo, un sincero colado – con invitación y todo- en una fiesta que pensaba ajena y él, Dick, en cuya persona se homenajeaba a su madre Mrs. Keller, directora de mi primario y co-fundadora del Instituto San Agustín, secundario hijo del Shakespeare, que está cumpliendo 50 años.

Hace rato que me comunico con Dick y hace rato que lo siento cercano. Le gusta escribir y lo hace muy bien, ama la pesca y disfruta navegar, pero por sobre todo simboliza y conserva ese espíritu único de los Old Shakesperians y me consta que ha hecho y hace esfuerzos para que perdure. Tenía pendiente el conocerlo personalmente, hoy me di el gusto.

En el momento que recibimos la revista, una hoja de las miles que pendían en color ocre sobre nuestras cabezas, decidió caer. Con ignota sabiduría, lo fue a hacer sobre la tapa de la revista que sostenía Dick. Me miró, con esa barba de profeta, tan blanca que hace el deleite de los pequeños, quienes siempre creen tener una visión de Papá Noel, con su calva socrática y sus profundos ojos claros, mezcla de yogui y de poeta, escondiendo tras ambos la chispa de un viejo bribón. Dijo, para mi sorpresa: “la vamos a guardar” y abriendo la revista la puso entre sus hojas, trayendo a mi presente la memoria de los muchos libros de mi madre, de los cuales, infaliblemente al abrirlos, supo caer una marchita flor.

De entre los tantos egresados presentes, que por supuesto todos conocen a Dick, solo uno se acercó a saludarlo, mientras charlaba conmigo. Se trataba de María Cristina Valle, a quien al punto me presentó como poetisa y artista plástica. Sostuvimos una brevísima charla que concluyera con la promesa de entregarme su libro.

Ayer dudé si hacerme la escapada hasta Temperley porque me sentía un colado. Nunca fui al San Agustín. Dicen que el hombre es el único animal que sabe cuando va a morir. Fue cierto en el caso de mi padre, al menos. El quiso dejarnos a mi madre y a mí, viviendo en Capital, cerca de la universidad y en un colegio con ingreso directo a ella. Mi secundaria fue así en el Carlos Pellegrini y mi padre partíó cuando yo empezaba segundo año. A Dios gracias, pudo más el deseo de ver a Margie Rubio, hija de Miss Winnie, viva aún en mi corazón de alumno, que viajó especialmente desde el cordobés Tanti para el evento. Por otra parte, desde mi regreso, tras cuarenta años de ausencia, conservo amigos por la zona y ellos iban a estar presentes.

No me equivoqué. A poco de andar di con Liliana Arnaiz y Hugo Suprun, con Alejandra Erdoiz, con Virginia Thomas y su encantadora madre, y la calidez eterna y desbordante de Guillermo Bruno y Mariel Calvi que me recibieron como lo que siento que soy, cada día un poco más: un hijo de la casa.

Transcurrió el acto protocolar en un estallido de colores. Las distintas gamas de las hojas se mezclaban con las coloridas banderas que portaban los elegidos y los uniformes de los Patricios competían con las faldas de los gaiteros escoceses. Y ese estallido cobró sonido cuando Patricios y gaiteros empuñaron sus instrumentos y hasta se dieron el lujo de tocar en conjunto.

Habló sentidamente en nombre de los integrantes de la primera promoción, del año 1970, Silvia Fernández Barrio, a quien muy bien recordaba encabezando mi fila de Canning en el desfile de la fiesta anual del deporte, dando lugar a la emoción que había despuntado con el canto del hermoso himno colegial, construido sobre dos palabras que llevamos a fuego en el alma todos los que transitamos sus aulas: PROPÓSITO TENAZ.

En el mismo sitio, unos años atrás, celebrando los 90 años del William Shakespeare había asistido a la lectura de un relato que nos hizo llorar a todos enviado por Margie, el cual luego formó parte de mi crónica, la que tuve que leer con mi bicicleta roja al lado. Hoy Margie estaba presente y se encaminaba al micrófono.¿Qué diría?

Fue breve y concreta. Agradeció la formación recibida y se dispuso a leer, en su calidad de reciente locutora, unas palabras recibidas en la escuela y que en su propio decir, habían indeleblemente marcado su vida. Para coronar el suspenso se disculpó de que dichas palabras fuesen en idioma inglés. Entre que oigo mal – cosas de viejo- y el parlante que aturdía, se me escaparon las primeras líneas. Al rato caí, como la hoja. Estaba leyendo una poesía. Nunca nombró a su autor y ni siquiera sé si llegó a decir su título. Nada menos que las estrofas de IF (SI) de Rudyard Kipling, ese regalo de mi madre en mi adolescencia, el único poema, de los cientos que coleccionó y que como escribí en este blog hace muchos años, fue mi auténtica hoja de ruta en la vida, comenzaron a ponerme la piel de gallina, a sacudir mis piernas y a dar salida a mis lágrimas. (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/06/17/rudyard-kipling/)

¿Por qué esa hoja eligió la revista de Dick para posarse? Respuesta imposible, tanto como pretender responder por qué Margie eligió ese poema para leer. No fuimos compañeros y el poema nos llegó de manos distintas y en momentos diferentes. Sin embargo, los dos lo elegimos. Y volvimos a coincidir, como lo hicimos antes con nuestros relatos mezclados y como, en lo que nos resta, probablemente lo volvamos a hacer.

Caemos, todo el tiempo caemos. Y sin embargo nada es azar. Podría decir que fue el entorno compartido, el William Shakespeare en común que nos hizo amar la poesía pero nuestras familias de origen son muy distintas, hasta provienen de países diferentes con culturas muy disimiles. Quizás, tan solo quizás, el tiempo sea una mentira, la muerte también y el acto al que hoy asistimos, tenga muchos más organizadores invisibles que visibles, muchos más invitados y colados inesperados que los presentes y sean ellos quienes nos manden señales para que dejemos de lado el miedo y vivamos más plenamente el amor.

Bien puede haber sido Mrs. Keller quien guió a la hoja y mi madre quien de paseo por Tanti del brazo de Miss Winnie le hizo elegir el poema a Margie. ¿No me creen? Sigan leyendo.

Tras los discursos de Guillermo Bruno y del enviado municipal, busqué refugio en una silla para descansar un poco donde, además del cálido abrazo de Sheila MacDermott que atinó a darse una vuelta y me creyó aquejado de soledad, se me acercó la poetisa del comienzo diciéndome que al no encontrarme se le habían agotado los libros y que me lo iba a acercar en otra ocasión. Quedamos en contacto y me despedí amablemente. Repuesto del cansancio en mi circular por los distintos grupos mientras tomaba y me sacaban fotos, di nuevamente con Dick.

“¿María Cristina te dio el libro?” preguntó al verme.

“Se le agotó” respondí.

“Te doy el mío y te lo voy a dedicar” dijo

“Dick, vos no sos el autor” respondí sonriendo.

“No, te doy el libro pero te voy a dedicar la hoja” corrigió.

Y para mi asombro y emoción, sacó la hoja de entre las páginas de la revista, la puso entre las hojas del libro y escribió: “Con cariño y admiración le dedico esta hoja a mi amigo Henry”

El resto es historia conocida, mucho afecto, fotos, brindis, canapés y largas, cálidas y acogedoras charlas en el patio de recreo del San Agustín. Abrazos miles, risas en derroche y anécdotas a montones antes de la promesa de vernos de nuevo y pronto.

Una sola tarea me preocupó toda la tarde. Evitar que la hoja se me cayera del libro

Casi atardeciendo y obsequiado por demás, me fui caminando despacio por Lavalle con el libro bajo el brazo, el alma llena y el corazón en paz. La belleza del otoño deslumbraba por las calles de mi niñez y mi vista, en Lavalle 109, se alzó buscando la rama que me obsequiara la hoja. Había cientos, pero entre ellas, varios colados al acto, que extraño horrores, sonreían cómplices mientras susurraban : “Caemos Henry, nosotros lo hicimos y tú lo harás, procura tan solo hacerlo con sentido”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de mayo de 2015

Me di también el gusto de obsequiar a Guillermo con una vieja poesía mía que anoche al releer consideré justa para la ocasión. Todos nosotros tenemos una historia que es y muchas historias que no fueron. Algunas de todas ellas no fueron por poco, casi pudieron ser. Y cuando pertenecen a esa categoría nos dejan pensando, a veces por años, a veces de a ratos ¿como sería nuestro presente si esas historias hubiesen sido la historia nuestra en lugar de la que fue?. El Instituto San Agustín, en mi caso pertenece a ese grupo. Y no tengo dudas que mi vida hubiese sido muy distinta a la que fue si mi padre no hubiese tomado esa decisión. Por supuesto, no me siento autorizado a erigirme en crítico de mi padre, pero siempre me intrigó fantasear con mi vida sin salir de Temperley, quizás algún día me atreva a emular a Hermann Hesse quien al final de su Juego de Abalorios ensaya vidas posibles de su personaje. Por ahora me contento con volver cada tanto a los escenarios en que la historia que no fue, estuvo a punto de haber sido.

