SI LORCA FUERA MARINO

SI LORCA FUERA MARINO

Alguna vez aprendí que comenzar cualquier cosa pidiendo perdón no tiene sentido, es mucho mejor no comenzarla. En este caso voy a olvidar dicha lección. He conocido escritores de todo tipo, la necesidad de volcar el alma en una hoja parece no encontrar frontera alguna y parece perfectamente compatible con cualquier actividad. Sin embargo, no deja de sorprenderme que un escritor destacado como Ignacio Sánchez Mejías haya sido nada menos que torero. Así fue que el gran Federico García Lorca, uno de mis númenes, haya trabado intensa amistad con alguien dedicado a tan sangriento oficio. Ignacio murió en su ley, corneado por un toro y Federico se encargó de hacer dicho hecho, que seguramente le habrá dolido en el alma, inmortal con su talento. El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías son cuatro elegías (La cogida y la muerte, Sangre derramada, Cuerpo presente y Alma ausente), una más bella y conmovedora que la otra que transportan al lector al intenso drama de un torero caído en la arena y las dolorosas escenas de su despedida. De ellas la primera,  repite 30 veces la hora del trágico suceso: las cinco en punto de la tarde. Hay horas trágicas en la vida de cada quien y seguramente la peor sea la de la muerte, sencillamente porque es la última, el del fin del tiempo propio. Esa letanía intercalada entre los versos restantes, remarcan dicho miedo ancestral y tornan a toda la elegía un lamento inquietantemente fúnebre.

Curiosamente las cinco de la tarde fue la hora en que el Crucero ARA Gral. Belgrano se sumergió en la heladas  y tormentosas aguas del Atlántico Sur, el 2 de mayo de 1982 llevándose consigo la vida de 323 marinos, 300 de cuyos cuerpos nunca fueron encontrados, yacen seguramente en el interior del crucero designado como tumba de guerra.

Me pareció propicio en las cercanías de un nuevo aniversario homenajear a nuestros Héroes de la Armada, componiendo una variación sobre la elegía mencionada. Fue una tragedia, intensa y duradera, de la cual no solo los familiares de los caídos no han podido reponerse, sino que pesa sobre la Argentina toda.

Pido perdón si a alguien ofendo, jamás fue mi intención comparar a un marino con un torero y le pido perdón a mi dios de las letras, el inmortal Federico, por tomar prestados sus versos para hacer este homenaje. No dudo, que él, que amaba profundamente a la Argentina, de haber sido marino y de haber vivido en 1982, me habría mirado con amor e indulgencia.

SI LORCA FUERA MARINO

a los Héroes del ARA Gral. Belgrano

A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un submarino trajo el negro espanto
a las cinco de la tarde.
Tres disparos callados por el costado
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó las balsas
a las cinco de la tarde.
Y el mar helado se encrespaba
a las cinco de la tarde.
Ya luchan el fuego y el agua
a las cinco de la tarde.
Y un casco con una proa arrancada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los gritos de ¡Viva la Patria!
a las cinco de la tarde.
Las volutas de veneno y el humo
a las cinco de la tarde.
En las olas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el crucero solo quilla arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el frío de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando el mar se cubrió de petróleo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd de acero es el buque
a las cinco de la tarde.
Hombres héroes porta su seno
a las cinco de la tarde.
El crucero ya se hundía por su frente
a las cinco de la tarde.
El océano se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la despedida
a las cinco de la tarde.
Cerrose el agua bajo el cielo oscuro
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el dolor rompía los lagrimales
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Variación sobre el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías  de Federico García Lorca

por Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de abril de 2018

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Published in: on abril 21, 2018 at 10:27 pm  Comments (1)  

TRAPECIO

 

TRAPECIO

Una cuestión de confianza

Con una profunda reverencia Gabriel agradeció los aplausos del público, al que no veía por los reflectores que tenía encima y cuyo haz de luz reflejaban en multitud de colores las lentejuelas de su chaqueta. Liberó sus brazos del brillante atuendo y con suma agilidad se dirigió a la escalera vertical que llevaba a las alturas donde los valientes se atreven, casi tocando el techo de la carpa del circo para el que trabajaba desde hacía cinco años. Los reflectores lo siguieron e iluminaron su carrera a grandes zancadas, revelando sus magníficamente torneados músculos de miembros superiores e inferiores, así como su trabajada espalda.
Trepó de un salto y ascendió veloz al compás de los redoblantes que llenaron a la multitud de un tenso temor expectante. Todos los ojos de los asistentes ascendieron con él, dudando entre la admiración y la compasión. Algunos eligieron no mirar, otros se taparon la boca preventivamente por si algún involuntario grito los sorprendía. Sin excepción pensaron que los trapecistas no eran humanos, debían ser una raza extraterrestre, o bien dotada de poderes especiales o por el contrario carente por completo de ese fantasma acosador de la vida humana: el temor a la muerte.
Gabriel no tenía miedo alguno, confiaba tanto en sus fuerzas, como en su entrenamiento. No era un número nuevo, lo había llevado a cabo en muchas ocasiones durante la gira por el interior del país que culminaba esa noche con la primera de las funciones en pleno Puerto Madero, el barrio “cool” de la capital argentina. Por si ello no bastaba, durante el día lo había realizado unas cuantas veces sin caer en la red colocada allá abajo, a la altura justo para que la caída la hundiera sin tocar el piso.
Confiaba Gabriel también en su compañero, el que estaba en la escalera de enfrente aguardándolo y balanceando el trapecio vacío. De los cinco años de trabajo, llevaba tres compartidos con Javier, le conocía vida, obra, amantes y lo más importante, miedos y valores. El sabía que su vida estaba en sus manos y uno no pone la vida en manos de cualquiera, por más trapecista que sea.
Mientras terminaba el ascenso, una inquietud lo invadió, aún recordaba el diálogo:
-Es Buenos Aires Gabriel, Puerto Madero para mejor, vas a salir en todos los noticieros, en todos los diarios, miles subirán el video a las redes sociales ¿te animás a saltar a la fama en serio?
-¿Qué esperás de mi Gaspar?
-Que te animes a hacer el número sin red, la gente viene por morbo, quiere que haya riesgo, vos sabés que hay muchos trapecistas que trabajan sin red.
-Siempre te dije que están locos, esto es un trabajo, no un suicidio.
-Pensalo.
Y Gabriel había aceptado, una paga excepcional, un poco de vanidad, un deseo secreto de ser convocado por un circo más importante, había sido un mezcla poco resistible. Allí estaba él, dispuesto a hacer un número que conocía bien pero……sin red. Fallar era equivalente a morir.
En el pequeño cuadrado que lo sostenía, respiró hondo, con el trapecio en sus manos. Eligió no mirar hacia abajo y ahuyentar toda inquietud. Flexionó las rodillas, miró fijo a su compañero en el otro pequeño cuadrado, quien también sostenía el trapecio que lanzado vacío, debía ser el que al final de la pirueta aérea cayera en sus manos, para llegar sano y salvo al otro lado del abismo.
Dicho trapecio no estaría todo el tiempo en su campo visual. Mientras él daba vueltas en el aire, impulsado por su trapecio el pequeño tramo de madera que debería atrapar estaría recorriendo su propio vaivén justo a sus espaldas. Era el punto ciego, el de máxima tensión del número y de la concurrencia ¿Habría coincidencia en el aire, entre sus manos de brazos extendidos al comenzar la caída y el paso del trapecio lanzado vacío por Javier? De no haberla era el final.
Gabriel hizo a Javier la seña convenida y esperó su respuesta, la coordinación de movimientos debía ser nada menos que perfecta.
Tomó impulso y se lanzó al vacío, al tiempo que Javier lanzaba el otro trapecio al abismo. Al final de su vaivén Gabriel se soltó y giró en el aire, una vez, dos veces, tres veces y estiró los brazos hacia la oscuridad vacía y herida apenas por el haz de los reflectores que lo seguían empecinadamente.
Fue un segundo trágico, Gabriel con los ojos bien abiertos y recuperada la posición horizontal, a punto de iniciar la caída, vio como su manos no llegaban al otro trapecio. Habría girado demasiado lento o Javier se habría excedido en el impulso, pero la coordinación fracasó. Y Gabriel vio con terror como, en la forma de un pequeño palo blanco, su vida huía de sus manos.
Sudando y sofocado, a punto de gritar, Gabriel se despertó envuelto en la oscuridad de un lugar que le pareció extraño. Con mucha dificultad por su sobrepeso y rodillas mal acomodadas se levantó del solitario lecho y dio de bruces contra una pared. Allí debería haber estado la puerta del baño, claro, de haber estado durmiendo en el dormitorio que ocupara con su esposa por los últimos treinta años, los que había durado el matrimonio que había concluido la tarde anterior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de abril de 2018

Published in: on abril 13, 2018 at 11:10 pm  Dejar un comentario  

EL NIVEL DE PREJUICIO

EL NIVEL DE PREJUICIO

Onceavo mandamiento

El atildado contador devenido hace unos años en entusiasta palabrero, salió de su casa de Villa Devoto, boleta y plata en mano, refunfuñando. Los saqueadores del gas le habían jugado otra mala pasada. Habiendo pagado anticipadamente una factura hacía unos pocos días, esperaba que la factura llegase con saldo cero. Iluso de él, por alguna misteriosa razón debía ingresar 4,91 pesos más. Enemigo acérrimo de la modernidad, nuestro héroe en ciertas cosas se había adaptado no sin protestar un poco. Entre ellas, estaba la de abonar todo lo que podía en el kiosko de la vuelta sobre la Av. Beiró. Los bancos daban tantas vueltas para cualquier trámite que eludía pisarlos a toda costa y pese a que le resultaba extraño confiar en el venezolano que le vendía las cervezas para cancelar sus deudas por los servicios otrora públicos, hoy en manos de asaltantes, cuando el monto no superaba los mil pesos se permitía dicha licencia.
Caminó las dos cuadras que lo separaban del maxi 7×24, pagos hasta las 18 y Sube no hay sistema, reflexionando amargo sobre las incongruencias de nuestra sociedad. Pensó que si los bancos no cobran, los kioskos cobran más de lo que venden, las estaciones de servicio son restós, las escuelas adoctrinan y no enseñan, es probable que terminemos llegando a rezar a los hoteles alojamiento.
El kiosko atiende todas las horas del día y de la noche por una minúscula ventanita y el venezolano o la colombiana que lo reemplaza, esperan a la clientela atrincherados detrás de una inmensa góndola de golosinas que nadie adquiere, simplemente porque solo tiene un dificultoso acceso visual a las mismas. Y supone el contador que con un dedo o un zapato listo para apretar algún botón de alarma.
Si no hay gente la operación es sencilla, uno entrega dinero y boletas por el huequito, el cobrador se va detrás de la trinchera y vuelve con boleta, ticket y vuelto. Si hay gente la cosa se complica porque uno tiene que hacer la fila en plena vereda con una boleta en la mano, la cual indica a todo oportunista que en el bolsillo tiene el efectivo para cancelarla. Regalado es poco y todos en la fila se la pasan mirando sobre el hombro a ver en qué momento le pegan el manotazo.
Nuestro contador, tranquilo porque pagaba solo 5 pesos, llevaba el billete en la mano y a la vista de todos, ya que hoy no sirve ni para propina, pues es muy probable que el destinatario se lo tire a uno en plena cara. Había tres personas esperando y decidió quedarse. Empero algo le olió feo.
En efecto lo primero que sintió fue el olor que despedía el muchacho que estaba justo delante de él. Unos casi cuarenta años, morochito, camiseta de futbol sucia, pantalones de futbol de otro talle sucio y pobres zapatillas.
De nada le sirvieron al contador sus prácticas espirituales, sus retiros monásticos, sus lecturas virtuosas, su conocimiento del karma y de varias sagradas escrituras. Comenzó con un instinto digno de un comisario a radiografiar al morocho. A continuación se informa el discurrir de su pensamiento.

“ Qué pinta de rocho…..pero tiene una boleta en la mano…..¿quien asalta con una boleta en la mano?…..puede ser una coartada……..Tipos así no vi nunca pagando por acá…….claro con todas las obras de miér…… que hay en el barrio esto se llenó de laburantes del andamio…….pero este de laburante tiene poco……¡vaya baranda!…. y la ropa manchada de rojo…..¿será sangre?…..no, debe ser vino….a ver, está tomando algo…..¿qué es? ……una energizante…….falopero también…..Uh, está tatuado…..¿será un mara?……no, es de un club de futbol…..pero no lo conozco…..qué raro.”

La demora se alargaba. El hombre que estaba siendo escrutado intensamente dio por terminada su lata de bebida energizante y la puso en el piso

“Desprolijo, ¿para qué buscar un tacho, no?”

Para peor se le ocurrió escupir en la vereda
“Pero que asco, éste no encaja aquí, siento que hay lío pronto…….a ver, ¿Dónde diablos habrá un policía?…. por lo menos le aviso para que esté atento…….nadie, como siempre, aquí te pueden dejar desnudo en la avenida que te salva magoya……….”

El venezolano comienza a atender a la señora que estaba justo delante del observado, que a esta altura ya tenía en la nuca los ojos paranoicos de nuestro contador, esperando el más mínimo movimiento sospechoso para ensayar algún tipo de inmovilización…….si por fortuna lograba acordarse el cómo.

La situación empeora. La señora, carente de todo temor preventivo decide abonar una factura cuyo monto era cercano a los 10000 pesos y comienza a sacar fajos de billetes de 500 pesos y otros pilones de billetes de 100. Nuestro héroe entra en pánico, piensa de todo de la señora y tensa sus músculatura para actuar, porque lo cree necesario en breve. El venezolano, con su pachorra caribeña y atendiendo a normas no escritas pero éticas, se dedica a contar los billetes, tras el vidrio pero a la vista de todos. El Rambo contable exaspera.

En su mundo, el falso jugador de futbol ni presta atención a los billetes y espera mansa y quedamente la conclusión de la operación. Justo cuando están por terminar de atender a la señora en cuestión suena un celular.

“Aja, encima con celu, seguro que es afanado”

A continuación se trascribe lo que el contable presto a inmovilizar al falso jugador pudo escuchar de la conversación telefónica, a la que, como resulta obvio, otorgó toda la atención del mundo. Tiene algunas lagunas y defectos porque le era imposible escuchar al interlocutor y nuestro jugador hablaba un español extraño con un fuerte acento paraguayo.

“ Hola hijo, como andás, me enteré de tu casamiento, tengo que decirte que papá no va a ir……..porque va tu madre……….y a donde ella va yo no puedo ir. Con todo lo que me hizo, con todo lo que les hizo a ustedes, con todo lo que les sigue haciendo, si voy va a ser para problema. Pero cualquier cosa que necesites contá conmigo, para llevar cosas, para ayudarte a preparar todo, vos sabes que siempre voy a estar, pero no me pidas que vaya. “

Los músculos de nuestro contable se aflojaron y pudo ver como sin dejar de hablar, el jugador sacaba 500 pesos y pagaba la factura que tenía en la mano. Pero otra sensación empezaba a nacer, exactamente en su estómago, empezó a sentir una especie de vergüenza.

“Me alegró muchísimo la noticia, no solo por vos, que ahora vas a estar acompañado y más lejos de todos los problemas, sino también por tu hijo pequeño que va a vivir sin tanta pelea cerca. Eso sí, no te olvides, una vez que estés instalado, tenés que buscar la bendición de la iglesia, en estas cosas es mejor meter a Dios en medio”

Disipado el miedo, pero atragantado de angustia, nuestro héroe tuvo un momento de lucidez y en silencio, aún seriamente avergonzado de sí mismo, se puso a bendecir tanto al jugador, como a su hijo, a su nieto, a su nuera y hasta a la madre para que encuentre paz.

El jugador resultó ser un obrero de la construcción de al lado del kiosko, como nuestro contador corroboró con el rabillo del ojo mientras pagaba sus 5 pesos, 4,91 para ser exactos, que lo habían llevado, en esa atareada mañana, a aprender semejante lección. El olor y la suciedad eran dignísimos porque provenían de un trabajo honesto, la bebida energizante era un paliativo al desgaste de la exigencia laboral y el creído ladrón era un hombre de familia desgarrado por una situación tan dolorosa como no poder hacerse presente en el casamiento de su hijo.
De no haber sentido tanta, pero tanta vergüenza de sus pensamientos y prejuicios, era probable que nuestro contador hasta se hubiera animado a pronunciar una pregunta que le orilló los labios: “Perdoname, oí involuntariamente tu situación, ¿en qué podría ayudarte?”.

Mientras caminaba de regreso a su casa, con la boleta paga, pensó que es imposible intentar forjar una sociedad integrada y en paz, con el nivel de prejuicio que portamos, todos, aún los más avezados y practicantes en cuestiones humanitarias y espirituales. Recordó por último una vieja enseñanza que el miedo, solo el miedo, le había hecho olvidar, en el momento que más necesitó tener presente, y que por su importancia debería ser erigida a la categoría de onceavo mandamiento.

“Nunca juzguéis a nadie, porque no tienes modo de saber el peso de la carga que soporta”

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 27 de febrero de 2018

Published in: on febrero 28, 2018 at 12:31 am  Comments (1)  

LA SOGA LARGA

 

LA SOGA LARGA

Una metáfora perruna

Pirata es un perro muy simpático, tiene ojos claros, uno con pelo blanco y el otro con pelo negro, de ahí su nombre que la gente del pueblo costero le puso un día. Es, como dice la canción “callejero por derecho propio” y “amante de su libertad”. Pirata hace su vida, como no tiene casa propia, va de puerta en puerta. Donde lo tratan bien se queda un tiempo, donde lo tratan mal, simplemente se va. En el pueblo le atribuyen algunas novias y hasta algunos cachorros pero él no reconoce ni a las unas, ni a los otros, cualquier atadura le parece peor que la tumba.
Durante algunos años en los que aprendió con creces la ley de la calle, es decir, dónde pedir comida, cómo poner la mejor cara para que te la den, cómo escabullirse de los perros grandotes, a qué hembra en celo perseguir y a cual no, cómo cruzar la calle, cómo no correr a las motos, dónde dormir, dónde guarecerse de la lluvia, los rayos y las ventiscas, Pirata disfrutó enormemente su vida callejera.
Empero, un día en que venía padeciendo hambre – era abril y la temporada había sido muy mala- enfermó severamente y por vez primera en su existencia sintió la necesidad de tener un amo, alguien que se ocupara de él. Como conocía a cada habitante del pueblo, no le resultó difícil armar el acting que llevase a una casi instantánea adopción. Se dirigió a la puerta de Claudia, una agraciada jovencita, muy pretendida por los galanes del lugar, se tiró al piso y comenzó a gemir, bajo una lluvia torrencial, muy lastimeramente. No pasaron ni diez minutos hasta que Claudia se apiadó de él, lo hizo pasar, le dio de comer y lo arropó en un cómodo colchón para la noche. Al día siguiente Pirata fue al veterinario. No le gustó demasiado porque lo pincharon por todos lados ya que nunca había recibido una vacuna. Como le indicaron un tratamiento, consiguió alojamiento en la casa de Claudia por un mes.
Durante esos treinta días Pirata desarrolló todas sus malas artes para conseguir: a. que el hermano menor de Claudia insistiese en quedárselo b. informar a la madre de Claudia que era el perro más obediente, limpio y ordenado de la tierra y c. hacer ver al padre de Claudia que realmente necesitaba una buena y silente compañía cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Conclusión, Pirata fue adoptado, Claudia y los suyos estaban felices pero en el interior de nuestro héroe una duda empezó a carcomerlo: “¿Me adaptaré a esta vida doméstica?”
La cosa empezó mal y siguió peor. Claudia era muy buena pero celosa y miedosa, de modo que compró un collar grande y seguro y una correa bien cortita, para tenerlo a Pirata siempre cerca de ella. No lo dejó tener ningún amigo de la calle por miedo a que se contagiara alguna de todas las plagas que suelen asolar a los sin dueño y cuando alguien visitaba su casa con animales, solía encerrarlo para que no molestarla. Para Pirata esa vida no le resultaba tolerable de ninguna manera. Entonces, una madrugada mientras todos dormían y sabiendo bien las ventajas y peligros de la calle, aún siendo pleno invierno, decidió fugarse e instalarse en una zona del pueblo donde sabía muy bien que Claudia no se animaría a ir a buscarlo.
Cuatro años más anduvo Pirata callejeando. Como cada tanto volvía al centro andaba siempre alerta que Claudia pudiese encontrarlo, ni bien la veía solía huir como rata por tirante. Ello fue así hasta que una tarde la vio paseando con una correa bien cortita a un hermoso afgano de pura raza. Pirata se sintió a salvo, de ninguna manera iba Claudia a cambiar una beldad bien adaptada por un pulguiento rebelde sin pedigree.
En el barrio nuevo que frecuentaba solía ir a cenar a la puerta de Beatriz, otra joven muy distinta a Claudia, mucho más sencilla y austera, pero de quien todos hablaban más que bien, solía hacer siempre lo correcto y ocuparse tanto de sus seres queridos como de los más necesitados que solían recurrir a ella. Otra vez Pirata enfermó y no tuvo a quien recurrir más que a ella, quien sin dudarlo le abrió de par en par las puertas de su hogar. Tras un par de meses de convalecencia durante el cual Pirata tuvo un comportamiento ejemplar, la cruel duda lo volvió a carcomer. “¿Hago el acting para que me adopte o me tomo las de Villadiego?” Le bastó cruzar una mirada suplicante con Beatriz, para que el buen corazón que habitaba en ella lo invitase a formar parte de su familia. Beatriz le puso un collar chiquito y liviano, lo suficiente para sostener una chapita con su nombre y un número telefónico al que ató una soga finita y muy pero muy larga. Pirata se sorprendió pero no dejó de festejar que esta vez no le tocaba una dueña ni celosa, ni posesiva como la anterior. Pensó que ello le haría la adaptación a la vida doméstica mucho más sencilla. Y lo fue.
Pirata hacía lo que quería, día y noche. Cuando se le antojaba se quedaba en la casa, cuando quería ver a sus amigos de la calle lo hacía, comía lo que quería, intimaba con las visitas.
Beatriz le perdonaba todo, nunca una queja, nunca un reproche, nunca un reto, lo miraba a los ojos y le sonreía como diciendo “te comprendo, para mí está todo bien mientras seas feliz”.
Pero por lo general los independientes y libertinos, también suelen ser inconformistas, siempre hay algo que les falta y el que empezó a quejarse fue Pirata.
¿Por qué Beatriz ni nadie en la casa jugaba con él?
¿Por qué no le hablaban aunque no entendiera?
¿Por qué no lo sacaban a pasear nunca, ni siquiera una vuelta a manzana?
Tras meses de cavilaciones interiores Pirata llegó a una tristísima conclusión, a la cual debería haber dado el beneficio de la duda pero Pirata le otorgó fatalmente el carácter de certeza.
“No me quieren”
Es que Pirata se la pasaba comparando. Era verdad que cada vez que llegaba a su casa de sus correrías tanto diurnas como nocturnas tenía todo listo, cucha limpia y comida pronta, pero hasta la ausencia de reproches lo reafirmaba en su convicción que el cariño de Beatriz era tan pequeño que bien podía ser tildado de indiferencia. Y él, tras tantos años solitarios y en peligro, necesitaba ternura………en sobredosis. Salió a buscarla.
Como la soga era larga, le permitía llegar a la puerta de vecinos bien lejanos. Con la excepción de Claudia, donde ni loco volvería, comenzó a hacerse el artista en la puerta de Pedro, Alicia, Juan, Norma, etc. etc. etc.. Todos le prodigaban mimos a raudales, jugaban, le hablaban, lo paseaban, lo invitaban a compartir juegos con los niños de la casa, hasta lo bañaban y dejaban jugar con sus atildadas mascotas, ya que el aspecto de Pirata así lo ameritaba. Durante sus estancias en casas vecinas nunca Beatriz salió a buscarlo ni preguntó por él, ya que estaba convencida que regresaría. Si no lo hacía esa misma noche, lo haría al día siguiente. A Pirata ello no le cayó nada bien. “No le importo, me pueden haber atropellado y ni mis restos saldrá a buscar”.
Convencido como estaba que Beatriz no lo quería, intentó ser adoptado por algunas de las casas que visitaba con frecuencia. Pero ninguno se animó a hacerlo porque era evidente que dueño ya tenía, como atestiguaba la presencia de la soga y la chapita colgando del collar.
Pirata comenzó a deprimirse, donde estaba no obtenía la ternura que necesitaba, su cuerpo era correctamente alimentado pero su alma desfallecía. Y donde recibía el alimento de su alma ya tenían otros perros y por ser incorrecto nunca procederían a adoptar un perro con amo. La tristeza lo invadió y una noche, tras pasar unos cuantos días tirado en casa de Beatriz sin probar bocado y sin dormir, decidió cambiar de pueblo.
Salió furtivamente de la casa, se dirigió a la playa y se puso a correr paralelo al mar. Por primera vez en su vida Pirata tuvo miedo, miedo de sí mismo. Sintió una rara voz en su interior que le decía “Corré para adentro del mar, allí está la verdadera libertad que buscas”. Pirata lloró amargamente.
El más cercano pueblo costero estaba a diez kilómetros así que aceleró el trote. Habría hecho unos cinco kilómetros cuando su prodigiosa mente le hizo ver que estaba viviendo una imposibilidad.
“Epa, la soga era larga, pero no tanto ¿Cómo puede ser que aún la tenga en el cuello y floja? ¿se habrá cortado contra algo? ¿alguien se habrá enredado en ella y la cortó?”
Pirata se detuvo en la orilla lleno de preguntas. Cuando volteó el hocico hacia la dirección desde donde había venido, alumbrada por un rayo de luna y resoplando, vio surgir de entre las sombras, soga en mano, la figura de Beatriz.
Llegó hasta él, lo abrazó y le dijo:
“Supe de cada uno de tus pasos, de tus luchas, de tus errores y de tus quebrantos. Todos los comprendí y todos los perdoné. El único que no estaba dispuesta a tolerar era que me abandones, vamos a casa”.
Con paso cansino Pirata volvió caminando a su lado, pensando que aunque no lo quieran como él necesita, es mejor que exista alguien en el mundo que lo quiera, de la mejor forma que pueda. Y ese era, sin dudas, el bendito lugar, que la siempre difícil vida le estaba ofreciendo para envejecer y morir.
Atrás, sobre la oscura arena, quedaron el diminuto collar, la chapita y la soga larga. Ni Pirata ni Beatriz los creyeron ahora necesarios.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018

