LA FONTANA DE TREVI

LA FONTANA DE TREVI

El sabor de la orfandad

El cuadro es casi tan viejo como él. Es doble, contiene dos fotos tomadas en el mismo lugar del mismo borde de la misma fuente, la de Trevi, esa cuyo fondo se llena de monedas arrojadas por viajeros de todo el orbe. Ambas son en blanco y negro. En la de la derecha un orgulloso padre, vestido de riguroso traje y corbata, sonriente y peinado para atrás sostiene a un niño parado en sus rodillas, de 18 meses de edad, lleno de rulos, cara regordeta y de punta en blanco, luciendo una sonrisa que amenaza escapar de sus cachetes. Los dos desbordan felicidad. En la de la izquierda una señora vestida en un elegante tailleur gris sostiene desde atrás al mismo niño quien, aprovechando la habitual permisividad materna, en lugar de quedarse quieto intenta escapar caminando sobre el borde. Ambos sonríen, también desbordan felicidad.
Es uno de los pocos cuadros que sobrevivieron a la furia de Gabriel, un muy triste día, un lustro atrás en el que pensó que arrebatadamente podría reconfigurar la apariencia de la casa paterna, para poder usarla con algo menos de angustia. Casi todos los otros fueron a dar envueltos a un armario, éste no, ni siquiera lo cambió de lugar. Algo en él le inspiraba una rara mezcla de paz y ternura.
Está ubicado en la pared de la escalera que comunica la planta baja del PH de Almagro con la planta alta donde siguen intocados el que fuera su dormitorio, el que ocuparan sus padres y el pequeño escritorio que en la actualidad desborda de libros y que es el único ambiente que, a sus 61 años, Gabriel sigue utilizando con bastante frecuencia. Tanta sabiduría silenciosa es de las mejores companías que ha sabido procurarse a esta altura del baile.
De modo que tanto de llegada como de salida, Gabriel no puede evitar pasar por delante del cuadro que nos ocupa. Una forma de mentirse que sus padres, desaparecido él hace 48 años y ella hace 10, siguen acompañándolo en ese lugar.
No se acuerda ni cuándo ni cómo Gabriel se hizo la costumbre de saludarlos a la pasada.
“Hola pa, hola ma” dice al llegar.
“Chau pa, chau ma” dice al salir, tirándole a cada uno un sentido beso con la mano derecha.
Si consideramos que Gabriel suele ir a la casa paterna por lo menos una vez a la semana, el descripto ha pasado a ser un rito repetido 52 veces al año, durante aproximadamente 8, lo que equivale a decir que antes del hecho que nos ocupa, el rito fue repetido, inocentemente y sin consecuencias, unas 416 veces.
El domingo pasado fue distinto. Todavía está Gabriel cavilando porqué. Repasa mentalmente sus pensamientos de ese día, su actividad, los detalles de aquello que hizo o dejó de hacer en la casa paterna, antes de emprender la retirada para dar con un disparador posible, pero no ha encontrado de talle revelador alguno. Simplemente sucedió.
Gabriel pasó cabizbajo por el cuadro, tiró los consabidos besos mientras musitaba los chau pero al llegar al descanso de la escalera, donde ésta gira, apenas tres escalones tras el cuadro, algo lo detuvo. Quiso continuar bajando y sus piernas se negaron a obedecer, súbitamente se sintió tan pero tan débil que tuvo que apoyarse en la pared y sintió claramente como una fuerza, poco contrastable a esta altura de su debilidad, le giró la cabeza hasta situar sus ojos fijos en el cuadro. Sin entender aún qué estaba sucediendo, se escuchó hablar solo en una voz pausada y perfectamente entendible, en lo que sería el comienzo de un muy largo soliloquio.
“Gracias y perdón pa y ma. Gracias por haberme dado todo, por haberme deseado fervientemente durante largos nueve años, por haberse sacrificado intensamente para que tuviera la mejor educación disponible, por haberme amado tanto, por haberme enseñado a defenderme en la vida, por haberme legado esta casa que es hoy mi refugio, por haber sido personas de bien. Perdón por no ser nada de lo que seguramente ustedes hubieran querido. Es verdad que no lo tengo muy claro, pues nunca tuve la ocasión de discutir el proyecto de vida que tenían para mi. Es decir que mi frustración por haberlos defraudado tiene más de imaginaria que real. Yo supongo que vos pa hubieras querido que a esta altura fuese alguien poderoso, ocupando algun puesto importante, conduciendo mucha gente, haciéndome respetar mucho y pagar bien. Y yo por el contrario elegí ser libre porque entendí que el poder esclaviza a las dos puntas de la cadena. Yo también supongo que vos ma hubieras querido que fuese un buen hombre de familia. Y yo ni soy de familia, ni soy un buen hombre. Llevo la vida familiar como una carga, no soy la causa de ninguna felicidad en torno mío y estoy más que lejos de ser bueno. Mis guerras, mis múltiples guerras a lo largo del camino me han dejado un resabio de odio y resentimiento que me cuesta mucho sacudir. No siempre pienso bien del otro, casi siempre todo lo contrario, soy muy desconfiado, estoy muy herido ma y eso no me hace bueno. Es verdad que no ando por ahí maltratando gente, pero si ando siempre listo para reaccionar cada vez que alguien me busca. Ello no me ha traído paz y dista muchísimo de lo que me has enseñado con tu vida ejemplar.”
Y el soliloquio continuó creciendo, tanto en detalles como en angustia, hasta llegar al punto en que Gabriel comenzó a quebrarse.
“ Fue muy difícil vivir con el dolor de perderlos. Es que me acuerdo de todo. ¡Qué mentira es el tiempo! Todo sucedió aquí, en estos mismos sitios donde hoy, ya viejo, transito y a mi me parece que pasó ayer o peor aún, que está pasando ahora. Me acuerdo de esa mañana de marzo, el día 10 precisamente, cuando te descompusiste pa. El mueble ese de la cortina de enrollar que está ahora en el comedor diario, estaba aquí arriba y te vi tomado a él, con los ojos llenos de miedo, respirando con dificultad. Estabas vestido para ir a trabajar, pero era claro que no ibas a poder ir. Y yo a mis trece años, de pantalón corto te miré atónito y me di cuenta que adentro tuyo algo grave sucedía. Las piernas no te sostenían y ma me pidió que fuese a buscar un médico. Mi reflejo ante la muerte es correr, ya lo había experimentado con la muerte súbita de mi abuela, tres años antes, allá en Temperley, donde volé por la calle Anchorena hasta la clínica y corrí pidiendo ayuda a los gritos por los pasillos de la misma hasta que alguien buscó al Doctor Cione que solía atenderla, con quien volví a casa solo para constatar que la abuela ya se había ido. La escena trágicamente se repetía, estaba solo y corriendo. Nos habíamos mudado apenas un año antes, de modo que no conocía a nadie, sali a la calle sin saber adónde buscar un médico. Vi que la casa de enfrente tenía una placa de médico, pensé que Dios me daba una mano, toqué desesperadamente el timbre, golpeé la puerta y el doctor cuyo nombre no quiero acordarme, no quiso salir, desde una ventana me echaron. Me llené de odio, nunca pude saludarlo y el día que al facultativo catedrático le tocó el turno de partir, confieso que me alegré. Seguí corriendo por la calle mirando cada casa a ver si daba con un doctor más humano ante la desgracia ajena y en la tercera cuadra lo encontré. Al estilo del doctor de Temperley dejó el consultorio y volvió conmigo a revisarte. Te encontré en la cama casi sin poder respirar y en esa misma cama de esa misma pieza de aquí arriba, el buen doctor nos tranquilizó y te medicó. Neumotorax espontáneo dijo, y yo aprendí una palabra en el mismo intante que comencé a temerla. Tengo apenas unos meses más de edad que los tuyos en ese día fatídico, es decir que a mi edad vos ya no existías, por lo menos en esta casa. La tarde fue peor. Inquieto por tu ausencia en una reunión importante, tu jefe mandó a casa al mejor especialista del país a revisarte, a su costo, nosotros no podíamos haberlo pagado. Tampoco quiero recordar su nombre, llegó como si fuera el presidente, escuchó y despreció al buen médico que yo había traído y dijo que había que internarte y operarte. Ma y yo no sabíamos a quien hacerle caso. Y nos equivocamos pa, nos equivocamos, hicimos caso a los pergaminos y no a la bondad. Esa misma noche vino la ambulancia a llevarte y recuerdos tus palabras al salir de esta casa para no volver nunca más. No son tuyas, son de Dante “La comedia e finita”. 14 días después la comedia de tu vida terminó con mucho sufrimiento en un Hospital de Agudos, luego que en el caro sanatorio que costeó tu jefe todo saliera horrible. Me veo inventándonos una fábula con ma, en ese mismo escritorio de allí, que nos sirvió para mitigar el dolor. Vos viajabas mucho y con ma quedamos en que haríamos como si te hubieras ido a un viaje largo, muy largo, del cual tardarías mucho en regresar. Para ma la espera terminó, 38 años después de ese día de marzo se reunió contigo y así me lo hizo saber en la misma capilla de Jardín de Paz, una semana después de su sepelio, para mi aún sigue, pero debo confesar que muchas veces en sueños te vi volver de dicho viaje. En algunas te recibí con sorpresa, en otras con alegría, y en otras pocas el sueño fue tan real que me convencí que lo sucedido en este sitio había sido todo mentira. Pero me llené de odio pa, contra la clínica, contra el especialista, contra las monjas enfermeras, juré y soñé venganzas que afortunadamente lejos estuve de llevar a término y lo que es peor, de odio hacia mí mismo, por haberme equivocado”
A esta altura Gabriel hablaba entre llantos, angustiado y compungido como un pequeño niño, pero de ninguna manera podía o quería interrumpir su soliloquio.
“No me pude despedir de vos, lo hice unos breves minutos en esa horrible sala de terapia intensiva llena de gente sufriendo. Estabas todo hinchado y entubado. No pude decirte nada, solo mirarte con una profunda pena y llevarme tu mirada sufriente, sobre todo de impotencia por saber que ya no podrías acompañar mi crecimiento, angustia que hasta tu total confianza en ma no sabía paliar. Te dí el que sería mi último beso, porque el siguiente fue a tu cuerpo frío en el cajón con el que volviste a casa. Recuerdo todo pa, con una claridad increíble. El comedor lleno de gente, ma rodeada de gente, vestida de negro, roja de llanto y yo solo, en el comedor diario pateando una pelota contra la pared. Me habían mandado allí a hacerlo porque como lo estaba haciendo en el patio, el ruido molestaba a quienes asistían al velatorio. Ese 24 de marzo saldríamos contigo en el primero de muchísimos viajes a Chacarita, paseo obligado por casi 7 años de todos los fines de semana, llegué a odiar el lugar, con todas mis fuerzas.”
“Después aquí también sucedió lo de ma, pero fue muy distinto, ella avisó y me despedí un montón de veces. Desde aquél loco 1 de febrero de 2005 en que se cayó, hasta el día de su partida el 12 de junio de 2008 la internamos 7 veces, creyendo cada vez que era la última. Recuerdo cada rincón de esta casa donde me senté desesperado, el dolor de cada momento, está todo más fresco. La vez que me desplomé en el sillón aquí arriba a mirar el cielo para hallar un poco de paz. O la otra vez que me acurruqué al final de esta misma escalera mirándote ma, sufriendo en la cama de la internación domiciliaria, enchufada a mil aparatos y al tubo de oxígeno, con Ana controlándolos como podía. Todavía no tengo idea como hice para seguir trabajando esos tres años y medio que duró tu odisea. Se me aparece con claridad ese maldito shock room del Sanatorio Los Arcos cuando entreví tus pechos tras la bata y me dije que se estaba muriendo lo que me había alimentado casi por dos años, o cuando en la habitación te higienizaron el vientre y sentí que ese había sido mi hogar por más de nueve meses, el cual pronto se derrumbaría. Siento todo en mi, todas esas angustias estan volviendo ma y duelen, duelen, duelen. Y recuerdo el último día, que volví con Ana del sanatorio del final, el suizo argentino de Pueyrredón y Santa Fé del cual saliste yerta tras 15 días de terapia intensiva, donde iba y rezaba a tu lado ¿qué mas podía hacer?. Volvimos en silencio, sabiendo que en cualquier momento llamarían de la clínica, pero en algún lugar habia que pasar el tiempo entre los partes médicos. Yo ya no podía trabajar, esos 15 días del final, solo atinaba a ir al sanatorio a recibir el parte y rezar un rato a tu lado. Hubo un día que me demoré y creyendo que no había nadie, vi a enfermeros y médicos trayendo a un recién operado todo entubado e inconsciente haciendo chistes groseros sobre el mismo, pensé que debía ser la única manera de convivir con la muerte cotidiana, riéndose de aquello que no tiene gracia alguna. Ese 12 de junio me senté en el escritorio ma, a mirar los libros cuando de pronto una puntada en el medio de la espalda me quitó la respiración y sentí, ¡cómo sentí!, el desgarro de tu muerte. Sentí tu muerte, mi muerte, la muerte. Con el puñal clavado en la mitad de la columna salí a la terrazita, esa que está aquí detrás de la pared y me puse a aplicar lo que había aprendido en yoga para forzar una respiración profunda, sentado en posición de loto al sol. El dolor no pasaba ma, me atravesaba y ya salía por el pecho, creí que tenía un infarto. De pronto cesó y supe que habías partido. Apenas, apenas, apenas, pude quedarme aquí y dejarte ir. No sé, nunca lo sabré de quien fue la culpa, si tuya que no querías dejarme solo o mía que no quería perderte. Miré al cielo, me incorporé como pude, volví al escritorio al mismo tiempo que sonó el teléfono desde el cual una voz metálica me dijo que “la señora cambió de estado, le pedimos que venga”. ¿Cambió de estado?, vaya forma curiosa de decir se murió, jamás entenderé los protocolos médicos. Fui con Ana, que estuvo a mi lado todo el tiempo a hacer los trámites, organizar el velorio y el sepelio, elegir el cajón. Esta vez no fue en casa, no hubiera tolerado verla de nuevo llena de caras extrañas, podía pagar una sala y lo hice. Uno funciona en piloto automático, hace todo y no siente casi nada. Solo alivio ma, tanto que cuando me subí al auto fúnebre que me trajo de vuelta desde Pilar dije para sorpresa de todos “no puedo creer que esta pesadilla terminó”. Había terminado efectivamente, pero solo para dar lugar al comienzo de otra, la del duelo, que continúa, como podes ver.”
La cara de Gabriel era un barrial, los sollozos le subían y bajaban el pecho y se había deslizado por la pared hasta quedar de cuclillas, pero siguió.
“Perdoname por el estado en que está esta casa, nunca pude ocuparme de ella como corresponde, y no puedo desprenderme tampoco, lo intenté miles de veces, es cierto no pedí ni ayuda ni compañía pero tampoco nadie la ofreció y yo estoy aquí a mitad camino del duelo, atado a estas baldosas, a estas paredes, a los recuerdos del dolor.
Intenté mentirme que aquí aún había vida, por eso mantuve las plantas, por unos años venía solo para regarlas a todas, hoy ya las estoy dejando secar. Y dejé las tortugas para obligarme a venir, de no estar ellas, la casa estaría aún peor, porque por meses no habría cruzado esa puerta, donde equivocadamente más de una vez toqué el timbre esperando que me abras. La protegí, pero no la mantuve, te prometo ma y espero esta vez cumplir, que la volveré a poner en condiciones, verla tan en ruinas me hace tanto mal como te haría a ti.”
Tan sorpresivamente como había comenzado y sin tener idea de cuánto tiempo efectivo había insumido, el soliloquio acabó, la angustia también. Gabriel pudo al tiempo incorporarse de su incómoda posición y sin lavarse la cara se dispuso a partir. Le dio una última mirada al cuadro y comprendió la razón de su larga supervivencia en ese sitio, era un testigo fiel, el último, el único a mano que le recordaba que hubo un tiempo en que los tres habían estado juntos y habían sido felices, más allá, antes, de la tremenda mochila de dolor y odio que Gabriel había tenido que cargar por tanto años desde su partida.
Con la cara aún goteando lágrimas apagó la luz y pensó que no tenía memoria alguna de su paso por la fontana de Trevi, salvo la que surgía del cuadro y que por supuesto nunca le habían dicho sus padres si habían arrojado alguna moneda a ella y de haberlo formulado, cuál había sido su deseo. Solo pensó que de haber tenido la oportunidad de arrojar él una moneda en este instante, su único deseo hubiera sido sin duda alguna, en algún lugar y de la forma que fuese, reencontrar a pa y a ma. Quizás así podría, por un nuevo instante, volver a sonreír.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 31 de mayo de 2018