LA HISTORIA QUE NO FUE

La historia que no fue,

es la que no terminé,

porque ¡vaya si lo se!,

es la que nunca empecé.

Y sin embargo ella es,

paralela a la que fue,

pugnando por poder ser,

camino que no abracé.

.

Emboscada en sitios,

de disyuntivas ingratas,

se muestra luminosa,

y a mi hoy maltrata.

Carezco de defensa,

y de huida factible,

cuando me acorrala,

mi historia imposible.

En ella no hay duda,

ni asoma el desgaste,

venciendo el deseo,

exagera el contraste.

Frente al claroscuro,

de la historia vivida,

me encandila el faro,

de aquella prohibida.

¿Cantará la sirena?

¿Es engaño del dueño?

¿Esa historia no sida,

un sueño en el sueño?,

Solo sé que en los días,

cuando reina la tristeza,

la historia que no fue,

es mi alegría y belleza.

Por ello para mi vive,

Y la busco seguido,

En recuerdos y lugares,

En que pudo haber sido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de agosto de 2013

Published in: on mayo 17, 2015 at 2:00 am  Comments (2)  

INCÓGNITA

incognita

 

INCÓGNITA

¿Cómo hacen para amar los que se animan?
¿Cómo se puede amar lo que el tiempo destruirá?
¿Cómo atreverse a amar sabiendo que es finito?
¿Cómo amar ante el triunfo seguro de la muerte?
¿Cómo amar ante el viaje incierto de la suerte?
¿Cómo amar conociendo la volubilidad del ser?
¿Cómo amar sabiendo que para siempre es mentira?
¿Cómo amar sin protegerse del dolor del final?
¿Cómo no preferir amar aquello que parece imposible?
¿Cómo no esconderse tras impostada indiferencia?
¿Cómo no sobre actuar dureza sabiéndose vulnerable?
¿Cómo hacer para desvestirse de la armadura?
¿Cómo amar sabiendo que es dar a otro poder letal?
¿Cómo no odiar en defensa propia?
¿Cómo dejarse amar dudando si es mentira?
¿Cómo dejarse amar sabiendo que puede no durar?
¿Cómo dejarse amar sin poder asir al amor?
¿Cómo se lidia con el amor?
¿Cómo amar sin poseer?
¿Cómo amar sin sufrir?
¿Cómo amar sin herir?
¿Cómo amar sin temer?
¿Cómo dejarse amar?
¿Cómo amar?
¿Cómo?

Y sin saberlo amamos,
y nos dejamos amar,
Y después preguntamos,
¿cómo pudo volver a pasar?

Enrique Momigliano.
Punta del Este, 22 de abril de 2015

El amor nos desafía, nos llena de preguntas y nos cuestiona todas las respuestas. Porque es imposible, sin un salto al vacío como dijo Sartre, porque es vano cualquier intento de comprenderlo desde la orilla de la mente. Se de varios que sonreirán, cómplices, cuando me lean. Pensar y amar son de galaxias casi opuestas y el amor siempre será mucho más fácil de pensar, soñar, desear, escribir que de vivir.

Published in: on mayo 4, 2015 at 4:48 pm  Dejar un comentario  

DON RAMIRO Y SU GLORIA

caballero cabalgando

 

DON RAMIRO Y SU GLORIA

La noche se cerró sobre el jinete y su cabalgadura. Sin luna, nublada y con una tormenta en ciernes. Una gruesa capa de niebla comenzó a bajar. Don Ramiro, pese al peligro, no aminoró su alocada carrera a campo traviesa. Confiaba en Rocín, al que domó de protrillo, tanto como para galopar a ciegas. Además el castillo de Don Leopoldo estaba en una ruta que había transitado muchas veces para enfrentar a los moros en sus tiempos mozos. Aunque apenas viera las crines de su monta al viento, agachado sobre su cuello, no dejaba de espolearla para que ni siquiera pensara en detenerse en busca de un breve respiro. Tenía mucho que hacer y una sola noche de tiempo. Al alba, bien lo sabía, estaría en el paraíso terrenal o en la fosa mortuoria. Blanco o negro, así había sido toda su existencia, sin lugar para cómodos términos medios.

Pese a que llevaba unas tres horas de cabalgata, no sentía ni el peso de la armadura, ni los raspones que su invicta espada toledana cada tanto le causaba, ni fatiga alguna. Solo se quejaba del molesto sudor de su frente que frecuentemente se deslizaba en sus ojos, sin que pudiese alcanzar a limpiarlos.

Debajo del peto de su armadura, otro galope le preocupaba mucho más que la cerrada noche. Su corazón de enamorado latía más fuerte y más rápido que nunca, atormentándolo con preguntas y remordimientos incesantes.

Gloria, su Gloria, había sido descubierta. El intenso sentimiento amoroso que ella le profesaba hacía ya muchos años, pese a ser la fiel esposa de Don Leopoldo, había quedado en evidencia por obra de un sirviente infiel, quien descontento con su ama, en lugar de llevar la carta al lugar en que Don Ramiro solía pasarla a buscar, la había dejado sobre el escritorio de Don Leopoldo. Éste, enfurecido, había encerrado a su esposa en un lugar secreto del castillo, no le dirigía palabra alguna y le enviaba alimentos y agua en raciones escasas, tan solo aguardando un triste y miserable desenlace fatal.

¡Ah! ¡esas cartas! Ellas eran el aire que mantenía vivo a Don Ramiro. Cansado de desengaños, descreído del hombre y del mundo, retirado de la política y las guerras, Ramiro vivía en soledad absoluta y pasaba sus días orando, meditando, contemplando la naturaleza que bullía en torno a su viejo castillo y esperando tan solo el momento de ir al encuentro de cada carta de su amada.

Es muy probable que, de no existir dichas cartas, Don Ramiro ya hubiese puesto fin a sus días o ingresado en un monasterio cercano, para darse por muerto para el mundo, tal como, excepto respecto de Gloria, él sentía que ya lo estaba.

Para que su presencia fuese más notoria con cada carta, Gloria solía, antes de entregársela al mensajero, apoyarla un buen rato contra su perfumado pecho. Ella pensaba que de ese modo y mucho más allá de sus palabras, que solían repetirse, las cartas llevarían consigo la intensidad de sus latidos, entremezclada con el particular aroma de su cuerpo.

¡Y vaya que las cartas sabían cumplir acabadamente con su misión!

Cuando Ramiro las recibía, antes de abrirlas, las sostenía en sus manos y aspiraba profundamente el vaho que exhalaban. Cada vez que lo hacía entraba en éxtasis, cambiaba de dimensión, habitaba el reino del amor. En ese instante, todos sus pensamientos tenebrosos cedían y la vida, el hombre y el mundo le parecían una creación maravillosa. ¡Quería vivir!. ¡Vivir lo suficiente para tener algún tiempo con ella!.

A la noche, a solas y despacio, se detendría en cada frase, meditaría cada párrafo y suspirando tendría el mejor sueño al que un hombre puede aspirar. En las noches sucesivas, las releería y en cada lectura descubriría un pliegue novedoso de la ardiente devoción de su amada.

Pero ahora todo era distinto. Gloria se moría de pena en su ignota celda y a Ramiro no le importaba vivir si no lograba liberarla.

La noche se tornó más cerrada todavía cuando llegó Ramiro al castillo de Leopoldo. Ello devenía en un arma de doble filo ya que si bien nadie vería su acercamiento, le resultaría muy difícil hallar un camino de acceso y mucho más difícil aún dar con la celda donde estaba enclaustrada su Gloria. Dejó a Rocín atado cerca de un arroyo para que pudiese calmar su sed y su cansancio y con paso ágil, envuelto en niebla y sombra, caminó hasta el muro del castillo, devenido en prisión del amor.

Era su noche de suerte. Por algo dicen que el amor, quizás más aún que la fé, derriba montañas. Por lo menos a Don Ramiro lo hizo chocarse con una puerta sin tranca. Conteniendo el aliento y sin poder dominar su corazón que seguía galopando, se deslizó al interior del edificio. Éste estaba tan oscuro como la noche y para peor el castillo de Leopoldo era el más grande de la llanura castellana. ¿Por dónde empezar a buscarla? ¿ Cómo hacer para dar con ella?

En el silencio absoluto, en la oscuridad más cerrada, solo le quedaban a Ramiro el tacto y el olfato para brindarle ayuda. Tocando los muros y tanteando cada paso, el inesperado recuerdo de las cartas lo sobresaltó. Recuerdo que vino acompañado del aroma inconfundible de su autora. Dudó. ¿Acaso habría sido en orden inverso? El olfato es el sentido más cercano al cerebro, los adictos a sustancias exóticas provenientes del oriente lo saben muy bien. ¿podría ser entonces que hubiera llegado primero el aroma de Gloria y éste a su vez traído el recuerdo de las cartas? De ser así , ella estaría cerca.

