FESTEJO

festejo solo

FESTEJO

A ti

Es mi cumpleaños y es, como casi siempre que estoy aquí, un día casi perfecto. La ría discurre mansa en sus idas y venidas de pleamar, el viento y los árboles hacen soportable el calor ambiente y los vapores del champagne arrinconan mi nostalgia y tristeza. Mi hijo rema y me quedo solo.

Los flamencos me miran desde la orilla vecina y las cotorras se empecinan en romper mi silencio con sus granznidos. Las calandrias y gorriones me giran en torno en busca de mis sobras que serán su cena. Me siento pleno, pero se que podría ser todo aún mejor.

Me faltas, sin duda me faltas.Tú me faltas, solo tú. Si entre los miles de millones de seres que viajan en este planeta, tuviera que elegir uno, solo uno, para compartir este momento, serías tú. Se bien que puedo sin ti, soy lo suficientemente viejo, sabio y duro para poder disfrutar y sufrir en soledad.

Pero cuán distinto sería si estuvieras aquí. En silencio, en la reposera de al lado, con un termo en el piso, el mate en la mano y los ojos en la ría.. Conmovida hasta las lágrimas tu sensibilidad única por la belleza circundante. Y yo, no atinaría a hacer más que gozar en contemplarte, perdiéndome en la profundidad de tu mirada, enamorándome aún más en cada lágrima y esperando aquél mohin que llevo grabado en mi memoria, para morir de deseo y esperanza.

Me faltas, sin duda que lo haces, para que pueda por un instante amar la vida creyéndola perfecta, ver a todo el dolor sufrido como una etapa necesaria y considerar por una vez a la muerte como a un demonio lejano e impotente.Porque si te viera a mi lado sabría, con total certeza, que muerto te seguiría amando y que me sentirías igual que ahora., que estoy vivo, en un paraíso y pensando en ti.

Quizás en este día no faltes tanto. Puede ser y ojalá asi sea, que me estés pensando, que tu alma anhele a la mía, tanto como la mía a la tuya. Y quizás, tan solo quizás, nunca podré saberlo – maldita sea- sea por ello que te siento tanto, en los flamencos que me miran, en los pájaros que me rodean, pero por sobre todo en el viento que me acaricia.

Me faltas y estás. Porque te pienso y te traigo, quieras o no y porque se que en algún lugar oculto de tu alma, tan oculto y tan celosamente guardado que no te animas siquiera a visitar, me piensas, me traes, me buscas, con la misma desesperación que yo.

Tu fragilidad y mis deseos de protegerte, tu incertidumbre y mis caminos vividos, tu necesidad de amparo y mis brazos abiertos, tu rebeldía y mi soledad; marchan sin duda a un encuentro, que es real en espíritu, por más que la vida y sus lazos lo nieguen. Es bueno que sepas que ya lo disfruto, como en esta tarde de festejo, aun lejos, me regodeo en contemplarte y que aun invisible le pones azúcar al mate y me lo acercas con el mohín único, tuyo solo, justamente ese que anhelo.

Me pierdo en él y te veo, casi puedo tocarte, aunque no quiera por temor a que se apague esa luz, la única, la tuya, la que siempre pudo con mi tiniebla.

Y comienzo otro año en la esperanza,

que los inciertos avatares de la vida,

sean capaces de poder con mi templanza,

con tu prudencia de madre establecida,

y generen más encuentros como éste,

que te traigan a mi lado cuando lo pida.

Ese ser tan mía sin quererlo,

este ser tan tuyo sin saberlo,

puede ser el mejor lugar de nuestras vidas,

el cual., pasajeros, habitamos,

hasta que el amor otro rumbo decida.

Porque ya te amo como no imaginas,

casi tanto como tú me amaste un día,

y somos dos almas en vuelo unidas,

más allá de toda forma e hipocresía.

Porque siento en el aire tu caricia,

pues la sal marina sabe a tu beso,

porque vivo en amor y albricia,

cuando pierdo mi razón en tu embeleso.

Y yo se que lo sabes vida mía,

aunque fuerces con dolor las apariencias,

por más que en secreto anheles el día,

en que ambos perdamos la paciencia.

No se el cómo, el dónde ni el cúando,

alinearán los planetas nuestro encuentro,

no será eterno esto de andar dudando,

pues vivimos en el otro muy adentro.

Porque sin musa no hay poeta ni poesía,

sin belleza no hay ansias ni embeleso,

aunque pienses que todo es fantasía,

vaya este escrito……….. por mi beso.

Enrique Momigliano

Tapera de López, 12 de enero de 2016

Published in: on enero 13, 2016 at 12:56 am  Dejar un comentario  

REVERSO

dos caras de la moneda

REVERSO

Ayer apenas, mientras te amaba,

mi corazón esperanzas latía,

la luna solo a ti reflejaba,

y tu alma arropaba la mía.

Ayer apenas, cuando me amabas,

en cada noche en sueños volvías,

el mar solo a tu voz recordaba,

y tu alma a la mía sentía.

Maldito hoy que finjo no amarte,

mi corazón lerdo a muerte late,

la luna solo es astro sin arte,

y mi alma fría triste se bate.

Maldito hoy que finges que olvidas,

la noche hiela funesto desierto,

el mar solo un demonio sin bridas,

y con tu alma a dar no acierto.

Poeta con poesía tan mustia,

que ya en tu corazón no penetra,

aunque lleven los versos mi angustia,

y mi sangre la tinta de mi letra.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 10 de enero de 2016

Cuida tu alma decía el santo, pues todo lo que veas es solo lo que en ti está. Los  escenarios solo reflejarán lo que sientes y llevas dentro. Tanto esfuerzo para cambiar el mundo y tan poco para cambiarnos. El día que estés bien, que ames de verdad, solo verás delante tuyo un mundo maravilloso.

Published in: on enero 11, 2016 at 12:08 am  Dejar un comentario  

LA VUELTA

lancha en tormenta

LA VUELTA

Creer que el amor es solamente placer, es suponer que solo el mar embravecido es el mar”

José Narosky. Si todos los tiempos…

A Juan lo despertó un sacudón con salpicada incluida. Su siesta ideal, mezcla de arrullo marino y vapores ginebrísticos, había terminado de improviso. “Maldición, me dormí más de la cuenta” dijo mirando el reloj de abordo que señalaba peligrosamente las tres y media de la tarde. En la proa Manuel, su joven compañero de aventuras hacía equilibrio parado, pescando, ajeno al mundo y sus urgencias.

Ni bien pudo incorporarse y terminar de abrir los ojos, Juan clavó la vista hacia el noreste. Un frente de tormenta, el anunciado para las 16 horas de ese lunes feriado de noviembre por el infalible pronóstico que siempre consulta antes de zarpar, corría desbocado por el límpido cielo directo hacia ellos, frágiles habitantes de una lancha de apenas cuatro metros de eslora.

“Manu, guardá todo a mil que tenemos que rajar, se nos viene la tormenta y con ráfagas embromadas” gritó a lo capitán mientras se mojaba la cara, encendía el motor, chequeaba la radio y apuraba un trago de valentía en forma de whisky para encarar una vuelta que iba a ser difícil.

Recién ahi Manuel se dio cuenta que estaban en problemas, tiró la caña armada al piso de la lancha, cerró la caja de pesca, arrinconó la carnada sobrante y comenzó a hacer fuerza para levar el ancla.

“Se clavó en el fondo, no puedo subirla” sonó preocupada la voz de Manuel. Juan abandonó el timón y sumó su fuerza a la de su compañero en desgracia. No hubo caso, estaba demasiado atascada. Intentaron liberarla con la fuerza del motor, en medio de las crecientes sacudidas de las olas y solo lograron clavarla más. Juan pidió consejo por radio a Mario, el encargado del puerto deportivo al cual debían volver a toda marcha. Este les explicó una maniobra y pusieron manos a la obra, teniendo éxito pero perdiendo la crítica media hora que faltaba hasta las cuatro de la tarde.

Con la tormenta demasiado cerca para el gusto de cualquiera, Manuel totalmente agotado por haber soportado la peor parte del truco para levar el ancla, se sentó con cara seria en el asiento del acompañante y Juan, más serio aún, aceleró. Ahi nomás debió reducir el ritmo del motor, las olas eran tan altas que sacar la lancha a planeo era directamente suicida, había que volver despacito escalando las siempre crecientes montañas acuáticas que su proa encaraba, como dice el manual, a cuarenta y cinco grados. Cuando uno quiere volver rápido y debe hacerlo lento, los que sufren son los nervios. Sabedor de ello Juan decidió pensar en otra cosa, mientras un pedazo de su cerebro conducía. Pensó en otra vuelta, en la que desde hacía un año más o menos estaba embarcado con éxito dispar. Notó que se parecían.