Published in: on febrero 13, 2018 at 5:54 pm  Dejar un comentario  

REVELACIÓN

REVELACIÓN

Entre llantos desgarradores unos hombres de traje negro cerraron el ataúd. José lloraba fuertemente tomado de las faldas de su madre, mientras miraba desconsolado como cargaban los restos mortales de su abuelo Gabriel, quien en realidad había hecho durante sus trece años de vida, de abuelo y padre para el niño.
Cristian, su padre biológico no había llegado a conocerlo y poco o nada le habían hecho saber de él. No había fotos en la casa, ni libros, ni diplomas de los cuales tener un leve atisbo de su paso por la familia. “Ya te vas a enterar a su debido tiempo” era la respuesta que siempre le espetaban a boca de jarro su madre y su abuelo, abortando así toda posibilidad de repregunta.
Siguieron días sumamente infelices. Dora, su madre vestida de riguroso luto todo el santo día, brindó a José la atención minima e imprescindible. El joven, a su vez sufriendo una permanente jaqueca, faltó por una semana a la escuela, durante la cual, cuando no irrumpía en sollozos, contagiados por los que profería Dora, hacía la tarea que su amigo Sergio, le traía todos los días del colegio secundario al que ambos asistían, el Moseñor Pironio.
La vida, como siempre lo hace, continuó. Esther, una buena amiga de Dora desde sus años mozos, se vino a vivir a la casona para ayudarla a retomar el camino. Y José, triste, pero repuesto físicamente, retomó sus actividades. Secundario a la mañana y tardes variadas. Natación lunes y viernes, curso de confirmación en la parroquia del barrio los martes y jueves, clases de guitarra los miércoles.
Los fines de semana se repartían entre la odiosa tarea de la profesora de contabilidad, las páginas de ejercicios de caligrafía, el estudio del Nuevo Testamento y la invariable visita a la Chacarita, al nicho del abuelo Gabriel. Sergio venía seguido a invitarlo a ir a la cancha a ver a Atlanta pero José estaba demasiado triste para soportar una multitud en torno suyo.
Habrán pasado un par de meses, cuando a favor de la primer salida de Dora del brazo de Esther, José se quedó solo en la vieja casona practicando sus escalas de guitarra.
Al atardecer, envuelto en sombras, una angustia sobrecogedora se apoderó de su soledad y José se resignó a llorar un rato más. Extrañaba demasiado a su abuelo y para sentir su compañía de algún modo, tomó coraje y se fue al que había sido, desde que tuviera uso de razón, su inviolable cuarto.
Apurada por salir, su madre no le había echado llave a la cerradura, circunstancia que permitió a José entrar y recostarse en la cama vacía, cerrar sus ojos e imaginar que en cualquier momento sentiría el cálido abrazo de Gabriel.
Estuvo así un buen rato y sintiendo pocas fuerzas para levantarse, encendió el velador de la antigua mesa de luz y posó sus ojos en el techo, ahora iluminado. Una rara sombra dibujada en el blanco cielorraso capturó su atención. El objeto que la proyectaba estaba ubicado arriba del viejo ropero de dos puertas.
Era una pequeña valija, antiquísima, que mostraba, sin pudor alguno, las marcas del paso del tiempo y denunciaba a la vez un intenso trajín viajero hasta su destino final en ese sitio.
Invadido por la curiosidad, José trepó a una silla, bajó la valija del ropero y se dispuso a revisar su contenido sentado en la cama, a la mortecina luz del velador.
En su interior había una especie de pijama, de fondo blanco, amarillo de tiempo, con rayas verticales de un negro descolorido. A la altura del pecho un número, casi borrado de seis dígitos, que le recordó otro que había visto tatuado en el antebrazo izquierdo de su abuelo, sin poder identificar si se trataba de los mismos guarismos.
Con sumo cuidado, retiró al pijama de la valija y vio al desdoblarlo que bien podría haber pertenecido a Gabriel, ya que la talla correspondía a su contextura física. Revisó los bolsillos y en uno de ellos dio con un ajado carnet, del cual sobresalía una foto de un joven con sus casi idénticas facciones. Arriba de la foto un extraño sello que todavía podía leerse, decía Partido Revolucionario. Abajo de la foto, otro número, más corto que el del pijama y el nombre del portador del rostro: David Jerusalinsky.
“¡Vaya coincidencia!” se dijo José “su apellido comienza como el mío, yo soy José Jerusa”
En ese preciso instante se escucharon ruidos en el zaguán. Dora y Esther habían regresado de su salida. No queriendo sumar una reprimenda a un domingo para el olvido, José restituyó pijama, carnet y valija a su sitio original, apagó el velador y salió presuroso del cuarto de su abuelo.
No podía de ninguna manera imaginar es ese momento que conocer la verdad completa de la historia que esa tarde había comenzado a revelarse, le llevaría nada menos que los próximos cuarenta años.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on enero 21, 2018 at 5:10 pm  Dejar un comentario  

SUEÑO CUMPLIDO

 

SUEÑO CUMPLIDO

Justo acompañó a la joven reportera hasta la puerta cancel que separaba hasta el jardín delantero bastante maltratado por el abandono y la abrió caballerosamente, frnaqueándole la salida.
–”Gracias por la nota” dijo ella con su mejor sonrisa, cruzando la juvenil mirada por un breve instante con la cansina e inexpresiva mirada de Justo, “sale mañana a las 12 por canal 26” añadió.
–“No estoy seguro de verme, con el espejo me alcanza, gracias a usted por llegarse hasta aquí, salgo bien poco, no me llevo bien con la presurosa y desordenada multitud” respondió Justo, al tiempo que cerraba la puerta tras la bella cronista del canal cultura, para encaminar sin demora sus pasos hacia la puerta del antiguo edificio donde, desde hacía varios años, transcurría la mayor parte de su vida.
“Ya está, cumplí” se dicjo acomodándose la bata de seda y transponiendo el umbral de la puerta alta, gruesa y artesanal que había dejado abierta un momento antes.
Vieja y molesta como él, su perra Antonia se limitó a abrir un ojo desde el sofá donde dormía, tan solo para cerciorarse que su único compañero había vuelto a entrar. Dueña de todos los rincones, no tenía la menor intención de retomar su vida de callejera buscona, de la cual Justo la rescatase seis años atrás.
Cuando quedó otra vez solo en la vieja casona, tomó asiento ante su escritorio, se sirvió un vaso de whisky puro y se dedicó a revisar la correspondencia. La vocación de aislamiento lo había llevado a prescindir por completo de las nuevas tecnologías en boga, solo para hacerlo más complicado el acceso a los interesados en contactarlo. Sin embargo, diariamente un docena de cartas desde distintos lugares del mundo se las ingeniaban para molestarlo.
“Veamos quien osa hoy perturbar mi paz” pensó mientras comenzaba a abrirlas y leerlas sin entusiasmo alguno.
“mmmm……. cocktail el viernes en la embajada italiana, saludos del director de la Biblioteca Nacional, invitación al Congreso de la Lengua en Madrid, propuesta para coordinar el foro de novelistas de Harvard………., No se para qué insisten si saben que no salgo de aquí” se dijo mientras prolijamente, una a una, todas las cartas daban de cabeza en la basura.
Mientras el whisky giraba en su boca y lentamente quemaba su garganta a la par que su hastío, se sintió en la cima. Su intensa labor de años había sido coronada por el éxito, si así puede decirse de una suculenta cuenta bancaria y reconocimiento indiscutido a sus dotes de novelista tanto nacional como internacional.
Pero para Justo otro tipo de éxito conseguido, era más importante aún. Había batallado por décadas con una terriblemente problemática vida de relación. Caprichoso y egocéntrico, como buen hijo único muy mimado desde siempre, dotado de un talento que fogoneó desde niño su vanidad hasta límites insospechados, no tuvo una convivencia armoniosa con sus padres, quienes por más esfuerzo que pusieron y variantes que intentaron, nunca encontraron un molde adecuado para él. No sabemos si fueron ellos quienes renunciaron o fue Justo quien se cansó, lo único cierto es que a sus 20 años se fue a vivir solo y nunca más los vio.
Mujeres hubo en su vida, todas o casi todas lo admiraron pero ninguna lo amó, por lo menos en la forma en que Justo pretendía, según las malas lenguas, al estilo del sometimiento medieval o musulmán. Con ninguna de ellas sintió la vocación paterna, los hijos suelen ser importantes atrasos en la ruta a la cima y creía Justo, no sin poca razón, que llegaría en el proceso de crecimiento la infausta hora del cuestionamiento a la autoridad paterna, la cual no se imaginaba soportando.
Siempre cultivó la amistad, acompañó y se sintió acompañado por sus diferentes grupos de amigos, los cuales se ocupó puntillosamente de evitar su mezcla. Justo no tenía solo amigos, el poseía amigos para fines específicos: los de la noche, los de la literatura, los de los viajes cortos, los del bar. Amigos de a ratos, y en los ratos que él quería. Si quienes querían verlo eran ellos, siempre tenía Justo un pretexto a mano para frustrar la reunión.
Sus relaciones laborales no fueron mejores. Una larga lista de editores y secretarias guardaban malos recuerdos de los desplantes de Justo.
Allá por su 50 años, hoy contaba con 20 más, Justo había renunciado absoluta y completamente a la relación humana. Y en esa soledad, liberado al fin de las decepciones, la frustración de sus expectativas, los conflictos permanentes, la negociación de espacios y actividades siempre insatisfactoria, se sentía onmipotente.
Podía todo, cuando y como quería, sin rendir a nadie cuenta de sus actos.
Para Justo eso era el éxito: vivir en paz, su sueño cumplido.
Aunque esa paz tuviese el costo de la alegría y el gozo que solo de la profunda comunión con otro ser humano suele brotar.
Justo no podía evaluar correctamente dicho costo, jamás lo había experimentado y ya era tarde, demasiado tarde para ir en su búsqueda.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 20 de septiembre de 2017

 

Published in: on enero 17, 2018 at 9:10 pm  Dejar un comentario  

SÍNDROME

SÍNDROME

Dicen que la religión comienza con la muerte del padre, En mi caso lo que comenzó fue el miedo. Y lo hizo mucho antes de aquel fatídico 24 de marzo de 1970. Mi papá volaba, por trabajo, muchas veces en el año, en un tiempo en que los aviones se caían con suma frecuencia, es decir que cada vez que venían a buscarlo para llevarlo a Ezeiza, tanto mi madre como yo, vivíamos el hecho como una posible muerte. Eso nos salvó después, cuando la muerte fue real. Un día, hartos los dos de andar llorando por los rincones, nos pusimos de acuerdo en considerar la ausencia paterna del hogar, como un viaje mucho más largo, del que algún día volvería. Volvió, claro que volvió, en mis sueños. Con mucha frecuencia soñé su llegada a casa, mi alegría por el reencuentro y viví con desazón mi despertar. Ese pacto nos protegió del dolor insoportable, pero también es cierto que detuvo el duelo. Tuvieron que pasar décadas para que una inolvidable tarde de role playing que formaba parte de mi psicoterapia, pudiera entonces sí, decir adiós.
Acostumbrado a callar sus heridas, a mis trece años pensaba que mi padre gozaba de perfecta salud. ¿Como iba a imaginar sus padecimientos si jugábamos a la paleta hasta agotarnos o nadábamos en el mar incluso con agua bastante fría?. Y se murió en dos tiempos, muy lejos de mis temidos aviones. Una mañana antes de ir a trabajar se descompuso, era el 10 de marzo, hubo dudas, interconsultas, operaciones, mala praxis, cambio de nosocomio, emergencias varias, es decir lo habitual: cuando llega la hora, nada sirve, todo sale siempre mal, muy mal. Pero entre el 10 y el 24 de marzo, mi padre cumplió años. Por sus viajes estaba acostumbrado a celebrarlos fuera de fecha, pero nunca a verlo entubado en una terapia intensiva con mi madre desesperada a su lado. Había nacido en 1909, aquél 16 de marzo cumplía 61 años, la edad que estoy cumpliendo hoy.
Mucho he leído sobre el síndrome del aniversario y sé, por mis amigos, cuánto cuesta superar la edad a la que sus padres partieron. Se mezcla una rara culpa del sobreviviente, una sensación de lealtad rota, muy especialmente en aquellos que han seguido firmemente sus huellas en la vida. Afortunadamente yo hace rato que dije adiós como se debe y que rompí el camino, no tengo tanta lealtad a mi padre y sus mandatos como para morirme por él. Empero un mal recuerdo me acompaña como una sombra, el de las puertas de esa terapia intensiva donde entendí que mi orfandad comenzaba a tomar cuerpo. Unos pocos años después, en el mismo sitio yacía mi amigo Raúl, quien a sus 20 años había decidió quitarse la vida. Pude llegar hasta las puertas con nuestro grupo de amigos, pero a la hora de entrar pudo más el recuerdo de ese cumpleaños, triste como ninguno y no pude pasar a despedirme. No tengo dudas que bendecido como soy por haber llegado bastante entero, cuerdo y coherente hasta aquí, alzaré con alegría mi copa esta noche, pero tampoco las tengo, que en el fondo me aguarda un dejo de tristeza, en especial por los años que la ladrona muerte, me privó de compartir con alguien que sigo extrañando.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de enero de 2018

