VETERANO DE CUALQUIER GUERRA

VETERANO DE CUALQUIER GUERRA

Las Vacaciones Alemanas de Marcello Venturi

“No importa cuánto creas conocerlo, tampoco cuánto lo quieras, mucho menos cuánto lo intentes, jamás lograrás comprender a un veterano de guerra si no has estado en una. La guerra te pone un sello tan profundo y abarcador que solo otro que lo tenga logra entenderte”. La sentencia no me pertenece, la obtuve nada menos que de David Jackson, británico, veterano de guerra Malvinas, psicólogo y actor de la exitosa “Campo Minado”, obra que supo unir a veteranos argentinos y británicos con sus recuerdos, heridas e historias de vida, sobre un escenario.
La ocasión en que me la confió no pudo ser más propicia. Bajo un diluvio, un 2 de abril de 2016, en la Vigilia de San Andrés de Giles a la que concurrió junto a Lou Armour, otro veterano británico que también actúa en la obra, a poner una placa de reconocimiento al valor del soldado argentino y en la que tuve la difícil tarea de servirles de intérprete frente a la concurrencia y los medios.
Mi experiencia junto a distintos veteranos de guerra y sus familias, especialmente durante el proceso de escritura de COMBATIMOS no hizo más que darle la razón. De ahi que valore sobremanera la actuación de sus familiares y amigos que pese a nunca entenderlos del todo, han permanecido a su lado conteniéndolos como pudieron.
David fue ayudante del Brigadier Julian Thompson, comandante de la 3a Brigada Comando, tercero en la línea de mando de las fuerzas británicas terrestres en Malvinas. Tuvo una vuelta espantosa y tras varios tumbos entre los cuales no fue menor el ser abandonado por su esposa ni bien llegado a Inglaterra, decidió estudiar psicología ya que no había terapeuta capaz de comprenderlo. Ahora es él quien ayuda con su saber y experiencia a sus camaradas en problemas.
Ayer me acordé muchísimo de nuestra charla. Alejado de las musas por diversas cuestiones, cuando no puedo escribir, suelo leer copiosamente y lo hago como me gusta decir “con dos cerebros”. Uno se dedica a disfrutar lo leído pero el otro se dedica obsesivamente a recabar ideas, a captar estilos, a intentar prever finales, en definitiva a aprender de aquellos que escriben mucho mejor que uno.
Así vengo leyendo a Marcello Venturi quien volvió a sorprenderme con su cuento de extensión mediana – unas cuarenta carillas- titulado “Vacaciones Alemanas”. La historia trata de un médico alemán, casado con una buena esposa también alemana que lleva adelante una apacible vida burguesa en Fráncfort, pero que fue SS en la segunda guerra mundial y de cuyo pasado solo conserva la foto de Karl sobre su escritorio, siendo éste su mejor amigo, caído en la contienda.
Ese sello de la guerra materializado en la foto como un animal salvaje en su interior, lo roerá por dentro, irá creciendo hasta motivarlo a emprender un viaje a un pueblo italiano en los Montes Apeninos llamado Forni, donde estuvo acantonado con sus camaradas durante seis meses y donde su amigo fue asesinado por los partisanos de la resistencia italiana, en represalia de cuyo hecho, todo el pueblo fue incendiado junto a la mayoría de sus habitantes.. El viaje está ambientado en 1956, tan solo 9 años tras la conflagración mundial, con todas las heridas abiertas y las huellas de la destrucción a cada paso. En motocicleta y con su esposa, arrastrada a un viaje en apariencia sin sentido llegarán hasta el pueblo y también hasta la tumba de su amigo Karl.
El oculto sentido del viaje del médico es probar la capacidad de empatía de su esposa, quiere saber hasta donde ella es capaz de sentir lo que el siente, tan arrebatadoramente debido al sello que la guerra le imprimió. El viaje fracasa, quizás por autoprotección, o por carecer por completo de dicho sello, la esposa no logra sentir lo que el médico quiere que sienta, y naufraga el matrimonio.
El animal nacido del horror, aparentemente oculto tras la fachada de una vida normal, logra hacer pie en el veterano de guerra y lo lleva en un sendero autodestructivo a volver a alienarse. Supongo, tan solo supongo que en los infortunados y numerosos casos de suicidios o de violencia desatada ( sobre todo en los veteranos de EEUU) contra inocentes, el verdadero blanco de la agresión es ese animal o sello que indeleblemente la guerra impone en todos los que han formado parte de una.
Es algo que hay que saber para poder acompañarlos mejor y también es algo que debería motivarnos a brindarles esa cuota extra de afecto que como grupo vulnerable tanto necesitan. Pero entenderlos del todo, como dijo David, es casi imposible si uno no estuvo ahí.
Los dejo con Marcello Venturi y su página memorable de Vacaciones Alemanas, que me ayudará a dejar más en claro mi planteo.

Aquí es – dije. Levanté a la altura del pecho el ramo de florecillas silvestres.
Marta se detuvo como un animal obediente.
Delante de nosotros, la blanda alfombra verde presentaba una gibosidad formando un túmulo irregular, de un par de metros de largo. La tumba de Karl aparecía desnuda como el resto del terreno, sin cruz y sin casco, sin un trozo de madera o de piedra que llevara escrito su nombre. Ni una flor, solo algunas hojas caídas de los castaños, y , en torno, unos arbustos crecidos al acaso.
Permanecí inmóvil bajo la lluvia no sé cuanto tiempo, y Marta también; el silencio de la montaña me pareció aún más profundo, más amplio; a él se había añadido el silencio de la muerte y la infinitud de los recuerdos.
Finalmente, logré arrancarme a la inmovilidad; eché el ramo de florecillas sobre la hierba mojada del túmulo y con una navaja de muelle corté los arbustos del contorno para dejarlo despejado. Corté , asimismo, dos ramas de castaño, las uní en cruz y la clavé en la hierba de la tumba.
Llovía a cántaros cuando terminé. No lo había notado. Marta no se alejó un paso para buscar reparo; fija la mirada perdida en la leve prominencias, no advertía que el agua le corría por la cara. Los rubios cabellos se le pegaban al cuello y a la frente, y el rostro parecía empequeñecido, con los enormes ojos azules casi blancos.
-Aquí está Karl- le dije acercándome a ella-. Lo mataron a traición una noche de fines de agosto, la gente de este pueblo. Era mi mejor amigo.
Marta no se apartó de su rigidez al oírme; dijérase que no me había escuchado, abstraída en imágenes y sensaciones secretas. Siguió mirando la tumba que brillaba por el agua caída sobre el verde de la hierba. En ella resaltaba el ramo amarillo de flores, así como la cruz hecha de ramas retorcidas.
-En represalias, nosotros incendiamos el pueblo- agregué.
Ni siquiera ante estas palabras insinuó Marta un movimiento o dio señas de haber oído. A mi me pareció que mis palabras sonaban irreales en el vacío, apagadas al instante por la lluvia y por la montaña, por el cielo bajo que nos cubría. Nacía en mi una sensación de culpa, debida tal vez al silencio de Marta, que me resultaba insoportable.
-Quemamos a toda la gente que pudimos- continué.
Entonces volvió la cabeza hacia mí, me miró con su mirada siempre perdida, húmeda nosé si por la lluvia o por las lágrimas. Me miró como se me viera por primera vez. Y sus labios cenicientos murmuraron pocas palabras.
–Llévame allá, llévame al mar.
Ya no era un sentimiento de culpabilidad el que yo experimentaba, sino de ira fría que me ponía gotas de sudor en la frente y un temblor en las manos.
–¿No quieres saber cómo fue muerto Karl?–le pregunté.
Hablaba en voz muy alta, en medio de la lluvia, casi a gritos.
–¿No quieres saber cómo quemamos el pueblo?
Marta, sin responder, se dirigió hacia el sendero. La ví que subía el camino, afirmándose con las manos mojadas en las ramas de los arbustos. Vi que había una serena determinación en su modo de caminar sola. Por eso no podía quitar los ojos de ella mientras subía; no podía quitar los ojos de la que me había abandonado ante la tumba de Karl.

El hecho central del relato de Venturi, quien fue partisano en la guerra, es un hecho histórico real, Forni, en realidad es Forni di Sotto pertenece a Udine y fue completamente incendiado por las fuerzas alemanas de ocupación el 26 de mayo de 1944 y reconstruido en la posguerra..

Cuando mi profesor de yoga hace unos 20 años atrás dijo que yo no encuentro libros, sino que son los libros quienes me encuentran a mí, sabía perfectamente lo que estaba diciendo.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 9 de diciembre de 2018

Published in: on diciembre 9, 2018 at 9:25 pm  Comments (1)  

EL BARQUITO


EL BARQUITO

La calle de Temperley donde vivía tenía un suave declive. Salvo cuando llovía con ganas donde todo se inundaba, los largos días de lluvia que lo confinaban a jugar con sus autitos en el comedor, solían también verlo, junto a la ventana de la cocina, en serena meditación contemplativa tanto de los globitos que formaba la lluvia, como de esa misteriosa corriente que, junto al cordón de la vereda, se ensanchaba y angostaba según la intensidad pluvial y se deslizaba lenta hacia la esquina.
Le fascinaban los barcos, todos ellos, desde un pequeño bote de remo hasta el más poderoso acorazado de guerra. Soñaba con navegar asiduamente y su mejor paseo era ir hasta el puerto de Buenos Aires, en el que se extasiaba ante los trasatlánticos mientras su fértil imaginación infantil le hacía verlos capeando imposibles temporales de olas gigantescas.
Un día, volviendo del colegio vio a dos vecinos de su casi misma edad jugando con dos barquitos hechos de papel plegado. Ni bien llegó a su casa, corrió a la habitación de su abuela, su mejor cómplice y le pidió que le enseñara a construir uno. La abuela sabía infinidad de cosas de la vida, de las buenas y de las otras, pero no tenía idea alguna de como hacerlo. Empero, obstinada en satisfacer los deseos de su único nieto, recorrió al otro día todo el barrio hasta dar con un vecino, un jefe de estación jubilado que le explicó los secretos del plegado con destino náutico.
Al siguiente domingo, abuela y nieto dedicaron muchas horas y muchas hojas que plegaron hasta lograr un barquito casi perfecto. Había que botarlo y era un problema, ese día brillaba el sol.
Buscaron una palangana, la llenaron de agua y tras el bautismo oficial, algo presuntuoso, de “Emperador”, el flamante barquito fue puesto en el agua quieta del recipiente.
Tamaña decepción se llevaron ambos cuando, apenas el papel absorbió parte del agua circundante, el peso se llevó al Emperador a visitar los dominios de Poseidón, es decir, se hundió.
En la semana consiguieron unas hojas semi plastificadas que bien supusieron, resistirían la absorción de agua y permitiría una flotabilidad mejor. No fue sencillo plegarlas, les demoró más tiempo pero el viernes a la noche, el EMPERADOR II estuvo listo y pasó con éxito la prueba de agua, es decir, no se hundió en la palangana.
Se durmió con el barquito en la mesita de luz y bien temprano lo despertaron las gotas de lluvia cayendo sobre el techo de chapa de su habitación. No paró ni a desayunar en la cocina, era sábado, no había escuela, tenía pocos deberes y pese a la sorpresa de su madre, pidió salir, vestido a medias, barquito en mano, hasta el cordón de la vereda. Sabedora de su pasión náutica, la madre no opuso reparo y allí estaba él, mojándose en cuclillas a la espera que se formase una corriente suficiente para poder, ahora sí, ver navegar a su creación.
El desague magro, la serena lluvia continua de esa mañana, el declive callejero y una suave brisa jugaron todos a su favor y la vía navegable estuvo prontamente a punto. Con algo de temor, pero con una curiosidad mayor, posó lentamente la nave sobre el agua y cuando estuvo seguro que flotaba y que soportaría las pequeñas ondas que golpeaban su proa, abrió su mano y el barquito navegó.
Fascinado por completo, acompañó con la mirada desde la vereda, el suave deslizarse del Emperador II, sus inesperados giros, sus amenazantes tambaleos, pero el temor dejó paso al orgullo cuando vio como uno a uno superaba cada obstáculo que la siempre variable corriente le imponía.
Así siguieron toda la cuadra, el barquito junto al cordón y el niño por la vereda, pendiente de cada uno de sus movimientos. Algo no estaba en sus cálculos y en la esquina irrumpiría sin compasión.
Nunca previó el niño que la calle que cruzaba tenía una fuerte pendiente en una dirección y por ende el agua que venía circulando por ella, tenía mucha más fuerza y velocidad.
El Emperador II llegó mansamente a la esquina, pero allí la correntada que venía por babor, no solo le hizo dar una vuelta de campana, sino que quilla arriba, lo arrastró a toda velocidad cuadra abajo.
“¡Mi barquito, mi barquito!” a puro grito y empapado se puso a correr, casi lo alcanza, pero una traidora boca de tormenta destapada, antes que se animara a poner los pies en la calle, lo engulló definitivamente.
Volvió a su casa llorando, desesperado y en un estado lamentable. Al reto de su madre siguió el abrazo contenedor de su abuela, que se lo llevó a su habitación, donde mientras lo cambiaba le dijo lo siguiente:

“ Nada se ha perdido mi bien. Sucede que tú no sabes que esa boca de tormenta lleva directamente al Río de la Plata. De modo que tu barquito en poco tiempo estará navegando esas aguas marrones que ves en el puerto y que conducen al océano Atlántico. Es decir que, calculo que en una semana aproximadamente tu barquito estará enfrentando esas tormentas de olas grandes de las que siempre me hablas cuando ves a los trasatlánticos amarrados. Y seguramente irá de puerto en puerto a recorrer el mundo, tal como soñaste y que te gustaría hacerlo a ti”.