Don Ramiro se concentró y empezó, como lo haría un perro de caza, a olfatear el ambiente. Lo sintió, ese aroma familiar que tantas veces había sido la puerta al único mundo que deseaba habitar, tocó sus narinas. ¡Si! ¡Debía seguirlo! ¡Era su única posibilidad!

Inspiraba cada cinco pasos, si el aroma aumentaba su intensidad significaba que estaba caminando en la dirección correcta, si por el contrario disminuía, ello evidenciaba su andar errado, tomaba entonces la dirección contraria.

Tras horas de aplicar su recién descubierto sistema, finalmente dio con Gloria. Ella lo esperaba. Cuando sin decir palabra alguna, la tomó en sus brazos para volver al amparo de la oscuridad, hasta Rocín, quien los llevaría lejos; Gloria, con un ademán abrupto tomó y abrigó contra su pecho un manojo de papeles. Eran todas las cartas que le había escrito a Ramiro en el lapso de su cautiverio.

Comenzaba, a Dios gracias, el tiempo de leerlas juntos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 8 de abril de 2015

Algo me pasa con la Edad Media. Cada vez que entro en contacto con ella, en muy diversas circunstancias, no solo me siento más que cómodo sino que me invade una atomósfera de familiaridad inexplicable. Lo vivo como un auténtico regreso al hogar. Pero además es un regreso que me deslumbra, me serena, me retiene y me extasía. Comparto su religiosidad, su profundidad, su romanticismo, su misticismo, sus valores y hasta su forma de medir fuerzas y resolver conflictos. También su supuesto oscurantismo, que para mí, tanto visto desde el rincón de las brujas, como de los monasterios, me invita a sumergirme en sus laberintos. A veces me siento un fuera del tiempo, un embajador de esa época en ésta, con la cual no comparto practicamente nada. La veo superficial, corrupta, materialista, pagana, subvertida y disvaliosa. Y más de una vez me pregunto qué debo hacer en este tiempo ajeno y si de veras vale la pena hacer algo. Dentro de la edad media, la española, desmintiendo mi apellido, me llega mucho más. Quizás sea por ello que cuando en a sesión inaugural del presente año del taller literario EL PRINCIPITO, la consigna de Susana Consolino fue EL AROMA, me propuse dejar vagar mi pluma. Y fue ella, la que muy despacio y con sumo placer me regaló el cuento que antecede. Empezó por los pesonajes que son un mal disimulado homenaje a la emblemática novela LA GLORIA DE DON RAMIRO de Enrique Larreta y armó una historia de caballeros y princesas enclaustradas que me hicieron emocionar al tiempo que la escribía. Me deleitó tanto hacerlo que, mientras prolongaba la cabalgata nocturna mucho más allá de lo aconsejable, dado el tiempo disponible, recordé con horror que estaba escribiendo un cuento y que debía ser breve. Espero que el desbalanceado desenlace no los moleste, esa fue la única causa. Yo que pensaba que jamás podría escribir una novela, creo que si le pongo castillos, espadas, brujas, monjes, princesas y héroes por lo menos me fascinará intentarlo.

Published in: on abril 13, 2015 at 7:16 pm  Dejar un comentario  

Taller literario EL PRINCIPITO

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Taller literario EL PRINCIPITO

Vienen llegando de a uno, cada quien con su vida a cuestas. Su historia en ardua mochila y una mirada concentrada en el interior que se atrinchera. Sobre ellos y aunque no se lo vea, su particular duende dormido.
Algunos dejan en el beso a la anfitriona un refrigerio para la hora del alivio. Se ubican en su silla favorita de una larga mesa que ocupa el centro de un gigante escritorio soñado. En general es la misma de siempre, las caras de enfrente suelen repetirse.
El lugar, sencillo y austero, llama a la introspección. Una gigantesca ventana les permite sentirse invadidos por el verde jardín del fondo. La mesa también es angosta, con poco esfuerzo puede leerse en que aguas navegan los compañeros cercanos. No son indiferentes a la tarea a emprender todos los objetos que rodean a los asistentes. Cada uno merece un libro, cada cual porta décadas de historia. Las fotos fieles a un pasado perdido vuelcan a la escena las raíces del lugar donde se encuentran, un viejo galeón sueña con el mar y los rifles aguardan a un cazador que nunca llega.
Se intercambian algunas noticias del pueblo, cierto chisme de un amigo, mientras el grupo busca completarse. Cuando están los que van a estar, Susana, la maga del sitio, frente a una audiencia ansiosa con birome en mano y hoja en blanco delante, sacude la varita llamada consigna y un inmutable pero elocuente silencio invade todo el ambiente. Solo se escuchan las patitas de Amanda, una diosa negra con forma de perra que va de pierna en pierna derrochando simpatías y rogando mimos.
Es la hora de los duendes, el de cada uno, que tienen mucho en común. Sacudidos por el toque mágico se despiertan, se sientan en el hombro de sus protegidos y comienzan a hablarle al oído.
“Escribí de esto, no te olvides de aquello, hacelo en primera persona, incorporá tal personaje, dale un final triste, no lo dejes ahí”
Y el diálogo interior se entabla. “Ni loco escribo de eso, no me fastidies eso ya pasó, no me acuerdo, voy a hacerlos llorar a todos, es una barbaridad, no me gusta, deberíamos hacer una historia más simple, más feliz”
Siempre ganan los duendes y todos terminan volcando a veces en forma breve y otras extensa, a veces lento y otras como caballo desbocado, un sentir casi ignoto por profundo, casi olvidado por doloroso, casi perdido por amado.
No se concluye indemne. Hay lágrimas en los rostros, tensión en los rasgos, palpitación en los pechos, sudor en las manos. Salió, está ahí, en el papel. Sorprendido y a traición, sin tiempo ni muchas ganas de defenderse, ayudado por la vibración colectiva y el miedo al papelón, una fracción del inconsciente saltó a la luz. ¿Qué hacer con ella?
A veces no hay tiempo de corregirla, otras el tiempo sobra. Casi todos aprovechan a leerla para sí, corregir faltas que el apuro generó, mejorar frases y giros, redondear finales.
Llega el momento tan temido de la puesta en común. Hay que desnudarse. No solo uno pasa por la sorpresa de lo que hizo, sino que tiene, a su opción, que buscar la devolución de sus compinches de viaje. Hay veces que alguno se niega, lo que vive en la hoja llena es demasiado fuerte para leerlo en voz alta. Otras se animan y lo logran a duras penas, quebrándose en dolorosas oraciones. Y ciertas veces, el dolor que conllevan esos vehículos de energía llamados palabras, sacuden a todos, hasta a la propia maga. No siempre hay aplausos al final de la lectura, el silencio compungido puede ser el mejor premio, o la sonrisa franca ante un tierno final.
Cerrado el círculo el alivio se instala, todo el mundo se afloja, pone al duende a dormir. Es el momento de las cosas ricas y del café, así como de la planificación de las actividades futuras. Los rostros se aflojan, los ojos se secan, el corazón recupera su ritmo, dejan de ser uno solo para volver a ser cada quien.
Van saliendo de a uno, a recobrar su vida y su historia, con la mochila más ligera, con la mirada más clara, con un poco más de confianza, sin saber demasiado bien por qué. Al despedir al último, Susana sonríe y mira al Principito, ese que también sonríe, aunque nadie, salvo ella, logra ver.
Cada tanto coinciden, mi viajar y el taller. Y me doy el gran lujo de ser uno con ellos, de dejarme cambiar, de aprender y crecer.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, diciembre 2014

En este abril otoñal, volvió a coincidir mi viajar con el inicio de temporada del taller. Todo se repitió y me descubrí escribiendo un cuento, casi una novela medieval, que era en lo último que estaba pensando cuando fui.  Ya lo subiré, será una forma que la armadura me pese menos y la espada no me raspe tanto.  Espero que los que aún dudan en acercarse a un taller, sean impulsados por el escrito que antecede, no solo tendrán la satisfacción de integrar bellas antologías como las de la foto, sino que harán nuevos amigos y sobre todo conseguirán compañía a la hora de encarar ese viaje maravillosamente aterrador que se denomina introspección. Sinceramente anhelo ver a todos y cada uno de ustedes que llegaron hasta aquí, sentados en alguna mesa de trabajo conmigo, en la latitud que sea, dejando la pluma correr.

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Published in: on abril 9, 2015 at 12:22 am  Comments (1)  

FOGON

 

 

Toribio Encina, VGM reg blindados 10 de La Tablada, Piky Pelaez, un servidor y Marcos Falcón VGM grupo de artillería 3 de Corrientes, en San Andrés de Giles

Toribio Encina, VGM reg blindados 10 de La Tablada, Piky Pelaez, un servidor y Marcos Falcón VGM grupo de artillería 3 de Corrientes, en San Andrés de Giles

FOGÓN

Hermano déjalo que arda,

que se lleve el desconsuelo,

cuando nos dieron la espalda,

cuando negaron nuestro vuelo.