Pensó en aquella tarde de octubre de cuatro años atrás cuando bajo una lluvia torrencial había llegado solo a esas playas, huyendo de su casa, de su vida, de sí mismo, para poder llorar en soledad. Algo ese día se había roto, algo que aún permanecía así. Como en un plano inclinado, después de la vuelta de aquel viaje, en el que temía que le hubiesen cambiado la cerradura de su hasta entonces hogar, todo había empeorado. Un año después tocó fondo, directamente lo echaron de su casa, ya no era un hogar. Vagó unos días, se llevó todas sus cosas, menos una poca ropa, a su estudio, habló con algunos amigos, visitó algunas amigas, se emborrachó con todos ellos y finalmente decidió quedarse en la casa de su familia, a pelearla, a cara de perro, a hacer lo que hay que hacer, aunque nadie le diera ni la más mínima bolilla. Para abrazar, hablar y acompañarse estaban sus perros, a quienes como a sus hijos, no pensaba abandonar, aunque no lo quisieran.Un tiempo tormentoso y horrible lo aguardaba.

“Cuidado con esa ola que viene fuerte” gritó Manuel con su voz sobrepasando el ruido del Mercury que rugía en las subidas y callaba en las bajadas de esa vuelta que se complicaba. La ola se estrelló contra el francobordo y los empapó. Juan se arrebató los inservibles lentes oscuros y se concentró en el manejo, el viento había empezado a incrementar su velocidad. Se miraron preocupados, por difícil que estuviera la cosa, lo peor los aguardaba más adelante y era imposible saber a esa altura con qué se encontrarían. De adolescente había sido Juan profundamente impresionado por la lectura de Kon-Tiki, el libro donde Thor Heyerdahl relata su aventura en balsa desde Perú a través del océano Pacífico, fiel navío que soportó todo, menos el choque contra la barrera de coral que los aguardaba frente a la isla de destino. Cada vez que salen al mar por Punta Rasa, Juan mira con desconfianza ese nudo de aguas tan complejo que se ha llevado tantas vidas, pues por más que el mar esté calmo, todos recomiendan hacer un amplio círculo mar adentro para evitar las corrientes traicioneras fruto no solo del Cabo San Antonio y sus bancos ocultos, sino también de la veloz retirada de las aguas de la Ria San Clemente en horas de bajamar y la turbulencia que origina el límite, observable a simple vista, de las aguas frías del Rio de la Plata en su encuentro con el mar entibiado por una rara parábola que describe una corriente que baja de Brasil. Ese círculo, tan caro a Manuel que disfruta como pocos alejarse de la costa, resulta sumamente arriesgado en días de mar con oleaje y tormenta en ciernes. Juan sabía que no tenía alternativa, debía, a como fuese, atravesar el infierno. Decidió relajarse hasta entonces y volvió a sumirse en sus privados pensamientos, los de la otra vuelta.

En esa también lo aguardaba un infierno. Se armó de paciencia oriental, amianto emocional y silencio absoluto. En su casa se convirtió casi en parte del mobiliario, en poco más que un funcionario. Cumplió prolijamente sus deberes, se concentró en su lectura y escritura y soportó cualquier hiriente comentario que a la postre terminó por desaparecer…. por falta de oyente. Con todo el tiempo que antes destinaba infructuosamente a confrontar a su disposición, escribió montañas de páginas de diversos temas, llenó su agenda de reuniones necesarias algunas, inútiles otras y se embarcó en actividades que lo tuviesen el mayor tiempo posible lejos de un ámbito que para él ya era fuente de un inmenso dolor. Así fue que incrementó sus actividades en esa localidad costera y se obligó a ir por lo menos una vez al mes. Armó una vida lejos de casa y no le fue nada mal, hasta empezó a disfrutarla. Tuvo diversos compinches en esa empresa, algunos muy cariñosos, otros muy entusiastas y otros con una ligera sospecha acerca de ese personaje que deglutía su dolor, escribía del amor y pasaba tan poco tiempo con su familia. Juan sabía que no era la vida mejor pero ¡qué embromar! era la posible y nadie podía reprocharle nada, en todo caso el que tenía derecho a estar enojado era él y se tragaba el enojo lo mejor que podía, aunque a veces, sorprendido con una ofensa más con la guardia baja o distraído, sus estallidos fueran de temer. No servían para nada, solo para alejarse un poco más aún.

“Me estoy mareando” dijo Manuel . “Falta poco, lo peor pero poco, aguantá, ya tenemos la punta a la vista” respondió Juan, volviendo a concentrarse en esa dulce y riesgosa danza del mar. Estaba todo a la vista, el peligro también. El viento soplaba más, las olas además de altas ahora venían desde distintos flancos, obligando a maniobras rápidas para evitar un encuentro frontal y una sospechosa corriente rugía por debajo del casco. Unos centenares de metros adelante había olas que rompían en medio del mar y si bien ya se divisaba la acogedora Bahía de Samborombón con sus aguas mansas, ella estaba separada por una frontera encrespada. Navegaban a propósito muy cerca de la costa. Juan sabía que el último recurso era dirigirse hacia ella y a riesgo de romper casco y pata de motor, podrían salvarse embicando la lancha en la playa. Si la vuelta la hacían como de costumbre a unos 2500 metros de la playa y con casi 6 metros de agua debajo, él iba a necesitar una cuba entera de grapa para soportar la incertidumbre. La otra preocupación era el combustible, navegando así, al dibujo de las olas se gasta el doble o el triple que planeando y el solo pensar en llenar el tanque en ese oleaje lo aterraba. Aprovechó Juan los últimos instantes de paz relativa y para ahuyentar sus ideas tenebrosas, volvío al otro difícil retorno.

Justamente la lancha bailarina había sido el punto de inflexión. Una tarde de primavera espléndida sentado en el muelle de Tapera y profundamente atrapado por la magia de ese entorno había decidido encarar el cumplimiento de un viejo y postergado sueño: su propia embarcación. Tiró el tema sin mucho entusiasmo en la mesa familiar y para su sorpresa vio como Manuel, su hijo, que ahora estaba allí con cara de serio, agotado y mareado, la había recibido con sumo entusiasmo y se la andaba contando a quien se acercara a escuchar. Juan, que por esos días sufría muchísimo se dio cuenta que el dolor que lo atenazaba no era tanto el fracasar como pareja, en él era costumbre, nunca le había ido bien, sino el fracasar como padre, ésto no podía asumirlo. Vio en la lancha el inicio de un camino. No se equivocó. Todos los puentes cortados con su hijo se reconstruyeron en pos del objetivo, la compra, el curso de conductor náutico, las primeras navegaciones, los errores compartidos. Juan por primera vez supo que no todo estaba perdido, cumpliendo su sueño, recuperaba a su hijo. Quedarse, con todo lo difícil que había sido, empezaba a valer la pena. Con su hija la historia era muy distinta. En realidad ella no lo había echado y en esa noche tan aciaga de tres años atrás era la única que lo había defendido. Eran muy afines, tanto que como iguales no aceptaban tutela de nadie. Sin embargo sus libertades iban, secretamente para ambos, en camino de convergencia en un terreno particular: el espiritual. Para Juan la vuelta había entrado en la fase del desgarro. Por un lado, sus hijos con quienes había empezado a llevarse bien, lo necesitaban más que nunca, estaban en la edad del despegue, en esa maravillosa década en que uno toma las decisiones que marcarán el resto de su vida: profesión, trabajo, morada, pareja, hijos, etc. Por el otro el silencio y la indiferencia de la casa lo alejaban cada vez más y si bien estaba muy lejos de él cualquier intento de búsqueda de compañera, habían surgido a la vista bahías agradables y acogedoras donde poder reposar, aunque fuese por un rato, su humanidad, su alma y su conciencia, hartas y cansadas de tanta guerra y aislamiento. Tal como la bahía que ahora tenía a la vista, lo llamaban, lo tentaban, lo esperaban, pero tal como ella, se escondían detrás de una frontera turbulenta y le exigían para llegar el abandono definitivo de su querido mar, al que amaba pese a las sacudidas, pese a la tormenta, pese al maltrato, pese a que muchas veces parecía echarlo.

Encaró el cruce. La lancha se transformó en una coctelera, ya no se movía arriba y abajo sino para todos lados, las olas los mojaban hasta la médula, algo nada aconsejable si no se cuenta con traje de agua en un noviembre traidoramente frío y el viento los desestabilizaba. Alentado por la vista de las tranquilas aguas bahienses, aferrado al timón, Juan dibujaba lo mejor que podía ese torbellino acuático que se deslizaba furioso por debajo del casco y aprovechaba las bajadas de las olas para acelerar, casi como una tabla de surf, en pos de la ansiada meta. Manuel, callado, a su lado, se esforzaba por no golpearse y por no vomitar. La inconfundible frontera con el Río de la Plata pasó rauda y Juan exhaló alivio cuando gritó: “Cruzamos, ya está”. El río siguió un poco movido pero enseguida se aquietó, casi al únisono con un quedo ronroneo de motor que indicaba el fin del combustible. Más justo imposible. Con las pocas fuerzas que le quedaban ahora a ambos, llenaron el tanque y comenzaron sonrientes el triunfal paseo hacia el puerto. Los esperaban las reposeras y una reparadora siesta bajo los árboles, llevaban en su alforja una anécdota más. Mientras Tapera aumentaba de tamaño Juan pensó en el distinto final de su otra vuelta.