“Pero yo no podré verlo, será el barco de cualquiera, otros lo manejarán y lo llevarán donde ellos quieran” protestó el niño.

La abuela, mientras lo peinaba y acariciaba, con toda la ternura de la que fue capaz, lo desmintió:

“ Te equivocas, ese barquito será tuyo para siempre, tú lo hiciste, tú buscaste los materiales, tú lo diseñaste, tú fracasaste en el primer intento, tú mejoraste el proyecto, tú lo bautizaste, tú lo probaste, tú lo botaste y a ti te debe sus primeros pasos en la corriente ¿Crees que eso se olvida? Dices que no podrás verlo navegar gallardamente los océanos, es verdad, pero lo sentirás. No me pidas que lo explique, pero aquello que se ha creado con amor vive para siempre en el alma de uno y cualquier cosa que le suceda buena o mala, se siente y profundamente. La relación entre el barquito y tú será eterna y más íntima que ninguna, verse es un detalle sin importancia, amarse es lo que vale.”

Superada la pena el niño sonrió y bajó a desayunar seguro que esa noche en sueños, el barquito de algún modo le haría saber por donde andaba. Sin embargo, en ese momento, no tenía forma de saber que la ternura de su abuela le había regalado la mejor herramienta para poder superar, décadas después, el tener que entregar al río de la vida un obstinado, puro y luminoso amor.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 27 de noviembre de 2018

 

Published in: on noviembre 27, 2018 at 2:07 am  Dejar un comentario  

EL BANDONEÓN DEL BANCO

EL BANDONEON DEL BANCO

Era un día hermoso que sonaba a triste. Casi llegando el mediodía disfrutaba de la tibieza de una primavera que le venía ganando su eterna pulseada al invierno, mientras manejaba hacia el centro porteño, tal como hasta unos 9 años atrás hiciera diariamente, por más de 33 años seguidos. Hoy mis visitas a dicho antro son esporádicas y trato que lo sean aún más. Mi ser nostálgico recuerda otro centro, seguro y bien vestido, limpio y ordenado, eficiente y opulento que alentaba a mi juventud a progresar. La continua decadencia argentina ha hecho del centro una yuxtaposición de mendigos y buscas, un paraíso de motochorros, una jungla de “arbolitos”, una superposición de bares horribles de comida venenosa, inseguro y sucio por donde uno la mire. Quedaron implantado a fuego en mí los duros meses del año 2002, cuando empecé a disfrazarme, a dar rodeos, a mirar por sobre el hombro, a cruzar las calles varias veces cuando veía caras sospechosas y a aprender a esconderme rápido si escuchaba algún tiroteo, a caminar veloz, a abandonar el portafolios, a meterme el dinero en las medias, en una palabra a mal vivir.
Iba a ser éste un día parecido a aquellos, los que me convencieron que ya no quería, en el tramo final de mi existencia, vivir así, al menos diariamente y ello hacía empalidecer al sol, bajo la nube de mis pensamientos.
El tránsito me ayudó, la nafta por las nubes raleó de autos el camino, de modo que llegaba bien a mi reunión sobre la Av. San Juan y Perú. Me esperaba un viejo amigo para hablar temas desagradables vinculados a la crisis económica actual. Dos cortes sobre la misma avenida me hicieron desviar tanto y embotellarme tanto que casi dicha reunión no llega a tener lugar por cuestiones de agenda. Vino a mi mente una de las últimas reuniones del último directorio al que pertenecí, a la cual no llegué gracias a un corte inmenso de la Av 9 de julio y a la demencial decisión de las autoridades de permitirlo, estorbando a todo el mundo en sus quehaceres. Mi ausencia en dicha reunión determinó un deterioro en la relación con mis pares, que potenció y aceleró una previsible salida.
La cita con mi amigo fue breve, me alegré de verlo, pero no resolvimos nada, todo es una gigantesca incertidumbre. De allí debía acompañar a otro amigo a realizar un trámite bancario en un banco público de Diagonal y Florida, el cual se caracteriza por insumirnos horas cuantiosas de tiempo para gestiones mínimas. Sabedor de lo que me esperaba decidí no hacerme mala sangre alguna y tomar todo como un paseo por un viejo y conocido barrio. Así lo pude apreciar como se debe, con ojos de poeta.
Me separaban 12 cuadras entre un destino y otro y de manera alguna iba a arriesgar mover mi auto para soportar aún más cortes y embotellamientos, decidí caminar, pese a mi molesto menisco derecho que rezongaba bastante ese día. Fue una decisión sabia, había más protestas y cortes en mi camino, los que debí sortear a pie.
Si pude, a lo largo de todo ese trayecto, hecho al ritmo que mi pierna permitió, encontrar un factor común fue la fealdad. Estás bien fea Buenos Aires y tu gente está bien loca, debo decir. Al panorama habitual de gente durmiendo en los portales de día porque deben permanecer despiertos durante la peligrosa noche, sumada a mendigos en cantidad sentados cerca de almacenes a la espera de una mínima caridad que les permita comer algo y coronado por los artesanos que literalmente impiden caminar por un par de cuadras de Perú en cercanías de la Legislatura, cabía agregar una ida y vuelta de manifestantes embanderados que hacían estallar petardos en su ruta, agitando banderas absolutamente ilegibles, que ya cansan por reiteradas y super abundantes.
Ni un rostro amable, ni una cara simpática, ni un piropo en el aire, nadie que merezca el piropo a su paso y una legión interminable de gente caminando con la vista fija en el celular o el oído tapado por el auricular, hablando sola ( con alguien manos libres).
A la cuadra 8 no daba más y no era cansancio ni dolor articular precisamente, sino una pesadez espiritual tremenda que me hacía preguntarme cómo había hecho para soportar ese clima durante tantos años. Sin duda debía haber sido otro, yo también, revestido de una capa protectora de insensibilidad y agresividad que me permitió sobrevivir en una pecera empetrolada.
De repente surcando el aire gris, llegó a mi tímpano un sonido celestial que conocía bien, sonaba en el centro porteño un bandoneón. Apuré el paso como un pez a la carnada y llegué a él.
Estaba sentado junto al muro indiferente de un banco, las zapatillas viejas, la remera gastada, el jean raído, el pelo desaliñado. En sus hábiles manos una joya, un auténtico doble A alemán, con las teclas de ambos lados destruidas de tanto tocarlo.. Fluía Piazzola en el ambiente y el rostro del pescador de tiburones de Punta del Este, conquistador de Europa y Japón vagaba por la naciente calle Florida. Esa, su primera cuadra era distinta. Todo gracias a él.
Lo conocía y lo recordaba, supongo que él a mi no. Yo tampoco estaba muy reconocible que digamos. Diez kilos de más, algo rengo, ropa vieja en lugar del traje, nada en las manos donde solía estar mi portafolio de cuero, pero volvíamos a ser los mismos.
Años atrás él tocaba con un grupo de músicos jóvenes y yo que solía pasar una decena de veces por ahí durante el día corriendo de reunión en reunión, sabía detenerme a escucharlo, “por lo menos un tema” me decía a mi mismo. Me filtraba entre la multitud que también lo disfrutaba y me iba dejándole un billete en la canasta dispuesta a ese fin.
Mientras recomponía mi alma y recreaba la imágen de aquél joven casi poseso que hacía magia con el bandoneón, llamó mi atención que ahora estaba solo, que en lugar de la canasta, para poner billetes estaba el viejo estuche del instrumento y un cartel fileteado apoyado en el estuche que decía: EL ARTE CALLEJERO NO ES DELITO.
Mi éxtasis volvió a ensombrecerse, recordé que los hacedores de bicisendas en lugar de ensañarse con los delincuentes se han ensañado con los artistas, en una muestra más de su eficiencia en pos de la paz ciudadana. Es decir, que si algo faltaba a la pecera negra ellos se encargarían prontamente de hacerlo, apagar la música.
Acerqué un billete de 10 pesos al estuche, lo que me permitió comprobar que solo había billetes de 2 pesos, los que ya no circulan y de 5. Iba a ser difícil armar una cena con esa cantidad.
Seguí escuchando, tenía unos diez minutos. Podía darme el lujo de asistir a un tema más. Mientras lo hacía reparé en otro detalle, ya no había una multitud escuchando, éramos solo dos personas y el otro era un mendigo que vivía en la esquina. Los dos ahí parados molestábamos a la turba autista, que nos pasaba en su carrera lo más cerca y rápido que podía, no atropellándonos de milagro. El viento que su pasar provocaba, amenazó más de una vez con hacer volar los billetes inservibles.
El mendigo, el músico y el poeta parecíamos en esa escena como pertenecientes a otra raza, provenientes de otro mundo, inadaptados por completo. Por lo menos no estaba solo, me pude reconocer en dos que se esforzaban por no caer en el petróleo.
Decidí celebrarlo. Cuando terminó el tema, me acerqué y le dí un devaluado billete de 100 y le dije “ponelo en tu bolsillo, porque si lo dejo ahi corre el riesgo de volarse o que te lo roben cuando tocas con los ojos cerrados”. Quiso que lo dejara en el estuche, pero insistí en mi postura. Al ver que ingresaba a su bolsillo me retiré agradeciendo.
“Gracias por poner una luz de esencia en este lugar tan desértico” fueron mis palabras. Una sonrisa fue su respuesta antes de comenzar el nuevo tango.
Crucé Diagonal hasta el banco público, donde otra vez tras una hora, nos fuimos sin resolver nada, pero mi estado de ánimo hizo que no me afectase en absoluto, estaba por el contrario tan bien que pude consolar a mi amigo en su queja por haber venido inútilmente hasta el centro.
Ni siquiera me importó, cuando en la última cuadra de las 12 de vuelta, tuve que cruzar rengueando, a toda velocidad, la calle, un par de veces, para esquivar a los molestos “extorsionadores callejeros” que vestidos con ropa de marca, intentan muy insistentemente, convencer a quienes caen en su camino, que pasan hambre.
El alivio llegó al sentarme en mi viejo y pequeño auto, ponerlo en marcha y huir del centro, que es sin duda, cada año un antro más inhóspito que el anterior y que ni siquiera se permite la nota disruptiva del bandoneón junto al gris murallón de un banco.
Estás fea Buenos Aires, en manos duras y llena de gente sola y alienada. No tengo forma de volver a amarte, y ya no puedo ser tan tuyo, como fui.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 8 de septiembre de 2018

Published in: on septiembre 9, 2018 at 12:34 am  Comments (1)  