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Published in: on junio 1, 2018 at 1:48 am  Dejar un comentario  

LA RENUNCIA

 

LA RENUNCIA

Pateó un caracol, estaba incómodo y desorientado, algo bastante feo de sentir al mismo tiempo. Hasta el ruido del mar le molestaba y los graznidos de las gaviotas, revoloteando por sobre su cabeza, solo le motivaban a apedrearlas.
Debía renunciar y no quería, ni siquiera se animaba a saber si podría. Empero estaba bien seguro que debía hacerlo. Obsesivo y mental como era, le había dado mil vueltas al asunto, ni una sola de ellas lo alentó a seguir con una situación que se había transformado en una tortura continua, diurna y nocturna.
Se sentó en la arena a mirar el mar. Una tormenta se avecinaba ese triste atardecer sobre el Cabo San Antonio, todo era un desierto afuera, excepto por las molestas gaviotas. En cambio, adentro, era un hervidero de multitudes, su mente disparada saltaba de uno a otro por todos los protagonistas de la historia a que debía renunciar. Si bien pensar no tenía ningún sentido, pues ya lo había pensado todo, previsto todo, diseñado todo, espiado hasta donde la vista primero y la imaginación después le permitieron, los caminos contrarios a la renuncia que se abrían delante de él, lisa y llanamente no podía dejar de hacerlo. Algo en su más profundo ser seguía resistiéndose a la ejecución de la decisión inevitable.
Su perro lo sacó a lengüetazos de su ensimismamiento, quería volver, se daba cuenta que el paseo, desagradable como el clima, había finalizado. A regañadientes se levantó, cruzó la calle, dejó al perro solo en su departamento y volvió a la playa, fría y oscura, como su alma. Se dispuso a esperar la lluvia tras un médano que lo protegiera del viento que comenzaba a arreciar.
Él sabía renunciar, a lo largo de su vida había firmado y ejecutado varias renuncias, y en todas ellas lo había hecho sin volver la vista atrás, sin un dejo de arrepentimiento, con algún escozor de dolor, pero sin dudarlo y aprendiendo con cada una a que toda renuncia implica siempre un alivio, que el camino nuevo aparece en sus primeros metros como apañado por un hechizo que ayuda y que en definitiva siempre, pero siempre, un paso llevaba a otro y cada uno no hacía más que reafirmar la decisión tomada. No era tan difícil renunciar, al fin y al cabo, pues desde el momento en que uno se plantea la posibilidad de hacerlo es porque algo no anda del todo bien en el lugar que se ocupa.
Las gaviotas se habían ocultado a la misma velocidad que los últimos vestigios de luz, el viento silbaba en rachas y el invisible mar rugía fuerte, la amenazadora tormenta venía con sus atributos a descargarse en la playa. Empero, sosteniendo su posición de observador adelantado, él pensaba y los recuerdos, en torbellino, tomaban luz en su memoria.
Aquél último día en su primer empleo y el alivio de decirle en la cara a todos lo que pensaba de ellos, el adiós al pilotaje, un breve matrimonio fallido, su último partido de tenis, la partida entre amenazas de bomba de su función pública, el crucial momento cuando sus hijos, crecimiento mediante, empezaron a tomar sus propias decisiones, el último cliente, el nunca más a su profesión.
Todo estaba ahi, delante en la oscuridad, casi podía ver a los habitantes de cada momento. Quiso pensar que ello era para darle ánimos, para decirle que no era tan grave renunciar, que la vida tiene ciclos, que son todos más que necesarios, en fin, que nada es para siempre, como dice la canción.
Otra parte de él, sin embargo le presentó adioses más complejos, el exilio de su pueblo natal, alguna radicación laboral en el extranjero, el alejamiento de un amigo, la muerte de otros y las durísimas experiencias de las partidas de su abuela, su padre y su madre que implicaron duelos y renuncias forzados y extendidos en el tiempo.
Pero nada de ello se parecía ni siquiera mínimamente a la renuncia a que se enfrentaba ahora, se dio cuenta que su experiencia no le servía en absoluto lo que hizo desaparecer al instante cualquier recuerdo.
El primer rayo sobre el mar le iluminó la cara y segundos después un trueno lo aturdió, la tormenta llegaba, la tenía encima. Como en un trágico eco, su alma vibró en luz y sonido al sentir el desgarro que le provocó reconocer que tantas batallas, tantas vicisitudes, tantas heridas, tantos años no le habían enseñado a renunciar a un sentimiento, irresistible, arrollador, cálido, reconstructor y vivo, más vivo aun que él.
La oportuna lluvia comenzó a bañarlo mientras muy lentamente emprendía el regreso. Ello impidió distinguir en su rostro las gotas de la tormenta costera, de las lágrimas de su tormenta interior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 12 de mayo de 2018

Published in: on mayo 12, 2018 at 8:56 pm  Comments (2)  

NEPTUNE

 

NEPTUNE

Pasaron las siete horas de vuelo,
el avión vetusto e incómodo,
abandonó entre sombras el suelo,
y se empecina en verlo todo.

De los diez ninguno suelta palabra,
ya están volando “en lotería”,
contra un combustible que acaba,
y un mar que inmenso se veía.

Los pilotos raspan las altas olas,
se agrandan ojos en las pantallas,
rezan en secreto las almas solas,
otear vigía que nada halla.

De repente el milagro sucede,
“A las once, balsa” un grito vibra,
que de la estrecha proa procede,
rasga en todos su íntima fibra.

Una aguja en un pajar fuera,
cada balsa juguete de tormenta,
si acaso Dios no interviniera,
ni el sumo coraje los encuentra.

Sobrevolando el tesoro quedan,
hasta que los barcos raudos acuden,
casi planeando a la base llegan,
en la historia el vuelo inscriben.

Setecientas setenta vidas deben,
su tiempo a diez bravos aviadores,
que por el camarada tan bien saben,
jugar carrera, vida y honores.

¡Gloria al Neptune, su último vuelo,
sus tercos, heroicos, exploradores,
su gran hallazgo entre mar y cielo,
que trocó náufragos en vencedores!

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 3 de mayo de 2018

los diez tripulantes del Neptune 2P111

Published in: on mayo 3, 2018 at 2:13 am  Dejar un comentario  

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

TODOS ÉRAMOS HONESTOS

Un encuentro adolescente

Y allí estaba yo, parado en la vereda de la Pizzería San Carlos, esa que queda justito donde muere Río de Janeiro contra la Avenida Rivadavia, en el casi lugar exacto donde el popular Almagro se convierte en el coqueto Caballito. Si uno viene en bajada por aquella calle, tiene que hacer una S para embocar la continuación, del otro lado del “Jordán” divisorio de Buenos Aires que es esa larguísima avenida nombrada en honor del dueño del sillón más importante del país. S, que en los buenos tiempos solía tomar casi a fondo, ya que era el camino obligado de mi vuelta al hogar, para desesperación de los casuales transeúntes.
Estaba esperando a mi amigo Claudio con quien fuésemos mutuos confidentes en la turbulenta época del crecimiento adolescente, tras una larga abstinencia de encuentros que tejen una amistad que ha sabido mantenerse incólume a través de los años hasta el presente, con sus cercanías y lejanías, pero siempre aunada con ese amor único de los cómplices que se tuvieron cuando todo era nuevo y fascinante y casi no había en quien confiar.
El barrio de esas cuadras podría muy bien denominarse Alefa, ya que ése era el nombre de la empresa constructora que hizo la mayoría de los altos edificios que lo jalonan, sustituyendo a los fantásticos “petit hotels” que murieron bajo la topadora en la década de 1960. Corría el año 1968, cuando mi padre empujado por el temor a una rápida muerte, cosa que sucedió apenas dos años después, tomó trascendentes decisiones para mi vida y la de mi madre, en catarata, a saber: puso en venta mi casa natal de Temperley, me hizo preparar el séptimo grado para rendirlo libre junto con el complicadísimo ingreso al Carlos Pellegrini y se puso frenéticamente a buscar vivienda justamente en el barrio Alefa. Pensé seriamente que había enloquecido, que nada justificaba tanto apuro, el tiempo le dio a él la razón y a mi una lección: el animal humano es el único que intuye seriamente cuando su tiempo se agotó. Visitamos varios departamentos de los citados y mi madre se opuso terminantemente a pasar de una bella casa esquinera a un “palomar”, como despectivamente los bautizó. De la negociación resultante mi padre adquirió en el vecino Almagro y con un abultado crédito, el PH que aún hoy poseo y que albergó a mi madre los 38 años que le sobreviviera.
No contento con haberme mudado e instalado en el colegio universitario con un año menos de edad, decidió mi padre que a fin de no perder la excelente educación bilingüe que había recibido en el William Shakespeare temperliano, me anotase en ICANA, el instituto norteamericano que todavía subsiste en la calle Maipú del centro porteño.
Nunca fui fácil de adaptarme a nada y menos de aceptar pacíficamente tantas imposiciones. Mis comienzos en el Pelle fueron caóticos con varias escenas de pugilato que cesaron cuando el jefe de celadores, un púgil de verdad, me frenó a los golpes y casi termina a las piñas con mi propio padre al día siguiente. Tardé años en hacer amigos en el colegio, no así en ICANA donde, dada mi formación, el estudio era un juego de niños y para mi un sereno remanso. Fue allí que nos conocimos con Claudio y compartimos por años el viaje de regreso a Almagro en el colectivo 26, que por aquellas épocas se parecía mucho a un trolebús al que le habían puesto motor a combustión.
Iniciábamos el viaje junto a Héctor, Irene y Beatriz, viajes que recuerdo como un auténtico momento de risas y compañerismo, el mismo que por diversas razones me resultaba imposible en el secundario. Claudio se bajaba al cruzar la calle Ecuador pues por entonces allí vivía con sus padres, y el último en hacerlo era yo, al borde del barrio Alefa, para salvar caminando las cinco oscuras cuadras hasta mi hogar.
Solitarios, mentales, lectores e intelectuales ambos, empezamos a compartir los sábados a la noche. Pero no había boliches en el programa, ni alcohol, ni mujeres. Nuestro raid nocturno solía comenzar en una pizzería o terminar en otra, pero la pizza de los sábados era sagrada, con gaseosa por supuesto.
Mientras seguía esperando a Claudio, todas estas imágenes bullían en mi mente, la invadían, aparecían en colores, con una claridad meridiana y me hacían creer erróneamente que mi adolescencia había quedado allí, a la vuelta de la esquina, que había sucedido ayer nomás.
La pizzería San Carlos, tenía otra sucursal en Rivadavia y Castro Barros, pero ella no sobrevivió a alguna de las tantas crisis argentinas. En cambio con mil reconversiones la del barrio Alefa sigue en pie, estoica, como símbolo de un tiempo lejano, hundida entre torres pero con un público fiel. No solo fue lugar de encuentro de mi madre con sus amigas, también de nuestra salidas cuando quería alejarla de sus paredes llenas de recuerdos y también tercamente al lugar que aún hoy sigo pidiendo el delivery cuando mis tareas me retienen en el PH de Almagro.
Pero San Carlos era también la pizzería de inicio del tour sabatino con Claudio. A veces el encuentro tenía un tercero de nombre Elías, de idéntico perfil al nuestro que vivía en el edificio de al lado. De a tres o de a dos fueron cientos los sábados que con la panza llena iniciábamos nuestra excursión “al centro”. Nuestro centro, que era el de las librerías de la calle Corrientes. Solíamos ir caminando y mientras caminábamos nos dedicábamos intensamente a debatir ideas políticas y económicas para mejorar el mundo que se nos abría por delante. Y nos tirábamos con los mejores pensadores y ensayistas de uno y otro lado de la cortina de hierro, tratando siempre con respeto de ganar el debate o por lo menos empatarlo. Nos gustaba hacerlo caminando y no fueron pocas las noches que sin darnos cuenta fuimos y volvimos a pie hacia y desde nuestro centro.
En las librerías pasábamos horas en silencio y alejados uno del otro. Como nuestro exiguo presupuesto para libros se agotaba en los escolares, no había forma de adquirir ni siquiera los que estaban en oferta. Pero ello no impedía que, parados en un rincón, en dos o tres sábados diéramos cuenta del que más nos interesaba. Los libreros nos veían pobres, nos conocían y nos lo permitían, alguna vez se armaba un debate adentro de la librería y más de una vez el librero en cuestión, con suma paciencia ante nuestra mezcla de ignorancia y soberbia, participaba insertando una que otra recomendación, aún a sabiendas que nada compraríamos.
Lo vi venir, los años no llegan solos y Claudio, aquejado de un mal cruel desde hace décadas, se mueve con cierta dificultad. Ni él ni yo somos los mismos, aunque en esencia sí, es la carcaza la que ha cambiado. La misma expresión, la misma voz, la misma mirada (¿como serán las mías?), saludándome mientras cruza Rivadavia para llegar a mi abrazo.
-“Ya veo porqué elegiste este lugar, aquí arrancábamos los sábados a la noche, todo me vino a la memoria” le digo
-“Ni siquiera lo pensé” me contesta.
La charla se hizo eterna y pareció la continuidad de las tantas sostenidas en el pasado, también como si la hubiésemos interrumpido ayer. Existe y subsiste un conocimiento único del otro, un área reservada, compartida con nadie, ni siquiera con nuestras familias actuales, que hace que nadie nos conozca tanto como el otro. Buscando un perdón que él consideró innecesario le llevé de regalo los dos libros que publiqué en el intervalo de encuentros y recibí con alegría la noticia de su concurrencia a un taller literario, ya que Claudio siempre soñó con ser escritor, algo que va muy de la mano con su carrera elegida, la Historia, disciplina arraigada en mi propio pasado familiar. Tanta es la sintonía que cuando quise regalarle un tercero, vinculado a un destino racial compartido – a medias en mi caso- obtuve por respuesta que absolutamente todos los libros de dicho escritor los había conseguido, revolviendo cielo y tierra, leído y disfrutado plenamente. Ello abrió nuestro debate literario.
Tras cartón y ante su insistencia, no tuve más que acceder al debate político económico, en el cual como siempre abundaron los disensos, pero brilló el respeto y la profundidad de los argumentos. Etiquetas aparte, ni siquiera merecemos llamarnos adversarios, sino un par de honestos intelectuales que después de todo lo vivido, siguen buscando la mejor solución.
Claudio también fue al Carlos Pellegrini, pero estaba un año adelante mío y los últimos dos los cursó en horario nocturno pues ya había comenzado a trabajar. Compartíamos pocas cosas en el colegio y en nuestros encuentros hablábamos bien poco de él. Esta vez fue la excepción, nos detuvimos en los compañeros, los de destino brillante y los de destino trágico. En ese periplo dimos con una figura pública que supo ser ministro unos cuántos años ha. Envuelto en un tiempo sumamente difícil y cuyo nombre voy a reservar, sufrió un largo período de ostracismo por carecer del favor de la gente, quien despiadadamente lo hizo culpable de la tragedia, que como tantas veces, se desplomó sobre su bolsillo.
-“Dale, contame algo de él, yo lo conocí funcionario pero lo traté poco, no puedo abrir juicio, vos compartiste banco, ¿era buen tipo? ¿ sabía?”
-“Brillante, era brillante y buen tipo como el que más, un fenómeno” contestó
Y me surgió la pregunta difícil, la que medio país hubiese querido hacer, o al menos debido hacer, antes de volcar las diatribas que aún hoy, algún pasquinero memorioso suele repetir.
-“Y decime, ¿honesto, era un tipo honesto?”
-“Intachable, por lo menos entonces, bueno, en esa época mi amigo, todos éramos honestos” fue su respuesta.
Ahi, fue justo ahí, que me di cuenta que éramos sesentones, que no íbamos a caminar hasta Corrientes a revolver libros, que su esposa y la mía nos estaban esperando para cenar y que la adolescencia era un tiempo que había pasado hacía mucho, que quedaba lejos y al que, añorado apenas menos que la niñez, vivía en un lugar, al que nos era absolutamente imposible retornar.
Estuve a punto de contestarle que ya en aquél tiempo había deshonestos que hacían barbaridades en el colegio, que se copiaban en los exámenes, que mentían, que engañaban, que se aprovechaban de los más débiles. Y también mi sangre hervía por decirle que algunos pocos, pagando costos inmensos han logrado vivir hasta ahora en una honestidad posible.
Me abstuve, no tenía sentido alguno dar ese debate, la madurez, el otoño que habitamos tanto él como yo, se puebla de silencios cómplices, de relatividades, de máscaras, de falsedades, de dudas, de mil cosas que en la adolescencia, afortunadamente, ni siquiera uno sabe que existen. La honestidad quedó tan lejos como ella.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 29 de abril de 2018