Había desdeñado el canto de sirenas.¿Por qué? Aún se lo pregunta y aún le duele. Quizás haya contribuido el hecho que un amigo muy cercano, casi un hermano para él, había corrido tras la engañadora paz de la bahía y le había puesto en evidencia muy palpable los costos enormes de esa decisión. Quizás hayan servido algunos hechos que le hicieran a las sirenas perder su cola de pez y mostrar con crudeza su cruel costado humano. O quizás, a Juan, aún sin mucho fundamento, le gusta pensar que haya sido más fuerte, que lo haya podido, su viejo, gastado y herido, amor por el mar. Ese mar que aún lo hiere, que aún lo inhibe, que aún lo mantiene en un sospechoso silencio, que lo abruma de impotencia para comprenderlo, que lo deja bien solo librado a sus fuerzas que muchas veces le parecen faltar, pero que de alguna manera se las ha ingeniado para que él solo pueda vivir a su vera, andar a su amparo, morir en su seno. En su otra vuelta Juan aún sigue, triste y cansado, casi sin combustible, capeando el temporal.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, Navidad 2015

Nadie elige la tormenta pero a veces te atrapa y pocas veces ofrece un escape fácil. Casi siempre es aconsejable quedarse a capearla. Algún día siempre amaina.

Published in: on diciembre 25, 2015 at 7:19 pm  Dejar un comentario  

La extraordinaria aventura

JESUS

LA EXTRAORDINARIA AVENTURA

Intentar ser bueno en un mundo errado

Cuando uno profundiza la real motivación que se esconde detrás de conductas riesgosas para la salud y la vida, que van desde el alcoholismo y tabaquismo hasta los deportes extremos, pasando por la adicción al trabajo, al sexo, a las drogas y demás cosas, surge con claridad un factor común.

Y no por sabias deducciones ni rebuscadas teorías, sino por la simple confesión de quienes llevan a cabo tales conductas en su propio perjuicio, el cual suele extenderse a víctimas circundantes.

“Me aburro”, “La vida no tiene sentido”, “La adrenalina es lo único que me hace sentir vivo”, “La sensación que se siente (Lole dixit)” “Si paro me siento morir” “¿Que hago con mi tiempo?” Son las respuestas más frecuentes.

En estos antes sacros días, hoy devenidos en una vorágine consumista, me permito invitarlos a llenar su vida, a darle sentido, a emplearla en una aventura francamente extraordinaria. Es simple, muy simple, de decir, de llevarla a cabo ya me contarán. Intenten ser buenas personas, solo eso, cada día un poco más.

¿Que ya lo son? No les creo, empiecen a mirarse sin contemplaciones y verán cuanto les falta. Porque a todos nos falta y muchísimo.

Para empezar a cuestionarse nada mejor que unas pocas preguntas.

¿Cuándo fue la última vez que visitaron a un enfermo para preguntarle si necesitaba algo?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un discapacitado en la calle?

¿Cuándo fue la última vez que acudieron a la casa de un pobre para preguntarle en qué podían paliar su pobreza?

¿Cuándo fue la última vez que ayudaron a un desocupado a conseguir trabajo en su desesperación?

¿Cuándo fue la última vez que le preguntaron a un niño en la calle sucio y pidiendo, qué podían hacer por él?

¿Cuándo fue la última vez que acompañaron a alguien en su duelo?

¿Cuándo fue la última vez que se acercaron a un anciano para preguntárle qué pequeño servicio le podían brindar?

Puedo seguir, pero no hace falta, ya están reflexionando.

Ahora piensen si esos NUNCA mayoritarios por respuesta, no se aplican también a los casos en que el enfermo, el pobre, el desocupado, el discapacitado, el doliente o el anciano forman parte de su círculo de amigos, esos con que en los buenos tiempos solían reír. O quizás hasta de su propia familia.

¿Ven ahora que no somos tan buenos como creemos y pregonamos ser?

Sin embargo, estamos capacitados para serlo. Nuestros abuelos lo eran y cada tanto cuando hay tragedias muy severas, aún lo somos.

¿Qué nos pasó?

Es fácil verlo si uno se baja un rato del tren. El mundo se equivocó y en su equivocación nos arrastró.

El drama comienza con la revolución industrial y se agrava tras la segunda guerra mundial. Acicateado por necesidades materiales angustiantes, incluso el hambre, el mundo puso todo su esfuerzo en producir bienes y se organizó en pos de ese objetivo, el cual logró, muy eficientemente. Pero una vez satisfechas esas necesidades apremiantes, jamás se detuvo. Y ahí nació la publicidad y los medios de comunicación masivos la potenciaron. De necesidades apremiantes reales, evolucionó el mundo a necesidades artificialmente creadas e impuestas con una manipulación brillante de la psiquis humana. Me dirán que ello dio trabajo a mucha gente, es verdad, pero cabe pensar si trabajar tanto le ha hecho bien a tanta gente.

Una sociedad donde debo dejar mi vida trabajando para generar dinero que gastaré en cosas que no necesito en absoluto y que solo las necesito porque me han impuesto un modelo de pertenencia al grupo, suena muy parecido a un sistema esclavista, donde el tirano patrón no es otro que mi yo confundido.

Ese mundo errado en el que vivimos, donde se mata por el control de bienes productores de energía para hacen andar fábricas que producen cosas innecesarias ha llevado trágicamente a la deshumanización de los seres humanos. O mejor dicho, retomando el enunciado del principio, nos ha vuelto menos buenos de lo que pensamos que somos.

Ese ser menos buenos, por no decir malos y perversos del todo, o carentes por completo de solidaridad de especie, no es algo sin importancia e inofensivo. Ha sido absolutamente trágico para nosotros mismos, pues nos ha robado nada menos que la felicidad.

Nuestra esencia espiritual es buena y solo cuando podemos llevarla a la práctica en la vida cotidiana, se logra cosechar aquello que más anhelamos: un bienestar interior.

Si vivimos en ese estado de bienestar es muy difícil que necesitemos arriesgarnos para “sentirnos vivos”, en primer lugar porque tenemos mucho para perder, pero más importante aún es porque ya nos sentiremos bien vivos al ver traducidas en obras concretas nuestro auténtico impulso espiritual.

Es un estado difícil de entender por quien no lo ha vivido nunca, pero sencillo de explicar con un ejemplo. Es un estado en el que un GRACIAS recibido de alguien a quien hemos ayudado, vale mucho más que un CHEQUE, cualquiera sea su monto.

El mundo errado nos ha hecho valorar al dinero por sobre todas las cosas, ya que es el rey de las cosas y como le interesa que dejemos nuestra vida en una competencia feroz con nuestros hermanos, ha creado la ficción que solo, si se llega a la cima, se es feliz. Aplaude asi a quien sube, cualquiera sea la tropelía que haya cometido para ello y desprecia a quien cae, sin importar las razones de su fracaso. Olvida el mundo que somos más de 6 mil millones de seres intentando sobrevivir y nos divide en WINNERS y LOOSERS.

¿En que consiste la deshumanización que el mundo nos pide para entrar al círculo de los ganadores?

Acallar los sentimientos, flexibilizar la moral, adoptar todos los modelos (auto, barrio, calcetines, vacaciones, escort) sin cuestionamiento alguno y ser implacable con los rivales que pugnan por nuestro asiento en el Olimpo. Dureza de corazón, frialdad de mente, cálculo y control omnipresente, desprecio del derrotado, abandono del sufriente. Tanto violarse a uno mismo, tanto alejarse de la vida necesita de un fortísimo estímulo para “sentirse vivo”. Estímulos que teminan en muchos casos acabando con esa vida que se pretendió volver a sentir.

Por eso mi propuesta de reflexión Navideña, si es que se toman un tiempo entre shopping y borrachera es detenerse al principio del camino y saber decir un gran NO a tiempo. A tiempo significa antes que la deshumanización tenga lugar. Y si ya lo tuvo, detenerla y remontar la cuesta para volver a ser humano. Bueno, como en esencia todos lo son.

¿Fácil? ¡Que va a ser fácil!. Empiecen a hacerlo y verán lo dífícil que es. Les aseguro que vale la pena, pero pena habrá en el camino y mucha. Por eso se trata de una aventura, ya que es para valientes, para solitarios, para quienes no teman pasar por locos e incomprendidos, para quienes no sufran cuando confundan su bondad con bondudez, para quienes desprecien el desprecio, para quienes se rían del abuso, para quienes sepan sortear las trampas que les habrán de poner. Y sin no son nada de eso, deberán estar dispuestos a aprender a serlo.