MAGIA DE INTEMPERIE

MAGIA DE INTEMPERIE

Acomodó sus maltrechos huesos como pudo, apoyó su cabeza en la palma de su mano derecha y cerró sus ojos. Le gustaban las noches, eran la mejor parte de su vida actual, porque indefectiblemente soñaba con ella. No siempre del mismo modo. A veces la recordaba como madre amamantando a sus hijos recién nacidos, otras veces como la espléndida amante que había sido – por lo menos con él-, en ciertas noches se le aparecía captando miradas de colegas en las reuniones formales a que lo acompañaba. Sin embargo, las noches en que más la disfrutaba eran aquellas en que se le presentaba en el banco de al lado de la secundaria ayudándolo en los exámenes, arreglándose la pollera cuando volvía de dar la lección, o mordiendo la birome si algún problema le exigía pensar demasiado.
La noche venía demasiado fría, el sueño debía superarse a si mismo, a modo de compensación. Y así sucedió. Ella apareció radiante con sus celestes ojos, su pelo lacio rubio y sus labios con forma de corazón, pero era bajita, tenía 6 años. Vivía en una casita encantada con forma de hongo debajo de un frondoso arrayán. De golpe, él también se vio en su propio sueño, dibujaba su rostro una enorme sonrisa y sus ojos se perdían buscándola. Era fresco, juguetón y atrevido, quizás un poco demasiado para sus 6 años de edad. Salió de su casita de madera junto a un cerezo florecido en pos de ella, quien lo recibió con suma alegría. Tomó su mano y caminaron juntos por un sendero de pétalos de rosa que se dirigía en forma directa hacia un arco iris. En el camino un perro peludo y barbudo junto a un gato tricolor y gordo, salieron a su encuentro y se sumaron a la marcha. Las aves trinaban y el sol esplendoroso le daba un brillo inusual a la cabellera de la niña, para deleite de su acompañante. Llegaron a un claro de verde césped recién cortado, donde se sentaron a conversar. Ella abrió su bolso y sacó un puñado de caramelos de tutti fruti, envueltos en papel de distintos colores, cada uno correspondiente a un fruta distinta. Se los ofreció derramándolos sobre el suelo en el pequeño espacio que había entre ambos. Él se sirvió uno que rápidamente desenvolvió y comenzó a degustar, ella tomó los restantes y los dejó, con un gentil ademán, en el bolsillo de él. Ante su mirada sorprendida y agradecida, ella dijo, con su dulce voz:
“Para después, por ahí me dan ganas”
Un bocinazo y unas gotas de agua fría sobre el rostro bastaron para despertarlo a medias. Abrió los ojos con dificultad, solo para comprobar que ya era de día. Estaba duro y dolorido, corrió la sucia manta que lo cubría y con unos muy cuidados movimientos se incorporó en su lecho de cartón, estratégicamente ubicado en el portal de entrada a un edificio, cuyo alero lo protegía de imprevistos chaparrones. Tambaleándose, pero feliz por haber soñado una vez más con ella, dirigió sus inseguros pasos al bar de la esquina, que, abriendo sumamente temprano, le permitía usar el baño si llegaba antes que los parroquianos. En el trayecto y como en una visión recordó esa noche aciaga en que la había perdido, por culpa de las drogas y el alcohol, tan venenosos como necesarios para lograr mantenerse en el alto cargo que su esfuerzo y capacidad le habían hecho ganar merecidamente. La maldita licitación internacional lo había forzado, por la diferencia horaria, a trabajar tres noches con sus días sin parar. Cuando llegó a su mansión, manejando como pudo, seguía acelerado. Ella le había comentado algo referido a la escolaridad de sus hijos y por toda respuesta, él la había molido a golpes. No lo denunció, simplemente se fue y nunca supo más nada ni de ella ni de sus hijos. Sencillamente los perdió. Fue lo primero que perdió, después perdió el trabajo, el auto, la mansión, los ahorros, la cabeza, la dignidad, la coherencia y terminó viviendo en la calle.
“¿Cuántas veces tengo que decirte que aquí no queremos pedigüeños?” sonó la voz desde adentro del bar, justo cuando él llegaba. Se abrió la puerta y un mozo corpulento la cruzó llevando en andas a una niña harapienta y descalza, a quien depositó en la vereda frente a él. Ella lloraba y sus cabellos sucios y desarreglados se mezclaban con sus mocos. Él sintió una pena infinita e instintivamente, aún dormido, llevó su mano al bolsillo para ver si daba con alguna moneda que sirviera de falso y transitorio consuelo. Tocó algo distinto que no recordaba haber puesto allí. Al sacar la mano del bolsillo, ésta se abrió y dejó caer entre ambos su ignoto contenido.
La niña dejó de llorar al ver frente a sí, una buena cantidad de caramelos de tutti fruti, envueltos en papeles de distintos colores, cada uno correspondiente a una fruta distinta.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 28 de agosto de 2018

Published in: on agosto 28, 2018 at 10:56 am  Dejar un comentario  

CONDUCTOR NOCTURNO

CONDUCTOR NOCTURNO

Se insultó por haber salido demasiado tarde. No es que no le guste manejar de noche, pero ni su vista ni sus reflejos son los de antaño. Es por eso que trata de llegar a destino siempre antes que anochezca. Demasiado lejos quedaron los días en que volaba por cintas asfálticas de madrugada. Solía andar incluso más rápido que de día y tenía varias justificaciones para ello. “El sol me duerme”, “el paisaje me distrae”, “la claridad del día me encandila”, etc. etc. etc. En fin, cosas de joven, ya no lo era y por varias décadas.
Hizo un último intento para que el tramo nocturno fuese lo más corto posible, aceleró omitiendo la velocidad máxima permitida. 130….140,,,,,,150 y algo más. ¿Cuánto hacía que no manejaba a ese ritmo? Ni siquiera se acordaba, 20 años por lo menos. Al poco tiempo la contractura en el cuello y una leve taquicardia le impidieron sostenerlo. Volvió a los 120 y se resignó. “Medio viaje a oscuras, me lo merezco, algún día aprenderé a madrugar”
Había sido un día bellísimo de sol y el anochecer no le fue en zaga. A su izquierda, sobre los campos, el astro rey se puso iluminando en sus estertores la pampa verde, con un arrebol que, modificándose por minuto, quedó suspendido en el cielo un largo tiempo.
De pronto quedó a oscuras. Y se angustió. Se acordó de otra angustia y de otra más. Recordó también porque nunca iniciaba viajes antes del anochecer, mucho menos si éstos eran largos y con destino incierto. “La noche en un auto te hace ver lo solo que estás” se dijo. No era una frase nueva, la había descubierto 35 años atrás, uno después de esa maldita guerra, cuando el día de su cumpleaños, un enero decidió irse solo al sur, a descubrir por sí mismo, los escenarios, al menos los continentales del conflicto. Partió de San Clemente y ……..tuvo que pernoctar en Tandil. El anochecer rutero lo había angustiado tanto que necesitó una noche de reflexión para ver si se animaba a la aventura. La mañana serrana hermosa del día siguiente lo terminó por lanzar al camino.
“Si por lo menos hubiera tráfico, debería prestar más atención”. Nadie, la ruta totalmente desierta, la noche con apariencia de eterna, sus manos apenas visibles sobre el volante y la tenue luz del tablero que no alcanzaba a iluminar un par de lágrimas que muy lentamente rodaban por su cara. En el cielo, un cuarto creciente de luna apenas comenzado, un Marte cercano y un Venus que no podía con la negrura. Tampoco él con su angustia.
Se alejaba, cada kilómetro un poco más. Entonces, escondida en el torbellino de sus pensamientos, ella llegó, como siempre lo hacía cuando él le permitía a su enérgico ánimo, el lujo de decaer. Era tan real, tan nítida, tan sentida.
Por casi la primera mitad del trayecto a oscuras, se olvidó de la angustia y se solazó en contemplarla. Tan absorto quedó en la tarea, que ahora agradecía que esa ruta a esa hora fuese un juego de niños, manejaba sin prestarle casi ninguna atención.
Hizo una breve pausa para tomar un café, el día había sido largo y temía que en el tramo faltante lo acometiera el sueño. Estiró las piernas, su maltrecha rodilla se lo agradeció.
Cuando reanudó la marcha la extrañó, ya no lo acompañaba. Para no volver a angustiarse con pensamientos tenebrosos, típicos de esa hora en soledad, quiso desentrañar el misterio de la aparición que como otras veces, había sabido consolarlo. Se formuló entonces interminables preguntas, dos de ellas comenzaron a obsesionarlo:
-¿Soy yo que la traigo o es ella que viene?
-¿Soy yo que la pienso o es ella que me piensa?
Fue de una a otra miles de veces, mientras los solitarios kilómetros fueron pasando a oscuras, uno tras otro.
Ya estaba a las puertas de Buenos Aires cuando de pronto recordó que desde joven también lo acompañaba un severo defecto: preguntarse idioteces.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 16 de agosto de 2018

Published in: on agosto 16, 2018 at 12:43 am  Comments (2)  

SI DIGO AMIGO

SI DIGO AMIGO

Maldito Serrat

Todavía no tengo claro que hago de noche, en ese momento en que el espíritu vaga libre de su carga corporal, pero sospecho que nada bueno porque siempre, absolutamente siempre, me despierto fatal. Sin ninguna energía, pensando tragedias, con un humor de perros, amando a nadie, es sin dudas mi peor momento del día. Hoy me desperté peor aún, porque – rara avis- me despertaron a eso de las 9, deshora para mi que me acuesto a las 3. Empezaron a llegar mensajes al celular, o sea que mi primer pensamiento del día fue para demonizar el así llamado Día del Amigo, que como todos los “Días” son un curro comercial forzando el innecesario gasto y/o endeudamiento. Soy amigo de mis amigos todo el año y ellos también, sin siquiera necesitar encontrarnos, cuando se da, mejor porque nos disfrutamos mutuamente y por lo general nos gusta hacerlo en la casa de alguno, donde nunca hay compañías indeseables, agrios mozos, precios abusivos, ni cuentas por pagar. Antes de abandonar el reino del colchón decidí pensar en algo bello, vinculado a la amistad…….así llegó Serrat, con su maravillosa “Decir amigo”. Tenía la computadora lejos, de modo que me resultaba imposible escucharla e hice el esfuerzo de recordar su maravillosa letra, por supuesto no pude, pero la música, que también es sensacional me invadió por completo. No llegó sola, sino con la irreverente voluntad de responderle al Nano, preguntándome a mi mismo, en qué pienso cuando digo amigo.
Con el perdón de todos en especial del ilustre catalán, con el ánimo cambiado, con la urgencia de encontrar un papel y una birome, con el destrato a mi familia que acallé para ello, recién despertado y en ayunas, me llegaron estos versos, son míos pero quiero que sean de todos, especialmente de aquellos en quienes pensé mientras ensayaba estas respuestas. Al pie va la canción culpable de todo, que ahora sí, escuché completa, solo para decir con mi admirado amigo Copani- de quien ni River ni la sucia política me pudo distanciar: “Maldito Serrat”.

SI DIGO AMIGO

Si digo amigo,
pienso en el tiempo,
de calles de tierra
y de bicicleta.

Si digo amigo,
pienso en pelota,
en muy verde césped,
y en grito de gol.

Si digo amigo,
pienso en las horas,
del duro estudio
y en un profesor.

Si digo amigo,
pienso en las noches,
de son y de hembra,
éxtasis y dolor.

Si digo amigo,
pienso en las rutas,
de veloz locura,
en lluvia y en sol.

Si digo amigo,
pienso en las playas,
de un mar festivo,
arena y fervor.

Si digo amigo,
pienso en las bodas,
locas despedidas,
transitorio adiós.

Si digo amigo,
pienso en trabajo,
billete y lucha,
por futuro mejor.

Si digo amigo,
pienso en rencuentro,
ya peinando canas,
en resurgido amor.

Si digo amigo,
pienso en los duelos,
abrazo querido,
en llanto salvador.

Si digo amigo,
pienso en la vida,
que nos ha unido,
por la gracia de Dios.

Y digo amigo,
al pensar la muerte,
queriendo que ella,
nos junte a los dos.