Published in: on abril 29, 2018 at 9:11 pm  Dejar un comentario  

SI LORCA FUERA MARINO

SI LORCA FUERA MARINO

Alguna vez aprendí que comenzar cualquier cosa pidiendo perdón no tiene sentido, es mucho mejor no comenzarla. En este caso voy a olvidar dicha lección. He conocido escritores de todo tipo, la necesidad de volcar el alma en una hoja parece no encontrar frontera alguna y parece perfectamente compatible con cualquier actividad. Sin embargo, no deja de sorprenderme que un escritor destacado como Ignacio Sánchez Mejías haya sido nada menos que torero. Así fue que el gran Federico García Lorca, uno de mis númenes, haya trabado intensa amistad con alguien dedicado a tan sangriento oficio. Ignacio murió en su ley, corneado por un toro y Federico se encargó de hacer dicho hecho, que seguramente le habrá dolido en el alma, inmortal con su talento. El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías son cuatro elegías (La cogida y la muerte, Sangre derramada, Cuerpo presente y Alma ausente), una más bella y conmovedora que la otra que transportan al lector al intenso drama de un torero caído en la arena y las dolorosas escenas de su despedida. De ellas la primera,  repite 30 veces la hora del trágico suceso: las cinco en punto de la tarde. Hay horas trágicas en la vida de cada quien y seguramente la peor sea la de la muerte, sencillamente porque es la última, el del fin del tiempo propio. Esa letanía intercalada entre los versos restantes, remarcan dicho miedo ancestral y tornan a toda la elegía un lamento inquietantemente fúnebre.

Curiosamente las cinco de la tarde fue la hora en que el Crucero ARA Gral. Belgrano se sumergió en la heladas  y tormentosas aguas del Atlántico Sur, el 2 de mayo de 1982 llevándose consigo la vida de 323 marinos, 300 de cuyos cuerpos nunca fueron encontrados, yacen seguramente en el interior del crucero designado como tumba de guerra.

Me pareció propicio en las cercanías de un nuevo aniversario homenajear a nuestros Héroes de la Armada, componiendo una variación sobre la elegía mencionada. Fue una tragedia, intensa y duradera, de la cual no solo los familiares de los caídos no han podido reponerse, sino que pesa sobre la Argentina toda.

Pido perdón si a alguien ofendo, jamás fue mi intención comparar a un marino con un torero y le pido perdón a mi dios de las letras, el inmortal Federico, por tomar prestados sus versos para hacer este homenaje. No dudo, que él, que amaba profundamente a la Argentina, de haber sido marino y de haber vivido en 1982, me habría mirado con amor e indulgencia.

SI LORCA FUERA MARINO

a los Héroes del ARA Gral. Belgrano

A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un submarino trajo el negro espanto
a las cinco de la tarde.
Tres disparos callados por el costado
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó las balsas
a las cinco de la tarde.
Y el mar helado se encrespaba
a las cinco de la tarde.
Ya luchan el fuego y el agua
a las cinco de la tarde.
Y un casco con una proa arrancada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los gritos de ¡Viva la Patria!
a las cinco de la tarde.
Las volutas de veneno y el humo
a las cinco de la tarde.
En las olas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el crucero solo quilla arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el frío de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando el mar se cubrió de petróleo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd de acero es el buque
a las cinco de la tarde.
Hombres héroes porta su seno
a las cinco de la tarde.
El crucero ya se hundía por su frente
a las cinco de la tarde.
El océano se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la despedida
a las cinco de la tarde.
Cerrose el agua bajo el cielo oscuro
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el dolor rompía los lagrimales
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.

¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

Variación sobre el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías  de Federico García Lorca

por Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de abril de 2018

Published in: on abril 21, 2018 at 10:27 pm  Comments (1)  

TRAPECIO

 

TRAPECIO

Una cuestión de confianza

Con una profunda reverencia Gabriel agradeció los aplausos del público, al que no veía por los reflectores que tenía encima y cuyo haz de luz reflejaban en multitud de colores las lentejuelas de su chaqueta. Liberó sus brazos del brillante atuendo y con suma agilidad se dirigió a la escalera vertical que llevaba a las alturas donde los valientes se atreven, casi tocando el techo de la carpa del circo para el que trabajaba desde hacía cinco años. Los reflectores lo siguieron e iluminaron su carrera a grandes zancadas, revelando sus magníficamente torneados músculos de miembros superiores e inferiores, así como su trabajada espalda.
Trepó de un salto y ascendió veloz al compás de los redoblantes que llenaron a la multitud de un tenso temor expectante. Todos los ojos de los asistentes ascendieron con él, dudando entre la admiración y la compasión. Algunos eligieron no mirar, otros se taparon la boca preventivamente por si algún involuntario grito los sorprendía. Sin excepción pensaron que los trapecistas no eran humanos, debían ser una raza extraterrestre, o bien dotada de poderes especiales o por el contrario carente por completo de ese fantasma acosador de la vida humana: el temor a la muerte.
Gabriel no tenía miedo alguno, confiaba tanto en sus fuerzas, como en su entrenamiento. No era un número nuevo, lo había llevado a cabo en muchas ocasiones durante la gira por el interior del país que culminaba esa noche con la primera de las funciones en pleno Puerto Madero, el barrio “cool” de la capital argentina. Por si ello no bastaba, durante el día lo había realizado unas cuantas veces sin caer en la red colocada allá abajo, a la altura justo para que la caída la hundiera sin tocar el piso.
Confiaba Gabriel también en su compañero, el que estaba en la escalera de enfrente aguardándolo y balanceando el trapecio vacío. De los cinco años de trabajo, llevaba tres compartidos con Javier, le conocía vida, obra, amantes y lo más importante, miedos y valores. El sabía que su vida estaba en sus manos y uno no pone la vida en manos de cualquiera, por más trapecista que sea.
Mientras terminaba el ascenso, una inquietud lo invadió, aún recordaba el diálogo:
-Es Buenos Aires Gabriel, Puerto Madero para mejor, vas a salir en todos los noticieros, en todos los diarios, miles subirán el video a las redes sociales ¿te animás a saltar a la fama en serio?
-¿Qué esperás de mi Gaspar?
-Que te animes a hacer el número sin red, la gente viene por morbo, quiere que haya riesgo, vos sabés que hay muchos trapecistas que trabajan sin red.
-Siempre te dije que están locos, esto es un trabajo, no un suicidio.
-Pensalo.
Y Gabriel había aceptado, una paga excepcional, un poco de vanidad, un deseo secreto de ser convocado por un circo más importante, había sido un mezcla poco resistible. Allí estaba él, dispuesto a hacer un número que conocía bien pero……sin red. Fallar era equivalente a morir.
En el pequeño cuadrado que lo sostenía, respiró hondo, con el trapecio en sus manos. Eligió no mirar hacia abajo y ahuyentar toda inquietud. Flexionó las rodillas, miró fijo a su compañero en el otro pequeño cuadrado, quien también sostenía el trapecio que lanzado vacío, debía ser el que al final de la pirueta aérea cayera en sus manos, para llegar sano y salvo al otro lado del abismo.
Dicho trapecio no estaría todo el tiempo en su campo visual. Mientras él daba vueltas en el aire, impulsado por su trapecio el pequeño tramo de madera que debería atrapar estaría recorriendo su propio vaivén justo a sus espaldas. Era el punto ciego, el de máxima tensión del número y de la concurrencia ¿Habría coincidencia en el aire, entre sus manos de brazos extendidos al comenzar la caída y el paso del trapecio lanzado vacío por Javier? De no haberla era el final.
Gabriel hizo a Javier la seña convenida y esperó su respuesta, la coordinación de movimientos debía ser nada menos que perfecta.
Tomó impulso y se lanzó al vacío, al tiempo que Javier lanzaba el otro trapecio al abismo. Al final de su vaivén Gabriel se soltó y giró en el aire, una vez, dos veces, tres veces y estiró los brazos hacia la oscuridad vacía y herida apenas por el haz de los reflectores que lo seguían empecinadamente.
Fue un segundo trágico, Gabriel con los ojos bien abiertos y recuperada la posición horizontal, a punto de iniciar la caída, vio como su manos no llegaban al otro trapecio. Habría girado demasiado lento o Javier se habría excedido en el impulso, pero la coordinación fracasó. Y Gabriel vio con terror como, en la forma de un pequeño palo blanco, su vida huía de sus manos.
Sudando y sofocado, a punto de gritar, Gabriel se despertó envuelto en la oscuridad de un lugar que le pareció extraño. Con mucha dificultad por su sobrepeso y rodillas mal acomodadas se levantó del solitario lecho y dio de bruces contra una pared. Allí debería haber estado la puerta del baño, claro, de haber estado durmiendo en el dormitorio que ocupara con su esposa por los últimos treinta años, los que había durado el matrimonio que había concluido la tarde anterior.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de abril de 2018

Published in: on abril 13, 2018 at 11:10 pm  Dejar un comentario  

EL NIVEL DE PREJUICIO

EL NIVEL DE PREJUICIO

Onceavo mandamiento

El atildado contador devenido hace unos años en entusiasta palabrero, salió de su casa de Villa Devoto, boleta y plata en mano, refunfuñando. Los saqueadores del gas le habían jugado otra mala pasada. Habiendo pagado anticipadamente una factura hacía unos pocos días, esperaba que la factura llegase con saldo cero. Iluso de él, por alguna misteriosa razón debía ingresar 4,91 pesos más. Enemigo acérrimo de la modernidad, nuestro héroe en ciertas cosas se había adaptado no sin protestar un poco. Entre ellas, estaba la de abonar todo lo que podía en el kiosko de la vuelta sobre la Av. Beiró. Los bancos daban tantas vueltas para cualquier trámite que eludía pisarlos a toda costa y pese a que le resultaba extraño confiar en el venezolano que le vendía las cervezas para cancelar sus deudas por los servicios otrora públicos, hoy en manos de asaltantes, cuando el monto no superaba los mil pesos se permitía dicha licencia.
Caminó las dos cuadras que lo separaban del maxi 7×24, pagos hasta las 18 y Sube no hay sistema, reflexionando amargo sobre las incongruencias de nuestra sociedad. Pensó que si los bancos no cobran, los kioskos cobran más de lo que venden, las estaciones de servicio son restós, las escuelas adoctrinan y no enseñan, es probable que terminemos llegando a rezar a los hoteles alojamiento.
El kiosko atiende todas las horas del día y de la noche por una minúscula ventanita y el venezolano o la colombiana que lo reemplaza, esperan a la clientela atrincherados detrás de una inmensa góndola de golosinas que nadie adquiere, simplemente porque solo tiene un dificultoso acceso visual a las mismas. Y supone el contador que con un dedo o un zapato listo para apretar algún botón de alarma.
Si no hay gente la operación es sencilla, uno entrega dinero y boletas por el huequito, el cobrador se va detrás de la trinchera y vuelve con boleta, ticket y vuelto. Si hay gente la cosa se complica porque uno tiene que hacer la fila en plena vereda con una boleta en la mano, la cual indica a todo oportunista que en el bolsillo tiene el efectivo para cancelarla. Regalado es poco y todos en la fila se la pasan mirando sobre el hombro a ver en qué momento le pegan el manotazo.
Nuestro contador, tranquilo porque pagaba solo 5 pesos, llevaba el billete en la mano y a la vista de todos, ya que hoy no sirve ni para propina, pues es muy probable que el destinatario se lo tire a uno en plena cara. Había tres personas esperando y decidió quedarse. Empero algo le olió feo.
En efecto lo primero que sintió fue el olor que despedía el muchacho que estaba justo delante de él. Unos casi cuarenta años, morochito, camiseta de futbol sucia, pantalones de futbol de otro talle sucio y pobres zapatillas.
De nada le sirvieron al contador sus prácticas espirituales, sus retiros monásticos, sus lecturas virtuosas, su conocimiento del karma y de varias sagradas escrituras. Comenzó con un instinto digno de un comisario a radiografiar al morocho. A continuación se informa el discurrir de su pensamiento.