Hermano déjalo que arda,

que las lágrimas evapore,

cuando no pude ver gallarda,

a la causa de mis dolores.

Hermano déjalo que arda,

que tantos adioses se quemen,

de cuantos valientes en guarda,

a cortar sus días se avienen.

Hermano déjalo que arda,

que sus llamas rojas se alcen,

cual fiera vida que anida,

en guerreros que hoy renacen.

Hermano déjalo que arda,

que su chispa faro ya sea,

para un país que aguarda,

sediento justicia desea.

Hermano déjalo que arda,

que ilumine gesta venidera,

con nuestros hijos en vanguardia,

y al viento nuestra bandera.

Mas por hoy déjalo que arda,

que nos sepa reunir a su lado,

que pueda aliviar nuestra carga,

que dé sentido al pasado.

Por eso a cara caliente,

nuestro himno juntos cantemos,

y al puñado de valientes,

que quedaron no olvidemos.

Haremos un fogón un día,

en suelo de perla robada,

por leña nuestra alegría,

arderá en turba mojada.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 2 de abril de 2015

Published in: on abril 2, 2015 at 6:16 pm  Dejar un comentario  

MALVINAS ESE ESPEJO INCOMODO

 

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MALVINAS ESE ESPEJO INCÓMODO

Ahí estaba yo, después de un largo camino de 33 años, de pie, frente a ellos. No había sido el artífice de esa increíble senda que me condujo a fines de este mes de febrero a esa cena del Centro de Veteranos de Malvinas de San Andrés de Giles. Ella, por sí sola, había trazado su ruta entre el silencio impuesto, los prejuicios, los relatos falsos, las vueltas de la historia, la mezquindad de la política y la indiferencia de la sociedad. Yo solo caminé detrás asombrado, y la seguí, un poco con desconfianza, otro poco con temor, para terminar siempre emocionado hasta el alma. Definitivamente, había sido ella, mi hija concebida a mis 25 años, la hoy más famosa, la que ha hecho mi nombre conocido, quien me había conducido, con su sabia mano, a estar parado esa noche inolvidable entre Piky Arguelles, la escritora gilense premiada, autora del ensayo-libro San Andrés de Giles, Capital de la Malvinización y el diputado nacional por el Partido Nacionalista Constitucional Dr Alberto Asseff, autor de un proyecto de ley para darle carácter oficial, más que merecido, al título de la obra.

Ella, mi poesía A VOS, la silenciada por los diarios a quienes la envíé terminado el conflicto bélico, la ignorada hasta por mis amigos que trabajaban en los medios de entonces por “orden superior”, la que el capitán Marcos Carballo recibiera de mi mano en la feria del libro de 1983 y colgara emocionado en la sala de pilotos de Villa Reynolds, la que un día entregara en mano al grupo de ex combatientes de la Dirección de Rentas de CABA, quienes se encargaron de colgarla en la web, la que Silvia Paglioni incluyera en su blog de yoga, pensando que era un homenaje de un poeta italiano, la que llevó a la misma Silvia a regalarme un blog para dar a conocer mi obra y lanzar así mi carrera de escritor, la que un 2 de abril escuchara sorprendido por Radio 10, la misma que leyese al aire por la radio FM la Boca cuando tuve mi primer reportaje por mi primer libro, esa que Luis Allegrini me hizo leer por FM de las Américas en la primera vigilia que asistí en 2011 desde el colegio que albergó a los escultores del monumento al héroe Jorge Maciel, la que un día el joven y talentoso actor y director de teatro Javier Gimenez Filpe, sin conocerme, la incluyera en su obra Del lápiz al fusil. Ella fue sin duda, la que hizo que Alberto Puglielli me llamase a integrar ese trío que estaba ahí, frente a un puñado de héroes.

Y estaba yo, siguiéndola una vez más, como el padre orgulloso de un hijo que se mueve solo, que derriba barreras, que llega por sí mismo donde debe hacerlo, preguntándose seriamente: “¿es realmente mío? ¿fui yo quién lo hizo? ¿o fui un instrumento de algo superior?”. Muchas veces me ha sucedido de releer poesías y desconocerme, creo que todo poeta es a veces él , pero otras es solo un lápiz al que guía algo oculto y poderoso, algo necesario, algo que lo usa para decir lo que nadie se atreve, lo que todos callan por interés o por “orden superior”.

En preparación para la vigilia de este año, los veteranos habían organizado esa cena en los galpones de una estación de un tren que ya no pasa, la misma que alberga un conmovedor museo de Malvinas en su cuerpo principal. Algo endeble de salud, no quería fallarles y fui sin saber muy bien como se desarrollaría el evento. Por las dudas llevé impresos algunos escritos míos sobre Malvinas y tras una amable charla en la casa de Piky, nos dirigimos a la estación donde el chancho asado con pelo estaba a punto de ser servido. Me ubicaron en la cabecera de una mesa, justo al lado de un tripulante de los gloriosos Hércules, burladores sigilosos del bloqueo inglés, quien a boca de jarro me contó cuanto le cuesta terminar de cantar el himno en cada vigilia

Pese a toda la amabilidad reinante, me sentía incómodo. Casi no pude cenar y esa incomodidad fue mucho mayor cuando Alberto me llamó al frente. Tan desconcertado estaba que olvidé los escritos en la mesa.

Hablo en público desde mis 19 años, lo he hecho antes auditorios de todo tipo, estudiantiles, universitarios, docentes, políticos, gremiales, internacionales y en distintos idiomas. He sido docente en mi facultad por más de 13 años y he dado conferencias por todo el país ante multitudes y grupos reducidos, de temas tan diversos como impuestos, finanzas, literatura, poesía y proteccionismo animal. Suelo hacerlo con solvencia, aplomo y disfrutándolo sobremanera. Esa noche iba a ser distinto.

Mientras Piky Arguelles hacía uso de la palabra y contaba como había incluido en el ensayo premiado por la SADE, Mendoza, sin siquiera avisarme, pero respetando mi autoría, mi crónica para Bahia noticias, diario digital de Bahía Blanca que dirigía mi amiga Silvia Paglioni, de la vigilia de 2011; noté que curiosamente no lograba mirar de frente a mi futuro auditorio.

Mientras el diputado Alberto Asseff agradecía el libro y decía que sin dudas estábamos en un acto patriótico, comprometiéndose a presentar el proyecto de ley declarando a San Andrés de Giles, capital de la malvinización, hecho que concretó a días del evento; decidí que solo podría hablar de ella, de la poesía que me había llevado a ese inmerecido e incómodo lugar. Solicité mis escritos que estaban en la mesa y busqué A VOS

Recibí mi libro de manos de Piky y comencé a hablar. Largué horrible, como pidiendo perdón por no haber ido a la guerra, por ni siquiera haber sido capaz de anotarme como voluntario. Seguí contando mi rebelión interior ante la desmalvinización, ante el esconder a los veteranos, ante el desamparo a que el propio estado que los había enviado los sometió por años, ante la indiferencia social. Y presenté a la poesía como mi única ofrenda, como el solitario acto de valor para enfrentar tanta injusticia.

La incomodidad, lejos de cesar, aumentaba a cada paso y llegó inevitable, tras contar su camino, el momento de leer las estrofas. Empecé.

A vos,

que estuviste allá…

Ahí tomé conciencia. Por vez primera, 33 años después de escrita, le estaba leyendo en la cara, mi poesía a sus verdaderos destinatarios. No les estaba entregando un papel, no la estaba leyendo al aire. Los tenía a ellos, a los que se jugaron la vida, a los que sobrevivieron al infierno, a los que lucharon mano a mano con la muerte y el enemigo, a los que fueron heridos, mutilados, a los que en soledad o con el único acompañamiento de sus familiares o camaradas sobrevivieron a las pesadillas, a los ataques de pánico, a la exclusión, al desempleo, a la carencia. Los tenía ahí, enfrente mío, sentados, escuchando con atención al poeta. Mi incomodidad que iba en aumento, comenzaba a tener sentido. Continué.

Te recuerdo

Porque todo mereces
Y este homenaje darte puedo

Como no recordar a quien en mi nombre y con mi bandera, mientras yo estaba seguro en Buenos Aires, siguiendo con mi vida, soportó bombas, frío, órdenes, insomnio, la pérdida de amigos. ¡Por Dios!, se me atragantaban las palabras, nunca leí peor en mi vida.


A vos

que estuviste allá

Te admiro

Porque no tembló tu pulso
Cara a cara con el enemigo

Admiración, y gigantesca. En un país que idolatra futbolistas, actores y millonarios, ¿porque se olvida a los de la entrega magnánima- hermosa palabra rescatada por Nicolás Kasansew-? Estaba empezando a sentir la respuesta en propia piel, me temblaban las manos y mi mal leer solo empeoró. Es muy duro compararse, preguntarse: ¿frente a su entrega, de ellos que estaban ahí, escuchándome, cual ha sido la mía?