Enrique Momigliano.
Buenos Aires, 20 de julio de 2018

Published in: on julio 20, 2018 at 1:18 pm  Comments (1)  

EL ESTALLIDO

EL ESTALLIDO

Memoria de lo impune

Tenía varios motivos para preocuparme esa mañana de lunes. Mientras manejaba mi transido Falcon rural por la ruta 8, angosta hasta Pilar, mi ánimo variaba de extrañar horrores a mis hijos, de 3 años y 1 año de edad por ese entonces, que habían quedado junto a su madre en la casa de mis suegros en Capitán Sarmiento, a luchar denodadamente con mi fobia a los aviones, a la que siempre termino derrotando, pero que me acosa entre el momento que un viaje se decide y el momento de abordar el avión, sin dudas sé entregarme a la providencia divina. Si bien era un viajero frecuente por motivos laborales, desde el nacimiento de mis vástagos no me había separado de ellos por más de 48 horas y esta vez, la semana que me aguardaba en San Pablo crecía en mi corazón como eterna. Habíamos decidido instalar la familia en lugar donde hubiese ayuda abundante para la madre y yo volvía solo a un Buenos Aires que me esperaba de la peor manera. Mi vuelo saldría recién el martes a las 8 de la mañana, de modo que entre curva y curva, escenas de mi recobrada soltería porteña, dispuesta a durar menos de 24 horas, amenizaban mis dos preocupaciones centrales, tenía una noche para mi.
La ruta 8 se hizo autopista, ésta Gral Paz y ésta Lugones, los 6 cilindros en I roncaban raudos porque debía llegar al mediodía a una reunión en las oficinas centrales de un cliente importante, el mismo que me despachaba vía aérea. Al doblar para salir de la Lugones, a la altura del hipódromo palermitano, serené la marcha hacia el semáforo, me saqué el cinto y abrí la ventana. Serían las 11 de la mañana del inolvidable lunes 18 de julio de 1994.
Juro que estaba en el aire y lo sentí a la primer inspiración. Un horrible desasosiego se hizo carne en mí y al instante me di cuenta que no tenía nada que ver con mis propios motivos, era algo peor, mucho peor. Mientras la fila de autos que me atrapaba avanzaba lento hacia la esquina noté que todos tenían la radio encendida y que la voz de los distintos locutores, cuyas palabras me eran inentendibles, trasmitían una angustia infinita. Era pura energía, negra, densa, oscura, moviéndose entre nosotros y haciéndome sentir horrible. No manejo con radio, me distrae, asi que ni la llevo puesta, maldije mi costumbre, tenía que saber qué estaba ocurriendo. Cuando me detuvo el semáforo en primera fila, llamé a uno de los vendedores que suelen abundar por allí y le pregunté:
“Volaron la AMIA, hay cientos de muertos” fueron sus palabras.
Entré en un estado extraño, que duró todo mi viaje hasta la reunión. Oscilaba entre la incredulidad, la inquietud por las víctimas, entre quienes muy bien podía hallarse algún amigo y la sangre herida clamando rápida venganza del daño. Me olvidé de mis hijos, solo felicitándome porque azarosamente no estaban en Capital, del avión del día siguiente, de mi trabajo. Mi psiquis tiene unos mecanismos de defensa prodigiosos, me anestesió, tal como lo hizo durante los años de plomo, (nadie quiere acordarse, pero llovían cadáveres en pleno día) y cuando recibimos en la oficina la noticia del hundimiento del Belgrano. Una especie de calma hipnótica tomó el gobierno y me dediqué a hacer lo que tenía que hacer sin sentir ni siquiera pena. Solo atiné a acordarme de Tobías, un compañero brillante de estudios en la facultad de ciencias económicas, venido desde una colonia santafesina, que sobrevivía en Capital gracias a la generosidad de la AMIA que le brindaba casa y comida por un precio ridículo. También de Claudio, mi amigo de la adolescencia que solía ir seguido por diversos trámites. ¿Estarían allí esta mañana?, me conformé pensando que no.
No todas las psiquis son tan brillantes como la mía a la hora de defenderse. Cuando entré en la oficina donde me aguardaban, tras ignorar los bares repletos de gente mirando pantallas, había un televisor encendido, un silencio sepulcral solo roto por los sollozos de una de las secretarias que miraba sin ver las imágenes horrorosas que se sucedían. Totalmente ignorado por todos, no tuve más remedio que sumarme a la contemplación. Tres pisos de escombros cubrían por igual a muertos y a vivos, sirenas permanentes y una multitud desesperada trepando, a riesgo de su integridad física, la irregular montaña gritando y pidiendo silencio, todo a la vez, mientras literalmente “rasguñaban las piedras”. No pude seguir mirando, retiré mis pasajes, mis carpetas, coordiné el remis del aeropuerto y me fui, casi sin saludar. Nadie estaba de ánimo como para ocupar se de mi tarea en Brasil.
Invadido ahora por una pesadez aún mayor, caminé por Florida a fin de visitar dos clientes más, a quienes dejaría en banda por una semana. En cada uno de ellos, la escena se repitió, gente llorando frente a un televisor encendido y un amable “ vení otro día” para mi. Sentía un cansancio atroz y el martes debía madrugar, detenerme a comer algo en un bar era imposible, repletos como estaban y por otro lado mi garganta aparecía, por su cuenta, como queriendo cerrarse. Evidentemente la angustia, mi angustia, transitaba por mi inconsciente.
Decidí llegar a casa temprano, tenía una valija que armar y una infinidad de papeles que ordenar.
Ni siquiera sufrí el entrar raramente en una casa solitaria, mi trance anestésico también servía para ello. Pero una vez adentro, tras hacer frenéticamente todo lo que debía hacer y tener separada hasta la ropa con la que iba a viajar al día siguiente, me di cuenta que no podía permanecer allí. No encendí la radio, ni el televisor, intentaba por todos los medios ignorar lo sucedido, aunque fuera imposible, no en vano la negación es la primera fase de cualquier duelo.
Ahora bien, si mi psiquis hace lo suyo, mi alma tampoco se queda corta. Casi sin pensarlo decidí cenar afuera , ¿cenar? No había probado bocado desde la mañana y no tenía hambre. Y también casi sin pensarlo, en lugar de sentarme en algun bar cercano, mi casa estaba en Almagro, me dirigí a la parada del 24 y lo tomé con dirección al centro. Todo era irreal, todo era semi automático, como si estuviera manejado a control remoto. En pleno viaje supe el porqué, el 24 era de los medios de transporte a mi alcance, el que más cerca pasaba de Pasteur y Viamonte. Al cruzar Pasteur vi la luz de los focos, sentí el rugido de los motores de las topadoras y hasta alguna sirena que seguía sonando. En la fría noche, entre edificios destruidos, un ejército de rescatistas, ya más ordenado, se movía incesantemente. Bajé en Corrientes y Callao, me pedí una pizza, comí poco más de un cuarto, no me pasaba ni la gaseosa. Al salir, noté que mi trance duraba. Me sentía en la obligación de sumarme, de hacer algo, pero ¿qué? Rescatar gente sepultada viva no es para cualquiera, hay que saber moverse, escuchar, remover. Bien podría ir a ayudar con agua, frazadas, cosas, algo, a quienes estaban sumergidos en esa tarea ¿me dejarían? . Mientras caminaba hacia Cordoba me acordé de mi avión y del remis que vendría a por mi, a las 6 de la mañana. ¿Saldría mi avión? Por un momento tuve la plena seguridad que no volaría, pues daba por sentado que habrían cerrado la frontera, para que no pudiesen escapar los autores de semejante monstruosidad. No podía permitirme perder el vuelo, aun cuando la posibilidad de salida fuese mínima yo debía presentarme en el check in, en hora. De modo que volví a subirme al 24 que ahora pasó aún más cerca y la labor incesante de quienes sí hacían lo que algo me impulsaba a hacer, pero no podía, me volvió a llenar de culpa.
Ya en mi domicilio, intenté en vano leer un libro, comer algo más, dormir, todo imposible. Tranquilicé telefónicamente a mi familia y me recosté un rato, a las 6 salí para Ezeiza y soporté estoicamente la cháchara del remisero que no hizo más que desafiar mi anestesia con su carga de angustia, brindándome detalles escabrosos que omitiré.
Ese martes, a las 7 de la mañana, Ezeiza era un páramo. Nadie por ningún lado. Creí firmemente que se habían cancelado todos los vuelos y le pedí a mi remis que me aguardase unos minutos, si no me embarcaban, tenía asegurada la vuelta a casa. Como el tablero nada informaba, salvo los normales horarios de salida entre los cuales se encontraba mi flete, fui al mostrador en soledad y me embarcaron de inmediato. Olvidado del remis, subí por la escalera mecánica a enfrentar los controles migratorios, que al lado de los actuales, eran un juego de niños, o dicho en otros términos, un verdadero colador, cualquiera podía subir al avión con cualquier cosa, explotarlo o desviarlo a Cuba, pero nadie pensaba en ello.
Con todo, yo creía que me aguardarían unos oficiales de civil con cara de malos, preguntándome hasta el color de mi ropa interior, dado lo que acababa de suceder en pleno centro porteño. Es probable que mi relato de este episodio, marque el verdadero comienzo de estos 24 años de impunidad completa, de modo que presten atención.
Subí y no había nadie, absolutamente nadie y el paso estaba libre, es decir que podía entrar al salón de preembarque como si fuera mi casa. Solo por delicadeza decidí esperar. A los quince minutos llegaron dos funcionarios de la entonces seguridad aeroportuaria, que ni siquiera se llamaba PSA por entonces, uno más cansado que el otro, por lo que pude advertir que ese era el que había estado de guardia nocturna y el otro su relevo. Delante mío, ignorándome por completo, mantuvieron este diálogo:
“Che, con lo que pasó hay que controlar más, ¿no es cierto?”
“No tengo órdenes en ese sentido, fijate, pará al que te parezca raro”
“¿Raro? ¿raro como qué?”
“Que sé yo, pará al que tenga cara de turco”
Mientras me esforzaba por esconder mi asombro y la inoportuna carcajada que subía por mi garganta, me miraron, me dijeron “adelante” y embarqué.
Intentando en vano aprovechar el viaje para recuperar algo del sueño perdido, llegué a la temprana pero acertadísima conclusión que trabajando así, jamás iban a dar con los responsables del hecho.
Muchos años después, un querido amigo, el director de teatro Javier Gimenez Filpe, estrenó una obra en un espacio cultural que se inauguró justo al lado del nuevo edificio de AMIA sobre la calle Pasteur. Asistí con mi señora y aunque la obra era excelente, no dejó de ser más que inquietante, que la protagonista central fuese nada más y nada menos que la mismísima muerte.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 18 de julio de 2018