“ Qué pinta de rocho…..pero tiene una boleta en la mano…..¿quien asalta con una boleta en la mano?…..puede ser una coartada……..Tipos así no vi nunca pagando por acá…….claro con todas las obras de miér…… que hay en el barrio esto se llenó de laburantes del andamio…….pero este de laburante tiene poco……¡vaya baranda!…. y la ropa manchada de rojo…..¿será sangre?…..no, debe ser vino….a ver, está tomando algo…..¿qué es? ……una energizante…….falopero también…..Uh, está tatuado…..¿será un mara?……no, es de un club de futbol…..pero no lo conozco…..qué raro.”

La demora se alargaba. El hombre que estaba siendo escrutado intensamente dio por terminada su lata de bebida energizante y la puso en el piso

“Desprolijo, ¿para qué buscar un tacho, no?”

Para peor se le ocurrió escupir en la vereda
“Pero que asco, éste no encaja aquí, siento que hay lío pronto…….a ver, ¿Dónde diablos habrá un policía?…. por lo menos le aviso para que esté atento…….nadie, como siempre, aquí te pueden dejar desnudo en la avenida que te salva magoya……….”

El venezolano comienza a atender a la señora que estaba justo delante del observado, que a esta altura ya tenía en la nuca los ojos paranoicos de nuestro contador, esperando el más mínimo movimiento sospechoso para ensayar algún tipo de inmovilización…….si por fortuna lograba acordarse el cómo.

La situación empeora. La señora, carente de todo temor preventivo decide abonar una factura cuyo monto era cercano a los 10000 pesos y comienza a sacar fajos de billetes de 500 pesos y otros pilones de billetes de 100. Nuestro héroe entra en pánico, piensa de todo de la señora y tensa sus músculatura para actuar, porque lo cree necesario en breve. El venezolano, con su pachorra caribeña y atendiendo a normas no escritas pero éticas, se dedica a contar los billetes, tras el vidrio pero a la vista de todos. El Rambo contable exaspera.

En su mundo, el falso jugador de futbol ni presta atención a los billetes y espera mansa y quedamente la conclusión de la operación. Justo cuando están por terminar de atender a la señora en cuestión suena un celular.

“Aja, encima con celu, seguro que es afanado”

A continuación se trascribe lo que el contable presto a inmovilizar al falso jugador pudo escuchar de la conversación telefónica, a la que, como resulta obvio, otorgó toda la atención del mundo. Tiene algunas lagunas y defectos porque le era imposible escuchar al interlocutor y nuestro jugador hablaba un español extraño con un fuerte acento paraguayo.

“ Hola hijo, como andás, me enteré de tu casamiento, tengo que decirte que papá no va a ir……..porque va tu madre……….y a donde ella va yo no puedo ir. Con todo lo que me hizo, con todo lo que les hizo a ustedes, con todo lo que les sigue haciendo, si voy va a ser para problema. Pero cualquier cosa que necesites contá conmigo, para llevar cosas, para ayudarte a preparar todo, vos sabes que siempre voy a estar, pero no me pidas que vaya. “

Los músculos de nuestro contable se aflojaron y pudo ver como sin dejar de hablar, el jugador sacaba 500 pesos y pagaba la factura que tenía en la mano. Pero otra sensación empezaba a nacer, exactamente en su estómago, empezó a sentir una especie de vergüenza.

“Me alegró muchísimo la noticia, no solo por vos, que ahora vas a estar acompañado y más lejos de todos los problemas, sino también por tu hijo pequeño que va a vivir sin tanta pelea cerca. Eso sí, no te olvides, una vez que estés instalado, tenés que buscar la bendición de la iglesia, en estas cosas es mejor meter a Dios en medio”

Disipado el miedo, pero atragantado de angustia, nuestro héroe tuvo un momento de lucidez y en silencio, aún seriamente avergonzado de sí mismo, se puso a bendecir tanto al jugador, como a su hijo, a su nieto, a su nuera y hasta a la madre para que encuentre paz.

El jugador resultó ser un obrero de la construcción de al lado del kiosko, como nuestro contador corroboró con el rabillo del ojo mientras pagaba sus 5 pesos, 4,91 para ser exactos, que lo habían llevado, en esa atareada mañana, a aprender semejante lección. El olor y la suciedad eran dignísimos porque provenían de un trabajo honesto, la bebida energizante era un paliativo al desgaste de la exigencia laboral y el creído ladrón era un hombre de familia desgarrado por una situación tan dolorosa como no poder hacerse presente en el casamiento de su hijo.
De no haber sentido tanta, pero tanta vergüenza de sus pensamientos y prejuicios, era probable que nuestro contador hasta se hubiera animado a pronunciar una pregunta que le orilló los labios: “Perdoname, oí involuntariamente tu situación, ¿en qué podría ayudarte?”.

Mientras caminaba de regreso a su casa, con la boleta paga, pensó que es imposible intentar forjar una sociedad integrada y en paz, con el nivel de prejuicio que portamos, todos, aún los más avezados y practicantes en cuestiones humanitarias y espirituales. Recordó por último una vieja enseñanza que el miedo, solo el miedo, le había hecho olvidar, en el momento que más necesitó tener presente, y que por su importancia debería ser erigida a la categoría de onceavo mandamiento.

“Nunca juzguéis a nadie, porque no tienes modo de saber el peso de la carga que soporta”

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 27 de febrero de 2018

Published in: on febrero 28, 2018 at 12:31 am  Comments (1)  

LA SOGA LARGA

 

LA SOGA LARGA

Una metáfora perruna

Pirata es un perro muy simpático, tiene ojos claros, uno con pelo blanco y el otro con pelo negro, de ahí su nombre que la gente del pueblo costero le puso un día. Es, como dice la canción “callejero por derecho propio” y “amante de su libertad”. Pirata hace su vida, como no tiene casa propia, va de puerta en puerta. Donde lo tratan bien se queda un tiempo, donde lo tratan mal, simplemente se va. En el pueblo le atribuyen algunas novias y hasta algunos cachorros pero él no reconoce ni a las unas, ni a los otros, cualquier atadura le parece peor que la tumba.
Durante algunos años en los que aprendió con creces la ley de la calle, es decir, dónde pedir comida, cómo poner la mejor cara para que te la den, cómo escabullirse de los perros grandotes, a qué hembra en celo perseguir y a cual no, cómo cruzar la calle, cómo no correr a las motos, dónde dormir, dónde guarecerse de la lluvia, los rayos y las ventiscas, Pirata disfrutó enormemente su vida callejera.
Empero, un día en que venía padeciendo hambre – era abril y la temporada había sido muy mala- enfermó severamente y por vez primera en su existencia sintió la necesidad de tener un amo, alguien que se ocupara de él. Como conocía a cada habitante del pueblo, no le resultó difícil armar el acting que llevase a una casi instantánea adopción. Se dirigió a la puerta de Claudia, una agraciada jovencita, muy pretendida por los galanes del lugar, se tiró al piso y comenzó a gemir, bajo una lluvia torrencial, muy lastimeramente. No pasaron ni diez minutos hasta que Claudia se apiadó de él, lo hizo pasar, le dio de comer y lo arropó en un cómodo colchón para la noche. Al día siguiente Pirata fue al veterinario. No le gustó demasiado porque lo pincharon por todos lados ya que nunca había recibido una vacuna. Como le indicaron un tratamiento, consiguió alojamiento en la casa de Claudia por un mes.
Durante esos treinta días Pirata desarrolló todas sus malas artes para conseguir: a. que el hermano menor de Claudia insistiese en quedárselo b. informar a la madre de Claudia que era el perro más obediente, limpio y ordenado de la tierra y c. hacer ver al padre de Claudia que realmente necesitaba una buena y silente compañía cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Conclusión, Pirata fue adoptado, Claudia y los suyos estaban felices pero en el interior de nuestro héroe una duda empezó a carcomerlo: “¿Me adaptaré a esta vida doméstica?”
La cosa empezó mal y siguió peor. Claudia era muy buena pero celosa y miedosa, de modo que compró un collar grande y seguro y una correa bien cortita, para tenerlo a Pirata siempre cerca de ella. No lo dejó tener ningún amigo de la calle por miedo a que se contagiara alguna de todas las plagas que suelen asolar a los sin dueño y cuando alguien visitaba su casa con animales, solía encerrarlo para que no molestarla. Para Pirata esa vida no le resultaba tolerable de ninguna manera. Entonces, una madrugada mientras todos dormían y sabiendo bien las ventajas y peligros de la calle, aún siendo pleno invierno, decidió fugarse e instalarse en una zona del pueblo donde sabía muy bien que Claudia no se animaría a ir a buscarlo.
Cuatro años más anduvo Pirata callejeando. Como cada tanto volvía al centro andaba siempre alerta que Claudia pudiese encontrarlo, ni bien la veía solía huir como rata por tirante. Ello fue así hasta que una tarde la vio paseando con una correa bien cortita a un hermoso afgano de pura raza. Pirata se sintió a salvo, de ninguna manera iba Claudia a cambiar una beldad bien adaptada por un pulguiento rebelde sin pedigree.
En el barrio nuevo que frecuentaba solía ir a cenar a la puerta de Beatriz, otra joven muy distinta a Claudia, mucho más sencilla y austera, pero de quien todos hablaban más que bien, solía hacer siempre lo correcto y ocuparse tanto de sus seres queridos como de los más necesitados que solían recurrir a ella. Otra vez Pirata enfermó y no tuvo a quien recurrir más que a ella, quien sin dudarlo le abrió de par en par las puertas de su hogar. Tras un par de meses de convalecencia durante el cual Pirata tuvo un comportamiento ejemplar, la cruel duda lo volvió a carcomer. “¿Hago el acting para que me adopte o me tomo las de Villadiego?” Le bastó cruzar una mirada suplicante con Beatriz, para que el buen corazón que habitaba en ella lo invitase a formar parte de su familia. Beatriz le puso un collar chiquito y liviano, lo suficiente para sostener una chapita con su nombre y un número telefónico al que ató una soga finita y muy pero muy larga. Pirata se sorprendió pero no dejó de festejar que esta vez no le tocaba una dueña ni celosa, ni posesiva como la anterior. Pensó que ello le haría la adaptación a la vida doméstica mucho más sencilla. Y lo fue.
Pirata hacía lo que quería, día y noche. Cuando se le antojaba se quedaba en la casa, cuando quería ver a sus amigos de la calle lo hacía, comía lo que quería, intimaba con las visitas.
Beatriz le perdonaba todo, nunca una queja, nunca un reproche, nunca un reto, lo miraba a los ojos y le sonreía como diciendo “te comprendo, para mí está todo bien mientras seas feliz”.
Pero por lo general los independientes y libertinos, también suelen ser inconformistas, siempre hay algo que les falta y el que empezó a quejarse fue Pirata.
¿Por qué Beatriz ni nadie en la casa jugaba con él?
¿Por qué no le hablaban aunque no entendiera?
¿Por qué no lo sacaban a pasear nunca, ni siquiera una vuelta a manzana?
Tras meses de cavilaciones interiores Pirata llegó a una tristísima conclusión, a la cual debería haber dado el beneficio de la duda pero Pirata le otorgó fatalmente el carácter de certeza.
“No me quieren”
Es que Pirata se la pasaba comparando. Era verdad que cada vez que llegaba a su casa de sus correrías tanto diurnas como nocturnas tenía todo listo, cucha limpia y comida pronta, pero hasta la ausencia de reproches lo reafirmaba en su convicción que el cariño de Beatriz era tan pequeño que bien podía ser tildado de indiferencia. Y él, tras tantos años solitarios y en peligro, necesitaba ternura………en sobredosis. Salió a buscarla.
Como la soga era larga, le permitía llegar a la puerta de vecinos bien lejanos. Con la excepción de Claudia, donde ni loco volvería, comenzó a hacerse el artista en la puerta de Pedro, Alicia, Juan, Norma, etc. etc. etc.. Todos le prodigaban mimos a raudales, jugaban, le hablaban, lo paseaban, lo invitaban a compartir juegos con los niños de la casa, hasta lo bañaban y dejaban jugar con sus atildadas mascotas, ya que el aspecto de Pirata así lo ameritaba. Durante sus estancias en casas vecinas nunca Beatriz salió a buscarlo ni preguntó por él, ya que estaba convencida que regresaría. Si no lo hacía esa misma noche, lo haría al día siguiente. A Pirata ello no le cayó nada bien. “No le importo, me pueden haber atropellado y ni mis restos saldrá a buscar”.
Convencido como estaba que Beatriz no lo quería, intentó ser adoptado por algunas de las casas que visitaba con frecuencia. Pero ninguno se animó a hacerlo porque era evidente que dueño ya tenía, como atestiguaba la presencia de la soga y la chapita colgando del collar.
Pirata comenzó a deprimirse, donde estaba no obtenía la ternura que necesitaba, su cuerpo era correctamente alimentado pero su alma desfallecía. Y donde recibía el alimento de su alma ya tenían otros perros y por ser incorrecto nunca procederían a adoptar un perro con amo. La tristeza lo invadió y una noche, tras pasar unos cuantos días tirado en casa de Beatriz sin probar bocado y sin dormir, decidió cambiar de pueblo.
Salió furtivamente de la casa, se dirigió a la playa y se puso a correr paralelo al mar. Por primera vez en su vida Pirata tuvo miedo, miedo de sí mismo. Sintió una rara voz en su interior que le decía “Corré para adentro del mar, allí está la verdadera libertad que buscas”. Pirata lloró amargamente.
El más cercano pueblo costero estaba a diez kilómetros así que aceleró el trote. Habría hecho unos cinco kilómetros cuando su prodigiosa mente le hizo ver que estaba viviendo una imposibilidad.
“Epa, la soga era larga, pero no tanto ¿Cómo puede ser que aún la tenga en el cuello y floja? ¿se habrá cortado contra algo? ¿alguien se habrá enredado en ella y la cortó?”
Pirata se detuvo en la orilla lleno de preguntas. Cuando volteó el hocico hacia la dirección desde donde había venido, alumbrada por un rayo de luna y resoplando, vio surgir de entre las sombras, soga en mano, la figura de Beatriz.
Llegó hasta él, lo abrazó y le dijo:
“Supe de cada uno de tus pasos, de tus luchas, de tus errores y de tus quebrantos. Todos los comprendí y todos los perdoné. El único que no estaba dispuesta a tolerar era que me abandones, vamos a casa”.
Con paso cansino Pirata volvió caminando a su lado, pensando que aunque no lo quieran como él necesita, es mejor que exista alguien en el mundo que lo quiera, de la mejor forma que pueda. Y ese era, sin dudas, el bendito lugar, que la siempre difícil vida le estaba ofreciendo para envejecer y morir.
Atrás, sobre la oscura arena, quedaron el diminuto collar, la chapita y la soga larga. Ni Pirata ni Beatriz los creyeron ahora necesarios.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de febrero de 2018