Published in: on enero 12, 2018 at 1:21 pm  Dejar un comentario  

LA PIPA DEL CAPITÁN

LA PIPA DEL CAPITÁN

Memoria de ser amado

Moría el domingo, uno distinto para Wenceslao. Su esposa desde hacía tantos años que ni se acordaba, había ido a visitar a una prima, anciana como ella, que vivía en Carrasco y volvería recién el lunes por la tarde. Las sombras que invadían su escritorio del departamento en que vivían, herencia de su padre, en los últimos pisos del Palacio Salvo, interrumpieron su lectura de Benito Cereno, esa poco conocida pero hermosa historia marinera de Herman Melville. Cerró el libro y se levantó del sillón con cierto esfuerzo, sus más de 30 años como capitán de ultramar habían dejado huellas en sus rodillas y caderas y los días de humedad su movilidad se veía acotada.
La perspectiva de cenar en soledad no le atraía demasiado y además un cierto nudo en el abdomen había ahuyentado el hambre. Estaba solo, podía fumar. En el fondo del último cajón del ropero, donde Silvana, su esposa jamás llegaría por no poder agacharse ella tampoco demasiado, lo esperaba una caja finamente tallada. Con suma dificultad llegó a ella y al abrirla dio con su pipa y un sobre de tabaco, la misma pipa y la misma marca de tabaco que lo acompañara en la soledad del puente de mando del último carguero que capitaneó por un lustro. Se tomó su tiempo para prepararla con esmero y en la oscuridad un fósforo alumbró su rostro ajado, sus ojos tristes, su barba cana y su cabello desordenado, antes de encender la vieja pipa.
La primera pitada fue placentera, la segunda no tanto, y la tercera lo llenó de angustia. Delante suyo, en lugar de olas de 10 metros y un horizonte esquivo, que el tabaco le solicitaba ver, había una ventana no muy grande que daba a un Montevideo que se iluminaba de a poco. Para no sentirse tan mal recurrió a una sucia caja que hacía mucho tiempo que no se abría, ubicada encima del ropero. De allí extrajo una chaqueta marinera, su uniforme de marino mercante, que rápidamente vistió. Se miró al espejo, fue peor. La imagen no era la del capitán temido y respetado a la vez por la tripulación, enérgico, conocedor de los secretos de los vientos y mareas, siempre dispuesto a dar todo de sí, para ganarle la pulseada al océano y llegar seguro a puerto con hombres y cargas.
A cierta edad el curriculum, no tiene valor alguno, no importaban sus hazañas, sus varias vueltas al mundo, sus innumerables distinciones, diplomas, premios. Hoy lo juzgaban por lo que era hoy, apenas un marino mercante más, jubilado, a quien nadie convocaría para gobernar ni siquiera un barquito fluvial.
Las volutas del humo lo envolvieron en la oscuridad y lo guiaron a buscar un sillón, un par de binoculares celosamente bien conservados desde el tiempo que los usaba para otear el infinito y a sentarse con ellos junto a la alta ventana que se abría, entre otras muchas cosas, sobre el puerto montevideano, el cual rápidamente enfocó.
La visión de los modernos cargueros atracados, esperando al lunes para reiniciar sus tareas febriles de carga y descarga, meciéndose al ritmo de la suave marea que los celosos espigones dejaban pasar, le hizo bien. Hoy no era nadie, pero había sido. Él había gobernado gigantes parecidos, sin un solo accidente, sin perder un solo hombre a lo largo de toda su carrera y con una tecnología mucho más imprecisa, con unas comunicaciones mucho más endebles, con riesgos muchísimo más severos.
Se dio cuenta que no podía sin ser injusto, quejarse de la vida que había llevado. Le habían pagado por conocer casi todo el mundo, en su bagaje cultural había más conocimiento directo de culturas, pueblos, ciudades y costumbres que aquél del que solían alardear vanidosos profesores universitarios de todo tipo. Había disfrutado de las mieles y las cargas del poder mucho más que cualquier gobernante. Cuando el barco deja el puerto es un país en si mismo, donde el capitán es rey, tirano, monarca y dictador, juez supremo y padre protector de toda la tripulación.
Pero Wenceslao tenía algo más que agradecer a su ajetreado recorrido vital. No era un mito, los marinos tenían una novia en cada puerto y él así lo había gozado. Quizás fuera esa cercanía con la muerte que los hacía disfrutar a tope cada noche en puerto, o quizás fuera esa certeza que el reencuentro siempre sería incierto lo que los tornaba más audaces y rápidos a la hora de seducir a una mujer, o la soledad del mar y en su caso la soledad del mando que requería una necesaria sobre compensación en el tiempo en tierra. Sin tener muy en claro el motivo la volutas de la pipa ahora le traían formas de mujeres. Veía en ellos los senos de Laura de Estambul, las caderas de Norma de Hamburgo, los muslos de Adriana de Trieste, las mejillas de Sally de Nueva York. Y venían en tropel recuerdos de burdeles y de hogares, de hoteles alojamiento de casadas en falta, de esquinas oscuras de jovencitas perdidas, de piezas humildes y camas suntuosas, sabiendo que tanto él como ellas eran aves de una noche sola, algo que olvidar mutuamente al amanecer.
Las reincidencias habían sido raras, le alcanzaban los dedos de una mano para contarlas. Eran las mujeres por quienes había sentido algo más que una necesidad, algo que no podría definirse como amor, ya que a él le estaba vedado. Contrariando una idea popular, el viajero casado se prohíbe a si mismo enamorarse de nadie, no puede ni debe arriesgarse al desgarro, al trío imposible, al amor a distancia. Eso no le había impedido encariñarse con aquellas con quienes había reincidido cuando su itinerario siempre cambiante lo devolvía a un puerto en el que había estado no hacía demasiado tiempo y se sorprendía buscándolas, preguntando aquí y allá por ellas hasta lograr arreglar un encuentro que por dificultoso siempre resultaba apasionado. De ellas el humo no le traía recuerdos de partes íntimas sino gestos diversos, casi siempre rostros. De una veía en las volutas la forma única como se arreglaba el cabello, de otra los mohines de su boca cuando deseaba alterarlo, de otra los ojos entrecerrados despidiendo una fiebre pasional.
El capitán estuvo un buen rato entretenido, mirando barcos con sus binoculares y con cada sorbo de la pipa recordando mujeres, intentando asociar formas a nombres y nombres a puertos. Entonces sucedió, con la velocidad del rayo que ilumina el pensar, llegó Teresa. Y las volutas de humo no trajeron a nadie más. Se unificaron y se la mostraron de cuerpo entero, allí estaba ella, junto a él, en esa habitación solitaria y oscura de la altura montevideana.
Wenceslao se conmovió, su viejo corazón dio un brinco y comenzó a latir con una fuerza que no recordaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su alma de paz. Era ella sin dudas el mejor de sus recuerdos, el que aún lo hacía vibrar. Habían pasado ya dos décadas pero el capitán recordaba con exactitud las circunstancias que lo llevaron a sus brazos. Una severa tormenta en el Caribe lo había sorprendido y buscando refugio había atracado, fuera de itinerario, en una bahía protegida de la venezolana Isla Margarita, Llegó habiéndola pasado muy pero muy mal. No solo el susto de la tormenta había sido grande sino que atacados por el pánico sus tripulantes, incluso los de más confianza se habían amotinado en su contra, exigiendo la búsqueda inmediata de un puerto seguro. Desembarcó el capitán en una profunda crisis que le hizo cavilar sobre la seria posibilidad de su retiro. En ese clima tanto exterior como interior desapacible se había registrado en una humilde hospedería que regenteaba Teresa, una hermosa mujer 30 años menor, casada con dos niños pequeños y un marido viajante de comercio que andaba dicha noche por algún rincón del Orinoco. Solo, triste y desolado el capitán había prolongado los tragos de la sobremesa y Teresa viéndolo en un estado lamentable se decidió a acompañarlo. La tormentosa noche hizo necesitar a los solitarios de cercanías, las desavenencias pidieron escuchas y la charla desnudó afinidades más allá de lo imaginable. Al amanecer ella estaba profundamente enamorada y él sabía que le iba a costar muchísimo abandonar la isla. El temporal devino huracán y el mal tiempo impidió al carguero zarpar por una semana. Esos siete días le parecieron al capitán un tiempo fuera del tiempo, un lugar existente exclusivamente en sueños y Teresa la geografía a la que siempre perteneció sin saberlo.
Sus ruegos fueron inútiles, el capitán, su carguero y su tripulación, tras los perdones del caso, partieron al alba del octavo día. Nada pudo ser igual para Wenceslao de ahí en más.
El humo en la oscuridad formó otras figuras, entre ellas las del dueño de la naviera y sus risotadas cuando el capitán solicitó el pase a una línea costera para tener en el itinerario la Isla Margarita, lo que implicaba no solo una disminución de sueldo sino también de jerarquía. También llegó la cara preocupada de su segundo de a bordo cuando Wenceslao gobernó el barco en viaje a China sin dormir por una semana aferrado al timón día y noche por no atreverse a cerrar los ojos ya que el recuerdo de Teresa lo atormentaba.
Nunca más logró verla y el tiempo, como sabe hacerlo, adormeció el sentimiento. La distancia hizo lo suyo y el capitán volvió a las andadas, marido fiel en Montevideo, visitante de ignotas mujeres a quien ni siquiera el nombre preguntaba, en cada puerto visitado. Pero Teresa siguió ahi, su terco amor lo persiguió de día y de noche en cada rincón del mundo en que se halló. Le llevó a Wenceslao unos cuantos años, unas cuantas tormentas y miles de millas náuticas sentirse agradecido por la experiencia. Teresa lo había amado con el alma y lo había hecho para siempre. El capitán no conocía a nadie que pudiera colgarse esa medalla.
Con la cara bañada en lágrimas que no podía decir con seguridad fuesen de emoción o alegría, dio una última larga pitada a la vieja pipa, obnubiló su visión del puerto con el humo y feliz, definitivamente feliz, se levantó dispuesto a guardar chaqueta, binoculares, pipa y tabaco. Mañana llegaba su esposa y todo debía estar en perfecto orden.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de enero de 2018

Published in: on enero 8, 2018 at 12:07 am  Dejar un comentario  

ESTERTORES DE PRIMAVERA

ESTERTORES DE PRIMAVERA

El poeta sabe que ya no habrá primavera para él, se ha quedado sin brotes, sin flores, sin savia, casi sin nada para dar. Es bien consciente que solo el marmóreo frío del invierno, antesala de la partida, es quien lo aguarda. Empero, contra todo pronóstico, la última primavera ( alguna lo será realmente) le ofrece, colorida y fecunda, sus brillantes estertores antes de irse para siempre. Y el poeta, aún conociendo su imposibilidad, su fantasiosa pretensión, se entrega al éxtasis y lo apura, como la última copa de un viaje malhadado, que quizás por ser la última tenga un gusto un poco mejor. Pagará el precio de su ensueño, la realidad impía lo acorralará una vez más y su materia, cansada del trajín, harta de la angustia, enfermará nueva y severamente. Vendrán días de silencio camino a un verano, aún más ausente que el anterior y a sus puertas nos legará sus versos, que sonarán en el vacío y en la ausencia que todo lo define, como aquél pequeño instante de amor que no volverá, pero cuya luz será eterna, definitivamente eterna.

BRILLO

Quizás tan solo yo percibí,
de su alma el raro fulgor,
que un día de sol decidí,
luciérnaga nombrar a mi amor

Ella aún de mi no sabe,
que velo su sueño y labor,
inocente en ella no cabe,
ser dueña de mi empeño mejor.

Pues ella tampoco conoce,
que mi peor noche alumbró,
su mirada mi mejor goce,
y su sonrisa mil flores sembró.

Fue su luz faro en la niebla,
su ternura senda a seguir,
y ese brillo tenue que tiembla,
mi única razón de existir.

Nadie sospecha que tan solo,
tras mi obra, esfuerzo, dolor,
se oculta la razón de todo,
mi frágil luciérnaga de amor.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 8 de octubre de 2017

ÚLTIMO

Y volverá la noche,
a llenarme de frío,
de duda y reproche,
en el invierno mío.

Y llegará la muerte,
de silencio vestida,
un golpe de hoz fuerte,
me robará la vida.

Y me quedaré solo,
Dios solo sabe donde,
pregunto, gimo, lloro,
mas nadie me responde.

Tanta triste certeza,
de camino finito,
aturde mi cabeza,
se hunde en mi grito.

Sin embargo no puede,
vencer mi alegría,
pues a ello precede,
el transcurrir del día.

A cuya alba asisto,
deseo su mediodía,
ocaso no resisto,
bailo su melodía.
.
Último y distinto,
quizás será el mejor,
pues de color lo pinto,
a la luz de tu amor.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de octubre de 2013

NOCTURNA

Salió el poeta al camino,
con su alforja llena de versos,
sus límpidos ojos peregrinos,
sus lápices y papeles tersos.

Quizás lo aguarde el aplauso,
o la indiferencia callada,
seguirá el poeta su curso,
pues todo le vale casi nada.

Viajará con él la alegría,
de saberse por alguien amado ,
que aguardará noche y día,
a su amor con bien regresado.

Pero el poeta no la extraña,
pues siempre en su alma la lleva,
y ya no miente ni se engaña,
ni contra el amor se subleva.

Disfruta el tenerla cercana,
cuando en la ruta anochece,
y sabe esperar la mañana,
siendo parte de sueño que crece.

Dormirá ella en su memoria,
vestida de temor y certeza,
que su amor inefable noria,
alienta en él cada proeza.

Artífice y tan oculta,
guardará celosa el secreto,
de ser ella musa que exulta,
en poeta su verso concreto.

Deseará él un presto retorno,
olvidará fastos y escena,
por ser de negros ojos adorno,
de corazón amante condena.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 18 de octubre de 2017

QUE

¿Qué se esconde en tu poesía? le preguntaron al poeta.
Pues nada, está todo a la vista, respondió.
Me refiero a cuánto de verdad y cuánto de mentira tiene aquello que dices.

La verdad es siempre parcial y relativa, por lo menos la que sabemos alcanzar los hombres y eso que tu llamas mentira, pues a mi me gusta nombrarla fantasía. En consecuencia no hay absolutos, cada quien leerá lo que pueda leer en mi verso.
Pero hombre, en el fondo lo que todos quieren saber es si has vivido, o si vives, o si sientes, lo que pones en palabras.
Sentir lo he sentido todo, pues al pasar por mi he vibrado con ello. Pero vivir, nunca exactamente, a veces son deseos, pensamientos, fantasías, nuevamente a ella volvemos.
Vaya que sabes ponerme nervioso. Todos quieren saber si hay un alguien a quien le escribes.
No, si publico es que escribo para todos.
Pero Dios santo, ¿Cómo quieres que te lo pregunte? Ah, ya se, dime de una vez quien diablos es tu musa, porque andan por ahí peleándose por ser.
Todas, amigo, todas, puede ser alguna más que otra, alguna por un rasgo, otra por otro, alguna por una palabra, otra por un abrazo, alguna por su belleza, otra por su cultura.
Debo concluir entonces que eres un polígamo, que si por ti fuera tendrías un harén.
Vaya ocurrencia, jamás lo haría, su vida es de ellas y de quienes ellas elijan para compartirla, yo solo les robo su esencia, las atrapo en un verso y las llevo conmigo, por siempre.
¿Y ellas? No piensas en cómo quedan tras tu “robo de esencia”.
Soberanamente mejor sin duda, hasta ahora no he conocido ser humano que no mejore cuando se siente amado, aunque solo fuera por una pluma en un papel.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 25 de octubre de 2017

HABITADO

Atrás quedaba la ruta, sus rayos yacían vencidos, después de haber iluminado con tenacidad durante tres horas el oscuro cielo, en todas direcciones. Había sido una travesía de terror por una ruta desconocida y anegada, soportando un diluvio jamás visto. Ni siquiera las luces altas servían de guia y la nariz contra el parabrisas para atinar por lo menos a ver las curvas, se humedecía deprisa.
Pero había llegado. Ni bien tiró los bolsos al piso de la habitación del pequeño hotel que sería su hogar por esa noche, se arrancó la ropa húmeda, se tumbó en la cama y encendió el televisor. Necesitaba desesperadamente borrar de su cabeza toda la angustia sufrida, antes que ésta decidiese permanecer en él y atormentarlo con preguntas retóricas sobre trágicas posibilidades.
La adrenalina aún tenía efecto y no solo no sentía cansancio alguno, sino que le pareció tener cuarenta años menos, cuando disfrutaba enormemente tomar riesgos innecesarios al volante de autos diversos. Pero ahora tenía otra edad y las locuras no tardaban en pasar factura.
Un entumecimiento de sus miembros le llamó la atención antes de convertirse en dolor pleno, su espalda no resistía la posición de acostado porque toda ella constituía una única contractura y una jaqueca, lenta pero segura, derivada del intenso esfuerzo visual, reclamaba territorio en su cerebro.
De golpe vio nublado y un severo bostezo le recordó que llevaba 18 horas sin pausa, con reuniones diversas, exposiciones públicas, entrevistas y comidas protocolares, conjunto al cual había añadido las tres tétricas horas al volante por una ruta traicionera.
“Me voy a cenar al bar antes que pierda el conocimiento” se dijo mientras se vestía con lo primero que encontró al abrir el bolso. Apagó la televisión, las luces, cruzó su puerta y salió a la lluvia y la noche. De camino al bar, esquivando charcos, se cruzó con una hornacilla que contenía una virgencita. Se persignó en acción de gracias, ella lo había cuidado bien.
Entró al bar del hotel, apenas ocupado, buscó una mesa aislada y se sentó como pudo mientras sus molestias aumentaban. Él sabía como acallarlas, lo primero que pidió fue una botella de un buen tinto y apuró el primer vaso, con el estómago vacío. Sabía que así, no habría dolor que le importase. Se equivocaba. Mientras aguardaba el plato de ravioles que su rugiente estómago, le instó a pedir, cayó en la cuenta que estaba solo, agotado y dolido en un pequeño pueblo a 1000 km de su casa, los que debería salvar en un solo día, a partir de la mañana siguiente. Miró por la ventana y la negrura lluviosa de la noche lo hundió un poco más. Empezó a dudar del sentido del esfuerzo, el giro que una inesperada fama trajese a su casi eremítica vida, se le apareció como un monstruo que comenzaba a manejarle la agenda, a instilarle deseos y vanidades, a devolverlo justamente a aquello de lo que había huido, unos cuantos años atrás. Apuró otro vaso de vino y comenzó a buscar la puerta de salida de su situación, la que debería ser lo suficientemente inteligente para no defraudar a todos los que en número creciente, venían depositando su confianza en él. No la halló, tal como era de suponer en semejante estado de cansancio y dolor. Vio con pena como su desiderata vida oculta y serena tomaba cada día más la forma de una utopía. Se angustió, tanto que cuando llegaron los ravioles había perdido el apetito, aunque seguía dando cuenta del vino.
Fue en ese momento que sucedió. ¡Hacía tanto tiempo que ello no ocurría, sabía muy bien desde cuando! No había vuelto a escuchar a nadie hablándole directamente a su corazón desde la oscura tarde en el cementerio, casi una década atrás, en la que había despedido a su madre. Venía cruzando a los tumbos el desierto de la orfandad adulta, buscando casi con desesperación a quien ocupase ese lugar de puerto seguro, que fuese el dueño de esa voz tranquilizadora que cuando volvía del colegio raspado, magullado y temeroso del reto paterno, le dijese.: “tranquilo, todo va a estar bien”. El mundo era un páramo afectivo para él y había aprendido a sobrevivirlo. Claro, a veces flaqueaba y sabía, con un agujero en el alma, que no había nadie capaz de serenarlo.
Volvió a equivocarse, alguien había, Y reconoció la voz, diciendo sin palabras, directamente a su corazón: “cuídate que te espero”. Fue como una ola cálida que partiendo del centro mismo de su alma, recorrió todo su cuerpo, eliminando una a una todas las molestias, espantando la angustia y restaurando su apetito, haciéndole ver que en él residía la fuerza para responder a ese desafío, para finalmente trepar por su garganta, inundándolo de una emoción inmensa que lo desbordó al punto de hacerlo llorar. Rodaban las lágrimas involuntarias por su cara como inefable señal que al fin el mundo contenía a alguien a quien su destino le importaba, tanto como para cuidar de él a distancia, como por décadas había hecho su madre.
“No hay duda” pensó “ a todos lo único que nos sostiene, es ser amados”.
Cenó muy tranquilo y durmió con suma paz. Los separaban los 1000 km y unos cuantos más, pero ahora sabía perfectamente, que lograría salvarlos para llegar a destino, un destino que no entendía pero que había aprendido a reconocer como el nuevo pilar de su existir,
Buscaría en el camino, la forma de hacérselo saber.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 30 de octubre de 2017

PEDIDO

A tu amparo dulce luna,
dejaré hoy mi mejor sueño,
que me soñará cual ninguna,
sin dolor, prisa ni empeño.

Bajo esa luz blanquecina,
sé muy bien que ella no duerme,
pues sabe que se avecina,
un largo tiempo de no verme.

Quieras tú nívea princesa,
que hasta mareas gobierna,
susurrarle que su belleza,
es mi escudera más tierna.

Puedas tú alba señora,
refugio de enamorados,
decirle que en la aurora,
sus ojos me han despertado.

Mereces astro de negrura,
de plegarias tan mensajera,
llevar calma a su cordura,
pues es su voz mi compañera.

Debes ave del infinito,
en cada ronda del planeta,
sanar su corazón contrito,
va su alma en mi maleta.

Alumbrarás ella lo sabe,
la fiesta en el reencuentro,
de alegría que no cabe,
ni de órbita en su centro.

Hasta entonces luna nuestra,
nuestro sueño te confiamos,
sea tu brillo blanca muestra,
del esplendor que anhelamos.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 31 de octubre de 2017

CIERRE

Cuando,

el último micrófono calló,
la última cámara se cegó,
el último aplauso terminó,

Cuando se fue

el libro último,
el amigo último,
el anfitrión último.

Cuando me quedé,

sin firmas que estampar,
sin dorsos que abrazar,
sin mejillas que besar.

Cuando me vi,

tan solo y tan lejos,
tan callado y viejo,
en desnundo espejo.

Pensé en tí,

puramente en tí,
solamente en tí,
como siempre en tí,

Y descubrí,

que estabas ahi,
sintiendo lo que vi,
como siempre en mí.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 14 de noviembre de 2017

TREGUA

Un día,
que llega de improviso,
la vida se pone fea.

Todo cuesta un poco más,
ante las derrotas sabes,
que nunca tendrás revancha.

Los padres no están,
los amigos se mueren,
y vives entre médicos.

Los sueños son imposibles,
los amores ridículos,
las esperanzas fungibles.

Place dormir más que vivir,
descansar más que andar,
sobrevivir más que soñar.

Se marchan los hijos,
tu amor tornó costumbre,
y las fechas compromisos.

Pero entre esos días,
concierto gris de rutina,
llega el que no sabías.

Que todo nuevo haría,
pleno de amor vestido,
con ropas de alegría.

Y tú eterno lo quieres,
mas solo tregua sería,
pues sostenerlo no puedes

Enseguida anochece,
viejo gris que te envuelve,
con la angustia que crece.

Que te dice que es tarde,
que ha pasado la vida,
que el abismo se abre.

Solo consuelo te mientes,
por no negar lo vivido,
ni la rabia que hoy sientes.

Que sin haber existido,
esa tregua tan doliente,
cuyo fin te ha herido.
.
No te habrían mirado,
con fulgor apasionado,
sus ojos enamorados

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 15 de noviembre de 2017

TUYO

a Guiomar

Aunque no quieras,
aunque no quiera,
aunque no puedas,
aunque no pueda,
aunque no debas,
aunque no deba,
aunque no creas,
aunque no crea,
aunque no sepas,
aunque no sepa,
aunque no cuentes,
aunque no cuente,
aunque no pienses,
aunque no piense,
aunque no sueñes,
aunque no sueñe,

y todavía,

aunque maldigas,
aunque maldiga,
aunque reniegues,
aunque reniegue,
aunque olvides,
aunque olvide,
aunque combatas,
aunque combata,
aunque me odies,
aunque te odie,
aunque me huyas,
aunque te huya,
aunque me temas,
aunque te tema,
aunque te calles,
aunque me calle,

yo soy ya tuyo,
y de nadie más.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 30 de diciembre de 2017

Published in: on enero 5, 2018 at 1:13 am  Dejar un comentario  

ALBA DE INVIERNO

 

 

ALBA DE INVIERNO

Llegó de la peor manera y encontró enfermo al poeta que cayó a mediados de junio bajo el peso del éxito y la tristeza. Tibio y muy lluvioso favoreció el encierro, vivido con una salud frágil e interminables ríspidos temas que parecieron converger para consumar su destructiva obra. Fueron atendidos con paciencia y lentitud, hasta que el físico permitió la huida al lugar en el mundo del poeta donde reponer su alma de la única manera que sabe: escribiendo. Los compromisos se cumplieron en el helado clima costero y al correr de la pluma algunas puertas se entreabrieron. Un precipitado regreso y dos meses febriles no obstaron a la fantasía crecer, volar e imaginar soles donde solo nieblas había. Y ese invierno tan mal comenzado, a favor de una nueva huida al personal faro costero, acabó concluyendo en otros compromisos, nuevos proyectos y un alba inesperada. Un alba de alma cansada del gris que supo descubrirse aun apta al ensueño.

LLEGAR

Diluviaba al salir,
diluvió al llegar,
el sol esquivo,…
apareció al caer,
preso por la noche,
en líquidos campos,
encontré mi destino,
pasado de agua,
con rotas avenidas,
con calles anegadas,
sin nadie por ahí,
por viento sacudido,
de frío aterido,
mi equipaje bajé.

Todo se olvida,
nada ya importa,
una vez más,
a mi lugar llegué.