A vos

que estuviste allá

Te envidio

Porque la Patria se te hizo carne
Bajo tu piel casi de niño

De modo que envidia. ¿Es que estaba loco en 1982?. Como se puede envidiar a alguien que fue al infierno y que de por vida no olvidará lo vivido y cargará con esa mochila. Me envolvió la palabra SENTIDO. Ellos, con su entrega, no solo habían demostrado una coherencia total con los valores aprendidos, también habían dado la mayor prueba de amor por el suelo que los vio nacer y le habían dado a su existencia, a una temprana edad, un sentido que a mis casi sesenta años yo aún busco.


A vos

que estuviste allá

Te quiero

Porque bajo tu bandera luchaste
Con aplomo de viejo guerrero

El afecto, lo que más necesitaban quienes volvieron y que como sociedad menos les dimos. Silvia Paglioni, quien hizo extensos reportajes a veteranos, me contaba que a un héroe de la Patria, mal herido en combate y condenado a mendigar con su uniforme y las medallas puestas, le cerrábamos las ventanillas de los autos para no comprarle las bolsas de residuos que vendía para poder subsistir. Llegaron a hoy vivos, solo los que fueron queridos y bien queridos por sus amigos, por sus familias , por sus esposas del dolor, esas que vi en las mesas, recién cuando pude mirarlas, con sus ojos heridos de contemplar tanto sufrimiento, tanto grito, tanto insomnio.


A vos

que estuviste allá

Te espero

Para estrechar al que peleó
Defendiendo a muerte nuestro suelo

Me doy cuenta que al anteúltimo verso le falta una contracción y viene circulando así, inentendible desde el año 2006. ¿Los esperábamos? ¿para qué? Tantos de ellos fueron discriminados, insultados, culpados, menospreciados. A pocos, muy pocos, especialmente en Buenos Aires, se les ocurrió esperarlos para reconocerlos. Mi incomodidad sumaba otra causa: la deuda colectiva para con ellos, que seguían ahí, atentos a mis versos y yo sin poder mirarlos. A esta altura necesitaba terminar, me estaba apurando y leía aún peor.

A vos

que estuviste allá

Te siento

Porque dejaste todo lo querido
Para batirte en mar, tierra y viento.

La palabra TODO me sacude como el viento malvinero. ¿Qué fui capaz de dejar yo por la Patria? Frente a ellos, frente a lo que dejaron ellos, NADA, sin duda NADA. Mi poquedad me conmueve, mi dimensión se hace carne y me siento íntimamente indigno hasta de dirigirles la palabra. ¿Qué pueden valer mis estrofas ante los que sobrevivieron al océano helado cuando se hundió el Belgrano, ante los que volaron a ras del agua buscando a la flota, ante los que soportaron el pozo de zorro inundado? Soy NADA, me siento NADA, apenas un argentino agradecido. La voz huye, las piernas me tiemblan, me agarro del micrófono para que a través de él, Piky que lo tiene en la mano me haga de punto de apoyo. Temo no llegar al final.


A vos,

que estuviste allá

Te aplaudo

Porque fuiste héroe en un infierno
Que no paga con lauros

Es lo único que debo hacer, callarme de una vez y ponerme a aplaudir. Durante 33 años debimos hacerlo. Al actor se lo aplaude cuando cae el telón y no hizo más que mentirnos bien, al político también cuando habla en un acto y probablemente haya hecho lo mismo. Sin embargo a ellos, que dieron de verdad su vida, su juventud, su sangre, su alegría, sus oportunidades, su esperanza, en aras de la Patria, les hemos negado el aplauso, hasta en el desfile del Bicentenario, donde debieron marchar infamemente “de colados”. El esposo de Piky me contará que aún desde lejos se notaba que ya era una hoja de tanto que temblaba, sobrepasado de emoción mientras, sin levantar nunca la vista, contemplaba con alivio mi arribo a la última estrofa, la más dura.


A vos

que estuviste allá
Y no volviste

Dios te Bendiga,

la Patria te crió

Y por ella hacia El te fuiste.

Llegué, lo hice sin desmayarme en el intento.¿Pero qué oigo? ¿me están aplaudiendo? Si indigno era de pararme ahí adelante, mucho más de que me aplaudan, soy yo quien debo hacerlo, aun cuando esté conteniendo el llanto que quiere aflorar por los 649 que no volvieron, por los más de 400 que se suicidaron en la posguerra y por todo el dolor de las esposas, las madres, los padres, los huérfanos de Malvinas. El consuelo de la bendición divina y el del deber cumplido es más que importante pero no basta, falta, aún falta el abrazo, el de todos, el que les haga saber que tanto sacrificio por nosotros no fue en vano, que lo apreciamos, que lo agradecemos.

Ahora sí puedo mirarlos a la cara, les dije todo aquello que en su momento no me dejaron decir. Y los veo venir, a saludarme, con los ojos húmedos, la sonrisa ancha, a pedirme un abrazo, a agradecer la sorpresa.

Agotadísimo por el combate con mis propias emociones le entrego a Alberto el escrito para el Gral Menéndez, encarcelado por aquellos que fieles a su consigna niegan hasta la justicia, me encuentro con la sonriente culpable que A VOS se haya escuchado en Radio 10 y voy a mi mesa donde recibo el emocionado saludo de una esposa del dolor y mi vecino, el tripulante de Hércules a quien decido regalarle ANOCHECE EN MALVINAS (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2011/03/18/anochece-en-malvinas/), un escrito en el que quise imaginar como habrá sido cantar el Himno en el pozo de zorro. El me pide, al borde de las lágrimas y sin poder leer más que unos renglones, que se lo dedique a su nieto. Quizás ahí esté la clave de la tarea que nos falta y a la que debemos dedicarnos con ahínco: contarle a las futuras generaciones la verdadera historia, para que crezcan sabiendo que Argentina tiene héroes, que injustamente ignorados, caminan, no por mucho tiempo más, entre nosotros.

Sentado en silencio y dejando a mi corazón recuperar su ritmo, reflexiono sobre su magnanimidad y mi nada. Y el pensamiento me lleva a los tristes días en que mi madre enfermó. Mientras me ocupaba de sus internaciones y traslados, tratando de poner alivio y contención, sentía que estaba pagando una deuda al ser a quien debía nada menos que la vida. Empero, por mucho que hiciera me invadía el desaliento de saber que esa deuda era auténticamente impagable, porque había entre lo recibido y lo dado,una desproporción insalvable, en tiempo, esfuerzo e intensidad. No obstante el haber dado lo poco que pude me brindó la tranquilidad de conciencia necesaria para sobrellevar sin culpas, la hora de su adiós.

Con los veteranos sucede algo parecido. Por mucho que hagamos por ellos, jamás podremos igualar el valor de su entrega total, pero hay que hacer algo, lo que cada uno pueda. Asistir a la próxima vigilia en San Andrés de Giles, quizás sea una forma de empezar. Allí los estaré esperando, el primero de abril, con el maravilloso libro de Piky Arguelles, cuya venta es a beneficio del Centro de Veteranos, para ver si juntos, desde ese recodo de Patria, juntamos coraje y todos comenzamos a mirarnos en el espejo incómodo de Malvinas, dejamos que nuestra poquedad nos de vergüenza, tal como sufrí leyendo e intentamos unidos salvar la distancia, un tramo al menos, entre nuestra nada y la magnanimidad de ELLOS, los que estuvieron allá.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 29 de marzo de 2015

aviso de vigilia 2015

DE A POCO

TUNEL

DE A POCO

Uno no se muere de golpe,

lo hace lento, de a poco.

Empecé a morir ha tiempo,

quizás bien recuerde el día,

era una cancha de fútbol,

y yo a jugar no salía.

Seguí muriendo otro tanto,

por culpa de mala rodilla,

era una cancha de tenis,

y yo afuera en mi silla.

Sentí que moria adentro,

la tarde de ruta cualquiera,

doblando a fondo la curva,

tenaz miedo me sorprendiera.

Morí un poco ese año,

cuando dejé la enseñanza,

por no tolerar el engaño,

a jóvenes con esperanza.

Se murió algo para siempre,

al partir temprano mi padre,

y morí cual hijo doliente,

al partir adulto mi madre.

Morí temblando de espanto,

al perder brutal el abrigo,

cuando el tiempo tan impío,

quiso quitarme un amigo.

Y morí con cada mascota,

compañeras de soledades,

y con cada casa vendida,

en abruptos cambios de lares.

Más aun mori cuando cambié,

mi viaje por uno de vuelta,

despedida fue el encuentro,

con mis historias irresueltas.

Fue muerte trastocar la visión,

y convertir en importante,

al universo conquistado,

por sobre anhelo distante.

Morí ese día tan triste,

que el sexo perdió sentido.

que fue la mujer un problema,

y el amor tiempo perdido.