Published in: on febrero 13, 2018 at 5:54 pm  Dejar un comentario  

REVELACIÓN

REVELACIÓN

Entre llantos desgarradores unos hombres de traje negro cerraron el ataúd. José lloraba fuertemente tomado de las faldas de su madre, mientras miraba desconsolado como cargaban los restos mortales de su abuelo Gabriel, quien en realidad había hecho durante sus trece años de vida, de abuelo y padre para el niño.
Cristian, su padre biológico no había llegado a conocerlo y poco o nada le habían hecho saber de él. No había fotos en la casa, ni libros, ni diplomas de los cuales tener un leve atisbo de su paso por la familia. “Ya te vas a enterar a su debido tiempo” era la respuesta que siempre le espetaban a boca de jarro su madre y su abuelo, abortando así toda posibilidad de repregunta.
Siguieron días sumamente infelices. Dora, su madre vestida de riguroso luto todo el santo día, brindó a José la atención minima e imprescindible. El joven, a su vez sufriendo una permanente jaqueca, faltó por una semana a la escuela, durante la cual, cuando no irrumpía en sollozos, contagiados por los que profería Dora, hacía la tarea que su amigo Sergio, le traía todos los días del colegio secundario al que ambos asistían, el Moseñor Pironio.
La vida, como siempre lo hace, continuó. Esther, una buena amiga de Dora desde sus años mozos, se vino a vivir a la casona para ayudarla a retomar el camino. Y José, triste, pero repuesto físicamente, retomó sus actividades. Secundario a la mañana y tardes variadas. Natación lunes y viernes, curso de confirmación en la parroquia del barrio los martes y jueves, clases de guitarra los miércoles.
Los fines de semana se repartían entre la odiosa tarea de la profesora de contabilidad, las páginas de ejercicios de caligrafía, el estudio del Nuevo Testamento y la invariable visita a la Chacarita, al nicho del abuelo Gabriel. Sergio venía seguido a invitarlo a ir a la cancha a ver a Atlanta pero José estaba demasiado triste para soportar una multitud en torno suyo.
Habrán pasado un par de meses, cuando a favor de la primer salida de Dora del brazo de Esther, José se quedó solo en la vieja casona practicando sus escalas de guitarra.
Al atardecer, envuelto en sombras, una angustia sobrecogedora se apoderó de su soledad y José se resignó a llorar un rato más. Extrañaba demasiado a su abuelo y para sentir su compañía de algún modo, tomó coraje y se fue al que había sido, desde que tuviera uso de razón, su inviolable cuarto.
Apurada por salir, su madre no le había echado llave a la cerradura, circunstancia que permitió a José entrar y recostarse en la cama vacía, cerrar sus ojos e imaginar que en cualquier momento sentiría el cálido abrazo de Gabriel.
Estuvo así un buen rato y sintiendo pocas fuerzas para levantarse, encendió el velador de la antigua mesa de luz y posó sus ojos en el techo, ahora iluminado. Una rara sombra dibujada en el blanco cielorraso capturó su atención. El objeto que la proyectaba estaba ubicado arriba del viejo ropero de dos puertas.
Era una pequeña valija, antiquísima, que mostraba, sin pudor alguno, las marcas del paso del tiempo y denunciaba a la vez un intenso trajín viajero hasta su destino final en ese sitio.
Invadido por la curiosidad, José trepó a una silla, bajó la valija del ropero y se dispuso a revisar su contenido sentado en la cama, a la mortecina luz del velador.
En su interior había una especie de pijama, de fondo blanco, amarillo de tiempo, con rayas verticales de un negro descolorido. A la altura del pecho un número, casi borrado de seis dígitos, que le recordó otro que había visto tatuado en el antebrazo izquierdo de su abuelo, sin poder identificar si se trataba de los mismos guarismos.
Con sumo cuidado, retiró al pijama de la valija y vio al desdoblarlo que bien podría haber pertenecido a Gabriel, ya que la talla correspondía a su contextura física. Revisó los bolsillos y en uno de ellos dio con un ajado carnet, del cual sobresalía una foto de un joven con sus casi idénticas facciones. Arriba de la foto un extraño sello que todavía podía leerse, decía Partido Revolucionario. Abajo de la foto, otro número, más corto que el del pijama y el nombre del portador del rostro: David Jerusalinsky.
“¡Vaya coincidencia!” se dijo José “su apellido comienza como el mío, yo soy José Jerusa”
En ese preciso instante se escucharon ruidos en el zaguán. Dora y Esther habían regresado de su salida. No queriendo sumar una reprimenda a un domingo para el olvido, José restituyó pijama, carnet y valija a su sitio original, apagó el velador y salió presuroso del cuarto de su abuelo.
No podía de ninguna manera imaginar es ese momento que conocer la verdad completa de la historia que esa tarde había comenzado a revelarse, le llevaría nada menos que los próximos cuarenta años.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on enero 21, 2018 at 5:10 pm  Dejar un comentario  

SUEÑO CUMPLIDO

 

SUEÑO CUMPLIDO

Justo acompañó a la joven reportera hasta la puerta cancel que separaba hasta el jardín delantero bastante maltratado por el abandono y la abrió caballerosamente, frnaqueándole la salida.
–”Gracias por la nota” dijo ella con su mejor sonrisa, cruzando la juvenil mirada por un breve instante con la cansina e inexpresiva mirada de Justo, “sale mañana a las 12 por canal 26” añadió.
–“No estoy seguro de verme, con el espejo me alcanza, gracias a usted por llegarse hasta aquí, salgo bien poco, no me llevo bien con la presurosa y desordenada multitud” respondió Justo, al tiempo que cerraba la puerta tras la bella cronista del canal cultura, para encaminar sin demora sus pasos hacia la puerta del antiguo edificio donde, desde hacía varios años, transcurría la mayor parte de su vida.
“Ya está, cumplí” se dicjo acomodándose la bata de seda y transponiendo el umbral de la puerta alta, gruesa y artesanal que había dejado abierta un momento antes.
Vieja y molesta como él, su perra Antonia se limitó a abrir un ojo desde el sofá donde dormía, tan solo para cerciorarse que su único compañero había vuelto a entrar. Dueña de todos los rincones, no tenía la menor intención de retomar su vida de callejera buscona, de la cual Justo la rescatase seis años atrás.
Cuando quedó otra vez solo en la vieja casona, tomó asiento ante su escritorio, se sirvió un vaso de whisky puro y se dedicó a revisar la correspondencia. La vocación de aislamiento lo había llevado a prescindir por completo de las nuevas tecnologías en boga, solo para hacerlo más complicado el acceso a los interesados en contactarlo. Sin embargo, diariamente un docena de cartas desde distintos lugares del mundo se las ingeniaban para molestarlo.
“Veamos quien osa hoy perturbar mi paz” pensó mientras comenzaba a abrirlas y leerlas sin entusiasmo alguno.
“mmmm……. cocktail el viernes en la embajada italiana, saludos del director de la Biblioteca Nacional, invitación al Congreso de la Lengua en Madrid, propuesta para coordinar el foro de novelistas de Harvard………., No se para qué insisten si saben que no salgo de aquí” se dijo mientras prolijamente, una a una, todas las cartas daban de cabeza en la basura.
Mientras el whisky giraba en su boca y lentamente quemaba su garganta a la par que su hastío, se sintió en la cima. Su intensa labor de años había sido coronada por el éxito, si así puede decirse de una suculenta cuenta bancaria y reconocimiento indiscutido a sus dotes de novelista tanto nacional como internacional.
Pero para Justo otro tipo de éxito conseguido, era más importante aún. Había batallado por décadas con una terriblemente problemática vida de relación. Caprichoso y egocéntrico, como buen hijo único muy mimado desde siempre, dotado de un talento que fogoneó desde niño su vanidad hasta límites insospechados, no tuvo una convivencia armoniosa con sus padres, quienes por más esfuerzo que pusieron y variantes que intentaron, nunca encontraron un molde adecuado para él. No sabemos si fueron ellos quienes renunciaron o fue Justo quien se cansó, lo único cierto es que a sus 20 años se fue a vivir solo y nunca más los vio.
Mujeres hubo en su vida, todas o casi todas lo admiraron pero ninguna lo amó, por lo menos en la forma en que Justo pretendía, según las malas lenguas, al estilo del sometimiento medieval o musulmán. Con ninguna de ellas sintió la vocación paterna, los hijos suelen ser importantes atrasos en la ruta a la cima y creía Justo, no sin poca razón, que llegaría en el proceso de crecimiento la infausta hora del cuestionamiento a la autoridad paterna, la cual no se imaginaba soportando.
Siempre cultivó la amistad, acompañó y se sintió acompañado por sus diferentes grupos de amigos, los cuales se ocupó puntillosamente de evitar su mezcla. Justo no tenía solo amigos, el poseía amigos para fines específicos: los de la noche, los de la literatura, los de los viajes cortos, los del bar. Amigos de a ratos, y en los ratos que él quería. Si quienes querían verlo eran ellos, siempre tenía Justo un pretexto a mano para frustrar la reunión.
Sus relaciones laborales no fueron mejores. Una larga lista de editores y secretarias guardaban malos recuerdos de los desplantes de Justo.
Allá por su 50 años, hoy contaba con 20 más, Justo había renunciado absoluta y completamente a la relación humana. Y en esa soledad, liberado al fin de las decepciones, la frustración de sus expectativas, los conflictos permanentes, la negociación de espacios y actividades siempre insatisfactoria, se sentía onmipotente.
Podía todo, cuando y como quería, sin rendir a nadie cuenta de sus actos.
Para Justo eso era el éxito: vivir en paz, su sueño cumplido.
Aunque esa paz tuviese el costo de la alegría y el gozo que solo de la profunda comunión con otro ser humano suele brotar.
Justo no podía evaluar correctamente dicho costo, jamás lo había experimentado y ya era tarde, demasiado tarde para ir en su búsqueda.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 20 de septiembre de 2017

 

Published in: on enero 17, 2018 at 9:10 pm  Dejar un comentario  

SÍNDROME

SÍNDROME

Dicen que la religión comienza con la muerte del padre, En mi caso lo que comenzó fue el miedo. Y lo hizo mucho antes de aquel fatídico 24 de marzo de 1970. Mi papá volaba, por trabajo, muchas veces en el año, en un tiempo en que los aviones se caían con suma frecuencia, es decir que cada vez que venían a buscarlo para llevarlo a Ezeiza, tanto mi madre como yo, vivíamos el hecho como una posible muerte. Eso nos salvó después, cuando la muerte fue real. Un día, hartos los dos de andar llorando por los rincones, nos pusimos de acuerdo en considerar la ausencia paterna del hogar, como un viaje mucho más largo, del que algún día volvería. Volvió, claro que volvió, en mis sueños. Con mucha frecuencia soñé su llegada a casa, mi alegría por el reencuentro y viví con desazón mi despertar. Ese pacto nos protegió del dolor insoportable, pero también es cierto que detuvo el duelo. Tuvieron que pasar décadas para que una inolvidable tarde de role playing que formaba parte de mi psicoterapia, pudiera entonces sí, decir adiós.
Acostumbrado a callar sus heridas, a mis trece años pensaba que mi padre gozaba de perfecta salud. ¿Como iba a imaginar sus padecimientos si jugábamos a la paleta hasta agotarnos o nadábamos en el mar incluso con agua bastante fría?. Y se murió en dos tiempos, muy lejos de mis temidos aviones. Una mañana antes de ir a trabajar se descompuso, era el 10 de marzo, hubo dudas, interconsultas, operaciones, mala praxis, cambio de nosocomio, emergencias varias, es decir lo habitual: cuando llega la hora, nada sirve, todo sale siempre mal, muy mal. Pero entre el 10 y el 24 de marzo, mi padre cumplió años. Por sus viajes estaba acostumbrado a celebrarlos fuera de fecha, pero nunca a verlo entubado en una terapia intensiva con mi madre desesperada a su lado. Había nacido en 1909, aquél 16 de marzo cumplía 61 años, la edad que estoy cumpliendo hoy.
Mucho he leído sobre el síndrome del aniversario y sé, por mis amigos, cuánto cuesta superar la edad a la que sus padres partieron. Se mezcla una rara culpa del sobreviviente, una sensación de lealtad rota, muy especialmente en aquellos que han seguido firmemente sus huellas en la vida. Afortunadamente yo hace rato que dije adiós como se debe y que rompí el camino, no tengo tanta lealtad a mi padre y sus mandatos como para morirme por él. Empero un mal recuerdo me acompaña como una sombra, el de las puertas de esa terapia intensiva donde entendí que mi orfandad comenzaba a tomar cuerpo. Unos pocos años después, en el mismo sitio yacía mi amigo Raúl, quien a sus 20 años había decidió quitarse la vida. Pude llegar hasta las puertas con nuestro grupo de amigos, pero a la hora de entrar pudo más el recuerdo de ese cumpleaños, triste como ninguno y no pude pasar a despedirme. No tengo dudas que bendecido como soy por haber llegado bastante entero, cuerdo y coherente hasta aquí, alzaré con alegría mi copa esta noche, pero tampoco las tengo, que en el fondo me aguarda un dejo de tristeza, en especial por los años que la ladrona muerte, me privó de compartir con alguien que sigo extrañando.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de enero de 2018