El fácil es el otro camino. Con acoplarse al rebaño y adormecer la conciencia alcanza. “Total, es lo que hacen todos, ¿como diablos va a estar mal?” “Dejame, no me hagas pensar, las tuyas son idioteces que conspiran contra el éxito que busco” “La injusticia reina, porque justo yo debo ser justo” “Nadie juega según las reglas, que empiecen los otros a respetarlas y entonces las respetaré yo”. ¿Nunca lo escucharon? ¿Nunca lo dijeron?. En este camino tendrán un millón de amigos, los invitarán a dar charlas, todos querrán aprender el camino a la cima y soslayarán sus pequeños defectos morales aunque sean visibles. Este camino paga, el otro, el difícil, salva y conduce nada menos que a la tranquilidad, la paz interior, la propia humanidad y a una inesperada y creciente felicidad.

¿Negociar? ¿Un poco de uno y otro tanto del otro?. Se puede y se debe, mientras auténticas necesidades estén presentes. Pero cuando ellas estén dignamente satisfechas, de a poco, tampoco hay que ser tan drásticos porque ello suele conllevar el fracaso y el desaliento, habría que ir sustituyendo unas conductas por otras, teniendo por termómetro o vara de juicio, tan solo la propia conciencia.

No hay un tribunal más allá que espera para juzgarnos, ni probablemente sea San Pedro el que nos niegue la llave. Somos siempre nosotros mismos, quienes nos alejamos del paraiso, terrenal o celestial, como quieran. También somos nosotros mismos, quienes podemos recuperarlo.

A todos los que me leyeron hasta aquí, no puedo menos que agradecer el año compartido y desearles una muy Feliz Navidad, que significa nacimiento y que espero de corazón alumbre en ustedes el camino de vuelta a vuestra propia humanidad. Yo sigo en el mío y les aseguro que es fascinante, cuando quieran lo conversamos.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de diciembre de 2015

Los villancicos tienen ese que se yo, ¿viste?, apagás la televisión, te sentás en el sillón frente al arbolito, desde un rincón te mira el pesebre y de repente la ves a tu madre sosteniendo una caja con globos de colores, a tu abuela acomodándolos en las ramas y a tu padre a quien crees entregando tu carta a Papá Noel, corriendo por los pisos de Gath & Chavez comprando juguetes. Ojalá les suceda.

Published in: on diciembre 24, 2015 at 12:08 am  Comments (2)  

GANAMOS

Elecciones

 

GANAMOS

No pudieron, muchachos, no pudieron,

como ayer con soberbia armada,

enfrentar a este pueblo que odiaron,

con absurda mentira relatada.

Pudo más el amor que nos tenemos,

hijos de inmigrantes desahuciados,

que vuestro odio clasista sin frenos,

y venganza al viento desatada.

Mandó Dios a un Papa argentino,

que volver a unirnos se propuso,

archivando las armas sin destino,

un nuevo diálogo en paz dispuso.

Moderaron su lengua viperina,

sacaron de escena los violentos,

huyeron de la plaza argentina,

antes que tronase el escarmiento.

Celebremos hoy mientras votamos,

pues la paz ha ganado la batalla,

huye al sur la secta que echamos,

con sus viejos odios y sus metrallas.

Ya no son imberbes e inmaduros,

pero aún son estúpidos que gritan,

aliados de la muerte sin futuro,

que a su paso todo lo marchitan.

No importa quien sea presidente,

cerrará las heridas sin demora,

sabrá que este pueblo ya presiente,

la República que tanto añora.

Con mirar adelante nos alcanza,

pues erramos todos en el pasado,

sin temor, sin reproche ni venganza,

avancemos juntos lado a lado.

Heredemos esta tierra saqueada,

abracemos al joven confundido,

honremos la bendita paz ganada,

construyamos el país merecido.

Que en verdad es un pueblo glorioso,

pues frustra siempre a los asesinos,

renueva en su andar laborioso,

viejo orgullo de ser ¡ARGENTINOS!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 25 de octubre de 2015

Published in: on octubre 25, 2015 at 11:29 am  Dejar un comentario  

ÚLTIMA

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ÚLTIMA

Disfrutemos esta última noche a solas. Tú y yo. Es la última de muchas en que fuiste tomando forma a lo largo de seis años y quizás desde mucho más tiempo atrás.

Mañana, si puedo, delante de los que vengan a la Biblioteca, esa misma donde presenté a tu hermano mayor, voy a hablar de ti, de nuestras noches a solas con el apoyo eterno de mis perros.

Solo si no me quiebro intentaré transmitir algo de lo que vivimos juntos, tus hojas cuando estaban en blanco y mi alma necesitada de explotar en ellas.

Quizás no pueda decir nada o diga bellamente algo que tenga muy poco que ver con esas noches. Esas, tú te acuerdas, en la que te empapaba en lágrimas o te aturdía con mis sollozos. No, no creo que pueda hablar de ellas.

A lo mejor despego y me animo a hablar de las otras . Aquellas, tú sabes, en que entre verso y verso sonreíamos cómplices recordando otra sonrisa o unos ojos de encanto. O aquellas en que me ayudabas a dibujar a la musa ausente pero viva, vivísima en mi sentir.

Delante tuyo y mío habrá gente que nos aprecia y mucho. Buenos amigos que supimos cosechar en ámbitos muy pero muy diversos. Ellos merecen que les cuente de tí, de tu estupor cuando decidía incluir algún escrito y tu papel se erizaba de temor porque no querías herir a nadie. Siempre logré convencerte con un “¡que piensen lo que quieran, yo necesito gritar esto!”. Y tú, tan solo por amor a mi, aceptabas, aun a riesgo de verte, en algun arrebato de ira futura, arrojado a la basura.

También habrá ilustres ausentes pero que estoy seguro que estarán por ahí, porque viajan conmigo. Tal como viajaron en tantas noches en que me dictaron, de lejos, muy lejos, las palabras que tú llevas y que no me atrevo a considerar mías.

Seguramente recuerdas cuando te quise escribir como EL AMOR TRISTE. ¡Cómo te enojaste! Nunca te ví tan irritado. Te resististe ferozmente y hasta se te ocurrió enfermarme para que no pudiese mancharte con mi dolor.

Si, amigo, es la última. También la última de las del vértigo final en San Clemente cuando agotado e inundado de whisky y soledad me convencí de mi grueso error. Y ¡como até cabos en esos días de junio!, cabos que se anudaron y sólidamente me presentaron una idea toda nueva.

Volvimos a Buenos Aires desaforados, con dolores de parto. Nos encerramos una vez más, noche tras noche pues lograste convencerme que el libro lo escribirías tú, que yo me limitase a ordenar lo ya escrito, que ello hablaba solo. Te obedecí, el manso por amor, esta vez fui yo.

Solo me senté a escribir las primeras páginas y hasta eso me sorprendió. Eran perfectas y transmitían un mensaje nuevo sobre el amor, nuevo hasta para mí. Tardé en captarlo. Hicieron falta cinco lecturas minuciosas, necesarias para corregirte para que amaneciera a una nueva verdad, esa que tú transmites.

Lo hicimos juntos, querido libro. Ni tú ni yo podemos decir cuanto puso cada uno. Pero me gusta el resultado, porque se que le va a servir a muchos, y eso es lo único que vale.

Si, te voy a leer una vez más, porque quiero reencontrarme con toda la gente que tuvo algo que ver con tus estrofas, con tus personajes, con tus cimas y con tus valles. Quiero disfrutarte en ésta última noche en que serás, como todos estos años, solo mío.

En horas, en la biblioteca, se correrá el telón y ya no me pertenecerás. Serás de quienes te lleven consigo, con quienes caminarás senderos ignotos, que quizás te retornen en un agradecimiento, un halago, una crítica o un silencio. Tú estarás allí naciendo y despidiéndote de mí para ser de todos, esos mismos todos con quienes brindaré por tu llegada y les contaré……. solo Dios sabe qué.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 24 de septiembre de 2015

Published in: on septiembre 25, 2015 at 12:10 am  Dejar un comentario  

APENAS

25 de septiembre de 2010. Nace Poesía para sentir la Vida

25 de septiembre de 2010. Nace Poesía para sentir la Vida

 

APENAS

Tu mirada esquivaba la mía,

y tu sonrisa me enamoraba,

mis ojos del fondo del alma mía,

gritaban el amor que yo callaba.

Se erizaron de miedo mis canas,

y suplicaron tus manos inquietas,

el aire lleno de palabras vanas,

sofocaba la pasión indiscreta.

Mas un instante pudo con la trampa,

que el destino tendió en la mesa,

y tu alma como sol que escampa,

vibró de alegría y belleza,

por palabras que mi pluma estampa,

en portada del libro que empiezas.