Y de soledad perruna,
con pluma grávida,
me espera un tiempo,
para soñar y crear.
ausente del mundo,
del carnaval jocundo,
en silencio ancestral,
la voz del poeta,
callarme a escuchar.

Enrique Momigliano.
San Clemente, 15 de julio de 2017

 

INVIERNO

¿Te acordás?
aquella tarde gris,
de llovizna y frío,
de calles desiertas,
y pocos apurados,
cuando la mente,
inquieta y loca,
y las palabras,
ausentes, esquivas,
te empujaron,
casi obligaron,
a salir y caminar,
buscando ¿qué?,
¿alguien? ¿a vos?
Y anduviste,
¡vaya si anduviste!,
mojado, callado,
de lágrima fácil,
y corazón blando,
hasta que el alma,
te pidió un trago,
para repechar,
las piernas flojas,
la panza un nudo,
y ese miedo viejo,
a morirte justo ahí.
Todo cerrado,
domingo, claro,
casi de noche,
surgió un rumor,
se hicieron notas,
de bandoneón,
que te llamaron,
casi por tu nombre,
mejor, por tu sentir.
Después la luz,
el vidrio empañado,
del bajo bodegón.
de pocas mesas,
borrachos tres,
y tras la barra,
un gordo infame,
que te fichó.
En un rincón,
tocando él,
esta canción,
por la propina,
para comer,
y dormir triste,
en la estación.
¡Vamos che,
no digas que no!,
si reviviste,
con sus acordes,
pues ya eran dos.
Acordate viejo,
en esta tarde de sol,
largá ese verso,
que no te sale,
tomá el abrigo,
y caminemos,
que hace frío,
como ese día,
hasta algún bar,
quizás te espere,
si aún vive,
el genio aquél,
y lloran juntos,
dos otra vez,
por lo que no fue.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 17 de julio de 2017

 

AMOR PROHIBIDO

Se huelen,
se piensan,
se intuyen,
se asustan
y huyen.

Se buscan,
se sienten,
se escuchan,
se esconden,
y huyen.

Se niegan,
se olvidan,
se tachan,
se quieren,
y vuelven.

Se odian,
se hieren,
se ofenden,
se aman,
y vuelven.

Amantes,
prohibidos,
delirantes,
vencidos,
constantes.

Amantes,
secretos,
ardientes,
discretos,
valientes.

Que saben,
olvidarse,
no pueden,
y amarse,
no deben.

Que viven,
para siempre,
en el otro,
y por siempre,
por el otro.

Que mueren,
algún día,
sin tenerse,
ni alegría,
de verse.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 23 de julio de 2017

 

MODOS

Usted sabe,
que yo preferiría,
amarla de otro modo….

Un modo,
¿cómo decirlo?,
más amable,
más confortable,
más manejable,
más tolerable,
más disimulable,
más acarreable,
más invisible,
más silenciable.

Porque,
este modo,
en el que yo la amo

Es un modo,
muy insoportable,
muy indisimulable,
muy inflamable,
muy audible,
muy visible,
muy olfateable,
muy previsible,
muy detectable.

Quisiera,
que mis ojos,
no delataran,
que mi corazón,
no galope,
que mis piernas,
no temblaran,
que mi aliento,
no escape,
cuando la veo.

Sería mejor,
que mi glotis,
no se cerrara,
para evitar,
decir
que la amo,

Podríamos,
llevar adelante,
una bella amistad,
un sano compañerismo,
una vital sociedad,
un feliz inegoismo.

Pero Usted,
también sabe,
que yo se que sabe,
que la amo así.

De un modo,
imposible,
inevitable,
irreprimible,
insufrible,
inacallable,
interminable,
insoportable,
indisimulable.

Usted sabe,
que estamos en problemas,
pues cualquier día de éstos,
mi amor me va a poder,
y se lo voy a confesar,
llorando y temblando,
inútilmente,
pues Usted,
Usted ya lo sabe.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 25 de julio de 2017

SIN DIARIO

El viejo escritor cerró la libreta que usaba como diario de viajes. Era una costumbre que le había quedado desde aquél rally iniciático a la Patagonia, unos 34 años atrás. Antes de partir de cada lugar y antes de hacer sus valijas, anotaba algunas frases, hechos significativos, objetivos logrados, gente conocida. De allí surgiría el material en muchos casos para sus libros de viajes. Si no había libro, dichas anotaciones le servían para ordenar sus recuerdos. Viajaba mucho, por lo general, en soledad, era su forma de disfrutarlos mejor y de inspirarse aún más. Suele ser molesto negociar destinos y contemplar belleza al mismo tiempo. Los años cobraron su precio y ya no viajaba tanto ni tan lejos, muchos de esos viajes tenían un mismo destino, pero sin embargo no había nunca dos iguales. Por ello, la costumbre perduraba. Este viaje no había sido ni por asomo tan agotador como el anterior, ni de emociones tan intensas, pero había tenido lo suyo. Algunas cosas había logrado y otras resultaron imposibles. El descanso le había sido esquivo, sus problemas en su lugar de residencia habitual, esta vez lo habían seguido y hasta habían estallado en diversas maneras, hecho que le había restado tiempo requerido para focalizarse en asuntos pendientes e importantes, que siempre prefería analizarlos a la vera del mar. Se sentía feliz por haber dado término a dos notas que debía hacía un tiempo y miserable por no haberle encontrado la vuelta a un ensayo muy profundo que había comenzado y abandonado una decena de veces. Algunas nuevas puertas para escudriñar en futuros viajes se habían abierto y otras permanecían tan cerradas como la última vez que sus huesos habían dado por allí. Proyectos literarios se habían inaugurado y hasta algún otro de otra índole, también había sido dado a luz. Sin embargo, nada de lo anterior había merecido anotación alguna en su libreta. En ese instante de balance de su estadía apreció que este viaje había sido tan importante como único, pero esa importancia no radicaba en asuntos exteriores sino en atisbos de su interioridad. Y sobre ella solo tenía eso: atisbos, y nada más. Le aguardaba una tarea detectivesca de seguir pistas, de sortear escollos, de barrer mentiras bien construidas para sí mismo, de palpar nuevas realidades, a los fines de obtener alguna conclusión valedera, es decir, operable. Tenía, claro, sospechas de los hechos y personas, disparadores de las nuevas sendas. Pero nada de eso podía ni debía ser puesto en palabras. En primer lugar porque no existían aquellas que pudieran hacerle justicia a la profundidad de lo vivido, en segundo término porque nadie que leyera por azar su intento de expresión podría entenderlo y finalmente porque él, al menos por el momento, tampoco lo entendía. Esta vez, el viaje, se había quedado sin diario.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 27 de julio de 2017

VIDA

Vida, me preguntas qué es la vida,
pregunta tantas veces formulada,
y tantas con mentiras respondida,
acabando por fin por ser negada.

Esta vida, lejos de ti mi vida,
se parece a niebla tan cerrada,
que en esta edad anochecida,
me deja sintiendo y viendo nada.

Pues vida, solo tú eres la vida,
el resto es muerte preanunciada,
caminar con alma adormecida,
con corazón sepulto en helada.

Vida, sabes cuan pobre fue mi vida,
sola, por tu vida abandonada,
convertida sin que yo lo decida,
en suceder mientras en ti pensaba.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 29 de julio de 2017

 

ANHELO

Ojalá que no acabe,
esta bendita locura,
ojalá que no cese,
tanta extraña ternura,

Ojalá que no muera,
este sueño infantil,
ojalá que no quiera,
apagarse en abril.

Ojalá que esperes,
ojalá que extrañes,
ojalá que desees,
de cabeza a los pies.

Ojalá que yo siga,
amando tu encanto,
ojalá que prosiga,
ensoñándote tanto.

Ojalá que podamos,
en esquina cualquiera,
algún día que vamos,
sin saberlo siquiera.

A olvidarnos todo,
a cegarnos de amor,
a ensuciarnos de lodo,
y pintarnos en color.

Ojalá arriesguemos,
por un instante de luz,
orates desechemos,
nuestra vida en la cruz.
-.
Ojalá cuando libres,
que siempre junto a mi,
feliz en viento vibres,
mientras te quiero a tí.

Y si es solo un anhelo,
que el tiempo frustrará,
es para mi el cielo,
que mi vivir salvará.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 6 de septiembre de 2017

 

HERIDOS

Amo a los heridos que han vencido,
los dolores más arteros de la vida,
sin caer se han visto fortalecidos,
con deseos de salvar a quien lo pida.

Nunca quise cómodos reblandecidos,
quejosos de su herida fantasiosa,
impotentes, ineptos y engreídos,
jueces desde su poltrona espaciosa.

Me sumo a los que muerden sus lágrimas,
mientras lamen en soledad sus heridas,
pues son ellos los reyes de las ánimas

Los veo ir por el mundo delirantes,
repartiendo su amor tan convencidos,
que Dios ríe con cada gesto amante.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 8 de septiembre de 2017

 

ORACIÓN


Que así cual blanda playa,
recibe a la ola en calma,
serenes a quienes vienen,…
a refugiarse en tu alma.

Que así cual el vasto mar,
refleja la luz y el calor,
devuelvas tú multiplicado,
cada bello gesto de amor.

Que así cual azul cielo,
abraza a quien lo puede ver,
recibas en tus fuertes brazos,
a los cansados de padecer.

Que así cual hermano sol,
brilla siempre sin distinguir,
alumbres la senda oscura,
sin que te detenga tu sufrir.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

HERENCIA

Habrá siempre un tiempo,
en que todo acaba,
hasta un gran portento,…
era y ya no estaba.-

El rey de vida y luz,
se rinde al ocaso,
hasta Dios tuvo su cruz,
rindió su santo brazo.

Y tú pequeño hombre,
de inseguro paso,
entregarás tu nombre,
al mármol del fracaso.

Mas portarás contigo,
fruto de tus acciones,
será luz o castigo,
ausente de perdones.

Enmienda hoy tu senda,
cuida de tu estela,
será de hijos peso,
o su más grácil vela.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 18 de septiembre de 2017

VANO

Tras los pasos de inmortales,
a la caza de su esencia,
opaca arreglos florales,
con su poética presencia.

¿Podrán los restos del poeta,
vibrar amor en lo oscuro?
¿Serán heridos por saeta,
del mirar de ojos tan puros?

¿O querrá hoy su mano tiesa,
apasionada ya en vano,
desmentirme con la proeza,
de verso dar en bella mano?

No lo sé pero aseguro,
que al amor de escritores,
no hay fosa ni mármol duro,
que apacigüe sus ardores.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 16 de septiembre de 2017

MENSAJE

Hermana y dolida humanidad,
te suplico que escuches mi ruego,
no pretendo que sea la verdad,
es tan solo el grano que siego.

Muchos fueron los días vividos,
y no he estado a la altura de ellos,
fueron regalos mal recibidos,
es mi culpa si no fueron bellos.

No compartí mi pan con alguno,
no calmé el dolor de mi hermano,
nunca di cobijo a ninguno,
negué al sufriente mi mano.

No le temo al posible juicio,
sabré afrontar lo que he merecido,
más mucho me duele el perjuicio,
de tanto inútil tiempo perdido.

Pude ser feliz y no supe,
mostrar aquello que sentía,
escondí tras montes de lodo,
la maravilla que es la vida.

Por ello Humanidad tan mía,
que te puedas en otro reflejar,
que solo la PAZ, sea tu guía,
que nunca te niegues a amar.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 16 de septiembre de 2017

ALBA

Sonríes, tú sonríes,
para mi amanece,
el mundo en que vives,
mi sombra desvanece.

Me hablas, tú me hablas,
para mí el silencio,
música que exhalas,
mi dolor en descenso

Me miras, tú me miras,
para mi el abismo,
tu alma en pupilas,
y ya no soy el mismo.

Si yo miro tus manos,
me prendo a tus gestos,
que mienten ser humanos,
son de ángeles nuestros.

Preso de tu cabello,
pliegue de tu vestido,
contemplo sin resuello,
quien pude haber sido.

Y que soy sin embargo,
por el breve instante,
que un tiempo amargo,
te situara delante.

De ida el camino,
tan largo y sinuoso,
repechando destino,
por segundos gozoso.

Me sirvió lo sufrido,
a tu puerta dejado,
pues ha amanecido,
al haberte encontrado.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 21 de septiembre de 2017

Published in: on septiembre 25, 2017 at 2:28 am  Dejar un comentario  

TIEMPO DE PUENTES

TIEMPO DE PUENTES
Una visita a la Agrupación EL FARO de San Clemente

El último presidente que miraba el largo plazo, el primero de esta vuelta democrática, don Raúl Alfonsín, dijo en uno de sus primeros discursos, muy acertadamente, que Argentina corría el riesgo de “libanizarse”, entendiendo por tal una subdivisión entre múltiples facciones que luchan entre sí denodada y continuamente por la supremacía. Si miramos a nuestro país como un edificio, lo veremos lleno de grietas, horizontales, verticales y oblícuas que separan grupos de pertenencia que solo se dedican a culpar a los otros de su propia carencia o malestar. Decir que vivimos una sola grieta entre aduladores ciegos del proceso político culminado en diciembre de 2015 y detractores empedernidos del mismo, es una simplificación falsa y mediática.
Si una sola grieta es molesta y peligrosa, imáginense el grado de molestia y peligrosidad que acarrea la multitud de grietas existentes en nuestra sociedad. Es más que evidente que así no vamos a ningún lugar feliz, por el contrario, un nuevo tiempo de amargos enfrentamientos nos aguardan.
Estoy en San Clemente, preparando junto a destacadas personalidades locales, que piensan en muchos aspectos, muy distinto a mi, un encuentro de letras para la Paz. No debe haber sido fácil para ellos invitarme como no lo ha sido para mi sumarme. Sin embargo lo hicimos, y en el proceso descubrimos que son muchas más las coincidencias que las discordancias. Para ello debimos construir, desde ambas orillas, un puente. Dicho puente requirió solamente dos cosas:
1. la buena fe de todos
2. el reconocimiento que la causa común, en esta caso la Paz, valía el esfuerzo.
De modo que solo echaré mi pluma a correr para ayudar a construir puentes, para difundir a quienes lo hagan, piensen como piensen, apoyen a quien apoyen. Los absolutos conducen a la guerra porque no admiten el disenso, la paz se construye desde los relativos, desde las certezas transitorias, desde la duda, desde la incertidumbre, desde la negociación, mala o buena.
Por eso, si queremos evitar el tránsito por lugares trágicos y conocidos de nuestra sociedad, se impone tender puentes, en cada lugar que se vislumbre una grieta. Hace un rato que encontré por donde empezar, la siempre sabia vida me puso delante de mis narices una bella oportunidad que no dejé pasar.
Pablo Bonnet es hijo de un veterinario local sobre quien escribiera hace un tiempo largo ya (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/02/14/la-gota-del-oceano/) y quien con su actuar, mucho más que con sus palabras me llevó a colaborar con el rescate de los perros callejeros, a escribir sobre ellos y a llevar adelante su causa. Durante los dos últimos años Pablo se ha puesto al hombro la Agrupación EL FARO en San Clemente y lo he visto trabajar intensamente, convocando a gente que conozco bien y a otra que no, quienes colaboran entusiasta y gratuitamente en favor de los más necesitados de este lugar.
Como él mismo reconoce en la charla, la pertenencia política de la agrupación resulta en muchos casos un obstáculo, obstáculo que hizo que me tomara mi tiempo para atravesar mi propio puente interior. Mi conclusión sobre la que invito a muchos de mis amigos a reflexionar es que si alguien hace algo bueno en favor de quien lo necesita, lo que importa es lo que hace y no la camiseta que lleva. Y también como él mismo me dijera, la actividad de EL FARO sin el apoyo del gobierno sería imposible e inconducente. Quizás haya dado en la tecla con la razón del fracaso de muchas bien intencionadas ONG. La desconfianza en la política, muchas veces justificado, ha llevado al tercer sector a tratar de cumplir sus fines en modo aislado e independiente y ello siempre es dificilísimo, tarda mucho en producir efectos palpables y muchas veces termina en abandono por desgaste de sus integrantes. El tercer sector, las ONG, deben articularse con las autoridades, para lo cual, la tarea más compleja es definir acertadamente los límites de competencia de cada uno, y acotar en lo posible, la utilización partidaria de la tarea emprendida. Porque esa grieta entre las ONG bien intencionadas y los funcionarios lo único que logra es que existan múltiples necesidades sociales deficientemente atendidas.
A Pablo hay muchas cosas que no le importan, porque hay otras que le importan mucho. Es un verdadero pionero. No le importa lo que piensen o digan de él, no le importa aunque le duele que el local haya sufrido pintadas y agresiones, no le importa aunque le duele que los amigos lo llenen de pretextos para no sumarse. A él le importa la sonrisa de los chicos que vienen al merendero, la alegría de los pertenecientes al hogar protegido que cruzan la calle para colaborar, la satisfacción de EL PAMPA que le trae la verdura al costo, las maestras que dan gratis apoyo escolar, los bomberos que donan tableros de ajedrez, el juez que le dio la tenencia provisoria de un niño con serios problemas en su casa, los que se llevan la bolsa económica y pueden tener frutas y verduras por toda la semana.
Muchas veces solo hace falta alguien que se anime, se arremangue, se embarre e inspire. Es una semilla que a su tiempo sabrá germinar en muchos.
Pablo ha construido un puente entre quienes necesitan conocer la felicidad del dar y quienes necesitan saber que no son más los eternos olvidados por todos. Es sin duda el resultado de un proceso interior profundo, el que  emerge cuando me dice: “me cansé de quedarme en mi casa quejándome y no hacer nada”. Cada uno deberá hacer el suyo, y cada uno deberá encontrar el lugar más adecuado adonde empezar a hacer algo. Y equivocarse, que es la única forma de aprender.
En un domingo de lluvia me acerqué para ver por mi mismo las caras de los niños y el esfuerzo de aquellos que les dan las instrucción que por ahi no alcanzan a comprender en la escuela y la contención y límites que seguramente no tienen en su hogar. Me llevé su alegría y la certeza de ver mucho amor en acción. Mis retinas atesoran el ropero solidario, la biblioteca desbordante, el ir y venir de los voluntarios, los patines, los juguetes, las pelotas y el hambre saciado.
Estoy convencido que la verdadera inclusión social podrá comenzar con una asignación universal o con un plan, pero si todo termina allí se parecerá mucho a la actitud de los padres ricos, que le dan a sus hijos dinero para que no molesten. Los descastados, los olvidados, los marginados tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que se encuentren con una realidad distinta proveniente de “esos que tienen plata”, poder experimentar en carne propia que algunos de esos al menos son capaces de brindarles tiempo, amor y contención. Pero también los que llevan una vida más o menos acomodada, tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que un día cualquiera se encuentren, cara a cara, mirada a mirada con “esos vagos pobres”, poder experimentar en carne propia que muchos de esos al menos son dignos de una vida mejor.
Ante Dios somos todos iguales, tenemos todos un largo camino por delante para entender que también ante nosotros lo somos, nada más ni nada menos que seres humanos intentando sobrevivir.
Hay lugares y gente que nos brindan una forma más rápida y contundente para entenderlo, construir puentes y cerrar grietas. Pablo Bonnet y su trabajo en la Agrupación EL FARO pertenecen sin duda a ese conjunto.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on septiembre 12, 2017 at 4:58 pm  Dejar un comentario  