Published in: on enero 12, 2018 at 1:21 pm  Dejar un comentario  

LA PIPA DEL CAPITÁN

LA PIPA DEL CAPITÁN

Memoria de ser amado

Moría el domingo, uno distinto para Wenceslao. Su esposa desde hacía tantos años que ni se acordaba, había ido a visitar a una prima, anciana como ella, que vivía en Carrasco y volvería recién el lunes por la tarde. Las sombras que invadían su escritorio del departamento en que vivían, herencia de su padre, en los últimos pisos del Palacio Salvo, interrumpieron su lectura de Benito Cereno, esa poco conocida pero hermosa historia marinera de Herman Melville. Cerró el libro y se levantó del sillón con cierto esfuerzo, sus más de 30 años como capitán de ultramar habían dejado huellas en sus rodillas y caderas y los días de humedad su movilidad se veía acotada.
La perspectiva de cenar en soledad no le atraía demasiado y además un cierto nudo en el abdomen había ahuyentado el hambre. Estaba solo, podía fumar. En el fondo del último cajón del ropero, donde Silvana, su esposa jamás llegaría por no poder agacharse ella tampoco demasiado, lo esperaba una caja finamente tallada. Con suma dificultad llegó a ella y al abrirla dio con su pipa y un sobre de tabaco, la misma pipa y la misma marca de tabaco que lo acompañara en la soledad del puente de mando del último carguero que capitaneó por un lustro. Se tomó su tiempo para prepararla con esmero y en la oscuridad un fósforo alumbró su rostro ajado, sus ojos tristes, su barba cana y su cabello desordenado, antes de encender la vieja pipa.
La primera pitada fue placentera, la segunda no tanto, y la tercera lo llenó de angustia. Delante suyo, en lugar de olas de 10 metros y un horizonte esquivo, que el tabaco le solicitaba ver, había una ventana no muy grande que daba a un Montevideo que se iluminaba de a poco. Para no sentirse tan mal recurrió a una sucia caja que hacía mucho tiempo que no se abría, ubicada encima del ropero. De allí extrajo una chaqueta marinera, su uniforme de marino mercante, que rápidamente vistió. Se miró al espejo, fue peor. La imagen no era la del capitán temido y respetado a la vez por la tripulación, enérgico, conocedor de los secretos de los vientos y mareas, siempre dispuesto a dar todo de sí, para ganarle la pulseada al océano y llegar seguro a puerto con hombres y cargas.
A cierta edad el curriculum, no tiene valor alguno, no importaban sus hazañas, sus varias vueltas al mundo, sus innumerables distinciones, diplomas, premios. Hoy lo juzgaban por lo que era hoy, apenas un marino mercante más, jubilado, a quien nadie convocaría para gobernar ni siquiera un barquito fluvial.
Las volutas del humo lo envolvieron en la oscuridad y lo guiaron a buscar un sillón, un par de binoculares celosamente bien conservados desde el tiempo que los usaba para otear el infinito y a sentarse con ellos junto a la alta ventana que se abría, entre otras muchas cosas, sobre el puerto montevideano, el cual rápidamente enfocó.
La visión de los modernos cargueros atracados, esperando al lunes para reiniciar sus tareas febriles de carga y descarga, meciéndose al ritmo de la suave marea que los celosos espigones dejaban pasar, le hizo bien. Hoy no era nadie, pero había sido. Él había gobernado gigantes parecidos, sin un solo accidente, sin perder un solo hombre a lo largo de toda su carrera y con una tecnología mucho más imprecisa, con unas comunicaciones mucho más endebles, con riesgos muchísimo más severos.
Se dio cuenta que no podía sin ser injusto, quejarse de la vida que había llevado. Le habían pagado por conocer casi todo el mundo, en su bagaje cultural había más conocimiento directo de culturas, pueblos, ciudades y costumbres que aquél del que solían alardear vanidosos profesores universitarios de todo tipo. Había disfrutado de las mieles y las cargas del poder mucho más que cualquier gobernante. Cuando el barco deja el puerto es un país en si mismo, donde el capitán es rey, tirano, monarca y dictador, juez supremo y padre protector de toda la tripulación.
Pero Wenceslao tenía algo más que agradecer a su ajetreado recorrido vital. No era un mito, los marinos tenían una novia en cada puerto y él así lo había gozado. Quizás fuera esa cercanía con la muerte que los hacía disfrutar a tope cada noche en puerto, o quizás fuera esa certeza que el reencuentro siempre sería incierto lo que los tornaba más audaces y rápidos a la hora de seducir a una mujer, o la soledad del mar y en su caso la soledad del mando que requería una necesaria sobre compensación en el tiempo en tierra. Sin tener muy en claro el motivo la volutas de la pipa ahora le traían formas de mujeres. Veía en ellos los senos de Laura de Estambul, las caderas de Norma de Hamburgo, los muslos de Adriana de Trieste, las mejillas de Sally de Nueva York. Y venían en tropel recuerdos de burdeles y de hogares, de hoteles alojamiento de casadas en falta, de esquinas oscuras de jovencitas perdidas, de piezas humildes y camas suntuosas, sabiendo que tanto él como ellas eran aves de una noche sola, algo que olvidar mutuamente al amanecer.
Las reincidencias habían sido raras, le alcanzaban los dedos de una mano para contarlas. Eran las mujeres por quienes había sentido algo más que una necesidad, algo que no podría definirse como amor, ya que a él le estaba vedado. Contrariando una idea popular, el viajero casado se prohíbe a si mismo enamorarse de nadie, no puede ni debe arriesgarse al desgarro, al trío imposible, al amor a distancia. Eso no le había impedido encariñarse con aquellas con quienes había reincidido cuando su itinerario siempre cambiante lo devolvía a un puerto en el que había estado no hacía demasiado tiempo y se sorprendía buscándolas, preguntando aquí y allá por ellas hasta lograr arreglar un encuentro que por dificultoso siempre resultaba apasionado. De ellas el humo no le traía recuerdos de partes íntimas sino gestos diversos, casi siempre rostros. De una veía en las volutas la forma única como se arreglaba el cabello, de otra los mohines de su boca cuando deseaba alterarlo, de otra los ojos entrecerrados despidiendo una fiebre pasional.
El capitán estuvo un buen rato entretenido, mirando barcos con sus binoculares y con cada sorbo de la pipa recordando mujeres, intentando asociar formas a nombres y nombres a puertos. Entonces sucedió, con la velocidad del rayo que ilumina el pensar, llegó Teresa. Y las volutas de humo no trajeron a nadie más. Se unificaron y se la mostraron de cuerpo entero, allí estaba ella, junto a él, en esa habitación solitaria y oscura de la altura montevideana.
Wenceslao se conmovió, su viejo corazón dio un brinco y comenzó a latir con una fuerza que no recordaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y su alma de paz. Era ella sin dudas el mejor de sus recuerdos, el que aún lo hacía vibrar. Habían pasado ya dos décadas pero el capitán recordaba con exactitud las circunstancias que lo llevaron a sus brazos. Una severa tormenta en el Caribe lo había sorprendido y buscando refugio había atracado, fuera de itinerario, en una bahía protegida de la venezolana Isla Margarita, Llegó habiéndola pasado muy pero muy mal. No solo el susto de la tormenta había sido grande sino que atacados por el pánico sus tripulantes, incluso los de más confianza se habían amotinado en su contra, exigiendo la búsqueda inmediata de un puerto seguro. Desembarcó el capitán en una profunda crisis que le hizo cavilar sobre la seria posibilidad de su retiro. En ese clima tanto exterior como interior desapacible se había registrado en una humilde hospedería que regenteaba Teresa, una hermosa mujer 30 años menor, casada con dos niños pequeños y un marido viajante de comercio que andaba dicha noche por algún rincón del Orinoco. Solo, triste y desolado el capitán había prolongado los tragos de la sobremesa y Teresa viéndolo en un estado lamentable se decidió a acompañarlo. La tormentosa noche hizo necesitar a los solitarios de cercanías, las desavenencias pidieron escuchas y la charla desnudó afinidades más allá de lo imaginable. Al amanecer ella estaba profundamente enamorada y él sabía que le iba a costar muchísimo abandonar la isla. El temporal devino huracán y el mal tiempo impidió al carguero zarpar por una semana. Esos siete días le parecieron al capitán un tiempo fuera del tiempo, un lugar existente exclusivamente en sueños y Teresa la geografía a la que siempre perteneció sin saberlo.
Sus ruegos fueron inútiles, el capitán, su carguero y su tripulación, tras los perdones del caso, partieron al alba del octavo día. Nada pudo ser igual para Wenceslao de ahí en más.
El humo en la oscuridad formó otras figuras, entre ellas las del dueño de la naviera y sus risotadas cuando el capitán solicitó el pase a una línea costera para tener en el itinerario la Isla Margarita, lo que implicaba no solo una disminución de sueldo sino también de jerarquía. También llegó la cara preocupada de su segundo de a bordo cuando Wenceslao gobernó el barco en viaje a China sin dormir por una semana aferrado al timón día y noche por no atreverse a cerrar los ojos ya que el recuerdo de Teresa lo atormentaba.
Nunca más logró verla y el tiempo, como sabe hacerlo, adormeció el sentimiento. La distancia hizo lo suyo y el capitán volvió a las andadas, marido fiel en Montevideo, visitante de ignotas mujeres a quien ni siquiera el nombre preguntaba, en cada puerto visitado. Pero Teresa siguió ahi, su terco amor lo persiguió de día y de noche en cada rincón del mundo en que se halló. Le llevó a Wenceslao unos cuantos años, unas cuantas tormentas y miles de millas náuticas sentirse agradecido por la experiencia. Teresa lo había amado con el alma y lo había hecho para siempre. El capitán no conocía a nadie que pudiera colgarse esa medalla.
Con la cara bañada en lágrimas que no podía decir con seguridad fuesen de emoción o alegría, dio una última larga pitada a la vieja pipa, obnubiló su visión del puerto con el humo y feliz, definitivamente feliz, se levantó dispuesto a guardar chaqueta, binoculares, pipa y tabaco. Mañana llegaba su esposa y todo debía estar en perfecto orden.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 7 de enero de 2018

Published in: on enero 8, 2018 at 12:07 am  Dejar un comentario  

ESTERTORES DE PRIMAVERA

ESTERTORES DE PRIMAVERA

El poeta sabe que ya no habrá primavera para él, se ha quedado sin brotes, sin flores, sin savia, casi sin nada para dar. Es bien consciente que solo el marmóreo frío del invierno, antesala de la partida, es quien lo aguarda. Empero, contra todo pronóstico, la última primavera ( alguna lo será realmente) le ofrece, colorida y fecunda, sus brillantes estertores antes de irse para siempre. Y el poeta, aún conociendo su imposibilidad, su fantasiosa pretensión, se entrega al éxtasis y lo apura, como la última copa de un viaje malhadado, que quizás por ser la última tenga un gusto un poco mejor. Pagará el precio de su ensueño, la realidad impía lo acorralará una vez más y su materia, cansada del trajín, harta de la angustia, enfermará nueva y severamente. Vendrán días de silencio camino a un verano, aún más ausente que el anterior y a sus puertas nos legará sus versos, que sonarán en el vacío y en la ausencia que todo lo define, como aquél pequeño instante de amor que no volverá, pero cuya luz será eterna, definitivamente eterna.

BRILLO

Quizás tan solo yo percibí,
de su alma el raro fulgor,
que un día de sol decidí,
luciérnaga nombrar a mi amor

Ella aún de mi no sabe,
que velo su sueño y labor,
inocente en ella no cabe,
ser dueña de mi empeño mejor.

Pues ella tampoco conoce,
que mi peor noche alumbró,
su mirada mi mejor goce,
y su sonrisa mil flores sembró.

Fue su luz faro en la niebla,
su ternura senda a seguir,
y ese brillo tenue que tiembla,
mi única razón de existir.

Nadie sospecha que tan solo,
tras mi obra, esfuerzo, dolor,
se oculta la razón de todo,
mi frágil luciérnaga de amor.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 8 de octubre de 2017

ÚLTIMO

Y volverá la noche,
a llenarme de frío,
de duda y reproche,
en el invierno mío.

Y llegará la muerte,
de silencio vestida,
un golpe de hoz fuerte,
me robará la vida.

Y me quedaré solo,
Dios solo sabe donde,
pregunto, gimo, lloro,
mas nadie me responde.

Tanta triste certeza,
de camino finito,
aturde mi cabeza,
se hunde en mi grito.

Sin embargo no puede,
vencer mi alegría,
pues a ello precede,
el transcurrir del día.

A cuya alba asisto,
deseo su mediodía,
ocaso no resisto,
bailo su melodía.
.
Último y distinto,
quizás será el mejor,
pues de color lo pinto,
a la luz de tu amor.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 13 de octubre de 2013

NOCTURNA

Salió el poeta al camino,
con su alforja llena de versos,
sus límpidos ojos peregrinos,
sus lápices y papeles tersos.

Quizás lo aguarde el aplauso,
o la indiferencia callada,
seguirá el poeta su curso,
pues todo le vale casi nada.

Viajará con él la alegría,
de saberse por alguien amado ,
que aguardará noche y día,
a su amor con bien regresado.

Pero el poeta no la extraña,
pues siempre en su alma la lleva,
y ya no miente ni se engaña,
ni contra el amor se subleva.

Disfruta el tenerla cercana,
cuando en la ruta anochece,
y sabe esperar la mañana,
siendo parte de sueño que crece.

Dormirá ella en su memoria,
vestida de temor y certeza,
que su amor inefable noria,
alienta en él cada proeza.

Artífice y tan oculta,
guardará celosa el secreto,
de ser ella musa que exulta,
en poeta su verso concreto.

Deseará él un presto retorno,
olvidará fastos y escena,
por ser de negros ojos adorno,
de corazón amante condena.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 18 de octubre de 2017

QUE

¿Qué se esconde en tu poesía? le preguntaron al poeta.
Pues nada, está todo a la vista, respondió.
Me refiero a cuánto de verdad y cuánto de mentira tiene aquello que dices.