Published in: on julio 18, 2018 at 11:19 pm  Dejar un comentario  

SAN IGNACIO MINÍ

SAN IGNACIO MINI

La alternativa

Fatigado por la ruta de regreso de Andresito y con el permiso de mis acompañantes, giré a la derecha en la entrada de San Ignacio. No teníamos demasiado tiempo, necesitábamos llegar a Posadas antes del anochecer y ya habían pasado las cuatro de la tarde. Pregunté por las ruinas y me dijeron que estaban ahí nomás, mi largamente acariciado sueño iba a cumplirse. Cuando a principios de los 90 vi La Misión, conmovido hasta el tuétano por su historia, decidí que un día iba a llegar a conocerla. Las cataratas con toda su belleza no tienen para mí un atractivo demasiado importante, las misiones sí. Algo dentro, muy dentro tornaba necesario para mi, conocer el lugar donde una forma alternativa de conquista de la América nativa por parte de la ilustrada Europa, había sido frustrada. Me tomé mi tiempo, casi 30 años, pero jamás abandoné la idea, o para ser justos, jamás esa necesidad supo dejarme en paz. Y ahora estaba allí, a tres cuadras.
Ni bien tuve la entrada a la vista – las ruinas no son visibles desde la calle- un cacique nos abordó con documentos y explicaciones que no quise atender, dado el corto tiempo que disponía. Tiempo que paradójicamente perdí dando con la vía de acceso.
Tras franquear la puerta, fui guiado a un museo donde tomé noción de la real dimensión de San Ignacio Miní. Cuando supe que los jesuitas habían construido nada menos que 30 pueblos similares, que lograron funcionar como tales entre los años 1609 y 1818, es decir durante más de 200 años, asumí que la alternativa forma de civilizar había sido mucho más grande y había tenido mucho más éxito que el que yo sospechaba, que lejos de haber sido un sueño utópico fugaz, había constituido una realidad concreta que el poder económico de turno, asociado a un rey que jamás la visitó, se encargó puntillosamente de destruir.
Ingresé a las ruinas a través de un bosque tupido con piedras a ambos lados y aparatos que contaban la historia pero que no tenía tiempo de detenerme a escuchar. Y allí sucedió. Tras una carpeta de césped ancha y larga, se erguía la postal de Misiones, las columnas que enmarcar el ingreso a lo que fuera el templo. Casi con el temor de alguien que sabe que pisa suelo sacro, comencé a caminar hacia ellas, las que fueron creciendo a cada paso ante mis ojos, revelando su majestuosidad que estalló en asombro cuando estuve a la distancia necesaria para apreciar sus tallados.
Una rara paz se hizo cargo de mi. La tarde moría hermosa y el cielo de un azul despejado, contrastando con el verde césped, le daba el marco merecido al monumento que estaba recorriendo.
Ametrallé a fotos todo lo que pude, de oídas de la gente que circulaba, afortunadamente poca, me fui enterando de los distintos solares que recorría, ayudado también por algunos carteles estratégicamente ubicados. Soledad y silencio por fuera, me acompañaron todo el trayecto, pero dentro mío, reverberaba una letanía de oraciones, una voces inentendibles, una laboriosidad sin descanso, música de violines y escenas de la película, vista hacía casi 30 años, de una hermandad dificultosa, pero que había demostrado ser posible, entre sacerdotes y nativos.
Volvía a llenarme de preguntas y a maravillarme al multiplicar el escenario que me envolvía por 30 sitios y 200 años. Otra historia de América pudo haber sido escrita, la alternativa a matar, a saquear, a expulsar, a sustituir, se desarrollaba bajo mis pies, ante mis ojos y en mi corazón.
No obstante lo importante del motivo central de mi viaje, esta visita lo había valido. Conocer, luego amar, luego educar, que es una senda de dos manos pues a la vez se aprende y elevarse juntos, buscando al mismo Dios, había sido el camino seguido por los jesuitas entre esos muros. Un coraje espiritual sobrehumano, requerido de la permanente ayuda divina, había sido necesario para encarar semejante aventura, de ingresar desarmado, o a decir verdad armado tan solo y nada menos que con FE y AMOR, en una comunidad tan distinta en apariencia, hermanada apenas por la condición humana compartida. Aquí esa forma de ser había triunfado y convertía a sus protagonistas en héroes y al terreno hollado, sin duda, en tierra santa, al menos para mí.
Una vez, un sabio me dijo que cuando alguien diga, para justificar sus tropelías, que no tuvo alternativa, que jamás me resigne, que jamás le crea porque siempre, pensándolo mejor, alguna alternativa que constituya un bien para todos los involucrados, en algún rincón se esconde. El ejemplo de San Ignacio Miní, que me resistía a abandonar debe ser revisado y estudiado, no solo como un hecho histórico trascendente, sino como una forma de pensar hechos mucho más recientes del pasado argentino y más importante aún, nuestra compleja actualidad. Si la Fe y el Amor pudieron entonces ¿por qué no intentar que puedan hoy?.
Seguí la ruta como acompañante hasta Posadas, con un sol que bajaba justo enfrente nuestro tornando más que dificultosa la visión. Fue allí, encandilado y bañado en luz, que recordé que día era: 12 de junio, el décimo aniversario de la partida de mi madre, a ella le gustaba ayudarme a cumplir mis sueños.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 15 de julio de 2018

Published in: on julio 15, 2018 at 8:36 pm  Dejar un comentario  

ETERNIDAD

ETERNIDAD

Venían a por él y el poeta lo sabía, nadie tolera la fantasía, a casi todos lastima la espiritualidad, sencillamente por incomprensión. En su nulo o pobre vuelo creen que el poeta es como ellos, que sus pies tocan el piso, que todo sentimiento necesariamente debe ser carnal. Imposible que un águila y una nutria describan el paisaje de igual forma. Algo tenía que hacer para tornar eterno su vuelo, aunque ya no lo dejasen volar, aunque le cobrasen muy caro su éxtasis, aunque lo intentasen todo por apresar su espíritu.
Para el poeta la trascendencia, la única forma que estima de apresar momentos y hacerlos perpetuos es a pura letra y tinta, para eso escribe, para recordar en las horas oscuras, cuánto y cómo fue atronadoramente feliz. Entonces, si el vuelo había sido largo, si los momentos de altura, paisaje y gozo habían sido muchos, junto a los tristes de tanta duda, de tanto desasosiego interior, la respuesta no se hizo esperar, tenía que hacer un libro que recopilarse todo. Y debía hacerlo rápido, no conocía su tiempo de gracia, el tiempo que diferirían su sentencia de muerte, que era para él, no otra cosa que vivir inmerso en la cotidianeidad material.
Con la paz del condenado, con la resignación de lo inevitable, armó el libro en una exhalación. El sentido y el orden fueron apareciendo solos, como si contase con una ayuda proveniente de un sitio, que sospechaba pero no tenía forma de comprobar. Hasta las páginas más difíciles se tornaron sencillas, la búsqueda de la tapa se hizo breve y la siempre dificultosa contratapa fue escrita al correr de la pluma. En un tiempo brevísimo el libro estuvo en manos del editor, las siempre tediosas correcciones volaron e incluso en el proceso, aparecieron nuevas poesías, breves vuelos nocturnos que fueron incluidos de apuro.
Un día el libro, su libro, el de sus ratos de luz, el de sus pozos de sombra, pasó a ser una bella, anaranjada, realidad material. Profundamente conmovido, lagrimeando sin cesar, lo fue a buscar. Mientras volvía, sin atreverse a abrirlo y espiándolo mientras manejaba, una sensación extraña comenzó a apoderarse del poeta. Algo se movía en su corazón, como pugnando por entrar. Acostumbrado a escuchar su cuerpo, sabedor que todos los movimientos espirituales terminan evidenciándose en su físico, lo dejó ser. Sin temor alguno, notó que dicha sensación sentida era dulce, muy dulce y que envolvía como en un abrazo, todo su corazón, cuyos latidos empezó a escuchar. No galopaba, no eran arrítmicos, eran serenos, felices, de bienvenida. Poco se preocupó en saber de qué se trataba, menos de su salud cardíaca, se dedicó tan solo a disfrutar el inmenso gozo que desde su corazón, iluminó todo su cuerpo, trepó a su garganta y emergió por sus ojos hecho un torrente incontenible de lágrimas de alegría. Esa noche el misterio dejó de serlo. Guiomar, su Guiomar ya no venía de visita al pensarlo, tampoco necesitaba él cruzar en vuelo la oscuridad hasta su lecho, ella había comenzado a vivir con él, en él, para siempre a salvo de aquellos sin alas, que jamás lo entenderán.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 6 de julio de 2018

Published in: on julio 6, 2018 at 1:42 pm  Comments (1)  