FRÁGIL

FRÁGIL

–”¿Cerrás vos?”
–”Si, andá tranquilo, ordeno unos recibos y cierro”
Ricardo fue al perchero, colgó el guardapolvo y firmó la planilla. A lo lejos, el motor rugiente de la moto del alta cilindrada de Rubén, le dijo que estaba solo, a las diez de la noche de un jueves cualquiera, en la filial de una escuela muy particular.
Después de resistirse por años, hacía un par que había asumido la función que en cualquier ámbito a lo largo de la vida, le reservaban para él: el cuida plata. A no dudarlo inspiraba confianza y pese a que renegaba del número, siempre en favor de su acentuada pasión literaria, todos admiraban su habilidad con él. ¿Qué lo había impulsado a aceptar? Sin duda su amistad con Eduardo, demasiado grande y enfermo como para seguir haciéndolo y su admiración y cariño por Claudio y Estela, quienes lo habían llevado de la mano, con amor y paciencia, en un nuevo escalón del laberinto espiritual.
Pese a que lo esperaban en su casa, ¿lo esperaban realmente?, decidió terminar su tarea, era fin de mes y había que rendir la recaudación en central. Total, para cenar solo, media hora más no hacía diferencia alguna.
Cuando dejó listo el balance mensual, recogió sus cosas y apagando las luces por el camino se dirigió a la solitaria puerta de entrada, a la que flanqueaban macetas que hacía unos días extrañaban el cuidado de Cristian. Al ir a trasponerla, una duda, de esas obsesivas que suelen recrudecer en soledad, lo asaltó ¿había o no apagado la estufa del salón principal?. En un contexto de gas carísimo, y socios empobrecidos, 24 horas de estufa prendida era un inútil gasto que no estaba dispuesto a consentir.
Deshizo el camino andado encendiendo las mínimas luces necesarias para no tropezar y se encontró por ver primera solo, en el salón donde toda la actividad de la peculiar escuela trascurre, un día después del otro, en una centenaria sucesión. Salón que supo de multitudes, de ausencias notorias y de presencias invisibles, pero que jamás supo de inactividad en los horarios designados para su funcionamiento. Ricardo verificó que la estufa estuviera apagada y se dejó ganar por una íntima necesidad.
Se sentó en el primer banco, elevó su vista a la gran cruz y cerró sus ojos dispuesto a quedarse allí, hasta que la misma voz interior que lo había retenido, lo dejase marchar. En el silencio del salón solitario una visión lo sobrecogió. Vio entrar por la puerta una multitud de afligidos de toda edad, agobiados por pesos insoportables, algunos de los cuales tenían el nombre del portador y otros tenían nombres de terceros. También vio una multitud de seres con brazos musculosos, perfectamente saludables y sonrientes, acarreando unos pesos insoportables con multitud de nombres inscriptos en ellos. Todos ellos tomaban sitio en los bancos y comenzaban con su práctica. Al tiempo vio otros seres, un poco más traslúcidos y muy luminosos, acercarse a los sentados y tomar con suma facilidad las cargas que pesaban sobre hombros y cabezas de quienes los habían traído. Los vio depositar dichas cargas al pie de la cruz, tras lo cual todos quienes habían llegado se incorporaron, cantaron una marcha, se saludaron fraternalmente y se retiraron en paz.
Conmovido, pero no sorprendido, ya que de una u otra forma ello sucedía allí mismo cada vez que asistía, Ricardo abríó los ojos, sin sospechar que estaba a punto de encontrar la respuesta a una pregunta que venía formulándose desde hacía muchísimo tiempo.
Siguió mirando fijamente a la cruz hasta que sin pretenderlo se encontró mirando la pared a su derecha, en ese instante la visión continuó. Se sobresaltó, era la primera vez que veía una realidad inmaterial con los ojos abiertos. Nítidamente sobre la pared apareció su figura, mucho más joven y mucho más delgado. Salía de una vieja casa del barrio de Almagro, débil, pálido, con las piernas temblorosas, azules ojeras y sobrepasado de miedo. Se vio alzar un mano para detener un taxi, del que se contempló bajar con suma dificultad e ingresar a la escuela central con ayuda del taxista, donde fue recibido por un trío de hombres que vestían un guardapolvo igual al que él acababa de colgar en el perchero. Todo su ser volvió a ese día, el cual había tenido lugar nada menos que 22 años atrás.
Inconstante de profesión, pero buscador incansable de la verdad, había seguido tantos caminos como había abandonado. Religión, ciencia, lugares sacros, disciplinas orientales, terapias de todo tipo jalonaban sus años. Consideraba a todos respetables y valiosos y de cada uno de ellos había extraído enseñanzas, la miel de la cuales conservaba y practicaba, todos los días. Pero solo había permanecido en un sitio, al que sentía cada vez más propio, cada día más como su verdadero hogar. 22 años puede parecer mucho tiempo, pero en la búsqueda de la esencia del ser humano apenas alcanzan para los primeros centímetros del umbral. Y Ricardo quería saber, necesitaba saber varias cosas: cuál había sido el motivo que lo había llevado a quedarse allí, qué lo había llevado a preferirlo frente a los otros, qué lo llevaba a pagar el precio de cenar solo con tal de poder seguir asistiendo. En definitiva, qué lo hacía perseverar en el camino, qué había hecho la diferencia, diferencia que en el momento de extrema fragilidad que se representaba ante sus ojos en la pared, le había permitido fortalecerse y continuar viviendo y luchando, términos que han sido, en su vida, más sinónimos que nunca.
Entonces lo vio. Esos hombres de guardapolvo le dijeron unas palabras incomprensibles para él en su momento, lo hicieron participar de una práctica en un salón inmenso pero muy parecido a aquél en que estaba, práctica más incomprensible aún y con la recomendación de volver al otro día, lo despidieron hacia su casa, donde se vio llegar más fortalecido, probar bocado por vez primera en la semana y lograr dormir un par de horas tras quince noches de insomnio continuo. Al otro día volvió, y al otro y al siguiente, en un mes estuvo bien, en un mes y medio pudo trabajar nuevamente. Un poco por curiosidad, y mucho por el bienestar ganado, nunca más se fue.
La vivencia de ese día crucial de su existencia, el recuerdo profundo del mismo le facilitó ver el motivo de su adhesión. En ningún momento nadie le había preguntado nada y nadie le había pedido nada a cambio de la ayuda suministrada. Ricardo se sorprendió de la gratuidad inmerecida que lo había salvado. En cada lugar que había concurrido se había sentido evaluado, juzgado ( en algunos hasta rechazado) y siempre sutil o brutalmente hecho saber que alguna retribución de su parte, era no solo bienvenida, sino también esperada. Por vez primera veía y experimentaba en carne propia hacer el bien por el bien mismo, aceptar sin juzgar, ayudar sin esperar nada a cambio. No era ciertamente la lógica del mundo. Tampoco era lo que había experimentado en su familia de origen, en sus trabajos, en sus parejas.
Ricardo lloró. Y lloró un buen rato porque vio ante si, expuesta con claridad meridiana, no solo la razón de su permanencia en ese sitio durante 22 años, sino también su propia extrema fragilidad.
Una fragilidad que lo condujo a una vida casi eremítica y a establecer relaciones con muchas reservas, aún las íntimas. Reservas que no conocen otra razón que el miedo a ser juzgado, porque todos, casi sin excepción, se erigen y creen tener derecho a ello, en jueces del otro. Casi nadie acepta al otro como es. A Ricardo siempre, aún quienes lo quisieron bien, intentaron cambiarlo, a veces de buen modo y otras no tanto y ello incluye a sus padres, maestros y parejas. Quizás la gota que rebalsó el vaso haya sido cuando, a favor del crecimiento de sus hijos, hasta ellos se convirtieron en jueces de su manera de ser.
Pero Ricardo lloró aún más, cuando se dio cuenta que el peor juez, el más cruel e inflexible, que lo había tenido sentado en el banquillo de los acusados, había sido él mismo y tristemente, seguía haciéndolo. Pudo ver que ninguno de todos esos juicios había logrado modificarlo en lo más mínimo, por el contrario, lo único que habían obtenido de él, era una franca rebeldía y una persistencia tenaz en la conducta y modos más severamente cuestionados. Si algo había cambiado, y de hecho había cambiado bastante, se lo debía al mensaje reiterado y amoroso de las distintas voces de ese sitio, que con una paciencia extrema, lo habían conducido a la propia reflexión. Es verdad que uno cambia solo cuando quiere cambiar y aún así le cuesta bastante, porque las conductas y actitudes negativas, de tanto practicarlas han asumido una espontaneidad y automaticidad que cuesta revertir.
Aceptarlo, amarlo, ayudarlo así como era y estaba, sin siquiera interesarse por saber cómo había llegado a ese estado, había sido la receta utilizada en esa escuela tan especial para rescatarlo del abismo. Ricardo tomo consciencia que era tiempo de comenzar a aplicarla en si mismo, para poder sanar esas heridas profundas que cada tanto sangran todavía y superar esos odiosos límites que le impiden una sana relación con sus semejantes. Al fin y al cabo cien años de aplicación exitosa, no son para desdeñar.
Sus ojos se posaron sobre el reloj del ángulo de las paredes, eran las once, nadie se había preocupado por la demora.
Se levantó del banco, apagó las luces camino de la puerta, salió y cerró la filial detrás de sí. Ya se iba a ocupar el frescor de la noche de secar las lágrimas que todavía, más espaciadas, surcaban su rostro.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de septiembre de 2017

Published in: on septiembre 3, 2017 at 6:37 pm  Dejar un comentario  

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

El lupanar con apariencia de whiskería de la zona roja montevideana bullía de actividad. Al son del viejo y gastado equipo de audio, las tristes mariposas del amor pago repartían tragos y falsas sonrisas, mostrando sus ajadas carnes que asomaban tras sus más ajados atuendos revisteriles. El humo del cigarrillo tornaba casi irrespirable el aire mientras la penumbra reinante le permitía a los parroquianos soñar belleza donde no la había. Un sucio rincón daba sitio a una pequeña mesa ante la cual dos sesentones dialogaban animadamente en torno a una botella de Johnnie Walker a medio terminar.
—”Dejate de joder Gabriel, vos siempre creyendo estupideces, no cambias más”
—” Vos, por una vez sola Hernán, abrí la cabeza, no todo es exacto y demostrable en esta vida”
—”Pero si sabés que soy así, si no toco no creo, como Tomás, el de tu Biblia, dejame meter la mano en la llaga y después hablamos”
—”¿Que me estás diciendo?”
—”Sencillito, traeme la compu y si después que le hago todos los reinicios y limpiezas de disco que conozco, la foto te sigue apareciendo, recién ahi empezaré a creerte. Escribís demasiado Gabriel, la fantasía te está matando, tomate vacaciones.”
—-”¡Ja!, los escritores no se toman vacaciones, no se puede dejar de ser escritor por quince días, uno lo es siempre, hasta cuando duerme. Por otro lado, no las necesito, mi trabajo es tan apasionante que hacer una pausa breve tiene el sabor del tiempo malgastado”
Una mulata sinuosa, con demasiadas “llamadas” encima les muestra sus dientes roídos y pasa una pluma atada a su trasero por el cabello de Hernán, que se molesta.
—”Vos y tus lugares de mierda, Gabriel, ¿Cuándo vas a madurar? ¿Qué buscás en estas putas tristes? Algún día por seguirte me van a robar y violar”
—”Busco inspiración, como siempre, algo muy lejos de tus algoritmos querido Hernán, ¿me vas a ayudar entonces, o no?”. Gabriel apuró su vaso de scotch y volvió a llenarlo, tras completar el de Hernán.
—”Pará loco que tengo que bajar de este sucio cerro manejando y si me pierdo soy boleta” protestó sin mucho convencimiento
—”Decís que sos amigo mío y nadie te tocará, me conocen hasta los perros callejeros por aquí, ellos más que nadie, les doy de comer cada vez que vengo”
—”Mañana, tempranito, tipo 9, así te agarro bien dormido a vos que en tu perra vida madrugaste, te espero en el bar del Radisson, un lugar como la gente, no como los tuyos, me traes la compu y vemos si hago desaparecer de la pantalla a la mujer de tus sueños. Si lo logro me pagás el almuerzo, trae muchos verdes porque pienso pedir shampoo francés”. Hernán levantó la copa y brindó para sellar el pacto. “Me tengo que ir” añadió.
—”Andá maricón y cuidate mucho, yo me quedo un rato a conversar con la mulatona, no te gustarán sus dientes pero yo le conozco otras virtudes” Gabriel se paró como pudo y le dio un cálido abrazo a Hernán, quien tampoco la tuvo fácil, ambos tan distintos pero tan compinches, por un rato, apenas 50 años.
Desde su silla Gabriel contempló a Hernán apartando a las sexo traficantes para llegar a la puerta y mientras sonreía para sí, le vino a la memoria el Hernán adolescente, prolijo y previsible, sumamente inteligente, de una conducta intachable y siempre digno de toda confianza. Hoy Hernán era dueño de una posición económica envidiable, integrante de una sólida familia tradicional a la que accediera por un ventajoso matrimonio y hacedor de una extraordinaria carrera que lo había llevado a trabajar en el centro de cómputos de la NASA. Un oportuno viaje a Uruguay había posibilitado el encuentro.
También Gabriel se vio a si mismo en aquella edad, enamoradizo e inestable, amante de la noche pero brillante alumno, sobre todo en matemáticas y literatura, hecho que le había llevado a optar por esta última, ya que consideraba a las primeras como una soberana estupidez, un juego para entretener la mente, absolutamente inservible para afrontar los inmensos misterios de la vida, el amor y la muerte que se desplegaban a sus 16 años ante él. No le había ido mal tampoco. Tras esfuerzos y fracasos había logrado formar una familia cuyos vástagos ya habían volado del nido, tenía un bien ganado prestigio como escritor y poeta y se mantenía con sus ingresos como periodista para un prestigioso medio argentino.
Desprovisto de compañía, Gabriel no estuvo ni cerca de invitar a la mulatona a su mesa como hubiese hecho gustoso en un viaje normal, sino que por el contrario, volviendo a llenar el vaso, retornó a su obsesión. La noche era corta, demasiado corta, para tomar la decisión que debía afrontar. Si alguien podía borrar la foto de ella de su computadora, ese era Hernán. ¿Qué le sucedería a Gabriel si Hernán, como todo hacía prever, lograba su cometido? Pagar el almuerzo era lo de menos. El miedo de Gabriel corría por otros andenes. Toda la historia de la foto se deslizó por su mente.

La había conocido en un pequeño y perdido pueblo, donde extrañas circunstancias habían organizado la presentación de uno de sus libros. Nunca pudo olvidar ese día. Resulta difícil para alguien que ha vivido intensamente sumergido en la realidad cotidiana, muchas veces lacerante, conservar al borde del retiro, algo de fe en el ser humano, algo de esperanza en el futuro y algo de confianza en el amor. Así había llegado Gabriel a ese salón colmado a manejar, con su oficio de disertante y experiencia docente, una audiencia como otras de un lugar cualquiera. Se equivocó, la vida volvió a sorprenderlo.
Esforzándose por hallar en su interior un entusiasmo esquivo, mientras sus palabras fluían nítidas y ordenadas acerca de sus cuentos y poemas, Gabriel paseaba, como de costumbre, su vista por las caras en silencio de los integrantes del público. Le gustaba hacerlo porque lo entretenía, cuando uno repite presentaciones hasta sus propias palabras corren el riesgo de inducir al sueño. En ese peregrinar de pares de ojos en pares de ojos se detuvo en uno, brilloso de lágrimas y poseedor de una chispa diferente. No le interesó observar a la portadora de esa mirada discordante, siguió la recorrida y continuó hablando. Al rato volvió pues la chispa de aquella mirada había tocado algún recóndito sitio de su alma, adormecido durante demasiados años. Mientras proseguía con su discurso automatizado, aquellos ojos le hablaron, se revelaron transparentes y denunciaron un alma sensible y única, esperando ser escuchada.
“Terminemos con esto, vinimos a presentar el libro y nada más, en un par de horas vuelvo a mi vida y aquí no pasó nada” se dijo y se concentró en sus palabras. Uno puede hacer caso omiso a las señales, pero ello, si las señales son importantes, no impedirá que se repitan, duplicadas en intensidad.
Al cabo de la charla y los aplausos consabidos, llegó la firma de ejemplares. Vaya a saber por qué razón Gabriel firmaba de pie. No se percató que ella, la dueña de los ojos, se acercaba disimulada en la fila hasta que la tuvo delante.
–”¿Tu nombre?” alcanzó a decir antes que ella sin mediar palabra lo estrechara en un abrazo y sin firma alguna, huyese con su libro.
Un Gabriel conmovido, sin palabras, concluyó con el rito de firma y abreviando el brindis, durante el cual la buscó infructuosamente entre la multitud, se dirigió a su hotel. Esa noche no durmió, unas cuantas siguientes tampoco. Ya lejos del pueblo esa mirada lo persiguió, todos sus días, pero mucho más todas sus noches. Algo muy misterioso y de otro plano le llegaba a través de sus ojos. La placentera sensación que Gabriel experimentaba con solo recordar su mirada se tradujo en hechos concretos. Un lento proceso de reconstrucción anímica interior y profundo se desató.
Fue entonces Gabriel un manojo de dudas, ¿era ello acaso amor, un amor jamás experimentado en sus relaciones?, esa desconocida de quien ni siquiera el nombre sabía ¿podría amarlo, desde cuándo, desde dónde, con qué fin?. O por el contrario ¿era él quien se había enamorado de repente?. ¿Y si no era amor, entonces qué nombre darle a lo que sentía, a la protección que vivía, a la armonía lograda, a la determinación en sus propósitos, a la esperanza renovada, a la fe en la vida, a la desaparición completa de su temor a la muerte?. ¿Cómo llamar a lo que sentía que ella sentía por él, o a lo que él había comenzado a sentir por ella? ¿Qué palabras podrían ser justas para semejante profundidad?. No tenía respuesta alguna.
—”Somos habitantes del misterio” se dijo un día y nuevamente se propuso, esta vez con mucha más firmeza, olvidar por completo el asunto. Pero la vida volvería a jugarle sucio.
El diario para el que trabajaba y en el que pensaba jubilarse tenía un corresponsal de guerra en Siria, Edgardo, buen compañero de trabajo de Gabriel. Se respetaban y admiraban mutuamente, a Gabriel lo fascinaba el valor de Edgardo y a éste lo maravillaba la sensibilidad poética de Gabriel. Por eso a nadie le extrañó cuando entró como una tromba el director ejecutivo del diario a la sala de redacción y dijo:
–”Edgardo fue herido en el bombardeo cerca del hotel donde está la prensa en Damasco, tranquilos que zafó pero tiene para un mes, Gabriel hacé las valijas que te vas a la guerra”
—”Mierda” fue lo único que atinó a decir. No había forma de negarse, le debía mil favores al diario y muchos más a su amigo. Esa misma noche dormía, o algo así, en el avión que a pura turbina lo llevaba a la zona más peligrosa del planeta.
La pasó mal, muy mal. A un poeta le va bien en una guerra solo en las películas, muchas veces se acordó del coraje extraordinario de Roberto Benigni en El Tigre y la Nieve, que enfrentaba a puro verso a los combatientes armados. El problema no era el miedo, a las 72 horas de ver caer bombas por todos lados, escuchar sirenas todo el tiempo, no probar bocado porque no pasa nada y no dormir ni 10 minutos seguidos, el miedo desaparece, uno está tan pero tan jugado y entregado que tener miedo no sirve para nada, se hace lo que hay que hacer, en el caso de Gabriel, lo que los uniformados le dejaban hacer, que no era demasiado y punto. Lo que no cesa es el horror y un sensible en medio de un horror creciente y continuo es como una piedra en el mar, se hunde sin remedio.
Gabriel vio morir un niño y lloró, vio amputar a un anciano y siguió llorando, vio a gente caminando enloquecida gritando de dolor por todas las calles y gritó él también. Contó los días que faltaban para que Edgardo tomase la posta como lo haría un preso y no pasaban jamás.
Le costaba escribir los informes, lo que vivía lo dejaba sin palabras. A la semana temió seriamente enloquecer, se miraba al espejo y decía BASTA un millón de veces y NO PUEDO MAS otro millón. Entonces, una noche entre sirenas, alertas rojas, bombas y ensayos de evacuación de su hotel, la mirada, aquella mirada en aquel pequeño pueblo volvió y el alivio fue inmediato. El por qué y el cómo no estuvieron a su alcance nunca, tampoco le importó demasiado. Su interpretación fue la de un desesperado
—”Debo sobrevivir para volver a verla, ella me espera”. Mentira o no, funcionó a la perfección. Encontró un valor que no conocía, trabajó e informó mejor que su experimentado colega, atendió heridos, consoló compañeros y se arriesgó más de la cuenta. Estaba convencido que mientras esos ojos lo amparasen, nada malo podría pasarle, porque dichos ojos lo llevarían de vuelta a estar frente a frente y poder contarle a su portadora, todo el bien que venía recibiendo de ella. Pero Gabriel notó que si ponía en duda su certeza, flaqueaba, el cobarde, el sensible, volvían de inmediato.
–”Necesito esa mirada conmigo, todo el tiempo” y la necesidad siempre es muy inteligente, Gabriel encontró rápidamente la forma de tenerla, con una tremenda dosis de, llamémoslo, suerte. Mientras trabajaba en su computadora otra noche en vela, buscó en las redes sociales a la persona que le había organizado la presentación de su libro en aquel perdido pueblo, con la secreta esperanza que tuviese su perfil abierto al público y a ella entre sus “amigos”.  Fue  así como dio con Margarita y por un buen rato, el informe para el diario se detuvo, las bombas y sirenas no se oyeron y el infierno sirio dio paso a un sereno remanso. Navegó por sus múltiples fotos y eligió dos en las que estuviera sola y con los ojos, esos inolvidables ojos, mirando directamente al lente de la cámara. Las amplió y recortó para que la mirada ocupase la mayor proporción posible de la foto y puso una como fondo del escritorio y otra como protectora de pantalla. Ya tenía su antídoto para los horrores de la guerra.
Cuando, tras desbordar sus pupilas de sangre derramada, infancia destrozada y ancianidad abandonada, se sentaba frente a su computadora a redactar el informe diario, bastaba con encenderla para que la tierna mirada de Margarita, cuyo significado profundo se le escapaba por completo, barriese en un segundo todas sus miserias, indignaciones y dolores, restaurando su alma para poder continuar. De ese modo pudo Gabriel completar su mes en ese hoyo de la humanidad, pasarle la posta a Edgardo y subir aliviado al avión que lo devolvió a Buenos Aires.
Cuando amaneció aún en vuelo, mientras esperaba que la azafata llegase con el desayuno, encendió su computadora y ahi estaban los ojos soñados. Su mente ya estaba en su casa y en su oficina, programando las primeras tareas que lo aguardaban en ambos ámbitos al arribar. Los ojos eran como algo fuera de lugar, habían cumplido su misión, debía eliminarlos. No fuera cosa que le pidiesen explicaciones que no tenía y que no imaginaba poder inventar. Sustituyó entonces, rápidamente, el protector de pantalla por el institucional del diario y el fondo de escritorio por un barco; navegar seguía siendo su irrefrenable pasión.
Sus compañeros y su familia se alegraron de verlo tan entero, no solo física sino también psíquicamente, tras la excepcional y traumática aventura emprendida, y afortunadamente nadie preguntó las razones de tal integridad, cuando ninguno, conociéndolo bien, hubiese apostado a ello. Gabriel respiró relajado y abrazó feliz su recobrada rutina.
Un día, el más inesperado, sucedió por vez primera. Reunidos en la mesa de directorio del diario, todos los miembros del honorable cuerpo esperaban que Gabriel terminase de enchufar los cables necesarios para proyectar el power point sobre un nuevo organigrama de funciones que había desarrollado junto a sus compañeros. Cuando estuvo todo listo, y todos los ojos de directores e invitados especiales fijos en la pantalla en blanco, Gabriel, de espaldas a la misma, activó el botón de ON. Antes de darse vuelta, alcanzó a ver las caras que viraron de la sorpresa inicial a una pícara sonrisa, algún ojo guiñado y allá en el fondo la de sus compañeros reteniendo una carcajada. Lentamente, solo para confirmar sus temores, Gabriel comenzó a mirar de reojo la enorme pantalla. Allí estaba ella, Margarita, mirándolos a todos desde su joven belleza, con sus profundos ojos, con su luz de alma y para terminar de complicar el asunto, con el nombre de usuario, justamente Gabriel, estampado tercamente en su frente. Tras un tiempo interminable en que la computadora hizo todo su proceso de inicio, apareció el escritorio, afortunadamente con la foto del barco. Gabriel inspiró profundo, abrió el power point y abordó la disertación. Había sobrevivido a un mes de guerra, no lo iba a amedrentar un pequeño papelón.
Al cabo de la reunión, soportó por días estoicamente las cargadas de sus compañeros que empezaron a hablar en voz alta de “la siria”, que “un mes es mucho tiempo para un hombre solo”, sobre “lo degenerado que siempre fuiste “, etc, etc, etc, todo alejadísimo de la realidad, pero de una realidad que Gabriel tampoco comprendía. La misma noche del incómodo episodio nuestro periodista se dedicó puntillosamente a resguardar sus archivos, pasarle al disco rígido todos los “cleaners” conocidos y a reiniciar varias veces su computadora, no quería otro sofocón. Se aseguró que todo funcionara a la perfección, y así lo hizo por unos cuantos días, durante cuyo transcurso el episodio se fue olvidando, tanto como Gabriel de Margarita y su mirada. Claro, hasta la reunión familiar de Navidad.
Como tantas veces las escenas cayeron en el lugar común: la casa llena de parientes, los tragos generosos, los paquetes debajo del árbol y las charlas con panza llena esperando las doce de la noche. Lógicamente la novedad de este año era la aventura bélica de Gabriel y la curiosidad venció a la comodidad de los sillones. Empezó como un rumor y terminó en clamor.
—” ¿Así que estuviste en la guerra? Mostrá fotos chantún, que no te creemos nada”
Sin escapatoria, Gabriel fue al escritorio, trajo la compu y con la tribuna de parientes a su espalda, brindando por anticipado y riendo ensordecedoramente, oprimió la tecla ON.
Un hoyo en la tierra no le hubiera bastado, Gabriel solo quería volatizarse, ser invisible y desaparecer por dos años como mínimo de su ámbito familiar. En la pantalla con su nombre en la frente, Margarita posaba su misteriosa mirada sobre toda la parentela.
Con los ojos abiertos de estupor y un silencio sepulcral a su espalda, el héroe de esa historia, contaba: uno, dos, tres, cuatro, cinco …… dale, desaparecé, tomátelas,… contaba y transpiraba. Una voz, solo una de las 25 almas que miraban la pantalla, atinó a decir carraspeando
—-” Buena foto”
—–”Viste qué buena” contestó con ironía Gabriel, por supuesto sin darse vuelta.
Tras el brindis más silencioso de su vida, nadie en su casa le dirigió la palabra hasta después de Reyes, tiempo vacío que el periodista empleó en destruir todos los archivos prescindibles de su computadora y volver a cargar todo el sistema operativo. Nuevamente y pese a múltiples ensayos diarios que incluyeron un sinnúmero de reinicios, apagados y suspensiones, todo pareció funcionar correctamente. A punto estuvo Gabriel de sumergir su notebook HP en la bañera llena, pero le tenía un cariño especial, al fin y al cabo había sido su compañera de trinchera y ello no se olvida.