La verdad es siempre parcial y relativa, por lo menos la que sabemos alcanzar los hombres y eso que tu llamas mentira, pues a mi me gusta nombrarla fantasía. En consecuencia no hay absolutos, cada quien leerá lo que pueda leer en mi verso.
Pero hombre, en el fondo lo que todos quieren saber es si has vivido, o si vives, o si sientes, lo que pones en palabras.
Sentir lo he sentido todo, pues al pasar por mi he vibrado con ello. Pero vivir, nunca exactamente, a veces son deseos, pensamientos, fantasías, nuevamente a ella volvemos.
Vaya que sabes ponerme nervioso. Todos quieren saber si hay un alguien a quien le escribes.
No, si publico es que escribo para todos.
Pero Dios santo, ¿Cómo quieres que te lo pregunte? Ah, ya se, dime de una vez quien diablos es tu musa, porque andan por ahí peleándose por ser.
Todas, amigo, todas, puede ser alguna más que otra, alguna por un rasgo, otra por otro, alguna por una palabra, otra por un abrazo, alguna por su belleza, otra por su cultura.
Debo concluir entonces que eres un polígamo, que si por ti fuera tendrías un harén.
Vaya ocurrencia, jamás lo haría, su vida es de ellas y de quienes ellas elijan para compartirla, yo solo les robo su esencia, las atrapo en un verso y las llevo conmigo, por siempre.
¿Y ellas? No piensas en cómo quedan tras tu “robo de esencia”.
Soberanamente mejor sin duda, hasta ahora no he conocido ser humano que no mejore cuando se siente amado, aunque solo fuera por una pluma en un papel.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 25 de octubre de 2017

HABITADO

Atrás quedaba la ruta, sus rayos yacían vencidos, después de haber iluminado con tenacidad durante tres horas el oscuro cielo, en todas direcciones. Había sido una travesía de terror por una ruta desconocida y anegada, soportando un diluvio jamás visto. Ni siquiera las luces altas servían de guia y la nariz contra el parabrisas para atinar por lo menos a ver las curvas, se humedecía deprisa.
Pero había llegado. Ni bien tiró los bolsos al piso de la habitación del pequeño hotel que sería su hogar por esa noche, se arrancó la ropa húmeda, se tumbó en la cama y encendió el televisor. Necesitaba desesperadamente borrar de su cabeza toda la angustia sufrida, antes que ésta decidiese permanecer en él y atormentarlo con preguntas retóricas sobre trágicas posibilidades.
La adrenalina aún tenía efecto y no solo no sentía cansancio alguno, sino que le pareció tener cuarenta años menos, cuando disfrutaba enormemente tomar riesgos innecesarios al volante de autos diversos. Pero ahora tenía otra edad y las locuras no tardaban en pasar factura.
Un entumecimiento de sus miembros le llamó la atención antes de convertirse en dolor pleno, su espalda no resistía la posición de acostado porque toda ella constituía una única contractura y una jaqueca, lenta pero segura, derivada del intenso esfuerzo visual, reclamaba territorio en su cerebro.
De golpe vio nublado y un severo bostezo le recordó que llevaba 18 horas sin pausa, con reuniones diversas, exposiciones públicas, entrevistas y comidas protocolares, conjunto al cual había añadido las tres tétricas horas al volante por una ruta traicionera.
“Me voy a cenar al bar antes que pierda el conocimiento” se dijo mientras se vestía con lo primero que encontró al abrir el bolso. Apagó la televisión, las luces, cruzó su puerta y salió a la lluvia y la noche. De camino al bar, esquivando charcos, se cruzó con una hornacilla que contenía una virgencita. Se persignó en acción de gracias, ella lo había cuidado bien.
Entró al bar del hotel, apenas ocupado, buscó una mesa aislada y se sentó como pudo mientras sus molestias aumentaban. Él sabía como acallarlas, lo primero que pidió fue una botella de un buen tinto y apuró el primer vaso, con el estómago vacío. Sabía que así, no habría dolor que le importase. Se equivocaba. Mientras aguardaba el plato de ravioles que su rugiente estómago, le instó a pedir, cayó en la cuenta que estaba solo, agotado y dolido en un pequeño pueblo a 1000 km de su casa, los que debería salvar en un solo día, a partir de la mañana siguiente. Miró por la ventana y la negrura lluviosa de la noche lo hundió un poco más. Empezó a dudar del sentido del esfuerzo, el giro que una inesperada fama trajese a su casi eremítica vida, se le apareció como un monstruo que comenzaba a manejarle la agenda, a instilarle deseos y vanidades, a devolverlo justamente a aquello de lo que había huido, unos cuantos años atrás. Apuró otro vaso de vino y comenzó a buscar la puerta de salida de su situación, la que debería ser lo suficientemente inteligente para no defraudar a todos los que en número creciente, venían depositando su confianza en él. No la halló, tal como era de suponer en semejante estado de cansancio y dolor. Vio con pena como su desiderata vida oculta y serena tomaba cada día más la forma de una utopía. Se angustió, tanto que cuando llegaron los ravioles había perdido el apetito, aunque seguía dando cuenta del vino.
Fue en ese momento que sucedió. ¡Hacía tanto tiempo que ello no ocurría, sabía muy bien desde cuando! No había vuelto a escuchar a nadie hablándole directamente a su corazón desde la oscura tarde en el cementerio, casi una década atrás, en la que había despedido a su madre. Venía cruzando a los tumbos el desierto de la orfandad adulta, buscando casi con desesperación a quien ocupase ese lugar de puerto seguro, que fuese el dueño de esa voz tranquilizadora que cuando volvía del colegio raspado, magullado y temeroso del reto paterno, le dijese.: “tranquilo, todo va a estar bien”. El mundo era un páramo afectivo para él y había aprendido a sobrevivirlo. Claro, a veces flaqueaba y sabía, con un agujero en el alma, que no había nadie capaz de serenarlo.
Volvió a equivocarse, alguien había, Y reconoció la voz, diciendo sin palabras, directamente a su corazón: “cuídate que te espero”. Fue como una ola cálida que partiendo del centro mismo de su alma, recorrió todo su cuerpo, eliminando una a una todas las molestias, espantando la angustia y restaurando su apetito, haciéndole ver que en él residía la fuerza para responder a ese desafío, para finalmente trepar por su garganta, inundándolo de una emoción inmensa que lo desbordó al punto de hacerlo llorar. Rodaban las lágrimas involuntarias por su cara como inefable señal que al fin el mundo contenía a alguien a quien su destino le importaba, tanto como para cuidar de él a distancia, como por décadas había hecho su madre.
“No hay duda” pensó “ a todos lo único que nos sostiene, es ser amados”.
Cenó muy tranquilo y durmió con suma paz. Los separaban los 1000 km y unos cuantos más, pero ahora sabía perfectamente, que lograría salvarlos para llegar a destino, un destino que no entendía pero que había aprendido a reconocer como el nuevo pilar de su existir,
Buscaría en el camino, la forma de hacérselo saber.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 30 de octubre de 2017

PEDIDO

A tu amparo dulce luna,
dejaré hoy mi mejor sueño,
que me soñará cual ninguna,
sin dolor, prisa ni empeño.

Bajo esa luz blanquecina,
sé muy bien que ella no duerme,
pues sabe que se avecina,
un largo tiempo de no verme.

Quieras tú nívea princesa,
que hasta mareas gobierna,
susurrarle que su belleza,
es mi escudera más tierna.

Puedas tú alba señora,
refugio de enamorados,
decirle que en la aurora,
sus ojos me han despertado.

Mereces astro de negrura,
de plegarias tan mensajera,
llevar calma a su cordura,
pues es su voz mi compañera.

Debes ave del infinito,
en cada ronda del planeta,
sanar su corazón contrito,
va su alma en mi maleta.

Alumbrarás ella lo sabe,
la fiesta en el reencuentro,
de alegría que no cabe,
ni de órbita en su centro.

Hasta entonces luna nuestra,
nuestro sueño te confiamos,
sea tu brillo blanca muestra,
del esplendor que anhelamos.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 31 de octubre de 2017

CIERRE

Cuando,

el último micrófono calló,
la última cámara se cegó,
el último aplauso terminó,

Cuando se fue

el libro último,
el amigo último,
el anfitrión último.

Cuando me quedé,

sin firmas que estampar,
sin dorsos que abrazar,
sin mejillas que besar.

Cuando me vi,

tan solo y tan lejos,
tan callado y viejo,
en desnundo espejo.

Pensé en tí,

puramente en tí,
solamente en tí,
como siempre en tí,

Y descubrí,

que estabas ahi,
sintiendo lo que vi,
como siempre en mí.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 14 de noviembre de 2017

TREGUA

Un día,
que llega de improviso,
la vida se pone fea.

Todo cuesta un poco más,
ante las derrotas sabes,
que nunca tendrás revancha.

Los padres no están,
los amigos se mueren,
y vives entre médicos.

Los sueños son imposibles,
los amores ridículos,
las esperanzas fungibles.

Place dormir más que vivir,
descansar más que andar,
sobrevivir más que soñar.

Se marchan los hijos,
tu amor tornó costumbre,
y las fechas compromisos.

Pero entre esos días,
concierto gris de rutina,
llega el que no sabías.

Que todo nuevo haría,
pleno de amor vestido,
con ropas de alegría.

Y tú eterno lo quieres,
mas solo tregua sería,
pues sostenerlo no puedes

Enseguida anochece,
viejo gris que te envuelve,
con la angustia que crece.

Que te dice que es tarde,
que ha pasado la vida,
que el abismo se abre.

Solo consuelo te mientes,
por no negar lo vivido,
ni la rabia que hoy sientes.

Que sin haber existido,
esa tregua tan doliente,
cuyo fin te ha herido.
.
No te habrían mirado,
con fulgor apasionado,
sus ojos enamorados

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 15 de noviembre de 2017

TUYO

a Guiomar

Aunque no quieras,
aunque no quiera,
aunque no puedas,
aunque no pueda,
aunque no debas,
aunque no deba,
aunque no creas,
aunque no crea,
aunque no sepas,
aunque no sepa,
aunque no cuentes,
aunque no cuente,
aunque no pienses,
aunque no piense,
aunque no sueñes,
aunque no sueñe,

y todavía,

aunque maldigas,
aunque maldiga,
aunque reniegues,
aunque reniegue,
aunque olvides,
aunque olvide,
aunque combatas,
aunque combata,
aunque me odies,
aunque te odie,
aunque me huyas,
aunque te huya,
aunque me temas,
aunque te tema,
aunque te calles,
aunque me calle,

yo soy ya tuyo,
y de nadie más.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 30 de diciembre de 2017

Published in: on enero 5, 2018 at 1:13 am  Dejar un comentario  

ALBA DE INVIERNO

 

 

ALBA DE INVIERNO

Llegó de la peor manera y encontró enfermo al poeta que cayó a mediados de junio bajo el peso del éxito y la tristeza. Tibio y muy lluvioso favoreció el encierro, vivido con una salud frágil e interminables ríspidos temas que parecieron converger para consumar su destructiva obra. Fueron atendidos con paciencia y lentitud, hasta que el físico permitió la huida al lugar en el mundo del poeta donde reponer su alma de la única manera que sabe: escribiendo. Los compromisos se cumplieron en el helado clima costero y al correr de la pluma algunas puertas se entreabrieron. Un precipitado regreso y dos meses febriles no obstaron a la fantasía crecer, volar e imaginar soles donde solo nieblas había. Y ese invierno tan mal comenzado, a favor de una nueva huida al personal faro costero, acabó concluyendo en otros compromisos, nuevos proyectos y un alba inesperada. Un alba de alma cansada del gris que supo descubrirse aun apta al ensueño.

LLEGAR

Diluviaba al salir,
diluvió al llegar,
el sol esquivo,…
apareció al caer,
preso por la noche,
en líquidos campos,
encontré mi destino,
pasado de agua,
con rotas avenidas,
con calles anegadas,
sin nadie por ahí,
por viento sacudido,
de frío aterido,
mi equipaje bajé.

Todo se olvida,
nada ya importa,
una vez más,
a mi lugar llegué.

Y de soledad perruna,
con pluma grávida,
me espera un tiempo,
para soñar y crear.
ausente del mundo,
del carnaval jocundo,
en silencio ancestral,
la voz del poeta,
callarme a escuchar.

Enrique Momigliano.
San Clemente, 15 de julio de 2017

 

INVIERNO

¿Te acordás?
aquella tarde gris,
de llovizna y frío,
de calles desiertas,
y pocos apurados,
cuando la mente,
inquieta y loca,
y las palabras,
ausentes, esquivas,
te empujaron,
casi obligaron,
a salir y caminar,
buscando ¿qué?,
¿alguien? ¿a vos?
Y anduviste,
¡vaya si anduviste!,
mojado, callado,
de lágrima fácil,
y corazón blando,
hasta que el alma,
te pidió un trago,
para repechar,
las piernas flojas,
la panza un nudo,
y ese miedo viejo,
a morirte justo ahí.
Todo cerrado,
domingo, claro,
casi de noche,
surgió un rumor,
se hicieron notas,
de bandoneón,
que te llamaron,
casi por tu nombre,
mejor, por tu sentir.
Después la luz,
el vidrio empañado,
del bajo bodegón.
de pocas mesas,
borrachos tres,
y tras la barra,
un gordo infame,
que te fichó.
En un rincón,
tocando él,
esta canción,
por la propina,
para comer,
y dormir triste,
en la estación.
¡Vamos che,
no digas que no!,
si reviviste,
con sus acordes,
pues ya eran dos.
Acordate viejo,
en esta tarde de sol,
largá ese verso,
que no te sale,
tomá el abrigo,
y caminemos,
que hace frío,
como ese día,
hasta algún bar,
quizás te espere,
si aún vive,
el genio aquél,
y lloran juntos,
dos otra vez,
por lo que no fue.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 17 de julio de 2017

 

AMOR PROHIBIDO

Se huelen,
se piensan,
se intuyen,
se asustan
y huyen.

Se buscan,
se sienten,
se escuchan,
se esconden,
y huyen.

Se niegan,
se olvidan,
se tachan,
se quieren,
y vuelven.

Se odian,
se hieren,
se ofenden,
se aman,
y vuelven.

Amantes,
prohibidos,
delirantes,
vencidos,
constantes.

Amantes,
secretos,
ardientes,
discretos,
valientes.

Que saben,
olvidarse,
no pueden,
y amarse,
no deben.

Que viven,
para siempre,
en el otro,
y por siempre,
por el otro.

Que mueren,
algún día,
sin tenerse,
ni alegría,
de verse.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 23 de julio de 2017

 

MODOS

Usted sabe,
que yo preferiría,
amarla de otro modo….

Un modo,
¿cómo decirlo?,
más amable,
más confortable,
más manejable,
más tolerable,
más disimulable,
más acarreable,
más invisible,
más silenciable.

Porque,
este modo,
en el que yo la amo

Es un modo,
muy insoportable,
muy indisimulable,
muy inflamable,
muy audible,
muy visible,
muy olfateable,
muy previsible,
muy detectable.

Quisiera,
que mis ojos,
no delataran,
que mi corazón,
no galope,
que mis piernas,
no temblaran,
que mi aliento,
no escape,
cuando la veo.

Sería mejor,
que mi glotis,
no se cerrara,
para evitar,
decir
que la amo,

Podríamos,
llevar adelante,
una bella amistad,
un sano compañerismo,
una vital sociedad,
un feliz inegoismo.

Pero Usted,
también sabe,
que yo se que sabe,
que la amo así.

De un modo,
imposible,
inevitable,
irreprimible,
insufrible,
inacallable,
interminable,
insoportable,
indisimulable.