Pero casi muero del todo,

al salvarte de mi caída,

por dejarte como pude,

afuera y lejos de mi vida.

Quedarán muertes todavía,

pequeñas y aun sorpresivas,

sospecho que apabullante,

cuando ya nunca más escriba.

Será entonces deslizarse,

en pendiente que sino diga,

será solo un apagarse,

con el dolor que Dios decida.

Prohibido llorar ese día,

el del serio fúnebre rito,

si he muerto hace ya tiempo,

solo es punto del escrito.

No, uno no muere de golpe,

al irse ya queda bien poco.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 22 de marzo de 2015

¿Como será eso de morirse uno? Una pregunta que me acompaña insistentemente desde hace, con exactitud, 45 años. Cada 24 de marzo yo no pienso ni en botas ni en desaparecidos, sino, paradójica y causalmente, en la muerte. En 1970, a mis 13,  partió mi padre de muerte natural, mi vida cambió para siempre y la muerte se instaló como obsesión. El duelo me llevó décadas y jamás lo hubiera logrado sin la ayuda, no hace tanto, de un excelente profesional como Tobías Holc. Dicen que la religión comienza el día de la muerte del padre y es verdad, porque uno se empieza a interrogar acerca de lo que habrá, si es que algo hay, detrás de la puerta llamada muerte. Mi primer cuento en la secundaria trata de un niño que inventa un teléfono que se comunica con el más allá. Tanta conciencia de la propia mortalidad es la responsable casi única de mi vivir tan distinto de la mayoría societaria. Nunca pude hacerme el tonto, nunca pude ignorarla, nunca pude decir como tantos: “en eso yo no pienso”. Por el contrario, siempre pensé a su luz y solo coincidí con el resto, en las cada vez más frecuentes visitas a los cementerios donde por un momento, ese resto está imbuido de la filosofía “no somos nada”, la cual suele desechar, ni bien se va del camposanto. Fruto de ese pensarla, de ese sentirla como propia y posible a cada instante, surgió la poesía que antecede. Quizás, escribirla y publicarla sea un modo de exorcizar en parte la angustia existencial, que cada 24 de marzo me recuerda que aun no sabemos bien, ni que somos, ni de donde venimos, ni hacia donde vamos. Los dejo con Serrat, quien alguna vez se preguntó otras cosas que la muerte dispara y por supuesto, él lo hizo cantando.

Published in: on marzo 24, 2015 at 1:12 am  Comments (2)  

LIRA ROTA

lira  rota 1

LIRA ROTA

Habrá que inventarse otra historia,

que nazca de la más pura fantasía,

sin asidero alguno en memoria,

sin retazos vividos en claro día.

Habrá que entrenar muy bien a la mente,

para que las justas palabras acierte,

en el armado de versos que no siente,

en falsos giros que en estrofas vierte.

Habrá que enumerar cada sílaba,

para construir así rima perfecta,

que oculte al puñal cuando acaba,

con la antaña emoción insurrecta.

O habrá que llamarse a un silencio,

que dure la vida, el día o año,

que tan piadoso sepulte cuanto pienso,

que celoso impida todo engaño.

Pues sucedió aquello que esperaba,

no encuentro ritmo, ni rima ni nota,

al descubrir mientras tú te alejabas,

mi alma en llanto y mi lira rota.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de marzo de 2015

Asiste razón a Becquer en su famosa RIMA IV cuando expresa que podrá no haber poetas, pero que siempre habrá poesía. Solo podríamos agregar que hasta a los mejores poetas se les nota cuando escriben ellos o cuando es la musa quien les dicta, cuando componen o cuando transcriben, cuando destilan ingenio o cuando destilan pasión, cuando esculpen o cuando son esculpidos, cuando poseen al arte o cuando son poseídos. Y ello simple y trágicamente sucede, solo sucede y cuando quiere suceder, jamás cuando el poeta lo busca. Hay quienes desdeñan la poesía del primer tipo, yo solo la llamo “poesía de lira rota”.

Published in: on marzo 22, 2015 at 12:57 am  Comments (1)  

Hilvanando sueños en Chilibroste

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HILVANANDO SUEÑOS EN CHILIBROSTE