–”¿Pero cómo diablos lo hace Hernán?, es random, aparece cuando se le canta y justo cuando menos tiene que hacerlo, además sobrevivió a todas las limpiezas que hice?”
—”Limpiaste mal idiota, sabiendo lo poco que te interesaba el Fortran IV y el Cobol cuando estudiábamos, no me extraña que no sepas manejar un cleaner”
— “Igualmente de un tiempo a esta parte se ha hecho estable aparece siempre, pero antes aparecía solo cuando trabajaba a batería, o solo de noche, o solo cuando soñaba con ella, o solo cuando me pasaba el día pensando en la foto, aunque a decir verdad después empezó a aparecer sin motivos en cualquier momento, llegué a pensar que era cuando ella pensaba en mi”
—”¡Qué chiflado Gabriel!, ¿Cómo se te ocurre eso?”
De este modo el periodista hacía partícipe, varios whiskies mediante, al ingeniero informático de la NASA, de Margarita, la siria para los amigos, el ángel guardián para él, la dueña de la mirada más profunda del mundo, que habitaba un lejano pueblo al que Gabriel ni pensaba en volver.

Mientras manejaba de vuelta a su hotel en Ciudad Vieja, esperando que no existiese por allí control de alcoholemia alguno, tomó la decisión de concurrir a la reunión programada a las 9 de madrugada del día siguiente, Hernán lo merecía, lo que no sabía era si le iba a dar la ocasión de pasar a degüello la foto de la controversia. Lo consultaría con la almohada y decidiría por la mañana.
Se durmió con la duda, pero fue una noche maravillosa, pese al medio litro de Johnnie Walker o quizás gracias a él. Soñó que alguien lo abrazaba, que le hablaba dulce al oído, que le iba liberando de todas sus preocupaciones y que le instilaba una confianza sin igual, tanto en la vida, como en sí mismo. Era indudablemente una mujer pero como estaba a sus espaldas, no podía verle el rostro, se dejó llevar, lo disfrutó y amaneció despejado como nunca. Miró el reloj, tenía tiempo, decidió quedarse en la cama un rato más. Giró sobre su cuerpo y sus ojos fueron a dar a la mesita de luz del lado opuesto, donde un objeto, que parecía no haber estado allí la noche anterior, llamó su atención. Lo tomó para observarlo de cerca, era un pañuelo de seda, con algún diseño, de esos que las mujeres suelen llevar atados a su cuello y que tan bien realzan la belleza del rostro, claro, solo cuando el rostro es bello.
Lo asaltaron preguntas ¿Cómo llegó ahí? ¿A quién pertenece? ¿Se lo habrá olvidado la pasajera anterior? ¿Será de la mucama? ¿Se lo habré robado a la mulatona?
Una vaga intuición lo sobresaltó, se levantó desnudo y casi sin respirar se abalanzó sobre la computadora, había algo familiar en el diseño de ese pañuelo, se dijo, mientras pulsó la tecla ON.
Allí estaba Margarita, mirándolo, con su nombre de usuario estampado en la frente y un pañuelo idéntico al que obraba en las manos de Gabriel, coquetamente atado a su cuello. Le faltaba sonreír, la cara que puso el poeta periodista, desnudo y a punto de desmayo, lo merecía con creces.
Gabriel tomó una ducha casi helada, se vistió, dejó la computadora en el hotel y se encaminó hacia el Radisson, que estaba a pocas cuadras, para decirle a su amigo Hernán que se metiera su título y su experiencia en donde imaginaba, pues él, ya no dudaba, algo escondía esa mirada, algo demasiado importante como para seguir ignorándola o intentando vanamente desecharla.
Con el aire fresco de la rambla hiriendo su rostro inadaptado a esas tempranas horas, Gabriel caminaba disfrutando el paisaje de su amada Montevideo, pero su mente ya estaba elucubrando motivos para convencer al organizador de la presentación de su libro en el lejano pueblo, de reiterarla lo antes posible.
No tenía forma de saber si Margarita lo esperaba, o menos aun, si la foto era su peculiar forma de llamarlo, pero Gabriel, periodista al fin, no soportaba tener una historia metafísica entre manos y no intentar comprenderla lo suficiente, como para, mínimamente, lograr escribirla.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 25 de agosto de 2017

 

Published in: on agosto 26, 2017 at 1:21 am  Comments (1)  

POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII

 

 

ALESSANDRO MANZONI

 

POPULISMO INSUSTENTABLE EN EL SIGLO XVII

Como saben estoy leyendo, debería decir estudiando, una de las obras más emblemáticas de la literatura italiana, I Promessi Sposi ( Los Novios) de Alessandro Manzoni. Una obra que le llevó 20 años culminar en 1842, pero que se sitúa en las tierras del norte de Italia en el año 1628, a la sazón gobernada por los Habsburgos de Madrid, España. Imaginar a italianos gobernados por españoles y 200 años atrás, le requirió al autor un supremo esfuerzo investigativo y narrativo. Estoy mas o menos por la mitad y me tiene tan atrapado como al inicio. Se trata de dos novios desdichados porque le impiden su boda, por razones bien distintas a las de Romeo y Julieta y en el curso de las peripecias consecuentes, aparecen narradas costumbres, relaciones de poder, la nobleza, los vanos esfuerzos legislativos, la corrupción, el clero y sus mañas, los bravos al servicio de los poderosos, los campesinos y la gente de la ciudad. Un fresco con todos los matices de la sociedad de entonces, reitero 1628, casi 400 años antes de nuestro tiempo actual.
Cual no sería mi sorpresa al toparme entre las páginas 221 del primer tomo y la página 253 en el segundo tomo, es decir los capítulos XII y XII enteramente dedicados al estrepitoso fracaso de un proyecto populista con respecto a un bien escaso y trascendente para el pueblo, como lo es, sin duda, el pan. Y más que interesante resultan las consecuencias políticas de dicho fracaso y como las percibe la población en general y cual es su conducta posterior. Una verdadera joya que reproduzco a continuación en sus párrafos esenciales, sustituyendo en homenaje a la brevedad, muchas de las 32 páginas con mis palabras. En vísperas del voto es bueno recordar en la pluma de un maestro que hay recetas que fracasaron siempre, aunque el pueblo pida, una y otra vez, insistir en ellas.

XII

Era aquél el segundo año de cosecha escasa. En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años previos habían suplido, hasta cierto punto, la carencia; y la población había llegado, si bien no harta ni hambrienta, ciertamente desprovista, a la mies de 1628, en la que estamos con nuestra historia. Pero la tan deseada siega fue incluso más mísera que la anterior, en parte por mayor contrariedad de las estaciones (y esto no sólo en Milan, sino también en buena cuenta de los pueblos circundantes), en parte por culpa de los hombres. El derroche y el despilfarro de la guerra, esa hermosa guerra de la que ya hemos hecho mención, era tal que, en la parte del estado más cercana a ella, muchas tierras más de lo ordinario quedaban sin cultivo y abandonadas por los campesinos, quienes, en vez de procurar con el trabajo pan para sí y para los otros, se veían obligados a mendigarlo por caridad. He dicho «más de lo ordinario» porque los insoportables tributos impuestos con una codicia y una insensatez igualmente inmensas, la conducta habitual, también en plena paz, de las tropas alojadas en los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquellos tiempos igualan a la de un enemigo invasor, otras causas que no hay aquí lugar para mencionar, iban ya desde hacía un tiempo obrando lentamente aquel triste efecto en todo Milan; las circunstancias particulares de las que ahora hablamos eran como una repentina exacerbación de un mal crónico. Y no había terminado de arreglarse aquella cosecha cuando las provisiones para el ejército y el derroche que siempre las acompaña, le hicieron tal mella que la escasez se hizo sentir de repente y, con ella, aquel efecto suyo doloroso, tan saludable como inevitable, el encarecimiento.
Pero cuando esto llega a cierto punto, nace siempre (o, al menos, ha nacido siempre hasta ahora y, si aún lo hace, después de tantos escritos de hombres de valía, ¡pensad en aquel tiempo!), nace una opinión en muchos de que la escasez no tiene razón. Se olvida haberla temido, predicho; se supone de pronto que hay grano bastante y que el mal viene del no vender el suficiente para el consumo; suposiciones que no tienen pies ni cabeza, pero que lisonjean a un tiempo la cólera y la esperanza. Los acumuladores de grano, reales o imaginarios, los poseedores de tierras, que no lo vendían todo en un día, los horneros que lo compraban, todos aquéllos en suma que lo tenían en poco o suficiente, o que tenían fama de tenerlo, a éstos se culpaba de la penuria y el encarecimiento, éstos eran el blanco del lamento general, la abominación de la multitud mal y bien vestida. Se decía de seguro dónde estaban los comercios, los graneros llenos, desbordantes, apuntalados; se indicaba el número de sacos, disparatado; se hablaba con certeza de la inmensa cantidad de grano que se enviaba secretamente a otros pueblos, en los que probablemente se bramaba con igual seguridad que el grano de allí se enviaba a Milán. Se imploraban a los magistrados aquellas medidas que a la multitud parecen siempre, o al menos han parecido siempre hasta ahora, tan justos, tan simples, tan aptos para hacer salir el grano escondido, tapiado, enterrado, como decían, y hacer volver la abundancia. Los magistrados algo hacían: como establecer el precio máximo de algunas mercancías, intimar penas a quien rehusare vender y otros edictos del género. Como, sin embargo, todas las medidas de este mundo, por fuertes que sean, no tienen la virtud de disminuir la necesidad de alimento ni de hacer venir mercancías fuera de estación y, como en este caso particular, no tenían ciertamente la de sacarlas de donde quiera que sobrasen, el mal duraba y crecía. La multitud atribuía tal efecto a la escasez y la debilidad de los remedios, y solicitaba a gritos otros más generosos y decisivos. Y , para su desventura, halló la horma de su zapato. En ausencia del gobernador don Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba el asedio de Casal del Monferrato, hacía sus veces en Milán el gran canciller Antonio Ferrer, también español. Este vio, ¿y quién no lo habría hecho?, que es en sí cosa muy deseable que el pan tenga un precio justo y pensó, y ése fue su fallo, que una orden suya podía bastar para producirla. Fijó la meta (así llaman aquí a la tarifa en materia de comestibles), fijó la meta del pan al precio que habría sido justo si el grano se hubiese vendido por lo común a treinta y tres liras el modio, cuando se vendía a hasta ochenta. Hizo como una mujer que se siente joven y cree rejuvenecer de veras alterando su fe de bautismo. Órdenes menos insensatas y menos inicuas habían dejado de ejecutarse, más de una vez, por la resistencia de las propias cosas; pero la ejecución de ésta la vigilaba una multitud que, viendo finalmente convertido en ley su deseo, no habría sufrido que fuese una burla.
Acudió enseguida a los hornos, a pedir el pan al precio tasado; y lo pidió con la resolución y la amenaza que dan la pasión, la fuerza y la ley reunidas.
Si los horneros protestaron, no lo preguntéis. Desleír, amasar, meter y sacar del horno sin pausa; porque el pueblo, sintiendo vagamente que era una cosa violenta, asediaba los hornos de continuo para disfrutar de la fábula mientras durase; trabajar como esclavos, digo, y afanarse más de lo habitual para salir perdiendo, cualquiera puede ver qué hermoso goce debe de dar. Pero, por una parte, los magistrados que intimaban penas y, por otra, el pueblo que quería ser servido —y cuidado que algún hornero se demorase, porque apuraba y gruñía con ese vozarrón que tiene, y amenazaba una de aquellas justicias suyas, que son de las peores que se pueden hacer es este mundo—; no había salvación, era preciso mezclar, meter y sacar del horno, y vender. Pero, para continuar aquella empresa, no bastaba que se les ordenase ni que tuviesen un gran miedo, era preciso poder; y, un poco más que la cosa hubiese durado, no habrían podido. Hacían ver a los magistrados la iniquidad y la insoportabilidad de la carga que les habían impuesto, protestaban con querer tirar la pala en el horno e irse; y, mientras, seguían adelante como podían, esperando, esperando que, una vez u otra, el gran canciller entrase en razón. Pero Antonio Ferrer, quien era lo que hoy diríamos un hombre de carácter, respondía que los horneros se habían aprovechado mucho y más en el pasado, que se aprovecharían mucho y más al volver la abundancia; que también se vería, se pensaría quizá en darles algún resarcimiento; y que, entretanto, siguiesen así adelante. Fuese que estaba verdaderamente persuadido de estas razones que alegaba a los demás o que, aun conociendo por los efectos la imposibilidad de mantener su edicto, quisiese dejar a los otros la odiosidad de revocarlo —pues ¿quién puede entrar ahora en el cerebro de Antonio Ferrer? —, el caso es que siguió firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (un magistrado municipal compuesto por nobles que duró hasta el noventa y seis del siglo pasado) informaron por carta al gobernador del estado de las cosas: que encontrase él algún expediente que les permitiese avanzar. Don Gonzalo, enredado hasta las cejas en los asuntos de la guerra, hizo lo que el lector se imagina ciertamente: nombró una Junta a la que confirió la autoridad de establecer para el pan un precio que fuese posible; algo que pudiera salvar tanto a una parte como a la otra. Los diputados se reunieron o, como se decía a la española en la jerga administrativa de la época, se ayuntaron; y tras mil reverencias, cumplidos, preámbulos, suspiros, suspensiones, proposiciones al aire, tergiversaciones, todos trajines hacia la deliberación de una necesidad sentida por todos, sabiendo bien que jugaban una gran carta, pero convencidos de que no había otra cosa que se pudiese hacer, concluyeron encarecer el pan. Los horneros respiraron; pero el pueblo enfureció.

 

En síntesis, Ferrer, el mandamás a cargo puso un precio máximo. Con ello fundió a los panaderos. Gonzalo, el verdadero mandamás nombró una comisión, esta encareció el pan, para volver a hacer la producción posible y reinó el descontento popular.

 

La noche antes del día en que Renzo llegó a Milán, las calles y plazas bullían de hombres que, transportados por una rabia común, dominados por un pensamiento común, conocidos o extraños, se reunían en corrillos sin haber tenido la intención, casi sin percatarse de ello, como gotas esparcidas sobre la misma pendiente. Cada discurso acrecentaba la persuasión y la pasión de los oyentes, así como las del que lo había proferido. Entre tantos apasionados, los había, claro está, más de sangre fría, que observaban con gran placer cómo se iba enturbiando el agua y se las ingeniaban para enturbiarla más, con esos razonamientos y esas historias que los despabilados saben componer y los ánimos alterados, creer; y se proponían no dejarla reposar, esa agua, sin la ganancia de los pescadores. Miles de hombres se fueron a la cama con el vago sentimiento de que era preciso hacer algo, que algo se haría.

 

Sigue a continuación el maravilloso relato de la rebelión popular que comienza con el asalto a un repartidor de pan, continúa con el saqueo y destrucción de una panadería y concluye con el asedio e intento de copamiento de la casa particular del Vicario de la Provisión ( una especie de Secretario de Comercio), Veamos algunos pocos párrafos de esta situación tan dramática

 

La vista del botín hizo olvidar a los vencedores los planes de venganza sanguinaria. Se abalanzan sobre las arcas, saquean el pan. Alguno, sin embargo, corre al mostrador, salta la cerradura, agarra los cuencos, aferra monedas a puñados, las mete en los bolsillos y sale cargado de dinero, para volver después a robar pan si queda. La multitud se dispersa por los comercios. Echa mano a los sacos, los arrastra, los rompe; alguien se mete uno entre las piernas, desata la boca y, para reducirlo a una carga que pueda llevar, tira una parte de la harina; alguien, gritando:
—¡Espera, espera! —se inclina y tiende el delantal, un pañuelo, el sombrero, para recibir aquella gracia de Dios; uno corre a una artesa y toma un pedazo de masa, que se alarga y se le escapa por todas partes; otro, que ha conseguido un coladero, lo lleva por el aire; quien va, quien viene: hombres, mujeres, niños, empujones, dados y devueltos, gritos y un polvo blanco que se posa sobre todo, de todo se eleva y todo lo vela y lo nubla. Fuera, un gentío compuesto de dos procesiones opuestas que se rompen y se obstaculizan entre sí, la de quien sale con el botín y la de quien quiere entrar a lograr el suyo.

—Queda ahora descubierta — gritaba uno— la impostura infame de esos bribones que decían que no había ni pan, ni harina, ni grano. Ahora se ve la cosa clara y evidente; y no nos podrán ya engañar. ¡Viva la abundancia!

El vicario de provisiones, elegido cada año por el gobernador entre los seis nobles propuestos por el Consejo de Decuriones, era el presidente de éste y del Tribunal de provisiones, que, compuesto por doce, también estos nobles, tenía, entre otras atribuciones, la de los víveres. Quien ocupaba tal puesto debía, necesariamente, en tiempos de hambre e ignorancia, ser nombrado autor de los males: a menos que hubiese hecho lo que hizo Ferrer; cosa que no estaba en sus facultades, ni
aunque hubiese sido su idea.

—¡Viva la abundancia! ¡Mueran los hambreadores! ¡Muera la carestía! ¡Abajo la provisión! ¡Abajo la Junta! ¡Viva el pan!
Verdaderamente, la destrucción de las artesas y los cedazos, la devastación de los hornos y el desorden de los horneros no son los medios más comunes para hacer vivir el pan, pero ésta es una de las sutilezas metafísicas a las que una multitud no llega. No obstante, sin ser un gran metafísico, un hombre llega a ellas a veces a la primera, aun siendo nuevo en la cuestión; y, sólo a fuerza de hablar de ellas y de oír hablar, se volverá incapaz también de entenderlas.

Había un apremiar y un retener, como un remanso, una indecisión, un murmullo confuso de contrastes y consultas. En ésta, estalló por medio de la multitud una voz maldita:
—Está aquí cerca la casa del vicario de provisiones: ¡vamos a hacer justicia y a saquearla! Pareció el recuerdo común de un acuerdo ya cerrado más que la aceptación de una propuesta. «¡Donde el vicario! ¡Donde el vicario!», es el único grito que se oye. La turba se mueve, toda junta, hacia la calle donde estaba la casa mencionada en tan mal momento.

XIII

—¡El vicario! ¡El vicario! ¡El hambreador! ¡Lo queremos! ¡Vivo o muerto! El desdichado andaba de cuarto en cuarto, pálido, sin aliento, dándose con una mano en la otra, encomendándose a Dios, y a sus criados que se mantuvieran firmes, que encontrasen la manera de hacerlo escapar. Pero ¿cómo? y ¿desde dónde?

 

A esta altura se preguntarán quien viene presuroso a rescatar al Vicario, consagrado en el chivo expiatorio de la bronca popular. Piensen un poquito, recuerden nuestra historia cercana y acertarán.
Siiiiii, efectivamente, el mismo, Antonio Ferrer, el que había desatado todo el problema poniendo un ridículo precio máximo al pan y llevando a la quiebra a los panaderos. Llega, le salva la vida al Vicario con la promesa al pueblo de encarcelarlo para que pague sus culpas y promete que al día siguiente habrá pan a precio máximo para todos ( y todas).