Enrique Momigliano

Septiembre 2015

No hay duda, estoy de parto. La alegría mezclada con el miedo y el dolor. El viernes llega mi segundo hijo poético y lo hace a las 18 y 30 en la querida Biblioteca Popular Alberdi de Villa Crespo, Acevedo 666 CABA. Casi ningún hijo es como uno lo soñó, pero no por ello dejará de ser hijo de uno, y con el tiempo uno intenta llegar a conocerlo a fondo, solo para darse cuenta cuánto de uno lleva puesto. Todo nacimiento será siempre un milagro y el nacido siempre tendrá una vida propia, tomará sus decisiones, causará sus efectos, pagará las consecuencias, andará sus caminos. Y sin embargo en cada pequeño instante algo de uno estará viviendo, sufriendo o gozando con él. Todo lo que cuesta vale y este alumbramiento me costó muchísimo, de modo que espero que lo valga. Acompáñenme a descubrirlo, Dios quiera puedan y quieran.

Published in: on septiembre 19, 2015 at 6:40 pm  Dejar un comentario  

LLORA

lluvia torrencial

LLORA

Mientras la iniquidad prepara,

su vergonzante propia sucesión,

y maniobra con pétrea cara,

al antiguo fraude de elección.

El pueblo esperanzado vota,

abrazado a una ilusión,

que esa urna que hoy explota,

respete un día su decisión.

Indiferente el cielo llora,

tanto acomodo, tanta traición,

son lágrimas de Dios que implora,

un fin al odio y la corrupción.

Mas sabe que el hombre es hombre,

que mata por dinero y poder,

que él miente hasta en SU nombre,

que el pueblo ciego no puede ver.

Que siempre gana el más vendido,

al dueño oscuro de la maldad,

quien mejor miente, el más rendido,

a la riqueza e impunidad.

El pueblo cree que ha elegido,

triste lo aguarda la decepción,

y desde el cielo Dios herido,

inunda todo con su emoción.

Enrique Momigliano.

Buenos Aires, 9 de agosto de 2015

Published in: on agosto 9, 2015 at 6:19 pm  Comments (1)  

PLUTÓN

Plutón y Caronte fotografiadas por la sonda New Horizons tras viajar cinco mil millones de km desde enero 2006

Plutón y Caronte fotografiadas por la sonda New Horizons tras viajar cinco mil millones de km desde enero 2006

PLUTÓN

Diminuto viajero del infinito,

gélido corazón de andar preciso,

tan temido por su fama de maldito,

a ti llega hoy el hombre indeciso.

.

Quien sigue discutiendo qué cosa eres,

transformante de cartas astrológicas,

que amenazas con la muerte a los seres,

vences con tu influjo toda lógica.

En cenizas tu descubridor otea,

fiera danza magistral de negro dueto,

tiembla ante Caronte que se florea,

y te espeja un sol ya muy escueto.

Oh Plutón, pleno de sombras y misterios,

intrigante danzarín de la frontera,

clama que es preciso el cementerio,

a quien quiera conocer qué hay afuera.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 14 de julio de 2015

Published in: on julio 14, 2015 at 11:51 am  Dejar un comentario  

SILENCIO

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SILENCIO

Porque agoté mis palabras,

y mi valor para sufrir,

Porque cerré mi cuaderno,

y mi corazón al sentir.

Porqué huí de tu vida,

y también de la mía,

Porque elegí el infierno,

de vivir dia a día.

Porque hundí al pasado,

junto a todo futuro,

Porque troqué en invierno,

mi amor más puro.

Solo puedo ofrecerte,

desde este frío rincón,

un desolado, sempiterno,

silencio sin emoción.

Silencio tan extraño,

de tí tan completo.

Por días tan tierno,

de luces repleto.

Otros silencio asesino,

de angustia cargado,

como reproche eterno,

en dolor anegado.

.

Otros silencio apacible,

de ansiado alivio,

de desierto yermo,

de fúnebre lirio.

¿Será silencio el mío?

¿o será sordo grito.

de amante enfermo,

sin voz, sin escrito?

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 27 de junio de 2015

Mario Benedetti escribió que el olvido está lleno de memoria. Pues bien, el silencio está lleno de palabras y para otros de notas como le sucedió al célebre Ludwig.

Published in: on junio 29, 2015 at 12:50 pm  Comments (7)  

PUNTO DE ADIOS

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PUNTO DE ADIOS

El aire se heló, casi tanto como la sangre de Juan. Vio como el río cercano súbitamente se volvió gris, tan gris como el cielo. Y para su asombro cada color se desvaneció.

Ella hablaba frente a él, mesa de por medio, pero Juan ya no la oía. Pensaba. Caía en la cuenta de la inmensa tragedia que, frente a sus ojos, acababa de suceder. Aún no sentía, era demasiado doloroso para permitírselo.

Mientras ella seguía hablando, a veces hecha una furia, otras una máquina de calcular, otras retorciéndose de un dolor que él percibía como de alma, pero que ya tenía signos evidentes de coprometer partes de su cuerpo, él la observaba en silencio. A veces hasta le faltaba el aire y se deshacía cada tanto en suspiros y ayes que se mezclaban con palabras que Juan no captaba. Eran apenas un murmullo indescifrable, un mar de fondo, un ruido de estación en hora pico, no tenían ningun sentido porque ya para Juan entenderlas solo implicaba aumentar un dolor que de a poco lo iba atenazando.

Se preguntó si de verás era ella. ¿Como podía ser ella hablando así? Fría, pragmática, dolida, vengativa, capaz del mayor daño y olvidada de toda poesía. ¿Como podía él haber estado enamorado cuarenta años de una mujer así?

Se maldijo en silencio una y mil veces por haber ido a ese encuentro. Pero ¿como negarse?. Si los encuentros con ella habían sido durante los últimos tres lustros la única bocanada de aire fresco, de renovación sanguínea para creer en la vida, para reafirmar su compromiso con el amor, para seguir volando en alas de su escritura. Juan sintió que de algún modo se lo debía y aún intuyendo a lo que se exponía, accedió

Ella estaba intentando separarse y le había pedido ayuda para pensar el asunto.¿Qué ayuda podría darle él, justo él, que moría por ella? Juan veía a todo intento de ser objetivo como vano, a todo consejo posible como pleno de interés y a toda colaboración como destello de su irrefrenable amor.

Las así llamadas “generales de la ley” eran demasiado poderosas en este caso, demasiado plenas para Juan, como para soslayarlas.

En algún momento pensó que sería necesario llamar a la ambulancia de lo mal que la veía. Pálida, con los labios casi azulados, los puños crispados y jadeante. Hizo el vano intento de serenarla hasta que empezó a darse cuenta que él también se sentía mal. El salón que los cobijó en tantas charlas memorables giraba en su cabeza, el nudo sempiterno de su vientre se hizo marinero y lo atenazaba con fuerza, las piernas le empezaron a temblar. Tenía que poner fin a ese malhadado encuentro cuanto antes.

No podía decirle lo que pensaba, porque si ella le hacía caso, él no estaba seguro de poder hacer aquello que tras su duelo, ella le pediriá y a él se le haría inevitable. Si hoy estaba en un dilema, con ella fuera de su relación , Juan enfrentaría un dilema aún peor. Su malestar tenía un solo nombre: miedo atroz.

Juan le debía su mejor lección. Por ella Juan sabía lo que era amar, contra toda razón, contra toda lógica, contra toda esperanza. Estaba agradecido. No era poco vivir enamorado, aunque fuese tristemente enamorado, distanciadamente enamorado, imposiblemente enamorado. La vivencia del amor es única, casi milagrosa, un don azaroso que nos lleva sin pausa a la mejor persona que podemos ser. Juan quería ser esa persona, pero solo lo lograba con ella. El otro Juan, tan terrenal, tan pragmático, tan bien adaptado al sistema, tan racional era, para el mismo Juan, un ser deleznable.

El solo se amaba cuando amaba y solo la amaba a ella, desde su quince años.

Entonces ¿qué lo detenía? ¿Porqué no la manipulaba para que se separara, él transitaba el mismo camino y vivía finalmente el amor que merecía y sentía?

Miles de razones que más se parecían a miles de excusas lo detuvieron durante el tiempo transcurrido desde el fortuito reencuentro. No le era nada fácil a un herido, refugiado en la vida estructurada, romper todo por amor. Para hacerlo, para enfrentar el enorme costo, tantas veces visto en otros, de una separación, debía estar plenamente seguro. ¿Pero seguro de qué? De su amor por ella, lo estaba hacía cuatro décadas. Su vieja herida le hacía dudar del amor de ella por él.

Existía, pero él no podía asirlo, comprenderlo y peor aún, no podía sentirlo.

¿Se siente el amor de otro? Juan no tenía idea, esa lección, la de ser amado, jamás la había vivido. No porque nunca lo hubiesen amado, quizás porque Juan nunca se había detenido para dejarse amar. Se le hacía demasiado difícil entonces reconocer el amor de ella, quien prudente y sabiamente, se había, en caso de existir, empeñado en disimular sin alejarse, en mantener sin desbordarse, en expresar sin dejar a la pasión tomar ningún control. Hasta seis meses atrás.