El libro me llamó, como tantas veces me ha sucedido. Terminaba febrero y nuestra reunión de comisión directiva de la Asociación Responde (http://responde.org.ar/sitio/), una ONG de la que participo hace más de una década y que se ocupa de los pequeños pueblos del interior, en riesgo de desaparición.
Levanté la vista hacia la biblioteca y una hermosa foto de tapa, nada menos que de una prolija estación de tren cobijaba un libro de Editora del Carmen, cuyo título era Taller Literario de Chilibroste HILVANANDO SUEÑOS.
Lo di vuelta en mis manos y una foto color de sus once autores me introdujo en el acertijo, aún no resuelto del todo, de unir las imágenes con los escritos. Agustín Bastanchuri, nuestro director ejecutivo me identificó a uno de ellos como Gastón Notthebon, simplemente por ser quien le acercó el libro a nuestra sede.
Chilibroste es un pueblo del sur cordobés, ubicado sobre la ruta provincial 2 a unos 40 km al norte de la autovía 9 y a unos 70 km al este de Villa María, cuenta con 576 habitantes según el censo de 2010.
Hace años cuando decidí cambiar de vida, se abrieron ante mi distintos caminos y como he hecho en cada nuevo ciclo que me atreví a empezar, decidí explorarlos en simultáneo a todos ellos y dejarlos que fueran quienes dibujasen a su antojo mi ruta. Al principio sonaron un tanto incompatibles, de un año a esta parte se comenzaron a mezclar, a tomar sentido, a hacer evidente la razón de su convivencia. Ayer tesorero de la ONG y hoy revisor de cuentas, este libro en mis manos me estaba diciendo que esa labor contable iba a ser cruzada por mi vocación literaria, que vengo desarrollando ininterrumpidamente desde el 2006 en la web y desde el 2009 en el café literario de la Biblioteca Popular Alberdi del porteño barrio de Villa Crespo.
“Me lo llevo Agustín, lo quiero leer, lo traigo en la próxima” dije sin dudar. Agustín satisfecho, solo atinó a sonreír, sabía en su interior que ese inesperado cruce no haría más que fortalecer mi lazo con Responde.
Detesto profundamente leer más de un libro a la vez y siempre, por distintas razones, termino leyendo ocho al unísono. Esta vez no pude, dejé los otros siete y devoré al libro del taller. En nuestro café literario llevamos dos antologías publicadas y aún no olvido la emoción que me produjo la presentación de la primera de ellas (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2013/04/21/fiestaaaa/).
Las distancias y mis ocupaciones me mantuvieron alejado de la labor concreta en los pueblos que lleva a cabo Responde, así como del impacto en los grupos humanos sobre los que actúa. Esta era la oportunidad de verlo y en un grupo que hace lo que más amo: escribir.
Asimismo, me crié en Temperley que hoy es toda una ciudad, pero que 58 años atrás era un pueblo de calles de tierra, algunas pocas empedradas, construido alrededor de una estación de tren. Mi fantasía infantil solía volar seguido por los andenes, despertarse con las campanas y maravillarse ante esa bestia negra a vapor que frenaba y arrancaba resoplando y llenado el aire de nubes blancas.
Muchos años después, esas cosas del amor, me llevaron a otro pueblo provinciano, Capitán Sarmiento, cuyo centro también ocupaba una estación de tren y no hace falta decir que era mi lugar favorito de caminatas a solas o en compañía.
Definitivamente, las estaciones tienen magia y no la han perdido porque el tren no venga. Ellas de algun modo lo siguen esperando y si uno se sienta en sus bancos, parece que en cualquier momento volarán las hojas con el paso del rápido o saldrá a su encuentro el jefe – todo un personaje de uniforme- para avisar que existe algún retraso.
Por suerte no hubo topadoras que las demoliesen todavía. Y uno las puede ver reconvertidas. En Temperley el tren siguió llegando, en Capitán Sarmiento es casa de cultura con un bello museo y vengo de asistir al museo del veterano que en San Andrés de Giles, ocupa, en otro cruce de caminos vitales, la estación del tren que se levantó.
Si a ello sumamos que la ONG en que actúo, con el auspicio económico de Lan Argentina, pudo desarrollar su proyecto ALAS sobre una vieja estación, rebautizada como Estación de Cultura (http://responde.org.ar/sitio/index.php/component/content/article/38-cordoba/128-chilibroste) y en ella se instaló nada menos que un taller literario, son demasiadas cosas mías juntas como para permanecer indifirente o conformarse con exclamar “¡vaya coincidencia!”.
Con el espíritu alerta, me puse a leer. Y me seguí encontrando. Muchos son de mi generación y escribimos sobre las mismas cosas, algunos nacieron en Chilibroste, otros no. Como toda antología tiene la indudable riqueza de la diversidad, incluso sobre las mismas consignas, algunos hicieron versos, otros relatos. Detrás de todos, la sabia mano de la maestra Mercedes Morlachetti, cuyos propios escritos acompañan a los de sus alumnos y tal como hago en la biblioteca recibe en su visita mensual “amor todo el tiempo” que más que justifica el trayecto desde su Monte Buey de residencia.
Durante la semana que me llevó su lectura, me sentí uno de ellos, sentado sonriente en las sillas de la foto de la contratapa, bajo el abrigo de la vieja estación.
Y así volé de la mano de Silvia Boloquy que me hizo conocer a su monja de clausura por mandato, tanto como coincidir en la permanencia del amor en otoño y buscar como pedía Rilke inspiración en la inagotable fuente de recuerdos de la infancia. Busqué el mar, como hago siempre que me embarco, con Gustavo Broda, reconocí con él que el amor verdadero está en las pequeñas cosas, aún y sobre todo, en los aromas de la granja, lloré por sus cuerdas rotas y si bien el mío no es una acacia negra sino un muelle, reviví mi lugar de espera.
Con Luisa Caffer, de Cintra, pueblo vecino me asusté con su caburé de canto nocturno, recreé mis propios límites borrosos al despertar, ensalcé a ese vigía del atardecer que es el lucero, chequeé los síntomas del amor del alguna vez y despedí a su lado al lustrabotas del pueblo que tal como los callejeros es de todos y de nadie y siempre se va en silencio y soledad.
Sigue Angela Fioretti, también de Cintra, que nacía cuando yo me graduaba y que con sus letras me hizo rodar por las dos caras del amor, la amable y la dolorosa. El imposible olvido, la cruz del recuerdo, los golpes amigos que muestran la verdad, los éxtasis volantes y los vientos necesarios para velas y alas del amar. Amé por supuesto el triste desencuentro del amor incondicional entre madre e hijo que a veces la vida se empeña en separar. Pero como soy poeta me rindo ante su beso en diciembre, porque confieso que los hay eternos.
En las letras de Silvina Le Roux navego por afectos distintos, la estación que renovada la espera, los atributos del amigo-abrigo, un reclamo gremial de las herramientas a que muchas veces nosotros somos reducidos, a su hijas y a ese ser mágico en la infancia que es como una madre más buena aún si es que se puede, que da todo y nada pide, por cierto: la abuela. El mismo Roberto Juarroz, poeta temperliano, vive en su Amor clandestino, ya que me recuerda sus versos que decían que los tiempos del amor no coinciden con los tiempos de la vida y su lustrabotas pintor me hace pensar en cuantos hay que llamamos sin saber quien son, porque no nos tomamos el trabajo de conocerlos.
Otro local, Miguel Angel Marmol inaugura el uso de la ciencia ficción y se va tan lejos como al planeta Zarao para contarnos algo tan cercano como el desamor del poder y el poder del amor. Asi en su único cuento desarrolla su propio Buda que tal como hicimos y hacen con nosotros nuestros hijos, busca su crecimiento oponiéndose a la cultura del padre, quien por supuesto no lo entiende.
Los recuerdos de Mercedes Mateucci, me envuelven en el aroma del hogar de inmigrantes, el mío propio. Su amanecer marino dador de paz evoca mi actual refugio sanclementino y Alfredo, su lustrabotas tan humano me pinta una comunidad agradecida. Los pasados que siempre nos condenan acechan a su bella mujer y los encuentros redentores, de los que puedo dar probada fe, viven en su afortunada experiencia. Pero es su legendario amigo el que me conmueve y me transporta a los versos de ese extraordinario poeta puntano Antonio Esteban Agüero y su Cantata del abuelo algarrobo. (http://www.folkloretradiciones.com.ar/literatura/Cantata_del_abuelo_Algarrobo.pdf)
Ivana Matulich, la más joven del grupo, misionera y residente de Cintra no para de sorprenderme. He escrito tanto de la tristeza que no puedo dejar de reconocerme en su descripción del desconcierto y parálisis que causa. También he escrito mucho sobre la impotencia del amor que cuando él quiere, nada podemos ante lo que ella nombra como fuego y en mi caso como huracán. No se si estuvo en Japón, yo si. Pero es ella quien me trae recuerdos de su otoño y sus cerezos, los mismos que en Kyoto y Osaka deslumbraron mis ojos. Se fascina ante la perfección de la flor, me tranquiliza sabiendo que la juventud aun es rebelde frente a los manejos electorales pero termina de desarmarme cuando recuerda a los caídos en Malvinas.
Llega el turno de la profesora, dicho a propósito, seguro que detesta tanto como yo que así la nombren, Mercedes Morlachetti. Y ella es todo poesía, la poetisa como se declara en verso. De las dulces, tanto como sus bombones y sus otoños encendidos o su aventurero pasional sin rumbo. Me embelesan sus paradojas, el encuentro prohibido en el lugar sagrado que trae la duda sobre los límites de ambos conceptos. La necesidad del amor, como viento bajo las alas, como musa de la pluma, que si ausente en un llamado que no llega solo atina “adverbios falsos”. Y el homenaje al obrero “condenado a pobre” que es a la vez una súplica para que evite el abandono y siga buscando la luz.
Llego al ángel que trajo el libro, Gastón Notthebon, el único al que le conozco la cara. Y reconozco a un hermano, le importan las mismas cosas, se hace las mismas preguntas, valora mis mismos hitos. La puerta del café literario me lleva a mi propio café, a los que van y vienen, a los que vienen poco, a los que se fueron, esa puerta que justamente por ello hay que dejar abierta para que el tren de la lectura-escritura no se detenga y nos contenga a todos. Su mirar del cielo, la inasibilidad de todo que contaba nada menos que Poe en su sueño dentro del sueño (http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ing/poe/un_sueno.htm), la reflexión al ocaso, el valor inagotable del dar, que no se cansaba de repetir mi abuela piemontesa sin haber leido más que su devocionario, sin duda me expresan acabadamente. Tanto como su revalorización de la duda, esa que nos empuja a salir en búsqueda de la verdad para hacernos topar con un misterio cada vez más grande que solo se devela en parte cuando son nuestros ojos los que mejoran. Misterio inexplicable cual laberinto a nuestros propios hijos, ya que son ellos los que deberán hacer su propia búsqueda.
Hoy llegué al final, de la mano del local Adolfo Peppino y di con un poeta que escribe en prosa. Sus párrafos cantan y sus frases pintan, tienen notas y colores. Mojé mis pies en el arroyo para ser el amigo que lo acompañase a tallar la palabra amistad en la piedra, reconocí a tanto lustrabotas porteño en su pícaro personaje, sabedor que la viveza es el pan en la calle y fui caminante nocturno y hablé como él tantas veces a mi sombra, aun cuando ninguna luciérnaga me iluminase. Me perdí en ese mágico juego de luces entre dorados y horneros que me trajo la fascinante lucha que entabla contra el anzuelo. Reconocí que solo un poeta de alma pueden ver una planta dormida y me emocioné profundamente con su ángel terrestre pues sin que lo sepa, describió a mi madre.

Mañana lo veo a Agustín y devolveré el libro a su estante. Quinientos y tantos kilómetros ya no me separan de Chilibroste, al contrario ahora me unen y será para siempre.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 10 de marzo de 2015

La Estación es de todos

La Estación llora

La Estacion vibra

La Estación se estremece.

Ya salió el sol nuevamente,
la Estación es de todos

¿Cuántos años pasaron?
¿Cuántos trenes pasaron?

Sin que sea considerada.

al fin sirve para todos
y para esto fue creada.
_
Gastón Notthebon

link a la estación de cultura de Chilibroste

http://estaciondecultura.blogspot.com.ar/search?updated-max=2010-12-20T11:49:00-03:00&max-results=20

Amigos, necesito llamarlos así, los abrazo a la distancia con esta canción que acompañó mis años juveniles y jamás pude olvidar. Hasta pronto, gracias miles por el regalo de sus letras.

Published in: on marzo 10, 2015 at 8:12 pm  Comments (1)  

CARTA

carta y lapicera

 

CARTA

Volví, tu sabes que debía,

a ese pueblo que nos unió,

en lejano mágico día,

que del hastío nos rescató.

Mis cosas, tú sabes hicieron,

un largo mes allí habitar,

mas ellas todas no pudieron,

que en ti evitase pensar.

Fantasías, tú sabes, lograron,

en noches mi sueño ahuyentar,

y largos días revelaron,

que no te cesaba de buscar.

Deberes, tú sabes, vencieron,

a un tierno rebelde sentir,

mas poderosos no supieron,

mi terco buscarte reprimir.

En fin, tú sabes, nunca pude,

hallarte ni aún por azar,

entiendo, deber que acude,

hizo mi encuentro evitar.

Me voy, tú bien sabes que debo,

a mi vida tan hecha volver,

y se que no debo ni puedo,

tu camino tentar disolver.

Empero, tú no sabes cuánto,

este tiempo lograste llenar,

de ternura que hoy yo canto,

en carta que no ha de llegar.