 

De repente, un movimiento extraordinario, comenzado en un extremo, se propaga por la multitud, una voz se divulga, corre de boca en boca: —¡Ferrer! ¡Ferrer! Maravilla, alegría, rabia, inclinación, repugnancia, estallan allí donde llega aquel nombre; quien lo grita, quien quiere ahogarlo; quien afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema. —¡Está aquí Ferrer! —¡No es cierto! ¡No es cierto!
—¡Sí, sí! ¡Viva Ferrer! Que ha bajado el precio del pan. —¡No! ¡No! Esta aquí, está aquí, ¡en la carroza! —¿Qué importa? ¿Qué tiene él que ver? No queremos a ninguno. —¡Ferrer! ¡Viva Ferrer! El amigo de la pobre gente. Viene para llevar a prisión al vicario.

 

Obviaré aquí unos magistrales párrafos acerca de los componentes de una turba y de como se los maneja por escapar al centro de la cuestión, no obstante recomiendo fervientemente su lectura. Ferrer rescata al aterrorizado Vicario en su propia carroza y pasa entre el pueblo que lo vitorea.

 

El viejo Ferrer presentaba ora a una portezuela, ora a la otra, un rostro todo humilde, sonriente, amoroso, un rostro que había reservado siempre para cuando se encontraba en presencia de don Felipe IV , pero que se vio obligado a derrochar también en esta ocasión. Hablaba también, pero el revuelo y el zumbido de tantas voces, los vivas mismo que le hacían, dejaban muy poco y a muy pocos oír sus palabras. Se ayudaba, por lo tanto, con señas, poniéndose ora las puntas de los dedos sobre los labios para tomar un beso, que las manos, separándose de pronto, distribuían a derecha e izquierda en agradecimiento por la benevolencia pública; extendiéndolas y moviéndolas ora lentamente fuera de una de las portezuelas para pedir que abriesen paso; bajándolas ora gentilmente para pedir un poco de silencio. Cuando había logrado un poco, los más cercanos oían y repetían sus palabras:
—Pan, abundancia. Vengo a hacer Justicia; paso, por favor
Derrotado, luego, y como ahogado por el ruido de tantas voces, por la vista de tantos rostros juntos, de tantos ojos sobre él, se retiraba un momento, hinchaba los carrillos, daba un gran suspiro y decía para sí: «Por mi vida, ¡qué de gente!».
—¡Viva Ferrer! No tenga miedo. Es vuestra merced hombre de bien. ¡Pan! ¡Pan!
—Sí, pan, pan —respondía Ferrer —. Abundancia, lo prometo. —Y se llevaba la mano al pecho—. Paso — añadía al punto—. Vengo para llevarlo a prisión, para darle el justo castigo que merece.

 

Convendría aclarar que Manzoni nunca visitó nuestro país, de modo que resulta imposible que se haya inspirado en él. Tambíen convendría que todos los candidatos del día de hoy leyesen estos párrafos, en principio por su propio bien. Y por último convendría a nosotros pobres mortales sin ninguna cuota de poder ni aspiración a tenerla que dejásemos de apoyar proyectos populistas insustentables que llevan en si mismo, la rara paradoja de terminar convocando como salvadores a los causantes de la tragedia, esperemos que la experiencia por una vez sea capaz de derrotar a las falsas esperanzas.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de agosto de 2017

Published in: on agosto 13, 2017 at 2:22 am  Dejar un comentario  

GUERREAR A LOS 60

Luis Gallo y el Cessna Citation II C-550 de Fabricaciones Militares, integrante del Escuadrón Fénix en la gesta de Malvinas

GUERREAR A LOS 6O

Un café con Luis Horacio Gallo, pionero y veterano de guerra Malvinas

 

Mientras camino por la vereda de la manzana que albergó hace unos 25 años los primeros pasos que dio mi hijo de mi mano y su emoción y la mía me vuelven a embargar, mi espíritu se prepara para entrevistar al veterano de guerra más longevo de mi Patria. En la otra cuadra me espera Luis Gallo, alférez de la Fuerza Aérea Argentina, técnico mecánico de vuelo ( el ingeniero de vuelo en la jerga aeronáutica) pionero de helicóptero en el país y del avión ejecutivo Cessna Citation II en el Escuadrón Fénix en Malvinas, cuando tenía 60 años. Intento imaginarme a mi mismo, que tengo esa edad diciéndole a mi familia que me voy a combatir y la consecuente carcajada.
Sus juveniles 93 años lo hacen precipitarse a bajar para abrirme la puerta del edificio, cuando gracias a un vecino subo antes y me recibe su señora, Lilian Pesci, once años menor, su primer admiradora, hija de un sastre italiano y cuya madre Virginia Stella era sobrina nada menos que de Beniamino Gigli, muy afín a mi por su carácter de poeta y escritora. Regreso a la planta baja a buscarlo y lo encuentro en la puerta oteando el horizonte a por mí. Bajo, calvo, de ojos tiernos pero firmes, aparenta muchos años menos, tal como denota su paso rápido a mi encuentro en la vuelta al departamento que ocupa en sus breves visitas a Capital. Su lugar en el mundo es Norberto de la Riestra, un pueblo cercano a mi querido Lobos, en la Provincia de Buenos Aires, perteneciente al partido de 25 de Mayo. Allí nació y se crió y luego de muchísimas vueltas por el país y el extranjero disfruta de su casa y de los mimos de la comunidad que lo ha distinguido hace poco, con el título de “personalidad destacada”.
Me siento a la mesa y por las próximas casi cuatro horas asisto a un relato tan apasionante como imperdible. Quedé mal con los habitantes de mi agenda de horarios posteriores pero por nada del mundo osé interrumpir a este protagonista de la historia argentina. Salvo por algunos breves intervalos en que alenté a su esposa a publicar sus poemas en un libro, la escuché leer uno brillante en homenaje a la cónyuge de San Martín y disfruté de su amoroso café con galletas, Don Luis no paró de atiborrarme a historias, una más atrapante que la otra.
Veamos si el oficio me da para sintetizarlas y transmitirlas con su contenido de aventura y patriotismo.

 

Luis Horacio Gallo nació un 20 de septiembre de 1923 en una familia de 11 hermanos que a duras penas podía mantener el padre quien fabricaba soda. “Siempre fui un infiltrado en la Marina, era una fuerza de gente rica, con doble apellido, a mi me dejaron ingresar porque en los papeles de ingreso el escribano puso que mi padre era industrial y eso los confundió, un amigo con grandes condiciones fue rechazado porque su padre era taxista”. Cursa la primaria en su pueblo pero la secundaria la cursa en forma particular con una maestra y rinde tres años en la cabecera de partido. Ello lo habilita para ingresar a la aviación naval en 1940, la cual recuerda con admiración porque era una copia de la academia norteamericana de West Point.
Tiene 3 hijos, el mayor es odontólogo y ferviente malvinero, Alejandro Luis, nacido en 1956 y padre de Juan Manuel y Valeria, posee en Arrecifes donde vive un museo itinerante sobre la gesta, asiste permanentemente a la Vigilia de San Andrés de Giles y a otros actos evocatorios. Según su padre es más militar que odontólogo (es subteniente de reserva del ejército e instructor de tiro), lamentablemente tuvo que abandonar la carrera por la rotura de un tímpano, fruto de la estampida de un cañón. Completan la familia dos mujeres, Patricia, madre de Giselle, Daniel y Diego quienes siguen la senda del padre martillero y Elizabeth, 17 años menor, soltera y flamante abogada de la universidad de Morón. Ya es bisabuelo de una nena de 10 años, Camila hija de Daniel.
No se acuerda cuantas horas voló, solo me dice que lo hizo durante 46 años en forma continua e intensiva. Durante 8 de esos años, en forma intermitente, voló nada menos que en Presidencia de la Nación, de Perón a Illía. Respetará a rajatablas el secreto profesional, no habrá infidencias, de ese tiempo solo me confesará su predilección por Arturo Frondizi, un joven caballero según sus palabras a quien llevaba los fines de semana a una estancia prestada a descansar.
Hizo cursos en Canadá y en Estados Unidos, tuvo que aprender inglés con ayuda de su señora a los 36 años para poder emigrar durante un año y medio y poder volar el helicóptero para 11 pasajeros que Presidencia trajo al país para mostrárselo a los visitantes ilustres y sus acompañantes.
“Cuando me inicié, en la década del 40 la Fuerza Aérea no existía, recién nace como fuerza armada independiente el 4 de enero de 1945, con la creación de la Secretaría de Aeronáutica, hasta ese momento solo se ocupaba del espacio aéreo una pequeña aviación de ejército y la más importante aviación naval. Recibirá un impulso extraordinario durante la presidencia de Perón al llegar un gran número de aviones de Inglaterra”.
La primera foto que me muestra es del crucero ARA Almirante Brown con una postal escrita abordo a sus padres en enero de 1946, mientras estaba haciendo la campaña antártica. Su misión nada sencilla era pilotar un avión anfibio, un Vought OS 2U Kingfisher que despegaba con un sistema de catapulta Rapier Ransome y se recuperaba del mar mediante una grúa del barco, tarea nada sencilla de hacer entre los vientos antárticos y el agua congelada. El Almirante Brown a cargo en ese año del Capitán de Navío Carlos Machiavelli era un crucero de fabricación italiana, el C 1, recibido en 1931 junto a su gemelo el 25 de Mayo, nave insignia de la Primera División de Cruceros y que sirvió hasta 1959, desplazaba 6800 toneladas y medía 171 metros de eslora y 17,7 metros de manga.

El Crucero C-1 ARA Almirante Brown y el texto escrito por Luis Gallo en 1946 abordo

“Volé con el teniente de navío Daniel Lucio Enrique García Mansilla, nieto del Gral. Mansilla, el autor de Excursión a los Indios Ranqueles, un señor. Hablaba de si mismo en tercera persona y no cobraba los viáticos y era de una muy buena posición.”
Empezó a volar desde Punta Indio a Puerto Belgrano. En cuarto año ya hacían práctica de tiro efectivo a una manga arrastrada 500 metros hacia atrás por un avión y eso permitía una correcta evaluación de las baterías antiaéreas cuando la manga caía, porque cada una tenía su color de bala. Al año de andar en la escuadrilla de transporte en DC 2,5 y DC 3,lo embarcan en el crucero, a volar el hidroavión, el cual ya era más moderno un Supermarine Walrus de fabricación inglesa. En la escuadrilla de transporte traían italianos contratados por el Ministerio de Marina que venían muertos de hambre por la guerra, asistió al exilio de Libertad Lamarque, desde la base de Morón que por entonces era internacional ya que Ezeiza no existía.
Me explica lo que es despegar por catapulta que se accionaba por un cañón y pasaba rápidamente a 150 km por hora, había que pegarse al respaldo del asiento por la aceleración en 37 metros. Era complicado subir al barco con un cable de seguridad y 15 grados bajo cero. Además el frío afectaba la lubricación de la catapulta y despegaban con menos velocidad, unos 125 km por hora, hecho que les dificultaba la maniobra.
Los recuerdos vienen mezclados, me cuenta el estreno del Pulqui I y Pulqui II en el lugar donde hoy está Aeroparque, por esos años en construcción ya que la pista aún era de tierra. Argentina era líder en tecnología aeronaútica, gracias a los ingenieros alemanes que trajo Perón.
Se enaltece su relato con Carola Lorenzini, la primera mujer piloto argentina, también la primera en cruzar en vuelo sin brújula el Río de la Plata, trágicamente fallecida en la base de Morón intentando una acrobacia en un Focke Wulf en el año 1941. “Era más grandota que usted, campeona de looping” dice Luis.
Otra piloto que recuerda es Myriam Stefford, actriz suiza, primera esposa de un escritor y político de renombre, Baron Biza de trágico final al igual que toda su familia que pereciera en un accidente aéreo en San Juan. “Eran muy comunes por esos años y muy favorecidas por el público las acrobacias aéreas, otro destacado piloto era el cabo Santiago Germanó (doble de riesgo en la película Alas de mi Patria) que hacía vuelos rasantes en un Focke Wulf sobreviviente de la segunda guerra, sacaba un pañuelo de un pasto elevado con la punta del ala”
Toca el turno de rememorar el fortalecimiento de la Fuerza Aérea. “En pago de las deudas por alimentos y otros enseres contraídas durante la guerra Inglaterra le entrega al gobierno de Perón 100 Gloster Meteor MK IV, que era un avión de caza a reacción, 70 De Havilland Dove avión de transporte. También trajo 30 bombarderos pesados Avro Lincoln y 15 Avro Lancaster, había otros de pasajeros cortos que llegué volar. De todo este material aéreo volaban solo 20 y el resto estaba ahí en tierra por falta de pilotos, para eso creó la escuela de aviación de Córdoba ”.
Para los pilotos de la aviación naval, la tentación de pasar a la Fuerza Aérea era grande, tenía aviones mejores y muchos, lo que garantizaba misión permanente. Me refiere Luis su tensa charla con su jefe, el teniente García Mansilla quien en vano intentó retenerlo. Se terminó pasando la promoción completa debido a que los navales tenían muy trabados los ascensos, y para no causar demasiado trastorno lo hicieron por tandas de unos 22 cada una, cumplían contrato y se iban. Pero no era el único motivo, la Armada los mandaba bien jovencitos a lugares muy aislados y en el barco Luis se sentía como sapo de otro pozo, los hombres de mar y los del aire siempre hicieron rancho aparte. Además la campaña antártica de 1947 no era como hoy, se vivía mal, con mucho frío, Luis no volvió muy bien de ella. Al respecto me relata las peripecias de un destino en Ushuaia donde se tuvo que quedar solo, por un lapso de 9 meses en un hotel helado a custodiar un avión averiado en el aterrizaje, “la gallega me tuvo tanta lástima que me hizo un abrigo con ropa de preso, comía sopa de pescado todo los días, al volver tuve un montón de plata, porque cobré 10 meses juntos”. Ello igualmente no hace mella en la admiración que aún hoy siente por la Armada, en materia organizativa según él, supera a cualquiera.
Tampoco la pasó tan mal, se codeó con la alta sociedad, los pilotos navales eran una élite, muchos de ellos ni siquiera cobraban el sueldo sino que lo donaban al asilo naval ya que consideraban el status de piloto naval casi como un título de nobleza. Luis durante mucho tiempo vivió con compañeros en una habitación de una casa que a tal fin tenía la Marina en pleno barrio de Recoleta, en la calle Junín, esquina Melo. El destino quiso que en esa casa también viviese un confitero suizo que trabajaba en el Alvear Palace. Ya se pueden imaginar adonde iban a parar las sobras del lujoso catering de las fiestas habidas por allí. Luis y sus amigos volvían caminando a las 4 de la mañana con un cisne lleno de caviar, otra noche con algún postre del mismo nivel.
Ni bien se incorpora a la Fuerza Aérea, lo separan y lo mandan obligado a los helicópteros recién arribados también, unos 15 Sikorsky S 51-dragonfly – para piloto y tres pasajeros. “Ninguno quería ir ahí, al lado del avión era un bicho raro, lento, feo, pero no tuve más remedio, a capacitarme para poder hacerlo, después lo amé”.
Ahora el evocado es Augusto Ulderico Cicaré nacido en Polvaredas, Saladillo en 1937 y fabricante hasta la fecha de helicópteros, siendo el primero el CH-1 construido y volado a sus 21 años. “En uno de mis primeros vuelos con el helicóptero me toca llevar a la Junta Investigadora de Accidentes
Aéreos a Polvaredas, dado el trágico siniestro de una avioneta en el que fallecieron sus cuatro ocupantes, todos de la alta sociedad porteña. Donde íbamos se llenaba de gente, era 1960 y el helicóptero era un paisaje extraño y atrayente. Viene un paisano y me dice que allí hay uno que hace algo igual. No lo podíamos creer, pero era verdad, se trataba de Cicaré, no lo vi más hasta hace poco, nos dimos un enorme abrazo y estuve como dos horas recorriendo su fábrica.”
Varios años después Frondizi lo manda a Estados Unidos a aprender acerca del helicóptero grande que cité al comienzo. Necesita aprender inglés y asiste a una academia enorme de San Antonio, Texas donde se encuentra con alumnos de 42 países. Ocho horas por día de aprendizaje. La parte de vuelo la estudia primero en Wichita Falls en el propio Texas, para posteriormente continuarla en la base Stick de Las Vegas, en la época que dicha ciudad era un boom mundial. Delante de su esposa no me atrevo a pedirle detalle de sus días de franco, pero según confiesa ni siquiera jugó en el casino, pues aprovechó la ocasión para ahorrar una buena diferencia de ingresos.

Luis Gallo y compañeros de estudio en una base militar norteamericana

El helicóptero presidencial que vuela Luis es un Sikorsky H 19 ( S55- chickasaw-) de 11 plazas. Como parece ser habitual comienza por el último vuelo en el mismo, que casi resulta fatal, allá por 1966. Había 7 vuelos programados y no tenían personal disponible, le piden que pese a estar listo para irse por haberse retirado se incorpore a uno como técnico de vuelo. Como Lilian lo esperaba a almorzar elige el más corto, a Quilmes para traer a 5 personas y 200 kg de instrumentos. Voló con un Gavazzi, probablemente el padre de quien cayera en Malvinas, Fausto Gavazzi el 12-5-82, abatido por fuego propio sobre Darwin. Antes de aterrizar Luis escucha una irregularidad en el motor y pide que lo revisen. Cargan y antes de despegar lo prueban a fondo tres veces, andaba todo bien pero al despegar, ni bien Gavazzi – que además era odontólogo- sugiere salir de la zona poblada en previsión de un aterrizaje de emergencia, a 300 metros de altura se corta el motor. “Caíamos como piano”. Me explica la maniobra de autorotación, aplicable en estos casos. “ Se tira la palanca para abajo, ello acelera la caída, lo que mantiene las vueltas del rotor. Cuando llega a ocho metros del piso, tira la palanca para arriba y se para el rotor, el helicóptero cae, pero no se mata uno y salva la máquina. Venía todo bien y justo nos encontramos en la bajada con un cable de alta tensión, tuvimos que tirar de la palanca antes de tiempo, dimos el saltito y caímos. Temí una explosión de la nafta. Me tiré desde la cabina, abrí la puerta y los saqué a todos muy rápido, nos parapetamos detrás de un montículo por si explotaba. Empezó a salir humo y ahí me acuerdo que no había cortado batería, esperé un tiempo, como no explotaba, corrí a cortarla. Nos vienen a buscar con otro helicóptero y en El Palomar, me mandan derechito a la enfermería. Llegué como a las 7 de la tarde a casa y no le quise contar nada a mi esposa”. Tomó la decisión de no volar más, ni él se lo creyó, tenía entonces 44 años.
La Fuerza Aérea abastecía de helicópteros a todas las dependencias oficiales, de modo que las tareas que realizó son de una amplia diversidad, desde buscar uranio en Malargüe, hasta rescates en alta mar, atención de pozos petroleros en Salta y servicios en la construcción del primer gasoducto en Comodoro Rivadavia.
Interfiere el recuerdo de la inauguración de aeroparque, con una pista de tierra de 800 metros pero una confitería hermosa de madera, apta para citas románticas del público en general. También de su antecesora, la base de aviación civil en Jose C Paz, un galpón sin tener baño siquiera. “Éramos pobres pero felices” me aclara con la nostalgia invadiéndole el rostro.
Intento poner un poco de orden en semejante borbotón de memorias y le pido que me relate el descubrimiento de uranio para la Comisión Nacional de Energía Atómica, a la sazón en la Universidad de Cuyo, dependiente de la Facultad de Ingeniería. Trabajan allí ingenieros en la búsqueda de material radiactivo. Ellos llevaban un detector entre las piernas que lo encendían al sobrevolar los cerros con el helicóptero. “En tres años volando no encontramos nada. Yo volaba con un alemán con el que congeniamos muy bien. Me dice que corría un rumor que los estudiantes habían detectado un polvo amarillo en la mina El Cajón que los geólogos no podían identificar. Allá fuimos y la aguja del detector se movió. Nos alejamos, volvimos a sobrevolar y se volvió a mover la aguja. Ni bien llegamos salen dos jeep a buscar piedras a la mina. El decano nos pide ir a Mendoza al laboratorio, fuimos, pese a que era de noche y el helicóptero no estaba habilitado para volar de noche, llegamos porque volamos a baja altura siguiendo la ruta. A las 2 de la mañana se dieron cuenta, tras el proceso de hervir 4 horas el polvo de la piedra con una perla de cobalto, por los rayos alfa y beta que desprende el uranio, que existía ese material en Argentina. Un griterío tremendo, estábamos sucios, muertos de hambre pero bien conscientes que era un momento histórico para el país. Al día siguiente el decano fue recibido por el propio Gral. Perón”, corría el año 1952.

Nota de la Universidad de Cuyo trasmitiendo la felicitación por el hallazgo de Uranio

Se viene otro recuerdo, el rescate de unos gendarmes perdidos durante 15 días en la cordillera, persiguiendo unos contrabandistas chilenos que robaban ganado. “Cuando los encontramos se estaban comiendo sus caballos” Me muestra un ejemplar del diario Crítica donde tanto a él como a Muller ( el alemán) los recibieron como héroes en Malargüe, “nos llevaron en andas” comenta.
Pasamos a una nota de agradecimiento del año 1960 del ministro de gobierno de Neuquén por las tareas realizadas durante dos meses en la zona de Andacollo y El Cholar que habían quedado sepultados y aislados por una gran tormenta de nieve. “Acá si que nos jugamos el cuero, sacaba parturientas, quebrados, enfermos y llevaba víveres, podíamos hacer solo 3 vuelos por día por los vientos que se levantaban en la precordillera”. Relata que en el hotel de Chos Malal, cenaban con un cura quien insistió en llevarlos a su capilla donde hacía el vino mistela para el Vaticano, en 15 hectáreas de viña. La borrachera que se agarraron probando distintos vinos les impidió al día siguiente volar, como les habían ordenado y tuvieron que postergar la audiencia con el gobernador de Neuquén, quien los quería conocer.