En un lugar inesperado y de un modo sopresivo a Juan lo habían amado. La maestra de esta segunda importantísima lección, la de ser amado,  había sido otra mujer. Y por supuesto era justamente la mujer inadecuada, detrás de la cual correr no solo era imposible, sino suicida. Nada de eso importaba, le había mostrado a Juan qué acontece cuando una mujer ama con el alma. Juan se había sentido rodeado y abrazado por ella día y noche, invadido en sus sueños, acompañado en su labor, inspirado en su piel hasta tornarse una obsesión. Juan debió luchar y lo hizo denodadamente contra este huracán de pasión que amenazaba seriamente con arrastrarlo, debió detenerse en el borde de cien locuras, debió romper mil cartas, debió abortar diez mil llamadas. Hasta que el huracán, tan imprevistamente como comenzara, cesó y lo dejó a Juan con una sola pregunta: ¿porqué ella no me ama así?. Jamás lo habría resistido y de seguro todos los costos de su camino le habrían parecido insignificantes.

Juan tuvo una certeza, una de las pocas que en sus años aprehendió. Nada hay más fuerte que el amor y nada es tan bello y trascendente como amar y ser amado.

En su universo gris y con ella enfrente, atravesada por el dolor y hablando aquello que ya no le importaba, vio ante sí su situación. Y comprendió que había llegado al punto del adiós.

Solo valía romper su refugio de estructuras, su armado contrafóbico, sus “deberes ser”, si amaba y era amado, si ambas vías, milagrosa y obra de nunca sabrá de quien, se materializaban con la misma persona. No era su caso con ella. Si ella lo amaba, no lo era del modo que él necesitaba, cada día un poco más. Vio entonces que su amor era triste, que había sido triste por casi toda su vida, que si bien le había alcanzado para sobrevivir, ya no le bastaba.

Pero había más. Parece ser que cuando las revelaciónes suceden, lo hacen en grupo. Ella amaba profundamente al destinatario de sus diatribas momentáneas. La fuerza de su odio, el destello de sus planeadas venganzas, su reducción monetaria del desprecio, el rabiar de su impotencia, solo eran muestras acabadas de la intensidad de su amor. El amor humano, ese amor en minúsculas, del cual somos mendigos y dadores, víctimas y victimarios, ladrones y robados, tiene dos caras, de valor equivalente, como las monedas. Una es aquella que llamamos amor y la otra es ineludiblemente el dolor. Quien ama sufre o arriesga sufrir, son indisolubles.

El torturante encuentro llegó a su fin y bajo un cielo plomizo Juan y ella se separaron. Solo Juan sabía a ciencia cierta que era el final.

Unas semanas más tarde, le daría por toda explicación a Claudio, su amigo de la adolescencia, el principal y casi único testigo de su amor, acerca del punto del adiós evidenciado, la siguiente frase lapidaria e irrefutable..

“ Ella no es capaz de odiarme así” dijo desde su gris y vacío presente.

Tan solo quedaban algunos detalles a resolver por Juan. Decírselo a ella causando la menor herida posible, ver de donde provendría el aire para respirar el resto del camino, intentar construir algo posible con aquello que aún quedaba en pie en su íntimo entorno y creer que en algún rincón podría estar esperándolo algún tipo de poesía para recobrar alas e intentar nuevamente volar, o amar, que es casi lo mismo.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 12 de junio de 2015

Quizás sean huellas en la arena lo único que dejemos por aquí, aun amando y siempre llegará un día en que el mar habrá de borrarlas.

 

Published in: Sin categoría on junio 12, 2015 at 1:44 am  Dejar un comentario  

EN POS DE TI

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EN POS DE TI

Mi juventud te buscó,

en las vulvas ardientes,

en los senos turgentes,

en rostros sonrientes,

mas no estabas allí.

Mi adultez te buscó,

en el cariño lento,

del familiar contento,

del procrear atento,

mas no estabas allí.

Mi pánico te buscó,

en el orar austero,

de un claustro severo,

de rogar lastimero,

mas no estabas allí.

Mi ensueño te buscó,

en el verso rimado,

de poeta aislado,

de escribir pasmado,

mas no estabas allí.

Mi urgencia te buscó,

en un otro cualquiera,

que fuese a mi vera,

que tambien padeciera,

mas no estabas allí.

Mi madurez te halló,

esperando paciente,

en mi centro doliente,

que hoy grita ferviente,

¡AMOR, estabas allí!

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 21 de mayo de 2015

Con el tiempo entenderás que el mejor camino es hacia adentro, que lejos de aislarte te hermana con todos y que nada necesitas de nadie porque has venido a dar y no a recibir. Lo único que debes hacer es encender tu luz, una vez que lo hagas, el camino vendrá corriendo a tu encuentro y los demás, amigo, los demás también.

Published in: on mayo 21, 2015 at 4:58 pm  Dejar un comentario  

UNA HOJA CAYÓ

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

Dick Keller dedicando la hoja y Margie Rubio en Lavalle 109, Temperley

UNA HOJA CAYÓ

Escenas de una fiesta que pensé ajena

Ahí estábamos los dos, con la revista del colegio William Shakespeare en la mano, parados en plena calle Lavalle en esta mañana de otoño con sabor a verano. Yo, un sincero colado – con invitación y todo- en una fiesta que pensaba ajena y él, Dick, en cuya persona se homenajeaba a su madre Mrs. Keller, directora de mi primario y co-fundadora del Instituto San Agustín, secundario hijo del Shakespeare, que está cumpliendo 50 años.

Hace rato que me comunico con Dick y hace rato que lo siento cercano. Le gusta escribir y lo hace muy bien, ama la pesca y disfruta navegar, pero por sobre todo simboliza y conserva ese espíritu único de los Old Shakesperians y me consta que ha hecho y hace esfuerzos para que perdure. Tenía pendiente el conocerlo personalmente, hoy me di el gusto.

En el momento que recibimos la revista, una hoja de las miles que pendían en color ocre sobre nuestras cabezas, decidió caer. Con ignota sabiduría, lo fue a hacer sobre la tapa de la revista que sostenía Dick. Me miró, con esa barba de profeta, tan blanca que hace el deleite de los pequeños, quienes siempre creen tener una visión de Papá Noel, con su calva socrática y sus profundos ojos claros, mezcla de yogui y de poeta, escondiendo tras ambos la chispa de un viejo bribón. Dijo, para mi sorpresa: “la vamos a guardar” y abriendo la revista la puso entre sus hojas, trayendo a mi presente la memoria de los muchos libros de mi madre, de los cuales, infaliblemente al abrirlos, supo caer una marchita flor.

De entre los tantos egresados presentes, que por supuesto todos conocen a Dick, solo uno se acercó a saludarlo, mientras charlaba conmigo. Se trataba de María Cristina Valle, a quien al punto me presentó como poetisa y artista plástica. Sostuvimos una brevísima charla que concluyera con la promesa de entregarme su libro.

Ayer dudé si hacerme la escapada hasta Temperley porque me sentía un colado. Nunca fui al San Agustín. Dicen que el hombre es el único animal que sabe cuando va a morir. Fue cierto en el caso de mi padre, al menos. El quiso dejarnos a mi madre y a mí, viviendo en Capital, cerca de la universidad y en un colegio con ingreso directo a ella. Mi secundaria fue así en el Carlos Pellegrini y mi padre partíó cuando yo empezaba segundo año. A Dios gracias, pudo más el deseo de ver a Margie Rubio, hija de Miss Winnie, viva aún en mi corazón de alumno, que viajó especialmente desde el cordobés Tanti para el evento. Por otra parte, desde mi regreso, tras cuarenta años de ausencia, conservo amigos por la zona y ellos iban a estar presentes.

No me equivoqué. A poco de andar di con Liliana Arnaiz y Hugo Suprun, con Alejandra Erdoiz, con Virginia Thomas y su encantadora madre, y la calidez eterna y desbordante de Guillermo Bruno y Mariel Calvi que me recibieron como lo que siento que soy, cada día un poco más: un hijo de la casa.

Transcurrió el acto protocolar en un estallido de colores. Las distintas gamas de las hojas se mezclaban con las coloridas banderas que portaban los elegidos y los uniformes de los Patricios competían con las faldas de los gaiteros escoceses. Y ese estallido cobró sonido cuando Patricios y gaiteros empuñaron sus instrumentos y hasta se dieron el lujo de tocar en conjunto.

Habló sentidamente en nombre de los integrantes de la primera promoción, del año 1970, Silvia Fernández Barrio, a quien muy bien recordaba encabezando mi fila de Canning en el desfile de la fiesta anual del deporte, dando lugar a la emoción que había despuntado con el canto del hermoso himno colegial, construido sobre dos palabras que llevamos a fuego en el alma todos los que transitamos sus aulas: PROPÓSITO TENAZ.