LA FONTANA DE TREVI

LA FONTANA DE TREVI

El sabor de la orfandad

El cuadro es casi tan viejo como él. Es doble, contiene dos fotos tomadas en el mismo lugar del mismo borde de la misma fuente, la de Trevi, esa cuyo fondo se llena de monedas arrojadas por viajeros de todo el orbe. Ambas son en blanco y negro. En la de la derecha un orgulloso padre, vestido de riguroso traje y corbata, sonriente y peinado para atrás sostiene a un niño parado en sus rodillas, de 18 meses de edad, lleno de rulos, cara regordeta y de punta en blanco, luciendo una sonrisa que amenaza escapar de sus cachetes. Los dos desbordan felicidad. En la de la izquierda una señora vestida en un elegante tailleur gris sostiene desde atrás al mismo niño quien, aprovechando la habitual permisividad materna, en lugar de quedarse quieto intenta escapar caminando sobre el borde. Ambos sonríen, también desbordan felicidad.
Es uno de los pocos cuadros que sobrevivieron a la furia de Gabriel, un muy triste día, un lustro atrás en el que pensó que arrebatadamente podría reconfigurar la apariencia de la casa paterna, para poder usarla con algo menos de angustia. Casi todos los otros fueron a dar envueltos a un armario, éste no, ni siquiera lo cambió de lugar. Algo en él le inspiraba una rara mezcla de paz y ternura.
Está ubicado en la pared de la escalera que comunica la planta baja del PH de Almagro con la planta alta donde siguen intocados el que fuera su dormitorio, el que ocuparan sus padres y el pequeño escritorio que en la actualidad desborda de libros y que es el único ambiente que, a sus 61 años, Gabriel sigue utilizando con bastante frecuencia. Tanta sabiduría silenciosa es de las mejores companías que ha sabido procurarse a esta altura del baile.
De modo que tanto de llegada como de salida, Gabriel no puede evitar pasar por delante del cuadro que nos ocupa. Una forma de mentirse que sus padres, desaparecido él hace 48 años y ella hace 10, siguen acompañándolo en ese lugar.
No se acuerda ni cuándo ni cómo Gabriel se hizo la costumbre de saludarlos a la pasada.
“Hola pa, hola ma” dice al llegar.
“Chau pa, chau ma” dice al salir, tirándole a cada uno un sentido beso con la mano derecha.
Si consideramos que Gabriel suele ir a la casa paterna por lo menos una vez a la semana, el descripto ha pasado a ser un rito repetido 52 veces al año, durante aproximadamente 8, lo que equivale a decir que antes del hecho que nos ocupa, el rito fue repetido, inocentemente y sin consecuencias, unas 416 veces.
El domingo pasado fue distinto. Todavía está Gabriel cavilando porqué. Repasa mentalmente sus pensamientos de ese día, su actividad, los detalles de aquello que hizo o dejó de hacer en la casa paterna, antes de emprender la retirada para dar con un disparador posible, pero no ha encontrado de talle revelador alguno. Simplemente sucedió.
Gabriel pasó cabizbajo por el cuadro, tiró los consabidos besos mientras musitaba los chau pero al llegar al descanso de la escalera, donde ésta gira, apenas tres escalones tras el cuadro, algo lo detuvo. Quiso continuar bajando y sus piernas se negaron a obedecer, súbitamente se sintió tan pero tan débil que tuvo que apoyarse en la pared y sintió claramente como una fuerza, poco contrastable a esta altura de su debilidad, le giró la cabeza hasta situar sus ojos fijos en el cuadro. Sin entender aún qué estaba sucediendo, se escuchó hablar solo en una voz pausada y perfectamente entendible, en lo que sería el comienzo de un muy largo soliloquio.
“Gracias y perdón pa y ma. Gracias por haberme dado todo, por haberme deseado fervientemente durante largos nueve años, por haberse sacrificado intensamente para que tuviera la mejor educación disponible, por haberme amado tanto, por haberme enseñado a defenderme en la vida, por haberme legado esta casa que es hoy mi refugio, por haber sido personas de bien. Perdón por no ser nada de lo que seguramente ustedes hubieran querido. Es verdad que no lo tengo muy claro, pues nunca tuve la ocasión de discutir el proyecto de vida que tenían para mi. Es decir que mi frustración por haberlos defraudado tiene más de imaginaria que real. Yo supongo que vos pa hubieras querido que a esta altura fuese alguien poderoso, ocupando algun puesto importante, conduciendo mucha gente, haciéndome respetar mucho y pagar bien. Y yo por el contrario elegí ser libre porque entendí que el poder esclaviza a las dos puntas de la cadena. Yo también supongo que vos ma hubieras querido que fuese un buen hombre de familia. Y yo ni soy de familia, ni soy un buen hombre. Llevo la vida familiar como una carga, no soy la causa de ninguna felicidad en torno mío y estoy más que lejos de ser bueno. Mis guerras, mis múltiples guerras a lo largo del camino me han dejado un resabio de odio y resentimiento que me cuesta mucho sacudir. No siempre pienso bien del otro, casi siempre todo lo contrario, soy muy desconfiado, estoy muy herido ma y eso no me hace bueno. Es verdad que no ando por ahí maltratando gente, pero si ando siempre listo para reaccionar cada vez que alguien me busca. Ello no me ha traído paz y dista muchísimo de lo que me has enseñado con tu vida ejemplar.”
Y el soliloquio continuó creciendo, tanto en detalles como en angustia, hasta llegar al punto en que Gabriel comenzó a quebrarse.
“ Fue muy difícil vivir con el dolor de perderlos. Es que me acuerdo de todo. ¡Qué mentira es el tiempo! Todo sucedió aquí, en estos mismos sitios donde hoy, ya viejo, transito y a mi me parece que pasó ayer o peor aún, que está pasando ahora. Me acuerdo de esa mañana de marzo, el día 10 precisamente, cuando te descompusiste pa. El mueble ese de la cortina de enrollar que está ahora en el comedor diario, estaba aquí arriba y te vi tomado a él, con los ojos llenos de miedo, respirando con dificultad. Estabas vestido para ir a trabajar, pero era claro que no ibas a poder ir. Y yo a mis trece años, de pantalón corto te miré atónito y me di cuenta que adentro tuyo algo grave sucedía. Las piernas no te sostenían y ma me pidió que fuese a buscar un médico. Mi reflejo ante la muerte es correr, ya lo había experimentado con la muerte súbita de mi abuela, tres años antes, allá en Temperley, donde volé por la calle Anchorena hasta la clínica y corrí pidiendo ayuda a los gritos por los pasillos de la misma hasta que alguien buscó al Doctor Cione que solía atenderla, con quien volví a casa solo para constatar que la abuela ya se había ido. La escena trágicamente se repetía, estaba solo y corriendo. Nos habíamos mudado apenas un año antes, de modo que no conocía a nadie, sali a la calle sin saber adónde buscar un médico. Vi que la casa de enfrente tenía una placa de médico, pensé que Dios me daba una mano, toqué desesperadamente el timbre, golpeé la puerta y el doctor cuyo nombre no quiero acordarme, no quiso salir, desde una ventana me echaron. Me llené de odio, nunca pude saludarlo y el día que al facultativo catedrático le tocó el turno de partir, confieso que me alegré. Seguí corriendo por la calle mirando cada casa a ver si daba con un doctor más humano ante la desgracia ajena y en la tercera cuadra lo encontré. Al estilo del doctor de Temperley dejó el consultorio y volvió conmigo a revisarte. Te encontré en la cama casi sin poder respirar y en esa misma cama de esa misma pieza de aquí arriba, el buen doctor nos tranquilizó y te medicó. Neumotorax espontáneo dijo, y yo aprendí una palabra en el mismo intante que comencé a temerla. Tengo apenas unos meses más de edad que los tuyos en ese día fatídico, es decir que a mi edad vos ya no existías, por lo menos en esta casa. La tarde fue peor. Inquieto por tu ausencia en una reunión importante, tu jefe mandó a casa al mejor especialista del país a revisarte, a su costo, nosotros no podíamos haberlo pagado. Tampoco quiero recordar su nombre, llegó como si fuera el presidente, escuchó y despreció al buen médico que yo había traído y dijo que había que internarte y operarte. Ma y yo no sabíamos a quien hacerle caso. Y nos equivocamos pa, nos equivocamos, hicimos caso a los pergaminos y no a la bondad. Esa misma noche vino la ambulancia a llevarte y recuerdos tus palabras al salir de esta casa para no volver nunca más. No son tuyas, son de Dante “La comedia e finita”. 14 días después la comedia de tu vida terminó con mucho sufrimiento en un Hospital de Agudos, luego que en el caro sanatorio que costeó tu jefe todo saliera horrible. Me veo inventándonos una fábula con ma, en ese mismo escritorio de allí, que nos sirvió para mitigar el dolor. Vos viajabas mucho y con ma quedamos en que haríamos como si te hubieras ido a un viaje largo, muy largo, del cual tardarías mucho en regresar. Para ma la espera terminó, 38 años después de ese día de marzo se reunió contigo y así me lo hizo saber en la misma capilla de Jardín de Paz, una semana después de su sepelio, para mi aún sigue, pero debo confesar que muchas veces en sueños te vi volver de dicho viaje. En algunas te recibí con sorpresa, en otras con alegría, y en otras pocas el sueño fue tan real que me convencí que lo sucedido en este sitio había sido todo mentira. Pero me llené de odio pa, contra la clínica, contra el especialista, contra las monjas enfermeras, juré y soñé venganzas que afortunadamente lejos estuve de llevar a término y lo que es peor, de odio hacia mí mismo, por haberme equivocado”
A esta altura Gabriel hablaba entre llantos, angustiado y compungido como un pequeño niño, pero de ninguna manera podía o quería interrumpir su soliloquio.
“No me pude despedir de vos, lo hice unos breves minutos en esa horrible sala de terapia intensiva llena de gente sufriendo. Estabas todo hinchado y entubado. No pude decirte nada, solo mirarte con una profunda pena y llevarme tu mirada sufriente, sobre todo de impotencia por saber que ya no podrías acompañar mi crecimiento, angustia que hasta tu total confianza en ma no sabía paliar. Te dí el que sería mi último beso, porque el siguiente fue a tu cuerpo frío en el cajón con el que volviste a casa. Recuerdo todo pa, con una claridad increíble. El comedor lleno de gente, ma rodeada de gente, vestida de negro, roja de llanto y yo solo, en el comedor diario pateando una pelota contra la pared. Me habían mandado allí a hacerlo porque como lo estaba haciendo en el patio, el ruido molestaba a quienes asistían al velatorio. Ese 24 de marzo saldríamos contigo en el primero de muchísimos viajes a Chacarita, paseo obligado por casi 7 años de todos los fines de semana, llegué a odiar el lugar, con todas mis fuerzas.”
“Después aquí también sucedió lo de ma, pero fue muy distinto, ella avisó y me despedí un montón de veces. Desde aquél loco 1 de febrero de 2005 en que se cayó, hasta el día de su partida el 12 de junio de 2008 la internamos 7 veces, creyendo cada vez que era la última. Recuerdo cada rincón de esta casa donde me senté desesperado, el dolor de cada momento, está todo más fresco. La vez que me desplomé en el sillón aquí arriba a mirar el cielo para hallar un poco de paz. O la otra vez que me acurruqué al final de esta misma escalera mirándote ma, sufriendo en la cama de la internación domiciliaria, enchufada a mil aparatos y al tubo de oxígeno, con Ana controlándolos como podía. Todavía no tengo idea como hice para seguir trabajando esos tres años y medio que duró tu odisea. Se me aparece con claridad ese maldito shock room del Sanatorio Los Arcos cuando entreví tus pechos tras la bata y me dije que se estaba muriendo lo que me había alimentado casi por dos años, o cuando en la habitación te higienizaron el vientre y sentí que ese había sido mi hogar por más de nueve meses, el cual pronto se derrumbaría. Siento todo en mi, todas esas angustias estan volviendo ma y duelen, duelen, duelen. Y recuerdo el último día, que volví con Ana del sanatorio del final, el suizo argentino de Pueyrredón y Santa Fé del cual saliste yerta tras 15 días de terapia intensiva, donde iba y rezaba a tu lado ¿qué mas podía hacer?. Volvimos en silencio, sabiendo que en cualquier momento llamarían de la clínica, pero en algún lugar habia que pasar el tiempo entre los partes médicos. Yo ya no podía trabajar, esos 15 días del final, solo atinaba a ir al sanatorio a recibir el parte y rezar un rato a tu lado. Hubo un día que me demoré y creyendo que no había nadie, vi a enfermeros y médicos trayendo a un recién operado todo entubado e inconsciente haciendo chistes groseros sobre el mismo, pensé que debía ser la única manera de convivir con la muerte cotidiana, riéndose de aquello que no tiene gracia alguna. Ese 12 de junio me senté en el escritorio ma, a mirar los libros cuando de pronto una puntada en el medio de la espalda me quitó la respiración y sentí, ¡cómo sentí!, el desgarro de tu muerte. Sentí tu muerte, mi muerte, la muerte. Con el puñal clavado en la mitad de la columna salí a la terrazita, esa que está aquí detrás de la pared y me puse a aplicar lo que había aprendido en yoga para forzar una respiración profunda, sentado en posición de loto al sol. El dolor no pasaba ma, me atravesaba y ya salía por el pecho, creí que tenía un infarto. De pronto cesó y supe que habías partido. Apenas, apenas, apenas, pude quedarme aquí y dejarte ir. No sé, nunca lo sabré de quien fue la culpa, si tuya que no querías dejarme solo o mía que no quería perderte. Miré al cielo, me incorporé como pude, volví al escritorio al mismo tiempo que sonó el teléfono desde el cual una voz metálica me dijo que “la señora cambió de estado, le pedimos que venga”. ¿Cambió de estado?, vaya forma curiosa de decir se murió, jamás entenderé los protocolos médicos. Fui con Ana, que estuvo a mi lado todo el tiempo a hacer los trámites, organizar el velorio y el sepelio, elegir el cajón. Esta vez no fue en casa, no hubiera tolerado verla de nuevo llena de caras extrañas, podía pagar una sala y lo hice. Uno funciona en piloto automático, hace todo y no siente casi nada. Solo alivio ma, tanto que cuando me subí al auto fúnebre que me trajo de vuelta desde Pilar dije para sorpresa de todos “no puedo creer que esta pesadilla terminó”. Había terminado efectivamente, pero solo para dar lugar al comienzo de otra, la del duelo, que continúa, como podes ver.”
La cara de Gabriel era un barrial, los sollozos le subían y bajaban el pecho y se había deslizado por la pared hasta quedar de cuclillas, pero siguió.
“Perdoname por el estado en que está esta casa, nunca pude ocuparme de ella como corresponde, y no puedo desprenderme tampoco, lo intenté miles de veces, es cierto no pedí ni ayuda ni compañía pero tampoco nadie la ofreció y yo estoy aquí a mitad camino del duelo, atado a estas baldosas, a estas paredes, a los recuerdos del dolor.
Intenté mentirme que aquí aún había vida, por eso mantuve las plantas, por unos años venía solo para regarlas a todas, hoy ya las estoy dejando secar. Y dejé las tortugas para obligarme a venir, de no estar ellas, la casa estaría aún peor, porque por meses no habría cruzado esa puerta, donde equivocadamente más de una vez toqué el timbre esperando que me abras. La protegí, pero no la mantuve, te prometo ma y espero esta vez cumplir, que la volveré a poner en condiciones, verla tan en ruinas me hace tanto mal como te haría a ti.”
Tan sorpresivamente como había comenzado y sin tener idea de cuánto tiempo efectivo había insumido, el soliloquio acabó, la angustia también. Gabriel pudo al tiempo incorporarse de su incómoda posición y sin lavarse la cara se dispuso a partir. Le dio una última mirada al cuadro y comprendió la razón de su larga supervivencia en ese sitio, era un testigo fiel, el último, el único a mano que le recordaba que hubo un tiempo en que los tres habían estado juntos y habían sido felices, más allá, antes, de la tremenda mochila de dolor y odio que Gabriel había tenido que cargar por tanto años desde su partida.
Con la cara aún goteando lágrimas apagó la luz y pensó que no tenía memoria alguna de su paso por la fontana de Trevi, salvo la que surgía del cuadro y que por supuesto nunca le habían dicho sus padres si habían arrojado alguna moneda a ella y de haberlo formulado, cuál había sido su deseo. Solo pensó que de haber tenido la oportunidad de arrojar él una moneda en este instante, su único deseo hubiera sido sin duda alguna, en algún lugar y de la forma que fuese, reencontrar a pa y a ma. Quizás así podría, por un nuevo instante, volver a sonreír.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 31 de mayo de 2018

Published in: on junio 1, 2018 at 1:48 am  Dejar un comentario  

LA RENUNCIA

 