Nota del diario CRITICA sobre el rescate de los gendarmes en Los Andes

Agradecimiento del Ministro de gobierno de Neuquén

Me habla loas del Instituto Balseiro y que al asumir Alfonsín, el almirante Castro Madero, a la sazón presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica dice públicamente que Argentina es el séptimo país del mundo que domina la energía atómica en todas sus fases. Vinieron años difíciles para el desarrollo nuclear, se le restó presupuesto durante la presidencia de Menem, el Balseiro decayó también y los físicos nucleares se los llevaron los brasileros a ganar seis veces más que aquí. “Una verdadera pena” confiesa indignadísimo, “con los aviones pasó lo mismo, Argentina exportaba aviones a Brasil, y ahora se los compramos”
Cuando le tocó servir en YPF, volaba con el gallego Álvarez – quien luego falleciera con el avión de Austral que cayó al mar en medio de una tormenta -, en la zona de Orán, una de las zonas más cálidas del país, (hasta 42 grados en verano), había días que no se podía volar con los motores a explosión, porque se reducía mucho la potencia. Unos médicos en Tartagal les solicitan trasladar a un niño con doble conmoción cerebral porque había sido atropellado por un camión hasta Orán. “Si nos negamos a hacer este vuelo, después nos tenemos que ir de acá” dijo Álvarez. Alivianan el helicóptero, quitándole combustible (unos 180 litros). Salieron raspando los cables, llegaron siguiendo la vía del tren, con todos los indicadores en rojo. Estaban deshidratados y regresaron a la caída del sol. “Nadie nos dio ni las gracias cuando volvimos, el ser humano debe ser agradecido, me puso tan mal que ni siquiera me preocupé por averiguar después que pasó con el chico”.
En consonancia con ello me cuenta un rescate marino en el que participó con su nave afectada a Gas del Estado. El BDT-12 de la Armada, una especie de lanchón de desembarco utilizado como transporte de garrafas en el año 1955 de Buenos Aires a Comodoro Rivadavia para su carga y regreso, comienza a hacer agua porque se le parte la quilla y el capitán lo dirige hacia la costa de Claromecó, en medio de una feroz tormenta para encallarlo, lográndolo a 400 metros de la playa. El temporal era demasiado fuerte para hacer el trasbordo a embarcaciones menores y por ello es convocado a Bahía Blanca el helicóptero de Luis al que se unirá al día siguiente otro, venido desde Buenos Aires. En el primer día rescatan con la silla volante a los primeros 7 – uno con fractura- y desembarcan a los 31 restantes al día siguiente soportando vientos de 100 km por hora. Lo insólito fue que pese a la valentía demostrada y valorada en los diarios de época, el personal del hotel donde debían alojarse en Tres Arroyos, ante la demora por un último vuelo a fin de verificar si quedaba alguien en el barco, cerró el hotel y obligó a Luis y a su piloto a la búsqueda de sitio donde pasar la noche.

BDT de la Armada encallado frente a Claromecó y el helicóptero desembarcando tripulantes

También le tocó luchar contra la langosta quebrachera que venía de Bolivia y comía hasta Santa Fe. Mide unos 11 cm y tiene un serrucho que hasta devora los cables de aleación. Durante tres años combatió esa plaga por Chaco, Santa Fe y hasta tuvo el placer de contarle sus andanzas, muchos años después a Luis Landriscina en una cena en Zapla, Jujuy, quien había visto al helicóptero en su propio pueblo de joven.
Entre sus recuerdos aflora la visita a una estancia, la más lujosa que conociera, propiedad de Saravia Toledo en Salta. “Del living al comedor había un enrejado español, nos agasajaron con cognac añejo guardado en caja fuerte, un tipo agradecido por nuestra tarea anti langosta”.
Allá por 1950 trabajó para la policía federal, no tiene un buen recuerdo, le tocó llevar a comisarios muy maleducados que ni siquiera lo saludaban cuando subían al helicóptero.
Llegamos a un momento crucial de la historia, la caída de Perón. “Yo estaba en presidencia”, me doy cuenta que voy a tener relato de primera mano. “Perón era aprensivo al vuelo, porque cuando hizo la campaña de 1946 en la provincia de Córdoba, iban dos aviones y uno de ellos embistió y seccionó la cola al avión en el que iba el general, se salvó de casualidad. Cuando podía elegir no volaba, para llegar a España no tuvo opción alguna”. De paso me da una historia de Menem “se hizo piloto pero no pilotaba, los industriales le regalaron una avión de un millón de dólares y jamás lo usó”. Me inquieta saber como vivió la revolución libertadora. “Detenido” me dice. “Unos suboficiales complotados en aeroparque me tendieron una trampa, un superior de quien yo no sospechaba me hace acompañarlo a un vuelo sin decirme el destino y me pide dejar a un costado mi arma reglamentaria, cuando aterrizamos en Aeroparque se abre la puerta y me detienen sin motivo durante 21 días en los que estuve incomunicado, para zozobra de mi familia. Evidentemente querían evitar que Perón se fugase en avión y para ello controlaron todo el personal aéreo de presidencia. Ese fue el motivo de la cañonera paraguaya que le envió su colega Alfredo Stroessner”. Lo trataron bien y al triunfar la revolución lo repusieron en sus funciones de inmediato, ya que lo mandaron a volar para vigilar los puentes de la capital en previsión de otro 17 de octubre que alterase la asunción del Gral. Lonardi, con quien aparece en una fotografía de un vuelo posterior.

Al frente el Gral. Lonardi, a la sazón presidente de la Nación, atrás y de mameluco Luis Gallo

Me muestra otra foto, atrás de la casa de gobierno, con el helicóptero presidencial suspendido en el aire y con él abordo. “Es en uno de los tantos planteos militares que había por entonces (32 solamente en la presidencia de Frondizi), me tocó trasladar a los militares complotados de casa de gobierno. Me embarcaron 14 cuando la capacidad máxima con tripulación era de 11 personas, casi nos matamos contra los barcos, fíjese cuanto nos costó tomar altura”.

El Sikorsky H-6 con los militares complotados suspendido en el aire en la Plaza Colón, al fondo la Casa Rosada

En Mendoza participó del fallido rescate de los 39 soldados del curso de alta montaña que se perdió en la cordillera. Cuando le dijeron que ellos eran la última esperanza, el contestó: “los helicópteros están preparados para volar hasta 800 metros, nosotros de corajudos nomás los hemos llevado hasta 1200, pero acá hay que volar a 3100 metros, porque están en la zona de la laguna del Diamante”. Lo intentaron de todas formas, a riesgo de sus vidas pero fracasaron, el mayor Sánchez de la Hoz que iba con ellos, al abandonar la búsqueda fue arrasado por el llanto. Fue un viaje muy duro, que incluso le valió una feroz pelea con el piloto que perduró en el tiempo.
“Hay que ascender medio metro por segundo, el motor se escucha lejano y hay que tener mucha paciencia. A medida que se asciende hay que ir corrigiendo la mezcla de aire y combustible, el piloto que tenía mucha menor experiencia que yo en viajes de altura se puso nervioso y entramos en autorotación por encima de los 2000 metros. ¡Imagínese, montañas por todos lados! Afortunadamente dimos con la viña Casa de Piedra, la más alta del país, cuyos vinos se exportan todos a Alemania y pudimos aterrizar en ella. El mayor no salía del avión y nosotros insultándonos entre nosotros. Desde Mendoza el jefe de la unidad pidió reiteración de vuelo pero en esas condiciones era imposible arriesgarlo.”
Luego fueron a otra emergencia de altura en Malargüe, fueron a cara de perro, entregaron los víveres que les pedían y volvieron al Plumerillo, el aeropuerto de Mendoza. La visión en la ruta fue horrenda, advirtieron la fila de los 39 ataúdes en viaje para los que no habían podido rescatar. Uno de los recuerdos más ingratos de su carrera. El dolor aviva la pelea con su piloto y continúan culpándose mutuamente. El piloto luego del incidente abandonó la fuerza, se fue a Venezuela y cuando descubren el petróleo se enriqueció vendiendo helicópteros. Regresó al país muchas veces pero nunca más se reunió con Luis.
Tras su retiro en 1966, Luis Gallo no quería volar más. Un día pintando su casa, lo viene a buscar el alemán con quien había volado, Adalbert Muller y lo convoca a volar comercialmente. “Vení con tu mujer y convénzanla a Lilian, yo ya le prometí que no lo haría de nuevo” Y lo logró, son muy amigos, padrinos cruzados de sus hijos, y con una sabiduría muy profunda.
De ese modo Lilian volvió a quedarse sola. “Aprendí a hacer de todo, de madre, de padre, pinto, escribo, aprendí alta costura, manualidades” y yo debo agregar que es una excelente poeta, docente jubilada, que preside la Asociación Civil Sanmartiniana de Norberto de la Riestra y que por el año 2000 fundó en su ciudad la Asociación de Escritores de Riestra.

El Cessna Citation II y su tripulación, Luis Gallo es el segundo desde la derecha

En 1967 empieza a volar un avión ejecutivo para Fabricaciones Militares, pero jamás se le ocurrió que participaría de una guerra.
En el fondo los aviadores de dichos aviones son como los choferes, saben vida y obra de los poderosos, conocen a toda su familia y cuando se juntan intercambian chismes, además les encanta categorizarlos según el valor del avión privado de que disponen, en cual decena de millones de dólares se ubica cada uno.
Sin poner el nombre para evitarnos problemas, me refiere la historia de uno que era campeón mundial de tiro con arma de puño, que lo tenía todo, pintón, deportista, millonario y que los viernes solía irse con una mujer muy bonita del espectáculo a Córdoba donde tenía dos estancias y por ser piloto se mató con su avión. El gallego amigo de Luis decía “ si yo fuera él ni loco viajo en avión, una vida tan buena hay que cuidarla, a Córdoba iría en burro y envuelto en algodones”
En la aviación comercial permaneció todavía 6 años con posterioridad a la guerra, es decir que dejó de volar definitivamente en 1988, a la edad de 66 años. “Estaba haciendo mi casa, tenía que controlar la obra, aún sin el psicofísico querían que me quedara, pero ya estaba pleno, había vivido todo, me fui”.
Tiene una ilusión, que Norberto de la Riestra consiga el Mirage que ha pedido para colocarlo en la plaza del pueblo. Me cuenta la historia de Gotelli, el lider de los veteranos de su pueblo, quien en Malvinas traducía las instrucciones de los cañones, al terminar la guerra ingresó en Telefónica y como traductor hizo carrera.
Tras tanta vida, rica en hechos, hazañas e hitos históricos llegamos al momento de hablar del mayor de todos ellos, su participación en la gesta del Atlántico Sur, integrando el glorioso Escuadrón Fénix.
Venía volando un Cessna Citation II C-550 para Fabricaciones Militares cuando Fuerza Aérea incauta el avión con la intención de volarlo con su personal. El directorio de Fabricaciones Militares accede a aportar su avión pero bajo la condición que mantenga su tripulación – una relativa forma de resguardarlo-. Ante dicho hecho se percatan que Luis tiene a la sazón 60 años de edad, un momento poco apropiado para afrontar los riesgos que una guerra aérea conlleva, entonces le ofrecen no participar del conflicto. “¡Yo voy! respondí, a mis 17 años juré la bandera en Marina donde volé 9 años y llegó el momento de honrar dicho juramento. Además no iba a dejar solos a mis compañeros de tripulación en ese trance” son las palabras que definen a Luis.

En una base del sur durante la gesta Malvinas

Lo despiden a las 4 de la mañana de aeroparque, eran tres y la primer tarea fue ir a Paraná a buscar 8 pilotos de Canberra para llevarlos al sur. “Hasta ahi no estábamos tan seguros de quedarnos en la zona del conflicto. Cuando hacemos combustible en Bahía Blanca viene a vernos el Comodoro Rodolfo de la Colina, luego caído en acción y nos informa que nos tenemos que quedar alli. Yo tenía un bolsito con una muda de ropa, nada más”. De Bahía los llevaron a Rio Gallegos, les dieron unos calzoncillos largos y los pusieron a dormir en una carpa de doble techo con 17 grados bajo cero a la noche. “El frío era terrible, al baño íbamos afuera, estuvimos 10 días sin bañarnos, pero eso estaba lejos de ser lo peor. Hacíamos vuelos que podían calificarse de suicida, llegábamos de noche a veces sin santo y seña, el cual se cambiaba cada doce horas, asi que temíamos que nos derribaran las defensas propias”. Le tocó llevar pilotos heridos, recuperados de eyección hasta Córdoba, al hospital de la Escuela de Aviación Militar, algunos en estado de shock nervioso que tornaron al viaje un verdadero calvario. Me cuenta que fue testigo del espíritu de combate que tenían algunos pilotos, “llevé uno mal herido hacia Córdoba que lloró e insultó todo el tiempo porque quería quedarse en el sur a seguir luchando y tomar revancha de sus compañeros caídos, lo único que lamenté fue no poder grabar sus palabras para que sirvieran de ejemplo a muchos”
Su hija mayor se casó el 20 de mayo de 1982 en El Palomar, Luis gracias a uno de esos viajes a Córdoba pidió un día de permiso, pudo apadrinar la boda y volvió de inmediato al sur.
Fuerza Aérea incautó todos los aviones ejecutivos de las grandes empresas. Uno de los pilotos civiles de dichos aviones fue enviado a hacer una filmación sobre Malvinas. Al ser sorprendido por dos aviones de guerra ingleses, se arrojó en picada y escondió en una nube que lo protegió hasta casi el nivel del agua y siguió así hasta Comodoro. Allí entregó el avión diciendo “yo no vuelo más, no soy piloto de guerra”. Se lamentó con Luis de su decisión “me dio vergüenza”, pero éste le dijo que había hecho bien porque demostró conocer sus limitaciones y había sido honesto consigo mismo, y no como otra gente que estaba volando sin saber que no estaba capacitada para combatir.
“En un vuelo que teníamos que llegar a cierta distancia y volver, a un avión oficial le marcaron llegar a 475 millas al este del continente y a las 300 volvió, yo lo pesqué porque venía atrás. Después el Congreso le dio la misma condecoración que a mí y la recibió, eso me daría vergüenza”

Identificación de combate que aún lleva orgulloso en su pecho

Confiesa que la superioridad aérea británica esa abrumadora, en velocidad y capacidad tecnológica. Lo cita al hijo de Pierre Clostermann – as de la aviación francesa- diciendo: “yo no puedo concebir que un país que creo que se llama Argentina esté en líos con Inglaterra y le estén haciendo unos agujeros bárbaros a los barcos ingleses con una aviación de tercera categoría”
Refiere que a los tres meses del término del conflicto el mismísimo Pentágono invitó a ocho pilotos de caza argentinos con todo pago para que fueran a contarle sus tácticas de combate, tan sorprendidos habían quedado. Luis es muy amigo de uno de ellos, un capitán que le contó que los hacían exponer ante una sala llena de pilotos norteamericanos.
Para destacar lo distinto que es volar a volar para combatir me cuenta que a uno de los aviones incautados a una empresa muy grande lo siguieron aviones ingleses los cuales eludió volando a ras del agua, hasta la base de Santa Cruz. Pero al llegar, el copiloto pidió por radio una ambulancia urgente por el ataque de nervios con que llegó el piloto.
Sufrieron un día una amenaza de ataque al continente y les ordenaron evacuar a Bariloche. Despegaron de noche, con un viento tremendo que hace volar las piedras con el riesgo que ingresen a las turbinas. Por ello esa noche decidieron modificar su ruta e ir a Sierra Grande donde funcionaba por ese entonces la mina de Hierro Patagónico, en el límite de Chubut y Río Negro al norte de Puerto Madryn.
El chofer de Fabricaciones Militares en lugar de llevarlo al hotel, al que recuerda fantástico, lo llevó al hospital de HIPASAM. Retorna la indignación con los gobiernos siguientes por haber permitido el decaimiento del citado establecimiento modelo.
En uno de los momentos más amargos de todo el relato, me cuenta que la grabación de cabina de Rodolfo de la Colina al caer, fue pasada a todos los pilotos, como ejemplo de serenidad ante la muerte. El brigadier Crespo refirió el coraje del caído, exigiendo igual actitud. La grabación es conmovedora : “ Tengo 44000 pies, nos dieron en la turbina izquierda…….se me trabó el comando…comienzo a descender……estoy perdiendo altura…… se prende fuego turbina izquierda…. la otra empieza a andar en forma intermitente….. se cruzan dos aviones ingleses…… no me da……(silencio, silencio y más silencio).”
Así muere un héroe, los aviones del Fénix no tenían ni asiento eyectable, ni traje antiexposición, ni paracaídas, si los derribaban era muerte segura. Los cinco caídos en el Lear Jet T 24 de la Fuerza Aérea, todos militares, fueron: Comandante Vicecomodoro Rodolfo DE LA COLINA, Copiloto Mayor Juan José FALCONIER, Fotógrafo Militar Capitán Marcelo LOTUFO, Suboficial de Comunicaciones Suboficial Ayudante Francisco LUNA, Mecánico de Aeronave Suboficial Ayudante Diego MARIZZA . Todos pertenecían a la II Brigada Aérea sita en la ciudad de Paraná, Entre Rios.
El Lear Jet estaba haciendo tareas de inteligencia, en ese caso el sobre de instrucciones recién se abre cuando están adentro del avión. El Nardo I ( tal su nombre en clave) había sido alcanzado por dos misiles disparados por el barco británico HMS Exeter, era el 7 de junio de 1982.
Luis Gallo me manifiesta su admiración por los pilotos de Mirage, que vuelan al doble de la velocidad del sonido, hecho que obliga a los pilotos a utilizar un traje especial computado que lo cubre todo hasta los pies y se enchufa. Ese traje ejerce una presión que evita que la sangre se vaya de la cabeza a los pies o viceversa en las bruscas y veloces maniobras usuales de picada y recobre de altura, por eso no puede haber pilotos de más de 25 años porque el cuerpo no lo resiste.
“Yo miraba a esos muchachos que cenaban juntos, hacían bromas aún sabiendo que a las 4 o 5 de la mañana despegaban en misiones de las que alguno no volvería jamás. Los miraba con admiración y pena a la vez, me parecían sobrehumanos”
Viene al recuerdo un momento tremendo que le quiebra la voz a Luis. En el Congreso cuando Duhalde entrega las condecoraciones, al nombrar al Vicecomodoro Rodolfo de la Colina, quien viene a recibirla es su hijo de seis años. “Lloré como un infeliz” me dice.
Cuenta que muchos años después, en cierta conferencia en FM Soldados, Luis refirió este episodio y llamó a la radio ese niño que ya no era niño, Alejandro de la Colina y quiso conocer a Luis porque dijo que era su manera de saber cómo había sido su padre.
Pregunto si continúa encontrándose con esa tripulación, con la que fue a la guerra. “Lamentablemente no, pues uno de ellos Juan Gerónimo CROSA falleció en un accidente aéreo y que el restante Leónidas José RODRIGUEZ UZAL está muy enfermo”.
Para finalizar y cambiar el clima llega una anécdota simpática de su estadía en Nueva York, “Caminando por Broadway con la boca abierta me topo con un restaurant en 1962 que se llamaba JACK DEMPSEY, por él me llamo Luis, porque la pelea con Firpo había sido en 1923 y por esa hazaña mi padre me había dado ese nombre. Me regalé el cenar allí, un hermoso lugar a todo lujo lleno de fotos, incluso de ese combate. Dempsey nos vio y cuando le dijimos que éramos argentinos nos invitó a su despacho, tenía en ese entonces 64 años y nos dejó fotografiarnos con él”
La charla siguió hasta muy tarde, me mostró con orgullo su designación como personalidad destacada por parte del Concejo Deliberante de Norberto de la Riestra, el pueblo que lo vio crecer y donde conoció a su compañera de ruta, hermana de un amigo, que al momento de casarse tenía tan solo 21 años. También una carta de la senadora provincial Elisa Carca de abril de 2016 reconociendo no solo el valor de los veteranos, en especial a Luis como el más longevo, sino también toda la obra llevada a cabo por ellos en la posguerra.

Designación de Luis Gallo como personalidad destacada

 

Me despido sabiendo que me llevo un tesoro, los recuerdos de un argentino, orgulloso de haber servido a su Patria bajo distintas circunstancias, afrontando incomodidades y riesgos de todo tipo pero siempre munido de una voluntad de aprender cosas nuevas, de emprender aventuras con buen humor, coraje y sin una sombra de queja. Tendré que hallar el tiempo para escribir la historia, es un ejemplo, un espejo en el que todos deberemos mirarnos más seguido.
Insto a su señora, que es escritora, a plasmar un libro de memorias, algo mucho más digno del veterano de guerra Malvinas más longevo que la nota que yo pueda hacer, ofreciéndole para la tarea todo mi apoyo y colaboración. Mi sueño, el de muchos, de ver una Nación repleta de gente valiosa como mi interlocutor necesita puntos de apoyo, vidas ejemplares, para tomar consciencia que todos estamos capacitados para construir una, si nos disponemos a trabajar duro y a cumplir responsablemente con aquello que nos toca hacer.
Con la promesa de futuras charlas, camino despacio hacia mi auto estacionado en la esquina de mi vieja calle, la de la aún más vieja casa donde llegaron al mundo mis dos hijos. Es por ellos, ante todo, por quienes debo hacer pública la vida de un argentino ejemplar, el Alférez de la Fuerza Aérea Argentina VGM Luis Horacio Gallo, de ahora en más, un admirado amigo.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 23 de julio de 2017

Luis Gallo y su esposa, la escritora Lilian Pesci

Published in: on julio 30, 2017 at 7:20 pm  Comments (1)