Usted sabe,
que estamos en problemas,
pues cualquier día de éstos,
mi amor me va a poder,
y se lo voy a confesar,
llorando y temblando,
inútilmente,
pues Usted,
Usted ya lo sabe.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 25 de julio de 2017

SIN DIARIO

El viejo escritor cerró la libreta que usaba como diario de viajes. Era una costumbre que le había quedado desde aquél rally iniciático a la Patagonia, unos 34 años atrás. Antes de partir de cada lugar y antes de hacer sus valijas, anotaba algunas frases, hechos significativos, objetivos logrados, gente conocida. De allí surgiría el material en muchos casos para sus libros de viajes. Si no había libro, dichas anotaciones le servían para ordenar sus recuerdos. Viajaba mucho, por lo general, en soledad, era su forma de disfrutarlos mejor y de inspirarse aún más. Suele ser molesto negociar destinos y contemplar belleza al mismo tiempo. Los años cobraron su precio y ya no viajaba tanto ni tan lejos, muchos de esos viajes tenían un mismo destino, pero sin embargo no había nunca dos iguales. Por ello, la costumbre perduraba. Este viaje no había sido ni por asomo tan agotador como el anterior, ni de emociones tan intensas, pero había tenido lo suyo. Algunas cosas había logrado y otras resultaron imposibles. El descanso le había sido esquivo, sus problemas en su lugar de residencia habitual, esta vez lo habían seguido y hasta habían estallado en diversas maneras, hecho que le había restado tiempo requerido para focalizarse en asuntos pendientes e importantes, que siempre prefería analizarlos a la vera del mar. Se sentía feliz por haber dado término a dos notas que debía hacía un tiempo y miserable por no haberle encontrado la vuelta a un ensayo muy profundo que había comenzado y abandonado una decena de veces. Algunas nuevas puertas para escudriñar en futuros viajes se habían abierto y otras permanecían tan cerradas como la última vez que sus huesos habían dado por allí. Proyectos literarios se habían inaugurado y hasta algún otro de otra índole, también había sido dado a luz. Sin embargo, nada de lo anterior había merecido anotación alguna en su libreta. En ese instante de balance de su estadía apreció que este viaje había sido tan importante como único, pero esa importancia no radicaba en asuntos exteriores sino en atisbos de su interioridad. Y sobre ella solo tenía eso: atisbos, y nada más. Le aguardaba una tarea detectivesca de seguir pistas, de sortear escollos, de barrer mentiras bien construidas para sí mismo, de palpar nuevas realidades, a los fines de obtener alguna conclusión valedera, es decir, operable. Tenía, claro, sospechas de los hechos y personas, disparadores de las nuevas sendas. Pero nada de eso podía ni debía ser puesto en palabras. En primer lugar porque no existían aquellas que pudieran hacerle justicia a la profundidad de lo vivido, en segundo término porque nadie que leyera por azar su intento de expresión podría entenderlo y finalmente porque él, al menos por el momento, tampoco lo entendía. Esta vez, el viaje, se había quedado sin diario.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 27 de julio de 2017

VIDA

Vida, me preguntas qué es la vida,
pregunta tantas veces formulada,
y tantas con mentiras respondida,
acabando por fin por ser negada.

Esta vida, lejos de ti mi vida,
se parece a niebla tan cerrada,
que en esta edad anochecida,
me deja sintiendo y viendo nada.

Pues vida, solo tú eres la vida,
el resto es muerte preanunciada,
caminar con alma adormecida,
con corazón sepulto en helada.

Vida, sabes cuan pobre fue mi vida,
sola, por tu vida abandonada,
convertida sin que yo lo decida,
en suceder mientras en ti pensaba.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 29 de julio de 2017

 

ANHELO

Ojalá que no acabe,
esta bendita locura,
ojalá que no cese,
tanta extraña ternura,

Ojalá que no muera,
este sueño infantil,
ojalá que no quiera,
apagarse en abril.

Ojalá que esperes,
ojalá que extrañes,
ojalá que desees,
de cabeza a los pies.

Ojalá que yo siga,
amando tu encanto,
ojalá que prosiga,
ensoñándote tanto.

Ojalá que podamos,
en esquina cualquiera,
algún día que vamos,
sin saberlo siquiera.

A olvidarnos todo,
a cegarnos de amor,
a ensuciarnos de lodo,
y pintarnos en color.

Ojalá arriesguemos,
por un instante de luz,
orates desechemos,
nuestra vida en la cruz.
-.
Ojalá cuando libres,
que siempre junto a mi,
feliz en viento vibres,
mientras te quiero a tí.

Y si es solo un anhelo,
que el tiempo frustrará,
es para mi el cielo,
que mi vivir salvará.

Enrique Momigliano
Buenos Aires, 6 de septiembre de 2017

 

HERIDOS

Amo a los heridos que han vencido,
los dolores más arteros de la vida,
sin caer se han visto fortalecidos,
con deseos de salvar a quien lo pida.

Nunca quise cómodos reblandecidos,
quejosos de su herida fantasiosa,
impotentes, ineptos y engreídos,
jueces desde su poltrona espaciosa.

Me sumo a los que muerden sus lágrimas,
mientras lamen en soledad sus heridas,
pues son ellos los reyes de las ánimas

Los veo ir por el mundo delirantes,
repartiendo su amor tan convencidos,
que Dios ríe con cada gesto amante.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 8 de septiembre de 2017

 

ORACIÓN


Que así cual blanda playa,
recibe a la ola en calma,
serenes a quienes vienen,…
a refugiarse en tu alma.

Que así cual el vasto mar,
refleja la luz y el calor,
devuelvas tú multiplicado,
cada bello gesto de amor.

Que así cual azul cielo,
abraza a quien lo puede ver,
recibas en tus fuertes brazos,
a los cansados de padecer.

Que así cual hermano sol,
brilla siempre sin distinguir,
alumbres la senda oscura,
sin que te detenga tu sufrir.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 13 de septiembre de 2017

HERENCIA

Habrá siempre un tiempo,
en que todo acaba,
hasta un gran portento,…
era y ya no estaba.-

El rey de vida y luz,
se rinde al ocaso,
hasta Dios tuvo su cruz,
rindió su santo brazo.

Y tú pequeño hombre,
de inseguro paso,
entregarás tu nombre,
al mármol del fracaso.

Mas portarás contigo,
fruto de tus acciones,
será luz o castigo,
ausente de perdones.

Enmienda hoy tu senda,
cuida de tu estela,
será de hijos peso,
o su más grácil vela.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 18 de septiembre de 2017

VANO

Tras los pasos de inmortales,
a la caza de su esencia,
opaca arreglos florales,
con su poética presencia.

¿Podrán los restos del poeta,
vibrar amor en lo oscuro?
¿Serán heridos por saeta,
del mirar de ojos tan puros?

¿O querrá hoy su mano tiesa,
apasionada ya en vano,
desmentirme con la proeza,
de verso dar en bella mano?

No lo sé pero aseguro,
que al amor de escritores,
no hay fosa ni mármol duro,
que apacigüe sus ardores.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 16 de septiembre de 2017

MENSAJE

Hermana y dolida humanidad,
te suplico que escuches mi ruego,
no pretendo que sea la verdad,
es tan solo el grano que siego.

Muchos fueron los días vividos,
y no he estado a la altura de ellos,
fueron regalos mal recibidos,
es mi culpa si no fueron bellos.

No compartí mi pan con alguno,
no calmé el dolor de mi hermano,
nunca di cobijo a ninguno,
negué al sufriente mi mano.

No le temo al posible juicio,
sabré afrontar lo que he merecido,
más mucho me duele el perjuicio,
de tanto inútil tiempo perdido.

Pude ser feliz y no supe,
mostrar aquello que sentía,
escondí tras montes de lodo,
la maravilla que es la vida.

Por ello Humanidad tan mía,
que te puedas en otro reflejar,
que solo la PAZ, sea tu guía,
que nunca te niegues a amar.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 16 de septiembre de 2017

ALBA

Sonríes, tú sonríes,
para mi amanece,
el mundo en que vives,
mi sombra desvanece.

Me hablas, tú me hablas,
para mí el silencio,
música que exhalas,
mi dolor en descenso

Me miras, tú me miras,
para mi el abismo,
tu alma en pupilas,
y ya no soy el mismo.

Si yo miro tus manos,
me prendo a tus gestos,
que mienten ser humanos,
son de ángeles nuestros.

Preso de tu cabello,
pliegue de tu vestido,
contemplo sin resuello,
quien pude haber sido.

Y que soy sin embargo,
por el breve instante,
que un tiempo amargo,
te situara delante.

De ida el camino,
tan largo y sinuoso,
repechando destino,
por segundos gozoso.

Me sirvió lo sufrido,
a tu puerta dejado,
pues ha amanecido,
al haberte encontrado.

Enrique Momigliano.
San Clemente del Tuyú, 21 de septiembre de 2017

Published in: on septiembre 25, 2017 at 2:28 am  Dejar un comentario  

TIEMPO DE PUENTES

TIEMPO DE PUENTES
Una visita a la Agrupación EL FARO de San Clemente

El último presidente que miraba el largo plazo, el primero de esta vuelta democrática, don Raúl Alfonsín, dijo en uno de sus primeros discursos, muy acertadamente, que Argentina corría el riesgo de “libanizarse”, entendiendo por tal una subdivisión entre múltiples facciones que luchan entre sí denodada y continuamente por la supremacía. Si miramos a nuestro país como un edificio, lo veremos lleno de grietas, horizontales, verticales y oblícuas que separan grupos de pertenencia que solo se dedican a culpar a los otros de su propia carencia o malestar. Decir que vivimos una sola grieta entre aduladores ciegos del proceso político culminado en diciembre de 2015 y detractores empedernidos del mismo, es una simplificación falsa y mediática.
Si una sola grieta es molesta y peligrosa, imáginense el grado de molestia y peligrosidad que acarrea la multitud de grietas existentes en nuestra sociedad. Es más que evidente que así no vamos a ningún lugar feliz, por el contrario, un nuevo tiempo de amargos enfrentamientos nos aguardan.
Estoy en San Clemente, preparando junto a destacadas personalidades locales, que piensan en muchos aspectos, muy distinto a mi, un encuentro de letras para la Paz. No debe haber sido fácil para ellos invitarme como no lo ha sido para mi sumarme. Sin embargo lo hicimos, y en el proceso descubrimos que son muchas más las coincidencias que las discordancias. Para ello debimos construir, desde ambas orillas, un puente. Dicho puente requirió solamente dos cosas:
1. la buena fe de todos
2. el reconocimiento que la causa común, en esta caso la Paz, valía el esfuerzo.
De modo que solo echaré mi pluma a correr para ayudar a construir puentes, para difundir a quienes lo hagan, piensen como piensen, apoyen a quien apoyen. Los absolutos conducen a la guerra porque no admiten el disenso, la paz se construye desde los relativos, desde las certezas transitorias, desde la duda, desde la incertidumbre, desde la negociación, mala o buena.
Por eso, si queremos evitar el tránsito por lugares trágicos y conocidos de nuestra sociedad, se impone tender puentes, en cada lugar que se vislumbre una grieta. Hace un rato que encontré por donde empezar, la siempre sabia vida me puso delante de mis narices una bella oportunidad que no dejé pasar.
Pablo Bonnet es hijo de un veterinario local sobre quien escribiera hace un tiempo largo ya (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2010/02/14/la-gota-del-oceano/) y quien con su actuar, mucho más que con sus palabras me llevó a colaborar con el rescate de los perros callejeros, a escribir sobre ellos y a llevar adelante su causa. Durante los dos últimos años Pablo se ha puesto al hombro la Agrupación EL FARO en San Clemente y lo he visto trabajar intensamente, convocando a gente que conozco bien y a otra que no, quienes colaboran entusiasta y gratuitamente en favor de los más necesitados de este lugar.
Como él mismo reconoce en la charla, la pertenencia política de la agrupación resulta en muchos casos un obstáculo, obstáculo que hizo que me tomara mi tiempo para atravesar mi propio puente interior. Mi conclusión sobre la que invito a muchos de mis amigos a reflexionar es que si alguien hace algo bueno en favor de quien lo necesita, lo que importa es lo que hace y no la camiseta que lleva. Y también como él mismo me dijera, la actividad de EL FARO sin el apoyo del gobierno sería imposible e inconducente. Quizás haya dado en la tecla con la razón del fracaso de muchas bien intencionadas ONG. La desconfianza en la política, muchas veces justificado, ha llevado al tercer sector a tratar de cumplir sus fines en modo aislado e independiente y ello siempre es dificilísimo, tarda mucho en producir efectos palpables y muchas veces termina en abandono por desgaste de sus integrantes. El tercer sector, las ONG, deben articularse con las autoridades, para lo cual, la tarea más compleja es definir acertadamente los límites de competencia de cada uno, y acotar en lo posible, la utilización partidaria de la tarea emprendida. Porque esa grieta entre las ONG bien intencionadas y los funcionarios lo único que logra es que existan múltiples necesidades sociales deficientemente atendidas.
A Pablo hay muchas cosas que no le importan, porque hay otras que le importan mucho. Es un verdadero pionero. No le importa lo que piensen o digan de él, no le importa aunque le duele que el local haya sufrido pintadas y agresiones, no le importa aunque le duele que los amigos lo llenen de pretextos para no sumarse. A él le importa la sonrisa de los chicos que vienen al merendero, la alegría de los pertenecientes al hogar protegido que cruzan la calle para colaborar, la satisfacción de EL PAMPA que le trae la verdura al costo, las maestras que dan gratis apoyo escolar, los bomberos que donan tableros de ajedrez, el juez que le dio la tenencia provisoria de un niño con serios problemas en su casa, los que se llevan la bolsa económica y pueden tener frutas y verduras por toda la semana.
Muchas veces solo hace falta alguien que se anime, se arremangue, se embarre e inspire. Es una semilla que a su tiempo sabrá germinar en muchos.
Pablo ha construido un puente entre quienes necesitan conocer la felicidad del dar y quienes necesitan saber que no son más los eternos olvidados por todos. Es sin duda el resultado de un proceso interior profundo, el que  emerge cuando me dice: “me cansé de quedarme en mi casa quejándome y no hacer nada”. Cada uno deberá hacer el suyo, y cada uno deberá encontrar el lugar más adecuado adonde empezar a hacer algo. Y equivocarse, que es la única forma de aprender.
En un domingo de lluvia me acerqué para ver por mi mismo las caras de los niños y el esfuerzo de aquellos que les dan las instrucción que por ahi no alcanzan a comprender en la escuela y la contención y límites que seguramente no tienen en su hogar. Me llevé su alegría y la certeza de ver mucho amor en acción. Mis retinas atesoran el ropero solidario, la biblioteca desbordante, el ir y venir de los voluntarios, los patines, los juguetes, las pelotas y el hambre saciado.
Estoy convencido que la verdadera inclusión social podrá comenzar con una asignación universal o con un plan, pero si todo termina allí se parecerá mucho a la actitud de los padres ricos, que le dan a sus hijos dinero para que no molesten. Los descastados, los olvidados, los marginados tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que se encuentren con una realidad distinta proveniente de “esos que tienen plata”, poder experimentar en carne propia que algunos de esos al menos son capaces de brindarles tiempo, amor y contención. Pero también los que llevan una vida más o menos acomodada, tienen mucho interior a sanar y el único camino posible es que un día cualquiera se encuentren, cara a cara, mirada a mirada con “esos vagos pobres”, poder experimentar en carne propia que muchos de esos al menos son dignos de una vida mejor.
Ante Dios somos todos iguales, tenemos todos un largo camino por delante para entender que también ante nosotros lo somos, nada más ni nada menos que seres humanos intentando sobrevivir.
Hay lugares y gente que nos brindan una forma más rápida y contundente para entenderlo, construir puentes y cerrar grietas. Pablo Bonnet y su trabajo en la Agrupación EL FARO pertenecen sin duda a ese conjunto.

Enrique Momigliano
San Clemente del Tuyú, 12 de septiembre de 2017

 

 

Published in: on septiembre 12, 2017 at 4:58 pm  Dejar un comentario