Enrique Momigliano

San Clemente, 5 de febrero de 2015

El otro día revolviendo un viejo armario que en la casa que fuera de mis padres, permanecía cerrado, di con un cofre que me llevó bastante lograr abrir. Me topé con las cartas de amor que mi padre, en ese entonces de novio dirigía a mi madre, casta y soltera, allá por sus treinta. Pasé una larga tarde redescubriendo a mis padres, justo en aquello que a los hijos pequeños se debía ocultar: sus sentimientos mutuos. Y pensé todo lo que hemos perdido en esta sociedad electrónica y vertiginosa, especialmente el tiempo de escribirnos cartas, diciéndonos lo importante, lo que sentimos por el otro. Por este camino también perderemos pronto el tiempo de sentir. Y sin sentir se funciona, pero dudo que se viva. Quizás y siguiendo el consejo de una amiga vuelva a darme el gusto de escribir cartas, para regalarle a alguien el placer de recobrar la intrigante emoción que acompañaba la apertura del sobre.

Published in: on febrero 28, 2015 at 1:13 pm  Comments (1)  

LOS PUENTES DE MADISON

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LOS PUENTES DE MADISON

Hace rato que tenía la película conmigo. De modo conveniente jamás encontraba el tiempo para verla. Conocía la historia, en forma aproximada. Había reproducido algunas escenas en youtube sin entenderlas demasiado. Y una legión infinita de amigos me seguía insistiendo en que debía dejarme atrapar por ella. Anoche fue el momento.

Me senté en una silla incómoda ya que si lo hago en un sillón es probable que me duerma y les dejé el sillón a mis fieles amigos que rápidamente, tal como hacen en las noches de escritura, se acurrucaron en su pose favorita para dormir a mi lado. Y le di al play.

Si alguna vez y por esos vientos inesperados decido viajar al imperio del norte, nunca será ni a Miami, ni a Nueva York, mucho menos Washington o Los Angeles. Será sin duda a Pennsilvania donde nació mi madre, a Carolina del Norte o a esos pueblos del medio oeste, que imagino guardando algo de la herencia protestante conservadora. Iowa en los 60 es casi mi destino ideal. De modo que inmediatamente me sentí a gusto en la granja de Meryl.

Un primer juicio me resultó muy negativo. La encontré demasiado lenta para ciertas cosas y demasiado rápida para otras. El paisaje es ideal, la fotografía no tanto. La música, abundante en blues y jazz, dista mucho de ser mi favorita. Y por si fuera poco, la historia central es inverosímil. Nadie reconoce al amor de su vida a primera vista. Nadie se enamora en cuatro días. La increíble versatilidad de Meryl, que es sin duda una de las mejores actrices que he visto, no alcanza para convertir en una noche una mera pasión carnal ocasional en un amor eterno.

Empero el error más grosero de Clint como director fue el haberse elegido a él mismo como protagonista. El es para mí, como para muchos hombres de mi generación, un ídolo de la adolescencia que además en mi caso me marcó profundamente. Disfruté todas sus actuaciones como el chico bueno del oeste y conservo algunos de sus films íconos de esa época, que veo cada tanto. Decía que me marcó pues cada vez que tuve una cuota de poder me dediqué a perseguir y a escupirle el asado a los malos y feos, a los vivos, a los que se la creían; lamentando más de una vez que en éstas épocas las cosas no se arreglasen como en aquellas: con un duelo cara a cara, colt 45 en mano, en la calle principal. Cuesta mucho descubrir ternura en alguien que hizo de duro toda la vida y que además lo hizo tan, pero tan bien. Puede ser por lo dicho pero creo que tampoco el tierno le salió debidamente y su rol de hombre enamorado es bien pobre.

Así estaba mirando mi paraíso reclamado y durmiéndome en la silla incómoda, cuando algo empezó a suceder. Cada tanto, alguna frase dicha por uno de los protagonistas calaba hondo en mi alma y ésta se estremecía reconociendo una verdad. De haberla visto en un cine la habría perdido. Volvía atrás para escucharlas más de una vez y tratar de retenerlas, algunas anoté. Ello me dijo que debo buscar el libro, la historia tiene algo importante que decirme, que supera a su temporal inverosimilitud.

La película se encaminaba lentamente a su climax, que es la famosa escena de las dos chatas Chevrolet bajo la lluvia con Meryl a punto de cambiar de flete, cuando lo que cambió fue mi juicio. Independientemente de como llegaron allí, el conflicto karma-dharma está muy bien planteado . Esa lucha desgarradora entre nuestros sueños y deseos y los deberes asumidos fruto de las decisiones tomadas hace tiempo, habita en casi todos nosotros, salvo en la élite creciente de irresponsables que cree que la vida está llena de derechos y carece por completo de obligaciones. Una mirada tan necia como la que niega la muerte.

Ella quien no es una bien adaptada ama de casa italiana, sino una mujer más que inteligente, se da cuenta a tiempo y lo dice en una escena memorable, que correr irresponsablemente detrás de los sueños que la carne o el corazón piden con ansia, conduce a ningún lado, excepto al dolor propio y de todos aquellos que uno dice querer. Dicho en filosofía hindú criolla: si esquivás el dharma, te agarra el karma. O si lo prefieren en lenguaje católico : en el pecado está el castigo. Algo que la sociedad actual debiera empezar a pensar.

Gracias al inexpresivo Clint, sobreviví la escena sin emocionarme, pese a lo familiar que me resultaba. Mientras tanto Pety, intuitiva como nadie, había girado su postura habitual y contorsionada al extremo dormía con su cabeza sobre mi pierna. La película se acercaba a su fin.

Concluida la rara historia central, se produce un brusco cambio de protagonistas y de tiempo. Es el actual y son los hijos de Meryl con sus personales y poco bien llevadas historias amorosas familiares. Es quizás el mayor logro del film, ese abrupto pasar de una historia secundaria al primer plano. Ese ocupar el centro de la escena como diciendo, ésta es la historia principal, las casi dos horas anteriores solo fueron un cuento preparatorio de lo importante que queremos decir. Nuevamente: debo conseguir el libro, su autor se las trae.

Aun dormido, mal sentado, dolorido e incómodo, el mensaje me llegó plenamente y me noqueó de un golpe. No solo me quebré de improviso y a traición sino que lloré desconsoladamente en los pocos minutos que faltaban, abrazado a Pety. Ella de algún modo supo que debía estar a mano.

El verdadero mensaje es como impacta nuestra vida amorosa o desamorada en las historias posteriores que arman nuestros hijos a su vez. Algo de lo que pocos son conscientes, por lo menos yo no lo era. Es imposible pretender que nuestros hijos armen una familia donde desarrollarse felices si nosotros no lo hicimos o si lo mantuvimos al costo de nuestra felicidad. Hay sin duda un legado de ADN, hay otro económico y cultural pero el hasta ayer, poco consciente para mí, legado amoroso existe y actúa también. Mas allá del mensaje que demos, nuestros hijos sabrán la verdad y fatalmente reproducirán la historia. Por eso es necesario que la conozcan completa.

Meryl había cumplido su dharma y había exteriorizado una vida en apariencia sin amor, pues guardó muy secretamente la marca de éste en su existencia. Como pudo, quiso darla a conocer para que sus hijos no viviesen el legado equivocado.

Me fui a dormir y lo hice plácidamente pensando que si uno es incapaz de vivir feliz y amorosamente por uno mismo, tiene en algún lugar la obligación de tomar las decisiones necesarias para hacerlo, simplemente por la misma razón que uno hace todo lo que hace desde que fue padre:  el bien de sus hijos.

En medio del llanto, la película me reservaba una sorpresa final. Supo arrancarme una sonora carcajada cuando al terminar los títulos incluyó la consabida frase que dice que los personajes son ficticios y que cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de febrero de 2015

La escena que elegí, sin duda, “somos nuestras decisiones”

Published in: on febrero 27, 2015 at 11:48 am  Comments (1)  

SORDO

corazon

 

 

SORDO

Calla corazón, ya es tarde para todo,

deja que la mente te lleve al hado,

tú amaste y te amaron a su modo,

al vivir de la vida enamorado.

Pero el tiempo pasa y huella deja,

no es cierto que el dolor se olvida,

y aunque burles del pasado la reja,

vive abierta en tí cada herida.

Renuncia, ya no tiene ningún sentido,

aventurar un amoroso camino,

pesa más el desengaño presentido,

que la promesa de un tierno destino.

Molesta tu obstinada insistencia,

tu oído tan sordo a las razones,

tu decir que el amor es impotencia,

tu creer que hay muerte sin corazones.

Estoy harto y cansado del fracaso,

odio estar en vano enamorado,

y voy a congelarte por si acaso,

la pulseada me la ganas ¡desgraciado!.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 14 de febrero de 2015

 

Published in: on febrero 14, 2015 at 10:42 pm  Dejar un comentario  
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