LA RENUNCIA

Pateó un caracol, estaba incómodo y desorientado, algo bastante feo de sentir al mismo tiempo. Hasta el ruido del mar le molestaba y los graznidos de las gaviotas, revoloteando por sobre su cabeza, solo le motivaban a apedrearlas.
Debía renunciar y no quería, ni siquiera se animaba a saber si podría. Empero estaba bien seguro que debía hacerlo. Obsesivo y mental como era, le había dado mil vueltas al asunto, ni una sola de ellas lo alentó a seguir con una situación que se había transformado en una tortura continua, diurna y nocturna.
Se sentó en la arena a mirar el mar. Una tormenta se avecinaba ese triste atardecer sobre el Cabo San Antonio, todo era un desierto afuera, excepto por las molestas gaviotas. En cambio, adentro, era un hervidero de multitudes, su mente disparada saltaba de uno a otro por todos los protagonistas de la historia a que debía renunciar. Si bien pensar no tenía ningún sentido, pues ya lo había pensado todo, previsto todo, diseñado todo, espiado hasta donde la vista primero y la imaginación después le permitieron, los caminos contrarios a la renuncia que se abrían delante de él, lisa y llanamente no podía dejar de hacerlo. Algo en su más profundo ser seguía resistiéndose a la ejecución de la decisión inevitable.
Su perro lo sacó a lengüetazos de su ensimismamiento, quería volver, se daba cuenta que el paseo, desagradable como el clima, había finalizado. A regañadientes se levantó, cruzó la calle, dejó al perro solo en su departamento y volvió a la playa, fría y oscura, como su alma. Se dispuso a esperar la lluvia tras un médano que lo protegiera del viento que comenzaba a arreciar.
Él sabía renunciar, a lo largo de su vida había firmado y ejecutado varias renuncias, y en todas ellas lo había hecho sin volver la vista atrás, sin un dejo de arrepentimiento, con algún escozor de dolor, pero sin dudarlo y aprendiendo con cada una a que toda renuncia implica siempre un alivio, que el camino nuevo aparece en sus primeros metros como apañado por un hechizo que ayuda y que en definitiva siempre, pero siempre, un paso llevaba a otro y cada uno no hacía más que reafirmar la decisión tomada. No era tan difícil renunciar, al fin y al cabo, pues desde el momento en que uno se plantea la posibilidad de hacerlo es porque algo no anda del todo bien en el lugar que se ocupa.
Las gaviotas se habían ocultado a la misma velocidad que los últimos vestigios de luz, el viento silbaba en rachas y el invisible mar rugía fuerte, la amenazadora tormenta venía con sus atributos a descargarse en la playa. Empero, sosteniendo su posición de observador adelantado, él pensaba y los recuerdos, en torbellino, tomaban luz en su memoria.
Aquél último día en su primer empleo y el alivio de decirle en la cara a todos lo que pensaba de ellos, el adiós al pilotaje, un breve matrimonio fallido, su último partido de tenis, la partida entre amenazas de bomba de su función pública, el crucial momento cuando sus hijos, crecimiento mediante, empezaron a tomar sus propias decisiones, el último cliente, el nunca más a su profesión.
Todo estaba ahi, delante en la oscuridad, casi podía ver a los habitantes de cada momento. Quiso pensar que ello era para darle ánimos, para decirle que no era tan grave renunciar, que la vida tiene ciclos, que son todos más que necesarios, en fin, que nada es para siempre, como dice la canción.
Otra parte de él, sin embargo le presentó adioses más complejos, el exilio de su pueblo natal, alguna radicación laboral en el extranjero, el alejamiento de un amigo, la muerte de otros y las durísimas experiencias de las partidas de su abuela, su padre y su madre que implicaron duelos y renuncias forzados y extendidos en el tiempo.
Pero nada de ello se parecía ni siquiera mínimamente a la renuncia a que se enfrentaba ahora, se dio cuenta que su experiencia no le servía en absoluto lo que hizo desaparecer al instante cualquier recuerdo.
El primer rayo sobre el mar le iluminó la cara y segundos después un trueno lo aturdió, la tormenta llegaba, la tenía encima. Como en un trágico eco, su alma vibró en luz y sonido al sentir el desgarro que le provocó reconocer que tantas batallas, tantas vicisitudes, tantas heridas, tantos años no le habían enseñado a renunciar a un sentimiento, irresistible, arrollador, cálido, reconstructor y vivo, más vivo aun que él.
La oportuna lluvia comenzó a bañarlo mientras muy lentamente emprendía el regreso. Ello impidió distinguir en su rostro las gotas de la tormenta costera, de las lágrimas de su tormenta interior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 12 de mayo de 2018

Published in: on mayo 12, 2018 at 8:56 pm  Comments (2)  

NEPTUNE

 

NEPTUNE

Pasaron las siete horas de vuelo,
el avión vetusto e incómodo,
abandonó entre sombras el suelo,
y se empecina en verlo todo.

De los diez ninguno suelta palabra,
ya están volando “en lotería”,
contra un combustible que acaba,
y un mar que inmenso se veía.

Los pilotos raspan las altas olas,
se agrandan ojos en las pantallas,
rezan en secreto las almas solas,
otear vigía que nada halla.

De repente el milagro sucede,
“A las once, balsa” un grito vibra,
que de la estrecha proa procede,
rasga en todos su íntima fibra.

Una aguja en un pajar fuera,
cada balsa juguete de tormenta,
si acaso Dios no interviniera,
ni el sumo coraje los encuentra.

Sobrevolando el tesoro quedan,
hasta que los barcos raudos acuden,
casi planeando a la base llegan,
en la historia el vuelo inscriben.

Setecientas setenta vidas deben,
su tiempo a diez bravos aviadores,
que por el camarada tan bien saben,
jugar carrera, vida y honores.

¡Gloria al Neptune, su último vuelo,
sus tercos, heroicos, exploradores,
su gran hallazgo entre mar y cielo,
que trocó náufragos en vencedores!

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de mayo de 2018

los diez tripulantes del Neptune 2P111

Published in: on mayo 3, 2018 at 2:13 am  Dejar un comentario  

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

Un encuentro adolescente

Y allí estaba yo, parado en la vereda de la Pizzería San Carlos, esa que queda justito donde muere Río de Janeiro contra la Avenida Rivadavia, en el casi lugar exacto donde el popular Almagro se convierte en el coqueto Caballito. Si uno viene en bajada por aquella calle, tiene que hacer una S para embocar la continuación, del otro lado del “Jordán” divisorio de Buenos Aires que es esa larguísima avenida nombrada en honor del dueño del sillón más importante del país. S, que en los buenos tiempos solía tomar casi a fondo, ya que era el camino obligado de mi vuelta al hogar, para desesperación de los casuales transeúntes.
Estaba esperando a mi amigo Claudio con quien fuésemos mutuos confidentes en la turbulenta época del crecimiento adolescente, tras una larga abstinencia de encuentros que tejen una amistad que ha sabido mantenerse incólume a través de los años hasta el presente, con sus cercanías y lejanías, pero siempre aunada con ese amor único de los cómplices que se tuvieron cuando todo era nuevo y fascinante y casi no había en quien confiar.
El barrio de esas cuadras podría muy bien denominarse Alefa, ya que ése era el nombre de la empresa constructora que hizo la mayoría de los altos edificios que lo jalonan, sustituyendo a los fantásticos “petit hotels” que murieron bajo la topadora en la década de 1960. Corría el año 1968, cuando mi padre empujado por el temor a una rápida muerte, cosa que sucedió apenas dos años después, tomó trascendentes decisiones para mi vida y la de mi madre, en catarata, a saber: puso en venta mi casa natal de Temperley, me hizo preparar el séptimo grado para rendirlo libre junto con el complicadísimo ingreso al Carlos Pellegrini y se puso frenéticamente a buscar vivienda justamente en el barrio Alefa. Pensé seriamente que había enloquecido, que nada justificaba tanto apuro, el tiempo le dio a él la razón y a mi una lección: el animal humano es el único que intuye seriamente cuando su tiempo se agotó. Visitamos varios departamentos de los citados y mi madre se opuso terminantemente a pasar de una bella casa esquinera a un “palomar”, como despectivamente los bautizó. De la negociación resultante mi padre adquirió en el vecino Almagro y con un abultado crédito, el PH que aún hoy poseo y que albergó a mi madre los 38 años que le sobreviviera.
No contento con haberme mudado e instalado en el colegio universitario con un año menos de edad, decidió mi padre que a fin de no perder la excelente educación bilingüe que había recibido en el William Shakespeare temperliano, me anotase en ICANA, el instituto norteamericano que todavía subsiste en la calle Maipú del centro porteño.
Nunca fui fácil de adaptarme a nada y menos de aceptar pacíficamente tantas imposiciones. Mis comienzos en el Pelle fueron caóticos con varias escenas de pugilato que cesaron cuando el jefe de celadores, un púgil de verdad, me frenó a los golpes y casi termina a las piñas con mi propio padre al día siguiente. Tardé años en hacer amigos en el colegio, no así en ICANA donde, dada mi formación, el estudio era un juego de niños y para mi un sereno remanso. Fue allí que nos conocimos con Claudio y compartimos por años el viaje de regreso a Almagro en el colectivo 26, que por aquellas épocas se parecía mucho a un trolebús al que le habían puesto motor a combustión.
Iniciábamos el viaje junto a Héctor, Irene y Beatriz, viajes que recuerdo como un auténtico momento de risas y compañerismo, el mismo que por diversas razones me resultaba imposible en el secundario. Claudio se bajaba al cruzar la calle Ecuador pues por entonces allí vivía con sus padres, y el último en hacerlo era yo, al borde del barrio Alefa, para salvar caminando las cinco oscuras cuadras hasta mi hogar.
Solitarios, mentales, lectores e intelectuales ambos, empezamos a compartir los sábados a la noche. Pero no había boliches en el programa, ni alcohol, ni mujeres. Nuestro raid nocturno solía comenzar en una pizzería o terminar en otra, pero la pizza de los sábados era sagrada, con gaseosa por supuesto.
Mientras seguía esperando a Claudio, todas estas imágenes bullían en mi mente, la invadían, aparecían en colores, con una claridad meridiana y me hacían creer erróneamente que mi adolescencia había quedado allí, a la vuelta de la esquina, que había sucedido ayer nomás.
La pizzería San Carlos, tenía otra sucursal en Rivadavia y Castro Barros, pero ella no sobrevivió a alguna de las tantas crisis argentinas. En cambio con mil reconversiones la del barrio Alefa sigue en pie, estoica, como símbolo de un tiempo lejano, hundida entre torres pero con un público fiel. No solo fue lugar de encuentro de mi madre con sus amigas, también de nuestra salidas cuando quería alejarla de sus paredes llenas de recuerdos y también tercamente al lugar que aún hoy sigo pidiendo el delivery cuando mis tareas me retienen en el PH de Almagro.
Pero San Carlos era también la pizzería de inicio del tour sabatino con Claudio. A veces el encuentro tenía un tercero de nombre Elías, de idéntico perfil al nuestro que vivía en el edificio de al lado. De a tres o de a dos fueron cientos los sábados que con la panza llena iniciábamos nuestra excursión “al centro”. Nuestro centro, que era el de las librerías de la calle Corrientes. Solíamos ir caminando y mientras caminábamos nos dedicábamos intensamente a debatir ideas políticas y económicas para mejorar el mundo que se nos abría por delante. Y nos tirábamos con los mejores pensadores y ensayistas de uno y otro lado de la cortina de hierro, tratando siempre con respeto de ganar el debate o por lo menos empatarlo. Nos gustaba hacerlo caminando y no fueron pocas las noches que sin darnos cuenta fuimos y volvimos a pie hacia y desde nuestro centro.
En las librerías pasábamos horas en silencio y alejados uno del otro. Como nuestro exiguo presupuesto para libros se agotaba en los escolares, no había forma de adquirir ni siquiera los que estaban en oferta. Pero ello no impedía que, parados en un rincón, en dos o tres sábados diéramos cuenta del que más nos interesaba. Los libreros nos veían pobres, nos conocían y nos lo permitían, alguna vez se armaba un debate adentro de la librería y más de una vez el librero en cuestión, con suma paciencia ante nuestra mezcla de ignorancia y soberbia, participaba insertando una que otra recomendación, aún a sabiendas que nada compraríamos.
Lo vi venir, los años no llegan solos y Claudio, aquejado de un mal cruel desde hace décadas, se mueve con cierta dificultad. Ni él ni yo somos los mismos, aunque en esencia sí, es la carcaza la que ha cambiado. La misma expresión, la misma voz, la misma mirada (¿como serán las mías?), saludándome mientras cruza Rivadavia para llegar a mi abrazo.
-“Ya veo porqué elegiste este lugar, aquí arrancábamos los sábados a la noche, todo me vino a la memoria” le digo
-“Ni siquiera lo pensé” me contesta.
La charla se hizo eterna y pareció la continuidad de las tantas sostenidas en el pasado, también como si la hubiésemos interrumpido ayer. Existe y subsiste un conocimiento único del otro, un área reservada, compartida con nadie, ni siquiera con nuestras familias actuales, que hace que nadie nos conozca tanto como el otro. Buscando un perdón que él consideró innecesario le llevé de regalo los dos libros que publiqué en el intervalo de encuentros y recibí con alegría la noticia de su concurrencia a un taller literario, ya que Claudio siempre soñó con ser escritor, algo que va muy de la mano con su carrera elegida, la Historia, disciplina arraigada en mi propio pasado familiar. Tanta es la sintonía que cuando quise regalarle un tercero, vinculado a un destino racial compartido – a medias en mi caso- obtuve por respuesta que absolutamente todos los libros de dicho escritor los había conseguido, revolviendo cielo y tierra, leído y disfrutado plenamente. Ello abrió nuestro debate literario.
Tras cartón y ante su insistencia, no tuve más que acceder al debate político económico, en el cual como siempre abundaron los disensos, pero brilló el respeto y la profundidad de los argumentos. Etiquetas aparte, ni siquiera merecemos llamarnos adversarios, sino un par de honestos intelectuales que después de todo lo vivido, siguen buscando la mejor solución.
Claudio también fue al Carlos Pellegrini, pero estaba un año adelante mío y los últimos dos los cursó en horario nocturno pues ya había comenzado a trabajar. Compartíamos pocas cosas en el colegio y en nuestros encuentros hablábamos bien poco de él. Esta vez fue la excepción, nos detuvimos en los compañeros, los de destino brillante y los de destino trágico. En ese periplo dimos con una figura pública que supo ser ministro unos cuántos años ha. Envuelto en un tiempo sumamente difícil y cuyo nombre voy a reservar, sufrió un largo período de ostracismo por carecer del favor de la gente, quien despiadadamente lo hizo culpable de la tragedia, que como tantas veces, se desplomó sobre su bolsillo.
-“Dale, contame algo de él, yo lo conocí funcionario pero lo traté poco, no puedo abrir juicio, vos compartiste banco, ¿era buen tipo? ¿ sabía?”
-“Brillante, era brillante y buen tipo como el que más, un fenómeno” contestó
Y me surgió la pregunta difícil, la que medio país hubiese querido hacer, o al menos debido hacer, antes de volcar las diatribas que aún hoy, algún pasquinero memorioso suele repetir.
-“Y decime, ¿honesto, era un tipo honesto?”
-“Intachable, por lo menos entonces, bueno, en esa época mi amigo, todos éramos honestos” fue su respuesta.
Ahi, fue justo ahí, que me di cuenta que éramos sesentones, que no íbamos a caminar hasta Corrientes a revolver libros, que su esposa y la mía nos estaban esperando para cenar y que la adolescencia era un tiempo que había pasado hacía mucho, que quedaba lejos y al que, añorado apenas menos que la niñez, vivía en un lugar, al que nos era absolutamente imposible retornar.
Estuve a punto de contestarle que ya en aquél tiempo había deshonestos que hacían barbaridades en el colegio, que se copiaban en los exámenes, que mentían, que engañaban, que se aprovechaban de los más débiles. Y también mi sangre hervía por decirle que algunos pocos, pagando costos inmensos han logrado vivir hasta ahora en una honestidad posible.
Me abstuve, no tenía sentido alguno dar ese debate, la madurez, el otoño que habitamos tanto él como yo, se puebla de silencios cómplices, de relatividades, de máscaras, de falsedades, de dudas, de mil cosas que en la adolescencia, afortunadamente, ni siquiera uno sabe que existen. La honestidad quedó tan lejos como ella.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 29 de abril de 2018