En el mismo sitio, unos años atrás, celebrando los 90 años del William Shakespeare había asistido a la lectura de un relato que nos hizo llorar a todos enviado por Margie, el cual luego formó parte de mi crónica, la que tuve que leer con mi bicicleta roja al lado. Hoy Margie estaba presente y se encaminaba al micrófono.¿Qué diría?

Fue breve y concreta. Agradeció la formación recibida y se dispuso a leer, en su calidad de reciente locutora, unas palabras recibidas en la escuela y que en su propio decir, habían indeleblemente marcado su vida. Para coronar el suspenso se disculpó de que dichas palabras fuesen en idioma inglés. Entre que oigo mal – cosas de viejo- y el parlante que aturdía, se me escaparon las primeras líneas. Al rato caí, como la hoja. Estaba leyendo una poesía. Nunca nombró a su autor y ni siquiera sé si llegó a decir su título. Nada menos que las estrofas de IF (SI) de Rudyard Kipling, ese regalo de mi madre en mi adolescencia, el único poema, de los cientos que coleccionó y que como escribí en este blog hace muchos años, fue mi auténtica hoja de ruta en la vida, comenzaron a ponerme la piel de gallina, a sacudir mis piernas y a dar salida a mis lágrimas. (https://sociedadpoetica.wordpress.com/2009/06/17/rudyard-kipling/)

¿Por qué esa hoja eligió la revista de Dick para posarse? Respuesta imposible, tanto como pretender responder por qué Margie eligió ese poema para leer. No fuimos compañeros y el poema nos llegó de manos distintas y en momentos diferentes. Sin embargo, los dos lo elegimos. Y volvimos a coincidir, como lo hicimos antes con nuestros relatos mezclados y como, en lo que nos resta, probablemente lo volvamos a hacer.

Caemos, todo el tiempo caemos. Y sin embargo nada es azar. Podría decir que fue el entorno compartido, el William Shakespeare en común que nos hizo amar la poesía pero nuestras familias de origen son muy distintas, hasta provienen de países diferentes con culturas muy disimiles. Quizás, tan solo quizás, el tiempo sea una mentira, la muerte también y el acto al que hoy asistimos, tenga muchos más organizadores invisibles que visibles, muchos más invitados y colados inesperados que los presentes y sean ellos quienes nos manden señales para que dejemos de lado el miedo y vivamos más plenamente el amor.

Bien puede haber sido Mrs. Keller quien guió a la hoja y mi madre quien de paseo por Tanti del brazo de Miss Winnie le hizo elegir el poema a Margie. ¿No me creen? Sigan leyendo.

Tras los discursos de Guillermo Bruno y del enviado municipal, busqué refugio en una silla para descansar un poco donde, además del cálido abrazo de Sheila MacDermott que atinó a darse una vuelta y me creyó aquejado de soledad, se me acercó la poetisa del comienzo diciéndome que al no encontrarme se le habían agotado los libros y que me lo iba a acercar en otra ocasión. Quedamos en contacto y me despedí amablemente. Repuesto del cansancio en mi circular por los distintos grupos mientras tomaba y me sacaban fotos, di nuevamente con Dick.

“¿María Cristina te dio el libro?” preguntó al verme.

“Se le agotó” respondí.

“Te doy el mío y te lo voy a dedicar” dijo

“Dick, vos no sos el autor” respondí sonriendo.

“No, te doy el libro pero te voy a dedicar la hoja” corrigió.

Y para mi asombro y emoción, sacó la hoja de entre las páginas de la revista, la puso entre las hojas del libro y escribió: “Con cariño y admiración le dedico esta hoja a mi amigo Henry”

El resto es historia conocida, mucho afecto, fotos, brindis, canapés y largas, cálidas y acogedoras charlas en el patio de recreo del San Agustín. Abrazos miles, risas en derroche y anécdotas a montones antes de la promesa de vernos de nuevo y pronto.

Una sola tarea me preocupó toda la tarde. Evitar que la hoja se me cayera del libro

Casi atardeciendo y obsequiado por demás, me fui caminando despacio por Lavalle con el libro bajo el brazo, el alma llena y el corazón en paz. La belleza del otoño deslumbraba por las calles de mi niñez y mi vista, en Lavalle 109, se alzó buscando la rama que me obsequiara la hoja. Había cientos, pero entre ellas, varios colados al acto, que extraño horrores, sonreían cómplices mientras susurraban : “Caemos Henry, nosotros lo hicimos y tú lo harás, procura tan solo hacerlo con sentido”.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 16 de mayo de 2015

Me di también el gusto de obsequiar a Guillermo con una vieja poesía mía que anoche al releer consideré justa para la ocasión. Todos nosotros tenemos una historia que es y muchas historias que no fueron. Algunas de todas ellas no fueron por poco, casi pudieron ser. Y cuando pertenecen a esa categoría nos dejan pensando, a veces por años, a veces de a ratos ¿como sería nuestro presente si esas historias hubiesen sido la historia nuestra en lugar de la que fue?. El Instituto San Agustín, en mi caso pertenece a ese grupo. Y no tengo dudas que mi vida hubiese sido muy distinta a la que fue si mi padre no hubiese tomado esa decisión. Por supuesto, no me siento autorizado a erigirme en crítico de mi padre, pero siempre me intrigó fantasear con mi vida sin salir de Temperley, quizás algún día me atreva a emular a Hermann Hesse quien al final de su Juego de Abalorios ensaya vidas posibles de su personaje. Por ahora me contento con volver cada tanto a los escenarios en que la historia que no fue, estuvo a punto de haber sido.

LA HISTORIA QUE NO FUE

La historia que no fue,

es la que no terminé,

porque ¡vaya si lo se!,

es la que nunca empecé.

Y sin embargo ella es,

paralela a la que fue,

pugnando por poder ser,

camino que no abracé.

.

Emboscada en sitios,

de disyuntivas ingratas,

se muestra luminosa,

y a mi hoy maltrata.

Carezco de defensa,

y de huida factible,

cuando me acorrala,

mi historia imposible.

En ella no hay duda,

ni asoma el desgaste,

venciendo el deseo,

exagera el contraste.

Frente al claroscuro,

de la historia vivida,

me encandila el faro,

de aquella prohibida.

¿Cantará la sirena?

¿Es engaño del dueño?

¿Esa historia no sida,

un sueño en el sueño?,

Solo sé que en los días,

cuando reina la tristeza,

la historia que no fue,

es mi alegría y belleza.

Por ello para mi vive,

Y la busco seguido,

En recuerdos y lugares,

En que pudo haber sido.

Enrique Momigliano

Buenos Aires, 27 de agosto de 2013

Published in: on mayo 17, 2015 at 2:00 am  Comments (2)  

INCÓGNITA

incognita

 

INCÓGNITA

¿Cómo hacen para amar los que se animan?
¿Cómo se puede amar lo que el tiempo destruirá?
¿Cómo atreverse a amar sabiendo que es finito?
¿Cómo amar ante el triunfo seguro de la muerte?
¿Cómo amar ante el viaje incierto de la suerte?
¿Cómo amar conociendo la volubilidad del ser?
¿Cómo amar sabiendo que para siempre es mentira?
¿Cómo amar sin protegerse del dolor del final?
¿Cómo no preferir amar aquello que parece imposible?
¿Cómo no esconderse tras impostada indiferencia?
¿Cómo no sobre actuar dureza sabiéndose vulnerable?
¿Cómo hacer para desvestirse de la armadura?
¿Cómo amar sabiendo que es dar a otro poder letal?
¿Cómo no odiar en defensa propia?
¿Cómo dejarse amar dudando si es mentira?
¿Cómo dejarse amar sabiendo que puede no durar?
¿Cómo dejarse amar sin poder asir al amor?
¿Cómo se lidia con el amor?
¿Cómo amar sin poseer?
¿Cómo amar sin sufrir?
¿Cómo amar sin herir?
¿Cómo amar sin temer?
¿Cómo dejarse amar?
¿Cómo amar?
¿Cómo?

Y sin saberlo amamos,
y nos dejamos amar,
Y después preguntamos,
¿cómo pudo volver a pasar?

Enrique Momigliano.
Punta del Este, 22 de abril de 2015

El amor nos desafía, nos llena de preguntas y nos cuestiona todas las respuestas. Porque es imposible, sin un salto al vacío como dijo Sartre, porque es vano cualquier intento de comprenderlo desde la orilla de la mente. Se de varios que sonreirán, cómplices, cuando me lean. Pensar y amar son de galaxias casi opuestas y el amor siempre será mucho más fácil de pensar, soñar, desear, escribir que de vivir.