Published in: on abril 29, 2018 at 9:11 pm  Dejar un comentario  

SI LORCA FUERA MARINO

SI LORCA FUERA MARINO

Alguna vez aprendí que comenzar cualquier cosa pidiendo perdón no tiene sentido, es mucho mejor no comenzarla. En este caso voy a olvidar dicha lección. He conocido escritores de todo tipo, la necesidad de volcar el alma en una hoja parece no encontrar frontera alguna y parece perfectamente compatible con cualquier actividad. Sin embargo, no deja de sorprenderme que un escritor destacado como Ignacio Sánchez Mejías haya sido nada menos que torero. Así fue que el gran Federico García Lorca, uno de mis númenes, haya trabado intensa amistad con alguien dedicado a tan sangriento oficio. Ignacio murió en su ley, corneado por un toro y Federico se encargó de hacer dicho hecho, que seguramente le habrá dolido en el alma, inmortal con su talento. El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías son cuatro elegías (La cogida y la muerte, Sangre derramada, Cuerpo presente y Alma ausente), una más bella y conmovedora que la otra que transportan al lector al intenso drama de un torero caído en la arena y las dolorosas escenas de su despedida. De ellas la primera,  repite 30 veces la hora del trágico suceso: las cinco en punto de la tarde. Hay horas trágicas en la vida de cada quien y seguramente la peor sea la de la muerte, sencillamente porque es la última, el del fin del tiempo propio. Esa letanía intercalada entre los versos restantes, remarcan dicho miedo ancestral y tornan a toda la elegía un lamento inquietantemente fúnebre.

Curiosamente las cinco de la tarde fue la hora en que el Crucero ARA Gral. Belgrano se sumergió en la heladas  y tormentosas aguas del Atlántico Sur, el 2 de mayo de 1982 llevándose consigo la vida de 323 marinos, 300 de cuyos cuerpos nunca fueron encontrados, yacen seguramente en el interior del crucero designado como tumba de guerra.

Me pareció propicio en las cercanías de un nuevo aniversario homenajear a nuestros Héroes de la Armada, componiendo una variación sobre la elegía mencionada. Fue una tragedia, intensa y duradera, de la cual no solo los familiares de los caídos no han podido reponerse, sino que pesa sobre la Argentina toda.

Pido perdón si a alguien ofendo, jamás fue mi intención comparar a un marino con un torero y le pido perdón a mi dios de las letras, el inmortal Federico, por tomar prestados sus versos para hacer este homenaje. No dudo, que él, que amaba profundamente a la Argentina, de haber sido marino y de haber vivido en 1982, me habría mirado con amor e indulgencia.

SI LORCA FUERA MARINO

a los Héroes del ARA Gral. Belgrano

A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un submarino trajo el negro espanto
a las cinco de la tarde.
Tres disparos callados por el costado
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó las balsas
a las cinco de la tarde.
Y el mar helado se encrespaba
a las cinco de la tarde.
Ya luchan el fuego y el agua
a las cinco de la tarde.
Y un casco con una proa arrancada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los gritos de ¡Viva la Patria!
a las cinco de la tarde.
Las volutas de veneno y el humo
a las cinco de la tarde.
En las olas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el crucero solo quilla arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el frío de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando el mar se cubrió de petróleo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd de acero es el buque
a las cinco de la tarde.
Hombres héroes porta su seno
a las cinco de la tarde.
El crucero ya se hundía por su frente
a las cinco de la tarde.
El océano se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la despedida
a las cinco de la tarde.
Cerrose el agua bajo el cielo oscuro
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el dolor rompía los lagrimales
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Variación sobre el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías  de Federico García Lorca

por Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de abril de 2018

Published in: on abril 21, 2018 at 10:27 pm  Comments (1)  

TRAPECIO

 

TRAPECIO

Una cuestión de confianza

Con una profunda reverencia Gabriel agradeció los aplausos del público, al que no veía por los reflectores que tenía encima y cuyo haz de luz reflejaban en multitud de colores las lentejuelas de su chaqueta. Liberó sus brazos del brillante atuendo y con suma agilidad se dirigió a la escalera vertical que llevaba a las alturas donde los valientes se atreven, casi tocando el techo de la carpa del circo para el que trabajaba desde hacía cinco años. Los reflectores lo siguieron e iluminaron su carrera a grandes zancadas, revelando sus magníficamente torneados músculos de miembros superiores e inferiores, así como su trabajada espalda.
Trepó de un salto y ascendió veloz al compás de los redoblantes que llenaron a la multitud de un tenso temor expectante. Todos los ojos de los asistentes ascendieron con él, dudando entre la admiración y la compasión. Algunos eligieron no mirar, otros se taparon la boca preventivamente por si algún involuntario grito los sorprendía. Sin excepción pensaron que los trapecistas no eran humanos, debían ser una raza extraterrestre, o bien dotada de poderes especiales o por el contrario carente por completo de ese fantasma acosador de la vida humana: el temor a la muerte.
Gabriel no tenía miedo alguno, confiaba tanto en sus fuerzas, como en su entrenamiento. No era un número nuevo, lo había llevado a cabo en muchas ocasiones durante la gira por el interior del país que culminaba esa noche con la primera de las funciones en pleno Puerto Madero, el barrio “cool” de la capital argentina. Por si ello no bastaba, durante el día lo había realizado unas cuantas veces sin caer en la red colocada allá abajo, a la altura justo para que la caída la hundiera sin tocar el piso.
Confiaba Gabriel también en su compañero, el que estaba en la escalera de enfrente aguardándolo y balanceando el trapecio vacío. De los cinco años de trabajo, llevaba tres compartidos con Javier, le conocía vida, obra, amantes y lo más importante, miedos y valores. El sabía que su vida estaba en sus manos y uno no pone la vida en manos de cualquiera, por más trapecista que sea.
Mientras terminaba el ascenso, una inquietud lo invadió, aún recordaba el diálogo:
-Es Buenos Aires Gabriel, Puerto Madero para mejor, vas a salir en todos los noticieros, en todos los diarios, miles subirán el video a las redes sociales ¿te animás a saltar a la fama en serio?
-¿Qué esperás de mi Gaspar?
-Que te animes a hacer el número sin red, la gente viene por morbo, quiere que haya riesgo, vos sabés que hay muchos trapecistas que trabajan sin red.
-Siempre te dije que están locos, esto es un trabajo, no un suicidio.
-Pensalo.
Y Gabriel había aceptado, una paga excepcional, un poco de vanidad, un deseo secreto de ser convocado por un circo más importante, había sido un mezcla poco resistible. Allí estaba él, dispuesto a hacer un número que conocía bien pero……sin red. Fallar era equivalente a morir.
En el pequeño cuadrado que lo sostenía, respiró hondo, con el trapecio en sus manos. Eligió no mirar hacia abajo y ahuyentar toda inquietud. Flexionó las rodillas, miró fijo a su compañero en el otro pequeño cuadrado, quien también sostenía el trapecio que lanzado vacío, debía ser el que al final de la pirueta aérea cayera en sus manos, para llegar sano y salvo al otro lado del abismo.
Dicho trapecio no estaría todo el tiempo en su campo visual. Mientras él daba vueltas en el aire, impulsado por su trapecio el pequeño tramo de madera que debería atrapar estaría recorriendo su propio vaivén justo a sus espaldas. Era el punto ciego, el de máxima tensión del número y de la concurrencia ¿Habría coincidencia en el aire, entre sus manos de brazos extendidos al comenzar la caída y el paso del trapecio lanzado vacío por Javier? De no haberla era el final.
Gabriel hizo a Javier la seña convenida y esperó su respuesta, la coordinación de movimientos debía ser nada menos que perfecta.
Tomó impulso y se lanzó al vacío, al tiempo que Javier lanzaba el otro trapecio al abismo. Al final de su vaivén Gabriel se soltó y giró en el aire, una vez, dos veces, tres veces y estiró los brazos hacia la oscuridad vacía y herida apenas por el haz de los reflectores que lo seguían empecinadamente.
Fue un segundo trágico, Gabriel con los ojos bien abiertos y recuperada la posición horizontal, a punto de iniciar la caída, vio como su manos no llegaban al otro trapecio. Habría girado demasiado lento o Javier se habría excedido en el impulso, pero la coordinación fracasó. Y Gabriel vio con terror como, en la forma de un pequeño palo blanco, su vida huía de sus manos.
Sudando y sofocado, a punto de gritar, Gabriel se despertó envuelto en la oscuridad de un lugar que le pareció extraño. Con mucha dificultad por su sobrepeso y rodillas mal acomodadas se levantó del solitario lecho y dio de bruces contra una pared. Allí debería haber estado la puerta del baño, claro, de haber estado durmiendo en el dormitorio que ocupara con su esposa por los últimos treinta años, los que había durado el matrimonio que había concluido la tarde anterior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de abril de 2018

Published in: on abril 13, 2018 at 11:10 pm  Dejar un comentario