Published in: on mayo 4, 2015 at 4:48 pm  Dejar un comentario  

DON RAMIRO Y SU GLORIA

caballero cabalgando

 

DON RAMIRO Y SU GLORIA

La noche se cerró sobre el jinete y su cabalgadura. Sin luna, nublada y con una tormenta en ciernes. Una gruesa capa de niebla comenzó a bajar. Don Ramiro, pese al peligro, no aminoró su alocada carrera a campo traviesa. Confiaba en Rocín, al que domó de protrillo, tanto como para galopar a ciegas. Además el castillo de Don Leopoldo estaba en una ruta que había transitado muchas veces para enfrentar a los moros en sus tiempos mozos. Aunque apenas viera las crines de su monta al viento, agachado sobre su cuello, no dejaba de espolearla para que ni siquiera pensara en detenerse en busca de un breve respiro. Tenía mucho que hacer y una sola noche de tiempo. Al alba, bien lo sabía, estaría en el paraíso terrenal o en la fosa mortuoria. Blanco o negro, así había sido toda su existencia, sin lugar para cómodos términos medios.

Pese a que llevaba unas tres horas de cabalgata, no sentía ni el peso de la armadura, ni los raspones que su invicta espada toledana cada tanto le causaba, ni fatiga alguna. Solo se quejaba del molesto sudor de su frente que frecuentemente se deslizaba en sus ojos, sin que pudiese alcanzar a limpiarlos.

Debajo del peto de su armadura, otro galope le preocupaba mucho más que la cerrada noche. Su corazón de enamorado latía más fuerte y más rápido que nunca, atormentándolo con preguntas y remordimientos incesantes.

Gloria, su Gloria, había sido descubierta. El intenso sentimiento amoroso que ella le profesaba hacía ya muchos años, pese a ser la fiel esposa de Don Leopoldo, había quedado en evidencia por obra de un sirviente infiel, quien descontento con su ama, en lugar de llevar la carta al lugar en que Don Ramiro solía pasarla a buscar, la había dejado sobre el escritorio de Don Leopoldo. Éste, enfurecido, había encerrado a su esposa en un lugar secreto del castillo, no le dirigía palabra alguna y le enviaba alimentos y agua en raciones escasas, tan solo aguardando un triste y miserable desenlace fatal.

¡Ah! ¡esas cartas! Ellas eran el aire que mantenía vivo a Don Ramiro. Cansado de desengaños, descreído del hombre y del mundo, retirado de la política y las guerras, Ramiro vivía en soledad absoluta y pasaba sus días orando, meditando, contemplando la naturaleza que bullía en torno a su viejo castillo y esperando tan solo el momento de ir al encuentro de cada carta de su amada.

Es muy probable que, de no existir dichas cartas, Don Ramiro ya hubiese puesto fin a sus días o ingresado en un monasterio cercano, para darse por muerto para el mundo, tal como, excepto respecto de Gloria, él sentía que ya lo estaba.

Para que su presencia fuese más notoria con cada carta, Gloria solía, antes de entregársela al mensajero, apoyarla un buen rato contra su perfumado pecho. Ella pensaba que de ese modo y mucho más allá de sus palabras, que solían repetirse, las cartas llevarían consigo la intensidad de sus latidos, entremezclada con el particular aroma de su cuerpo.

¡Y vaya que las cartas sabían cumplir acabadamente con su misión!

Cuando Ramiro las recibía, antes de abrirlas, las sostenía en sus manos y aspiraba profundamente el vaho que exhalaban. Cada vez que lo hacía entraba en éxtasis, cambiaba de dimensión, habitaba el reino del amor. En ese instante, todos sus pensamientos tenebrosos cedían y la vida, el hombre y el mundo le parecían una creación maravillosa. ¡Quería vivir!. ¡Vivir lo suficiente para tener algún tiempo con ella!.

A la noche, a solas y despacio, se detendría en cada frase, meditaría cada párrafo y suspirando tendría el mejor sueño al que un hombre puede aspirar. En las noches sucesivas, las releería y en cada lectura descubriría un pliegue novedoso de la ardiente devoción de su amada.

Pero ahora todo era distinto. Gloria se moría de pena en su ignota celda y a Ramiro no le importaba vivir si no lograba liberarla.

La noche se tornó más cerrada todavía cuando llegó Ramiro al castillo de Leopoldo. Ello devenía en un arma de doble filo ya que si bien nadie vería su acercamiento, le resultaría muy difícil hallar un camino de acceso y mucho más difícil aún dar con la celda donde estaba enclaustrada su Gloria. Dejó a Rocín atado cerca de un arroyo para que pudiese calmar su sed y su cansancio y con paso ágil, envuelto en niebla y sombra, caminó hasta el muro del castillo, devenido en prisión del amor.

Era su noche de suerte. Por algo dicen que el amor, quizás más aún que la fé, derriba montañas. Por lo menos a Don Ramiro lo hizo chocarse con una puerta sin tranca. Conteniendo el aliento y sin poder dominar su corazón que seguía galopando, se deslizó al interior del edificio. Éste estaba tan oscuro como la noche y para peor el castillo de Leopoldo era el más grande de la llanura castellana. ¿Por dónde empezar a buscarla? ¿ Cómo hacer para dar con ella?

En el silencio absoluto, en la oscuridad más cerrada, solo le quedaban a Ramiro el tacto y el olfato para brindarle ayuda. Tocando los muros y tanteando cada paso, el inesperado recuerdo de las cartas lo sobresaltó. Recuerdo que vino acompañado del aroma inconfundible de su autora. Dudó. ¿Acaso habría sido en orden inverso? El olfato es el sentido más cercano al cerebro, los adictos a sustancias exóticas provenientes del oriente lo saben muy bien. ¿podría ser entonces que hubiera llegado primero el aroma de Gloria y éste a su vez traído el recuerdo de las cartas? De ser así , ella estaría cerca.

Don Ramiro se concentró y empezó, como lo haría un perro de caza, a olfatear el ambiente. Lo sintió, ese aroma familiar que tantas veces había sido la puerta al único mundo que deseaba habitar, tocó sus narinas. ¡Si! ¡Debía seguirlo! ¡Era su única posibilidad!

Inspiraba cada cinco pasos, si el aroma aumentaba su intensidad significaba que estaba caminando en la dirección correcta, si por el contrario disminuía, ello evidenciaba su andar errado, tomaba entonces la dirección contraria.

Tras horas de aplicar su recién descubierto sistema, finalmente dio con Gloria. Ella lo esperaba. Cuando sin decir palabra alguna, la tomó en sus brazos para volver al amparo de la oscuridad, hasta Rocín, quien los llevaría lejos; Gloria, con un ademán abrupto tomó y abrigó contra su pecho un manojo de papeles. Eran todas las cartas que le había escrito a Ramiro en el lapso de su cautiverio.

Comenzaba, a Dios gracias, el tiempo de leerlas juntos.

Enrique Momigliano

San Clemente del Tuyú, 8 de abril de 2015

Algo me pasa con la Edad Media. Cada vez que entro en contacto con ella, en muy diversas circunstancias, no solo me siento más que cómodo sino que me invade una atomósfera de familiaridad inexplicable. Lo vivo como un auténtico regreso al hogar. Pero además es un regreso que me deslumbra, me serena, me retiene y me extasía. Comparto su religiosidad, su profundidad, su romanticismo, su misticismo, sus valores y hasta su forma de medir fuerzas y resolver conflictos. También su supuesto oscurantismo, que para mí, tanto visto desde el rincón de las brujas, como de los monasterios, me invita a sumergirme en sus laberintos. A veces me siento un fuera del tiempo, un embajador de esa época en ésta, con la cual no comparto practicamente nada. La veo superficial, corrupta, materialista, pagana, subvertida y disvaliosa. Y más de una vez me pregunto qué debo hacer en este tiempo ajeno y si de veras vale la pena hacer algo. Dentro de la edad media, la española, desmintiendo mi apellido, me llega mucho más. Quizás sea por ello que cuando en a sesión inaugural del presente año del taller literario EL PRINCIPITO, la consigna de Susana Consolino fue EL AROMA, me propuse dejar vagar mi pluma. Y fue ella, la que muy despacio y con sumo placer me regaló el cuento que antecede. Empezó por los pesonajes que son un mal disimulado homenaje a la emblemática novela LA GLORIA DE DON RAMIRO de Enrique Larreta y armó una historia de caballeros y princesas enclaustradas que me hicieron emocionar al tiempo que la escribía. Me deleitó tanto hacerlo que, mientras prolongaba la cabalgata nocturna mucho más allá de lo aconsejable, dado el tiempo disponible, recordé con horror que estaba escribiendo un cuento y que debía ser breve. Espero que el desbalanceado desenlace no los moleste, esa fue la única causa. Yo que pensaba que jamás podría escribir una novela, creo que si le pongo castillos, espadas, brujas, monjes, princesas y héroes por lo menos me fascinará intentarlo.

Published in: on abril 13, 2015 at 7:16 pm  Dejar un comentario  
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